ESE FAMOSO ABISMO (fragmento)

gjAM. – ¿Seguiste el debate entre Franzen y Ben Marcus? Al final, la posición adoptada por Franzen apostando por la facilidad es la de aquellos que -y utilizo tus propias palabras- “trabajan en sintonía con el capitalismo y no ignoran que uno no es nada si no vende, o si su nombre no es conocido”

V-M -Lo desconozco todo sobre ese debate, pero ya me imagino de qué discutían. Vender o no vender. Pero muchas veces he pensado que éste es un falso dilema, porque, salvo unos cuantos best-sellers, en realidad casi nadie vende nada. Y entonces me digo: si nadie vende nada, ¿qué sentido tiene que escribamos con un criterio comercial? Yo sobre todo hoy en día, cuando más crudo se ha puesto todo, opino que, puestos a vender poco, lo mejor es que escribamos con toda libertad todo lo que no nos atreveríamos nunca a escribir.

AM:- Decías antes que Bartleby parece haber sido escrito para que lo leyera Kafka. Esto me hace pensar en el texto de Borges, Kafka y sus precursores, pues creo que algo así haces tú cuando estableces relaciones entre autores y obras más allá de cualquier marco temporal o de cualquier tradición literaria.

V-M: -Es probable que las cosas vayan por ahí. De hecho, cuando apareció Dietario voluble, Christopher Domínguez Michael señaló que el lugar que mi obra ocupaba en la narrativa del momento se debía, en no poca medida, a mi presencia como el postulante de un canon, es decir, a mi trabajo de crítico literario ejercido a través de mis narraciones, de mis ficciones. ¿Te dije alguna vez que para mí, mientras la literatura es para algunos críticos un campo de experimentación para ciertas hipótesis que son previas, la crítica ejercida por los escritores tiende a ser al revés, es decir, toma la literatura como un laboratorio para, a partir de ella, entender lo real, para extraer hipótesis sobre el funcionamiento de la literatura? Según Christopher, di “orden y concierto a una literatura que ya estaba en las librerías, como lo estaban, en 1940, los libros de Wells y de Chesterton que reseñaba Borges”, y además divulgué a Kafka (en concreto el escritor privado cuyas cartas leían las desdichadas Felice y Milena), le di mantenimiento a los clásicos de Borges (a Melville, a Stevenson, a Schwob), me adentré en el mundo de Robert Walser para convertirlo, gracias a Doctor Pasavento, en un santo laico, y estudié a fondo tanto el mundo de Georges Perec (al que he doblado, duplicado) como el universo de Fernando Pessoa (¿o acaso mi trabajo con las citas no exige muchos heterónimos?) y el de tantos otros.

AM:-Volviendo a ese negativo de la escritura y recordando tu frase, el “fracaso lo conocen todos los escritores serios”, diría que los autores de esta genealogía que has creado, empezando por Kafka y por Walser y siguiendo por Beckett, podrían inscribirse dentro de una poética del fracaso.

V-M: George Steiner solía decir que cuando estaba cara a cara con alguien se preguntaba por las experiencias que había tenido esa persona y cuál había sido su victoria, o su gran derrota. Victoria y gran derrota ahí se equiparan y, recordando sus palabras, he planeado a veces escribir un libro en el que, a través de una ficción sobre la continuidad del fracaso en los escritores serios, me ocuparía de las más grandes y más dignas derrotas de la literatura contemporánea. Sería un libro que tendría algo de sucesión de momentos de grandes derrotados y se iniciaría, por ejemplo, con un estrecho seguimiento de los movimientos de Herman Melville en uno de los penosos viajes diarios que a partir de 1866, estuvo haciendo cada mañana, indefectiblemente, en un tranvía tirado por caballos que recorría Broadway en dirección sur, camino de las oficinas aduaneras de Battery, donde le daban cuatro dólares al día por su trabajo de funcionario.

AM:-En este libro, debería aparecer Gombrowicz entonces.

V-M: Ah, sí, por supuesto. Aparecería Gombrowicz en su momento más bajo no mucho después de haber llegado a la Argentina: sin un centavo, desanimado, trabajando en un banco, caminando por las calles del Bajo, jugando en cafés de mala muerte partidas de ajedrez para ganarse la vida. Witold Gombrowicz, el noble polaco que acabó convirtiéndose en el escritor más argentino de todos. Bueno, en realidad, a día de hoy, el más argentino de todos sigue siendo Macedonio Fernández, que comenzó a escribir Museo de la novela de la Eterna en 1904 (una especie de Tristram Shandy rioplatense) y la prolongó hasta su muerte, durante casi cincuenta años. Para este genio la novela perfecta era la nunca concluida, la obra siempre en realización; no concebía la obra como orden cerrado y sólo escribía para lectores que no buscaran desenlaces.

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La casa común (Gorbachov & Herzog) ——— [Café Perec]

meeting“A veces, cuando la jornada es triste, me la cuento a mí misma imitando la voz y el acento de Werner Herzog, y todo va mejor”. Esto lo escribía el otro día Jakuta Alikavazovic, y me pareció un buen hallazgo. Porque la voz de Herzog siempre parece darle un mayor interés a las historias, no hay duda. Es una de las características de sus films tan únicos, del mismo modo que en ellos jamás la naturaleza es algo artificial. Esto último explicaría la pregunta que en 1985 en París me hizo –estupefacto, literalmente traspuesto– un amigo catalán al que llevé a ver la entonces insólita Aguirre, la cólera de Dios: “¿Quién te recomendó que viajáramos a la selva?”

Por aquellos días me compré un libro de Herzog, Del caminar sobre hielo, sólo porque tenía un arranque arrebatador, memorable: “Me dijeron que Lotte Eisner estaba enferma en París y que sin duda iba a morir…”. Se contaba allí el viaje de treinta días a pie que él llevó a cabo de Múnich a París, convencido de que mientras estuviera de camino, su amiga Lotte sobreviviría.

¿Y sobrevivió? A todos nos impresionó que hubiera resistido diez años más, como que aquel libro lo documentara todo: bosques, tormentas, brumas extremas, aldeas sin una sola alma, enigmas de la vida profunda, reflexiones sobre la soledad. Estos días, por cierto, Pablo Maqueda lo ha convertido en un film, Dear Werner, que conecta con la obra cinematográfica de Herzog, rey de todos los laberintos y las selvas y del que se ocupó en julio de este año, en estas mismas páginas, Elsa Fernández-Santos: “autodidacta que no se considera artista sino soldado, un explorador del alma humana (y por lo tanto de la naturaleza y sus paisajes) con una filmografía que lleva décadas enrolada en descifrar los enigmas de la representación y la verdad”

A tales exploraciones se ha añadido recientemente el documental Encuentro con Gorbachov, en codirección con André Singer. No es la mejor obra del genio alemán, pero no carece de interés, porque Mijaíl Gorbachov, el hombre que sin proponérselo cambió el mundo, no desentona al lado de los grandes personajes de la filmografía de Herzog. Gorbachov se muestra ahí como un viejo honesto, inteligente, vulnerable y humano, demasiado humano, que recurre a un poema de Lermontov (tan admirado por Nabokov) para definir su estado de ánimo: “Salgo solo al camino; / en la bruma brilla el sendero pedregoso…”. Cuando recita ese poema, tenemos la impresión de que está contándole a Herzog, casi imitándole la voz y el acento, su soledad al final de su vida. Y en su voz trágica resuenan la profundidad, la poesía, el sentido del espacio, la belleza de las brumas extremas, las tormentas de la grandiosa Rusia a la que encarna a las mil maravillas. Herzog le pregunta entonces qué desearía leer en su lápida. Largo silencio. “Lo intentamos”, responde Gorbachov finalmente. ¿Y qué es lo que se intentó? Pues, señores, algo bien razonable: que  Rusia fuera un aliado más natural para Occidente que otras potencias y se uniera al proyecto de la casa común europea.

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La levedad y Torrente Ballester (fragmento de ‘Ese famoso abismo’)

029-fV-M: Recuerdo que por aquellos mismos días Gonzalo Torrente Ballester –que de su generación era el más lúcido y progresista de los escritores españoles, y la prueba la tenemos en su joyceana La saga/fuga de J. B– publicó una nota y gran elogio sobre el libro de Calvino que, necesitado yo como estaba de una defensa de mi Historia portátil, leí como una reseña también a mi favor, ya que ahí acusaba a gran parte de la literatura española después del Quijote –bueno, más concretamente a la de tierra adentro, la castellana– de haberse dejado llevar por un excesivo peso trágico, por un sentimiento de gravedad que había operado siempre en detrimento del humor y de la –tan rara entre nosotros– levedad.

Anna María Iglesia:  –Curiosamente, para hablar de la levedad, Calvino cita a un viejo conocido, Kafka, y un relato en el que consigue, a pesar de la gravedad del tema –la falta de carbón en un invierno marcado por la guerra– ser leve, elevándose como lo hace el barón rampante, símbolo también de esta levedad.

V-M: Yo creo que todos más o menos sabemos quién es un pesado y quién no. El mundo mismo puede ser pesadísimo si le dejamos hacer. Calvino elige la levedad al descubrir de joven que «la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo, son características que se adhieren rápidamente a la escritura si no se encuentra la manera de evitarlas». Y Torrente Ballester, en 1989, el 27 de mayo de ese año, advierte que la levedad será la propuesta de Calvino menos aceptada por los lectores españoles. Y comenta que nuestra gravedad, más un prejuicio que un rasgo de carácter, se ha orientado siempre hacia la literatura y ciertas formas plásticas, pero incluso en este orden de creaciones hay verdaderos juegos de piedra. Y cita la fachada compostelana del Obradoiro y dos versos de Gerardo Diego («También la piedra, si hay estrellas, vuela»), y se dice a sí mismo que si la piedra puede volar, también pueden obviamente volar las palabras. Torrente Ballester viene a decir que no todo en la cultura española es gravedad y realismo, pero hay que saber buscar las excepciones, por escondidas y menospreciadas que estén.

(1) ESE FAMOSO ABISMO. Anna María Iglesia en conversación con Vila-Matas. Wunderkammer.

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Allá, en el litoral de Ostia. [Café Perec]

pier_paolo_pasolini_regards_sur_l_italie-459705295-largeNo todo el mundo sabe que, a finales de 2066, el grupo literario OuLiPo, el brillante Taller de la Literatura Potencial que fundaran en 1960 en París Le Lionnais y Queneau, se disolvió para siempre después de una nerviosa reunión. La desaparición del legendario grupo se describe en Diario de un viejo cabezota (Reus, 2066), un thriller distópico y última entrega de la muy personal e inimitable trilogía novelesca que ha publicado Pablo Martín Sánchez en Acantilado. El autor de ese Diario de 2066 tenía 89 años cuando lo escribió en Reus, al sur de Cataluña, en unos días del futuro que aún nos quedan lejanos, por no decir que imposibles. El Diario parte de la premisa –tan rabiosamente actual, dicho sea de paso– de que en determinadas circunstancias puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar. Por ejemplo, puede suceder que ese último cónclave del OuLiPo haya sido en realidad el agitado sueño que el diarista tuvo 106 años después de la creación del grupo. En esa reunión del futuro el “viejo cabezota” se habría cruzado tanto con los miembros del OuLiPo ya fallecidos y que no llegó nunca a conocer (Perec, Duchamp, Calvino…) como con los que trató personalmente, y también con los que llegaron después y tampoco conoció porque, acomplejado por haberse convertido en “un escritor del No”, dejó precipitadamente el grupo.

Habría presidido aquella última reunión Clementine Mélois, la autora de la divertida y hasta memorable, Sinon j’oublie. Y a tenor de lo que nos cuenta el diarista de Reus, el desorden era grande en la sala, por lo que Clementine Mélois se afanaba por evitar que allí siguiera hablando todo el mundo al mismo tiempo con frases que empezaban siempre por un “Me acuerdo de”, lo que delataba lo mucho que les habría gustado a todos haber escrito un libro como Je me souviens, de su envidiado Perec.

Y en fin, me acuerdo de que mientras me sumergía en lo escrito por Martín Sánchez sobre aquel agitado sueño, quedé irremediablemente dormido y pude dar rienda suelta a mi personal particular Je me souviens, una letanía que regresa ahora a mí, fluida, muy libre, en plena mañana de este incierto 2020: “Me acuerdo de la vida que llevaba antes”. “Me acuerdo de haber acompañado a Port Bou al Cristo de Pasolini” “Me acuerdo de Enrique Irazoqui, el Cristo de Pasolini, diciéndole a Duchamp en Cadaqués, en el verano de 1966, que le había vencido al ajedrez” “Me acuerdo del día de hace 45 años en que asesinaron a Pasolini y de aquel otro día en Roma en el que, siguiendo la ruta mostrada en el film Caro Diario, viajé a Ostia, al lugar exacto donde fue asesinado, y también de cómo con los amigos acabamos riendo de puro horror, allá en el litoral de Ostia, y nuestras miradas fueron en busca de un punto fijo, de algo a lo que pudiéramos aferrarnos dentro del movimiento desesperado de nuestros ojos perdidos en el tejido enfermo de nuestra época” Y me acuerdo también de que alguien dijo que aquello que situábamos en el futuro trataba siempre de lo que nos producía pánico en el presente.

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VILA-MATAS CANONIZADO POR PARIS REVIEW. (Entrevista en Perú de Gabriel Ruiz Ortega)

adam tEl anhelo oculto de todo escritor es aparecer en las páginas de la icónica revista gringa The Paris Review. Su relevancia es tal que muchos lo consideran un galardón aún mayor que el Premio Nobel de Literatura. Ser parte de la sección “The Art Of Fiction” es como el éxtasis, la firma de lo obvio, porque cualquiera no es convocado. No solo el autor debe tener una obra luminosa, sino también el reconocimiento unánime de lectores y críticos.

El autor entrevistado de la edición 247 es el español Enrique Vila-Matas, dueño de una poética con títulos imprescindibles como Historia abreviada de la literatura portátil, Bartleby & Compañía, Mac y su contratiempo, Esta bruma insensata y otros. El filtro es tal en The Paris Review que por España solo han aparecido Camilo José Cela y Javier Marías, y por Latinoamérica Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig, Gabriel García Márquez, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Pablo Neruda y Octavio Paz. En tal sentido, CARETAS conversa con Vila-Matas sobre lo que significa para él este reconocimiento que barniza aún más su ya admirada trayectoria literaria.

GRO: Hay una constante en tu narrativa, la del protagonista/personaje que desaparece. ¿Crees que este sea uno de los factores que te llevan a ser un autor prolífico a cuenta de una libertad creativa que no obliga a repetirte?

VM: Bueno, creo que Adam Thirlwell dice en su entrevista de The Paris Review que siempre ha admirado en mis novelas la capacidad de confundir la escala habitual de las cosas. Las cosas pequeñas se hacen grandes y otras desaparecen. Es como si la miniatura creciera. Como si un pequeño detalle o cita se hiciera cargo de un libro completo. Si esto es así, si esto es verdaderamente cierto, vendría una vez más a confirmar que menos es más y un botón es casi menos que otro botón. Y bueno, ya se sabe que, históricamente, la tendencia humana de interesarse en minucias ha conducido a grandes cosas. No me gusta lo importante, lo solemne, lo grande. El cambio en la escala habitual de las cosas fue en su momento maravillosamente llevado a cabo por Kafka.

GRO: ¿Cómo son tus días en estos tiempos de aislamiento? De alguna manera, todos hemos sufrido alguna pérdida de algún ser querido durante esta pandemia. ¿Te encuentras escribiendo?

V-M con Adam Thirlwell, Hotel Alma.

V-M con Adam Thirlwell, Hotel Alma.

V-M: Aunque no ha sido a causa de la pandemia, yo he perdido al amigo Juan Marsé, contertulio durante años, a la hora del aperitivo, en la tertulia de los domingos. “Era un hombre entero”, como lo definió uno de los nuestros. Sobre mi vida en días de pandemia, debo decir que de pronto me vi muy agobiado al comprender que trataban de hacerme comprender que si era escritor tenía que comunicar, crear, producir, ser puro Zoom, puro streaming, ser locutor de mí mismo, permitir que mi casa se convirtiera en un plató de televisión y yo me pasara días sin poder escribir una línea. Hasta que reaccioné. Ahora por fin sólo me dedico a escribir.

GRO: Otra de las cualidades de tu obra es la inalterable secuencia de referencias literarias. Debido al aislamiento, mucha gente se ha encontrado con la lectura. En este sentido, ¿qué autor recomendarías leer?

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V-M: No sé ni por dónde empezar. Hay tantos. El libro que estoy leyendo ahora es buenísimo, lo ha escrito Guadalupe Nettel, y se titula La hija única. Esta es una escritora que, sin abandonar nunca el nido de sus problemas, cada vez que publica un libro mejora al anterior. Creo mucho en su obra. He observado que es una escritora tan inteligentemente insegura que acaba sabiendo siempre adonde va; tal vez éste sea el secreto de sus formidables avances.

GRO -Las entrevistas de The Paris Review son legendarias. Ahora que formas parte de esa galaxia, ¿sientes acaso que es un sueño juvenil cumplido al aparecer en esa lista que sin duda debe tener más de un autor que admiras?

V-M: Cuando me propusieron ser entrevistado en Paris Review, lo viví como un acontecimiento, quizás porque había leído unas cien entrevistas de Art of Fiction, la sección admirada. Más de una vez había especulado con lo que diría en el caso –algo bien improbable– de que un día me llamaran para ser ahí entrevistado.

-GRO: He notado que siempre has tenido un perfil bajo, es tu obra escrita la que te expone con mucha frecuencia.

V-M Sin riesgo no hay escritura. Como decía el torero Belmonte: “El peligro es el eje de la vida sublime”.

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La short list du prix littéraire des Inrockuptibles

emprendes2008_article_030_01_012Mon père et ma mère d’Aharon Appelfeld, traduit par Valérie Zenatti (Éditions de l’Olivier)

Les Lionnes de Lucy Ellmann, traduit par Claro (Seuil)

Cette brume insensée d’Enrique Vila-Matas, traduit par André Gabastou (Actes Sud)

Chinatown, intérieur de Charles Yu, traduit par Aurélie Thiria-Meulemans (Aux Forges de Vulcain)

https://www.lesinrocks.com/2020/11/04/livres/livres/voici-la-short-list-du-prix-litteraire-des-inrockuptibles/

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Vía Pasolini. [En los 45 años de su muerte)

Pasolini

 

  VÍA  PASOLINI.

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publicado en febrero 2004 en El País Cataluña.

La semana pasada, a modo de protesta, decidí dejar, por unos días al menos, este país donde parecen tener  sólo  cabida las bajezas, mala educación y  mediocridad que nos ha legado el pequeño último caudillo. Pero, ¿a dónde ir?  En ese momento, llamaron al teléfono. Era Jesús Bregante, al que no conocía de nada. Me dijo que vivía en Roma en la vía  Pasolini. Había pasado los últimos doce años escribiendo el  monumental Diccionario Espasa de Literatura Española y quería que le echara una mano en Roma en la presentación de su libro. Sobre el Diccionario ya  tenía yo noticia y lo había hojeado en más de una librería de Barcelona.  Más de 5.550 entradas, no limitándose a reseñar biografías de escritores, sino analizando también escuelas, movimientos y periodos literarios. Con cabida para los escritores de todas las lenguas del Estado. “No voy a poder leerlo de un tirón”, bromeé. Se rió, me preguntó qué estaba yo haciendo cuando me había llamado. Y al contarle que estaba escribiendo sobre  recorridos culturales en Barcelona, me habló de un trayecto  romano por  Vía del Mare y Via delle Idroscalo  hasta el desolado lugar en Ostia donde mataron a Pasolini. Eso acabó de convencerme para ir a Roma y, hace cuatro días, en el coche de Bregante, en compañía de los poetas Julia Castillo y Benjamín Prado, repetíamos el hipnotizante paseo-homenaje, aquel viaje en vespa que, en busca de aquel lugar de Ostia,  Nanni Moretti realizara, con música  de Keith Jarrett, en Caro Diario.

“No sé por qué, pero no había estado nunca en el lugar en que mataron a Pasolini”, decía Moretti en la película. No teníamos la música de Jarrett, pero me pareció que  no hay mejores canciones que las de  Bob Dylan para hacer en coche ese recorrido  moral en busca del encuentro simbólico con el  lugar donde en 1975 mataron a ese comunista que fustigó con dureza a sus propios compañeros  y que fue  al mismo tiempo un moralista estricto que no obstante defendió la trasgresión radical como nadie se atrevió  a hacerlo en la izquierda de su época. Claro está que eran otros tiempos y que, como anunciaba Dylan,  los tiempos han cambiado, aunque lo han hecho para peor, para dejarnos una mierda  que no llegó  a soñar  ni el autor de Saló.

Cuando el coche salió de la vía Pasolini, este feo embrollo  político de ahora aún le daba más sentido moral al camino, con Dylan cantando en Not Dark Yet  “fui siguiendo el río hasta llegar al mar”, es decir, describiendo el recorrido que  haríamos, siguiendo primero el Tíber y después por Via delle Idroscalo hasta llegar a ese lugar donde una noche quedó  rota la voz del sublevado Pasolini, rotas su energía y vía intelectual diferente,  muerto su  coraje moral, aplastada su vida  por  el joven Pelosi, alias Pino la rana, la noche en  que asesinaron también a la poesía  civil  italiana y se vio  que los tiempos, en efecto, iban a cambiar. El lugar de su muerte, en la periferia de Roma, es de una pobreza insultante. Es un paraje que continúa degradado, donde sigue prevaleciendo la misma miseria extrema del día del crimen, con un monumento medio clandestino, hecho de cemento y con una triste capa de yeso encima  y, además, descortezado y en ruinas, sin flores. “Un lugar fundamentalmente feo”, comentó Bregante para romper la sensación de absurdo que se había adueñado de nosotros. Reímos. Al igual que la móvil  cámara de Moretti, nuestras miradas, en el litoral de Ostia  fueron en busca de un punto fijo, de algo a lo que aferrarse dentro del movimiento desesperado de nuestros ojos y de nuestro  maldito  tiempo.

 

patti smith, omaggio a Pasolini en Ostia.

patti smith, omaggio a Pasolini en Ostia.

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Las tres pulsiones del modernismo literario (vigentes)

01TRES pulsiones del modernismo literario:

1) la escritura parece estar ahí para aplazar su propia desaparición;

2) el lenguaje no imita lo real, sino que lo va creando;

3) la novela es un género al que le resulta difícil representar la realidad, pero la reflexión que ella misma abre sobre ese defecto de fábrica -la conciencia de su incompletud- la convierte en una actividad muy atractiva.

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PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN LAS SIESTAS ————— [Café Perec]

ItaloÚltimamente, el verbo “resguardarse” aparece con mayor frecuencia que antes en las conversaciones, en las lecturas, en nuestra mente. Ayer fue ya el colmo porque descubrí que el título de la película de Jeff Nichols que estaba viendo, Take Shelter, podía traducirse por Resguardarse. Contaba la historia de un tipo de Ohio que trataba de poner a buen resguardo a su familia después de que unas visiones aterradoras le hubieran convencido de que un desastre apocalíptico estaba por venir.

En realidad, pensé, ese desastre ya está aquí. Y enseguida vi que lo pensado conectaba con el cuaderno El don de la siesta, de Miguel Ángel Hernández (en Anagrama), donde éste explicaba que en el pasado mes de marzo, hallándose inmerso en la redacción de unas notas sobre el hábito de la siesta, el estado de alarma había interrumpido en seco su escritura: “¿Un ensayo sobre la siesta, en medio de la catástrofe? Demasiado trivial para lo que sucedía a nuestro alrededor”.

Sin embargo, en los días de confinamiento que siguieron, su vida en el hogar se vio invadida por las repentinas y frenéticas actividades culturales de las redes sociales y por la agobiante moda de que si eras escritor tenías que comunicar, producir, ser puro Zoom, puro streaming, ser locutor de ti mismo, permitir que tu casa pasara a ser un plató de televisión y no te quedara tiempo para escribir una sola línea nunca.

Comprendió entonces Hernández que la siesta –tanto tiempo relacionada con la pereza y después vista, en cambio, como una rutina saludable– era una especie de oración, de refugio interior que podía permitirle a diario resguardarse del aumento delirante de la productividad artística y protegerse de esa absurda exigencia de creatividad detrás de la que estaba la idea de mover el sistema hacia delante. Y comenzó a ver en el “modo siesta” una trinchera, un  espacio de desconexión con el exterior, un lugar ideal para resguardarse de la febril demanda de fertilidad que había promovido el parón por el virus. Y hasta le pareció ver que aquellas notas sobre un tema tan aparentemente trivial como la siesta dialogaban en realidad con el presente mucho más de lo que había llegado a imaginar. Es más, se dijo, aquellas notas podían llegar a ser un acto de resistencia, una toma de posición política.

El don de la siesta me ha hecho pensar en esos grandes libros laterales y  breves que proponía Ítalo Calvino para nuestro milenio, en libros como  Jabón, de Francis Ponge, ó como Plume, de Henri Michaux, especialmente en este último, tal vez porque lo mejor del atractivo ensayo de Hernández no está tanto en la elección de un tema aparentemente trivial que es mareado hasta revelar su oculta trascendencia, cuanto en la muy inteligente articulación del mismo con un tema central de la literatura: el lugar del escritor en el seno del curso literario. Y entonces me ha parecido ver que la literatura, con pandemia o sin ella, siempre ha albergado una tendencia a resguardarse en la inmovilidad de las palabras mudas; las mismas, sí, con las que a veces soñamos en las siestas.

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“The moment you organize the world into words, you modify its nature.” [Vila-Matas on The Paris Review]

02“The moment you organize the world into words, you modify its nature.”

—Enrique Vila-Matas in The Paris Review

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Un post de Kyle Paoletta sobre Don DeLillo y Enrique Vila-Matas

In K Paoletter 20: Driven to Distraction:

ghuIn my latest newsletter, I wrote about how much more legible conceptual art is when it’s encountered in fiction rather than the real world, via books by Don DeLillo, Enrique Vila-Matas

“…Esa es sin duda la conclusión de The Illogic of Kassel, el relato autoficticio de Enrique Vila-Matas de la edición 2012 de documenta, el festival de arte contemporáneo que se apodera de la pequeña ciudad alemana de Kassel cada cinco años. Si bien está sumamente complacido de que su invitación a participar en la documenta confirme su estatus como uno de los principales vanguardistas de Europa, Vila-Matas está menos entusiasmado con el papel real que le han pedido que desempeñe: sentarse en un restaurante chino corriente y escribir. Comienza a referirse a este extraño tipo de residencia como el «número chino» y describe su ejecución como una «tarea de aula». Se molesta aún más cuando se entera de que su presencia en el restaurante no ha sido publicitada en absoluto; si algún turista se encuentra con el novelista haciendo su «número chino», será por accidente.

Para generar algo de emoción para el proyecto, Vila-Matas inventa un alter-ego llamado Autre y luego, una vez instalado en el restaurante, comienza a escribir un boceto autobiográfico de él. El interés de Vila-Matas por Autre desaparece en una hora. Aburrido, estudia detenidamente el menú del restaurante, intenta descifrar el alemán que se habla a su alrededor y llama a un amigo en Barcelona, ​​que no está en casa. Al final, sí que viene a llamar un amante del arte, un compatriota catalán que se burla de la escritura que Vila-Matas ha hecho como Autre, que el verdadero escritor no puede evitar ofenderse. Al día siguiente, discute con un francés y luego se duerme.

Si bien las objeciones de Vila-Matas a participar en una obra de arte son tanto logísticas como existenciales, al menos tiene algo que decir al respecto: siempre podría levantarse e irse, abandonando por completo el «número chino…”

The conceit of the Scottish artist Douglas Gordon’s 1993 film “24 Hour Psycho” is simple: the movie Psycho, slowed down to play at two frames per second, an arduous pace that stretches Hitchcock’s masterpiece out to fill an entire day. Point Omega—one of the set of compact, philosophical novels Don DeLillo has occupied himself with over the past two decades—opens in 2006, when “24 Hour Psycho” was installed at the Museum of Modern Art, in New York. DeLillo describes a man who has taken up residence in the room where the film is being shown, closely monitoring both the stop-motion pace of the projected action and the much quicker ebb and flow of visitors to the gallery, few of whom pause to watch for more than a few minutes. The man has become obsessed with how the film renders Anthony Perkins turning his head “not like the flight of an arrow or a bird,” but rather “like bricks in a wall, clearly countable.”

“The nature of the film permitted total concentration and also depended on it,” DeLillo writes. “The film’s merciless pacing has no meaning without a corresponding watchfulness, the individual whose absolute alertness did not betray what was demanded.” One cannot simply dip into the gallery, watch a few frames of Arbogast tumbling down the stairs or Janet Leigh stepping into the shower, and then move on to frowning over an abstract painting or procuring a cappuccino. “24 Hour Psycho” is only meaningful if the viewer commits to engaging with it at the same glacial pace with which it is unfolding.

Vila-Matas in Art of Fiction. The Paris Review

Vila-Matas in Art of Fiction 247. The Paris Review

Conceptual art is often better experienced through fiction than in person. When the reader meets DeLillo’s watcher, he is on his fourth hour of observing “24 Hour Psycho” that day, and has spent all of the previous four days doing the same. This makes him something of a compulsive, a sense only underscored by the fact that, not content to simply stand still and gawk, the watcher paces around the silent gallery, at times walking backwards in the darkness even as he keeps his eyes locked on screen. But then again, madness is something of a prerequisite for meeting this sort of art on the level its creator demands.

That’s certainly the takeaway of The Illogic of Kassel, Enrique Vila-Matas’ auto-fictive account of the 2012 edition of documenta, the contemporary arts festival that takes over the small German city of Kassel every five years. While extremely gratified that his invitation to participate in documenta confirms his status as among the premier avant-gardists in Europe, Vila-Matas is less enthusiastic about the actual role he’s been asked to play: to sit in an unremarkable Chinese restaurant, writing. He begins referring to this odd sort of residency as the “Chinese number,” and describes its execution as a “schoolroom chore.” He becomes even more annoyed when he learns that his presence at the restaurant has not been publicized at all— if any tourist encounters the novelist doing his “Chinese number,” it will only be by accident.

To generate some modicum of excitement for the project, Vila-Matas invents an alter-ego named Autre, and then, once settled in at the restaurant, begins writing an autobiographical sketch of him. Vila-Matas’ interest in Autre peters out within an hour. Bored, he carefully studys the restaurant’s menu, attempts to decipher the German being spoken around him, and rings a friend back in Barcelona, who isn’t home. Eventually, an art-lover does indeed come calling, a fellow Catalan who makes fun of the bit of writing Vila-Matas has done as Autre, which the real writer can’t help but be offended by. The next day, he argues with a Frenchman, then falls asleep.

While Vila-Matas’ objections to participating in a work of art are as much logistical as they are existential, he at least has some say in the matter: he could always stand up and leave, abandoning the “Chinese number” altogether. Not so for the protagonist of Jessi Jezewska Stevens’ The Exhibition of Persephone Q, released earlier this year. In that novel, a listless woman who goes by Percy receives a package in the mail containing the catalog for an exhibition of photographs by her ex-fiancé. She is alarmed to find that the exhibition is entirely composed of variations on a portrait of herself, ten years younger, naked, and laying in bed, framed by a window that looks out on the Manhattan skyline. Her ex-fiancé has edited the photos such that a different building has been disappeared from the skyline in each one, an eerie foreshadowing of 9/11, which occurred the day before the show’s debut.

In the introduction to the exhibition’s catalog, its curators write, “Though the world within the photographs grows increasingly menacing and strange, the woman on the bed seems unconcerned.” Nevermind that the actual woman being described is very much concerned that her image has been used in this way, without her knowledge. She goes to the gallery where the exhibit is still on view, and finds that the photographs have been “blown up to the billboard proportions of a Pollock and hung regularly as windows on the walls.” When a young woman and her mother wander in off the street, Percy carefully monitors their progress through the gallery, observing them observe her. The older woman grunts with disapproval at the last photo, in which Percy lays “naked and alone in an empty room, below an empty window.” The daughter rolls her eyes. “‘Mum,’ she said, ‘It’s art.’”

What I’ve described thus far are three artworks: one is real, one is sort of real, and one is entirely fictional. Yet encountering each on the page makes all of them legible in a way that doing so in physical space might not. In the case of “24 Hour Psycho”, DeLillo’s description provides some guide rails to the appreciation of the art on its own terms: slowing Psycho down to a molasses flow, he writes, allows the viewer “to be alive to what is happening in the smallest registers of motion.” For Stevens, the point is not at all whatever Percy’s ex-fiancé was trying to express with his slick editing and mammoth prints, but rather how laundering a person’s image through an artwork creates an unnerving, unbridgeable distance between reality and representation. When Percy confronts her ex-fiancé, he resists acknowledging his subject was her. To prove it, Percy has him refer to the original on his computer, which she is sure will include the scar on her ribcage. As her ex-fiancé zooms in, Percy’s body becomes “a pale, abstract thing: a shape, a color swatch.” Once the scar has been located and its image refined, Percy finds the image “looked less like me than ever.”

Percy, like DeLillo’s man in the gallery, is driven somewhat mad by the encounter with herself as Persephone Q. When she shows up at her ex-fiancé’s apartment, her purse is stuffed with bananas, a ream of legal documents, and a set of kitchen knives. Vila-Matas writes that the real impetus for his agreement to participate in documenta was “to investigate what the essence, the pure, hard nucleus of contemporary art is.” Perhaps it really is madness, as he, too, is left so strung out with insomnia by his experience in Kassel that he ends up spending an entire night squatting on a log amid Pierre Huyghe’s Untilled, an installation which takes up a broad swath of a public park and includes a sculpture whose head is covered by a beehive, an enormous pile of compost, and a scrawny dog with one leg painted pink.

Art is often talked about as a redemptive force, one with the divine power to uncover what it means to be human. The displeasure so many take with contemporary art may be because what it seeks to uncover is not exactly flattering: it breaks the psyche down, exposing our species as wholly irrational. “I was not at all uncomfortable in spite of being in a place that normally would have struck me as terrifying,” Vila-Matas writes about his night in Untilled. “I was aware that what I was doing was a bit crazy, or, to put it a better way, illogical. But my state of euphoria was in crescendo, and I felt in marvelous harmony with almost everything in Kassel.” Such a state would be impossible to achieve in real life. In fiction, though, it seems like the only rational endpoint.


It’s been a busy couple months! Over the summer, I had a short essay in The New York Times Magazine about why the Mountain Time Zone is the only good time zone, and wrote a report for The New Republic about television writers and actors struggling to establish sustainable careers for themselves despite the streaming boom. Just in time for our quadrennial exercise in pseudo-democracy, Real Life published my essay that examines election forecasts like the one at FiveThirtyEight as aesthetic objects, analyzing how their differing designs speak to alternate visions of what politics actually is (if you’re bored of reading, you can listen to an audio version of the article right here). This week, I’m also in the Columbia Journalism Review, arguing that the media’s speculation about catastrophic Election Night scenarios only makes it more likely that the slow counting of mail-in votes will be cast in a sinister light. Lastly, a forthcoming essay I wrote for The Believer about the literature of the City Southwest is being adapted into a segment on the debut episode of Black Mountain Radio, a new show on Las Vegas’ KUNV and Reno’s KWNW. Nevadans, set your FM dial to 91.5 or 97.7 this Sunday at 7PM Eastern/4PM Pacific; everyone else, you can livestream the show here, and I’m told it’ll also be available as a podcast download in the near future.

What a blessing that the intergalactic Puerto Rican heartthrob Ozuna dropped his new album, Enoc, in early September, just as the election was picking up steam and the weather here in New England was beginning to make outdoor, socially-distant socializing a bit less manageable. Ozuna’s silky voice and snappy flow makes Enoc an ideal companion for the fall—  the album is laid-back in a way that makes drawing inward feel therapeutic rather than forced. Effortless single “Caramelo” is a good introduction to Ozuna’s work, though I’m partial to “No Se Da Cuenta,” which is a bit more dynamic and includes a verse from Daddy Yankee, who is both Reggaeton’s founding father and, if there’s any justice in this world, a future winner of the Nobel Peace Prize. Baile, friends. We’re gonna get through this.

Publicado en Ensayos narrativos, Recomendaciones | Comentarios desactivados en Un post de Kyle Paoletta sobre Don DeLillo y Enrique Vila-Matas

‘Cette brume insensée’ en la final del prix Les Inrockuptibles.

les inrock2inrock1Dans la catégorie Prix du roman (ou récit littéraire) étranger sont nommés :

Colson Whitehead : Nickel Boys (Albin Michel)
Aharon Appelfeld : Mon père et ma mère (L’Olivier)
Lucy Ellmann : Les Lionnes (Seuil)
Enrique Vila-Matas : Cette brume insensée (Actes Sud)
JK Stefansson : Lumière d’été, puis vient la nuit (Grasset)
Etgar Keret : Incidents au fond de la galaxie (L’Olivier)
Patti Smith : L’Année du singe (Gallimard)
Maya Angelou : Rassemblez-vous en mon nom (Notabilia/Noir sur blanc)
Deborah Levy : Le Coût de la vie et Ce que je ne veux pas savoir (Le Sous-Sol)
Charles Yu : Chinatown, intérieur (Aux Forges du Vulcain)

https://www.lesinrocks.com/2020/10/15/livres/livres/voici-les-selections-du-premier-prix-litteraire-des-inrockuptibles/

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NUNCA REGRESAMOS [Café Perec]

rollingRecordaba Marta Rebón, el otro día, unas palabras de Tolstói: “Bajo el influjo de la música me parece que siento lo que en realidad no siento, que entiendo lo que no entiendo, que puedo hacer lo que no puedo”. Creo que es así, que la música puede ayudarnos a ser otros. De hecho, en ocasiones la música ha logrado que mi entusiasmo por una lectura fuera más allá de lo razonable. La última vez que me ocurrió esto fue leyendo a W.G. Sebald. Es posible que esto sea algo que también ha experimentado Cristian Crusat, que en W. G. Sebald en el corazón de Europa (WunderKammer) subraya con fervor pensamientos de este autor, entre ellos uno de Los anillos de Saturno: “La modernidad encierra un rasgo terrible: nunca regresamos”.

Esta sentencia, que parece decirnos que el mundo contemporáneo es un río sin retorno, habla también para Crusat del modo en que se viaja en nuestros días, pues se sabe que Sebald prefería conocer media docena de ciudades que significaran algo para él que decir, al final de su vida, que había estado en casi todas partes. Esa media docena de sitios me hace acordarme de Joan de Sagarra, al que le basta con seis contados lugares del mundo a los que vuelve siempre. Cristian Crusat, por su parte, regresa cada año a Ámsterdam al 107 de la calle Wijenburg, donde estuvo un día su vivienda y donde imagino que, por mínimos que sean, registra los cambios que en su ausencia se han producido en la casa y el barrio, al tiempo que confirma la dura ley de la modernidad: esa sensación de que regresar al hogar sólo puede ser un espejismo. Porque nunca regresamos. Tengámoslo en cuenta y así evitaremos malentendidos, me digo mientras escucho Time Waits For No One (El tiempo no espera a nadie) y recuerdo  que en la primera semana de este mes –con medio país convencido ilusamente de que pronto continuaremos con todo igual que antes: sin virus y como si nada hubiera ocurrido–, Daniel Mendelsohn publicó en The Paris Review un artículo en el que advertía de la oscuridad en la que desembocaban todas las incursiones de Sebald en el sombrío e inaccesible pasado.

Y decía Mendelsohn que en Homero estaba muy claro ese regreso, mientras que, por ejemplo, en un libro como Los anillos de Saturno, todo lo que se refería al pasado aparecía oscuro y hundido en mil enigmas, tal como ocurre, me digo ahora, en esa página de Sebald en la que le vemos llegar a la playa de Schveningen, en La Haya, y creer que ha comprendido, medio en sueños, la totalidad de lo que ha ido oyendo en holandés, lo que le lleva a la equivoca impresión de haber reencontrado su hogar. Si los anillos narrativos de Homero nos encauzan hacia la luz y la revelación, dice Mendelsohn, los de Sebald conducen a una serie de puertas cerradas. Por eso, al releer a este autor, uno acaba advirtiendo que internarse en él es navegar por el rio sin retorno de una prosa que convive con la mayor de nuestras certezas: la tiniebla y misterio en el que, de un modo imparable día tras día, con gran vorágine, se va hundiendo nuestro pasado; lo dice la canción: el tiempo no espera a nadie.

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El Cadaqués de ‘Cette brume insensée’, hoy en La Croix: «Una muy bella ficción»

En una ficción muy hermosa, el gran novelista Vila-Matas nos lleva a escuchar las preguntas del escritor lidiando con las trampas y desafíos del mundo actual.

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Esta bruma insensata, también presente en el epígrafe, circula a lo largo de esta gran novela y Simon Schneider el narrador la evoca frente al cielo o al mar o un cuadro de Monet. La luz, apareciendo de manera inesperada, le provoca una aspiración al infinito que ya no espera deslizar en la escritura. Solo, cerca de Cadaqués, en su casa en ruinas, ha renunciado a sus sueños literarios y vive pobremente de las modestas sumas que le otorga su hermano Rainer Bros a cambio de citas literarias que le envía por e-mail.

Rainer se ha convertido en un escritor de éxito en Nueva York, ocultando, como Salinger y Pynchon, su vida y su rostro. En un nuevo correo electrónico, se encuentra con Simon en Barcelona el 27 de octubre de 2017, fecha del referéndum de independencia. ¿Por qué quiere verlo después de veinte años de silencio? Rainer siempre lo ha despreciado, él, el proveedor de citas, bloqueado en la escritura y la lectura, refugiándose en copiar como el Bartleby de Melville cuya sombra acecha el mundo de Vila-Matas.

Creyéndose obligado a elegir entre la alegría -porque para él «vivir es construir ficciones» – y el rechazo, el retraimiento, el fracaso, Simón se refugió en el fracaso. Menos silencioso que el misterioso Bartleby, mira hacia atrás en su vida durante su viaje a Barcelona, ​​su sinuoso monólogo fluye, se le escapa, desborda de sentido de manera liviana, en confesiones, en preguntas.

De su padre, fallecido recientemente, trató de poner a distancia «  este trágico sentimiento de vida  » que heredó. Y luego, de repente, piensa en agujeros negros en el universo, no vacíos, sino llenos. Nada escapa a ella, salvo “  una energía nacida de la ausencia  ”, una discreta metáfora, una fuerza que nos trae de vuelta las preguntas dejadas de lado: ¿Por qué ya no rezamos a Dios como antes? ¿Por qué no le suplicamos como Unamuno? ¿Tenía razón su padre al pensar que la mayor tragedia es la desaparición de Dios?

 Otro borrado preocupa a Simon: uno que amenaza a seres humanos a los que realmente es imposible alcanzar. Lo que queda de Rainer en el hombre que se presenta, en la cita, agotado, borracho, agresivo y desesperado, pretendiendo ser Thomas Pynchon, entonces pariente de Pynchon, y aceptando finalmente una discusión sobre dos concepciones de ¿literatura? La de Simón tiene en cuenta la angustia de la muerte y «  esta impresión de que la vida es como una sentencia incompleta que a la larga no está a la altura de lo que esperábamos  «.

En los libros de Rainer, hechos a partir de citas enviadas por Simon, ¿dónde está el marco? ¿Por qué te escondiste detrás de los mensajes de texto? «La  no ficción piensa que está copiando la realidad cuando en realidad se contenta con copiar una copia de una copia de una copia  », le dice Simon a Rainer. Aunque aparentemente a gusto con la mercantilización, la masificación del arte, la mecanización, Rainer se retira. No sin haber sufrido también, se dijo Simón, la imposibilidad de mantener la fe en la literatura en un momento en el que «  la Red … sabe todo sobre nosotros y suplanta a los escritores en su tarea». ». Afortunadamente, el terrible inventario elaborado por Vila-Matas conduce a un gran éxito romántico: la novela de Simon está terminada. Con, en las últimas líneas, un guiño irónico : «A veces, cuando veo que he tenido que escribir sobre un tiempo ya tan caducado, me pregunto si no será que a lo mejor, como dicen algunos, a la ficción le gusta el pasado y por eso tiende a correr el riesgo de no ser ya sino cosa del pasado, que es lo que solían decir los hegelianos hablando del arte en general y Borges hablando de la lluvia»

Francine de Martinoir

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Promenade / PARÍS / Dominique Gonzalez-Foerster / Musée Galliera.

Dejeneur sur l´herbe a Piera (Catalogne). Famille V-M.

Dejeneur sur l´herbe a Piera (Catalogne). Famille V-M.

Nuit Blanche /  Dominique Gonzalez-Foerster / París,  Musée Galliera

PROMENADE [Installation sonore]

Artiste expérimentale, née en 1965 et basée à Paris, Dominique Gonzalez- Foerster explore depuis 1990 les modalités des relations sensorielles et cognitives entre les corps et les lieux, réels ou de fiction, jusqu’à interroger la distance entre la vie organique et l’œuvre. Métabolisant références littéraires et cinématographiques, architecturales et musicales, scientifiques ou pop, elle crée des « chambres » et des « intérieurs », des « jardins », des « attractions » et des « planètes », dans les multiples sens que ces termes prennent dans les textes de Virginia Woolf ou Nathaniel Hawthorne, des sœurs Brontë ou de Thomas Pynchon, de Joanna Russ ou de Philip K. Dick. Chez Dominique Gonzalez-Foerster, cette interrogation des espaces s’étend vers un questionnement de la neutralité implicite des pratiques et des lieux d’exposition. Ses « mises en espace », « anticipations » et « apparitions » envahissent le domaine des sens du spectateur pour opérer des modifications intentionnelles dans sa mémoire et son imagination.

Son installation sonore PROMENADE envahit le péristyle du Palais Galliera et propose au spectateur une immersion toute particulière, dans une jungle sonore, sous une pluie tropicale.

https://quefaire.paris.fr/107751/dominique-gonzalez-foerster

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HETERÓNIMOS EN EL JARDÍN [Café Perec]

jardín de un montasterio de Sintra.

jardín de un montasterio de Sintra.

Publicó Elba en 2018 dos libros que parecían primos hermanos: El jardín perdido, de Jorn de Précy, y Jardines en tiempo de guerra, de Teodor Cerić. Empecé por el segundo, y comenté aquí mismo el trabajo de Marco Martella, esforzado recopilador de los informes de Cerić sobre los diversos jardines que este joven poeta croata, tras escapar del cerco de Sarajevo, visitó durante siete años en largo viaje a la deriva por Europa; entre ellos, el sórdido lugar florido que Beckett muy beckettianamente trató de crear en la tierra baldía de Ussy.

Tras su deriva de siete años, Cerić había regresado a su país natal, instalándose en una casa al norte de Sarajevo, donde, tras renunciar radicalmente a la escritura, se dedicaba exclusivamente a la creación de su propio jardín, una especie de refugio para siempre, un fascinante espacio aseguraban los pocos que habían logrado verlo. Pese a su radical adiós de la literatura, Cerić había cedido a la presión de Martella y le había enviado para la parisina revista Jardins diversas descripciones de los vergeles vistos –algunos hasta trabajados por él– en su larga odisea europea. Y era con esas descripciones con las que Martella había montado Jardines en tiempo de guerra, libro al que debo gran parte de mi repentina e inesperada afición por esa otra manera de estar en el mundo: el universo de los jardines. Todo sea dicho: también le debo esa súbita afición a la lectura del tratado fabuloso de Jorn de Précy, el enigmático jardinero islandés, autor de ese insólito libro de reflexiones que es El jardín perdido, escrito en 1912 y exhumado hace dos años, vía también Martella, con quien el año pasado, a iniciativa suya, intercambié unos cuantos correos que parece que se incluirán en un libro suyo que publicará Elba el año próximo.

Tal vez su primer correo me lo envió Martella al sospechar que yo, recalcitrante espía de los que “prefieren no escribir”, había entrado en contacto con Cerić y sabía hasta dónde se encontraba la casa con jardín al norte de Croacia. De hecho, ya en su primer mensaje, me preguntó directamente por el estado del jardín, como si diera por hecho que lo había visto. Lo que le respondí fue atrevido, fue imprudente y, además, horrible, y a veces hasta me da miedo recordarlo, y pienso que será mejor que siga siendo secreto por un tiempo. Me lo he vuelto a decir hace un rato cuando he comprado Un pequeño mundo, un mundo perfecto, el título que acaba de publicar Martella en Elba: una sucesión implacable de críticas de jardines, con diatriba incluida para el muy desmesurado Versalles. Leer ahí la palabra “heterónimos” en la breve y discreta solapa de ese libro me ha provocado una cierta sorpresa, aunque en el fondo, muy en el fondo, lo que la nota por fin desvela me lo esperaba, o temía: “Marco Martella (Roma, 1962) dirige la revista Jardins desde 2010 y bajo los heterónimos de Jorn de Précy y Teodor Cerić, ha publicado El jardín perdido (2018) y Jardines en tiempo de guerra (2018), respectivamente”.

¿Por qué le diría aquello tan imprudente, tan horrible?

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ESTA BRUMA INSENSATA, la recepción en Francia.

 

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Depuis trente ans et presque autant de livres, Enrique Vila-Matas poursuit une œuvre dont la cohérence est la beauté ne se sont jamais démenties ; une œuvre dont, d’une certaine façon presque Borgesienne, la cohérence est la beauté. (…). Son nouveau roman, Cette brume insensée, est à la fois l’un des plus complexes, ce qui ne doit pas décourager le lecteur, bien au contraire, et des plus essentiels de tous ceux qui l’ont précédé.

Olivier Mony, LIVRES HEBDO
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Ludique et grave, Cette brume insensée est une nouvelle réussite.

Il y a un charme, au sens le plus ésotérique du terme, à l’œuvre dans le dernier Vila-Matas. On y entre comme en terrain familier, mais on s’y égare comme dans un territoire inconnu. On a déjà vu ces reliefs, et pourtant c’est encore le vertige de la première fois qu’on a lu Le Mal de Montano qui nous prend.

Damien Aubel, TRANSFUGE
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Le grand écrivain espagnol libère les pouvoirs magiques de la littérature, entre métalangage et métaphysique, pour défier la réalité même.

LES INROCKUPTIBLES
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Tel un prestidigitateur qui nous aurait faussement dévoilé ses secrets, il joue à nouveau à brouiller les frontières entre vie et littérature.

On y redécouvre sa posture typique, un peu comédien, un peu cabotin, prince de l’ironie, jamais à court d’une référence littéraire, prodigue en aphorismes impénétrables. (…). Accrochez-vous donc , au moment d’entrer dans le labyrinthe, à cette devise boussole consolante, tirée d’un autre roman de Vila-Matas, Mastroianni-sur-Mer : « Ne rien comprendre est une porte qui s’ouvre. »

Bernard Quiriny, LIRE LE MAGAZINE LITTÉRAIRE
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Cette brume insensée est un fier hommage aux écrivains, à la littérature et à ses immenses pouvoirs magnétiques.

Alexandre Fillon, LES ÉCHOS WEEK-END
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Écrire ou ne pas écrire, telle est la question, mais aussi lire ou ne pas lire. « Parce qu’il y avait chez tout lecteur, ajouta Rainer, une petite voix qui lui disait tout bas à propos de tout ce qu’il lisait, aussi extraordinaire que fût la lecture : Et alors ? » Tous les textes d’Enrique Vila-Matas tâchent de répondre à cette question.

Mathieu Lindon, LIBÉRATION
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Fidèle à ses obsessions, le maître espagnol s’amuse du néant globalisé en multipliant chaussetrapes littéraires et hommages à certains de ses auteurs fétiches : Beckett, Pynchon, Queneau.

Didier Jacob, L’OBS
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Enrique Vila-Matas jubile dans ce roman foisonnant qui pétille d’intelligence et d’érudition tout en invitant une graine de folie sans qui, du style au rythme, de la musique à l’action, un roman ne serait pas ce qu’il est : un pur plaisir d’évocations.

François Xavier, SALON LITTÉRAIRE
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Aussi Cette brume insensée est-elle tout cela à la fois. Un concentré lucide de doute et de foi, de désarroi et de joie, de clair et d’obscur. Avec un retournement final et un gros zeste d’humour qui rend la tragédie supportable. Et même délectable.

Florence Noiville, LE MONDE DES LIVRES
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Avec ce nouvel opus, Enrique Vila- Matas (né en 1948) place plus que jamais la littérature au centre de son oeuvre romanesque. En en faisant à la fois le sujet de son roman et son personnage principal, il réalise un beau tour de passe-passe : transformer la littérature en fiction.

Didier Garcia, LE MATRICULE DES ANGES

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Introducción de Adam Thirlwell a la entrevista (Otoño 2020) con Vila-Matas en The París Review

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He   writing   of   Enrique   Vila-Matas   is   marked  by  a  dazzling  array  of  quota-tion, plagiarism, frames, self-plagiarism, digressions  and  meta-digressions:  an  intense  and  witty textual delirium that has made him one of the most original and celebrated writers in the Spanish language. Born in Barcelona in 1948, he published his   first   novel—a   single,   sternly   uninterrupted   sentence—in  1973.  Continuing  his  fidelity  to  the  myth  of  the  avant-garde  writer,  he  then  moved  to  Paris,  living  in  a  garret  rented  from  Marguerite  Duras,  before  returning  to  Barcelona,  where  he  spent  the  next  decade  publishing  novels,  a  story  collection, and literary essays. It  was  with  his  sixth  book,  however,  A  Brief  History   of   Portable   Literature   (1985,   translation   2015).  The book poses as a history of a secret society of twentieth-century artists and writers, including Duchamp, Walter Benjamin, Kafka, and others. Its reckless linking of real names to imaginary quotations and vice versa, its mingling  of  fiction  with  history,  made  him  notorious—and  represented  a  new moment in European fiction. Reality can only be apprehended through a comical, dazzling network of texts—that was the book’s basic proposition, and  its  implications  and  complications  are  what  Vila-Matas  has  continued  to explore in wildly deconstructive novels like Bartleby & Co. (2000, 2007), Montano’s Malady (2002, 2007), and Never Any End to Paris (2003, 2011), as well as in critical fictions that include Chet Baker piensa en su arte (Chet Baker thinks about his art) (2011), The Illogic of Kassel (2014, 2015), and Marienbad électrique (Electric Marienbad) (2015). Vila-Matas has won many grand awards (the Premio Rómulo Gallegos, the  Premio  Herralde,  the  Premio  Leteo,  the  Prix  Médicis,  the Premio Formentor, The Premio de la Fil de Guadalajara among  others),  but in person he is modest and generous, always solicitous toward younger generations  —I  first  met  him  a  few  years  ago  through  our  mutual  friends  Alejandro  Zambra  and  Valeria  Luiselli.  He  dresses  with  elegant  reserve,  a  disguise  for  a  mischievous,  fantastical  soul.  We  conducted  this  interview  over two prolonged sessions in Barcelona last summer and fall, speaking in a  mixture  of  French  and  Spanish  while  his  agent,  Mònica  Martín,  offered  interpretive aid and sometimes joined in the conversation. This polyglot mix-ture  was  transcribed,  edited,  then  retranslated  into  Spanish  and  rewritten  by  Vila-Matas  before  being  definitively  translated  into  English.  Its  multi-lingual,  multilayered  history  seems  an  accurate  analogue  to  Vila-Matas’s  polymorphous style.  According to the terms of Vila-Matas’s thinking, the real can only fully acquire a luminous existence when inserted into a prior network of words— even, for instance, a conversation. Both sessions of our interview took place in the gardens of the Hotel Alma in Barcelona. Vila-Matas chose the location partly for its peacefulness—but really, he observed, because it was where he set  the  final  exchanges  of  his  most  recent  novel,  Esta  bruma  insensata  (This  senseless haze) (2019). The two conversations, one fictional, one real, could therefore gradually infiltrate each other—this was his hope—and reach their own separate level of truth.  After our final session, before we headed off for coffee at the Europa Café on  Diagonal,  Vila-Matas  invited  me  over  to  his  apartment  and  showed  me  his small writing room, the bookshelves of which were filled with works by his  beloved  authors—Beckett,  Kafka,  Tabucchi,  Duras,  Joyce,  Walser,  and  friends like Rodrigo Fresán and Roberto Bolaño. That space, I began to think, was  the  visual  form  of  Vila-Matas’s  literary  philosophy—fragile,  futuristic,  and  infinitely  valuable:  an  idea  of  writing  as  a  singular,  patient  process  that  can absorb and create the hyper world outside it.

Adam Thirlwell

https://www.theparisreview.org/interviews/7600/the-art-of-fiction-no-247-enrique-vila-matas

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Manhattan Tanning Corp.

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Barbería de Manhattan (foto de Vila-Matas

Barbería de Manhattan (foto de Vila-Matas

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Bibliografía francesa de CETTE BRUME INSENSÉE (agosto-septiembre 2020)

  Manhattan Tanning Corp.
  1. Kaprièlian, Nelly. Liberation de les pouvoirs magiques de la littérature. Les Inrockuptibles. Aout 2020.
  2. La viduité. Dédoublement de la disparition. Viduite.wordpress. 7/08/2020.
  3. Fillon, Alexandre. Vive l’écriture! Les echos (15 coups de coeur de la rentree). 27/08/2020.
  4. Quiriny, Bernard. Artisan du faux-semblant. Le Magazine Littéraire. Septembre 2020.
  5. Mony, Olivier. Visible, invisible. Le Magazine. Septembre 2020.
  6. Anonyme. L’un de ses plus complexes et des plus essentiels romans. Livres Hebdo. Septembre 2020.
  7. Lindon, Mathieu. VM et le «facteur fraternel». Liberation. Septembre 2020.
  8. Noiville, Florence. Enrique Vila-Matas, antibrouillard. Le Monde. 17/09/2020.
  9. Jacob, Didier. Contre son frère Bros. Le Nouvel Observateur. 18/09/2020.
  10. Chaume, Delphine. Magnifique roman. Un livre un jour [France 3 / France Culture]. 20/09/2020.
  11. Perreau, Yann. Portrait fascinant et vertigineux de Pynchon. Les Inrockuptibes. 21/09/2020.
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EL TALENTO DE DELPHINE CHAUME [FRANCE CULTURE] AL RECOMENDAR ‘CETTE BRUME INSENSÉE

DELPhine chaumeAujourd’hui j’avais envie de parler du magnifique roman d’Enrique Vila-Matas @ActesSud Cette brume insensée formée des mots des écrivains et créant un monde peut-être plus tangible que le monde réel…

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LE MONDE /// Cette brume insensée: Vila-Matas, antibrouillard

tormenta de junio en Barcelona

LE MONDE ///  Cette brume insensée: Enrique Vila-Matas, antibrouillard

Par Publié aujourd’hui à 18h00, vendredi 18/09/20

https://www.lemonde.fr/livres/article/2020/09/18/cette-brume-insensee-enrique-vila-matas-antibrouillard_6052782_3260.html

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Soixante-douze ans, l’âge idéal pour un bilan. Mais qu’inscrire dans la colonne des plus et dans celle des moins ? Le narrateur d’Enrique Vila-Matas, Simon Schneider, n’y voit plus rien. D’où ce titre, emprunté à Raymond Queneau (1903-1976) : « Cette brume insensée où s’agitent des ombres, comment pourrais-je l’éclaircir ? »

Tout est dit dans ces quelques mots. L’ombre, c’est lui, Simon, un écrivain raté, un grand lettré pourtant, érudit comme on n’en fait plus – mais n’est-ce pas justement là une part du problème ? Cet anachronisme vivant, ce boulimique de lecture et d’écriture, a passé son existence à accumuler des citations, cédant à une « nécessité absolue d’absorber toutes les phrases du monde ». Et comme il faut bien vivre, il s’est reconverti dans le commerce desdites pensées. « Simon Schneider, fournisseur de citations littéraires », peut-on lire sur sa carte de visite. Pour diversifier son gagne-pain, il est aussi « traducteur préalable », comprenez qu’il « anticipe les difficultés pour le traducteur star » qui signera la version finale, Simon, lui, restant, comme d’habitude, dans l’obscurité.

A propos d’« ombres qui s’agitent », voilà que Vila-Matas fait ici entrer en scène un deuxième personnage, Bros, qui ressemble à Simon, et pour cause. C’est son frère, écrivain lui aussi : le même en « réussi » – enfin, selon les critères de notre époque. Faute de percer en Espagne, Bros a changé de nom et s’est installé aux Etats-Unis, où il a efficacement programmé sa célébrité mondiale en devenant invisible, comme Thomas Pynchon et J. D. Salinger. Peu importe ce qu’il livre au public, il est désormais une star, si bien que, lorsqu’il propose que Simon devienne son fournisseur de citations – comme ça, de loin, sans jamais le voir –, ce dernier accepte pour des raisons alimentaires. Mais avec, dans la bouche, un étrange mélange de soulagement, d’amertume et d’humiliation.

Comme dans toute son œuvre, c’est sur l’écriture – l’« impulsion tyrannique », le besoin viscéral de compléter une phrase pour éclairer l’opacité du monde – que s’interroge ici le grand écrivain barcelonais. Peut-être oppose-t-il de façon un peu démonstrative culture savante et industrie du divertissement – d’une part, le bon écrivain raté, « à l’ancienne », solitaire, romantique presque ; de l’autre, le produit commercial qui plaît et réussit. Mais force est de reconnaître que son portrait de Simon en dit long sur la manière dont un « vétéran » de la plume peut aujourd’hui se sentir égaré dans un monde privé de sens et de repères – la « brume insensée » de Queneau. Perdu, incompris, ignoré, mais aussi déchiré, clivé.

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Lire aussi, sur « Chet Baker pense à son art » (2011) : Enrique Vila-Matas :  conscience comique.

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Vila-Matas, ou plutôt son double, parle a Cette brume insensée de « la disjonction entre la dévalorisation de cette putain d’écriture (avec la renonciation logique qui s’ensuivait) ou l’adhésion à la foi, à la joie et à la continuité ». Simon explique parfaitement cette oscillation qui le taraude : « D’un côté, il y a une tendance chez moi à me précipiter sur ma propre ombre. Et, de l’autre, un désir d’ascension, une tendance à voyager vers le lointain éther d’une bonne lumière matinale dans laquelle trouver enfin, quoique brumeux, mon véritable point de vue »… sur une table d’écriture. Car Simon, évidemment, n’a jamais trouvé mieux que les mots comme réponse au chaos. C’est même son seul objectif clair dans la vie : mettre un point au terme d’une phrase.

Aussi Cette brume insensée est-elle tout cela à la fois. Un concentré lucide de doute et de foi, de désarroi et de joie, de clair et d’obscur. Avec un retournement final et un gros zeste d’humour qui rend la tragédie supportable. Et même délectable.

Signalons, du même auteur, par le même traducteur, la parution en poche de « Paris ne finit jamais », Babel, 288 p., 7,90 €.

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CETTE BRUME INSENSÉE a Le Nouvel Observateur (L’Obs)

Raul Ruiz en Valparaíso-3 [1280x768]Ecrivain raté, traducteursans avenir, Simon collectionneles citations de grands écrivains.Il peste, depuis la maison qu’ila héritée de son père, contre sonfrère Bros, qui a connu, lui,un immense succès à New Yorken écrivant de brefs livres,avec l’aide de Simon. Fidèlea ses obsessions, le maîtreespagnol s’amuse du néantglobalisé en multipliant chausse-trapes littéraires et hommages àcertains de ses auteurs fétiches :Beckett, Pynchon, Queneau.

DIDIER JACOB,

Le Nouvel Observateur (L’Obs)

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Les pouvoirs magiques de la littérature [Kaprièlian sur ‘Cette brume insensée’, a LES iNROCKUPTIBLES]

tam tamDans  CETTE BRUME INSENSÉE (Actes Sud) le grand écrivain espagnol libère les pouvoirs magiques de la littérature, entre métalangage et métaphysique, pour défier la réalité meme.

[Nelly Kaprièlian, LES INROCKUPTIBLES. Sept 2020]

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EL DIBUJO DE LA VIDA [Café Perec] ó EL ASCENSO AL PAS DE QUENEAU.

Dibujo en GPS de Raymond Queneau por Étienne LécroartEstaba siguiendo en televisión el Tour, el ascenso al Pas de Peyrol, cuando me pregunté qué había sido de Stephen Lund, que también era ciclista, pero de otro estilo.  Cinco años antes había escrito sobre Lund al enterarme de que en su ciudad natal, Victoria, Canadá, salía a pasear en bicicleta y, valiéndose de la aplicación Strava, se divertía registrando sus itinerarios y creando curiosas “figuras”, que publicaba en su web GPS Doodles.

¿Qué habría sido de aquel “atleta creativo” que animaba sus entrenamientos con aplicaciones de seguimiento que muchas veces trazaban figuras extravagantes en mapas para GPS? Al principio, Lund sólo pretendía rastrear y analizar su desempeño como corredor, pero se topó con la magia cuando vio que su pedaleo podía crear en Strava tanto perfiles humanos como mensajes escritos. Entonces, un glorioso primer día de 2015, salió temprano de casa y conmovió a sus paisanos cuando con su recorrido en bicicleta trazó en su GPS una felicitación de Año Nuevo en las calles de Victoria.

Investigué en la Red qué había sido de Lund y de su extraña forma de vida y descubrí que en el siniestro 2020 se volatilizaban a mediados de abril las huellas de sus aventuras ciclistas. Y me aterró la posibilidad de que se hubiera cruzado en su vida cualquier contratiempo tan propio de nuestros días, aunque al final decidí no obsesionarme y pensar en otra cosa y fui a caer en algo que no estaba lejos del mundo de Lund, fui a pensar en un deliberado retrato del escritor Raymond Queneau trazado con GPS sobre un mapa de París. Era un retrato que me había regalado un dibujante francés, un  miembro de OuLiPo que había participado en una reunión de hacía ya tres años de este grupo, reunión a la que había asistido invitado por Eduardo Berti, y por Pablo Martín Sánchez, el único español miembro de OuLiPo.

Al regresar a Barcelona, había enmarcado aquel dibujo y lo había colgado en una pared de casa, y de hecho tenía la vaga pero a veces consistente sospecha de que el retrato había estado ejerciendo un influjo especial sobre mí, hasta el punto de intervenir en la elaboración de la novela que publiqué el año pasado y que, tras superar variadas brumas y ascender a diversas cumbres, incluida la que llamo en secreto Pas de Queneau, había acabado titulando con unas palabras precisamente del tal Queneau.

No recordaba cómo se llamaba el dibujante y lo pregunté por correo a Martín Sánchez, que tuvo la amabilidad de decirme: “Sin duda se trata de Étienne Lécroart (miembro del OuLiPo y del Oubapo), que en aquella reunión presentó dos retratos, uno “en creux” de Emmanuel Carrère y el de Queneau que, por lo que me cuentas, te regaló a ti y cuyas líneas suman un total de 110 kilómetros por las calles de París”.

Y fue curioso. Al leer esos datos, creí entrever de pronto un mundo en el que no resultaría del todo imposible que, en su pedaleo interrumpido de abril,  Lund hubiera sido relevado por Lécroart, que así de algún modo habría ido reforzando la continuidad del dibujo de la vida, cada día, por cierto, más amenazado. ¿O no?

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Leonardo Valencia entrevistado en Cuadernos Hispanoamericanos. Sept 2020

leonardo valenciaPersonalmente, una de mis deudas mayores es con Enrique Vila-Matas, un ejemplo de escritor libre entre muchas tradiciones. Recuerdo con afecto que él mismo se ofreció a presentar mi primera novela, El desterrado, en un almuerzo de prensa en el Set Portes en Barcelona. Yo no me habría atrevido a pedírselo. Fue un gran apoyo, porque los periodistas me bombardeaban de preguntas y yo estaba aterrado por no saber cómo explicar lo que había escrito, era mi primera novela, hasta que Enrique levantó la mano, los apuntó con el índice con esa expresión que a veces parece furibunda pero que es de una profunda ironía y de un humor radical y les dijo: «la literatura pura no se debe explicar». Fuimos vecinos del mismo barrio de Gracia durante varios años hasta que se mudó al Eixample. Es un placer y un reto intelectual conversar con él. La última vez lo vi en Nantes y nos disputamos ferozmente un ejemplar de Las aguas estrechas de Julien Gracq. Hay foto. Luego está mi maestro catalán, Enric Sullà, un gran estudioso del arte narrativo de quien aprendí mucho, por él descubrí la poesía de Carles Riba. Fue mi director de tesis doctoral y me invitó a dar clases de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona. De igual manera, Óscar Vilarroya, uno de los más destacados investigadores de neurociencias en España y que también escribe teatro y narrativa, de quien traduje al castellano uno de sus ensayos y es un gran amigo. Y hay muchos más amigos y amigas españoles, tendría que escribir un libro sobre todos ellos.

Por supuesto, también hay mucho que criticaría de España. El medio literario se ha frivolizado en gran parte, quizá por la banalización del mundo editorial global. En algunos editores, hay una soberbia inexplicable, cuando lo que hacen es replicar lo que descubren editores realmente arriesgados en Frankfurt, París, Bologna, Londres y Nueva York. Gran parte de la crítica literaria periodística está sometida a la industria editorial y a un endogámico espíritu de capilla y sus críticas no se diferencian de notas promocionales, con excepciones contadas como J. Ernesto Ayala-Dip y pocos más. Muchos escritores catalanes actuales, casi todos, me decepcionaron cuando se sometieron sin autocrítica al discurso nacionalista o se quedaron callados, y muchos siguen callados convenientemente. Luego de conocer el famoso seny, apenas llegué a Barcelona en 1998, me pasé años preguntándome dónde estaba su contraparta, la rauxa catalana. La respuesta llegó devastadora diez años después.

Aprecio y admiro a grandes poetas, narradores y ensayistas españoles. Son ineludibles Antonio Gamoneda, Leopoldo María Panero, Gimferrer, Gabriel Ferrater, Olvido García Valdés o Chantal Maillard. La prosa de las novelas y los ensayos de José María Ridao, desde Mar muerto a Radicales libres, Filosofía accidental o El vacío elocuente es deslumbrante, única, uno de los autores europeos de primera línea, en la línea de Semprún, Goytisolo, Vila-Matas, Marías o Cercas. Josep Pla es un maravilloso planeta aparte. Y ya hablé de mi devoción por la mayor prosista y pensadora española, María Zambrano. (De una larga entrevista para Cuadernos Hispanoamericanos)

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