LA DINÁMICA DEL «ME ACUERDO» [Café Perec]

 

20200112_143708~2Con el nuevo año las ediciones Joseph K han publicado en Nantes el volumen de más de mil páginas en el que Mireille Ribière reúne entrevistas, conferencias, textos raros y grandes inéditos de Georges Perec. Y en una de las numerosas notas a pie de página nos enteramos de que cuando Perec, en 1970, a través de Harry Mathews, leyó I Remember, de Joe Brainard (Me acuerdo y otros autorretratos, Eterna Cadencia), quedó literalmente fascinado, pero también muy sorprendido de que, siendo tan elemental y dinámica la letanía del “me acuerdo, me acuerdo” nadie antes hubiera tenido la idea de utilizarla para un libro.

Por supuesto, fue aquella lectura de Brainard la que puso en marcha el proyecto de Je me souviens (en español Me acuerdo, en Impedimenta), donde Perec acabaría proponiéndose, en lugar de una exploración a lo Brainard de su memoria más egocéntrica, trabajar con recuerdos de aire fácil que pudieran ser comunes a los lectores, pura memoria colectiva.

De entre los inéditos destaca uno sobre la guerra de Argelia y sobre todo 30 banalidades idiosincráticas sobre la ciudad de Nueva York, texto escrito por Perec en 1975 en Manhattan en días frenéticos en los que pasó de todo, incluido su encuentro casual con Joe Brainard en una lectura pública de poemas de Harry Mathews en Saint Mark´s in-the-Bowery. 30 banalidades idiosincráticas tiene su interés porque permite presenciar un ensayo general del tono y la música que tres años después aparecería en Je me souviens. Su tono, deliberadamente ingenuo y sereno, puede recordarnos tanto el de Five Easy Pieces (aquellas “Cinco piezas fáciles” que Stravinsky compuso para las prácticas de piano de sus hijos) como el de la poesía de Harry Mathews, que a su vez puede recordarnos la serenidad de las composiciones de Eric Satie, de cuya música dijo Perec (en la plaquette de una emisión radiofónica consagrada a la poesía de Mathews) que no era necesario escucharla para que existiera, pues había estado en realidad siempre allí (y ya sólo le faltó añadir que igual que la fórmula eterna del “me acuerdo, me acuerdo” de Brainard)

El caso es que 30 banalidades idiosincráticas orienta sobre la génesis de Je me souviens y nos permite ver cómo Perec supo conjugar el aire fácil y hasta ingenuo de su inédito neoyorquino con el vértigo que paradójicamente exigía la exploración de una voz como la que surgió, desde el fondo de los tiempos, en Je me souviens. Esa voz que estuvo ahí siempre y resultó idónea para venir al mundo precisamente en la Gran Manzana, protegida por el número cero y con una irremediable declaración de principios: “0) Escribir en Nueva York es escribir sobre Nueva York”. Y algo más adelante, acotando territorio: “1) Escribir sobre Nueva York es escribir sobre algunos fragmentos de espacios, reunidos o dispersos en Manhattan”.

Y después ya, a rienda suelta, con el vértigo de las letanías y la serenidad de Mathews y Satie: “4) De pronto llueve. 11) No había visto nunca tantos grillos ni sistemas de alarma. 27) La noche esconde al día en el revés de lo oscuro. 29) Ya verás cómo en algún momento hablarás del vértigo”

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VALERSE DE LA INFORMATICA PARA TENER UNA SEGUNDA PERSONALIDAD

Andrew O´Hagan, autor de La vida secreta (Anagrama)

Andrew O´Hagan, autor de La vida secreta (Anagrama)

SE CONFIRMA, según Andrew O´Hagan (LA VIDA SECRETA), que el ciudadano clásico del siglo XXI se define también por su falsedad: «Se construyen y movilizan valiosas identidades falsas y a menudo son simulacros de la verdadera identidad de sus responsables».

Gran libro LA VIDA SECRETA. Aunque si lo pensamos bien, ¿no estaba eso ya en El Quijote? Es el gran tema de la novela desde el libro de Cervantes. El tema de la apariencia y la realidad: lo que somos, lo que creemos o decimos ser y lo que ven los que nos miran, que casi nunca coincide en absoluto.

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Radio Uruguay. Piensa máquina.

20191221_190034~2Entrevista a Vila-Matas de Pablo Silva Olazábal

«El martes llamamos a Barcelona para hablar con el escritor español Enrique Vila-Matas sobre su última novela, Esa bruma insensata (Seix Barral), que gira sobre dos hermanos escritores (uno frustrado y otro exitoso), dos modos de encarar la literatura y dos actitudes: la fe en la escritura y el rechazo a seguir “el carnaval”. Como en el resto de la obra de Vila-Matas, el libro está pautado por citas literarias; entre ellas aparece una extensa del uruguayo Mario Levrero…»

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ESA CONJURA QUE ANDA POR AHÍ [Café Perec]

bar en Palermo, Buenos Aires.

Argentina recoge el testigo de la intensidad intelectual de Francia.

Imaginé que llegaba a una ciudad fría, glacial, que me recordaba la Alphaville de Godard. Había sido contactado por un secreto grupo extranjero y en un momento determinado entraba en una cabina y hablaba con una operadora que me repetía varias veces que no le estaba permitido darme determinada información. Aquella telefonista se habría llevado una buena sorpresa de saber qué en realidad yo sólo buscaba confirmar mi intuición, mi sospecha, de que si durante años Francia había sido el único país literario del mundo, últimamente el culto a la literatura se había desplazado a diferentes territorios, algunos más flotantes que terrenales. Uno de ellos –conjeturé consciente de que seguía imaginando– tenía el aire de una conjura argentina, pero ésta, aun manteniéndose en un registro discreto, parecía internacional y era particularmente activa a la hora de recoger el testigo de la intensidad intelectual de Francia.

Cuando lo imaginado cesó de golpe, lamenté tanto que hubiera quedado todo interrumpido que al final logré seguir imaginando, es decir, sospechando libremente, sin reprimirme. Y al conjeturar cada vez más a fondo sobre esa conjura que para mí era como algo o alguien que andaba por ahí, fui viendo que ésta podía estar inspirándose en una conspiración que había creído detectar en más de una ocasión en obras de autores bien distintos entre ellos, pero unidos por su afán de no traicionar las esencias de lo que un día llamamos literatura: escrituras de Schweblin, Mairal, Chitarroni, Tabarovsky, Sarlo, Fresán, Mavrakis, Cohen, Gaínza, Becerra, Schierloh, Caparrós, Silvia Molloy, Sagasti, Pron, María Moreno, Sabbatella, Berti, Zooey, Kociancich, Forn, Néspolo, Mariana Sandez, Pauls, Cozarinsky, Selva Almada, entre tantas otras.

Y creí entonces caer en la cuenta de que lo imaginado, incluidas mis cábalas acerca de una conjura etérea e internacional, procedían del día en que Sergio Chejfec había respondido así en Caracas en 2007 a la pregunta de cómo veía desde fuera la literatura argentina: “Saer, Aira, Libertella, la recuperación crítica de Osvaldo Lamborghini, todo eso impactó en términos de actitud. Se volvió a la idea de que no es necesario contar con demasiados protocolos y autorizaciones simbólicas para hacer literatura. Es un modo de escribir que aparece sin pedir permiso”

Había sido aquel “sin pedir permiso” el que me había abierto los ojos y el que,  con el tiempo, me había llevado hasta aquella ciudad glacial que me recordaba Alphaville, donde una telefonista actuaba ahora como si temiera que acabara recabando más información sobre aquel complot surgido sin la autorización de Francia y que sólo había yo intuido o, si lo prefieren, imaginado: una conjura fundada por lectores que con los días se habrían ido transformando en críticos que a su vez habrían comprendido que, si querían honrar a la literatura, tenían que perderse ejemplarmente por la llamada “senda del crítico Barthes” y convertirse directamente en escritores; es decir, bajar al ruedo y prolongar, por otros medios, aquello que siempre estuvo en juego en la literatura.

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La Vanguardia: ESTA BRUMA INSENSATA entre las cinco novelas de 2019

ESTA BRUMA INSENSATA, uno de los cinco libros del año 2019 según La Vanguardia del primer día del año 2020.

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Escuchar a la lengua fuera del poder.

bobFin de año, y recordemos una vez más:

«A  nosotros solo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.”

[Roland Barthes]

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Zig Zag Peckinpah [Café Perec]

murrÚltimamente algunos vemos cine como si lo leyéramos, con zigzagueos mentales, con tics adquiridos de nuestras lecturas en la Red, donde nos hemos vuelto expertos en pasar de un texto plano, lineal, a uno abierto, plural, que se desdobla en otros textos, llevándonos hasta el hipertexto, que abre todo tipo de nuevos caminos a la lectura tradicional, lineal, permitiéndonos, con los nuevos procesos de lectura, ampliar zonas difuminadas del discurso central.

Este tipo de desplazamientos en torno a un hipervínculo quizás expliquen que ayer, nada más empezar a ver Suite Peckinpah –justo cuando Lupita Peckinpah entraba en el Murray Hotel, de Livingston, y se apoyaba en la barra de la recepción para pedir las llaves de la suite donde vivió su padre y que da título al documental–, me dedicara casi de inmediato a viajar por mi memoria, como si ésta fuera el buscador de Google. Y regresé de pronto a una tarde del verano de 1970 en San Sebastián en la que Sam Peckinpah confundió la barra de recepción del Hotel María Cristina con la de un bar del Far West y exigió, con autoridad etílica, un whisky en vaso corto.

De aquel remoto festival de cine creo que podría estar hablando toda la vida, porque fui testigo conmovido del comienzo de la amistad de Gonzalo Suárez con Peckinpah y porque no he olvidado lo injustamente mal recibida que fue Aoom, aquella película del gran director y novelista asturiano, película todavía hoy ninguneada, pero en su momento elogiada hasta la extenuación por Peckinpah, que llegó a llevarla a Londres para defenderla ante los ejecutivos de la Universal. “La vieron y tardaron una semana en recuperarse”, comentaría luego Gonzalo Suárez.

Volvamos a la hija mexicana, volvamos a Lupita. Nada más entrar en la suite del Murray Hotel, a la busca de su padre (de su Pedro Páramo particular), nos informaba de que no percibía que allí quedara “algo” de él. Me pregunté qué habría sucedido si ella hubiera tenido noticia de lo que son capaces algunos cuando buscan una molécula de su mito favorito. Y pensé concretamente en el caso del narrador de La parte recordada, de Rodrigo Fresán, que, al entrar en el despacho de Cornell University donde Nabokov escribiera Pnin y Lolita, se desnudaba y abría sus piernas y extendía sus brazos en una versión frenética del Uomo vitruviano de Leonardo da Vinci, iniciando una sesión aeróbica-atómica que buscaba que algo del talento de Nabokov siguiese allí, es decir que alguna molécula residual de su paso por el lugar aún zigzaguease rebotante entre aquellas paredes y pudiese entrar en su organismo y se convirtiese en una nueva célula que por fin lo nabokovizara

A todo esto, como es natural, el documental Suite Peckinpah se resistía a ser ralentizado por tics de lecturas googleanas y seguía su trayecto rectilíneo, avanzando implacable. Y era como si quisiera evidenciar su incapacidad –no se sabía si innata– de captar las posibilidades del relámpago y verse proyectado incluso más allá de las lecturas de Red, hasta el mismísimo infinito.

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EBRIO DE NUEVA YORK.

Lucien Freud and Brendan Behan

Lucien Freud and Brendan Behan

…ese momento irrepetible y oscuro que no se olvida, ese instante entre joyceano y elegiaco en el que los ensueños del escritor absorben paulatinamente el mundo que tiene alrededor mientras se desvanece la luz diurna y se acumulan las impresiones del día en una armonía de sonidos urbanos y una mezcla conmovedora de sentimientos y luz declinante que llega hasta las mismas puertas del Chelsea Hotel, donde nunca apagan la luz.

[Ebrio de Nueva York]

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Anonymous escribe sobre ‘Esta bruma insensata’ en The Modern Novel

La versión de la reseña en la web:

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MAC Y SU CONTRATIEMPO, entre los libros de la década, según La Vanguardia.

MAC Y SU CONTRATIEMPO en web de VilaMatas.

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The last Vila-Matas in THE MODERN NOVEL

20190321_191611~2I have enjoyed everything I have read by Vila-Matas and, I must say, that I enjoyed this more than most. It is, as always with Vila-Matas, original, clever, witty, deceptive, very post-modern and quite different from most Spanish novels. I assume that it will soon appear in English.

He disfrutado todo cuanto he ido leyendo de Vila-Matas y, debo decir, que éste lo he disfrutado más que ninguno. Es un libro, como siempre sucede con Vila-Matas, original,  inteligente, ingenioso, embaucador, muy posmoderno y bastante distinto de la mayoría de las novelas españolas. Supongo que pronto aparecerá en inglés.

leer aquí todo el artículo de THE MODERN NOVEL / London, 20 Dic 2019

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MARIO LEVRERO HIPNÓTICO. Una exposición en Montevideo

715297Agencia EFE Una exposición en el CCE de Montevideo.

«Mario Levrero, clave en la cultura del XX en Uruguay. Lo comparo con Bolaño y con Vila-Matas. Ellos forman esa trilogía de escritores maravillosos» (Ricardo Ramón Jarne)

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Desde niña Victoria de Stefano escribe en español, un idioma “prestado” [Un texto de Ednodio Quintero]

Victoria de Stefano

Victoria de Stefano

Leer a Victoria de Stefano es un privilegio, una experiencia estética, un goce de los sentidos. Desde que descubrí su opera magna, Historias de la marcha a pie (1997), no he dejado de frecuentar las páginas de nuestra escritora como un nadador que se adentra en aguas profundas. Pues si hubiera que buscar un adjetivo, o dos, para definir la escritura de Victoria, nos bastaría con densidad e intensidad. Su prosa, para referirnos apenas a un aspecto de las cualidades de una escritura única, original y de alto vuelo, posee un ritmo trepidante y una asombrosa riqueza conceptual, posee hechizo, fluidez, complejidades lingüísticas y se deja leer con la alegría con que solemos revisitar a los clásicos.

Victoria de Stefano nace en 1940 en Rímini, Italia, y su lengua materna es obviamente el italiano. Aventada al exilio luego del final de la guerra, a los seis años recala en Caracas y según su propio testimonio “olvida” su lengua originaria y adquiere el dulce y melodioso hablar de los caraqueños. Desde niña escribe en español, un idioma “prestado”.

En Idea de la prosa, Giorgio Agamben, citando a Paul Celan cuando afirma “Solo en la lengua materna puede decirse la verdad”, plantea un tema fascinante acerca de la adquisición y uso del lenguaje, en particular en los casos de bilingüismo. Siguiendo a Celan, mi hipótesis es que Victoria conserva en algún lugar de su memoria la sonoridad y el encanto de su lengua materna, y esta para nuestro deleite aflora gozosa en el esplendor de su escritura.

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PREPARANDO EL PRÓLOGO PARA EL LIBRO DE TOTE KING en BLACKIE BOOKS

D38ZoyvWsAAifD8-He leído por ahí también que va a publicar un libro.

-He tardado mucho en hablar de ello porque no sabía si iba a ser capaz de hacerlo. Enrique Vila-Matas me insistió en que hiciera un texto para su web y fue la chispa. A partir de ahí me puse a escribir.

-¿Será una novela, una biografía…?

-Hay un poco de todo: tiene partes de ensayo, algo de biografía, anécdotas… No sabría definirlo. En cualquier caso, lo que no son, son las memorias casposas de un músico analfabeto. Estoy contento con el resultado. Tiene cierta ambición.

[De la entrevista con Tote King hoy en La Voz de Galicia]

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/fugas/2019/12/13/chavales-20-anos-pais-dejado-/0003_201912SF13P5991.htm

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Cuéntemelo todo. [Café Perec]

depositphotos_71330425-stock-photo-tiled-floor-with-waves-inCinco tendencias esenciales en la narrativa del siglo XXI: la de quienes no tienen nada que contar; la de quienes deliberadamente no cuentan nada; la de quienes no lo cuentan todo; la de quienes esperan que sea Dios quien lo cuente todo; la de quienes dejan el relato de la totalidad en manos de ese anónimo gran “Idiota de la Red” del que el sábado nos habló Olga Tokarczuk.

Los que “no tienen nada que contar” remiten a un paisaje gris con adolescente aburrido y me recuerdan a Ricardo Piglia en Crítica y ficción cuando dice que le gustan mucho los primeros años de sus diarios “porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad”. No puedo evitarlo. Con Piglia vuelven a mi memoria los días en que no tenía nada que decir y ni tan siquiera qué contar. Malas calles las de aquellos primeros años de juventud en los que, encima, todo se volvía peor, pésimo, si uno encontraba una historia por contar, porque sabía que acabaría no escribiéndola, condicionado por algo que había dicho el desgraciado de Heidegger: “¡Cuando se es demasiado tonto para tener algo que decir, se cuenta una historia!”

En realidad, se tenga o no una historia para contar, uno es muy tonto en su primera juventud, y ya no sólo por ese desdén hacia lo adulto, sino también por la profunda estupidez de considerar valiosas nuestras propias opiniones. Después, uno cambia y pasa a sentirse más inseguro en todo, y eso ayuda al menos a tener algo que contar, sobre todo si robas los recuerdos a cuantos se cruzan por tu camino, o les sustraes la experiencia a los amigos y especulas con las historias que supones que viven cuando no están contigo.

En cuanto a la fracción de los que deliberadamente esquivan la trama la componen seres presumidos incluso cuando huyen de Heidegger, aunque justo es reconocerles que apuestan fuerte y son la oposición máxima al anónimo gran Idiota de la Red porque buscan describir con todo detalle lo que pasa cuando no pasa nada, y que todo eso, como proponía Flaubert retándonos a todos, acabe sosteniéndose por la pura fuerza del estilo.

De los que no lo cuentan todo –hay incluso una buena novela de Emiliano Monge sobre México y la violencia masculina que se titula No contarlo todo– sólo puedo apuntar que son la moneda más frecuente; a fin de cuentas, a callar más que a decir es a lo que nos dedicamos los mortales todos los días. Pero si algo está claro es que entre los que aspiran a que un día se lo cuenten todo, absolutamente todo, podríamos incluir a la voz a la que Kafka le dio la palabra en Descripción de una lucha: “Y de pronto exclamé: ‘¡Cuente de una vez esas historias! Ya no quiero oír fragmentos. Cuéntemelo todo, del principio al fin. Menos no pienso escuchar, se lo digo desde ahora. Es el conjunto lo que me fascina”

Este fragmento, que nos recuerda que a fin de cuentas somos humanos y querríamos saber sin límites, está escrito con una extraña confianza y familiaridad, como si la voz de Praga se dirigiera a un pariente cercano, lo que estaría confirmándonos que Dios fue el tío de Kafka.

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MARACAIBO EN LA NOCHE [un cuento de Ednodio Quintero, que es una obra maestra] ]

veYo nací en un lugar agreste de la alta montaña, y presumo que fui engendrado en un hotel de Maracaibo. Nunca supe el nombre del hotel, pero puedo imaginar la disposición y el ambiente que se respiraba en la bendita habitación donde mi padre, don Felipe, un señor del páramo de cincuenta y tres años y mi madre, Rosa Montilla, una bella muchacha de dieciséis se abrazaron una sofocante noche de mediados de junio del 46. ¿Qué hacían Rosa y Felipe, aquella pareja peculiar, tan lejos del caserón familiar? Ya verán: se trata de una historieta muy curiosa que me dispongo a recrear en esta crónica familiar sesenta y pico años después.
Mis padres se habían casado en un pueblo de las montañas de Trujillo, en una ceremonia muy rumbosa, dos años atrás. Vivían felices y comían perdices, y se amaban con intensidad. Sin embargo, de aquella unión casi incestuosa no se veía ningún signo que indicara el pronto advenimiento de un heredero, y el patriarca comenzaba a preocuparse. Felipe tenía varios hijos, algunos mayores que su mujer. El inconveniente al parecer residía en su joven esposa. ¿Se habría casado con una muchacha estéril o acaso la extremada juventud de su amada le impedía concebir?
Por esos días estuvo de visita en casa de mis futuros padres un hermano de don Felipe que se había ido a vivir a Lagunillas, cerca del lago de Maracaibo, tras la quimera del oro negro. Mi padre le contó la tribulación y Humberto, que así se llamaba mi tío, le aconsejó a su hermano que viajara con su muchacha hasta una aldea perdida en la costa oriental del lago. Allí, dijo, vivía un brujo muy afamado, que curaba cualquier dolencia. Él le recetará a tu Rosa una pócima para la fertilidad. Mi abuela materna se opuso a que su niña fuera tratada —o manoseada— por algún individuo ardiloso capaz de hacerle daño. Al fin se impuso la opinión de Felipe; nada perdemos con probar, dijo, además señora Lorenza, no se preocupe por Rosita que yo la cuidaré bien. Felipe le mostró a su suegra el revólver calibre 38 que siempre llevaba consigo, y ante aquel argumento mi abuela se calmó.
Felipe y Rosa pasaron unos días en Lagunillas a fin de que la joven esposa del señor de la montaña se aclimatara en aquel clima infernal. La travesía hasta los predios del brujo fue larga y bochornosa. El periplo por el lago, en una lancha fuera de borda, se grabó en la memoria de mi madre como si se tratara de una carrera de obstáculos. La estela espumosa dibujada en la superficie del agua le recordaba su velo de novia, y los rostros de los pasajeros, entre los que destacaba el cetrino y cenizoso de una mujer, se le aparecerían con frecuencia insidiosa en sus pesadillas del futuro. También tuvo mareos, y la sensación de que algo siniestro la aguardaba al llegar a la orilla. Una vez en tierra y luego de una larga espera, el brujo los invitó a pasar a un aposento estrecho, lleno de cachivaches, y allí a la luz que se filtraba a través de una mampara amarillenta le hizo unas cuantas preguntas a mi madre, ninguna capaz de ruborizarla. Mi padre, sentado en una silleta, miraba de reojo al curandero, un individuo enjuto y bajito de rasgos achinados y bigote a lo Fu Manchú, al tiempo que palpaba la cacha de su revólver y pensaba que el león no era tan fiero como lo pintaban. Acabado el interrogatorio, el curandero le dijo a Rosa que necesitaba examinar sus “aguas” y le señaló una bacinilla de peltre, muy blanca aunque un poco desportillada, ubicada en un rincón. Con un gesto le indicó a mi padre que debería salir, y don Felipe, levantándose con la parsimonia que lo caracterizaba le dijo: «con mucho gusto, después de usted». Afuera atardecía, y mi padre y el brujo compartieron un cigarrillo. Antes de volver al aposento el brujo se acercó a mi padre y le dijo algo al oído. Un secreto, supongo. Nunca sabré qué rara fórmula estaba contenida en aquel susurro vespertino, pero lo cierto fue que mi padre sonrió. Lo que sucedió después pertenece al campo de lo previsible y no amerita una descripción detallada. El curandero vació los orines de Rosa en un frasco de vidrio y los observó al trasluz. Escribió su receta. Don Felipe pagó un estipendio voluntario y generoso. A las diez y media de la noche la lancha atracó en el puerto de Maracaibo, y la pareja se encaminó rumbo al hotel.
No sé por qué en la escena que me apresto a narrar veo a mi madre sentada en la esquina de una cama. Lleva un vestido verde de flores rojas que se empeña en alisar. Con el dorso de su mano repasa una y otra vez un pliegue invisible del vestido, a la altura de su muslo izquierdo. Y también fuma. Es éste uno de los hábitos que conservará durante toda su vida. Mi madre fuma y espera. En voz muy baja tararea una canción. Tenía vocación de cantante o de comediante, de ella heredé cierto histrionismo que a menudo se convierte en ironía y humor negro. Rosita está exhausta por lo que le ha parecido un viaje al fin del mundo y se pregunta cómo será eso de tener un hijo. Todavía juega con muñecas; Felipe se las trae, muy bonitas, de trapo o porcelana, de sus continuos viajes a una ciudad lejana llamada Mérida. Pero un bebé será algo mucho más delicado, piensa. La idea la desconcierta y siente ganas de llorar, se contiene pues Felipe está a punto de llegar. Salió a buscar cigarrillos al bar del hotel. Se palpa el cuello y siente el sudor como un rocío cálido y perfumado. Arriba el ventilador gira con lentitud exasperante. Más que refrescar el aire lo enrarece. Lanza bocanadas calientes como si en algún lugar se abriera la puerta de un horno. Las aspas, tan parecidas a la hélice de un helicóptero, producen un ruido líquido que penetra los dientes y hace vibrar la piel.
¿Un helicóptero? ¿Qué demonios hace un helicóptero en este relato prenatal? ¿De dónde proviene mi fascinación por esos artefactos semejantes a una máquina de escribir provista de alas? Los veo en sueños, aparecen en mis relatos, en alguno de ellos he sobrevolado las selvas feraces de Caparo. Y en una ensoñación post mortem escucho al último, el postrero, que zumba como un tábano sobre las montañas del Guirigay. Ahí viajan mis cenizas dentro de un frasco de mayonesa, que alguien muy cercano a mi corazón arrojará al viento de los páramos cumpliendo mi voluntad.
Pero el helicóptero tendrá que aguardar, el pasajero hecho cenizas aún no ha nacido. Apenas si será concebido esta noche en un hotel de Maracaibo. La tentación de describir con pelos y señales la escena memorable de mi concepción zumba sobre mi cabeza de narrador como un zancudo fastidioso y tenaz. Don Felipe, un hombrón atlético de piel aceitunada, desnudo, sudando como un caballo, inclinado sobre su muchacha. Mi rosita, mi flor. Y mi madre, con esa piel suya tersa y delicada, capaz de producir escalofríos, abierta como una flor. Comprendo que se trata de un acto íntimo, particular, y me alejo en puntas de pie. Apago la luz.
Mi madre se despierta en la alta madrugada, a esa hora que llaman del lobo. Un haz de luz tenue se cuela desde la puerta entreabierta que da a una pequeña terraza e ilumina el rostro del señor Felipe: radiante de felicidad, tan parecido a un bebé satisfecho. Rosita se desliza con movimientos de culebra para no despertar a su marido, busca a tientas los cigarrillos y camina como sonámbula hasta la terraza. Sentada en una mecedora de ratán contempla la noche de Maracaibo, ese resplandor de cuchillos en el horizonte, estrellas y luceros arracimados en el cielo de un azul desvaído, el aire cargado de salitre. Fuma y espera. Se palpa el vientre, qué ingenua soy, y retira la mano, espantada, como si desde el interior de sus entrañas hubiera brotado un repentino temblor, el eco del grito de un ser recién llegado del espacio sideral. ¡Qué ingenuo soy!
Aquella noche en Maracaibo, mi primera noche en este planeta hostil, acompañé a mi madre en la terraza de un hotel. Y desde mi refugio inexpugnable, en la frontera del no-ser, escuchaba fascinado el zumbido del ventilador colgado del techo, escuchaba el zumbido de un helicóptero sobre las montañas del Guirigay.

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Recuperación parcial de una nota extraviada en internet de TLS sobre Dublinesca.

bolera vest“This is a brilliant, funny novel; an expertly woven tapestry of literary allusions (…) a wondrously keleidoscopic novel (…) Vila-matas has created a masterpiece.”

Jacqueline McCarrick, The Times Literary Supplement (nº5704)

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MARIO LEVRERO Y EL PORQUÉ DE TODO.

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EL INVENTOR DE LA OBRA DE AUTOR. [Café Perec]

stageDecía el otro día Rodrigo Fresán (acaba de publicar su deslumbrante La parte recordada) que los autores que más le gustan son los que escriben siempre el mismo libro,  “como Nabokov, Borges, Banville, y hasta si me apuras Philip K. Dick”. Estuvo bien que lo dijera, porque cada vez hay más partidarios de la nueva inercia del mercado: que los novelistas cambien de registro a cada nueva novela y que solo haya libros singularizados y no autores.

Me atraen mucho más los escritores expertos en no moverse ni un centímetro del perímetro de sus obsesiones, los que podemos seguir visitando en sus inmóviles aunque siempre perturbadas casas. Como Banville, por ejemplo. Yo estaba entre el público el día en que una señora desde la primera fila le atacó: «¿Cuándo piensa usted dejar de escribir sobre gente que mata mujeres?» Y él respondió: «Cuando me salga bien, dejaré de hacerlo». Y ya solo le faltó aclarar que el tema de la identidad -tratado con insistencia en sus últimos libros- le importaba un carajo, pero que, dado que se había adentrado en él, prefería seguir investigando para ver si mejoraba sus hallazgos. «Cuando me salga bien, dejaré de hacerlo» fue su manera de decir que escribir siempre sería para él volver sobre lo escrito. Quizás a la manera de san Agustín, que buscó en su libro Las retractaciones «tratar de nuevo» parte de lo que hasta entonces había publicado: una experiencia tanto más sorprendente cuanto que tuvo lugar en pleno siglo IV.

¿Fue ese «tratar de nuevo» todo un gesto de vanguardia antes de hora? Es probable, como también que pudo representar la invención del concepto de «obra de autor». Un gesto valiente, además, que contribuyó a la recuperación de la sospecha de que en realidad las obras siempre están incompletas y el sentido de las mismas solo puede ser parcial, fragmentario. ¿O acaso no pasan de ser bosquejos, necesariamente imperfectos, las grandes obras? Quizás por esto, una película como El Sur, de Víctor Erice -abreviado, interrumpido, incompleto donde los haya-, viene pareciéndome desde hace años una obra maestra del cine de todos los tiempos.

De eso se trata, seguramente. De volver a tratar lo que ya hemos tratado, sabiendo que no lo completaremos nunca, aunque siempre será posible mejorarlo. De repetir, como alumnos castigados al fondo de las aulas, caligrafías que perfeccionen las inciertas primeras caligrafías. Y repetirlas con el tipo de humildad de san Agustín, que descubrió que uno puede volver a los libros que ha escrito con disciplina, no para enmendar defectos o imprecisiones, sino más bien para esclarecer, en la medida de lo posible, el sentido real de lo ya publicado. Y hasta profundizar en ello, adentrarse cada vez más en lo que creíamos ya conocer y a cada momento descubrimos que nos es más desconocido.

Y bueno, quien dice reescribir, está diciendo también repintar, por ejemplo. ¿O no nos han contado que Bonnard entraba con un pincel en los museos donde se conservaban sus cuadros y, aprovechando la ausencia de vigilantes, los corregía con una euforia infinita?

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EL GRAN LENGUAJE OLVIDADO (La parte recordada, Rodrigo Fresán)

fontanella press«…recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? … Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y verás cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas…» (Thomas Wolfe, citado en La parte recordada)

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TRES NUEVAS TESIS DOCTORALES SOBRE LA OBRA DE VILA-MATAS.

En el centro del vacío hay otra fiesta.
Crisis del lenguaje y ficción crítica. De Borges a Vila-Matas
Tesis doctoral de Mario Aznar

Facultad de Filología
Universidad Complutense de Madrid, 2019

espejo deformante Ficciones para una teoría de la novela:
la poética de la conjunción en Enrique Vila-Matas
Tesis de Felicidad Juste Mompel

Departamento de Filología Española
Universitat Autónoma de Barcelona, 2019

píldora La heterodoxia de las formas narrativas breves
en Enrique Vila-Matas
Tesis de Laura Pache Carballo
Dirigida por Fernando Valls
Departamento de Filología Española
Facultad de Filosofía y Letras
Universitat Autónoma de Barcelona, 2019

 

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Mister Jones [Un cuento de Truman Capote]

tcDurante el invierno de 1945 pasé varios mese en una pensión de Brooklyn. No era una casa sórdida, sino por el contrario, una antigua casa de tres pisos, agradablemente amueblada, que sus propietarias, dos solteronas, mantenían pulcra como un hospital.

Mr. Jones vivía en el cuarto contiguo al mío. Mi cuarto era el más pequeño de la casa, el de él el más grande, un cuarto lindo y soleado, por suerte, pues Mr. Jones no salía nunca: las solteronas se ocupaban de todo lo necesario: de sus comidas, de sus compras, de lavarle la ropa. Además, no le faltaban visitas. Por lo general visitaban su cuarto diariamente una media docena de personas, hombres y mujeres, jóvenes, viejos, de mediana edad. Llegaban desde la mañana temprano hasta la noche. No era un vendedor de drogas ni un adivino. Sus visitas sólo iban  a conversar con él y, aparentemente, le daban un poco de dinero por su conversación y consejos. Por otra parte, no tenía otros medios de vida. Yo nunca mantuve una conversación con Mr. Jones, circunstancia que he lamentado mucho. Era un hombre apuesto, de unos cuarenta años. Esbelto, de pelo negro, rostro distinguido, pálido y delgado, pómulos altos, con un lunar en la mejilla izquierda. Era una mancha defectuosa, con forma de estrella. Usaba anteojos de aros de oro y lentes muy oscuras. Era ciego, y además lisiado. Según las hermanas, no podía caminar debido a un accidente de infancia, y no podía desplazarse sin muletas. Siempre llevaba un traje gris oscuro o azul, de tres piezas, inmaculadamente planchado, con una corbata discreta, como si estuviera a punto de dirigirse a su despacho en Wall Street. Sin embargo, como ya he dicho, nunca salía de su cuarto. No hacía más que estar sentado en su alegre habitación, en un cómodo sillón, recibiendo a sus visitantes. Yo no tenía idea de por qué iban a verlo, ni de qué conversaban estas personas comunes y corrientes. Por otra parte, yo estaba demasiado preocupado por mis propios asuntos como para pensar en ello. Cuando lo hacía, suponía que sus amigos lo encontraban amable e inteligente, un buen oyente, alguien en quien podían confiar y a quien podían consultar cuando tenían problemas: una combinación de sacerdote y terapeuta.

Mr. Jones tenía teléfono. Era el único huesped que poseía una línea privada. Llamaba continuamente, a veces después de medianoche y desde las seis de la mañana.

Me mudé a Manhattan. Varios meses después volví a buscar una caja de libros que había dejado en depósito. Las señoritas me invitaron a tomar el té con torta en su sala de visillos de encaje. Les pregunté por Mr. Jones.

Las señoritas bajaron los ojos. Aclarándose la garganta, una de ellas dijo:

-El caso está en manos de la policía.

La otra agregó:

– Lo hemos denunciado como persona desaparecida.

La primera dijo:

– El mes pasado, hace veintiséis días, mi hermana subió el desayuno a Mr. Jones, como de costumbre. No estaba en su habitación. Estaban sus pertenencias pero él había desaparecido.

– Es extraño…

–Como un hombre completamente ciego, un inválido…

Pasaron diez años.

Es una tarde helada de diciembre, y estoy en Moscú. Viajando en el subterráneo. Hay pocos pasajeros. Uno de ellos es un hombre sentado frente a mí, de botas, un largo abrigo y un sombrero de piel al estilo ruso. Tiene ojos brillantes, azules como los de un pavo real.

Después de un instante de duda, me puse a mirarlo fijamente, pues hasta sin los anteojos negros, era imposible confundir esa cara enjuta y distinguida, esos pómulos altos, con el lunar escarlata en forma de estrella.

Estaba a punto de cruzar el pasillo para hablar con él cuando el tren llegó a una estación y Mr. Jones se puso de pie sobre un par de fuertes piernas y salió del coche. Rápidamente, la puerta se cerró detrás de él.-

 

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Aquello que Nietzsche gritaba [Café Perec]

niSchopenhauer hablaba con él mismo, en voz alta, en la vía pública. Ahora creerían que conversaba por móvil. Cada vez hay menos personas que debatan consigo mismas.  La obsesiva histeria de la “actualidad” nos ha habituado a secuencias de debates televisivos y otras tonterías. Y ahí no acaba todo, se han producido cambios que han convertido en extrañas las actividades cotidianas más simples y agradables: conversar con los amigos, callarse, leer un libro, y ya no digamos debatir a solas con nosotros. Paralelamente a esto, se ha vuelto incontrolable el impulso destructivo de pasar el día pendientes de la frenética y tantas veces banal actualidad.

Por otra parte, ¿qué hacer con lo supuestamente “actual”? La pregunta me transporta a una tarde de verano de 1979 en la que Roland Barthes está preparando la lección que dará en al día siguiente en el College de France y, en curioso debate consigo mismo, se  pregunta (así lo transcribe en La préparation du roman) “si podemos seguir leyendo libros cuando uno se pone a escribir”

Los franceses eran así antes, ¿no? Se formulaban preguntas de todos los colores, siempre en viva discusión consigo mismos. Esa tarde de verano, nada más plantearse la abrupta cuestión, da un vistazo Barthes al periódico Liberation y las noticias (enfrentamientos en Cherburgo, basureros nucleares, problemas en Irán…) convierten en  insignificantes sus pequeñas inmersiones personales. “Y todas esas noticias me han golpeado fuerte cuando, con cierta sofisticación,  me estaba preguntando si se puede leer cuando se escribe”, comenta poco antes de auxiliarse enseguida a sí mismo recordando su experiencia del verano anterior cuando, releyendo a Pascal en el avión a Biarritz, tuvo la viva impresión de que el pensador iba a su lado y le hablaba en un lenguaje directo que él no encontraba en el mundo que le rodeaba. “Y me dije: amar la literatura, cuando uno lee, es disipar cualquier tipo de duda sobre el presente, su actualidad, su inmediatez; es ver que es un hombre vivo el que habla, como si su cuerpo estuviera a tu lado, más actual que el ayatolá Jomeini; es escuchar a Pascal expresando el miedo a la muerte y descubrir que sus viejas palabras expresan las cosas presentes que están en mí y no me hacen sentir la necesidad de otro lenguaje”

En este país, el más enloquecidamente enganchado que existe a “la actualidad”, consuela ver que, a pesar de la avalancha de libros que confunden lo político con lo coyuntural (lógica insigne del mercado), aún queda una cierta resistencia y circulan libros recientes que no ceden a ese chantaje de la actualidad sobre el novelista y nos instan a poner en pie aquello que Nietzsche gritaba antes de caer rendido en Turín: que para ser realmente contemporáneos hay que ser intempestivos, ligeramente inactuales. Porque la contemporaneidad es adherirse a nuestro propio tiempo, pero, a la vez, tomar distancia del mismo, puesto que a fin de cuentas sólo así, desde esa posición desplazada, podrá abrirse paso la distancia crítica, la discrepancia política frente al presente. (leer tambien aquí)

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NICOLAS MAVRAKIS en LA NACIÓN (Buenos Aires) sobre ESTA BRUMA INSENSATA.

xShIp_q_La apuesta por entender la literatura como una tarea esencialmente crítica no es nueva para el gran autor catalán, aunque sin duda parece haber pronunciado una curva más cerrada desde Mac y su contratiempo (2017)

Dos hermanos catalanes comparten el amor por la literatura, pero mientras que uno (Gran Bros) se dedica a escribir libros en inglés en Nueva York, el otro (Simon) se dedica a pensarlos y estructurarlos en español a partir de distintas citas literarias desde su casa en Cadaqués.

La novela puede sintetizarse como un duelo amoroso entre las dos caras de un mismo arte. Aunque este es el núcleo de la trama de Esta bruma insensata, la vigésima primera novela de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), también su tema se encuentra entre estas coordenadas, porque ¿cuál de estos hermanos (y cuál de estos respectivos aspectos de la creación) es el que realmente dota de su existencia a la literatura?

La doble instancia creativa del escritor, esa en la que lo reflexivo y lo práctico se entrelazan en un ida y vuelta a través de las complicadas redes de la tradición literaria, la imaginación y la vida misma, parece más problemática para Simon que para Gran Bros.

Con experiencia editorial como «traductor previo», es decir, un «anticipador de las dificultades del texto al traductor estrella», Simon está convencido de que su oficio, que con el tiempo se convierte en «distribuir citas», es tan singular que ni siquiera tiene gremio o sindicato. Y es por eso que mientras Gran Bros escribe solicitando sus servicios, con ironía lo reduce a un «chupatintas» o un «teórico críptico», un obrero anónimo en la sala de calderas de la literatura.

Sin embargo, Gran Bros arrastra sus propias dificultades ante la parte más visible de la literatura. Al igual que los estadounidenses Thomas Pynchon o J. D. Salinger, su objetivo es rehuir de la fama, que lo persigue desde la publicación del primero de sus prestigiosos libros neoyorquinos.

En esos libros «un tema trascendente pasa a otro más frívolo y viceversa», por lo que, aunque cualquier lector termina confirmando que «en la literatura la originalidad era solo un fetiche y no existía, en cualquier caso Gran Bros era distinto en algunas cosas, pues no perseguía nunca un tema hasta sus últimas consecuencias».

Por supuesto, en la línea de separación aparente entre los mundos de la reflexión literaria y la escritura literaria, esos dos hermanos complementarios que, como muestra Esta bruma insensata, trabajan a la par, lo que existe es la figura del crítico. Porque, ¿acaso no es el crítico el que ofrece explicaciones para los libros que lee? Y al hacerlo, ¿no escribe acerca de una habilidad para leer que «siempre se pide prestada», como dice la frase de Wallace Stevens sobre ser «incapaz de citar algo que no sean mis propias palabras, quienquiera que las haya escrito»?

La apuesta por entender la literatura como una tarea esencialmente crítica no es nueva para Vila-Matas, aunque sin duda parece haber pronunciado una curva más cerrada desde Mac y su contratiempo (2017), en la que a la creación de sus libros, sus lectores y su tradición (que, en una línea borgeana, privilegia lo universal), el gran autor catalán le añadió tras casi medio siglo de trabajo la creación de sus propios críticos, atentos a desdramatizar cualquier figura de genio creador para concentrarse, en cambio, en los inevitables traspiés del equívoco.

¿No es ahí, en lo que se cita, se glosa y se confunde, donde emerge la creación? De lo contrario, lo que resta son tentativas vanas de creación radical, como el reciente intento de independencia de Cataluña, cuyo sentido fracasado sobrevuela Esta bruma insensata precisamente porque no puede encontrar su forma. A su manera, Simon lo repite una vez más cuando, con una cita del crítico inglés William Hazlitt, recuerda que «el mundo, tal como lo imaginamos, no es mucho más grande que una nuez».

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