Contra la televisión, contra la vanidad, contra el clero, con abundantes referencias literarias [Toteking, quién es]

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La pregunta de Florencia.

carrereEl año pasado, estaba paseando por Florencia cuando oí que me llamaban desde la mesa de un café. Era Emmanuel Carrère, al que conocía de un encuentro en Paris en el Salón del Libro. Acompañándose de un gesto muy cordial, me invitó a sentarme con él. Caía la tarde. Vi que tomaba un refresco y opté por pedir lo mismo. Cruzamos unas breves palabras acerca del mal estado del tiempo y luego nos quedamos unos cuantos segundos callados. De repente, Carrère me preguntó:

-¿Te da miedo el silencio?

No entendí por qué me planteaba, a la primera de cambio, aquella cuestión, y  menos aún por qué me preguntaba aquello. Pero el momento fue bello, raro, imponente; me di cuenta de que acababa de suceder algo que no sabía definir, pero que tardaría en quedar atrás en el tiempo.

¿Miedo al silencio? A veces, al volver a recordar las circunstancias de aquel extraño momento –yo perplejo ante aquella pregunta formulada por Carrère literalmente  a bocajarro-, me acuerdo del director de teatro Peter Stein, que habló en cierta ocasión de una bola de plata que atraviesa el escenario. Tarda años en pasar, dijo, y se produce en unos segundos de un espectáculo, pero, el placer es tan intenso que justifica la espera de semanas, meses y años.

Placer es lo que sentí ante aquella situación, un placer no exento de incomodidad porque me sentía tocado por la punta de una espada y porque, además, el momento fue formidable, pero incomprensible. Sólo hace unos días, al leer que años atrás Carrère se había sentido “tocado por la Gracia” y durante una larga época había sido católico practicante, me dio por pensar que su pregunta de bola de plata de aquel día pudo estar relacionada con su pasado de creyente. Tal vez, me dije, quiso hablarme de la expresión española “ha pasado un ángel”… Pero no. Pronto vi que no era de ángeles y arcángeles de lo que había deseado hablarme y que por ahí seguro que no iban precisamente las cosas.

No fue hasta ayer, hasta ayer mismo, cuando, al leer una entrevista que él había concedido a The Paris Review, comprendí de golpe. En la entrevista se detenía en los diversos momentos de su vida en los que se notó bloqueado como narrador y aconsejaba, en caso de parálisis creativa o de situación de estar simplemente sin hacer nada, acudir a un tratado de un autor romántico del siglo XVIII, Ludwig Börne, donde éste propone que durante tres días consecutivos uno se fuerce a escribir todo lo que le pase por la cabeza, sin artificios y sin hipocresía: “Escribe lo que pienses de ti mismo, de tus mujeres, de Goethe, de la Guerra Turca, del Juicio Final o de tus superiores, y te quedarás estupefacto al ver cuántos pensamientos nuevos jamás expresados han salido fuera. En eso consiste el arte de convertirse en un escritor genuino en tres días”.

Me pareció que el método de Börne era realmente capaz de acabar con el bloqueo de cualquier autor encallado o, simplemente, callado. Y me acordé de Bartleby y compañía y de una frase que en mi libro el jorobado narrador aseguraba que podría perfectamente haber dicho el escribiente del relato de Melville:

-Hablar es pactar con el sinsentido del existir.

Perfecto, pensé. Y entonces caí en pleno síndrome del l´esprit de l´escalier, es decir, fui a parar a ese momento en el que encuentras la réplica adecuada a lo que te dijeron, pero ésta no te sirve, porque estás ya bajando la escalera y la contestación ingeniosa deberías haberla dado antes, cuando estabas arriba.

Y comprendí de golpe. Haberle respondido a Carrère que hablar es pactar con el sinsentido del existir habría sido una respuesta ingeniosa pero, sobre todo, coherente. ¿Y por qué coherente? Porque –lo vi con toda claridad- la pregunta de Florencia estaba relacionada con la lectura de mi libro sobre los escritores del No. Comprendí que Carrère, excelente investigador de vidas ajenas, me veía básicamente como el autor de Bartleby y compañía y había decidido ir al corazón de mi verdad más íntima y preguntarme si había escrito aquel libro por puro pánico al silencio.

Cuando vuelvo a aquellos instantes de la bola de plata, me doy cuenta de que reconocí al instante, instintivamente, la profundidad y peligrosidad que la desconcertante pregunta contenía y me limité a refugiarme  en mi expresión de perplejidad.

Hoy creo que debería haberle contestado, a bote pronto y sin miedo, que, en efecto, escribí Bartleby y compañía porque me daba verdadero pánico quedarme de pronto sin la escritura y con toda una parte de mi vida todavía por vivir. Debería haberle contado, además, que, al publicar el libro, me las prometía muy felices tras haberme salvado del silencio, del bartlebysmo, y sin embargo las cosas no fueron como esperaba, sino al revés, se me complicaron. Quizás me faltó, debería haberle dicho, saber que no hay nada más cargante, más insoportable, que un escritor que escribe, porque un tipo que demuestra que puede escribir, engendra animosidad, rencor, odio, y hasta provoca gran escándalo, al menos entre los que consideran que lo más honesto siempre será callar.

Ahora creo observarlo con perfecta visibilidad: dadas las feroces reacciones que no callar provoca en algunos enclaves controlados por ágrafos, ¿cómo no va a estar profundamente arraigada en mí “la pulsión negativa, la atracción por no hacer nada”? Lo está, pero no cedí nunca a esa atracción, precisamente por el miedo que me produce el silencio, tal como intuyó Carrère aquella tarde en Florencia. Por el miedo a quedarme sin la bola de plata de la escritura. Por el miedo a quedarme sin el mejor lugar que conozco para vivir hechos tan extraordinarios como decir que el mundo no tiene sentido y, acto seguido, observar cómo el timbre profundo de la voz que ha dicho eso es el eco de ese sentido.

Aunque la vocación es débil. Tanto que a veces, cuando mi vida se complica en exceso, acabo pensando que sería mejor que me dedicara a no mover un dedo, convertir la no actividad en mi marca de agua, actuar con la sabiduría del viejo haiku: “Sentado apaciblemente sin hacer nada/ la primavera llega y la hierba crece por sí misma”.

Y sin embargo, no me detengo, continúo. Es decir, escribo. El miedo al silencio acaba venciendo en todo momento al miedo a sentirme deshonesto por no renunciar a la escritura. Y tanto el uno como el otro no son los únicos miedos, también tengo terror a la obra maestra. Una noche, entraba luz de lluvia por mi ventana cuando pasó por mí un soplo repentino que apenas capté, pero que me hizo percibir, por breves instantes, la obra maestra que estaba destinado a escribir, una obra que mejoraba todo lo publicado hasta entonces en el mundo. Vi pues con claridad pero con brevedad extrema el gran libro que llevamos todos dentro pero que en la vorágine de nuestra vida interior rara vez emerge y, de hacerlo, en seguida viene alguien o algo a interrumpirnos dejándonos sin tiempo para ni tan siquiera memorizar cualquier detalle de ese texto que nos habría cambiado la vida.

¿Me habría gustado que me la cambiaran? Al pensar en las consecuencias que podría haberme acarreado escribir esa obra maestra –entre otras, salir de gira para siempre, una promoción eterna del libro-, me entra siempre un miedo superior incluso a mi pánico al silencio, lo que ya es decir. Claro que aún más superior a ese terror a la obra perfecta es el miedo a que no vuelva a pasar nunca más por mí aquel soplo repentino con luz de luna y no disponga por tanto de otra oportunidad para volver a entrever la pieza insuperable. Es un miedo que lleva incorporada a su estructura un terror aún superior: el temor a que llegue la muerte y quede yo mudo y más que callado sin haber dado antes mi consentimiento a semejante barbaridad; el temor, bien comprensible, a engrosar las filas de los que, habiendo puesto en marcha sin problemas una obra en progreso, quedan, un día, literalmente paralizados para siempre.

Por eso a veces insisto en que Bartleby y compañía, contrariamente a lo que se cree, no habla exactamente de escritores que dejan de escribir, sino de personas que viven y un día mueren, de gente que lee y de gente que un día deja de leer y de gente que muere sin haber leído nada y de gente que ama y deja de amar o ama sin ser amada, de oleadas y oleadas incesantes de seres inútiles y malolientes que vienen desde el fondo de los tiempos a hundirse, que es a lo que venimos a este mundo, donde el instinto silencioso, el instinto de muerte, no necesita ni compañía, de tanta que tiene.

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Vila-Matas asesina a su entrevistador en Notturno de Gibilterra (premio Italo Calvino 2019)

hotelEn el salón de té del Grand Hotel Rodoreda de Barcelona (Carrer Pau Claris), un joven periodista entrevista al famoso escritor Enrique Vila-Matas. Pero evidentemente algo sale mal. En la sala solo queda el cadáver del entrevistador, y Vila-Matas parece haberse desvanecido en el aire. Un detective gruñón y orgulloso «enemigo de las letras» se lanza en busca del presunto asesino.

Así comienza NOTTURNO DI GIBILTERRA, de Gennaro Serio (L´Orma editoriale)

Premio Italo Calvino 2019. Questa la motivazione della giuria: «Per il coraggioso esperimento metaletterario condotto nel testo con lingua poliedrica, sulla scia dei modelli cosmopoliti di Vila-Matas e Bolaño. Un giallo sofisticato dal gusto ironico e parodistico che vede i protagonisti in viaggio per l’Europa dei luoghi di culto della scrittura terminando nella Gibilterra dell’immortale Molly Bloom».

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Quevedo y reescribir lo que leemos.

imagesSi escribir es volver a escribir lo ya leído, las notas marginales y apostillas hechas por el propio Quevedo en los libros que leía demuestran que la palabra « reescritura » no tiene aquí nada de metafórico. Lector activo, Quevedo no se conformaba con corregir erratas, subrayar palabras o hacer observaciones personales – con singular frecuencia observaciones de orden formal- , sino que, como ha dejado patente el estudio de algunos de los libros que manejó y que le pertenecieron, como su ejemplar de L’ Eracleida de Gabriele Zinano, tachaba y suprimía vocablos, sustituía por otras, palabras y expresiones enteras, modificaba el texto a su antojo  convirtiéndolo en un pre-texto para el ejercicio literario, en una palabra : reescribía los libros a medida que los leía, haciendo que, de alguna manera, se cumpliese así el mito de la lectura y de la escritura simultáneas (1). Frente al libro escrito, lo que reivindica Quevedo es el libro que escribe y es esta concepción del libro no como producto, sino como productividad, la que, además de fecundar su escritura, nutre aquí la reflexión del escritor.

 

(1). Uno de los últimos avatares de este mito lo representa Silas Flannery, el personaje de Italo Calvino (Sí una noche de invierno un viajero…) que se convierte en copista para « vivir » a la vez en el tiempo de la escritura y en el del lector.

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PORQUE LOS NOVELISTAS (INCLUSO LOS GRANDES) NO HABLAN DE ARTE CONTEMPORANEO

nyoPerché i romanzieri (anche grandi) non ce la fanno proprio a parlare di arte contemporanea.

LUCA BEATRICE (para Linkiesta):  Quienes conocen el arte contemporáneo y aman la literatura tienen la impresión de que estos dos mundos luchan por hablar entre ellos. Y no viene de hoy. Alberto Moravia, por ejemplo, ya se lo planteaba en No sé por qué no he sido pintor (la colección de sus escritos de arte publicada por Bompiani hace un par de años), donde centró su análisis en la pintura romana y Guttuso, ya que su hermana Adriana Pincherle también pintó. Julian Barnes realmente no ama los asuntos de actualidad, levanta la nariz frente al Young British Art y prefiere refugiarse en los llamados modernos clásicos porque la historia garantiza un cierto refugio y todo en todos los idiomas tradicionales funciona mejor que la experimentación.
Luego están las novelas que hablan de artistas, que además de algunas raras excepciones (como la divertida Madre nuestra que estás en los cielos de Piersandro Pallavicini, donde el coprotagonista es una performer de nombre  Relata Refero, y sobre todo Vila-Matas por Kassel no invita a la lógica) son pintores porque los escritores apenas incluyen las formas más actuales (video, fotografía, instalaciones) en sus narraciones. Es por eso que los artistas narrados por los escritores están inevitablemente fuera de tiempo, como si no hubieran notado los cambios y revoluciones en torno a esta figura.
(…)
Estamos buscando un escritor que quiera saltar al arte contemporáneo, comprenderlo y contarlo.

texto completo en:  Linkiesta, revista italiana de Cultura / Febrero 2020
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DEL AMOR

EQAibtWWAAI9jpX¿Y qué decir del amor por un país extranjero? Parece una especie de nacionalismo al revés: lo Distinto encanta, lo Idéntico aburre, lo Otro exalta… Llevo años enamorándome de lo extraño, y este septiembre no ha sido la excepción: septiembre viajero en el que vi lugares foráneos, mientras releía a fondo El gran Gatsby, gran historia de amor

«A mí me habían invitado de verdad», dice en ella Nick Carraway, el narrador. Y ahora juraría que, como si se tratara de un lugar foráneo, es la propia novela de Scott Fitzgerald la que me invita a hablar aquí del amor. En ella hay una frase bien extraña que recientemente comentó con agudeza Siri Hudvest en Una súplica para Eros (Circe): aparece en la escena en la que Carraway, a petición de Gatsby, ha invitado a Daisy a su casa para que así los antiguos amantes se reencuentren; cuando eso ocurre y Nick les quiere dejar solos, ellos se resisten a que se vaya. «Tal vez mi presencia les hacía sentirse más satisfactoriamente solos», escribe Nick.

¿Qué puede significar ese «satisfactoriamente»? Para Hudvest expresa la idea de que el amor, para existir, necesita ser visto. Posiblemente, una pareja la componen tres personas. Y quizás estar enamorado sea un estado tan inenarrable que solo un testigo pueda transformarlo en creíble, real.

El amor, está claro, es el único sentimiento que introduce la idea del otro, el único que nos permite escapar de la trampa de la identidad propia, de lo neuróticamente abocado a uno mismo. ¿Será verdad que uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única? Aquí no sabría qué decir. ¿Y es cierto que solo nos atraen las historias de amor infelices? A esto puedo responder que se trata de un tópico que desmontan novelas como Ada o el ardor, de Nabokov, donde sin cesar los enamorados son inteligentes y, encima, desenfrenadamente felices, y nosotros leemos la historia con notable entusiasmo. ¿O no?

¿Amor y belleza son conceptos idénticos? Quizás sí, pero tampoco está tan claro. Stendhal, por ejemplo, viaja por Italia y se enamora de ese país con tal fuerza que su coup de foudre adopta el rostro de una actriz que canta en Ivrea El matrimonio secreto de Cimarosa; esta actriz tiene un diente delantero roto, pero la verdad es que eso importa poco para el coup de foudre. ¿O no nos acordamos ya de que Werther se enamora de Carlota, entrevista por una puerta mientras corta rodajas de pan para sus hermanitos, y esa primera visión, aunque trivial, le conduce a la más fuerte de las pasiones y al suicidio?

Me atasco de pronto —el amor es un gran atasco, decía Chesterton— y acabo volviendo a Daisy y Gatsby, a los que evoco sentados en los escalones de la casa de su amigo Carraway, vigilados estrecha y «satisfactoriamente» por este, que sigue las instrucciones de Daisy, que le ha pedido que esté bien atento, «por si hubiera un incendio o una inundación».

¿Una novela leída recientemente y que me haya emocionado? Sin duda, Hace cuarenta años, de Maria Van Rysselberghe (Errata Naturae). ¿De qué personaje de ficción estuve enamorado? De Aida (Claudia Cardinale) bajando las escaleras en La chica con la maleta de Valerio Zurlini. Y de Anna Karenina, por supuesto. Inolvidable Anna en el tembloroso tren, leyendo una novela inglesa con una pequeña linterna que sujeta en el brazo de su butaca. En un vagón cercano viaja Vronsky, pero ella no lo sabe todavía. Es una escena extraordinaria de la gran literatura: Anna, la novela y la linterna, el iluminado tren cruzando la noche rusa, la conmovedora vida en movimiento.

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EL MENSAJE SUSPENDIDO [Café Perec]

1580732164_076895_1580733167_noticia_normal_recorte1Cuando Macedonio Fernández le hablaba directamente al lector, alcanzaba momentos raros, diría que levemente portentosos. En mitad de Papeles de Recienvenido, por ejemplo, dejaba caer de pronto esto: “Por ahora no escribo nada; acostúmbrese. Cuando recomience se notará”. Ya no sé cuántas veces me he reído con ese abrupto fragmento, que habitualmente me divierte porque no consigo entenderlo del todo, aunque, en los días en que me ocurre lo contrario y en parte lo comprendo, me recuerda lo burda que puede llegar a ser esa creencia de que un novelista se pone a escribir porque tiene “algo que decir”.

Claro que aún más burda puede ser la creencia de que el novelista sabe de antemano lo que va a decir cuando, a fin de cuentas, antes del trabajo artístico no hay nada, no hay certeza, no hay tesis, no hay mensaje y, después del mismo, aún se ve más claro que tampoco hay nada de todo eso y que creer que el novelista tiene “algo que decir” y por tanto ha de buscar una forma de trasmitirlo es un error. Porque la forma de trasmitirlo es precisamente lo que está ahí en juego: esa forma tantas veces oscura que más tarde será el contenido incierto del libro.

¡Y tan incierto! Pero es que, además, en el hipotético caso de que el libro sea buenísimo, aún va a resultarnos más ridículo tratar de explicarlo, porque es imposible ser un buen artista y a la vez capaz de explicar de manera inteligente tu trabajo. ¿Y no hablaba de esto Coetzee cuando dijo que una de las cosas que la gente no suele comprender de los escritores es que uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello, sino que el proceso de escribir propiamente dicho es el que permite al autor descubrir lo que quería decir y que normalmente es de contenido incierto?

Quizás por todo esto, cada día encuentro más demencial escuchar a un novelista que, enmarañado en la promoción de su novedad, se aviene a contar un argumento, la manida trama de su novela. Y tal vez por eso me divirtió una barbaridad, por lo insólita, la reciente entrevista a Lobo Antunes en Página 2, en la que el portugués escapó de toda referencia a la trama de su (en realidad irresumible) novela diciendo que la había olvidado por completo para poder encontrar nuevas formas y comenzar otra. Fue un momento atípico y al mismo tiempo cumbre de la historia más reciente de nuestra televisión pública, y así me pareció que lo entendía también, con su sonrisa cómplice, el entrevistador, Óscar López. Fue un momento genial en el que, oyendo a Lobo volví a acordarme de lo cargantes que pueden llegar a ser los novelistas que resumen sus tramas y sugieren cuáles son sus mensajes. Y sí. Fue todo tan extraordinario que hasta hubo quien creyó ver que el mensaje de la novela olvidada de Lobo se movía por arriba entre las nubes, suspendido allí en lo alto de la nada. Fue un instante tan perfecto que ni falta le hizo a Lobo preguntarnos si se notaba mucho que había encontrado una nueva forma y que ésta, recomenzando a cada momento, iba ya camino de ser el contenido incierto de su nuevo libro.

 

El artículo en El País

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LA DINÁMICA DEL «ME ACUERDO» [Café Perec]

 

20200112_143708~2Con el nuevo año las ediciones Joseph K han publicado en Nantes el volumen de más de mil páginas en el que Mireille Ribière reúne entrevistas, conferencias, textos raros y grandes inéditos de Georges Perec. Y en una de las numerosas notas a pie de página nos enteramos de que cuando Perec, en 1970, a través de Harry Mathews, leyó I Remember, de Joe Brainard (Me acuerdo y otros autorretratos, Eterna Cadencia), quedó literalmente fascinado, pero también muy sorprendido de que, siendo tan elemental y dinámica la letanía del “me acuerdo, me acuerdo” nadie antes hubiera tenido la idea de utilizarla para un libro.

Por supuesto, fue aquella lectura de Brainard la que puso en marcha el proyecto de Je me souviens (en español Me acuerdo, en Impedimenta), donde Perec acabaría proponiéndose, en lugar de una exploración a lo Brainard de su memoria más egocéntrica, trabajar con recuerdos de aire fácil que pudieran ser comunes a los lectores, pura memoria colectiva.

De entre los inéditos destaca uno sobre la guerra de Argelia y sobre todo 30 banalidades idiosincráticas sobre la ciudad de Nueva York, texto escrito por Perec en 1975 en Manhattan en días frenéticos en los que pasó de todo, incluido su encuentro casual con Joe Brainard en una lectura pública de poemas de Harry Mathews en Saint Mark´s in-the-Bowery. 30 banalidades idiosincráticas tiene su interés porque permite presenciar un ensayo general del tono y la música que tres años después aparecería en Je me souviens. Su tono, deliberadamente ingenuo y sereno, puede recordarnos tanto el de Five Easy Pieces (aquellas “Cinco piezas fáciles” que Stravinsky compuso para las prácticas de piano de sus hijos) como el de la poesía de Harry Mathews, que a su vez puede recordarnos la serenidad de las composiciones de Eric Satie, de cuya música dijo Perec (en la plaquette de una emisión radiofónica consagrada a la poesía de Mathews) que no era necesario escucharla para que existiera, pues había estado en realidad siempre allí (y ya sólo le faltó añadir que igual que la fórmula eterna del “me acuerdo, me acuerdo” de Brainard)

El caso es que 30 banalidades idiosincráticas orienta sobre la génesis de Je me souviens y nos permite ver cómo Perec supo conjugar el aire fácil y hasta ingenuo de su inédito neoyorquino con el vértigo que paradójicamente exigía la exploración de una voz como la que surgió, desde el fondo de los tiempos, en Je me souviens. Esa voz que estuvo ahí siempre y resultó idónea para venir al mundo precisamente en la Gran Manzana, protegida por el número cero y con una irremediable declaración de principios: “0) Escribir en Nueva York es escribir sobre Nueva York”. Y algo más adelante, acotando territorio: “1) Escribir sobre Nueva York es escribir sobre algunos fragmentos de espacios, reunidos o dispersos en Manhattan”.

Y después ya, a rienda suelta, con el vértigo de las letanías y la serenidad de Mathews y Satie: “4) De pronto llueve. 11) No había visto nunca tantos grillos ni sistemas de alarma. 27) La noche esconde al día en el revés de lo oscuro. 29) Ya verás cómo en algún momento hablarás del vértigo”

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VALERSE DE LA INFORMATICA PARA TENER UNA SEGUNDA PERSONALIDAD

Andrew O´Hagan, autor de La vida secreta (Anagrama)

Andrew O´Hagan, autor de La vida secreta (Anagrama)

SE CONFIRMA, según Andrew O´Hagan (LA VIDA SECRETA), que el ciudadano clásico del siglo XXI se define también por su falsedad: «Se construyen y movilizan valiosas identidades falsas y a menudo son simulacros de la verdadera identidad de sus responsables».

Gran libro LA VIDA SECRETA. Aunque si lo pensamos bien, ¿no estaba eso ya en El Quijote? Es el gran tema de la novela desde el libro de Cervantes. El tema de la apariencia y la realidad: lo que somos, lo que creemos o decimos ser y lo que ven los que nos miran, que casi nunca coincide en absoluto.

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Radio Uruguay. Piensa máquina.

20191221_190034~2Entrevista a Vila-Matas de Pablo Silva Olazábal

«El martes llamamos a Barcelona para hablar con el escritor español Enrique Vila-Matas sobre su última novela, Esa bruma insensata (Seix Barral), que gira sobre dos hermanos escritores (uno frustrado y otro exitoso), dos modos de encarar la literatura y dos actitudes: la fe en la escritura y el rechazo a seguir “el carnaval”. Como en el resto de la obra de Vila-Matas, el libro está pautado por citas literarias; entre ellas aparece una extensa del uruguayo Mario Levrero…»

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ESA CONJURA QUE ANDA POR AHÍ [Café Perec]

bar en Palermo, Buenos Aires.

Argentina recoge el testigo de la intensidad intelectual de Francia.

Imaginé que llegaba a una ciudad fría, glacial, que me recordaba la Alphaville de Godard. Había sido contactado por un secreto grupo extranjero y en un momento determinado entraba en una cabina y hablaba con una operadora que me repetía varias veces que no le estaba permitido darme determinada información. Aquella telefonista se habría llevado una buena sorpresa de saber qué en realidad yo sólo buscaba confirmar mi intuición, mi sospecha, de que si durante años Francia había sido el único país literario del mundo, últimamente el culto a la literatura se había desplazado a diferentes territorios, algunos más flotantes que terrenales. Uno de ellos –conjeturé consciente de que seguía imaginando– tenía el aire de una conjura argentina, pero ésta, aun manteniéndose en un registro discreto, parecía internacional y era particularmente activa a la hora de recoger el testigo de la intensidad intelectual de Francia.

Cuando lo imaginado cesó de golpe, lamenté tanto que hubiera quedado todo interrumpido que al final logré seguir imaginando, es decir, sospechando libremente, sin reprimirme. Y al conjeturar cada vez más a fondo sobre esa conjura que para mí era como algo o alguien que andaba por ahí, fui viendo que ésta podía estar inspirándose en una conspiración que había creído detectar en más de una ocasión en obras de autores bien distintos entre ellos, pero unidos por su afán de no traicionar las esencias de lo que un día llamamos literatura: escrituras de Schweblin, Mairal, Chitarroni, Tabarovsky, Sarlo, Fresán, Mavrakis, Cohen, Gaínza, Becerra, Schierloh, Caparrós, Silvia Molloy, Sagasti, Pron, María Moreno, Sabbatella, Berti, Zooey, Kociancich, Forn, Néspolo, Mariana Sandez, Pauls, Cozarinsky, Selva Almada, entre tantas otras.

Y creí entonces caer en la cuenta de que lo imaginado, incluidas mis cábalas acerca de una conjura etérea e internacional, procedían del día en que Sergio Chejfec había respondido así en Caracas en 2007 a la pregunta de cómo veía desde fuera la literatura argentina: “Saer, Aira, Libertella, la recuperación crítica de Osvaldo Lamborghini, todo eso impactó en términos de actitud. Se volvió a la idea de que no es necesario contar con demasiados protocolos y autorizaciones simbólicas para hacer literatura. Es un modo de escribir que aparece sin pedir permiso”

Había sido aquel “sin pedir permiso” el que me había abierto los ojos y el que,  con el tiempo, me había llevado hasta aquella ciudad glacial que me recordaba Alphaville, donde una telefonista actuaba ahora como si temiera que acabara recabando más información sobre aquel complot surgido sin la autorización de Francia y que sólo había yo intuido o, si lo prefieren, imaginado: una conjura fundada por lectores que con los días se habrían ido transformando en críticos que a su vez habrían comprendido que, si querían honrar a la literatura, tenían que perderse ejemplarmente por la llamada “senda del crítico Barthes” y convertirse directamente en escritores; es decir, bajar al ruedo y prolongar, por otros medios, aquello que siempre estuvo en juego en la literatura.

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La Vanguardia: ESTA BRUMA INSENSATA entre las cinco novelas de 2019

ESTA BRUMA INSENSATA, uno de los cinco libros del año 2019 según La Vanguardia del primer día del año 2020.

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Escuchar a la lengua fuera del poder.

bobFin de año, y recordemos una vez más:

«A  nosotros solo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.”

[Roland Barthes]

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Zig Zag Peckinpah [Café Perec]

murrÚltimamente algunos vemos cine como si lo leyéramos, con zigzagueos mentales, con tics adquiridos de nuestras lecturas en la Red, donde nos hemos vuelto expertos en pasar de un texto plano, lineal, a uno abierto, plural, que se desdobla en otros textos, llevándonos hasta el hipertexto, que abre todo tipo de nuevos caminos a la lectura tradicional, lineal, permitiéndonos, con los nuevos procesos de lectura, ampliar zonas difuminadas del discurso central.

Este tipo de desplazamientos en torno a un hipervínculo quizás expliquen que ayer, nada más empezar a ver Suite Peckinpah –justo cuando Lupita Peckinpah entraba en el Murray Hotel, de Livingston, y se apoyaba en la barra de la recepción para pedir las llaves de la suite donde vivió su padre y que da título al documental–, me dedicara casi de inmediato a viajar por mi memoria, como si ésta fuera el buscador de Google. Y regresé de pronto a una tarde del verano de 1970 en San Sebastián en la que Sam Peckinpah confundió la barra de recepción del Hotel María Cristina con la de un bar del Far West y exigió, con autoridad etílica, un whisky en vaso corto.

De aquel remoto festival de cine creo que podría estar hablando toda la vida, porque fui testigo conmovido del comienzo de la amistad de Gonzalo Suárez con Peckinpah y porque no he olvidado lo injustamente mal recibida que fue Aoom, aquella película del gran director y novelista asturiano, película todavía hoy ninguneada, pero en su momento elogiada hasta la extenuación por Peckinpah, que llegó a llevarla a Londres para defenderla ante los ejecutivos de la Universal. “La vieron y tardaron una semana en recuperarse”, comentaría luego Gonzalo Suárez.

Volvamos a la hija mexicana, volvamos a Lupita. Nada más entrar en la suite del Murray Hotel, a la busca de su padre (de su Pedro Páramo particular), nos informaba de que no percibía que allí quedara “algo” de él. Me pregunté qué habría sucedido si ella hubiera tenido noticia de lo que son capaces algunos cuando buscan una molécula de su mito favorito. Y pensé concretamente en el caso del narrador de La parte recordada, de Rodrigo Fresán, que, al entrar en el despacho de Cornell University donde Nabokov escribiera Pnin y Lolita, se desnudaba y abría sus piernas y extendía sus brazos en una versión frenética del Uomo vitruviano de Leonardo da Vinci, iniciando una sesión aeróbica-atómica que buscaba que algo del talento de Nabokov siguiese allí, es decir que alguna molécula residual de su paso por el lugar aún zigzaguease rebotante entre aquellas paredes y pudiese entrar en su organismo y se convirtiese en una nueva célula que por fin lo nabokovizara

A todo esto, como es natural, el documental Suite Peckinpah se resistía a ser ralentizado por tics de lecturas googleanas y seguía su trayecto rectilíneo, avanzando implacable. Y era como si quisiera evidenciar su incapacidad –no se sabía si innata– de captar las posibilidades del relámpago y verse proyectado incluso más allá de las lecturas de Red, hasta el mismísimo infinito.

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EBRIO DE NUEVA YORK.

Lucien Freud and Brendan Behan

Lucien Freud and Brendan Behan

…ese momento irrepetible y oscuro que no se olvida, ese instante entre joyceano y elegiaco en el que los ensueños del escritor absorben paulatinamente el mundo que tiene alrededor mientras se desvanece la luz diurna y se acumulan las impresiones del día en una armonía de sonidos urbanos y una mezcla conmovedora de sentimientos y luz declinante que llega hasta las mismas puertas del Chelsea Hotel, donde nunca apagan la luz.

[Ebrio de Nueva York]

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Anonymous escribe sobre ‘Esta bruma insensata’ en The Modern Novel

La versión de la reseña en la web:

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MAC Y SU CONTRATIEMPO, entre los libros de la década, según La Vanguardia.

MAC Y SU CONTRATIEMPO en web de VilaMatas.

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The last Vila-Matas in THE MODERN NOVEL

20190321_191611~2I have enjoyed everything I have read by Vila-Matas and, I must say, that I enjoyed this more than most. It is, as always with Vila-Matas, original, clever, witty, deceptive, very post-modern and quite different from most Spanish novels. I assume that it will soon appear in English.

He disfrutado todo cuanto he ido leyendo de Vila-Matas y, debo decir, que éste lo he disfrutado más que ninguno. Es un libro, como siempre sucede con Vila-Matas, original,  inteligente, ingenioso, embaucador, muy posmoderno y bastante distinto de la mayoría de las novelas españolas. Supongo que pronto aparecerá en inglés.

leer aquí todo el artículo de THE MODERN NOVEL / London, 20 Dic 2019

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MARIO LEVRERO HIPNÓTICO. Una exposición en Montevideo

715297Agencia EFE Una exposición en el CCE de Montevideo.

«Mario Levrero, clave en la cultura del XX en Uruguay. Lo comparo con Bolaño y con Vila-Matas. Ellos forman esa trilogía de escritores maravillosos» (Ricardo Ramón Jarne)

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Desde niña Victoria de Stefano escribe en español, un idioma “prestado” [Un texto de Ednodio Quintero]

Victoria de Stefano

Victoria de Stefano

Leer a Victoria de Stefano es un privilegio, una experiencia estética, un goce de los sentidos. Desde que descubrí su opera magna, Historias de la marcha a pie (1997), no he dejado de frecuentar las páginas de nuestra escritora como un nadador que se adentra en aguas profundas. Pues si hubiera que buscar un adjetivo, o dos, para definir la escritura de Victoria, nos bastaría con densidad e intensidad. Su prosa, para referirnos apenas a un aspecto de las cualidades de una escritura única, original y de alto vuelo, posee un ritmo trepidante y una asombrosa riqueza conceptual, posee hechizo, fluidez, complejidades lingüísticas y se deja leer con la alegría con que solemos revisitar a los clásicos.

Victoria de Stefano nace en 1940 en Rímini, Italia, y su lengua materna es obviamente el italiano. Aventada al exilio luego del final de la guerra, a los seis años recala en Caracas y según su propio testimonio “olvida” su lengua originaria y adquiere el dulce y melodioso hablar de los caraqueños. Desde niña escribe en español, un idioma “prestado”.

En Idea de la prosa, Giorgio Agamben, citando a Paul Celan cuando afirma “Solo en la lengua materna puede decirse la verdad”, plantea un tema fascinante acerca de la adquisición y uso del lenguaje, en particular en los casos de bilingüismo. Siguiendo a Celan, mi hipótesis es que Victoria conserva en algún lugar de su memoria la sonoridad y el encanto de su lengua materna, y esta para nuestro deleite aflora gozosa en el esplendor de su escritura.

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PREPARANDO EL PRÓLOGO PARA EL LIBRO DE TOTE KING en BLACKIE BOOKS

D38ZoyvWsAAifD8-He leído por ahí también que va a publicar un libro.

-He tardado mucho en hablar de ello porque no sabía si iba a ser capaz de hacerlo. Enrique Vila-Matas me insistió en que hiciera un texto para su web y fue la chispa. A partir de ahí me puse a escribir.

-¿Será una novela, una biografía…?

-Hay un poco de todo: tiene partes de ensayo, algo de biografía, anécdotas… No sabría definirlo. En cualquier caso, lo que no son, son las memorias casposas de un músico analfabeto. Estoy contento con el resultado. Tiene cierta ambición.

[De la entrevista con Tote King hoy en La Voz de Galicia]

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/fugas/2019/12/13/chavales-20-anos-pais-dejado-/0003_201912SF13P5991.htm

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Cuéntemelo todo. [Café Perec]

depositphotos_71330425-stock-photo-tiled-floor-with-waves-inCinco tendencias esenciales en la narrativa del siglo XXI: la de quienes no tienen nada que contar; la de quienes deliberadamente no cuentan nada; la de quienes no lo cuentan todo; la de quienes esperan que sea Dios quien lo cuente todo; la de quienes dejan el relato de la totalidad en manos de ese anónimo gran “Idiota de la Red” del que el sábado nos habló Olga Tokarczuk.

Los que “no tienen nada que contar” remiten a un paisaje gris con adolescente aburrido y me recuerdan a Ricardo Piglia en Crítica y ficción cuando dice que le gustan mucho los primeros años de sus diarios “porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad”. No puedo evitarlo. Con Piglia vuelven a mi memoria los días en que no tenía nada que decir y ni tan siquiera qué contar. Malas calles las de aquellos primeros años de juventud en los que, encima, todo se volvía peor, pésimo, si uno encontraba una historia por contar, porque sabía que acabaría no escribiéndola, condicionado por algo que había dicho el desgraciado de Heidegger: “¡Cuando se es demasiado tonto para tener algo que decir, se cuenta una historia!”

En realidad, se tenga o no una historia para contar, uno es muy tonto en su primera juventud, y ya no sólo por ese desdén hacia lo adulto, sino también por la profunda estupidez de considerar valiosas nuestras propias opiniones. Después, uno cambia y pasa a sentirse más inseguro en todo, y eso ayuda al menos a tener algo que contar, sobre todo si robas los recuerdos a cuantos se cruzan por tu camino, o les sustraes la experiencia a los amigos y especulas con las historias que supones que viven cuando no están contigo.

En cuanto a la fracción de los que deliberadamente esquivan la trama la componen seres presumidos incluso cuando huyen de Heidegger, aunque justo es reconocerles que apuestan fuerte y son la oposición máxima al anónimo gran Idiota de la Red porque buscan describir con todo detalle lo que pasa cuando no pasa nada, y que todo eso, como proponía Flaubert retándonos a todos, acabe sosteniéndose por la pura fuerza del estilo.

De los que no lo cuentan todo –hay incluso una buena novela de Emiliano Monge sobre México y la violencia masculina que se titula No contarlo todo– sólo puedo apuntar que son la moneda más frecuente; a fin de cuentas, a callar más que a decir es a lo que nos dedicamos los mortales todos los días. Pero si algo está claro es que entre los que aspiran a que un día se lo cuenten todo, absolutamente todo, podríamos incluir a la voz a la que Kafka le dio la palabra en Descripción de una lucha: “Y de pronto exclamé: ‘¡Cuente de una vez esas historias! Ya no quiero oír fragmentos. Cuéntemelo todo, del principio al fin. Menos no pienso escuchar, se lo digo desde ahora. Es el conjunto lo que me fascina”

Este fragmento, que nos recuerda que a fin de cuentas somos humanos y querríamos saber sin límites, está escrito con una extraña confianza y familiaridad, como si la voz de Praga se dirigiera a un pariente cercano, lo que estaría confirmándonos que Dios fue el tío de Kafka.

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MARACAIBO EN LA NOCHE [un cuento de Ednodio Quintero, que es una obra maestra] ]

veYo nací en un lugar agreste de la alta montaña, y presumo que fui engendrado en un hotel de Maracaibo. Nunca supe el nombre del hotel, pero puedo imaginar la disposición y el ambiente que se respiraba en la bendita habitación donde mi padre, don Felipe, un señor del páramo de cincuenta y tres años y mi madre, Rosa Montilla, una bella muchacha de dieciséis se abrazaron una sofocante noche de mediados de junio del 46. ¿Qué hacían Rosa y Felipe, aquella pareja peculiar, tan lejos del caserón familiar? Ya verán: se trata de una historieta muy curiosa que me dispongo a recrear en esta crónica familiar sesenta y pico años después.
Mis padres se habían casado en un pueblo de las montañas de Trujillo, en una ceremonia muy rumbosa, dos años atrás. Vivían felices y comían perdices, y se amaban con intensidad. Sin embargo, de aquella unión casi incestuosa no se veía ningún signo que indicara el pronto advenimiento de un heredero, y el patriarca comenzaba a preocuparse. Felipe tenía varios hijos, algunos mayores que su mujer. El inconveniente al parecer residía en su joven esposa. ¿Se habría casado con una muchacha estéril o acaso la extremada juventud de su amada le impedía concebir?
Por esos días estuvo de visita en casa de mis futuros padres un hermano de don Felipe que se había ido a vivir a Lagunillas, cerca del lago de Maracaibo, tras la quimera del oro negro. Mi padre le contó la tribulación y Humberto, que así se llamaba mi tío, le aconsejó a su hermano que viajara con su muchacha hasta una aldea perdida en la costa oriental del lago. Allí, dijo, vivía un brujo muy afamado, que curaba cualquier dolencia. Él le recetará a tu Rosa una pócima para la fertilidad. Mi abuela materna se opuso a que su niña fuera tratada —o manoseada— por algún individuo ardiloso capaz de hacerle daño. Al fin se impuso la opinión de Felipe; nada perdemos con probar, dijo, además señora Lorenza, no se preocupe por Rosita que yo la cuidaré bien. Felipe le mostró a su suegra el revólver calibre 38 que siempre llevaba consigo, y ante aquel argumento mi abuela se calmó.
Felipe y Rosa pasaron unos días en Lagunillas a fin de que la joven esposa del señor de la montaña se aclimatara en aquel clima infernal. La travesía hasta los predios del brujo fue larga y bochornosa. El periplo por el lago, en una lancha fuera de borda, se grabó en la memoria de mi madre como si se tratara de una carrera de obstáculos. La estela espumosa dibujada en la superficie del agua le recordaba su velo de novia, y los rostros de los pasajeros, entre los que destacaba el cetrino y cenizoso de una mujer, se le aparecerían con frecuencia insidiosa en sus pesadillas del futuro. También tuvo mareos, y la sensación de que algo siniestro la aguardaba al llegar a la orilla. Una vez en tierra y luego de una larga espera, el brujo los invitó a pasar a un aposento estrecho, lleno de cachivaches, y allí a la luz que se filtraba a través de una mampara amarillenta le hizo unas cuantas preguntas a mi madre, ninguna capaz de ruborizarla. Mi padre, sentado en una silleta, miraba de reojo al curandero, un individuo enjuto y bajito de rasgos achinados y bigote a lo Fu Manchú, al tiempo que palpaba la cacha de su revólver y pensaba que el león no era tan fiero como lo pintaban. Acabado el interrogatorio, el curandero le dijo a Rosa que necesitaba examinar sus “aguas” y le señaló una bacinilla de peltre, muy blanca aunque un poco desportillada, ubicada en un rincón. Con un gesto le indicó a mi padre que debería salir, y don Felipe, levantándose con la parsimonia que lo caracterizaba le dijo: «con mucho gusto, después de usted». Afuera atardecía, y mi padre y el brujo compartieron un cigarrillo. Antes de volver al aposento el brujo se acercó a mi padre y le dijo algo al oído. Un secreto, supongo. Nunca sabré qué rara fórmula estaba contenida en aquel susurro vespertino, pero lo cierto fue que mi padre sonrió. Lo que sucedió después pertenece al campo de lo previsible y no amerita una descripción detallada. El curandero vació los orines de Rosa en un frasco de vidrio y los observó al trasluz. Escribió su receta. Don Felipe pagó un estipendio voluntario y generoso. A las diez y media de la noche la lancha atracó en el puerto de Maracaibo, y la pareja se encaminó rumbo al hotel.
No sé por qué en la escena que me apresto a narrar veo a mi madre sentada en la esquina de una cama. Lleva un vestido verde de flores rojas que se empeña en alisar. Con el dorso de su mano repasa una y otra vez un pliegue invisible del vestido, a la altura de su muslo izquierdo. Y también fuma. Es éste uno de los hábitos que conservará durante toda su vida. Mi madre fuma y espera. En voz muy baja tararea una canción. Tenía vocación de cantante o de comediante, de ella heredé cierto histrionismo que a menudo se convierte en ironía y humor negro. Rosita está exhausta por lo que le ha parecido un viaje al fin del mundo y se pregunta cómo será eso de tener un hijo. Todavía juega con muñecas; Felipe se las trae, muy bonitas, de trapo o porcelana, de sus continuos viajes a una ciudad lejana llamada Mérida. Pero un bebé será algo mucho más delicado, piensa. La idea la desconcierta y siente ganas de llorar, se contiene pues Felipe está a punto de llegar. Salió a buscar cigarrillos al bar del hotel. Se palpa el cuello y siente el sudor como un rocío cálido y perfumado. Arriba el ventilador gira con lentitud exasperante. Más que refrescar el aire lo enrarece. Lanza bocanadas calientes como si en algún lugar se abriera la puerta de un horno. Las aspas, tan parecidas a la hélice de un helicóptero, producen un ruido líquido que penetra los dientes y hace vibrar la piel.
¿Un helicóptero? ¿Qué demonios hace un helicóptero en este relato prenatal? ¿De dónde proviene mi fascinación por esos artefactos semejantes a una máquina de escribir provista de alas? Los veo en sueños, aparecen en mis relatos, en alguno de ellos he sobrevolado las selvas feraces de Caparo. Y en una ensoñación post mortem escucho al último, el postrero, que zumba como un tábano sobre las montañas del Guirigay. Ahí viajan mis cenizas dentro de un frasco de mayonesa, que alguien muy cercano a mi corazón arrojará al viento de los páramos cumpliendo mi voluntad.
Pero el helicóptero tendrá que aguardar, el pasajero hecho cenizas aún no ha nacido. Apenas si será concebido esta noche en un hotel de Maracaibo. La tentación de describir con pelos y señales la escena memorable de mi concepción zumba sobre mi cabeza de narrador como un zancudo fastidioso y tenaz. Don Felipe, un hombrón atlético de piel aceitunada, desnudo, sudando como un caballo, inclinado sobre su muchacha. Mi rosita, mi flor. Y mi madre, con esa piel suya tersa y delicada, capaz de producir escalofríos, abierta como una flor. Comprendo que se trata de un acto íntimo, particular, y me alejo en puntas de pie. Apago la luz.
Mi madre se despierta en la alta madrugada, a esa hora que llaman del lobo. Un haz de luz tenue se cuela desde la puerta entreabierta que da a una pequeña terraza e ilumina el rostro del señor Felipe: radiante de felicidad, tan parecido a un bebé satisfecho. Rosita se desliza con movimientos de culebra para no despertar a su marido, busca a tientas los cigarrillos y camina como sonámbula hasta la terraza. Sentada en una mecedora de ratán contempla la noche de Maracaibo, ese resplandor de cuchillos en el horizonte, estrellas y luceros arracimados en el cielo de un azul desvaído, el aire cargado de salitre. Fuma y espera. Se palpa el vientre, qué ingenua soy, y retira la mano, espantada, como si desde el interior de sus entrañas hubiera brotado un repentino temblor, el eco del grito de un ser recién llegado del espacio sideral. ¡Qué ingenuo soy!
Aquella noche en Maracaibo, mi primera noche en este planeta hostil, acompañé a mi madre en la terraza de un hotel. Y desde mi refugio inexpugnable, en la frontera del no-ser, escuchaba fascinado el zumbido del ventilador colgado del techo, escuchaba el zumbido de un helicóptero sobre las montañas del Guirigay.

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Recuperación parcial de una nota extraviada en internet de TLS sobre Dublinesca.

bolera vest“This is a brilliant, funny novel; an expertly woven tapestry of literary allusions (…) a wondrously keleidoscopic novel (…) Vila-matas has created a masterpiece.”

Jacqueline McCarrick, The Times Literary Supplement (nº5704)

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MARIO LEVRERO Y EL PORQUÉ DE TODO.

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