En un paisaje inestable, donde la voluntad humana se cruza cada vez más con la automatización y el azar, CANON DE CÁMARA OSCURA (Camera oscura. A Novel) construye una tensión sutil pero persistente: ¿Está Escabia construyendo realmente el canon, o hay otra inteligencia trabajando junto a él, en la oscuridad?
Terminé
hace algunos días, MONTEVIDEO del admirable Vila-Matas. Necesité un
tiempo para que la lectura decantara en mi. Me tomó más tiempo que los
libros suyos que ya había leído.
Entonces nuevamente se me
instaló la pregunta, ya recurrente, que se me formula cuando termino de
leerlo: ¿cómo se puede escribir algo así?
Empiezo por lo formal.
La portada, con un cuadro de Hammershoi, el pintor de los cuartos vacíos
y las puertas abiertas, ya es todo un simbolismo.
edición en bolsillo de Montevideo.
Con una estructura tipo matrioska, de relatos dentro de relatos; una estructura que difumina los límites entre realidad y fantasía, entre hechos ocurridos y la memoria de los mismos, entre el sueño y la alucinación, Montevideo nos lleva a través de un viaje por distintos lugares del mundo, a la interioridad de un escritor torturada que siente que ya no puede escribir. No sabe muy bien a qué atribuir ese estado. Esa difuminación de límites, de fronteras, es algo cercano a lo que en la orientación lacaniana llamamos extimidad: un interior que es a la vez exterior.
Empieza allí el derrotero, la búsqueda que se sirve de
lo escrito por otros para que la pregunta retorne al protagonista como
una brasa caliente, entre la intemperie del alma y la soledad. Tratando
de esclarecerse, esboza una teoría de lo que hacen los que quieren
escribir, los que narran, y los divide en tendencias: los que no tienen
nada que contar, los que deliberadamente no narran nada, los que no lo
cuentan todo, los que esperan que Dios revele y cuente todo, y la de los
que se entregan al poder de la tecnología, «convirtiendo en
prescindible el oficio de escritor».
Recorriendo citas de otros
escritores, nuevamente nos hace saber a través de su protagonista, que
el mundo desborda de cultores del TODO. De rastreadores del TODO. Pero
¿se trata para el escritor, de la historia que se narra? ¿Se trata de la
amplificación de las palabras? El elogio de la brevedad también está
presente en esta novela, de apenas trescientas páginas. Digo apenas,
porque hay que experimentar en carne propia, cómo la narración transita
por temas enormes: qué es la literatura, qué es ser escritor, lo efímero
y en algún punto poco trascendente del oficio, con excepción de los que
aspiramos a escribir (la literatura sólo es imprescindible para algunos
seres, dentro de los miles de millones de una humanidad cada día más
cerca de la debilidad mental y el analfabetismo cibernético).
Entonces,
con la excusa de visitar el hotel y la habitación en la que se supone
se alojó Cortázar en Montevideo (el hotel antiguamente llamado
Cervantes), habitación en la que escribió su relato La puerta condenada,
y que según parece, al decir de Beatriz Sarlo, en ese cuento aparece
por primera vez lo fantástico en Cortázar, el protagonista se embarca en
una búsqueda que tendrá más que ver con él mismo que con los otros y
con una supuesta destreza perdida. Será una búsqueda que en el devenir,
en sus idas y vueltas, lo confrontará con su propia puerta condenada.
Dura tarea que ningún escritor que aspire a serlo seriamente, debería
evitar. Porque quizá, al forzar la apertura de esa puerta (no hay
ninguna naturalidad en el acto de abrirla; es una decisión cargada de
coraje) lo que encuentre no sea la oscuridad fantaseada y temida, sino
el vacío más radical con el que convivimos los seres hablantes. Una vez
confrontado o a ese vacío, deberá decidir si asume la tarea de tratar
con palabras, que el mundo sea menos idiota.
Una vez más, tremenda novela del gran autor catalán, imprescindible para los que escribimos, y un viaje al alma del escritor que no ahorra al lector ni tragedias ni comedias. Publicado por Leonor Curti
Ha sido reconocido «por la osadía con que ha construido una narrativa ajena a las tentaciones de la obviedad».
REPORTAJE DE Andrés Seoane (El Mundo)
Acabo de enterarme hace unos minutos y ha sido una gran alegría», contesta emocionado al teléfono Gonçalo M. Tavares (Luanda, 1970), ganador del Premio Formentor de las Letras 2026, en su «portuñol» casi perfecto. «Más allá del gran prestigio del galardón es maravilloso entrar en una genealogía literaria en la que están autores como Beckett y Borges, pero también Javier Marías, Piglia, Calasso, Annie Ernaux, Vila-Matas, Cartarescu, Krasznahorkai… Todos estos escritores tienen en común la calidad, la creatividad y la pretensión de hacer algo nuevo, así que es un honor», remacha. «También comparten ser muy conscientes del papel de la literatura en la creación y evolución humanas. Un libro no es otro canal de televisión ni un masaje, ni está para divertir a la gente. La literatura, entendida con seriedad, es un proceso de creación y búsqueda de la verdad, no de ocultamiento ni división. No es un juego de sino una herramienta nuclear para intentar conocer las tragedias y comedias del ser humano. Y esta lista de autores, lo sabe.
Louise Brooks, alias Ryo en ‘Canon de cámara oscura’
¿El sentido último de la escritura? Ésta nunca consistió en la inscripción de una obra personal, sujeta a la reinscripción de la originalidad, sino a “reactivar” una y otra vez la historia de la literatura, a repetir, con otras formas, lo ya escrito. Porque la historia de ésta puede verse como una obra colectiva y anónima de la que, al final, solo quedará lo que se ha escrito en la arena en el nombre de todos. Solo quedará –deberíamos saberlo– una sucesión de voces que se fueron expresando en sus respectivas épocas y que, conscientes o no, fueron obsesivamente repitiendo historias, como si creyeran en la inmortalidad cuando en realidad no hicieron más que ritualizar el destino ineludible del ser humano.
Una
tarde, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares estaba yendo a comprar la
prensa cuando “un individuo joven, con cara de pájaro” lo detuvo para
contarle que Borges había muerto en Ginebra. Días antes, Bioy —que
cuenta esto en Borges , su diario de cincuenta años de amistad con el autor de Funes el memorioso y
uno de los libros más fascinantes de la literatura argentina de las
últimas décadas— había recibido una llamada suya. “Estoy deseando
verte”, le había dicho. Pero la respuesta de Borges, poco antes de que
se interrumpiese la comunicación, había sido “No voy a volver nunca
más”. Silvina Ocampo, escritora excepcional y mujer de Bioy, afirmó, al
terminar la llamada: “Borges estaba llorando”. Bioy no supo a qué se
refería. Enrique Vila-Matas propuso hace algún tiempo “acabar con los
números redondos”, pero éstos se niegan a desaparecer y —en cualquier
caso— hace precisamente cuatro décadas que murió el autor de Ficciones.
Pese
a ello, el “mundo sin Borges” en el que Bioy creyó estar dando sus
primeros pasos esa tarde, al alejarse de aquel joven y su noticia
desgraciada, sigue postergándose, y la ‘vida póstuma’ de Borges es
intensa. La conforman las numerosas intervenciones de Ricardo Piglia
sobre el autor de Las ruinas circulares y el cuento de Rodolfo Fogwill Help a él. (Un acrónimo de El Aleph, por supuesto.) Son parte de ella la aparición de Borges como personaje en el Perramus de Juan Sasturain y Alberto Breccia —publicado recientemente en España por primera vez— y la novela de Fogwill Un guion para Artkino,
donde, en una Argentina ya por completo integrada en la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas, las obras de Borges son consideradas
apócrifos creados por la policía política. La componen El Aleph engordado de Pablo Katchadjian, El Hacedor (de Borges), remake de Agustín Fernández Mallo y la Primera Enciclopedia de Tlön. Tomo XI. hlaer – jangr editada por Jorge Volpi, los ensayos Con Borges de Alberto Manguel y El factor Borges de Alan Pauls y la excepcional instalación Fabio Kacero autor del Jorge Luis Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote.
Cuarenta
años después del comienzo de su ‘vida póstuma’, sin embargo, Borges ya
no parece ser una inspiración para los escritores y las escritoras en
español, muchos de los cuales practican un fantástico que aspira al
asombro sin el vértigo de la idea; es decir, uno muy distinto al del
autor de El Aleph. Pero que numerosos autores no cuenten con él
no significa que ya habitemos en el mundo sin Borges que intuyó Bioy
Casares. A la vez que sus mejores libros se alejan en el tiempo,
convirtiéndose en una referencia lejana, su influencia parece haber
devenido ambiental y estar —y la frase no es mía, por supuesto— ‘aquí,
allá y en todas partes’. Borges se encuentra ‘en’ cierto tipo de ficción
especulativa, entre cuyos autores más populares están Ted Chiang,
Ursula K. Le Guin y Margaret Atwood. ‘Está’ en las ‘biografías
imaginarias’ de Roberto Bolaño, Vila-Matas y Pierre Michon. ‘Está’ en
productos audiovisuales de consumo masivo, como Lost, Black Mirror y Westworld. Borges es la figura tutelar de la ‘provincia’ del arte contemporáneo que se vale de sus procedimientos y de cierta estética queer que
manifiesta sus disidencias mediante la reescritura, la traducción y la
mezcla, que fueron algunos de sus principales métodos.
Borges
‘está’ en el interés de las neurociencias actuales por la memoria, y su
descrédito por parte de ellas, que a menudo le da la razón al autor de
relatos como La memoria de Shakespeare, y se encuentra en la
disolución de las distinciones entre original y copia que ha traído
consigo la reproductibilidad absoluta de los contenidos digitales. Su Tlön, Uqbar, Orbis Tertius ,
en el que una enciclopedia nos trae noticias de un mundo incomprensible
que se acerca a nosotros y va a desplazar al que habitamos, parece una
expresión prematura —pero extremadamente lúcida— del modo en que lo
virtual irrumpió hace unos treinta años en nuestras vidas. Su El escritor argentino y la tradición es
un texto clave en un mundo que, desde la llegada de Donald Trump al
poder, vuelve a reivindicar rabiosamente esa abstracción, las fronteras
nacionales.
Puede que haya un “Borges para el siglo XXI”, desde luego. Sin embargo, la reedición de sus Ensayos completos, sus Cuentos completos y su Poesía completa es
una oportunidad perdida para que encuentre su forma: aunque se pretende
exhaustiva, omite libros tan importantes para comprender al autor de El acercamiento a Almotásim como
su obra en colaboración con Bioy Casares, sus clases de literatura
inglesa reunidas por Martín Hadis y Martín Arias, los “textos cautivos”,
los Cuadernos & conferencias editados por el Borges Center, las conversaciones en universidades de los Estados Unidos, compiladas recientemente, etcétera.
La
historia editorial de Borges es una en la que confluyen intereses y un
celo que en ocasiones dieron la espalda a los lectores y al propio
autor. Una vez más, esa historia traiciona las intenciones de Borges,
para quien —como se sabe— los límites establecidos entre “ensayo”,
“cuento” y “poesía” estaban allí sólo para ser cuestionados. Pero Borges
es un clásico, y lo es también porque, como afirmó J. M. Coetzee en uno
de sus ensayos, un clásico es todo “aquello que supera los límites del
tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras” y
“sobrevive a la peor barbarie”, que nunca es precisamente editorial.
Pensemos
en el problema más importante de la obra de Borges, que según Piglia,
“no es cómo la realidad aparece en la ficción sino cómo la ficción
aparece en la realidad, cómo construye nuestra realidad”. Fake news, alternative facts,
teorías conspirativas: una política que no se detiene ante la mentira,
desconfía de la ciencia o prohíbe el uso oficial de ciertas palabras
como manera de eliminar lo que esas palabras expresan, da cuenta de un
mundo en el que el creador de El jardín de senderos que se bifurcan ya
no es tanto un autor como un diagnóstico, y —tal vez— una forma de
resistencia. Borges sigue estando entre nosotros, en un mundo que
transformó y al que continúa interrogando.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en No vivimos en el mundo sin Borges, todavía
—La fuga y la desaparición han marcado su literatura. Sin
embargo, ¿existe algo más duradero y firme que su estilo?
—Pero es que el estilo no es un simple adorno, sino la
sustancia misma de mi obra. Por eso he hablado de que me dedico a escribir “la
biografía de mi estilo”, y no la biografía de mis aventuras.
—Fue nombrado paseante oficial de Basilea. ¿Es difícil
equiparar ese título, no cree?
—Hace años, una comisión presidida por Yvette Sánchez,
catedrática de la Universidad de St. Gallen, me nombró “paseante e inspector
oficial” de la Feria del libro de Basilea. Me prestaron una gabardina a lo
doctor Clouseau y me encomendaron que velara por la “ética literaria” de cada
una de las casetas, y, tras ser el terror de algunas, llevé a fondo la misión.
¿Qué significa el premio Zenda?
—Bueno, el Zenda de Honor tiene todas mis simpatías porque lo otorga una revista que, desde su creación –recuerdo que la fundaron Pérez Reverte, Javier Marías, Leandro Pérez, Mateo Díaz, José María Merino, Antonio Lucas– visito a menudo. Hay muy buenos colaboradores.
—Enrique Vila-Matas podría ser cualquiera de sus personajes.
¿Elige alguno? ¿Cuál es la voz que atraviesa sus libros? ¿La del narrador, la
del que se mueve, la del que
duda, la del que observa?
—A mí me parece que, con el tiempo, he ido deslizando la
ficción hacia un sitio en el que, sin renunciar a narrar, no pido al lector que
suspenda la credulidad, porque si existe una atracción por leerme seguramente
no viene, a estas alturas, de la historia que pueda contar, sino del
reencuentro con mi voz. Una voz con acento de ensayista, especuladora, y que
ligeramente varía en cada libro siempre de personalidad.
—El original y la réplica; la
ficción y la realidad; ¿hasta dónde se desplaza el juego literario y por qué?
—Por el afán de aventurarse, que es algo intrínseco a la
novela. Del mismo modo que un poema, sin riesgo, no es nada.
—Es usted la piedra primera y fundamental de la catedral
metaliteraria. ¿Cómo la
definiría para quienes la leemos
desde fuera?
—Pero es que yo no tengo nada que ver con todo eso. Es más, apoyé
hace más de dos décadas a Ricardo Piglia cuando explicó que la
«metaliteratura» como categoría teórica no existe realmente; más
bien, es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona
sobre sí misma.
—Usted es leído y apreciado en toda Europa y toda
Iberoamérica. ¿Es usted el autor vivo más universal de la literatura española?
—Hacer arte no es como competir en las olimpiadas.
—¿Su mejor libro?
—Hay una tendencia a considerar la obra que te da a conocer
como tu mejor producción. Lou Reed estaba desesperado porque no soportaba Walk
on the Wild Side y la canción le seguía a todas partes. Y ahí tienes a
Godard, que ahora parece que sólo hubiera filmado Al final de la escapada.
A mí de mis libros me parece el último (Canon de cámara oscura) el mejor
de todos, aunque sólo sea porque aún me reconozco en él.
—Le pido, por favor una anécdota, un recuerdo, lo que quiera decirme de sus días en la rue Saint Benôit.
—Creo que fui a París a escribir mi primera novela, pero no
aprendí nada. Bueno, aprendí a escribir a máquina y ese
consejo que dio Raymond Queneau a Marguerite Duras y que ella me traspasó a mí:
“Usted escriba y no haga nada más». Y así me ha ido.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Karina Sainz Borgo en conversación con Enrique Vila-Matas.
En primera instancia, todo es
presuntamente normal. Saluda con la mano tímida, con la carne blanda,
con los ojos fijos. Nadie garantiza, sin embargo, que quien está delante
sea Enrique Vila-Matas. Esto es así. Este hombre tiene algo de experto en milagros caseros. Por dentro de la cabeza le orbita un ajuar de extrañezas. Una autenticidad de ficciones.
Una verdad de acontecimientos irreales que suceden con discreción aquí
mismo, en la jurisdicción demarcada por su carcasa de hombre que mira
con los ojos siempre a punto de fugarse del plano, detrás de una sonrisa
que no es sonrisa pero puede llegar a serlo en cualquier momento. Si
preguntas por la calle cuál es el narrador español (y catalán) más
singular (iba a escribir «raro», pero me di cuenta a tiempo) de las
últimas décadas su nombre sale. Incluso sus libros salen. Es uno de esos
tipos serios que lanzan inesperadamente pequeñas descargas irónicas y
cuando los demás ríen él deja la cosa a medias para volver a lo serio.
Genera así un desconcierto muy dinámico. Igual que su literatura. Su
última novela se titula Mac y su contratiempo. La publica Seix Barral. Es un libro cargado de libros para dejar claro que prefería ser un escritor distinto. Lo lleva haciendo así, en verdad, desde 1985, cuando publicó Historia abreviada de la literatura portátil. Lleva la literatura en la masa de la sangre, junto a algunas tormentas del vivir. La escritura es su misión.
Y entre novelas, y cuentos, y ensayos, ha sumado más que un público una
vasta cofradía de lectores y beatos de su causa. Es un tipo ferozmente
literario, no por pintoresquismo sino por esa voluntad de ser, más que narrador, narración en sí mismo, relato, casi ficción, una insólita presencia.
Hace pocos años una enfermedad que casi lo fulmina le hizo sentirse
vivo. Es un sujeto capaz de meterse en sus libros y, como el camaleón,
confundirse con las ramas. De cualquiera de sus ficciones se sale
vapuleado y un poco más irreal, hagan la prueba. Una hora de lectura de
Vila-Matas equivale a cruzar espejos.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Vila-Matas.Más que novelista, ser novela.
Fleur Jaeggy corrige mucho en su
mente: “Empiezo a escribir suprimiendo en mi cabeza el texto desde el primer
minuto. Comienzo ya quitando cosas. Quedan muchas eliminadas, muchas que ni
siquiera he escrito”.
A Fleur Jaeggy (Los hermosos años del castigo)
siempre hay que prestarle atención, no en vano es uno de los faros esenciales
de la Constelación Lispector, esa azarosa y casi secreta conjunción de autoras
de estilos únicos, ninguna de ellas parecida a la otra, pero todas cultivando
“nuevas formas de escribir sobre la vida real”.
Jaeggy, en su patio particular, domina su personal técnica
de la supresión y tiene casi la costumbre de dar giros imprevistos y radicales en
sus textos y de pronto llevarnos, por ejemplo, a que reparemos en un pobre
animal cautivo. Y domina también el arte de las réplicas ágiles. Escribía el
año pasado Laura Fernández en estas mismas páginas: “Las respuestas de Jaeggy
tienen las palabras contadas y cristalinamente esquivas”
En su reciente Oda y Encuentro en el Bronx (Ediciones
UDP, Chile), Jaeggy rememora una conversación con Oliver Sacks en Nueva York y,
lejos de entrar en muchos detalles sobre lo hablado, desvía enseguida su
discurso, de forma cristalinamente esquiva, hacia un pez atrapado para siempre
en la pecera del restaurante.
En giros imprevistos y radicales como éste, Jaeggy no tiene
parangón, como tampoco lo tiene su fraseo trasparente, sobrio, tan preciso que
difícilmente desearemos recuperar lo que su mente pudo tachar antes de ponerse
a escribir. Jaeggy es sintética, y punto. No hay que tocar nada de lo que
escribe. En cambio, no tengo la misma impresión en lo que publican amigas y
amigos que se encuentran entre mis autores vivos favoritos. En el último libro
de cada uno de ellos, he llegado a preguntarme qué palabras, qué frases, qué
ideas pudieron quedar tachadas, traspapeladas, o equivocadamente socavadas,
mientras se iba tejiendo la obra que finalmente publicaron.
¿En qué tropezaron y a qué renunciaron? Es cuestión bien susceptible
de debate. Aun sabiendo lo difícil que es conseguir que los escritores escriban
con franqueza sobre su propia obra y más en un mercado literario como el
actual, llevo un rato planteándome el envío de correos a aquellos colegas con
los que alguna vez hablé distendidamente sobre los fallos que se daban en
nuestros respectivos estilos.
Quizás porque añoro aquel distendido clima de confesiones,
no he podido contenerme y hace un momento, garantizándoles el anonimato, acabo
de escribir y enviar los correos a colegas admirados pidiéndoles que se atrevan
a juzgar a fondo su último libro y no me escamoteen detalles a la hora de
explicar los muy personales problemas que frenaron parte de la ambición que
depositaron en él.
Si cuando lleguen las respuestas compruebo que nos iría bien a todos el profundo conocimiento de las hasta ahora ocultas dificultades de escritura de los demás, no tardaré en hacerlas públicas. Garantizando el prometido anonimato, se discutirán en un Gran Debate, en unas jornadas que lo trastornarán todo. Una catarsis poética que nos urge.
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[Texto perfecto de
Julien Gracq encontrado en el blog La Calle del Orco / de Kim Nguyen Baraldi]
Hay un elemento esencial que corre siempre el riesgo de
faltarle a la crítica, y en particular a las monografías, muy voluminosas con
frecuencia, que dedica en nuestros días a esta o a aquella novela famosa: La
génesis de La señora Bovary, Las fuentes de Las amistades peligrosas,
etc. Ese elemento –del que sólo el escritor podría aportar información– lo
constituyen los fantasmas de libros sucesivos que la imaginación del autor
proyectaba continuamente en vanguardia de su pluma e iban cambiando, con esa
deformación inevitable que la tarea de escribir imprime a todos los capítulos,
de la misma forma que una carretera sinuosa proyecta ante el viajero, en el
marco de un paisaje de determinada naturaleza, una serie de perspectivas
diversas y, a veces, de lo más inesperado.
En todas y cada una de las revueltas del libro, otro libro,
posible e incluso probable con frecuencia, va a parar a la nada. Un libro
sensiblemente diferente no sólo en esa parte superficial que es la intriga,
sino en esa parte fundamental que es el registro, el timbre, la tonalidad. Y
esos libros, que van desapareciendo sobre la marcha, arrojados por millones al
limbo de la literatura –y por eso tendrían importancia para el crítico que
tenga empeño en explicarse a la perfección–, esos libros, que nacieron de la
escritura, cuentan hasta cierto punto, no han desaparecido por completo.
Durante páginas, durante capítulos enteros, fue una alucinación suya la que
tiró del escritor como por un camino de sirga, la que le exacerbó la sed y le
estimuló la energía; a su luz, a veces, se escribieron partes enteras de ese
libro. El rastro sinuoso del viaje del autor por el desierto de las páginas
blancas nada más puede explicarse si se tiene en cuenta no sólo el
escalonamiento de los pozos en que bebió, sino también los espejismos hacia los
que caminó tantas veces.
No podemos aquí exponer, sino la experiencia propia. Toda la primera parte de Los ojos del bosque se escribió con la perspectiva de una misa del gallo en Les Falizes, que tenía que ser un capítulo muy importante y habría dado al libro, al introducir en él esa tonalidad religiosa, un porte muy diferente. Y El mar de las Sirtes avanzando a golpe de cañón hasta el último capítulo hacia una batalla naval que nunca llegó a ocurrir.
Busquen, señores críticos, busquen más, tengan el empeño mallarmeano
de seguirles el rastro a esos libros vanos, abolidos, inanes, que movieron la
lanzadera mientras se iba tejiendo el libro real; sean los Dupin sutiles hasta
el infinito que habrán de explorar y balizar ese itinerario mental que
callejones sin salida inesperados jalonan de punta a cabo, que el influjo de
unos campos magnéticos, que se van descargando sobre la marcha, tuerce por
completo. Cuando hayan apurado, como saben hacerlo, el estudio del frágil
proyecto viajero del autor, háganle un sitio -un sitio muy grande- a los
incidentes del camino y ni tan siquiera los escritores les escatimaran la
coronación. Y dejen de especular en lo referido a la composición. Porque si
pasar de un ser vivo a su esqueleto tiene una razón de ser, para pasar del
esqueleto al ser vivo no hay la mínima razón.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Hay un elemento esencial que corre siempre el riesgo de faltarle a la crítica.
—La fuga y la desaparición han marcado su literatura. Sin
embargo, ¿existe algo más duradero y firme que su estilo?
—Pero es que el estilo no es un simple adorno, sino la
sustancia misma de mi obra. Por eso he hablado de que me dedico a escribir “la
biografía de mi estilo”, y no la biografía de mis aventuras.
—Fue nombrado paseante oficial de Basilea. ¿Es difícil
equiparar ese título, no cree?
—Hace años, una comisión presidida por Yvette Sánchez,
catedrática de la Universidad de St. Gallen, me nombró “paseante e inspector
oficial” de la Feria del libro de Basilea. Me prestaron una gabardina a lo
doctor Clouseau y me encomendaron que velara por la “ética literaria” de cada
una de las casetas, y, tras ser el terror de algunas, llevé a fondo la misión.
¿Qué significa el premio Zenda?
—Bueno, el Zenda de Honor tiene todas mis simpatías porque lo otorga una revista que, desde su creación –recuerdo que la fundaron Pérez Reverte, Javier Marías, Leandro Pérez, Mateo Díaz, José María Merino, Antonio Lucas– visito a menudo. Hay muy buenos colaboradores.
—Enrique Vila-Matas podría ser cualquiera de sus personajes.
¿Elige alguno? ¿Cuál es la voz que atraviesa sus libros? ¿La del narrador, la
del que se mueve, la del que
duda, la del que observa?
—A mí me parece que, con el tiempo, he ido deslizando la
ficción hacia un sitio en el que, sin renunciar a narrar, no pido al lector que
suspenda la credulidad, porque si existe una atracción por leerme seguramente
no viene, a estas alturas, de la historia que pueda contar, sino del
reencuentro con mi voz. Una voz con acento de ensayista, especuladora, y que
ligeramente varía en cada libro siempre de personalidad.
—El original y la réplica; la
ficción y la realidad; ¿hasta dónde se desplaza el juego literario y por qué?
—Por el afán de aventurarse, que es algo intrínseco a la
novela. Del mismo modo que un poema, sin riesgo, no es nada.
—Es usted la piedra primera y fundamental de la catedral
metaliteraria. ¿Cómo la
definiría para quienes la leemos
desde fuera?
—Pero es que yo no tengo nada que ver con todo eso. Es más, apoyé
hace más de dos décadas a Ricardo Piglia cuando explicó que la
«metaliteratura» como categoría teórica no existe realmente; más
bien, es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona
sobre sí misma.
—Usted es leído y apreciado en toda Europa y toda
Iberoamérica. ¿Es usted el autor vivo más universal de la literatura española?
—Hacer arte no es como competir en las olimpiadas.
—¿Su mejor libro?
—Hay una tendencia a considerar la obra que te da a conocer
como tu mejor producción. Lou Reed estaba desesperado porque no soportaba Walk
on the Wild Side y la canción le seguía a todas partes. Y ahí tienes a
Godard, que ahora parece que sólo hubiera filmado Al final de la escapada.
A mí de mis libros me parece el último (Canon de cámara oscura) el mejor
de todos, aunque sólo sea porque aún me reconozco en él.
—Le pido, por favor una anécdota, un recuerdo, lo que quiera decirme de sus días en la rue Saint Benôit.
—Creo que fui a París a escribir mi primera novela, pero no
aprendí nada. Bueno, aprendí a escribir a máquina y ese
consejo que dio Raymond Queneau a Marguerite Duras y que ella me traspasó a mí:
“Usted escriba y no haga nada más». Y así me ha ido.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Preguntas de Karina Sainz Borgo a Enrique Vila-Matas
Un
escritor es un tipo que se quita los guantes, dobla la bufanda, menciona la
nieve, nombra la guerra, se frota las manos, mueve el cuello, cuelga el abrigo,
va más allá, y se atreve a todo. Si no se atreve a todo, no será jamás un
escritor.
Atreverse
a todo incluye saber que no se trata, por ejemplo, de luchar a fondo contra los
imbéciles digitales, porque imbéciles los hay en todos los ambientes, se trata
más bien de escuchar lo que éstos dicen y comprenderlos, sin duda para luego
crear un mundo donde los imbéciles no entren.
De
niño, cuando comencé a saber qué significaba construir algo por el solo placer
de construirlo, dibujaba casas, todas con chimeneas humeantes, que era mi modo
de expresar que el ambiente familiar era el adecuado y que estaba a gusto en
casa. La puerta principal y las ventanas indicaban el interés por relacionarme
con los demás. Y, aunque no podía saberlo, el camino que desde la puerta iba a
las afueras del dibujo, llevaba a la escritura. Y ésta a la libertad.
Cuando
en uno de mis relatos quisieron cambiarme el color de una chimenea que había
dibujado en mi infancia, me negué alegando que no pensaba renunciar a ser
absolutamente fiel a la visión que tenía de mi pasado personal. Esa negativa me
recuerda a la del heroico granjero que en el relato Yo y mi chimenea, de
Hermann Melville, se opone a que su familia remodele su casa y derribe la
inmensa y vieja chimenea. Se opone alegando que destruirían lo más esencial de
su finca, pues sin ese fuego, afirma, la casa perdería su espíritu.
En
apoyo de ese espíritu, quiero creer que estoy, que estamos aquí hoy.
El
viejo espíritu de la literatura. De la literatura sí. Nada que tenga demasiada
importancia, y quizás por eso precisamente tan interesante.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en El discurso de minuto y medio [del premio Zenda]
Ese fenómeno se está dando ya en la literatura de nuestro país con una proliferación de autores, entre la veintena y la treintena, que con frescura, originalidad y riesgo han armado novelas que, sin renunciar a la calidad, han triunfado. Tres de ellas –Laura Chivite, Irene Pujadas y Lucía Solla Sobral– comparten el premio a mejor libro del año del suplemento cultural de este diario, La Lectura. Y, fuera de esa generación, desde hace décadas, esas han sido las líneas maestras de la escritura de Enrique Vila-Matas. «La autenticidad está en que haya una intimación entre quien escribe y el lector, un acontecimiento metafísico que nunca puede llegar a conocerse pero se da. Este es el problema de muchos escritores, que creen que es fácil que la conciencia propia conecte con otra y viceversa cuando no lo es. […] La búsqueda de un estilo es la búsqueda de uno mismo y de tratar de conectar. Que el camino de un escritor sea hablar de algo que la televisión ya ha explicado es muy triste y desvirtúa la literatura», afirma el escritor catalán, que plantea un escenario para el futuro: «Puede ser que se complique todo tanto que se olvide que existió la escritura a mano, pero un día en un texto escrito con IA alguien cree adivinar que ahí detrás hubo un humano. De esos de las que han oído hablar como ahora con los paleolíticos. Y eso sería un nuevo comienzo para la escritura. Eso lo descubrirá un buen lector porque esa conciencia humana es la que se descubre al leer a un escritor».
Quizás así empieza el Renacimiento 2.0.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Y eso sería un nuevo comienzo para la escritura (El Mundo)
Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en https://www.todoliteratura.es/noticia/62021/el-ambigu-del-director/los-10-mejores-libros-de-2025-que-deberias-haber-leido.html
En Oviedo (librería Kafka & Co) presentación de ‘Canon de cuarto oscuro’. Nochebuena del 2025
Vidal Escabia, se aísla con 71 libros en un cuarto oscuro para elaborar, día a día, un canon «desplazado» y disidente de los oficiales. El procedimiento —extraer fragmentos al azar y hacerlos dialogar con la vida— convierte la lectura en un mecanismo narrativo, y la literatura en un sistema que desordena la identidad.
(José Carlos Llop, The Objective 27 Diciembre 2025)
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Montevideo by Enrique Vila-Matas, translated from the Spanish by Sophie Hughes and Annie McDermott, Yale University Press, 2025
Enrique Vila-Matas, famoso por su erudita metaficción, ha consolidado aún más su prestigio con Montevideo, su última novela, traducida a un exquisito inglés kafkiano-borgiano-nabokoviano-cortazario —o, digamos, un auténtico inglés vilamatasiano— por Sophie Hughes y Annie McDermott. Como gran parte de la obra del aspirante al Nobel, el humor de Montevideo se desarrolla mediante digresiones en primera persona que conducen al lector por un laberinto de alusiones, haciendo referencias a escritores tanto reales como imaginarios. Tan solo en las primeras páginas, hay una larga letanía de apariciones: Lucy Sante, Emil Cioran, Ricardo Piglia, Herman Melville, Miklós Szentkuthy, Antonio Tabucchi, Roberto Bolaño, Laurence Sterne y una tal Madeleine Moore. La lista crece rápidamente, y algunos de los mencionados comienzan a consolidarse no solo como amigos y héroes del narrador anónimo, sino como parte del propio autor. Como de costumbre, Vila-Matas se deleita en difuminar la realidad con la ficción: «…cualquier versión escrita de una historia real es siempre una especie de ficción: en el momento en que el mundo se plasma en palabras, se altera fundamentalmente». El narrador (posiblemente un sustituto del Vila-Matas «real») ama la literatura a pesar de sufrir un grave bloqueo creativo, o más bien el «síndrome de Rimbaud», una condición que el narrador ya analizó en una novela anterior, Virtuosos del Suspenso, que «…se convirtió en una pesadilla… enterrada bajo mi piel como la manzana que le lanzó el padre de Gregorio Samsa», y que guarda un asombroso parecido con el propio Bartleby & Co. de Vila-Matas. Habla de la maestría del autor, pues, que estos juegos de percepción atraigan al lector a los sinuosos senderos del texto en lugar de alienarlo, creando una atmósfera emocionante en la trama minimalista pero potente y en los personajes poco convencionales. Montevideo se divide en seis secciones distintas y cohesionadas, cada una con el nombre de lugares que el autor ficticio visita (de una forma u otra): París, Cascais, Montevideo, Reikiavik, Bogotá y París de nuevo. Las risas comienzan en la primera sección, en la que una versión más joven del narrador se muda a la Ciudad de la Luz con la esperanza de escribir algo al estilo de una generación perdida, pero finalmente no lo logra y termina traficando con drogas, «… superado, además, por una repentina indiferencia hacia la cultura en general; una indiferencia que me costó caro a la larga y que incluso se reflejó en el título torpe que le di a mi relato de aquellos tiempos turbulentos: Un garaje propio». Asiste a «fiestas horribles, aunque con mucho vino tinto», y siempre deja a sus conocidos con una despedida que solo a él le hace gracia: «¿Sabías que he dejado de escribir?». Este sentido excéntrico, ensayístico e irónicamente existencial se extiende a lo largo de las secciones, pero especialmente aquí, las anécdotas con sus amigos Tabucchi y Moore (un artista convertido en escritor que me parece completamente inventado), son tan agudas como una pluma. La sección del título, mi favorita y posiblemente la más entretenida, se centra en el interés casual del narrador por el atmosférico cuento de Julio Cortázar, «La puerta sellada». Como él mismo admite, no es un aficionado a Cortázar, pero su curiosidad se convierte en una «paranoia cortazariana» tras visitar el Hotel Cervantes en Montevideo, Uruguay. Sorprendido al descubrir que el personal del hotel no tiene ni idea de que Cortázar había ambientado su historia en la habitación 205, con su misteriosa puerta que da a otra habitación donde el extraño llanto de un bebé persiste durante toda la noche, el narrador de Vila-Matas se adentra en la historia dentro de la historia, y a pesar de no haberse propuesto escribir sobre su experiencia, termina escribiendo sobre su experiencia de no escribir sobre su experiencia. Al igual que Pálido fuego de Nabokov, Tristram Shandy de Sterne y las sagas islandesas, Montevideo de Enrique Vila-Matas define la literatura como potencialmente infinita, incluso en su locura de ser inmortal, y que tal afinidad por el infinito puede llevar a sus seguidores siempre a otra habitación, a otro libro, a otra vida, ad infinitum; esto es, si no arroja a uno al abismo.
Enrique Vila-Matas, famous for his erudite metafiction, has further solidified his giant status with Montevideo, his latest novel to be rendered into an exquisite Kafkaesque-Borgesian-Nabokovian-Cortázarian—or, let’s just say, bonafide Vila-Matasian English by Sophie Hughes and Annie McDermott. Like much of the Nobel contender’s work, Montevideo’s humor develops via first-person digressions that lead the reader through a labyrinth of allusions, referencing writers both real and imagined. In only the first several pages, there is a long litany of appearances: Lucy Sante, Emil Cioran, Ricardo Piglia, Herman Melville, Miklós Szentkuthy, Antonio Tabucchi, Roberto Bolaño, Laurence Sterne, and a certain Madeleine Moore. The list expands quickly, and some of the mentioned begin to establish themselves as not only the friends and heroes of the unnamed narrator, but part of the author himself. Per usual, Vila-Matas revels in blurring reality with fiction: “. . . any written version of a true story is always a kind of fiction—the moment the world is arranged into words, it is fundamentally altered.”
The narrator (possibly a stand-in for the “real” Vila-Matas) loves
literature despite suffering a bad case of writer’s block—or rather
“Rimbaud syndrome,” a condition examined in a previous novel by the
narrator, Virtuosos of Suspense, that “. . . became a nightmare
. . . buried under my skin like the apple Gregor Samsa’s father threw
at him,” and which bears a striking resemblance to Vila-Matas’s own Bartleby & Co.
It speaks to the author’s mastery, then, that these perception-games
welcome the reader into the text’s meandering trails instead of
alienating them, threading a thrill into the minimal yet potent plot and
the offbeat characters.
Montevideo is divided into six distinct and cohesive
sections, each named after places that the fictional author visits (in
one way or another): Paris, Cascais, Montevideo, Reykjavík, Bogotá, and
Paris again. The chuckles begin during the first section, in which a
younger version of the narrator moves to the City of Light with hopes of
writing something “lost-generation style,” but ultimately fails to do
so and ends up dealing drugs, “. . . overcome, what’s more, by a sudden
indifference to culture more generally; an indifference that cost me
dearly in the long run and was even reflected in the oafish title I gave
to my account of those turbulent times: A Garage of One’s Own.”
He goes to “lousy parties, albeit with plenty of red wine,” and always
leaves his acquaintances with a goodbye that only he finds funny: “Did
you know I’ve stopped writing?” This eccentric, essayistic, wryly
existential sense extends throughout the sections, but especially here,
the anecdotes featuring his friends Tabucchi and Moore (an artist turned
writer who seems to me completely fabricated), are as sharp as a quill.
The title section, my favorite and arguably the most entertaining,
centers around the narrator’s casual interest in Julio Cortázar’s
atmospheric short story “The Sealed Door”; as he admits, he is no
Cortázar afficionado, but his curiosity grows into a “Cortazarian
paranoia” after he visits the Cervantes Hotel in Montevideo, Uruguay.
Surprised to learn that the hotel staff have no idea Cortázar had set
his story in Room 205, with its mysterious door leading to another room
where a baby’s strange crying persists throughout the night,
Vila-Matas’s narrator enters the story within the story, and despite not
setting out to write about his experience, he ends up writing about his
experience of not writing about his experience.
Like Nabokov’s Pale Fire, Sterne’s Tristram Shandy, and the Icelandic sagas, Enrique Vila-Matas’s Montevideo
defines literature as potentially infinite, even in its foolishness to
be immortal, and that such an affinity for infinity can lead its
followers always into another room, another book, another life, ad
infinitum—that is, if it does not cast one into the abyss.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Reseña de Jason Gordy Walker sobre MONTEVIDEO [Yale University Press]
[Del libro E-mails con Roberto Bolaño. —-AUTOR: JJ Maldonado
Publicado por Seix Barral, Perú]
Cada vez que veo esta fotografía, me
pregunto lo siguiente: “¿A quién mira Enrique Vila-Matas?”. La respuesta, al
menos para mí, es un misterio. Cualquiera diría que el barcelonés mira al lente
de la cámara, al instrumento de aquel anónimo fotógrafo que sacó la imagen en
la Calle Rosellón 343 de Barcelona, un viernes 11 de junio de 1954; o diría que
mira, ese mismo día, el sombrero del fotógrafo o, quizá, un dibujo distractor
exclusivo para niños que sufren de hiperactividad. Lo pienso, pero por ahí no va
el asunto. Nadie con tres dedos de frente podría aceptar tantas simplezas. Y
eso porque el niño Vila-Matas está mirando algo más, una cosa, sustancia o
concepto que se escapa de nosotros y que en los últimos años he intentado
descubrir como un desesperado Ahab. He analizado la foto, la he agrandado hasta
la desfiguración, he lanzado mis arpones conceptuales, he utilizado una lupa
para ver la dirección exacta de los ojos del niño –su reflejo, su propia
captura–, pero todo ha sido en vano.
El escritor francés Pierre Michon,
pensando en una fotografía que William Faulkner se sacó en 1931, en
Mississippi, señala que el autor de Luz de agosto está mirando –en esa
foto– algo que nosotros no podemos ver: un elefante. ¿Y qué es ese elefante? Es
Faulkner; es, en otras palabras, la Literatura. Porque, nos dice Michon, hay un
elefante llamado Shakespeare, un elefante llamado Melville, un elefante llamado
Joyce, y por eso el joven William Faulkner supo que no tenía otro remedio que
convertirse personalmente en elefante para así tumbar a esos otros monstruos de
colmillos gigantes. Ante el clic de la cámara, Faulkner miró a su yo elefante y
desde entonces no hubo vuelta atrás.
Siguiendo
esta caprichosa idea michoneana, me pregunto: ¿Enrique Vila-Matas está mirando
a su propio elefante? ¿Acaso está viéndose así mismo? La respuesta, por ahora,
es no.
Escogí esta fotografía, y no otra, porque
creo que representa el principio, el íncipit vital de Enrique
Vila-Matas. Podría haber optado por las estupendas fotos que Daniel Mordzinski
le hizo al autor de Suicidios ejemplares –aquellas donde sale con lentes
de sol y con una gabardina que esconde en su interior dos hileras de retratos–,
o por las fotos en las que sale fumando y con pinta de vampiro durante su etapa
de director de cine, pero no, finalmente me decidí, hace ya varios años, por la
que le sacaron en 1954 en la Calle Rosellón. La foto por sí sola es
inquietante. Un pequeño Vila-Matas, muy formal con su camisa dalton blanca, la
corbatita a medio cerrar, el chaleco sin cuello y el pantalón de lino –que lo
imagino corto–, en pose de accidentado monarca, no expresa emoción alguna.
Inquieta que a esa tierna edad el niño tenga la misma seriedad que un
pantocrátor o un archimandrita en plena liturgia. ¿Qué es, pues, lo que lo ha
dejado tan adusto? ¿Qué fuerza material o metafísica ha captado toda su atención?
No lo sabemos. ¿Lo sabe, tal vez, el dueño de esa mano que coge su cuello e
intenta jalarlo, desviarlo de aquello que lo hipnotiza? Me inclino por la
respuesta negativa.
A veces pienso que esa fotografía, a
diferencia de las muchas otras en donde aparece Enrique Vila-Matas –incluso en
una que sale de niño, quizá a la misma edad, leyendo concentradamente una
revista– posee una retórica propia, y que eso me hace ver en ella el relato
documental de un asesino en serie, la revelación de un anticristo reencarnado o
la estampa de un antiguo príncipe caído en desgracia. Una vez le enseñé la
fotografía a una reportera de televisión con la que salía y le pedí su opinión.
Me dijo que el niño le parecía el hijo menor de un capo de la mafia y que, de
seguro, ya se había cargado a todos sus hermanos para hacerse con el clan.
También le mostré la foto a un taxista conversador de Madrid y, sin siquiera
meditarlo, me dijo que el niño era un nazi, uno de esos infantes adoctrinados
por las Waffen-SS que habían sido enviados fuera de Alemania para continuar con
la expansión de los ideales hitlerianos. Un fotógrafo, un poco más realista, me
dijo que el niño de la foto era el retrato de un famoso prelado de Europa que
había dado su vida por la Sola Scriptura. Y mi madre, sin ambages, me dijo que
el pequeño Vila-Matas era el pasado de un actor porno que impactó a toda su
generación.
Con respuestas como estas concluí que ver
esa fotografía era como verse a sí mismo y hacer de nuestra imaginería una
realidad. Quizá por eso A. G. Porta tituló uno de sus libros, con mucha
inteligencia, Me llamo Enrique Vila-Matas, como todo el mundo. Pero ni
siquiera así, llamándome Enrique Vila-Matas, he podido descubrir qué mira ese niño que tiene el nombre de todo el mundo.
No es a su elefante al que mira, desde luego, porque a diferencia de Faulkner,
que ya estaba adulto y que ya era escritor cuando le sacaron su fotografía,
Vila-Matas apenas rozaba los seis años y no tenía forma de saber que había unos
elefantes llamados Laurence Sterne, Herman Melville, James Joyce, Robert Walser
y Franz Kafka, a los que a fuerza tendría que montar –o mantear a lo Cervantes–
para convertirse en Shandy.
Pero si no es un elefante lo que ve el
niño Enrique Vila-Matas, ¿entonces qué diablos mira?
Ni el fotógrafo ni el modelo ni el
acompañante de la imagen saben que de su peculiar conjunción nacerá la
incógnita que me persigue desde hace mucho tiempo. ¿Cuándo fue la primera vez
que me pregunté qué observaba Enrique Vila-Matas en la fotografía de su niñez?
Creo que fue durante mi visita a Charleville, mientras me dedicaba a buscar la calle
Rimbaud del propio Arthur Rimbaud. Al no encontrar nunca esa dichosa calle
y al sospechar, entre maldiciones y carajos, que la calle Rimbaud era un
estado mental y no un trozo de asfalto, me sentí estafado y estúpido, y
aproveché el momento para echarle toda la culpa de mis gastos a Enrique
Vila-Matas. Ya de vuelta a mi hotel, releí su artículo “La calle Rimbaud” y,
antes de mandarle un e-mail amenazante por todos los daños y perjuicios,
vi, en un apartado de la web, la pequeña foto y mi furia se convirtió en
maravilla. No era la primera vez que veía la imagen, sin duda, pero en ese
instante me pareció muy novedosa, completamente inédita, pues observé en ella
algo que antes se me había pasado de largo en otras ocasiones: la mirada de
Enrique Vila-Matas.
Desde ese instante no he parado y la
fotografía me acompaña a todas partes, incluso a mi propia calle Rimbaud,
la cual terminé por descubrir y por colocar, en cada una de sus puertas, la
foto del pequeño Vila-Matas bajo un rótulo que dice: “Se busca”.
Todos los personajes de Enrique Vila-Matas
están enfermos de literatura y no quieren curarse, aunque a veces digan lo
contrario. Tras reflexionar mucho sobre este asunto, he llegado a la sabia
conclusión de que no solo son los personajes de Vila-Matas los que están
enfermos de literatura, sino también lo están sus lectores, y sus editores, y
sus agentes, y sus amigos, y su familia, y sus reseñistas, y sus haters,
y sus fans, y todos los que orbitan alrededor de él y que saben, de alguna
forma u otra, que la literatura los va a llevar a la tumba. ¿Existe alguna cura
para esa enfermedad? Responde el hipotético Montano: sí, la felicidad del no
escribir, la tranquilidad del no mirar.
Enrique Vila-Matas niño mira lo que tú y
yo no podemos ver. En esa mirada hay un momento biográfico o histórico, cuya
duración no se logra medir en los segundos de un clic de cámara, sino solo en
relación al espacio de toda una vida, incluso al de un futuro que todavía no
existe. Lo que mira le dice, a través de su propio lenguaje, algo que
posiblemente escapa de su propio entendimiento, pues Vila-Matas está demasiado
joven como para comprenderlo o asimilarlo. Así como el rey Josías de Juda –a
los ocho años– mira absorto al profeta Jeremías mientras este le suelta una
profecía ininteligible, el pequeño Vila-Matas mira confundido aquello que
posiblemente nunca se nos revelará. Y eso lo sé porque la mirada no es
silencio, sino todo lo contrario: es elocuencia pura. Pero hay que saberla
interpretar, aunque cueste demasiado. Creo que fue John Berger quien dijo que
la mirada es la escritura de los ojos, y que, a veces, el lenguaje de esa
escritura tiene más importancia que el lenguaje de la palabra. Así lo prueba la
fotografía del niño Enrique Vila-Matas.
Pensando en la mirada, he ido a parar en
el caso de Jean Paul-Sartre, más conocido en Lima como el “Ojo Loco”. En toda
la obra de este escritor debe haber más de cinco mil referencias a la mirada.
Annie Cohen-Solal, su estupenda biógrafa, apunta que ese exceso con la mirada
tal vez tenga una connotación muy psicológica por la intensa fobia que Sartre
tenía con su propia imagen. El autor de La nausea perdió el ojo derecho
a los cuatro años, sufría de estrabismo divergente y estaba afligido por su
miopía y fealdad. En otras palabras, no quería ni mirarse. A los 77 años tuvo
una trombosis venosa en su ojo izquierdo y la fobia empeoró. “El infierno son
los otros que nos miran”, decía cuando, realmente, él era su propio infierno
tan temido al mirarse en el espejo o en una fotografía. Sin embargo, hay una
frase suya que me interpela. Es la siguiente: “La mirada ajena, la mirada del
otro se me escapa, ya no soy dueño de la situación”. Eso es lo que me pasa al
ver la foto de Enrique Vila-Matas. Su mirada se me escapa. Ya no puedo ser más
dueño de esta horrible situación.
Una vez, hace mucho, le mandé un e-mail
a Enrique Vila-Matas para preguntarle qué estaba mirando en esa foto. Al cabo
de unos días me respondió diciendo que no iba a pagarme su deuda y que lo sentía,
pero iba con prisas, porque salía de inmediato hacia las ruinas de Pula, donde –ya
sabría disculparle– lo había dispuesto todo para suicidarse esa noche.
Me quedé estupefacto. Por prudencia, no le
dije nada a nadie, y escribí en respetuoso silencio un obituario para
adelantarme a cualquier periodista cultural. Unos días después, mientras
esperaba la noticia de su muerte, me sorprendió uno de sus habituales artículos
en El país. Entonces supe que me habían tomado el pelo. En su texto,
Enrique Vila-Matas decía que, durante su breve estancia en la bahía de Nora, se
había dedicado a responder humorísticamente algunos e-mails sin leerlos.
Quería imitar y homenajear así a Eric Satie, pianista francés que nunca abría
las cartas que recibía de sus fans o amigos, pero que igual las contestaba
todas.
En el listado de respuestas que Enrique
Vila-Matas adjuntó a su artículo, vi el e-mail que me había enviado.
Estaba idéntico; sin una coma más, sin una coma menos. No supe qué decir. Sobre
todo cuando al cierre de su texto se despidió con la promesa de que no volvería
a revisar un solo e-mail durante lo que le quedara de vida. All the
rest is silence.
Después de leer a Enrique Vila-Matas, es
imposible volver a leer otros libros de la misma forma, incluidos los libros
del propio Vila-Matas. Y esto se debe a que una de las lecciones más
significativas del magisterio del escritor barcelonés es, para suerte nuestra,
la de mirar la literatura desde otro ángulo, desde otra puerta, fuera de
convencionalismos y de lugares comunes, y fuera, también, de las teorías,
síndromes y enfermedades literarias que el mismo autor suele inventarse en cada
libro. En otras palabras, lo que nos enseña Vila-Matas es a mirar distinto. Eso
puede ser algo muy valioso, pero también una desgracia. Miren mi caso. Deliro
por mirar diferente la foto de alguien que mira, como nadie, la mirada del
mundo, la mirada de todas esas fuerzas extrañas que hacen la literatura.
“¿Qué hay tras la ventana?”, decía Roberto
Bolaño en Los detectives salvajes. “¿Qué hay tras la puerta?”, dice
Enrique Vila-Matas en Montevideo. Yo, desde mi humilde y polvorienta calle
Rimbaud, digo ahora: “¿Qué hay tras la mirada del niño de la foto?
Descubrir ese misterio o, mejor aún, inventarlo, creo que es lo que me está
convirtiendo en escritor en contra de mi voluntad. Qué desgracia, la verdad.
Siento que pronto me saldrá la penosa joroba del narrador de Bartleby y
compañía.
Podríamos llamar “Estética del claroscuro”
a ese tipo de imágenes que, como en el caso de la fotografía de Enrique
Vila-Matas, guardan una fuerte incógnita que no se puede resolver o
desentrañar. Pienso, por ejemplo, en todas las pinturas o fotos en las que
aparece Rimbaud. ¿Qué es lo que mira el genio de Charleville en esas estampas?
En Rimbaud el hijo, Pierre Michon especula que en ese famoso retrato que
le hizo Étenne Carjat, Rimbaud no miró una maceta en la que su planta se
encaramaba hacia octubre y quemaba su carbono, sino que divisó al vigor del
futuro, a la capitulación literaria, a la Pasión poética, a la Temporada y
a Harar, a la sierra sobre su pierna en Marsella, y seguramente, dice Michon,
miró a la poesía con total petulancia como en otro tiempo, en ese mismo lugar,
quizá incluso en la misma silla, se sentó Baudelaire para mirar todo lo que el
pobre niño no miró.
Podría pensar que eso también sucede con
las fotografías en las que aparece Jim Morrison o el gordo Balzac o Virginia
Woolf. ¿Qué mira, pues, la autora de Orlando en las fotos que le sacó su
esposo Leonard Sidney Woolf? Puede ser que e qué mira ese niño que tiene el
nombre de todo el mundo sté mirando la violencia del río Ouse, pero no el mismo
río que la mató, sino el río Ouse que era su mente, ese caos que ni siquiera la
propia literatura pudo ordenar. ¿O es que estará mirando su deseada habitación
propia? ¿O su apasionamiento bisexual?
Toda esta “Estética del claroscuro” se
repite en las fotos de Pierre Michon, de Samuel Beckett, de William Faulkner,
de James Joyce, de Flannery O´Connor, de César Vallejo, de Martín Adán, de
Margarite Duras, de Julio Ramón Ribeyro, de Shirley Jackson, de Franz Kafka, de
Robert Musil y, por supuesto, de Enrique Vila-Matas. Estas fotografías,
doblemente porosas, permiten evocar no solo los “dos cuerpos del rey”, sino
también otras imaginerías de potente magnitud. Así, la propia imagen se
convierte en un relato permanentemente abierto, en una inmensa amalgama de
datos inventados, de materiales no reconocibles y de procesos de origen diverso
y de sentido siempre relativo e incierto. Es decir, en la “Estética del
claroscuro”.
Paul Valéry nos dice: “Reflexionar sobre
la mirada del otro no es más que reflexionar sobre la mirada de uno mismo”.
¿Pero es realmente Valéry quien nos regala
esta frase? ¿O no es más que una frase mía que hago pasar por una de Paul
Valéry? ¿Y si es una frase de Valéry que paso por mía? ¿O si es una frase de mi
madre que adjudico a Valéry y, luego, me la atribuyo a mí? ¿Y si todo ocurre
todo al revés, siendo una frase mía que asigno a Valéry y que, finalmente, este
concede a mi madre? ¿Y si la frase, para ser más exactos, no existe? Esta
chanza literaria es Enrique Vila-Matas en estado puro.
Viajé a Barcelona para averiguar, de
primera fuente, qué era lo que miraba Enrique Vila-Matas en la fotografía que
tanto me perturba. Aunque hice todas las averiguaciones posibles, no llegué a
dar con la respuesta. Ni siquiera el día que conocí al propio Vila-Matas y le
pregunté a boca jarro qué diablos estaba mirando en esa foto.
Aquel desdichado abordaje se hizo
manifiesto en los interiores del bar Belvedere. Luego de una presentación de
Federico Falco en La Central de la calle Mallorca, encontré al escritor
barcelonés en la terraza del bar tomándose una copa con Paula de Parma y con
Rodrigo Fresán. Los tres parecían muy felices y muy jóvenes y muy vampíricos,
en especial el inventor de los Shandy, quien llevaba las solapas de su abrigo
levantadas y la piel extremadamente pálida. Tuve ganas de abrazarlo allí mismo,
pero me contuve porque tenía una misión. De modo que pedí un vermut en una mesa
lejana y esperé que el escritor fuera al baño para interceptarlo en el camino.
Demoró sus buenos cuarenta minutos hasta
que al final se levantó y, con su enorme abrigo que le tapaba todo el cuerpo,
empezó a subir las gradas del zaguán del Belverede como si estuviera flotando.
Salí a su encuentro y a la altura de la barra le bloqueé el paso. Enrique
Vila-Matas quedó asombrado frente a mi temeridad. Era más alto de lo que me
imaginaba y parecía más vampiro que el propio conde Drácula en la Noche de
Walpurgis. Retrocedí un poco indeciso, pero Vila-Matas continuó mirándome con
esa misma intensidad con la que miraba en su fotografía de niño en la Calle
Rosellón.
–Con permiso –dijo.
Lo dejé pasar, aunque al instante me
arrepentí.
–Espere –ordené.
Enrique Vila-Matas volteó y creí ver unos
colmillos en su boca. Me sentí como en una de esas extrañas novelas de Irlanda
en las que todo puede pasar. No me hubiera sorprendido que el catalán saliera
volando del bar si le mostraba un crucifijo. Pero en lugar de una cruz tenía su
fotografía –la cual siempre cargo conmigo, por si acaso–, y eso fue lo que le
mostré.
–¿Qué es esto? –dijo el escritor, pasmado.
–Es mi maldición –contesté.
El autor de Doctor Pasavento me
arrebató la foto con una de sus garras y se quedó mirándola.
–Este de aquí soy yo –dijo.
–En efecto.
–¿Y de dónde lo sacaste?
–De mis lecturas –respondí.
El vampiro parecía confundido, casi como
si le hubieran clavado una estaca bañada en agua bendita en la pierna y no en
el corazón. Yo también estaba confundido, y ansioso y medio borracho, aunque no
había tomado más que un vasito de vermut.
–Escuche –dije–, solo quiero hacerle una
pregunta para dejarlo en paz. ¿Qué mira usted en esta fotografía?
Vila-Matas observó mejor la imagen y al
instante entendió el sentido de mi pregunta.
–Miro lo que tengo que mirar –respondió.
Me quedé en shock. Sin darme cuenta, el
vampiro de los Shandy había empezado a chuparme la sangre. Vila-Matas agregó:
–Y aquello que miro, me mira a mí también.
–¿Y qué es eso? –dije–. ¿La literatura?
El novelista se rio.
–No –dijo.
–¿Acaso somos nosotros sus lectores?
–Tampoco.
–¿Se mira a sí mismo?
–Menos.
–Ya sé. Está mirando al estilo y el estilo
le devuelve la mirada.
Enrique Vila-Matas se quedó pensando un
rato, luego dijo:
–Bueno, eso puede ser. Pero no.
–¿Entonces qué diablos está mirando usted?
–La verdad, no lo sé. Y está bien que sea
así, pues esa es una mirada que no conviene destrozar comentándola. Creo que
todo el mundo puede entenderla, ver –desde su centro – hacia donde apunta esa
mirada.
–Entonces debo ser el único pobre diablo
en no entenderla para nada –dije.
–¿Pero por qué quieres entender esa
mirada?
–Porque si no entiendo una mirada, no
podré entender el mundo, y si no entiendo el mundo, no podré entenderme a mí
mismo.
–¿Esa no es una frase mía?
–No –dije–. Es mía.
–¿Cómo te llamas?
–J. J. Maldonado –dije.
–Bueno, Maldonado, voy con prisas. Ha sido
un gusto.
–Oiga, ¿usted siempre va con esas prisas?
–pregunté pensando en el e-mail que me había mandado desde el poblado
fenicio de Pula.
–Sí. Y la culpa de eso lo tiene Duchamp
–contestó Vila-Matas misteriosamente.
–Solo deme algo, por favor; cualquier
respuesta para estar al fin en paz –rogué– ¿Qué es lo que mira en esa
fotografía?
–Eso debe descubrirlo usted mismo,
Maldonado.
–Se lo suplico…
– I would prefer not to.
–Por favor.
–Vale –dijo–. Lo que veo allí es un punto
de vista. Ahora, con su permiso, paso a los servicios.
–¿Lo puedo acompañar?
–Por supuesto que no –dijo Enrique
Vila-Matas.
Quedé mucho más desorientado que al
principio. Todo mi viaje transatlántico había sido en vano. Salí tambaleante
del Belverede y escuché a mis espaldas las risas de Fresán y de Paula de Parma,
como si se estuvieran burlando de mi desgracia. Entonces eché a correr hacia mi
piso con la siguiente frase de Vila-Matas rondando en mi cabeza: “Lo mejor de
la vida es viajar y perder las teorías, perderlas todas”.
¿Imitar a Enrique Vila-Matas, sustituirlo,
es cometer un suicidio literario, un suicidio ejemplar? Creo que no. Su cuento Sucesores
de Vok ironiza sobre eso y explica cómo podrían repartirse la herencia
literaria Shandy unos cuantos escritores con sus respectivos “estados de
serenidad”. Bajo ese contexto, pienso en algunos narradores que han logrado
aprehender mejor que nadie las lecciones del Bartleby barcelonés: el británico
Lars Iyer en Magma, por ejemplo; o el catalán Albert Forns con su novela
sobre Albert Serra; o los norteamericanos Ben Lerner en Saliendo de qué mira
ese niño que tiene el nombre de todo el mundo la estación de Atocha y Tom
Drury con The Driftless Area; o las españolas Elisa Rodríguez Court con
su espléndida Decir noche y Alicia Kopf con Hermano de hielo. Y
yo, el peruano J. J. Maldonado, ¿soy vilamatiano?, ¿soy acaso un sucesor de
Vok? Creo que no, pues para mi desgracia, mi única influencia soy yo mismo.
Ayer vi a un shandy por Paseo Colón; lo
seguí un rato, hasta la avenida Wilson, pero al final lo dejé ir.
El 31 de marzo de 2018 me invitaron, junto
a un puñado de amigos escritores, periodistas y críticos literarios, a la Casa
de la Literatura Peruana para dar una conferencia sobre Enrique Vila-Matas por
sus 70 años de vida. Acepté el encargo un tanto desasosegado, pues sentí que ya
se había dicho demasiado sobre el autor de Aire de Dylan y que yo, J. J.
Maldonado, no tenía nada nuevo qué decir. Mis amigos, por el contrario,
parecían unos locos entusiastas y no los vi para nada preocupados pese a que el
organizador del evento nos advirtió de que expondríamos durante veinte minutos
exactos; ni uno más ni uno menos.
En los días previos al congreso intenté
redactar un texto, pero me di cuenta enseguida de que nunca lo terminaría. No
solo era la falta de ideas lo que me volvía inútil, sino también mi pereza, mi
falta de estilo, mi terror al abucheo, mi pequeñez frente a un público leído y
a unos exponentes especialistas en Vila-Matas en quienes no funcionarían mis
patéticos blufs. Pensé en rechazar el encargo, pero lo hice muy tarde y ya era
imposible dar vuelta atrás. Me pareció que podía inventarme una entrevista con
Enrique Vila-Matas y leerla en público, pero mis intentos fueron un desastre.
En vez de parodiar la voz del catalán, parecía estar haciendo un homenaje al
oscuro Tongoy de El mal de Montano.
Cuando finalmente llegó el día del evento,
no tenía una sola línea preparada. Nunca había sentido tanto miedo en toda mi
vida. Estaba horrorizado. Para excusarme, imaginé diversas formas de
accidentes. Podía dejarme atropellar por los taxis informales de Lima, o sufrir
una cuchillada por causa de un asalto. También podía surgir un imprevisto
doméstico como el corte de un dedo o un brutal golpe en la frente al igual que
Dahlmann en El sur de Borges.
Ya estaba decidiéndome por el corte de un
dedo, cuando me acordé de la fotografía de Enrique Vila-Mas y, por defecto, de
mi obsesión por su enigmática mirada. Aunque no era un gran tema, por lo menos
tenía un planteamiento novedoso. Imprimí la fotografía y decidí improvisar
algunas respuestas a partir de la pregunta “¿A quién mira Enrique Vila-Matas?”.
Luminoso, despreocupado, me presente a la Casa de la Literatura Peruana
pensando que tenía el asunto bajo control.
Como todo el mundo sabe, al frente de la
Casa está el famoso bar Cordano, búnker de Martín Adán y punto ideal para
tomarse unas copas. En las terracitas de aquel sitio encontré a varios de mis
colegas intercambiando pareceres sobre Vila-Matas y sobre la literatura en
general. Me senté con ellos y no tuve mejor idea que zamparme unos chilcanos
con el estómago vacío. Mi propia incompetencia en esos menesteres hizo que, en
menos de media hora, terminara tan borracho como Alfredo Bryce Echenique.
Para cuando el evento comenzó, no sabía ni
quién era y había olvidado todos mis puntos de referencias con respecto a la
fotografía de Enrique Vila-Matas. Recuerdo que me precedieron cuatro
expositores que cumplieron su deber a cabalidad, sacando aplausos y
aprobaciones del público presente. Yo estaba sentado en su misma mesa y hacía
como si atendiera a todo lo que decían, asintiendo muy risueño, carcajeando de
sus private jokes, encantado con su inteligencia, satisfecho de estar en
una mesa llena de shandys y cronopios.
Al llegar mi turno, acepté de buen grado
el pase de palabra y mostré a todos –como una pancarta de protesta– la
fotografía del niño Enrique Vila-Matas. Luego, me quedé en blanco. Estuve así,
por casi quince minutos, ante la incomodidad absoluta de la gente. Algunos
pensaron que era una suerte de performance; otros, que yo era un
perfecto imbécil y un horrible borracho. Me faltó muy poco para quedarme
dormido, pero de pronto, en medio de mi borrachera, empezaron a surgir las
palabras y las ideas, y no sé en qué cesura poética, no sé en qué estado de
reanudación, no sé en qué especie de torpe imitación al buen Montano, le di la
vuelta al “preferiría no hacerlo” y me despaché con cada una de las frases que
concatenan este texto, esta conferencia que ahora lees, que ahora leemos, y que
empieza así: “Cada vez que veo esta fotografía, me pregunto lo siguiente: ´¿A
quién mira Enrique Vila-Matas?´. La respuesta, al menos para mí, es un
misterio”.
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EL YO, de Phillip Lopate. Editorial Gris Tormenta.
Maestro absoluto de los estudios sobre el género
ensayístico, Phillip Lopate (Brooklyn, 1943) selecciona fragmentos (cinco) que
mejor representan para él “la conciencia de las cosas” y la presencia del Yo en
algunos de los mejores ensayos de la historia. El prestigio de Lopate es
indiscutible desde que publicara (increíblemente no traducido entre nosotros) El
arte del ensayo personal.
En El Yo los fragmentos son de Montaigne
(¡cómo no!), de Charles Lamb, Dostoievski, Nancy Mairs y de Natalia Ginzburg,
como siempre extraordinaria: “Solo a ratos, del fondo de nuestro cansancio,
surge en nosotros la conciencia de las cosas, tan punzante que hace que se nos
salten las lágrimas; tal vez miramos la tierra por última vez”
Es curioso el caso de Lopate. En nuestro país le han
traducido dos excelentes novelas en Libros del Asteroide: El mercader de
alfombras y Segundo matrimonio. Pero El arte del ensayo personal brilla
por su ausencia. Cosas que pasan, como la sorprendente aparición del Yo, por
ejemplo, en muchos de nosotros. Escribe Lopate en el prólogo a su selección de
textos en Gris Tormenta: “Sé que cuando era niño no tenía este yo tan escarpado
que ahora tengo; entonces, ¿cuándo y cómo fue que apareció? Recuerdo que John Dewey
escribió que el ser no es algo que esté hecho previamente, sino algo que está
en constante formación por las acciones elegidas” Y atención a lo que a
continuación subraya Lopate en su prólogo: las lecturas que realizó en la
adolescencia contribuyeron a moldear su carácter. Ojo pues a lo que leamos en
los primeros años, porque si tragamos solo bazofia corremos serios riesgos de
acabar no siendo ni siquiera capaces, como lo era el bien educado Montaigne, de
aceptar nuestras flaquezas y contradicciones con regocijo y ecuanimidad.
JAMES JOYCE, de Edna O´Brien. Cabaret Voltaire editorial.
Narrar con sencillez la compleja
aventura vital de James Joyce. Para algo así, potencialmente, no había persona
más idónea en el mundo que su compatriota la gran Edna O’ Brien. Y ocurrió,
sucedió, no sé cómo fue, tal vez hubo –entiéndase literalmente–una conjunción
de astros. Y en 1999 apareció la biografía de Joyce, escrita por O’ Brien, el
libro que ha llegado este año a nosotros traducido por la gran Cruz Rodríguez.
Mientras escribo esto, no dejo ni por un momento de
olvidarme de la detallada relación de accidentes que O´Brien conoce y analiza y
que llevaron a Joyce a tal confusión emocional que rompió para siempre su
relación con Dublín. ¡Y pensar que él decía que los genios nunca sufrían
accidentes!
Está claro que no hubo nadie más adecuado para hablar de Joyce que la mejor escritora irlandesa de todos los tiempos, alguien que le conocía bien y que, como prueba de que sabia cómo era el genio, se muestra en su delicioso y profundo texto alérgica a los discursos académicos que con tanta frecuencia genera el culto a Joyce. El retrato que O´Brien nos ofrece de éste es tan alegre como crudo a la vez. Y es una maravilla la elección que sabe hacer de las tres mujeres más importantes de la vida del autor del Ulises: Nora Barnacle, Sylvia Beach y Harriet Shaw Weaver. A no olvidar su profundización en el férreo compromiso de Joyce con el arte literario. Un compromiso que hoy, tal como van las cosas, a más de un lector le puede dejar tieso de la sorpresa.
COLECCIÓN PERMANENTE, de María Negroni
La singularidad de María Negroni.
Sus extraordinarios desafíos a lo convencional. Sus prosas breves en conexión
permanente con la Gran Poesía. Me siento próximo al sentido y sinsentido de su
escritura y a la idea genial de reunir citas literarias con preferencias en
ellas por el desvío, por lo incierto, por los reportajes apócrifos, por su
sabiduría a componer en un museo personal su propia ética, por descolgarse de
pronto con un Canon de la Heterodoxia y con estas palabras que fácilmente
suscribiría: “Me interesan las escrituras poliédricas, los libros descentrados
que no se parecen a nada, no encajan ni siquiera en el canon de la
heterodoxia…”
Me siento próximo a la
calificación de “permanente” que le da Negroni a su Colección. Detengámonos en
ese adjetivo. Ya decía Schopenhauer que hay en todas las épocas —como cabía
esperar, suenan sus palabras como escritas ahora— “dos literaturas que caminan
de una manera bastante independiente, la una respecto a la otra: una literatura
verdadera y una puramente aparente. La primera se desarrolla hasta alcanzar la
categoría de duradera. La otra, cultivada por gentes que se hacen pasar por
escritores, va al galope a través del ruido y de los gritos de aquellos que la
practican, y presenta cada año millares de obras en el mercado. Pero al cabo de
unos años, uno se pregunta: ¿Dónde están? ¿Qué ha sido de su renombre tan
rápido y ruidoso? Así es que puede calificarse a esta última como literatura
pasajera y a la otra como literatura permanente”
Un aforismo de Jules Renard que,
como icono de la volatilidad de la literatura pasajera, entraría perfectamente
en el museo de Negroni: “Un escritor muy conocido el año pasado”. En fin, un
libro muy recomendable incluso para los lectores que no entienden los libros
fáciles, e incluso para aquellos que no saben que, como decía Steiner, los
poemas nuevos no son más que viejos poemas momentáneamente olvidados.
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1.- La obra entera de Enrique Vila-Matas se diría un homenaje a sí mismo,
cuando es un homenaje a la mejor literatura. Su complicidad con las formas de
autoficción no alcanza a la prevalencia de su complicidad con las obras ajenas.
2.- La materia literaria de su obra no es sino la literatura misma.
Vila-Matas entiende mejor que nadie que literatura es connivencia con la
literatura y comentario de la literatura. Su obra es un palimpsesto.
3- Su narrativa es un conjunto de historias abreviadas de la literatura, de
historias de la literatura y de Historias de la literatura. Funciona como una
maravillosa poliantea.
4.- Vila-Matas es hijo primogénito y privilegiado de Las Vanguardias, de su
ludismo crónico y de sus imprescindibles excentricidades. La bendita broma
infinita.
5.- Transmuta su mitomanía literaria en mitografía literaria.
6.- No concibe la escritura sino como el final del alambique que destila sus
lecturas. Nadie puede copiar su estilo: solo un genio puede citar sin descansar
y que la cita exhiba el valor de su connaissance
y no la torpeza del mero alarde huero.
7.- Léanse sus grandes libros como enciclopedias shandys:
ontologías de la creación, reflexiones sobre la narración, barruntos sobre el
valor infinito de lo que no se ha escrito aún, las virtudes del proceso frente
al producto y las cualidades de la potencialidad frente a conclusión.
Vila-Matas piensa en su arte. Vila-Matas piensa en el arte.
8.- De la solidez de una obra antojadiza, poliédrica, heteróclita, voluble y
fragmentaria. El autor de Bartleby y compañía convierte
la cultura en una seductora atracción fatal.
9.- De la escritura como una liturgia. De los géneros como invitación a
incumplirlos. De su obra como perpetuo work in progress
y como árbol genealógico que, como ramas, contiene todos sus libros.
10.- Como Don Enrique dijo en una ocasión haciéndose eco de Don Vladimir, lo
mejor de la biografía de un autor es la historia de su estilo. Y la historia de
su estilo es como la naturaleza de su obra: un tobogán vertiginoso desde el
que, mientras piensas la literatura, la ves pasar a tu alrededor.
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¿Novelas sobre Barcelona? ¿Cómo decirlo? Tal vez me alcance con este verso
de Mallarmé: “Nada habrá tenido lugar salvo el lugar”.
De esa ciudad, en 1932, se ocupó a fondo, como nunca antes se había visto,
Josep María de Sagarra en su novela Vida privada. Le dio al lugar una
indestructible categoría literaria, al tiempo que creaba un terremoto que golpeó
de lleno a la aristocracia catalana: una sacudida similar a la que en el Nueva
York de los 70 ocasionó la aparición de Plegarias atendidas, de Truman
Capote.
Si trato de imaginar qué pudo suceder para que hubiera tanto asombro y
escándalo, me respondo: Que no había costumbre. Porque la novela de Sagarra fue
una inesperada, demoledora crónica social de la Barcelona de principios del
siglo pasado. Una crónica, que de pronto situó a la ciudad en el mapa de la más
alta literatura europea al narrar la transición de la vieja aristocracia a la hipócrita
y tarada alta burguesía.
De hecho, con semejante material, para bien y para mal, Vida privada
(*) ha acabado siendo la madre de todas las grandes novelas sobre Barcelona, la
que creó el género, incluidos los clichés que todavía están ahí y que han
utilizado tantos sucesores de Sagarra. Clichés que a veces vuelven imposible
que se detecten, por ejemplo, novelas de nuevo cuño que no nombran a Barcelona,
pero que hablan sólo de ella.
Para mí está claro que, noventa y tres años después, el asombro y el escándalo
que provocara Vida privada están más que amortiguados, pero sobrevive en
cambio, cada día más, la admiración por el extraordinario ejercicio de
virtuosismo lingüístico desplegado por el autor acerca de ese lugar en el que,
tarde o temprano, nada habrá tenido lugar, salvo el lugar. Lo llamarán
Barcelona.
Vi ayer, debajo mismo de casa, a una buena
mujer que les hablaba en italiano a los pájaros. ¿Por qué hacía eso? Hay muchos
universos extraños alrededor de uno. De Los pájaros, el mítico film de 1963 de Hitchcock, todavía espero
que alguien me explique por qué los pájaros atacan a los seres humanos. Este
verano en Gijón vi cómo las gaviotas atacaban a los clientes en las terrazas de
las bares, pero la explicación de su comportamiento era sencilla: han perdido
el miedo y prefieren la comida de los humanos.
Ahora
bien, donde nunca estuvo claro por qué los pájaros atacaban es en el film de
Hitchcock, el único de los suyos en el que el misterio no se desvela al
final.
–¿Por
qué hacen eso? –seguimos preguntándonos hoy cuando vemos Los pájaros.
Francisco
González Fernández (París 1964), catedrático de filología francesa de la
universidad de Oviedo, ha investigado a fondo el enigma. Y sus imaginativas
pero también científicas explicaciones las encontrará el lector en ¿Por qué
hacen eso? (KRK, 2023): un libro surgido de, cuando sesenta años antes, en la
promoción de Los pájaros, Hitchcock, monarca del marketing en su época, estimuló
la curiosidad del público diciendo que había una “amenaza aterradora acechando
justo debajo de la conmoción creada por las agresivas aves. Cuando la
descubras, tu placer se verá más que duplicado”
¿Una
artimaña para que el espectador creyera que se puede aclarar el ambiguo enigma
de Los pájaros? Avanzo aquí una pista que no hará más que suspendernos
en el bamboleo de un trapecio que habrá de acercarnos y alejarnos a la vez de
cualquier explicación final fiable: Slavoj Žižek dijo que “las aves en la
película son como la plaga en la Tebas de Edipo: encarnan el desorden
fundamental de nuestras relaciones familiares”.
Súbitamente,
a través de estas líneas (bueno, quizás no exista lo súbito, viene siempre de
lejos, aunque creo recordar que para Amelia Gamoneda lo específico de la idea
súbita es precisamente ocultar a la conciencia el trayecto de su advenimiento),
he visto aparecer la sombra de la amenaza aterradora que nos acecha. Y he
pensado en las imágenes de Trump reunido con el asesino de Khashoggi y
exculpándolo.
–¿Por qué hacen eso?
Son
imágenes que me recuerdan cuando en la infancia espiaba las palabras que los
adultos intercambiaban entre ellos y no entendía nada, menos aún el sentido de sus
acciones y decisiones. Lo cierto es que se ha llenado el mundo de unos pájaros
impresentables, de adultos pésimos que parecen sólo expertos en crear estupor.
Últimamente
oigo la pregunta por todos lados, es el signo de los tiempos. Y también la prueba
de que las gaviotas y otros pajarracos han ido ocultando a nuestras conciencias
el siniestro trayecto que ha precedido a su llegada. Y ahora aquí están. Y la
sensación, nada vaga, es de vértigo. Nos vemos obligados a vigilar inquietos
cualquier matiz violento en sus estúpidas voces. Que Hitchcock nos ampare.
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Ahora que lo revertimos todo y que las redes sociales marcan el paso sería interesante revertirlas a ellas también y que por fin viéramos que no es necesario que tengamos una opinión de todo y que lo más probable sea que hasta exista un derecho a no tener opinión alguna. Recuerdo que en Babaouo Salvador Dalí atribuyó al emperador Marco Aurelio estas palabras: “Hoy he dejado de tener cualquier tipo de opinión sobre lo que sea”.
Tiene que ser relajante pronunciar una frase así. Lo pensé ayer cuando me animó saber que Fernando Pessoa no se fiaba ciegamente de sus propias opiniones, ni estaba plenamente de acuerdo del todo con sus propios pensamientos. Y me acordé de la manía de los vanidosos de hablar con sentencias, con un dogmatismo que no deja lugar a la más mínima matización. Tal vez por esto, la semana pasada me dediqué a estudiar la zona más intrincada del mundo teórico de Walter Serner (Manual para embaucadores), la zona en la que especuló con un futuro en el que no habría ninguna opinión, sólo hechos que se sucederían a tal velocidad que ni habría tiempo para comentarlos.Estoico y sobre todo dadaísta, Walter Serner (1889-1934) aconsejaba no mimetizar el lenguaje del contrario, porque equivalía, decía, a caer en la más obvia de las trampas: sumergirse en la misma retórica de los contrincantes y quedar atrapado en un bucle. Serner tenía un instinto especial para buscar la tabla rasa, que es a lo que se dedicaron las primeras vanguardias del siglo pasado al ver que el arte ya estaba inventado y sólo quedaba seguir haciendo obras y tratar de restaurar la posibilidad de rehacer el camino desde el origen.
Sintiéndome identificado con la búsqueda de Walter Serner de
otros lenguajes y de un futuro en el que no habría ninguna opinión, me
ha sorprendido primero y luego divertido ver una conexión entre Serner y Pessoa
o, mejor dicho, entre Serner y el Barón de Teive, heterónimo pessoano con un
único libro La educación del estoico: manual de consejos prácticos para poder encogerse de hombros toda
la vida. El subtítulo de ese libro único –“La imposibilidad de hacer arte
superior”– no puede ser más revelador del desasosiego que tanto trasegaba
Pessoa por toda la Baixa de Lisboa.
Se anuncia para fin de año, con
traducción de Ignacio Vidal-Folch, la biografía de Pessoa en la que Richard
Zenith trabajó una década y se publicó en Nueva York en 2021. Biografía
extraordinaria, ya sólo por contener el “descubrimiento” del verdadero alcance
de la imaginación portentosa de quien, con una multitud de heterónimos o
personalidades errantes, y con el desbordamiento de la autoría unívoca, creó
una literatura entera. “Tengo más almas que una. Hay más yos que yo
mismo. No obstante, existo”. Una literatura en sí misma, alejada del
conformismo de nuestra época. Una literatura tan entera que el propio Pessoa
llegó a sugerir que tal vez un día, con fluido abstracto y la sustancia
implausible de tantas y tantas opiniones errantes, llegaría a formar un dios y
ocuparía el mundo.
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Publicado enSin categoría|Comentarios desactivados en Un mundo de opiniones errantes. / Café Perec / 16 septiembre.