Hemos oído cómo hablaban de política. (Café Perec —- 4 julio 23)

flaubertAl despertar, hormigas y dinosaurios seguían allí. Y era como si el silencio reclamara, con crueldad, el regreso de la cháchara política. Para desviarme de la avalancha mediática, abrí al azar la genial Las tempestálidas, de Gueorgui Gospodínov: “Tras la dictadura del futuro llega el turno de la dictadura del pasado”.

No me desvié demasiado, porque, al pensar en el pasado –ese que no está muerto, que ni siquiera es pasado, y que nunca termina de pasar– me acordé de cuando Flaubert advirtió lo injusto que era criticar el embrutecimiento de la plebe. ¿Criticarla? Pero si lo que había que hacer, dijo, era ilustrar al embrutecido Poder, en alarmante situación de ignorancia supina.

Y no pudo ser más explícito en una carta veraniega: “Esta mañana me he presentado ante el príncipe Napoleón, pero había salido. He oído cómo hablaban de política. Es algo inmenso. ¡Ah! ¡Que vasta e infinita es la Estupidez humana!”.

Sabemos que solo hay dos cosas infinitas: la estupidez y el universo, aunque de lo segundo aún no estamos seguros. Si de algo creo estarlo es de que la estupidez tiene a veces un atractivo irresistible. De ahí que la gran literatura se haya sentido fascinada por lo estúpido en el sentido más extremo de la palabra. Y es que una persona especialmente estúpida puede resultar muy seductora para el observador agudo. De eso habló Robert Musil en Viena en su última conferencia. En ella, habló de “hombres inteligentes, e incluso ingeniosos” que se complacían en el trato con los estúpidos y los toscos. Y habló de cómo todo esto las mujeres, enemigas declaradas de la tosquedad, no lo entendían y acostumbraban (incluso las casadas con un merluzo) a acusar a los hombres de ese trato solo para ampliar su superioridad intelectual.

Y, sin duda, algo de cierto había en la acusación. Pero veo una razón mejor para justificar que se espíe y analice lo estúpido: la morbosa curiosidad que uno puede sentir por las personas singulares, por las grandes individualidades. La formidable estupidez mundial provoca que a veces seamos indulgentes con las individualidades, con genios que no representan a nadie más que a ellos mismos. Aunque algunos de éstos se atrofian porque, cuando les llega el inefable día en el que se sienten amenazados por la estupidez, no saben ver que ésta es una simple etapa en el desarrollo del pensamiento, al que la propia estupidez amenaza desde dentro para conseguir que el pensamiento se eleve. Y ahí se quedan tirados, como tantos representantes de multitudes a los que estos días hemos visto inmersos en la sonora “no conversación” de los partidos. No conversación, porque hemos oído cómo hablaban de política y cómo brillaba por su ausencia una forma de hablar que mínimamente se pareciera al lenguaje político. ¿Reaparecerá por fin ese lenguaje el 10 de julio en el “espectacular” cara a cara? ¿Hablarán ahí los invitados como dos individualidades que se representan a sí mismas, o como representantes de dos colosales partidos cuya suerte paradójicamente depende de otros?

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Escribir para que se sepa que no escribimos ———————-[dos libros de Josefina Vicens]

IMG-20230616-WA0006Patricio Pron (Babelia, 16 junio 2023 / Babelia

Las dos novelas de la escritora mexicana, publicadas en 1958 y 1982, desmontan todos los clichés en torno a la unidad de la obra narrativa, el estilo literario, la documentación previa o la construcción de los personajes.

Al igual que Juan Rulfo, Josefina Vicens sólo necesitó dos libros para convertirse, a ojos de muchos de nosotros, en una de las escritoras mexicanas más importantes del siglo XX. De esos dos libros, Los años falsos (1982) es el más accesible; su protagonista se llama igual que su padre, y, cuando éste muere accidentalmente en una fiesta manipulando un revólver, el hijo pasa a convertirse, a pedido de él, en “ayudante” del político para el que el padre trabajaba, se enreda como él en los hilos de la corrupción, se queda con una de sus amantes, se envilece. El hijo se convierte en el padre; sin embargo, esta transformación no sólo es producto de una imaginación barroca, sino también de una visión de la masculinidad que, tras la muerte del padre, convierte al hijo en “el hombre de la casa” y, así, en el garante de lo que llama la división entre “el prepotente y ruidoso mundo de los hombres” y “el sumiso y mínimo de las mujeres”. “Yo sentía que estaba en todo mi derecho de prolongarte, de prorrogarte, de imitarte, hasta de calcarte si me daba la gana”, dice el hijo al padre, pero esa “prolongación” es también la del orden violento y corrupto que el segundo le ha dejado en herencia.

José García —”nombre mediocre, vida mediocre y profesión mediocre”, resume la escritora Sara Mesa en su prólogo a esta edición— también “preferiría no hacerlo”, pero no puede evitarlo; está casado, tiene hijos, está agobiado por las dificultades económicas y se siente “obligado” a escribir, para lo cual lleva dos cuadernos, uno en el que anota todo lo que se le viene a la cabeza y otro en el que espera plasmar una obra literaria con el material del primer cuaderno que considere que “puede interesar”. “Mi propósito, al principio, era escribir una novela. Crear personajes, ponerles nombre y edad, antepasados, profesión, aficiones. Conectarlos, trenzarlos, hacerlos depender a unos de otros y lograr de cada uno un ejemplar vigoroso y atractivo o repugnante o temible”, admite, pero también reconoce que no tiene imaginación; la suya es una “impotencia de escribir” y otra “mayor aún, de no escribir” que hacen que, cuando su hijo mayor le pregunta si su novela “acaba bien”, él le responda: “¡No soy escritor! No lo soy; esto que ves aquí, este cuaderno lleno de palabras y borrones no es más que el nulo resultado de una desesperante tiranía que viene no sé de dónde. Todo esto y el resultado será, en último caso, muchas páginas llenas y un libro vacío. No es una novela, hijo mío, ni acaba bien”.

Vicens (Tabasco, 1911-Ciudad de México, 1988) publicó El libro vacío en 1958; que su segunda novela sólo viese la luz en 1982 podría inducirnos a creer que para ella también la escritura era terreno pantanoso: sin embargo, escribió más de 90 guiones de cine y cientos de artículos periodísticos, fue activista política y tuvo una vida pública que no excluyó la amistad de algunos de los escritores mexicanos más importantes de su tiempo y la obtención del prestigioso Premio Xavier Villaurrutia. El libro vacío y Los años falsos son novelas existencialistas —García no puede escribir pero tampoco puede dejar de escribir, y esta doble imposibilidad da cuenta de lo que para esa corriente filosófica es la condición del hombre—, pero no son productos de época: ambas, en especial la primera, son novelas tremendamente actuales en las que Vicens desmonta uno tras otro todos los clichés en torno a la unidad de la obra narrativa, el estilo literario, la importancia de documentarse para escribir, el lenguaje como herramienta (“¿Cómo harán los que escriben? ¿Cómo lograrán que sus palabras los obedezcan? Las mías van por donde quieren, por donde pueden”), la construcción del personaje, el verosímil, el progreso en la novela.

“Si encontrara una primera frase, fuerte, precisa, impresionante, tal vez la segunda sería más fácil y la tercera vendría por sí misma”, se dice García; de tener un poco de sentido común, comprendería que el principio según el cual quien escribe debe hacerlo “de lo que sabe” es, como toda prescripción literaria, un engañabobos que conduce a las personas a escribir tonterías; de ser sólo un poco inteligente, podría darse cuenta de que —como Tristram Shandy, como los personajes de Samuel Beckett, de Enrique Vila-Matas

y de César Aira, como el Oblomov de Iván Goncharov que hasta la página 150 no consigue salir de la cama— su dificultad para empezar es garantía de que nunca tendrá que enfrentarse a las dificultades de terminar algo. García no sabe que, como escribió Ezra Pound, “nadie que esté vivo sabe lo suficiente como para escribir”, pero alcanzará esa certeza por el más espinoso de los caminos y ya no podrá aspirar a no escribir sino a que su no-escritura sea “un dejar de hacerlo”, algo “absolutamente distinto, terriblemente distinto” a no escribir. Al final, sólo podrá consignar una “pequeña victoria” (“Hoy hace exactamente ocho días que no escribo. (…) Recuerdo que el pasado miércoles estuve a punto de escribir y pude evitarlo”), pero tendrá que escribir que no ha escrito para que quede constancia de ello, con lo que su triunfo se convertirá en derrota. Y a esa derrota, que es toda una victoria de su autora, debemos una de las novelas más hermosas de la literatura latinoamericana.

El libro vacío / Los años falsos 

Josefina Vicens
Prólogo de Sara Mesa. Tránsito, 2023
CreeCamp1871

 

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EL RETORNO DE EMMANUEL BOVE.

boveBOVE2En Italia la nueva editorial Ventanas rescata Memorias de un hombre singular, una obra de 1939 de Emmanuel Bove.

Artículo de Gennaro Serio en Il Manifesto, edición del 11 de junio de 2023

Algunos novelistas parecen componer páginas enteras con el único fin de ocultar -entre las espirales de una prosa aparentemente onírica- las pistas en las que se esconde el significado más íntimo de su obra. La narrativa de Emmanuel Bove -cuyos personajes cuentan su historia oscilando entre la reticencia y la dolorosa delicadeza de tono- propone una coherente poética del «fuera de campo», en la que se dice muy poco sobre el contexto y los sobresaltos psíquicos que atraviesan los protagonistas.

Ocurre entonces que en algunos pasajes muy seleccionados, el narrador se deja ir comentando sobre alguien, o sobre una historia en la que él mismo se encuentra enredado, revelando de repente una lucidez estremecedora, casi insostenible, que hace que los libros por el Autor francés luminoso con una inteligencia específica hecha de precisión, mesura y una compostura singular admirado, no por casualidad, por varias generaciones de grandes escritores: Rilke, Beckett («tiene un extraordinario sentido del detalle», escribió el autor de Molloy) y, más recientemente, Enrique Vila-Matas y Peter Handke (quien tradujo Bove al alemán) que se hicieron eco de su redescubrimiento editorial general en Europa en las últimas décadas. Una admiración que se extiende al propio Bove, en referencia a su figura de artista marginal, de la que el propio Handke escribió, con cierto énfasis: «Debería ser el santo patrón de los escritores (puros), más que Kafka y al mismo tiempo parecido a Chejov y Scott Fitzgerald».

Zfr_DP_228En Italia, Bove es conocido sobre todo por el pequeño clásico Mis amigos, que figura en el catálogo de Feltrinelli desde hace treinta años, aunque muchas de sus obras han sido recientemente traducidas al italiano, sobre todo por pequeñas editoriales, gracias a que tras su muerte (en 1945) se encontraron en París varias obras inéditas, que luego se convirtieron en publicaciones póstumas. Entre estos últimos, la nueva editorial Ventanas propone Memorias de un hombre singular (traducción de Paola Vallatta, pp. 229, 14,00 €), terminada de escribir en 1939 pero publicada en Francia en 1987, y ahora por primera vez en Italia.

Jean Marie se mueve a través de las páginas de las Memorias, quien a primera vista parecería encarnar la figura ficticia recurrente del hombre que vive solo en su habitación amueblada en París, se ocupa de pedir dinero a sus amigos y no exige nada más de la vida . . que «un lugar propio entre los hombres». Narrada en primera persona, la historia avanza desde la parte inicial -donde hablamos de un préstamo financiero que no parece llegar y de una persona de confianza que trata mal al protagonista, en un París descolorido pero de pronto enmarcado por un foco sorprendente- a un bloque central más corpulento, y más abiertamente autobiográfico, con un análisis dramático que traslada a Jean Marie a su infancia, lejos de la capital, en los albores del siglo XX.  Hijo de una mujer pobre, nació de la violencia que la niña sufrió por parte de un militar. Luego, al crecer en contextos más o menos acomodados, Jean Marie comenzó inmediatamente a cultivar ese sentido de extrañamiento de todo y de todos los que lo acompañarían a lo largo de su vida: ni pobre ni burgués, ni ciudadano ni compatriota, cuando creció nunca miró realmente para un trabajo, prefiriendo una especie de indeterminación pensativa, que lo lleva a buscar, y luego rechazar abruptamente, la compañía de los demás.

En su complejidad, el protagonista lejano de Bove no se parece al «extranjero» de Camus, cuya intensidad no posee : se distancia de las cosas con un gesto apático, y sin embargo parece sufrirlas a cada paso, construyendo fantasías de descanso. y cavilando sobre posibles puntos de inflexión existenciales hasta la última línea del libro. Si acaso, en Jean Marie hay algunos rasgos de ilusión que remiten a los personajes de Flaubert, a Frédéric en L’ Education sentimentale , e incluso a los apocalípticos Bouvard y Pécuchet . Pero en la voz del protagonista de las Memorias no hay falsete, ni impostura: más bien las preguntas apremian -el texto está sembrado de una dolorosa cosecha de signos de interrogación-, los remordimientos,   los momentos  en el que un imperceptible movimiento del mundo que pasa ante sus ojos parece sugerir una solución a todos los problemas, para luego desvanecerse en el aire («Es tarde en la noche detrás de la École militaire. Pero aquí hay un poco de luz. Can’ ¿Seré amado tal como soy?»).

En Bove -y Memorias de un hombre en particular es un ejemplo perfecto- hay una tendencia radical a desvitalizar el espacio narrativo (¡Beckett!) que, sin embargo, en lugar de encerrarse en las trincheras de una narración desconsolada e inalcanzable, nos permite vislumbrar, desde algún lugar del fondo, o más fácilmente completamente excluida del delgado marco de la novela, una vitalidad irreductible: lejana, por supuesto, pero aún no fuera del alcance del hombre que, escribiendo, habla de sí mismo.»

https://ilmanifesto.it/emmanuel-bove-vagabonda-vitalita-di-un-collezionista-di-punti-interrogativi#:~:text=Emmanuel%20Bove%2C%20vitalidad,de%20s%C3%AD%20mismo.

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Conquistar los márgenes ////// Jordi Puntí.

 debat-punti-eixample-obertura-1100[Jordi Puntí ante el equívoco de Barcelona.]

gran artículo publicado en la revista Barcelona Metropolitan.

cine Chile. Paseo de Sant Joan. Barcelona. https://www.barcelona.cat/metropolis/es/contenidos/conquistar-los-margenes

La estructura geométrica de Barcelona dibuja los escenarios de su literatura, en algunos casos mirando hacia un interior asfixiante y enojoso, en otros hacia unos márgenes que son cambio y redención. Y, siempre, desafiando las leyes topográficas.

El equívoco de Barcelona empieza con los mapas. La estética nos pierde. A finales del xix, el enrejado unificador del Eixample resolvió por siempre jamás un orden que reescribe las leyes de la topografía para situar el mar abajo, la montaña arriba y los ríos a los lados. Los barceloneses vamos a menudo del oeste hacia el este, y al revés, pero los mapas nos quieren hacer creer que cuando buscamos el mar bajamos de norte a sur. Para engañar a la brújula del cerebro, decimos lado Besòs o lado Llobregat, mar o montaña.

La literatura que ha retratado Barcelona es a menudo un trayecto vertical, por lo tanto, entre un norte y un sur que son falsos, pero que han asumido este papel simbólico. En Vida privada, de Josep M. de Sagarra (1932), los Lloberola tienen que dejar el caserón de la calle Sant Pere Més Baix con la impronta de la aristocracia sin imaginación que “es va anar desinflant” [se fue deshinchando] y se dirigen hacia la calle de Mallorca, hacia Bailèn: muestras de este Eixample burgués, “gairebé anònim dins la geometria uniforme dels pisets de Barcelona” [casi anónimo dentro de la geometría uniforme de los pisitos de Barcelona]. Cuando Frederic busca las noches de diversión, sin embargo, siempre vuelve al “Xino”, a los cabarets como La Criolla o el Lion d’Or, donde Sagarra exulta describiendo la vida picante.

Unos años más tarde, en 1969, Blai Bonet narra en Míster Evasió este descenso físico y social, con unos estudiantes de La Salle que, un domingo, cogen un autobús en la Bonanova y bajan hasta el Somorrostro. El narrador describe las “barraques fetes en una nit, amb portal baix, tapat amb cortina de saca” [barracas hechas en una noche, con portal bajo, tapado con cortina de saco], asentadas en “un fanguer amb tot de bassiots d’aigua virolada, bonica i tot, de pixar-hi gossos, gats, genteta” [un barrizal lleno de charcos de agua irisada, bonita incluso, de mear perros, gatos, gentecilla]. Son caminos que van y vienen, y así en La cremallera (2016), poema de Martí Sales, el trayecto va hacia arriba, de la Rambla a la montaña Pelada del Carmel, en una Barcelona inundada: “La ciutat / s’abraça al mar i les onades / hi ballen: ara s’esperen algues / a cada cantonada o bar, / barcelonines com el martiri / de santa Eulàlia i la cova / Fumada, el gòtic inventat, / […] morir-te en vida al passadís / de l’enllaç de passeig de Gràcia, / no haver entrat mai a la Sagrada / Família” [“La ciudad / se abraza al mar y las olas /  bailan: ahora se esperan algas / en cada esquina o bar, / barcelonesas como el martirio / de santa Eulalia y la cueva / Ahumada, el gótico inventado, / […] morirte en vida en el pasillo / del enlace de paseo de Gracia, / no haber entrado nunca en la Sagrada / Familia].

En general, después de la guerra este mapa espurio empieza a ser compartido por los narradores en catalán y en castellano. La migración española desvía el eje y algunos novelistas buscan su «Xino»; también se abren al extrarradio, a ambos lados de la ciudad que crece, y habría que decidir qué los lleva ahí: la lengua, el espacio virgen, la epopeya, la necesidad de arraigarse a través de la literatura… Y hasta hoy. Sin embargo, Juli Vallmitjana ya escribía en catalán sobre los gitanos y los desclasados en La xava (1908) o Sota Montjuïc (1910), y, un siglo más tarde, Julià de Jòdar explora una cosmogonía del Besòs en la trilogía L’atzar i les ombres.

De una manera bastante precisa, hay un momento en el que estas dos literaturas confluyen con fuerza en un mismo espacio. En Últimas tardes con Teresa (1966), Juan Marsé escribe sobre Pijoaparte: “Acaba de salir de su casa, que forma parte de un enjambre de barracas situadas bajo la última revuelta, en una plataforma colgada sobre la ciudad: desde la carretera, al acercarse, la sensación de caminar hacia el abismo”. Aquel mismo año 1966, Mercè Rodoreda publica El carrer de les Camèlies: unos años después de la guerra, más o menos cuando Pijoaparte debía instalarse con su hermano en el Carmel, Cecília se va a vivir con Eusebi. “La barraca només tenia dues parets de maó; les altres eren fetes amb llaunes, amb fustes velles i amb trossos de sac entaforats per les escletxes” [La barraca solo tenía dos paredes de ladrillo; las otras estaban hechas con latas, con maderas viejas y con trozos de saco incrustados por las rendijas], explica. A ella, el abismo la atrae.

A menudo da la impresión de que estos márgenes de Barcelona son puntos de fuga para liberarse de un mundo sofocante y a la vez tedioso, en catalán y castellano. Parece que los narradores eviten la vida burguesa. Pasan de puntillas por el Eixample, de la Dreta o de la Esquerra, como si la cuadrícula los obligara a escribir demasiado recto e, incluso así, no debe de ser ninguna casualidad que para Miquel Bauçà fuera una torre de observación ideal: El canvi (1998) lleva por subtítulo “Des de l’Eixample”, y en la entrada sobre “L’abundor” escribe: “Fins que no em vaig establir a l’Eixample, no havia sabut què era la veritable abundor, la plenitud, la lucidesa i la calma, que són una mateixa cosa, però diferent de la no-necessitat» [Hasta que no me instalé en el Eixample, no había sabido qué era la verdadera abundancia, la plenitud, la lucidez y la calma, que son una misma cosa, pero diferente de la no-necesidad].

Hay un tópico frecuente que dice que la novela en catalán prefiere la vida rústica y tiene alergia a la metrópoli, pero tendríamos que ponderar, una vez más, qué perspectivas literarias arrasó la guerra, qué conexiones culturales con las capitales europeas. Recientemente se han reeditado los cuentos de Víctor Català, y en el prólogo de Caires vius (1907) —una avalancha de arrebato y agudeza verbales, en la que no deja títere con cabeza— la autora defendía la convivencia del ruralismo y “el ciutadanisme… el portaveu de l’esperit poderós i multiforme de l’urbs» [el ciudadanismo… el portavoz del espíritu poderoso y multiforme de la urbe]. Son pistas que, de forma nada inocente, ya prefiguran el malentendido del novecentismo y toda la pesca.

 

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Atención a LIBRE, de Lea Ypi. Meditación profunda sobre el significado de ser libre. [Anagrama]

LibreAtención a este libro verdaderamente importante: Libre, de la albanesa Lea Ypi (Anagrama). La Revolución francesa no logró nada, dice alguien en sus páginas, y lo justifica diciendo que sigue habiendo personas extremadamente ricas que toman las decisiones y otras muy pobres que no pueden cambiar su vida. Al leerlo, sabemos que no tardará alguien en decir lo contrario. Libre es un libro admirable desde todos los puntos de vista y también desde ninguno. No le falta el humor, pero, sobre todo, es –su rasgo precisamente diferencial– una meditación muy profunda sobre el significado de ser libre. Por mucho que Lea Ypi mezcle memorias, ideas por todas partes, narrativa de primer orden con filosofía, Libre no es para nada un texto inclasificable, porque pertenece al mejor de los géneros: la genialidad sin fisuras.

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Vuelve Korner, el festival de cultura y fútbol, promovido por Real Sociedad Fundazioa.

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Vila-Matas, Carolina Bang y dos actores de ‘Ted Lasso’ protagonizan el festival Korner.El Diario Vasco / MITXEL EZQUIAGA

EPEl escritor Enrique Vila-Matas.

Vuelve Korner, el festival que aúna cultura y fútbol, promovido por Real Sociedad Fundazioa en colaboración con Donostia Kultura. Esta sexta edición se celebrará en diversos espacios de San Sebastián desde este sábado, día 10, hasta el 17. Escritores como Enrique Vila-Matas, la actriz y productora Carolina Bang y dos de los actores de la popular serie ‘Ted Lasso’ son algunos de los protagonistas.

Korner arranca este sábado en el Principal con un espectáculo de monólogos creado por el humorista Óscar Terol expresamente para la ocasión: ‘Apercibidos’. Además del cómico participarán los actores Maribel Salas y Sergio Arróspide y el músico Pirata. ‘Apercibidos’ se enmarca en la popular sección Monologoles y, según Terol, «los textos hablan de lo que significa ser aficionado sufridor guipuzcoano y de la Real». Las entradas cuestan 18 euros.

El domingo será una mañana festiva en Zubieta: Korner propone una sesión de retos para los pequeños con el youtuber Delantero 09. Es necesaria la inscripción previa en la web del festival.

Ya el lunes 12, también en el Principal, Korner homenajea a la serie ‘Ted Lasso’, protagonizada por el singular entrenador de fútbol del mismo nombre interpretado por Jason Sudeikis. Estarán en Donostia Cristo Fernández, que interpreta en la serie a Dani Rojas, uno de los personajes más populares de la ficción, y a otro de sus actores, David Elsendoorn. Ambos charlarán con la presentadora y actriz Maitena Salinas. La entrada es libre. También el martes se hablará de series, en este caso de HBO Max, con ‘Pollos sin cabeza’.

En el auditorio del Reale Arena estarán la productora y actriz Carolina Bang, creadora de la serie junto a Álex de la Iglesia; el actor Miguel Ángel Solá; el guionista Jorge Valdano Sáenz y el realizador Rodrigo Ruiz Gallardón. ‘Pollos sin cabeza’ se centra en la historia de Beto (interpretado por Hugo Silva), un ex futbolista y actual representante de jugadores.

A las series les siguen los escritores en el Centro Cultural Ernest Lluch. El miércoles 14, con el título de ‘Euskal literatura eta futbola’, Harkaitz Cano y Karmele Jaio debatirán sobre las relaciones entre literatura y fútbol moderados por Jon Kortazar. Y el jueves 15, en la sección ‘Visiones del fútbol’, Enrique Vila-Matas conversará con Ylenia Benito.

El viernes 16 el festival vivirá una «jornada lúdica», según la organización, con ‘Txurdinekin argazkiak!!!’, invitación para fotografiarse con la mascota de la Real. Será a las 18:00h en Ernest Lluch, en el marco de la exposición ‘Marrazkien indarra’, muestra de los trabajos más destacados de Marrazketabar (Mikel Soro). Ese mismo día, a las 19:00h, en el Reale Arena, el equipo del pódcast ‘Saber y Empatar’, compuesto por Miguel Gutiérrez, Carlos Marañón y Antonio Pacheco, ofrecerá una sesión en directo con Ander Izagirre como invitado en un lugar especial: la Zona Premium del estadio, a pie de campo. La actividad es gratuita pero es necesario inscribirse en la web del festival.

El cierre, como cada año, será en Chillida Leku. El sábado 17 el escritor argentino Andrés Neuman conversará con Carlos Marañón a las 12.00 sobre la intensa relación de Argentina con el fútbol, evidenciada otra vez en el último Mundial.

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Extract from the English edition of MONTEVIDEO, de Enrique Vila-Matas.

IMG-20230311-WA0005(2)Translated by Annie McDermott and Sophie Hughes.

I n February of ’74 I travelled to Paris with the anachronistic intention of becoming a writer from the 1920s, ‘lost generation’ style. That was my, shall we say, unusual aim on moving there, but even as a young man I couldn’t fail to notice, as I wandered the streets, that Paris was absorbed in its latest revolutions, and this filled me with a vast, monumental laziness, an overwhelming lethargy at the mere thought of having to become a writer there, let alone a lion hunter à la Hemingway.

To hell with everything, especially my aspirations, I said to myself one evening as I crossed the Pont Neuf. There must be some way of escaping this fate, I’d been thinking non-stop throughout the whole of that day. In the end, I turned down a dimly lit street and embarked on a life of crime that somehow plunged me back into an adolescent mindset that I thought I’d put behind me: the classic dispirited state of a young man whose great poems would revolve around ‘solitude’ and ‘his weatherworn soul’, were he not too busy selling drugs to write them.

In Paris, at any rate, I wasn’t so foolish as to be taken in by the total void, which had already wrecked my first youth, in Barcelona. Instead, I succumbed to a kind of controlled meaninglessness, bordering almost on pretence, and did little else but explore, in considerable depth, and from top to bottom, the seedy side of Paris, the diabolical side, that glorious city described in The Other Paris by Luc Sante (neighbourhoods teeming with flâneurs, Apaches, chanson stars, clochards, brave revolutionaries and street artists), the Paris of outcasts, the Paris of anti-Franco exiles with their well-organised drug network, the Paris of washed-up has-beens, the Paris of dizzying social frenzy.

A Paris that, many years later, would be the setting for my account of those days spent dealing hashish, marijuana and cocaine, during which I failed to devote a single minute to writing, and was overcome, what’s more, by a sudden lack of interest in culture more generally; a lack of interest that cost me dearly in the long run and was even reflected in the oafish title I gave to my account of those turbulent times: A Garage of One’s Own.

Paris, for me, during that first two-year stay, was simply a place where I sold drugs and where, for a brief three-month period that went by in a flash, I was addicted to lysergic acid, LSD, which led me to understand that what we call ‘reality’ is not an exact science but a pact between a great many people, a great many co-conspirators, who might one day decide, for example, that the Avenida Diagonal in your hometown is a tree-lined boulevard, when in fact, after a dose of acid, you can see quite plainly that it’s a zoo rife with beasts and tropical birds, all with a life of their own and running amok, some even swinging in the treetops.

During that first two-year stay, my Parisian world was limited to a modest patch ruled by small-time dealers, and the odd party full of depressed Spanish exiles; lousy parties, albeit with plenty of red wine, and about which all I remember is the habit I developed of saying goodbye to each and every one of my pseudo-friends and acquaintances with the words:

‘Did you know I’ve stopped writing?’

At which point someone would invariably jump in and correct me:

‘You never wrote in the first place!’

And it was true, I didn’t write, or rather I hadn’t since I published my first and only book, the exercise in style I completed in some barracks in the North African city of Melilla. It was titled Nepal and consisted of a veiled take-down of the bourgeois family, along with an explanation of how I intended – blessed innocence, I had yet to set foot in Paris, or venture down that dimly lit street – to remain utterly unchanged, identical to my current self for as long as I lived; in other words, to remain in thrall to the wholesome hippie tendencies I had found so seductive until some countercultural, libertarian, pacifist scoundrels took me to work a sugar-beet harvest and everything suddenly changed.

No one in Paris knew, nor was there any reason why they should, that I had written and published a book on my return from Africa, a little novel that passed itself off as having been written in Kathmandu and whose prose was so experimental that the critique of the bourgeois family went entirely unnoticed. I’d never told anyone about my days in Melilla spent playing at feeling like Gary Cooper in Von Sternberg’s Morocco (though I lacked all the requisites to pull it off – Marlene Dietrich, for starters), and this gave me, among other things, the chance to try my hand at being someone else, at reinventing myself, though in the end I always found that, much as I longed to be many different people and to have been born in many different places, my likeness to myself was just too strong, and not a day went by when I wasn’t reminded that the risk of trying to be someone else is precisely that we end up resembling ourselves.

Enrique Vila-Matas

Translated by Sophie Hughes and Annie McDermott

Translation © 2023 by Sophie Hughes and Annie McDermott. Montevideo is forthcoming in 2024 from Dalkey Archive Press.

From MONTEVIDEO

by Enrique Vila-Matas

Published by Dalkey Archive Press (2024)

Translated by Annie McDermott and Sophie Hughes

The Spanish Riveter is honoured to publish this exclusive extract from the English edition of  Montevideo, which is forthcoming from Dalkey Archive Press in 2024.
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Nada, excepto eso, la vida. [Café Perec]

dddLa otra cara de la Feria se ha quedado en casa, en mi biblioteca de cuarto oscuro. Iluminación y penumbra. Me acuerdo de Alberto Savinio que, muy descontento de las enciclopedias, acabó escribiendo una para sí mismo. Una maniobra por el estilo es la que me ha llevado a colocar mis libros favoritos en un cuarto oscuro de casa. Allí, la luz es débil a propósito, lo que me permite sugerir que tal vez a mi biblioteca más personal, y a la literatura en general, puede que les siente mejor la oscuridad.

Muchas mañanas, a modo de calentamiento previo, he rescatado a ciegas del cuarto oscuro un tomo al azar y lo he releído hasta que me ha entrado un irrefrenable deseo, fuerte impulso de escribir. ¿Cómo lo diría? Salvando las insalvables distancias, un impulso comparable al de Kafka cuando expresó su deseo de convertirse en indio y cabalgar sin espuelas y sin cabeza de caballo. Su breve relato es de complicada trama gramatical y extraño empleo de los tiempos verbales, pero también el cuento más libre que he leído nunca: habla de cuando Kafka quería convertirse en Kafka.

No podría vivir sin esa selección de libros esenciales para mi ánimo, sin esa biblioteca de cuarto oscuro. Sin la oscuridad —decía Blanchot— no existiría la obra de arte. Ante la oscuridad, la misma obra no tiene importancia. Es más, toda la gloria de la obra y hasta el deseo mismo de una vida feliz en la luz del día, son sacrificados a esa única inquietud: buscar en la oscuridad lo que la misma oscuridad, la misma noche, trata de disimular: ese vértigo o punto profundamente oscuro hacia el cual tiende el arte, el deseo, la misma noche y la muerte.

Entre los iconos de mi biblioteca de cuarto oscuro están ciertos libros que nos hemos de contentar con imaginarlos. Amélie Noury los nombra en su luminoso Como no he escrito ninguno de mis libros (Greylock): Tratado del dandismo, prometido por Baudelaire, o Vita nuova, prometido por Barthes. Y otros de los iconos del cuarto es, por supuesto, el oficinista Bartleby, el copista que inventara Melville y que representa la parábola por excelencia del origen de la literatura contemporánea; la historia de aquel “fósforo en la oscuridad” del que hablaba Faulkner, la poética del hombre exiliado en el mundo, del humilde escribiente que tanto me recuerda al Kafka que paseaba por toda Praga con su extraño abrigo de murciélago y su bombín negro. Y llegados aquí, ¿cómo no recordar al joven Kafka riéndose a carcajadas mientras leía en voz alta Jakob von Gunten, de Robert Walser? Y luego está Raymond Roussel, encerrado en sí mismo, en su caravana con las persianas bajadas, contemplando la luz increada que nacía dentro de él, dentro de su obra, entregada a un tipo de cibernética aplicada a la literatura y que produjo obras como Locus Solus. Y, por supuesto, la escritora con menos cibernética del mundo, Emily Dickinson, y su poesía intensamente secreta. Y Marguerite Duras, que dijo que la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.

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Estás en Europa.

BartlLlevaba pocas horas en Viena, la neutral y bella Viena, me habían dicho. En el Café Central leí en internet que había cinco mil espías en la ciudad. ¡Cinco mil! Todos pro-Putin. Un servicio civil de inteligencia se dedicaba a localizar para la Federación Rusa las rutas del armamento occidental que iba a Ucrania. No era una falacia, ya llevaba meses publicada por Financial Times, y también se encontraba en Viena directo, el blog que fundara en 2006 Paco Bernal.

Decidí continuar con lo que había programado y descendí a la imponente Cripta de los Capuchinos. Al alcanzar de nuevo la calle, supe que en la ORF hablaban de un “incidente” ferroviario de aquel domingo: en el tren regional que unía Innsbruck con Viena, los altavoces habían emitido, durante veinte minutos, fragmentos de un discurso de Adolf Hitler. Saber esto, me dejó de piedra, y hasta más silencioso que cualquiera de los sarcófagos de la Cripta de los Habsburgo.

Me resultó inevitable relacionar el incidente con aquel fragmento de El mundo de ayer –no me separé del libro en todo el viaje–, donde Zweig contaba que, ya en el continente americano y, creyéndose lejos de Europa y del horror nazi, viajando a toda velocidad en un coche Pullman por Texas, entre Houston y otra ciudad petrolera, oyó de pronto que alguien despotricaba a gritos en alemán: un pasajero había sintonizado, en el receptor de radio del coche, por azar, una emisora berlinesa, de modo que, rodando en el tren a través de la llanura de Texas, Zweig tuvo que escuchar un discurso de Hitler.

Por la noche en Viena, me disponía a revisar algunos de los fragmentos que, en años lejanos, había subrayado de El mundo de ayer cuando me acordé de la bibliomancia de la que me hablara un día Olga Merino: una práctica adivinatoria, popular en la Edad Media, que consistía en abrir un libro (entonces un códice) por una página al azar, e interpretar el párrafo adaptándolo a la circunstancia presente.

Decidí practicar la bibliomancia. Y abrí al azar el libro de Zweig entrando en la página donde comentaba que, cuando alcanzó Hitler el poder, había detrás de la impresión que daba de ser un pelagatos, una calculada contención para no precipitarse y dejar ver demasiado pronto el radicalismo total de sus intenciones. Semejante táctica le funcionó. Era una estrategia construida con osados movimientos, como la quema de libros en la plaza de la Ópera de Berlín, movimientos seguidos de pausas para ver hasta dónde podría llegar cuando decidiera mostrar su verdadero rostro. Y sí, le funcionó, en gran parte gracias a la arrogancia de los intelectuales y de los políticos alemanes que preferían ver en él a un grotesco agitador de cervecerías.

Cerré el libro y agradecí a la bibliomancia que me hubiera permitido interpretar aquel párrafo de Zweig adaptándolo a las circunstancias actuales de una Europa en la que, por incomprensible que parezca, muchas veces los errores, como las tácticas de engaño, no se leen a tiempo, no se ven o no se quieren ver venir, y, dando paso a la barbarie, fatalmente se repiten.

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Montevideo, novela maestra. [Criticismo]

Isaac García Guerrero (Revista Criticismo):wartezimmer-3dbc7f1b Casa de Freud

Hace ahora veinte años, en 2002, Enrique Vila-Matas publicó un artículo esclarecedor en Babelia, el suplemento cultural del diario español El País. Bajo el título de “Enfermos de literatura”, comentaba sobre varios autores que no podían vivir sin leer ni escribir. Tal era la comunión entre vida y literatura en la biografía de estos escritores que Vila-Matas consideraba sus muertes una contribución a la obra literaria. Según el autor barcelonés, a esa enfermedad Juan Carlos Onetti la llamó literatosis, y la habrían sufrido, entre otros, Fernando Pessoa, Franz Kafka, Paul Valéry o W. G. Sebald, además de personajes de obras como La montaña mágica de Thomas Mann. Así, la literatura, vista como acto creativo, sería un espacio intermedio, una suerte de pasaje entre la realidad gris contenida en el despacho, la habitación o la biblioteca y el mundo posible y alternativo de la ficción.

Veinte años después de aquel artículo, Enrique Vila-Matas nos regala Montevideo, una novela en la que sigue ahondando en aquellos temas. La trama tiene, al menos, dos niveles interconectados: el argumental y el metaliterario. A nivel argumental la historia es simple. Un escritor especula en primera persona sobre su bloqueo productivo al tiempo que narra un viaje por diferentes ciudades en busca de la inspiración necesaria para retomar la escritura. Desde unas referencias iniciales al comienzo de su carrera literaria en París, la narración transita por las ciudades de Cascais, Montevideo, Reikiavik, Bogotá, el retorno a París y continuas alusiones a Barcelona. Durante este periplo, el protagonista, que por momentos coincide con el Vila-Matas escritor, busca el punto geográfico en el que realidad y ficción se conectan. Un punto que coincide con un umbral a través del que físicamente se puede acceder al lado de la ficción y donde el narrador intuye que superará su bloqueo. Geográficamente, el narrador conjetura que este umbral se encuentra en una puerta detrás de un armario en una pequeña habitación de hotel de Montevideo.

En este punto es donde la trama narrativa se conecta con el nivel metaliterario. Además de las tradicionales citas vilamatianas –reales, apócrifas o alteradas– de otros autores y de figuras simbólicas de la cultura occidental reciente –aquí el actor francés Jean-Pierre Léaud juega un papel importante–, juega un papel importante la puerta cegada que da nombre al cuento de Julio Cortázar “La puerta condenada”. Más allá de la referencialidad literaria que abarca toda la novela y de la que dicho cuento de Cortázar es centro, la novela entera es un tratado de ficción. Ya en su primera sección, “París”, se hace una clasificación de las “cinco tendencias” narrativas en ficción: “la de los que no tienen nada que contar”, la de los que “deliberadamente no narran nada”, la de los que “no lo cuentan todo”, la de los que esperan que “Dios algún día lo cuente todo” y la de los que “se han rendido al poder de la tecnología” haciendo “prescindible el oficio de escritor”. A partir de esta clasificación, el resto de la novela, además de intentar encontrar ese punto de conexión entre realidad y ficción, es un periplo por estos posibles tipos de narrativa. Montevideo, así, se convierte en la gran búsqueda del secreto de la misma literatura.

Todo esto ya está en la tradición literaria que inspira a Vila-Matas. De hecho, el tema de la enfermedad unido al proyecto personal de vida es una de las fuentes de la que brota la novela moderna europea. Más allá del decadentismo nihilista de la azoriniana Diario de un enfermo (1901), que no es un referente del autor, la obra de Thomas Mann nos puede servir de ejemplo. Tanto en La montaña mágica (1924) como en La muerte en Venecia (1912), los protagonistas realizan un viaje por motivos de salud, Hans Castorp a Davos y Gustav von Aschenbach a Venecia. Ya se trate de un balneario o de un hotel –elemento este que coincide con Montevideo–, tanto el espacio físico como el arquitectónico se instituyen en el locus en el que la vida se debate entre la curación y la muerte. Además, Aschenbach, como el protagonista de Vila-Matas, es un escritor que, tras los éxitos pasados, ha perdido la inspiración y solo a través de un viaje que conecte vida y obra puede vislumbrar una salida a su estado. Más cercano en el tiempo, Thomas Bernhard, autor austriaco admirado por Vila-Matas, también explora esta temática en diferentes vertientes. En el plano literario, sus personajes enfermos o perturbados, como en Trastono (1967), se debaten entre la realidad y la ficción a través de un discurso que desdibuja sus límites. De hecho, Bernhard da un paso más al borrar efectivamente los límites entre su propia biografía y ficción. Así, en El aliento (1978), uno de los volúmenes de su biografía semificcionalizada, narra su internamiento en el sanatorio de enfermos pulmonares y su encierro en el cuarto de enfermos terminales. En este cuarto concreto, un autoficcionalizado Thomas Bernhard une literatura y biografía a través del fluir de la conciencia de su protagonista. De la misma manera que los personajes de Mann viajan enfermos a un lugar concreto para potencialmente recuperarse, Bernhard redime a su yo personaje en ese espacio cerrado en el que es capaz de adquirir conciencia de sí mismo y afirmar su voluntad de no rendirse ante la enfermedad.

Dadas estas fuentes, no nos puede sorprender encontrar la vida de un enfermo de literatosis en su obra anterior al artículo de 2002. Vila-Matas, antes de hacerse mundialmente conocido en el año 2000 con Bartleby y compañía, se había dado a conocer en España con su Historia abreviada de la literatura portátil, de 1984. Esa obra, tan literaria en sí misma, ya contenía todo el aparato de citas y conocimiento apócrifo que el autor ha venido desarrollando desde entonces. Vista ahora, desde la distancia y el conocimiento de su obra posterior, esa Historia abreviada constituye una Piedra de Rosetta de su trayectoria literaria y, si bien tiene momentos desiguales, contiene pasajes magistrales que la convierten en una verdadera obra de culto.

De hecho, tanto en aquella como en esta nueva novela se parte de un mundo referencial europeo en el que París es una meta cultural y lugar de formación. El inicio de su viaje comienza en una ciudad que es origen del desarrollo de muchos de los movimientos vanguardistas del siglo XX. Por eso, en Montevideo están presentes Stéphane Mallarmé o un concierto de Miles Davis u otros autores europeos como W. H. Auden. Además, como la novela refiere, y ya contó el autor más o menos autobiográficamente en su París no se acaba nunca (2003), París también es el punto de inicio biográfico de su trayectoria literaria. Al igual que para otros españoles que escapaban del franquismo, París era una puerta cultural de entrada al prohibido mundo europeo: más avanzado en lo estético, en lo cultural y, cómo no, en las costumbres. De ahí la sobrepoblación de referencias que denotan a partes iguales aspiración y sublimación. Un universo que, desde sus comienzos, ha sido en su obra casi exclusivamente europeo. Por eso, en su Historia abreviada, donde contaba la sociedad secreta shandy, solo recogía autores europeos –Marcel Duchamp, Paul Éluard, Walter Benjamin, Salvador Dalí o Federico García Lorca– y únicamente hacía alguna concesión a Norteamérica a través de la pintora Georgia O’ Keeffe.

Sin embargo, lo magistral de Enrique Vila-Matas no es en sí la literariedad de su obra –hija de un enfermo de literatura como anteriormente hubo otros–. No, lo verdaderamente importante, si situamos Montevideo en el conjunto de su trayectoria, es que Vila-Matas ha conseguido salir de las taras, necesarias, del propio proceso de aprendizaje para convertirse en un autor hispano-universal. Esta novela demuestra que ha quedado atrás la sublimación europeísta del español apocado que se afana en la pose y que siente que la LITERATURA –sí, con mayúsculas– está siempre del lado de allá, de más allá de los Pirineos, y que se escribe, mon Dieu, en otras lenguas. Pero no, esa literatura también está del lado de acá. Se trata de una literatura de diferentes regiones y con diferentes acentos, pero con un tronco fantástico común.  Por eso Julio Cortázar, Bioy Casares, Julio Herrera y Reissig, el citado Onetti, Gabriel García Márquez o Juan Eduardo Cirlot constituyen en Montevideo un entramado metaliterario donde en el pasado hubieran estado James Joyce o Franz Kafka. De esta manera, al reabrir esta puerta literaria que había sido condenada en periodos anteriores –no en vano el hotel donde está la puerta se llama Cervantes–, Vila-Matas conecta los lados del español, reivindica la tradición ficcional hispánica como fuente de alta literatura y se inserta a sí mismo en ella con esta novela maestra.

Visto así, Montevideo es el fin de un proceso evolutivo que le ha tomado al autor casi cuarenta años. A lo largo de este tiempo, Vila-Matas ha indagado en la literatura como continuidad vital y materia novelable. También otros antes se adentraron por este umbral, aunque no tanto desde España. Sin embargo, lo que antes fue emparentarse con literaturas distantes para legitimar la literatura propia o acudir a las fuentes nacionales para comprender la propia cultura, aquí ha sido todo un despojamiento de lo extranjero para dialogar con la literatura moderna unida por una lengua común. Al practicar la ficción como espacio de tránsito, el autor barcelonés ha sabido trascender las fronteras políticas y culturales para identificar la literatura como un espacio compartido. Un espacio de posibilidad que ya no necesita de lo germánico o francés para legitimarse. A partir de ahora, los enfermos de literatura también podrán remediar sus males en un cuarto propio cuya puerta, gracias a Enrique Vila-Matas, ha dejado de estar cegada.

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Un Epílogo para el libro ‘Los miércoles con el Torre & Friends’

epílogo

Un epílogo de Vila-Matas para el Book que reúne las tan distendidas como rigurosas charlas en youtube (2020-2023) del doctor nefrólogo Vicens Torregrossa (Clínic de Barcelona) en torno a la salud, medicina, ciencia, investigación. Un éxito de Internet, ahora en libro.

10. epilogo para una publicacion del Clínic.ENRIQUE VILA-MATAS : Era una noche oscura y tempestuosa. Llevaba dos horas confinado en una solitaria habitación del Clínic. A la mañana siguiente, me trasplantaban el riñón que donaba Paula, mi mujer. Me sentía extrañamente sereno. Sentado en un sillón, leía un librito que no pesaba nada y que, de darse el caso, parecía adecuado para trasladarlo sin problema al otro mundo. Y en eso golpearon levemente la puerta y entró un hombre con mascarilla y bata blanca, de edad indefinible. Debajo de la mascarilla, a modo de presentación, se adivinaba la cordialidad de una sonrisa. Doctor Torregrossa, dijo. Y siguió un breve silencio. Era nefrólogo y formaba parte del equipo de trasplantes de riñón del Clínic, y se encontraba de guardia aquella noche. Preguntó por mi estado de ánimo, dejó caer que había leído algunos de mis libros, y se interesó por el que leía en aquel momento. Se lo pasé. La piedra de la locura, de Benjamin Labatut. Eligió una página al azar, leyó unas líneas, siguió otro breve silencio, y cerró el libro. “No te lo recomiendo para esta noche”, dijo con una seriedad mezclada con un evidente sentido del humor.

Hoy creo ver que esa seriedad (el rigor en su oficio) mezclada con el humor es lo que el gran comunicador Torregrossa viene trasmitiendo tanto a sus invitados de Los miércoles con el Torre & Friends (original mezcla de divulgación médica y entretenimiento) como a sus pacientes.

Parece sencillo, pero no lo es, al menos así lo he percibido: en un gran ejercicio de precisión, nunca dice a entrevistados o pacientes algo más o algo menos de lo que ha de decir. Para lograr tal exactitud, despliega una admirable capacidad para escuchar, es decir, para ver al otro. Y añádase a esto una callada capacidad innata de seducción, tan sabiamente discreta que ni se nota.

No hay duda de que todo esto se refleja, junto a la exquisita distribución de sus silencios, en Los miércoles con el Torre & Friends. La originalidad de este programa, de la que este libro da pleno testimonio, está, creo, fuera de duda. “Testimonio sobre un momento único de acción e inspiración para las próximas generaciones”, he leído que alguien ha dicho.

Lo más curioso quizás sea que esa idea le llegó a Vicenç Torregrossa en 2020, en pleno estallido del covid. Pronto, el hoy llamado “Doctor Youtuber del Clínic” obtuvo una recompensa a su iniciativa, a su instante único de inspiración en momentos de tan penoso desconcierto general: la recompensa llegó en forma de una amplia audiencia, incluida la de Latinoamérica, que se volcó con la información que ofrecía el programa.

De este libro, que evoca todas las sesiones de youtube habidas hasta ahora y, en cierta forma, habla también del excelente equipo de Trasplantes del Clínic y de su pasión por el oficio, por la investigación, por un exponerse para mejorar cada día, lo destacaría todo, pero especialmente alguna de las frases que ya llevan tiempo formando parte de mi memoria. Ana Pérez (“Las enfermeras somos la columna vertebral de los hospitales”), Ignacio Revuelta (“El secreto del éxito es una persona que tenga una motivación y que el paciente sea el centro de toda su acción”), Manel Vera (“Tanto la diálisis peritoneal como los bonsáis son un arte”), María Jesús Martínez (“El trasplante renal es un renacer”). Antonio Alcaraz (“El donante vivo es como un Dios, no le puede pasar nada”)

Desde ese renacer, pido que el programa continúe. Porque ideas como éstas no se dan todos los días. Programas de su rango no abundan, ni aquí ni en ninguna parte.

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¿Estaba yo en el cuento de Cortázar?

16829399008257240037354401923851J. J. Maldonado, Revista Caretas, Perú: 

Después de leer a Enrique Vila-Matas, es imposible volver a leer otros libros de la misma forma, incluidos los libros del propio Vila-Matas.

 

“¿Qué hay tras la ventana?”, decía Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. “¿Qué hay tras la puerta?”, dice ahora Enrique Vila-Matas con Montevideo. Descubrir ese misterio o, mejor aún, inventarlo, puntuará todo el relato en un ir y venir de reflexiones, conceptos y juegos en los que desfilarán nombres recurrentes en la obra del barcelonés: Herman Melville, Antonio Tabucchi, Laurence Sterne, Marcel Duchamp, Paul Valéry, etcétera.

Poseído por el arte de la digresión, al estilo Tristam Shandy, el narrador de Montevideo saltará de París a Cascais, de Cascais a Montevideo, de Montevideo a Reikiavik, de Reikiavik a Bogotá, de Bogotá a París. Y confundido entre el cruce de lo real y lo ficticio, se preguntará con algo de miedo: “¿Estaba yo en el cuento de Cortázar?”.

Maestro de la hibridación, Vila-Matas no duda en remezclar y relucir sus mejores armas: el ensayo, la cita, la crónica, las anécdotas maravillosas, las paradojas y los misterios burlones, lo fantástico, lo épico, lo hiperreal, todo un despliegue de recursos que, a través del humor, hace ingresar a sus lectores en la lógica de la ambigüedad y del enigma, pero también en la búsqueda de un estilo propio.

Como todas las novelas que forjan la galaxia Shandy, es Montevideo un libro lleno de puertas y umbrales, de accesos y aberturas, un libro en el que constantemente la realidad se hace ficción y la ficción se hace realidad. Y es siempre en este punto donde Enrique Vila-Matas resplandece y a la vez se divierte, pues nunca se sabe si nos está hablando en serio o está tomándonos el pelo, lo cual nos desplaza con mucha inteligencia entre el asombro y la carcajada.  Se ha dicho que Vila-Matas lleva años tramando, pensando o escribiendo el mismo libro una y otra vez, pero da la casualidad de que ese libro es tan bueno que lo único que ha hecho es legitimar, una y otra vez, el universo Shandy.

Montevideo es una prueba de ello y, también, es la prueba de que Enrique Vila-Matas nos ha enseñado a leer la literatura con otros ojos y, por lo tanto, a ver el mundo de manera diferente. Pues misión cumplida.

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Página 12 publica el ensayo de ALMODÓVAR que cierra ‘El último sueño’.

720154-almow4_0Publicamos el fragmento final del ensayo final que cierra El Último sueño, el libro de Pedro Almodóvar, publicado por Reservoir Books.

Hubo un momento, hace años, en que desistí de mis aspiraciones como novelista, pero leyendo la novela de Enrique Vila-Matas Mac y su contratiempo, en la que el protagonista decide reescribir una obra ya existente, Walter y su contratiempo, me amplió el espectro sobre qué tipo de novela podría yo abordar con mis limitadas dotes.

Mac está fascinado por los libros póstumos y sueña con que el suyo pueda parecer póstumo e inacabado. También le atrae mucho la falsificación, pero yo creo que, si no existe autoengaño, no existe falsificación. Lo importante es no engañarse a sí mismo (de pronto me surge alguna duda sobre esto último) y Mac no se engaña en absoluto. Su plan es escribir todos los días, llenar un tiempo vacío porque se ha quedado sin trabajo y el día es muy largo. Pero no es la disciplina de escribir un diario lo que le atrae, sino una obra de ficción, para lo cual necesita algunas ideas. Descubre Walter y su contratiempo, una novela maltratada cuando se publicó, de la que nadie se acuerda y cuyo autor casualmente es vecino suyo y no le trata con simpatía, lo que le convierte en alguien a quien no le debe el menor respeto. Todas estas circunstancias son suficientes para que Mac decida reescribir Walter y su contratiempo y mejorarla, claro. No le preocupa el futuro, ni en términos legales ni literarios. Tal vez se muera antes de terminar la novela y esta se convierta en un falso libro póstumo.

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La novela de Vila-Matas, divertidísima e ingeniosa, me condujo a la conclusión de que hay ciertas personas, yo, sin ir más lejos, que sentimos la necesidad de escribir una novela y que lo de la calidad no debería ser un contratiempo, mi contratiempo. Si me siento incapaz de escribir una gran novela, podría intentarlo con otro tipo de novela cuya clasificación no se atenga a su calidad y grandeza. Pensé que una mala novela es, al fin y al cabo, una novela, y que, si me olvido de su calidad, o simplemente dejo de preocuparme por ella, una mala novela sí está a mi alcance. Sería una novela adulta y honesta, en la que el autor sabe lo que está haciendo y ya ha superado las veleidades juveniles de la trascendencia. Y podría resultar incluso entretenida, no sería la primera.

Encuentro en Yoga, el libro de Emmanuel Carrère, un consejo que él a su vez extrae de un libro que admira, Paseos con Robert Walser, de Carl Seelig. Es un consejo para escritores impacientes: “Tome unas hojas de papel y durante tres días seguidos escriba, sin desnaturalizarlo y sin hipocresía, todo lo que se le pase por la cabeza. Escriba lo que piensa de sí mismo, de sus mujeres, de la guerra turca, de Goethe, del crimen de Fonk, del Juicio Final, de sus superiores, y al cabo de tres días se quedará estupefacto al ver cuántos pensamientos nuevos, nunca expresados hasta ahora, han brotado de usted. En eso consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original”.

Estoy fascinado y totalmente de acuerdo, pero no me siento capacitado para llevar a cabo tan brillante ejercicio. Puedo escribir tres días sobre todo lo que me pase por la cabeza, sin desnaturalizarlo y sin hipocresías. Es algo que creo haber hecho ya, no sé si tres días seguidos, pero dos desde luego, en Navidad o en Semana Santa, que son las épocas de mayor soledad y aburrimiento. Me resulta más accesible esto que dejar que fluyan mis pensamientos, como se hace en la meditación yóguica. Pensamientos y canciones me invaden continuamente e insisten en acompañarme cuando estoy en silencio, que es la mayor parte del día que no ruedo. Sobre todo canciones. A veces es la misma canción repetida una y otra vez, hasta que mi desesperado cerebro, ejecutando una orden mía, la sustituye por otra que a su vez se repite en bucle y así hasta que me duermo. Una tortura.

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No tengo inconveniente en escribir sobre mí mismo. Diría que es casi lo único que hago. Escribir acerca de “mis mujeres” o “mis hombres” me resulta más difícil, no quiero implicar a nadie en lo que escribo, o solo si lo he ficcionado lo suficiente para que el personaje original resulte irreconocible.

De la guerra turca y de Goethe me temo que tendría que ponerme a documentarme y no me atrae mucho la idea, y en cualquier caso me llevaría más de tres días. En cuanto al crimen de Fonk, imagino que podría escribir sobre cualquier crimen de los que diariamente aparecen en las noticias. ¿De mis superiores? No tengo superiores. Soy mi propio jefe.

Es una pena, porque el consejo de Carl Seelig es estupendo, pero a la vez demuestra también mis propias contingencias y, probablemente, la de muchos aspirantes a grandes escritores.

Ya que no puedo, y me da demasiada pereza indagar sobre la guerra turca, el crimen de Fonk y Goethe, buscaré temas y personajes más cercanos. Este podría ser un buen principio:

“Nací al inicio de la década de los cincuenta, una mala época para los españoles, pero riquísima para el cine y la moda”.

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Vila-Matas, Medio siglo de literatura nueva. [por Jorge Carrión] 28 ABRIL 2023

Oviedo 7Enrique Vila-Matas, medio siglo de literatura nueva

“Montevideo”, el nuevo libro del escritor catalán sobre cuartos de hotel alrededor del mundo, contiene sus infiernos íntimos, una vía de fuga y un giro inesperado vinculado con la amistad y el amor

“A Paula de Parma, tiembla mi alma enamorada”: la dedicatoria que encontramos en Montevideo, la última novela de Enrique Vila-Matas, entronca con las dedicatorias de todos sus libros anteriores al tiempo que difiere de ellas en un verso que delata un detalle íntimo. Es la primera novela que el autor de Dublinesca escribe en un cuerpo que acoge un riñón trasplantado desde el interior de su compañera de vida. De ese modo, esas ocho palabras se convierten en una contraseña o una llave, la que abre la puerta de un libro consagrado a los umbrales.

Un libro marcado por el bloqueo del escritor, la muerte de su padre, los atentados del Bataclan, los infiernos tan íntimos, que busca y encuentra una vía de fuga tanto en los temas que definen la literatura vilamatiana (la lectura, el viaje, el humor, la tradición de Cervantes, Joyce o Kafka) como, también, en un giro inesperado, feminista, vinculado con la amistad y con el amor.

Montevideo es una versión nómada, expandida y global de Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, en la que Vila-Matas cambia su estudio por cuartos de hotel de todo el mundo. No lo hace de un modo secuencial, respetando las unidades de tiempo y espacio, sino a través de un dispositivo cuántico, jugando con la simultaneidad y las paradojas, porque “desde joven había tratado de seguir el recorrido fulminante de los circuitos mentales que capturan y vinculan puntos alejados en el espacio”, al modo de “el radar de un barco, encontrando otras realidades y otros puertos, y otras puertas”.

A Terraza de Alcalá 66. 11.0323Las experiencias extrañas en hoteles de París, Cascais, Montevideo o Bogotá, entrelazadas con paseos por Nueva York o St. Gallen, orbitan alrededor de una habitación propia pero radicalmente ajena, el cuarto secreto que le dedicó en su retrospectiva del Pompidou la artista francesa Dominique Gonzalez-Foerster. Sólo el escritor tenía la llave. Ese no-lugar, esa obra se convierte en el corazón panóptico de la topografía europea e iberoamericana que ha mapeado durante sus cincuenta años de trayectoria, pues en 1973 publicó su primera obra, que se titulaba precisamente Mujer en el espejo contemplando el paisaje. Medio siglo de exploración de viajes y paradojas, de bromas y abismos.

Montevideo se articula, como es habitual en el autor, a partir de insistencias microscópicas (las arañas, Julio Cortázar, las puertas secretas). Ritmos temáticos que cambian en cada novela, y que se inscriben en insistencias estructurales, macroscópicas, como la escritura autoconsciente, la teoría ficción, el archivo literario del siglo XX o el monólogo de un narrador cercano, irónico y reconocible, que se aleja y se acerca continuamente de la figura del autor (en este caso, reescribiendo las memorias de París no se acaba nunca en clave de experiencia de traficante de marihuana y cocaína)

9ceaf4df-6e48-4bad-9572-2e68cb2a8cf6~2Aunque el lector admire los juegos de espejos y simetrías e intertextos y fakes, o sonría al reconocer esa literatura que no se toma “demasiado en serio la literatura, lo que, a mi modo de ver, siempre ha sido la mejor forma precisamente de tomármela en serio de verdad”, también busca siempre algo nuevo. Y lo que ofrece de nuevo la última ficción de Vila-Matas es una lección de vida. La que le da Gonzalez-Foerster en el interior del libro, a partir del eco de la habitación propia de Virginia Woolf. Y que se superpone a la masterclass que vuelve a dar Vila-Matas con su compacta fidelidad a un proyecto absolutamente coherente desde sus inicios en los años 70.

Una poética que se gestó en el mundo del cine barcelonés experimental, que maduró en París a través tanto de la lectura de creación como de teoría y que se ha nutrido desde entonces de la entera historia de la literatura para desarticularla, resemantizarla: apropiársela. “Apoderémonos –hagamos nuestras, hagamos que nos pertenezcan– algunas viejas teorías que pueden resultarnos todavía hoy útiles, no renunciemos a ellas”, escribió en Perder teorías. Lo mismo se podría decir de todo lo demás que ha pasado por su biblioteca.

Si en esas dos obras maestras de la antinovela del último cuarto del siglo XX que son Historia abreviada de la literatura portátil y Bartleby y compañía (en la frecuencia de Dama de Porto Pim, de Antonio Tabucchi, que es una de las fuentes creativas de Montevideo, y el posible modelo de algunos de sus mejores momentos, como el salto entre Uruguay y Reikiavik a través de una cita de Eduardo Cirlot), aunque de espíritu duchampiano, se construyen a partir de archivos textuales, los libros que Vila-Matas ha publicado durante el siglo XXI están atravesados también por otro mundo, el del arte contemporáneo.

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Colaboraciones con Sophie Calle y Gonzalez-Foerster, que ha contado en libros como Porque ella no lo pidió, Kassel no invita a la lógica o Marienbad eléctrico, no sólo le han permitido acceder a una conversación y unas ideas que no circulan con fluidez por los circuitos literarios y que han enriquecido su narrativa ensayística (o viceversa), también lo han acompañado hacia un giro de género que no encontramos en la mayoría de los autores de su generación.

Si en los libros de Nuccio Ordine y otros escritores de prestigio europeo es abrumadora la ausencia de escritoras, en sus artículos y libros de los últimos años Vila-Matas lee y cita generosamente a decenas de ellas. Si en la gran mayoría de la novelística española no hay rastro del arte de nuestra época, en la del autor de Aire de Dylan, son frecuentes las bienales, las instalaciones, el conceptualismo, los museos, las artistas. A sus 75 años, el autor barcelonés sigue encontrando nuevas perspectivas y estímulos para actualizar su poética sin dejar de insistir en sus obsesiones de siempre.

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Montevideo es, entre otras muchas cosas, un descenso a los infiernos del bloqueo, que probablemente sea el correlato metafórico de la enfermedad y el trasplante de riñón y el postoperatorio: la reactualización de la vida. “Tiembla mi alma enamorada”, ha dicho Vila-Matas, adapta un verso de La vida nueva de Dante dedicado a Beatriz, su amada y su guía por el más allá poético (“e cui saluta fa tremar lo core…”). No es la única vez que ha cambiado la dedicatoria que casi siempre inaugura sus libros, “A Paula de Parma”, a secas. En la de Historia abreviada de la literatura portátil, de 1985, leemos: “A Paula de Parma, «… au fond de l’Inconnu pour trouver le nouveau». Al fondo de lo desconocido para seguir encontrando lo nuevo.

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Universo [un ensayo]

antero de quental Sao Miguel

1)

Sigues pensando que del estilo se puede decir lo mismo que  del lenguaje: que es un verdadero  universo que emite sus héroes, sus historias, su bien y su mal.

Universo (un ensayo). Especulas con un título así para la conferencia que das en Barcelona el 31 de mayo (cierre del festival de literatura ‘En otras palabras‘), unas diez notas sobre tu universo literario.

Un universo que, a tu parecer, no debe caer en la trampa que se tiende a si mismo, sino colocarse en un espacio que sólo le pertenece a él, lo que va a darle más aire para seguir explorando, seguir buscándose; en otras palabras: aventurándose. Recordemos (a veces pienso que es mi lema):Por la libertad, Sancho, así como por la honra, se debe aventurar la vida”.

Ahora bien: en mi país natal, no hay nada que provoque más resistencia que teorizar sobre lo que uno narra, dicho en otras palabras: poner de manifiesto los códigos; podríamos decir que estos códigos tienen que permanecer a cualquier precio inconscientes, exactamente como el código de la lengua; ninguna obra corriente es lenguaje sobre el lenguaje, hasta el punto de que la ausencia del nivel metalinguistico sea quizás el criterio seguro que permita definir la obra popular. Operar en un sentido diferente representa todavía hoy un tabú muy fuerte. Y este precisamente es el tabú que Dante -entre otros- derribó al hacer de sus poemas y de su comentario técnico una sola obra (Vita Nova), y más concretamente cuando en este libro, dirigiéndose a su balada (Balada, vete al encuentro del amor), Dante rechaza la objeción según la cual nadie sabe a quien se habla bajo el pretexto de que «la balada no es otra cosa sino lo que yo digo de ella»

2)

¿A quien…?

 

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SABER QUE SI TE ELEVAS, SI TE SALVAS, LA LITERATURA ESTARÁ COMO SIEMPRE A TU LADO. (‘Montevideo’ en Ámbito Financiero, Buenos Aires.)

5-reviews-april-20Más que un libro, “Montevideo” es la invitación de un escritor a acompañarlo en su reencuentro con la literatura en medio de una crisis creativa, para salvarse a sí mismo. Sabe que, si se eleva, si se salva, la literatura estará, como siempre, a su lado. Recuerda que el poeta W. H. Auden, en un viaje en tren, iba metido en la lectura de un libro, sus amigos le gritaban que no se perdiera los paisajes y él les contestó: “Ya va, con una mirada
basta y sobra”.

Lo imaginado es más potente que lo real. Vila-Matas vuelve a sus comienzos. Cuando fue a París “con la anacrónica intención de volverse un escritor de la generación perdida”, como Hemingway. Por suerte fracasó, y se echó a vivir, y la literatura se asoma dentro de él. Esa literatura, que son todas las literaturas, de la que el gran escritor catalán no deja de hablar en toda su obra, con entusiasmo, placer o melancolía, contando de los que escriben y de los que no escribiendo son grandes escritores, de los famosos y de los olvidados, con citas , chistes y anécdotas. Ahora, tras tantos libros sobre todo eso, se siente sin palabras; además está enfermo. De pronto recuerda su visita a Montevideo y una pieza de hotel, que ilumina otras piezas, que abren a la curiosidad y el misterio. Recuerda “La puerta condenada” de Cortázar, con ese ¿inexistente? niño que llora al otro lado, y “Un viaje o El mago inmortal” de Bioy Casares con los ¿existentes? amantes frenéticos, y que todo pasa en la misma habitación 25 del hotel Cervantes, de Montevideo, al que Vila-Matas buscó visitar para rozar el lugar de lo fantástico que habían compartido, sin saberlo, esos dos grandes escritores. Y para él es, a la vez, ese buscado cuarto donde se expande la creatividad de un escritor. Si bien Vila-Matas se confiesa no cortazariano -su modo de encontrarse con la literatura a cada paso resulta borgiano- es muy de Cortázar el descubrir puertas, habitaciones, pasajes que llevan a otro lado, a saltar a París, Cascais, Montevideo, Reikiavik, San Galo, Bogotá. Vila-Matas, ya consagrado y ecuménico, es un viajero que lleva a visitar las creaciones más variadas. Explica que él escribe “desde un espacio que suelen ocupar los ensayistas, un yo literario visible, bajo el avatar de un narrador que cambia en cada libro para poder seguir”. Una novela que es una fiesta para quienes aman la literatura.

 

M.S.

(24 abril, Ámbito Financiero, Buenos Aires 2023)

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Cómo nos encanta la idea de lo último. [Café Perec]

16808893941181211432719677036326En la página 120 de la admirable Tres anillos de Daniel Mendelsohn aparece un artista escritor ya de cierta edad que, frente a una puerta de la universidad de East Anglia, se pregunta “qué le espera”. Perdone usted, querríamos decirle, ¿está buscando saber qué le espera a su obra, o tal vez a su vida?

Sinceramente, la palabra vida es la que más brilla ahí. La percibimos relacionada con el concepto de estilo tardío que acuñara Adorno al oír las últimas y raras sonatas de Beethoven, aquel sordo que entendía el infinito.

Años después de Adorno, Edward Said escribió todo un libro canónico sobre el estilo tardío, concepto que no hemos de entender como cronológico, ya que no necesariamente expresa la última parte de una trayectoria, sino cierta cualidad formal, psicológica, espiritual. Analiza Said en Sobre el estilo tardío casos variados de artistas escritores, también de artistas músicos. Entre los últimos encontramos a Glenn Gould, que creó su propia forma de expresión de lo tardío mediante la autoexclusión del mundo de la interpretación en vivo, con lo que devino inevitablemente póstumo, por así decirlo, y, al mismo tiempo, intensamente activo.

A todo esto, nuestro hombre en East Anglia tal vez siga preguntándose si algún día sabrá hallarle sentido al tiempo que le queda. La pregunta encajaría perfecto en Los últimos días de Roger Federer, de Geoff Dyer. El libro es heredero del de Said, pero marca distancias cuando demuestra que la mente más profunda debe ser también la más frívola. Se ha dicho del libro que nos devuelve la esperanza de hallar sentido a los últimos años de la vida. Pero creo que más bien está escrito para dar cuenta de lo que significa estar vivo.

 Habla de las lágrimas de Federer, por supuesto. Pero también de la excepcional locura de Nietzsche en Turín, de Bob Dylan, del metafísico De Chirico (que en su periodo último falsificó sus propios cuadros), de la denostada última pintura de Turner (que nadie supo ver que anunciaba la pintura abstracta), de Iris Murdoch y su bloqueo (que la llevó a decir que “no poder escribir es muy aburrido”), de Beethoven y sus inefables cuartetos.

“Cómo nos encanta la idea de lo último”, escribe Dyer en su libro. Y, como es un escritor serio que no se toma a sí mismo en serio, cita al “último mohicano”, al “último tango en París”, al “último magnate”, al “ultimo campanudo”. Una lista con buen humor que permite que, enfrascados en el encanto de lo último, volvamos a la primera línea del libro de Dyer, donde se nombra The End, de Los Doors. Ahí parece seguir, también en primera línea, el artista escritor de East Anglia. Querríamos preguntarle si ya ha averiguado cómo enfocará sus “últimos días”. De estar yo en su lugar, habría contestado que me daría ya por contento con bien poco (que es mucho, según se mire): con una general cordialidad en los diálogos de todo dios, con honrados apretones de manos, sonrisas agradables en el frescor de las mañanas, con el color cómico de las rosas. Toda la jovialidad que el mundo ha perdido.

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Domingo Ródenas de Moya sobre MONTEVIDEO (Revista Ínsula)

portada_3Después de tres años de silencio, Enrique Vila-Matas ha regresado
en Montevideo (Seix Barral) a su propia casa, la de una escritura impulsada por un prurito palingenésico: el de la posibilidad de regenerarse o reinventarse cuando todo lo que había que decir parece haber sido dicho. No se trata sin más de otro tirabuzón metaliterario, sino
de una pesquisa sobre la insensatez de obedecer a la necesidad de escribir, sea lo que sea, y, en el mismo envite, una interrogación sobre el modo en que la propia identidad está encadenada a la literatura.
Esta constituye una extraña forma de vida —título de su novela de
1997—, pero también una matriz donde va adquiriendo sus rasgos la personalidad del escritor. Vila-Matas ha vinculado a menudo el acto de la escritura al imaginario de los viajes, los hoteles y las ciudades a las que acude, escenarios de hechos insólitos y criaturas extravagantes de las que sabe extraer todo su potencial cómico. El hueso de este último fruto de Vila-Matas no es otro que el deseo de cambiar de estilo (un motivo que también estaba en Dublinesca y en los cuentos de Exploradores del abismo), como si ese dejar atrás una piel ya desgastada fuera un talismán para la subsistencia o como si temiera que en la repetición está la muerte. La novela abre una nueva estancia en la casa metaliteraria del escritor, en la que ya parecía explorada toda su superfi cie. Y ese es un mérito considerable.

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Habla hoy Eva Serrano, editora de Círculo de Tiza, en MagazIN.

Entrevista con Eva Serrano, Editora de Circulo de Tiza. © Alberto R. Roldan / Diario La Razon 22 11 2016

Una editora, como ella misma explica a continuación, “es un ser emboscado, alguien que observa todo como si fuera por detrás de la puerta”. Habla Eva Serrano, fundadora de la editorial Círculo de Tiza. Desde ese quicio metafórico, desde esa franja, la editora mira cómo los seres humanos hacen y dicen cosas inesperadas, pero sobre todo, observa cómo lo describen los escritores que edita, en este caso, Dorothea Brande, Patricia Highsmith, Ursula K. Le Guin, Juan Cruz, o incluso el probable próximo premio Nobel español, Vila-Matas.

https://www.elespanol.com/mujer/protagonistas/20230409/eva-serrano-editora-no-enamoras-personas-libros/753924697_0.html

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Leer en circunstancias adversas / Sabino Méndez.

Sobre tratar de tener, de nuevo, un buen panorama en las letras españolas.

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La tónica general de la narrativa hispánica de los últimos años es una renuncia a la reflexión sobre sí misma. Mientras otras artes se escinden en corrientes contrapuestas de máxima abstracción y a veces reflexión sobre sus propios modos y herramientas, la narrativa española se ha teñido de un miedo cerval a caer en cualquier posible ombliguismo vano y ha considerado más urgente dirigir su mirada hacia los seres humanos y sus colectivos, convirtiendo sus cuitas en la exigencia primordial de su arte. Los narradores se han tensado con flexibilidad entre la directa figuración y las innumerables variantes de las distopías, perdiendo quizá de vista que las narraciones distópicas son al fin y al cabo un invertido reflejo especular del costumbrismo. Ni figuración ni distopía tienen nada de malo cuando se realizan con brío y calidad, siendo innegable que existen artistas de excelente página construyendo carreras genéricas en ese sentido en nuestro país. La vitalidad creativa es notable. Ahora bien, el único problema es que, cuando una literatura deviene exclusivamente cromos sociológicos, esa literatura probablemente se acaba.

Un efecto secundario de esa tendencia es la distorsión en la formación de lectores y el horizonte de lo que se espera de ellos. Al igual que en ciertas épocas del romanticismo, de una manera general se considera actualmente un buen lector aquel que se identifica con los protagonistas de una historia. Ese más que discutible valor supremo provoca que gran parte de las ficciones actuales tengan un enojoso aire de cuentos juveniles para adultos, no dejando espacio para la lectura suspicaz. Aparecen muchas veces una tristeza y un dolor sobreactuados. Pierre Menard y su Quijote serían hoy muy mal recibidos por ese actual lector hispánico, plañidero de los males de nuestra sociedad moderna. No es el único lugar en el que pasa. En el medio literario francófono, resulta común oír decir a escritores como Lemaitre o Carrère que aspiran a depurar de ornato puramente literario su lenguaje para hacerlo más accesible al lector de a pie. Por el camino de esa tendencia general, se pierde algo de aquel humor y erotismo que, al menos en nuestro país, arrancó a final del siglo pasado con la generación que podríamos llamar ‘shandy’, iniciada en Javier Marías y que, ganando sus galones de cosmopolitismo absoluto con Enrique Vila-Matas, aglutinó un tipo de vigorosa narrativa exploratoria donde el tiempo borró las fronteras nacionales para crear una línea de dispares registros cómplices que iban desde Alan Pauls a Horacio Castellanos Moya, Juan José Saer o Rodrigo Fresán, culminando al filo del cambio de siglo en la obra de Roberto Bolaño, indudablemente el escritor de habla hispana más reconocido internacionalmente, años después de las épocas del ‘boom’ latinoamericano.

¿Nos hemos de conformar con escoger necesariamente entre ser testimoniales o raros?, ¿entre realistas y distópicos?, ¿en aceptar una verosimilitud (la anglo) que no es nuestra verosimilitud? La ciencia ficción china puede ser muy interesante y sus imitadores anglos no menos, pero, si vibra usted como lector con las posibilidades de lo ‘weird’ busque libros como ‘El mundo en la era de Warik’, de Andrés Ibañez, o ‘Mantra’, de Rodrigo Fresán, publicados aquí ya cuando despuntaba el nuevo siglo y cuya rareza tampoco ha sido llevada ni un paso más allá.

¿Cómo explorar sendas literarias a machetazos sin perderse en la selva? Bueno, siempre está ahí el recurso de volver a las fuentes de la poesía. Frente al asalto de la inteligencia artificial, el único combate practicable para el escritor en el futuro será redefinir las percepciones. Algo que la buena poesía hace cada equis tiempo de una manera irrepetible. Las percepciones, en la medida que provienen de una experiencia individual, jamás serán replicables por la IA. ¿Recuerdan la multiplicación de festivales de poesía que se dio a principios de siglo en la península? Sueño con que corra de nuevo la buena poesía por las redes y (aunque ya sé que es mucho pedir) asistir a un combate estilístico de ‘wrestling’ en un ‘ring’ a cuatro bandas, donde en una esquina se encontrara Borges, en otra Philip K. Dick, en otra Rafael Chirbes y en otra Hunter S. Thomson. Y entonces, como decía aquel, sí que tendremos de nuevo un bonito panorama.

[ABC. 3 de abril 2023]

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Vila-Matas, pintor cultural, examina la creatividad actual. (fragmento de Peajes de la crítica latinoamericana, de Willfrido H. Corral.

Mac_e_seuEnrique Vila-Matas, mundializado sin fin, nos tiene acostumbrados

a la frase ingeniosa, al título atractivo, a la naturalidad

para resumir conceptos inteligentemente, a captar lo

netamente original en nuestra telenovela de posverdades, a

no hacer concesiones con gusto, y a separar al creador de

la creación en una época en que algunos novelistas de lengua

española se esfuerzan por mostrar un cosmopolitismo

arraigado lingüísticamente en su idioma. Las más de veinte

reseñas de la primera edición de Impón tu suerte (2018), la

mayoría españolas, coincidían, por enésima vez, en que sus

libros son biblias de un hereje, señalando su franqueza de

lector artístico, e incluso sugiriendo erróneamente que el

más reciente es una venturosa autoayuda literaria. Aun así,

no se aproximan a todo lo que genera Vila-Matas cuando,

como un intruso libresco, examina literatura y arte como

una composición natural, sin importarle a quién le moleste.

Aquellas reseñas, repetitivas respecto a las novedades que

ofrece Vila-Matas, rara vez se dirigen a su absoluta libertad

ante el mundo en que se mueve y escribe. Él mismo ha dicho

recientemente en «El mensaje suspendido», una nota de

febrero de 2020 inspirada en los procedimientos de António

Lobo Antunes, que

es imposible ser un buen artista y a la vez capaz de explicar

de manera inteligente tu trabajo. ¿Y no hablaba

de esto Coetzee cuando dijo que una de las cosas que la

gente no suele comprender de los escritores es que

uno no empieza por tener algo de lo que escribir y

entonces escribe sobre ello, sino que el proceso de

escribir propiamente dicho es el que permite al autor

descubrir lo que quería decir y que normalmente

es de contenido incierto?

Esa postura crea un tipo de punto muerto crítico: si el

escritor ya sabe qué van a decir los lectores, ¿para qué molestarse

en decirlo? Y, si se es lo suficientemente inteligente para

reconocer esos obstáculos, ¿por qué no simplemente evitarlos?

Impón tu suerte, aumentado, corregido y ahora enmendado

meticulosamente con el origen de cada texto por Mario

Aznar Pérez a pocos meses de la primera edición, es una

afirmación estética definitiva de Vila-Matas, y el dedo índice

del puñado de autores españoles con reconocimiento internacional

verificable (su obra ha sido traducida a 36 lenguas

y merecido numerosos premios), y en su caso, con influencia

entre los noveles y mileniales que han tomado la crítica como

gatillo para sus ficciones y performances públicas. Esta, su

décimo quinta colección de prosa seleccionada de revistas

culturales, columnas periodísticas (las escribe desde 1968),

congresos y algunos círculos académicos, reestructura su continua

renovación de convenciones y tradiciones. Adepto a

la multiplicidad de formas y matices de la «autobiograficción

» mundial, pero no definido por ella, Impón tu suerte

obliga a releer desde otras perspectivas que él mismo fundó

sus más de veinte novelas, entre ellas, Historia abreviada de

la literatura portátil (1985), Bartleby y compañía (2000), y

para una «teoría general de la novela», Perder teorías (2010).

¿Qué tipo de lector crítico es? Habla de sí mismo en «El

lector nuevo» (320-321) cuando dice que «[…] persigue nombres,

fuentes, alusiones, salta de una cita a otra y va de la cita

al texto y del texto al volumen y del volumen a las estrellas».

Además, es incisivo y transgresivo al leer a lo griego: la escritura,

como el fuego, es un regalo de dioses laicos. Así procede

con la literatura del pasado y la actual y su «bibliodiversidad»,

como consta en «Enrique Vila-Matas, The Art of Fiction No.

247» (The Paris Review, 234, 2020), la más extensa y prestigiosa

entrevista (hecha en francés y español, y reescrita por él, según

el entrevistador) que ha dado para lectores extranjeros.

Al presentar a Vila-Matas, ganador del Premio FIL de Literatura

en Lenguas Romances, en la ceremonia de inauguración

de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2015,

Domínguez Michael fijó su «latinoamericanidad» notando

su influencia en los nacidos en la segunda mitad del siglo

veinte, y explicando una paradoja: Vila-Matas es un escritor

de culto popular, y las lecturas transoceánicas de él no son

casuales, como sostiene alguna crítica, sino causales.

Por otro lado, al hablar la crítica de la «nueva narrativa»

se ha privilegiado a la novela. Así observan Nelson Osorio T.,

«La nueva narrativa y los problemas de la crítica en Hispano

América actual» (65-83) y Desiderio Saavedra, «Nueva crítica

para una nueva narrativa. Problemas y perspectivas» (85-91),

en Actas del simposio internacional de estudios hispánicos

(1978). Quizá por eso Martínez se refiere selectivamente a

Saavedra (62), omitiendo la discusión más completa de

Osorio. Esos detalles le tienen sin cuidado a Vila-Matas, y su

libro transmite que cuando decide escribir un libro como no

ficción, no está pensando en que presentarlo como narrativa

significa recibir menos crítica por los temas complejos sobre

los que escribe. Su imaginario se libera de su anclaje original,

como todo arte verdaderamente fuerte.

Vale recordar que en La nueva novela hispanoamericana

(1969), ensayo que traía a colación algunas teorías francesas

sobre la lengua literaria que Vila-Matas examina con cautela,

Fuentes elogió justamente a Juan Goytisolo como el puente

español de la novela que se escribía en América Latina, idea

que culminaría en la conexión con el lenguaje de La Mancha

y el protagonismo de Cervantes, acercándose al tipo de

especulación y protagonismo inesperado que a veces surge

producto del publish or perish anglófono. Pero hay diferencias

que el bienintencionado prosista mexicano no discutió,

entre otras, que él mismo no llegó a ser una influencia en

los escritores latinoamericanos recientes, y la ausencia del

mexicano de las discusiones que examino en el próximo

ensayo de este libro sobre la crítica iberoamericana de la novelística

reciente del continente es solo una prueba.

La primera diferencia es que Goytisolo en verdad nunca

llegó a ser una influencia palpable en los novelistas latinoamericanos

de su generación. Segunda diferencia: cualquier

politización que se le atribuya a Goytisolo está plenamente

ausente en el autor de Historia abreviada de la literatura

portátil. Tercera, como fija Domínguez Michael, Vila-Matas

exhibe un activismo constante en su apoyo de autores iberoamericanos

de generaciones inmediatamente posteriores a

la suya. Dicho eso, en ciertas ocasiones es demasiado magnánimo

con los escritores de aquellas generaciones, aunque

es discreto con aquellos en cuyas novelas es protagonista

o personaje. Consecuentemente hay un consenso creciente

entre aquellos y otros lectores: Paul Auster es el Vila-Matas

de la literatura mundial (recuérdese su Ella era Hemingway.

No soy Auster, 2008). Autor muy «guay» en su tierra, en las

Américas es «padre», «chévere», «bacán», según el lenguaje

popular que no práctica, aunque acaba de prologar Búnker.

Memorias de encierro, rimas y tiburones blancos (2020) del

rapero español Tote King.

Las cuatro partes de Impón tu suerte se dedican respectivamente

a I. La escritura, II. La lectura, III. La mirada (concentrada

en el arte) y IV. La idea, con un lúcido prólogo de Mario Aznar

y un epílogo del prosista como sujeta libros, donde

asevera que «En las orillas de mi obra narrativa, llevo tiempo

escribiendo una obra paralela —artículos, conferencias, ensayos—

que suele ensamblarse bien con el mundo de mis ficciones

». Esta sería «una explicación falsa de mi no ficción», para

parafrasear al Felisberto Hernández, a quien llama un «gran

fracasado» (en «Fracasa otra vez», que se debe leer de la mano

de «Por una biografía del fracaso»), porque hacía fracasar sus

mejores relatos para hundir las expectativas de sus lectores.

Como muestra esta colección con un laudable horror a

las simetrías de las que suele depender la crítica formal o

la mera exposición pedagógica, en años recientes, Vila-Matas

ha remodelado su fascinación con las vanguardias recientes

(precisamente por estar hechas de lenguaje, sus avatares no

son fantasmagóricos, sino fracasos) y la ficción autogenerada

de la cual es un maestro, ocupándose igualmente del arte

interactivo, volviendo a su apropiación libre de citas. Entre

enero y abril de 2019, por ejemplo, ejerció más de catalizador,

originador y motivador que de comisario para «Cabinet

d’amateur, una novela oblicua» (publicada como catálogo),

exhibición basada en la relación entre su obra y las instalaciones

artísticas en la Whitechapel Gallery de Londres. Así,

la performance menos censurada y más problemática de

Vila-Matas podría ser él mismo. Como todo maestro visual,

cuando retrata ilumina con un sentido de inmediatez, ocasionando

que sus lectores no sepan de quién o de qué reírse.

Su libro contiene 140 declaraciones de principio, escritas

entre 2000 y 2017, empezando con «El futuro», su mencionado

discurso de recepción del Premio FIL de Guadalajara.

Algunas provienen de su columna «Café Perec», y que en

esta haya publicado más de 200 notas entre febrero de 2010

y diciembre de 2018 da una idea de sus convicciones. Por esa

prolificidad, Impón tu suerte es más un manifiesto dilatado

que una antología (algunas selecciones pertenecen a otras

compilaciones de los que llama «dietarios volubles»), y un

hilo que las une son el aplomo, la amabilidad y el tipo de

idealismo con que comienza cada una. Al juzgar por el título

(del Impose ta chance… de René Char), Vila-Matas es un secante

de la literatura de Occidente y no soporta las políticas

de identidad nacionales, cuidadosamente asignando al escritor

lo que es del escritor, como en las notas sobre el llorado

Juan Marsé. Sería un error pensar en que su no ficción es

política al uso de las redes del mal. Para él, ese lenguaje es un

legado de voces masculinas que creen que hay algo llamado

una novela verdaderamente política, sin posiciones neutrales

en este tiempo y clima cultural. Como dice en «Pensar sin

represión», le gusta la literatura que no está muy segura de

sí misma, y a la vez la «prosa audaz, capaz de pensar sin la

menor represión; un periodismo potente, de crítica cultural

libre que vence al tiempo por su permanente huida del vocerío

general» (énfasis mío), prácticas que se nota menos y

menos en la escritura actual.

Al examinar todo lo anterior hay que tener en cuenta su

universalidad, su inmensa producción, su omnipresencia en

los debates intelectuales de su tiempo. Su calidad más importante

para ese papel es su excitabilidad intelectual. Ninguna

crítica que uno haya leído habrá parecido brillar con revelaciones

sobre los contratos sociales que las producen, y no es difícil

creer que esos descubrimientos les ocurren a los narradores

y su autor. Sin duda, su resistencia ante cualquier imposición

de carga o tributo, su casi crónica persistencia conceptual, es

el proceder que lo distingue de sus descendientes. Vila-Matas

está alerta a la esencia individual de la crítica mientras sospecha

que, a fin de cuentas, lo que le interesa más es el comportamiento

de la especie humana que sus representantes ocupados

con criticar lo nuevo. Rechaza entonces los desfiles de morales

e intercambios de modales, las costumbres exclusivamente

interpretativas, la crítica de «leyes» exegéticas e instituciones

y de dogmas e ideas sociales de los cuales los literatos saben

poco por experiencia propia, de la misma manera que no

entienden cómo se puede construir algo a la vez asombroso y

aligerado con anécdotas y confidencias literarias de perspectivas

aparentemente imposibles.

Como parte de las innovaciones literarias disruptivas de

las cuales es responsable en gran medida, dedica más energía

a lecturas perspicaces y comprobablemente novedosas de

clásicos como Kafka (como decía el checo, él estaba hecho

de literatura, no de otra cosa), Joyce (como Vila-Matas, no cree

en milagros sino en coincidencias), Walser, Nabokov, Beckett

y algunos miembros menos conocidos del grupo OuLiPo. Pero

las obras de aquellos desfamiliarizadores son un trasfondo

para enfatizar el trabajo precursor de Borges, Rulfo, Cortázar,

Monterroso, Pitol y Piglia entre los latinoamericanos; de maestros

recientes como Banville, Perec, Coetzee y Lydia Davis; y

para entender mejor a un canon conocido de otras maneras,

como hace con Cervantes (el más citado o referido después de

Borges), Stevenson, Proust y Simenon. Se puede creer que,

de alguna manera, autores como Darío, Cortázar, Ribeyro, e

incluso la peor Allende, permiten armar un argumento sobre

cómo algunas de sus obras podrían servir como manuales de

autoayuda (a lo Flaubert, Joyce, Woolf y Beckett).

Pero el hecho es que Vila-Matas evitó tales posibilidades

desde sus inicios, precisamente porque sus semblanzas, si se

acercan a retratos del artista —como bien ha argüido su crítica

al respecto, tomando como muestra un muy limitado número

de latinoamericanos—, conllevan elementos que contradicen

una visión cabal de ellos. Ahora, como asevera en su epílogo,

compartiendo la impaciencia de un Coetzee o Aira con las «novedades

»: «no me dedico a la no ficción, ni al realismo negro

ni sucio, ni a la maldita autoficción; el espacio en que siempre

me moví es simplemente el de la ficción, sin más» (447).

En rigor, al confirmar cómo no se dedica a la auto sino a la ficción,

Vila-Matas no hace otra cosa que representar el ideal platónico

en conjunción con la vida real, incorporando su propia

vida en la crítica, produciendo ironía por desproporción, viendo

la realidad desde una perspectiva doble, no desdoblada. Es

decir, al saber que es difícil no personalizar el extrañamiento

cuando se escribe ficción, en su crítica vive en el presente y no

trata de hacerle venias a un futuro que, se puede sospechar,

será muy positivo con él. Críticamente, Vila-Matas va contra

la expectativa de un público contemporáneo más amplio que

supone (ayudado por la publicidad de los editores) que una

ficción literaria debe estar basada en la vida de los autores.

¿Y qué de sus contemporáneos y del futuro del cual habló

en Guadalajara? Impón tu suerte revela más de cómo se

debe leer y hacer crítica hoy y, por ende, solo algunos de esos

autores merecen mención, no una inclusión cabal; y aquellos

que se creen obligados a intentar la gran novela solipsista en

lengua española, no merecen ninguna. Las excepciones son

Zambra, Rodrigo Fresán, y Bolaño; y en esa selección no se

va con la crítica del montón, autores que saben que cuando la

expectativa que menciono arriba se convierte preceptiva, las

lecturas críticas pueden convertirse en una trillada verificación

de información. Así, el autor de Los detectives salvajes es

el centro de uno de los ensayos más largos (y el más completo

sobre el cambio de paradigma de los nuevos escritores en

nuestra lengua), «Los escritores de antes (Bolaño en Blanes,

1996-1999», en la primera parte, y del muy reproducido «Un

plato fuerte de la China destruida», en la parte dedicada a «La

lectura». Vila-Matas nunca ignora visiones u opiniones insostenibles

de sus coetáneos; es por eso transmite una libertad

que obliga a saludar su relación con el mundo.

La propuesta o exigencia de que un novelista tiene que

ser «teórico» como crítico es una ilusión académica acuciada

hoy por varios métodos posibilitados por la nueva ciencia y

los medios y tecnologías de la agregación de algoritmos. A

pesar de numerosas diatribas contra Amazon esta persiste.

En su manifiesto digital Transmission and the Individual

Remix: How Literature Works (2012) el novelista inglés Tom

McCarthy postula que los escritores han funcionado como

computadoras antes de que estas existieran, no tanto creando

sino transmitiendo «un juego de señales» reorganizados

y repetidos continuamente en un vasto bucle retroactivo de

lenguaje. Se desprende la pregunta de si la crítica debe ser

experimental y digital, a pesar de los defectos de los nuevos

medios. No cabe duda de que hay posibilidades creativas en

la relación entre los libros y las plataformas digitales, pero

Vila-Matas sabe templar entusiasmos. Quizá por esa razón,

en la parte «La idea», la plataforma teórica para entender su

meticulosidad es lacónica, acercándose a «retratos del crítico»

de manera similar a los de un artista pictórico. Conceptualmente

sus imanes son Duchamp, Gracq, Duras, Dalí (autor de

Giraffes on Horseback Salad, o The Surrealist Woman, guion

para una película de los hermanos Marx, recuperado en 1996

y publicado como novela gráfica en 2019) y el Blanchot que

hablaba de «la claridad de la novela» en Le libre à venir (1959),

con venias a algunos formalistas rusos (varios anticuados u

obsoletos para la crítica actual).

Pero hoy parecen mantener su interés Roussel, Barthes,

David Markson y Nietzsche, para entender a Maupassant, según

Alberto Savinio. Otra vez, se encontrará más menciones

de Banville, Bolaño, Borges, Coetzee, Lichtenberg, Queneau

(que es el gatillo para «Metaliterario», sobre la restricción de

reglas y modelos literarios anticuados como motor creativo)

y Schwob. Incluso con estos exhibe la tranquilidad del intelectual

que cuando duda de los evangelistas creativos se

hace el loco, giro productivo al dedicarse a escritores que

se deslizaron hacia la oscuridad, enmarañando sus textos para

mostrar que no hay nada anárquico en refutar las tradiciones

y su política. Si esta es un derecho natural, su amor verdadero

es la literatura, porque los novelistas también pueden provocar

al público a sentir sus vidas. Y por haber notado eso no

se convirtió en crítico. Como acción correctiva necesaria para

los engreimientos estéticos y sociales reinantes, la escritura de

Vila-Matas posee un sentido nada fatuo de la cadencia que evita

líneas desechables, comprensible si se considera la amplitud

de sus lecturas y cómo descascara los textos para revelar un

tipo de belleza que puede ser vigorizante, como ver un cuadro

conocido con sus antiguos barnices.

Porque su herramienta ilimitada es el dinamismo del

lenguaje su prosa cala hondo cuando escribe sobre la poética

del fracaso, la autenticidad, ensayistas minimalistas,

Facebook, los hípsters, lo metaliterario, Tarantino, la serie

televisiva Breaking Bad, los españoles indomables y lo afín.

La punta de sus análisis críticos no es solo un conjunto de

ideas, sino una expresión de su ansiedad cultural y a la vez

de su manera inusual de apaciguarla. Habiendo descifrado

para sí mismo que «el autor» como misterio epistemológico

es malo y más un apoderado de las posibilidades ideales de la

crítica, Vila-Matas puede relajarse. Con razón muchos de sus

personajes muestran que no se puede vivir sin ideales, pero

casi siempre son demasiado débiles para estar a la altura de

ellos, quizá porque su creador sabe que las ideas y los ideales

son susceptibles de ser convertidos en sus opuestos, que no

se pueden cuantificar. En última instancia, Impón tu suerte

les pide a sus lectores confiar en los instintos de su autor,

que acepten una armonización entre contrarios nada disminuidos,

y nunca les perdona no participar en ellos. Con su

tranquilidad cerebral al confrontar altos riesgos culturales,

Vila-Matas se asegura de que sus argumentos sean portátiles.

9788418322914

Publicado en Textos, Voces de la familia | Comentarios desactivados en Vila-Matas, pintor cultural, examina la creatividad actual. (fragmento de Peajes de la crítica latinoamericana, de Willfrido H. Corral.

La ponencia de Cádiz.

Cadiz111A Sergio Pitol la ciudad de Cádiz le recordaba Veracruz. Y viceversa, claro. Una vez más hoy, al llegar a Cádiz, he recordado la tarde en que Pitol me llevó a conocer la antigua Villa Rica de la Vera Cruz, en la costa Este de México, a orillas del río Huitzilapan. Fui pues al lugar donde Hernán Cortés barrenó sus naves –no los quemó, como dice la leyenda– y edificó su primer fortín en tierra americana.

Lo que aquel día pude ver, a orillas del Huitzilapan, fueron las ruinas del fortín. Por ellas trepaban y se enroscaban, implacables, como si se tratara de una venganza de Moctezuma, las raíces milenarias de los árboles de la zona.

La imagen podría ilustrar antiguos desencuentros literarios entre las dos orillas. El de Unamuno y Rubén Darío, por ejemplo, el más célebre quizás. “Siempre entre los dos, entre él y yo (escribió Unamuno), hubo como una cristalina muralla de hielo. Había algo que nos mantenía apartados aun estando juntos. Yo debía parecerle a él duro y hosco; él me parecía a mí demasiado comprensivo. Y no me entrego a los que se esfuerzan por comprenderlo y justificarlo todo. Prefiero los fanáticos”.

Para Unamuno, Rubén Darío no era apasionado, más bien sensual y sensitivo, y no era la suya un alma de estepa caldeada, seca y ardiente, sino húmeda y lánguida, como el trópico en que naciera. Había mucho que les separaba y poco que los uniera, aunque siempre quedó clara, por parte de Darío, la admiración por la obra de Unamuno, la valoración de su poesía y el respeto por su persona, pero sin atisbo alguno nunca de reciprocidad.

Ese unamuniano “algo que nos mantenía apartados aun estando juntos” llama la atención. ¿Podría tener que ver ese “algo” con lo que deja bastante apartados de la literatura latinoamericana actual a un notable porcentaje de lectores y de escritores españoles? La misma pregunta llega desde la orilla opuesta: ¿qué ven los lectores y escritores latinoamericanos en la narrativa española de hoy en día que los mantiene discretamente alejados de ésta?

¿Qué era ese “algo”?

Veamos. Paso revista rápida a la historia general de las relaciones literarias entre ambas orillas. Hubo de todo, claro: épocas muy crudas y otras de alegre navegación conjunta. Y coincido con quienes piensan que, en el lado español, no fueron muchos los autores y editores que supieron ver lo que se escapó a toda una generación de políticos: que la integración a la Unión Europea no era un cambio de estatus, sino una propuesta de mestizaje, un gesto final de adaptación al medio que permitía salvar a un conglomerado de culturas que dejarían de ser significativas si no se confederaban.

En cualquier caso, la “cristalina muralla de hielo” se borró como mínimo en dos ocasiones, en dos periodos en los que existió una mayor proximidad literaria entre las dos orillas. Uno es el de los años 30 cuando nuestra Guerra Civil propició una comunicación estrecha: apoyos de Octavio Paz, Pablo Neruda, César Vallejo y de tantos otros autores latinoamericanos solidarios con la Revolución española. El otro periodo de gran actividad fue el de los años 60 y 70 cuando reinara el boom Balcells en Barcelona, extendiéndose por todo el mundo. Reinó para unos, y no tanto para los demás, que siempre lo vieron como la invención de una falaz literatura continental. Falaz lo era, confirmaría yo. Pues se trataba en realidad de literatura de diferentes países (Chile, Perú, Colombia, México, Argentina, etc), lo que se nos presentó con la unidad de lo continental en una eficaz operación de marketing.  Y falaz, además, porque dejó fuera del Boom nada menos que a Elena Garro, Rulfo, Borges, Vlady Kociancich, Monterroso, Ribeyro, Silvina Ocampo, Bioy, Di Benedetto…

Muchos años después, cuando un cierto declive ya era la sombra de la “épica latinoamericana del boom”, Ricardo Piglia le diría a Roberto Bolaño que observara cómo en realidad los dos estaban más cerca de otros estilos no necesariamente latinoamericanos y moviéndose ya por otros territorios, donde, si miraban a la noche estrellada, podían verse nuevas constelaciones.

“Porque estoy de acuerdo”, le dijo Piglia a Bolaño, “en que definirse como latinoamericano supone antes que nada una decisión política, una aspiración de unidad que se ha tramado con la historia y todos vivimos y también luchamos en esa tradición. Pero a la vez nosotros (y este plural es bien singular) tendemos, creo, a borrar las huellas y a no estar fijos en ningún lugar. En estos días, estoy viviendo en California, donde todo se entrecruza, como sabes bien: los recuerdos del viaje al Oeste de la beat generation, con las novelas de Hammett, y los barrios paranoicos que describió Philip Dick conviven con la intriga de la cultura latina. De modo que aquí por contraste me siento un escritor digamos ítalo-argentino (un falso europeo, otro europeo exiliado)”

Quiero creer que Piglia hablaba de una revolución del lenguaje en el campo de la literatura y, más específicamente, en la experiencia del lector. Y de las transformaciones al leer e imaginar lo que se lee, y de los paradigmas que ya anunciara George Steiner a principios de los setenta: el cambio de la relación, por ejemplo, entre el escritor y la lengua nacional.

En fin, cuando aquellas constelaciones anunciadas por Piglia aparecieron, la literatura de ultramar, aunque solo fuera por los inéditos temas abordados y en algunos casos por su apertura extraterritorial (Sergio Chejfec sería el paradigma de ésta), se fue distanciando de las antiguas rutas que pasaban por una metrópoli en la que hoy conviven, por una parte, el paso doble o triple de lo sentimental sobre la forma y, por la otra, quizás en compensación con lo primero, una atractiva pluralidad de voces, y no el panorama homogéneo de autoficciones que creen ver algunos. Y en el lado americano, se habla, entre otras cuestiones, de migraciones, de la demoledora permanencia del feminicidio, y de la tragedia general de éstas y otras formas de desapariciones.

América Latina sabe mucho de desapariciones. En un reciente texto de Emiliano Monge se habla de las primeras obras que en territorio americano convirtieron en literatura la tragedia de las desapariciones. Yo ahí destacaría las de Sergio González, Roberto Bolaño, Sara Uribe, Abad Faciolince, Rey Rosas, Castellanos Moya, hasta las más recientes, como la extraordinaria El libro de nuestras ausencias, de Eduardo Ruiz Sosa, por lo que uno diría que persevera y hasta va aumentando ese “algo” que nos mantiene apartados aun pensándonos juntos.

Así están probablemente las cosas, pero seguro que también de otra forma que yo no veo. Después de todo, admitamos que nuestros encuentros literarios entre las dos orillas vienen siendo, ya casi desde tiempo inmemorial, un tremendo rompecabezas perdido ahora para colmo dentro del infinito puzzle que es hoy en día la literatura universal.

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JORDI LLOVET TENÍA RAZÓN por Pau Luque (El País)

relóMás de una década después de su publicación, Adiós a la universidad de Jordi Llovet, un ensayo que constataba y lamentaba el declive de las humanidades, sigue plenamente vigente. La combinación de extrema burocratización de la universidad y la lógica perversa de la productividad –hija de la economía de mercado– ha perjudicado a todas las disciplinas. Pero si hay una que ha sufrido de forma inclemente la tediosa y arbitraria montaña hecha a base de agencias de acreditación, la obsesión por la cuantificación de los “productos académicos” y los opacos rankings de revistas académicas ha sido la disciplina humanística.

Vayamos por partes. La cuantificación de los objetivos que un humanista tiene que satisfacer ha llevado a una exacerbación de una situación familiar en el mundo de los deportes de élite: la competitividad desbocada a la hora de producir. Se trata del famoso publish or perish. En el ámbito que yo mejor conozco, el de la llamada filosofía analítica, puedo jurar que los académicos serían capaces de vender a su propia madre a cambio de un argumento lógicamente válido y, sobre todo, original.

Y es que si hay algo que esta competitividad ha incentivado en el ámbito de las humanidades ha sido, sin lugar a dudas, una absurda búsqueda de la originalidad. Y no es sólo que sea dudoso que en el año 2023 pueda haber nada estrictamente original en el dominio de las humanidades (por la sencilla razón de que nuestro objeto de estudio es tan viejo como lo somos nosotros). El problema es que se incentiva una idea de originalidad que nos transforma en mercenarios académicos. A modo de ejemplo anecdótico: un filósofo estadounidense, que enseña y hace investigación en una gran universidad de la costa este de Estados Unidos, predica que hay que buscar alguna cosa que nunca haya sido dicha por nadie antes en tu disciplina. Una vez lo hayas encontrado, y por más tontería que te pueda parecer, tienes que pensar argumentos que te sirvan para sostenerla en un artículo académica. Es la manera de escalar en la cadena trófica de las humanidades cuantificadas: transformarse en un mercenario de la investigación no de las buenas ideas –o como mínimo de las ideas en las que uno cree– sino de las que ofrezcan una mejor retribución en términos académicos.

Por otra parte, la burocratización de la universidad comporta una alteración de la función y el órgano típica de todas las instituciones maduras. Las humanidades académicas fueron creadas para tratar de dar cierto respaldo económico y un buen grado de estabilidad laboral a los humanistas. Esta era su función. Con el tiempo, la propia supervivencia de la institución se acaba convirtiendo en la función principal de la institución. Y así es como los departamentos de humanidades tienden a producir académicos, no humanistas.

Hay que señalar, como ya lo hacía Llovet en su libro, que el humanismo europeo, tal vez el periodo dorado de las humanidades, no era un fenómeno académico. El humanismo europeo se cultivó fuera de las universidades. No me atrevería a afirmarlo con mucha seguridad, pero es posible que, debido al anti-intelectualismo burocrático que domina la universidad, las humanidades estén migrando de la academia: son ya cada vez más las librerías, fundaciones, medios de comunicación, bibliotecas, festivales o editoriales que imparten talleres o cursos, clubs de lectura, graban podcasts, organizan debates, mesas redondas o discusiones donde predomina, hasta donde yo he podido ver, el espíritu de la moral humanista. No se busca “producir”, sino divulgar –en el sentido más noble de la palabra– conocimiento; no se incentiva la competencia, sino la conversación, quizá porque, como decía Leopardi, se piensa hablando; no se idolatran las jerarquías de los rankings y los números vacíos, sino las palabras. Quizá estoy sesgado por mi propia experiencia, pero diría que estos espacios constituyen una especie de reducto para las aptitudes humanísticas y, con frecuencia, erigen incluso un muro de desconfianza hacia la moral moralista.

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En attendant Cádiz. /////////////// Vila-Matas y Carmen Posadas en WMAGAZINE, de Winston Manrique

A Terraza de Alcalá 66. 11.0323Enrique Vila-Matas , escritor español e invitado al Congreso en la mesa Mestizaje e interculturalidad, también lamenta la poca presencia de jóvenes. Considera sus aportaciones al idioma son importantes: “Siempre ha sido así y no tiene ahora porque ser lo contrario. La actividad de las nuevas generaciones (hay casos tremendos de estupidez innata, como pasaba con mi generación) la veo ligada a ese libro inacabado de Nietzsche que tituló Transvaloración de todos los valores y del que, si no recuerdo mal, escribió sólo un prólogo, que él consideraba lo ‘mejor que había escrito en su vida’. Ya ve, también Nietzsche fue joven”, concluye el autor de Montevideo (Seix Barral).

Tampoco entiende esa ausencia Carmen Posadas (69 años, Montevideo, 1953), escritora uruguaya que vive en España e invitada al Congreso: “Sería bastante necesario poder escucharlos. Ellos siempre crean una neolengua para diferenciarse de los mayores, algo que ahora es más notable porque las redes sociales, la publicidad, las series de diferentes países, son un fenómeno que puede hacerlas virales. Crean neologismos que se destruyen rápidamente o se quedan, pero hay que conocerlos”.La autora de novelas como Licencia para espiar (Espasa) recuerda, incluso, la lentitud de la RAE ante el ritmo de la vida, al señalar que “se tarda años en que palabras o acepciones muy populares entren en el diccionario. Y cuando lo hacen algunas ya están casi en desuso, como ocurrió con canalillo hace unos años”.

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A BAILAR CON SONIA PULIDO / por Sònia Hernández

maurice-brange_11_1000x528Ellas ya hace rato que bailan o que están preparadas para empezar a hacerlo. No se sabe cuándo empezó la música ni cuándo puede acabar, ni si procede de ningún otro lugar que no sean sus propios cuerpos en movimiento. Movimientos y posturas que crean un ritmo coral, como los que le gustan a Sonia Pulido (Barcelona, 1973), un colectivo –que es un juego óptico y cromático– haciendo funcionar un engranaje que avanza hacia donde los acontecimientos, indefectiblemente, serán siempre lo mejor que pueden ser.

Afirmar que el universo de Sonia Pulido es una celebración del mundo nos acerca a uno de los tópicos de los cuales ella misma huye en su exigencia de buscar la representación más cargada de sentido, todavía capaz de sorprendernos. No se trata de una pretensión metafísica o espiritual, de caminar hacia grandes experiencias impresionistas ni epifanías. Desde su imaginación transformadora, sus ilustraciones para libros, prensa o carteles representan la carne, los cuerpos y la materia donde reside la vida. Las texturas de fondo, el aire y el cielo que se hacen visibles, así como los estampados de la ropa de las protagonistas, los rasgos faciales y las marcas de la piel son tratadas de la misma manera, depositarias de la memoria que es historia personal y colectiva. Afirma que los carteles deben ser un grito, porque en toda su obra hay una evidente mirada que quiere ser intervención política y social, especialmente dando visibilidad a la mujer. Como ella misma asegura: la acción colaborativa de los individuos representados –incluyo animales y objetos– son «marca de la casa».

Consciente de la tarea principal de una ilustración, y respetuosa con los textos o productos culturales que sus trabajos acompañan, los dibujos de Sonia Pulido no resultan nunca invasivos. Se trata de aportar su ritmo en la proyección de las imágenes para que el mensaje fluya más fácilmente. Contribuir al conjunto como lo hacen las mujeres de sus carteles al cruzar los brazos entre ellas para llegar más alto y conseguir la solidez de un tótem. O reflejando la inquietud oculta en la aparente placidez, unos remos que faltan en las manos de quien se había propuesto navegar en una mañana laborable rutilante: aquí el símbolo capaz de resumir un denso artículo de economía que alerta sobre los planes de jubilación. Aciertos como este en captar la poética de la cotidianidad le han convertido en una firma reclamada en publicaciones como The Wall Street Journal, The Boston Globe o The New Yorker.

El encargo de los carteles para la Fiesta Mayor de la Mercè de Barcelona de 2018 supuso un punto de inflexión en su trayectoria y en su práctica profesional. Los diferentes premios que recibió la campaña demostraron la firmeza de su paso adelante. Desde entonces, ha creado la imagen de citas culturales internacionales destacadas, como el Jarasum Jazz Festival de Corea, o la programación de la Central City Opera de Denver (Colorado, Estados Unidos).

Es necesario seguir avanzando, como los cuerpos y rostros desenvueltos creados por Pulido. Para la exposición que puede visitarse hasta el 6 de abril en Barcelona, en la Sala Teresa Pàmies, del Centro Cultural Urgell, ha escogido como título «Hey, Ho, Lets Go», emblema de The Ramones. La misma actitud decidida está en su acercamiento a la Naturaleza. Los libros ilustrados de botánica y fauna han supuesto, últimamente, un reto para la ilustradora. Después de muchos años en los que ha contribuido de manera decisiva al auge del libro ilustrado y la novela gráfica en este país –en 2020 recibió el Premio Nacional de Ilustración–, dando forma a verdaderos tesoros, como Caza de conejos, en dueto con el genial escritor Mario Levrero, o Porque ella no lo pidió, con el siempre sorprendente y subyugante Enrique Vila-Matas, o la cubierta para el ensayo de Rebecca Solnit aparecido recientemente en Lumen, ¿De quién es esta historia?, llegan encargos internacionales que le acercan a la divulgación científica, que no reclama estrictamente una ilustración naturalista, pero sí rigor en la representación. La sorpresa, para ella y para nosotros, ha sido descubrir que la propia Naturaleza no es escasa en los juegos ópticos que la cautivan. Sólo se trata de saber mirar para darse cuenta de que la materia se dispone en texturas, colores y luces que quieren sumarse a la danza de la mirada celebratoria de Pulido. También la Naturaleza tiene su propia carga de historia, aunque no siempre es agradable.

Nada más lejos de la idealización. Se trata de acudir al humor y la ironía para asimilar la realidad en sus paradojas. No hay que «dar bola al monstruo, lo arrastro conmigo hacia delante», afirma. Tampoco es hedonismo, ni optimismo: desde una etapa de serenidad conquistada, hace aflorar la voluntad para tener ganas de pasarlo bien y bailar a pesar de todo. Asegura que durante una época tuvo que hacer grandes esfuerzos para no descodificar la realidad constantemente como si la tuviera que dibujar, como si fuera un borrador imperfecto que había que corregir –la cursiva la añado ahora–. Su curiosidad le impide alejarse demasiado de lo que sucede fuera de las propias obsesiones. Afortunadamente para quienes disfrutamos de su obra, no se ha propuesto crear un reino donde evadirse, sino facilitarnos el trayecto a un ritmo que es, sin duda, el mejor de los posibles.

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