Romero Barea sobre ‘Ese famoso abismo’ (revista QUIMERA)

nycAhora que todo lo creíamos imparable se ha detenido, es posible hacer preguntas que antes no nos atrevimos a formular; entre otras cómo reorganizar nuestros afectos (…) Proponemos utilizar, como punto de partida, el libro de entrevistas Ese famoso abismo (Wunderkammer 2020), donde, a través de las confesiones en primera persona de Enrique Vila-Matas (1948), se explora toda una tradición, sometida al escrutinio de una «demente sabiduría [que] consiste en creer en lo que hacemos […] pero no lo suficiente para que nos importe tanto».

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Cuando lo nuevo aún podía ser nuevo ——————-[Café Perec]

NRLa publicación en París de Nouveau Roman. Correspondance 1946-1999 (con cartas cruzadas entre Butor, Sarraute, Mauriac, Robbe-Grillet, Ollier, Pinget y Simon) ha generado un oportuno debate sobre la vigencia de un cierto experimentalismo en la narrativa francesa actual. La gran Tiphaine Samoyault ha señalado en Le Monde que esa vigencia existe y que al Nouveau Roman se le detestó por haber situado la sombra de la sospecha sobre el género mismo de la novela, pero que en los últimos tiempos tanto la autoficción francesa como la literatura documental se han alineado con esa sospecha. Samoyault ha remarcado esto justo cuando más se percibe que el tradicional tejido común de la literatura –la costumbre de formar grupos, comunidades creativas– es algo que ha ido desapareciendo, hasta convertirse en este nuevo milenio en lo que Calasso ha definido como “un hecho de individuos solitarios, tenazmente separados entre sí”. Precisamente si algo confirma esta correspondencia inédita de los autores del Nouveau Roman es que aquel movimiento de ruptura fue una comunidad creativa y no, como a veces se piensa, un montaje publicitario.

Las cartas de aquella comunidad (destaca la modernidad absoluta de Nathalie Sarraute) contienen un revelador rastreo de la pre-historia del Nouveau Roman, su investigación sobre los días de 1946, cuando en Europa todo era pura necesidad de construir sobre las ruinas: el humanismo había salido tan dañado que hasta se cuestionaban las nociones de “personaje”, “autor”, “trama”. Hoy en día, el Nouveau Roman aparece como el último avatar de una modernidad que fue el postrer eco de una época –pienso que feliz – en la que las vanguardias poéticas, musicales, pictóricas, etc. aún podían, sin ruborizarse, reclamar para ellas el adjetivo “nuevo”.

¿Nos queda lejos aquella “conmoción estética” en la que lo nuevo aún podía parecernos nuevo? No tanto, pero en España el Nouveau Roman siempre fue menospreciado, a pesar de que a partir de los años sesenta fue una corriente literaria que nos llegó puntualmente traducida, lo que a fin de cuentas, aunque ya no se hable de esto, acabó originando una vertiente hispánica de lo nuevo en la que habría que destacar novelas tan memorables como Alimento del salto, de Javier Fernández de Castro. Esa corriente hispánica de experimentalismo carece de reconocimiento cuando en realidad está demandando que se investigue a fondo, por ejemplo, por qué fue aplastada en la siguiente década por una “Nueva Narrativa española” que de “nueva” nunca tuvo nada.

La publicación de las cartas del Nouveau Roman ha venido a confirmar, por otra parte, que en aquel movimiento hubo teoría y unidad de grupo y se basó en la amistad (y la rivalidad), y por tanto fue una experiencia humana hecha de intercambios, de aprecios y de lecturas recíprocas que parecen estar queriendo darnos una buena noticia: si algún día, a través del cálido y antiguo tejido común de la literatura, deseáramos restaurar algo que pudiera parecernos nuevo, aún estaríamos a tiempo.

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Fragmento de AUTOBIOGRAFIA LITERARIA (http://www.enriquevilamatas.com/autobiografia.html)

EstaBrumaESTA BRUMA INSENSATA (2019)

Aunque parezca toda una paradoja, en esta novela de trama perfectamente tramada y pensada hasta el último detalle, practiqué –bajo la excusa inicial de que buscaba una frase perdida– el arte de caminar sin rumbo y que ese arte fuera o simulara ser el motor de la historia (que es un proceso típico, dicho sea de paso, de la narrativa medieval). La consecuencia de esto fueron las palabras finales del libro: “A veces, cuando veo que he tenido que escribir sobre un tiempo ya tan caducado, me pregunto si no será que a lo mejor, como dicen algunos, a la ficción le gusta el pasado y por eso tiende a correr el riesgo de no ser sino cosa del pasado, que es lo que solían decir los hegelianos hablando del arte en general y Borges hablando de la lluvia”.

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Y Madame de Sablé inventó la reseña. —————— [Café Perec]

madameLos orígenes de los géneros literarios suelen perderse en la noche de los tiempos. Pero éste no es el caso de la reseña, un género menor del que incluso sabemos la fecha exacta en que nació. O, mejor dicho, la sabe Roberto Calasso, que le dedica un ensayo en Cómo ordenar una biblioteca (Anagrama, traducción de Edgardo Dobry).

Es recomendable  distinguir entre críticas y reseñas. Las primeras parecen tener vuelos más elevados mientras que las reseñas, con menos ínfulas, se limitan a presentar, a ras de suelo, obras simplemente nuevas al público lector. John Banville, por ejemplo, asegura pasarlo muy bien cerrando una modesta reseña y diciéndose “vaya, vaya, he fabricado una pieza buena y sólida de carpintería”. Eso estaría indicándonos que la brevedad le permite a quien escribe una reseña acercarse a la perfección, mientras que una crítica, aunque sólo sea por su extensión o elevadas pretensiones, puede hacerse indomable.

Y eso sí: cae siempre inevitablemente sobre cualquier reseña la sombra de una sospecha. Según Banville, si la escribes favorable se interpreta como un producto de la consabida red de amigotes, mientras que si te cargas el libro se percibe como envidia. Y nadie ha encontrado por ahora el modo de abolir esa sombra de sospecha que cruza por toda reseña, el género que Calasso nos dice que nació el 9 de marzo de 1665 en París cuando la revista científica Journal des sçavans (más tarde rebautizada como Journal des savants) publicó una breve nota literaria –modelo de todas las reseñas que siguieron– escrita por Madame de Sablé sobre un libro que todavía hoy goza de indudable prestigio, las Máximas de La Rochefoucauld.

Madame de Sablé y el autor de las Máximas eran amigos y la reseña se la pasó ella previamente al propio La Rochefoucauld. No ha existido seguramente nunca un borrador tan sumamente elogioso en la historia de las reseñas, pero el elogiado, que aquel día debía estar en Babia o le causaron miedo las palabras de su amiga, censuró nada menos que la mejor frase de todas y rebajó la fuerza de otras en su supuesto intento de “mejorarlas”. El sarcástico Sainte-Beuve comentaría dos siglos después con su proverbial malicia: “La Rochefoucauld, que tan mal había hablado de los hombres, revisa su propio elogio para un diario; sólo elimina lo que le disgusta”. En efecto, si la nota publicada por Journal des sçavans se compara con el borrador previo de Madame de Sablé, se observa que en su afán por “mejorar” lo que ya era excelente, La Rochefoucauld se cargó la frase más memorable de la reseña, la que abría espectacularmente el artículo: “Es un tratado de los mecanismos del corazón humano, de los que se puede decir que han permanecido ignorados hasta este momento”. Nada más radical y atrevido, comenta Calasso, se hubiera podido decir de las Máximas, pero el autor de las mismas no dudó en tachar aquella apertura. La Rochefoucauld fue el primer autor de la historia que se cargó una reseña que le era bien favorable. Que sepamos, no ha sido muy imitada después su peculiar autolesión.

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Elisa Rodriguez Court en Tenerife. Microentrevista

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‘Esta bruma insensata’ (Cette brume insensée) a debate hoy en France Culture.

ManhatanFRANCE CULTURE, / VENDREDI 14 MAI 2021

La reseña de Carlos Fonseca en la revista digital OTRA PARTE.

Entre las múltiples anécdotas que se cuentan sobre los años que Wittgenstein pasó en Cambridge, siempre me ha atraído una en la que se narra la historia, tal vez verídica, tal vez falsa, de cómo el filósofo, célebremente huraño, debatía en una de las salas del Trinity College con un positivista del Círculo de Viena. Agotado por los monólogos del austríaco, el positivista le reprochó haber abandonado la noción de verdad.

“¿La verdad?”, preguntó furioso Wittgenstein, antes de tomar una tiza en mano. Apuntando a la tiza, respondió: “Digamos que esta tiza es el lenguaje y que la verdad va hacia ti”. Casi no le dio tiempo al positivista a esquivar la tiza que en ese instante Wittgenstein arrojaba hacia él.

He vuelto a recordar aquella simpática anécdota leyendo Esta bruma insensata, la última novela del inagotable Enrique Vila-Matas. Llegando hacia el final de la novela, en ese momento crucial en que el protagonista finalmente se encuentra con su hermano Rainer Bros —una suerte de Thomas Pynchon catalán—, este le comenta que ha decidido escribir lo sucedido como una novela de no ficción. Contar, dice, la verdad y sólo la verdad de lo sucedido aquel fin de semana, con los sucesos del 1º de octubre como telón de fondo. La respuesta del protagonista, el recolector de citas Simon Schneider, es simplemente brillante: “[M]e parecía una imbecilidad, ya que para mí vivir era construir ficciones […]. Cualquier versión narrativa de una historia real era siempre una forma de ficción. Desde el momento en que se ordenaba el mundo con palabras, se modificaba la naturaleza del mundo”.

Esa respuesta, contundente y aguda, me hizo recordar el pedazo de tiza que —otorgándole el nombre de lenguaje— se dice Wittgenstein lanzó contra el pobre positivista de Viena. Y es que contra el pacto realista —“Contar la verdad y sólo la verdad”— que determina gran parte de la producción literaria actual, Vila-Matas retoma en esta nueva novela la convicción de que la literatura trabaja bajo aquello que los físicos gustan llaman el efecto de refracción: la discrepancia de la realidad con respecto a sí misma producto de su paso por un medio, en este caso el lenguaje. La literatura trabaja ese espacio como espacio crítico y, por ende, como espacio político. Ante la avalancha de novelas que desesperadamente buscan ser contemporáneas narrando la realidad como si de un reality show se tratase, el logro de Esta bruma insensata recae en abogar por otra postura frente al presente: una postura desplazada, transversal, que —como sugería Wittgenstein con su tiza— honre la presencia del lenguaje en la construcción del mundo. Ante la ola de libros que confunden lo político con lo coyuntural (lógica insigne del mercado), la obra de Vila-Matas recuerda aquello que Nietzsche gritaba antes de caer rendido en Turín: que para ser realmente contemporáneo hay que ser intempestivo, ligeramente inactual. Es desde esa posición desplazada que nos provee el lenguaje, desde la cual se abre —a modo de paralaje— la distancia crítica que nos permite esbozar una discrepancia política frente al presente. Novela a novela, libro tras libro, la obra de Enrique Vila-Matas crece así como una fortaleza literaria resistente a las continuas cruzadas del ejército realista.

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FRANCE CULTURE

https://www.franceculture.fr/emissions/a-quoi-pensez-vous/enrique-vila-matas-presenter-un-livre-quon-a-ecrit-il-y-a-trois-ou-quatre-ans-cest-une-situation

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Vila-Matas cruza por ‘Fleurs’, de Marco Martella (Actes Sud, 2021)

Marco Martella

Marco Martella

En «Fleurs» (Actes Sud, 2021), ofrece al lector las conversaciones que ha tenido con otros jardineros, pero también con poetas, artistas, escritores (Vila-Matas hablando sobre el poeta y jardinero bosnio Ceric), en el contexto de entrevistas realizadas para su revista.

« Fleurs » : le bouquet initiatique de Marco Martella

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Tres o cuatro, puro vértigo. [Café Perec]

Sonora15Al principio, algunos escritores exhibieron suficiencia: el confinamiento sabrían llevarlo bien porque ya estaban habituados al aislamiento hogareño. Y alguien hasta citó a Martin Amis, que había proclamado que como escritor llevaba una vida de ama de casa. Un año después, destrozados los nervios de más de uno, ya no aparece por ninguna parte aquella suficiencia de un año atrás. Es más, uno va descubriendo que el confinamiento ha sido duro para todos, para los escritores en concreto por la pérdida fatal de interlocutores, esa clase especial de lectores que Natalia Ginzburg juzgaba gran complemento de su trabajo: “personas a las que poder mostrar lo que escribo y pienso, y hablar de ello; no necesito muchas: me bastan tres o cuatro”.

Reparemos en la oscilante cifra (tres o cuatro) que me recuerda el número de lectores que tuvo Borges cuando publicó su primer libro y que a él también le parecieron más que suficientes, tres o cuatro, no esperaba ni buscaba más, dijo. De hecho, toda su vida escribió para esos contados lectores. Otra cosa es que a la larga, y al igual que Einstein que tanto cautivó a las masas sin que éstas le entendieran, Borges fascinara al final de su vida a un amplio público (que, por otra parte, no era borgiano). Si el caso de Ginzburg ilustra lo indispensable de los interlocutores y la necesidad de que no sean muchos, el de Borges ilustra lo esenciales que son los lectores y también la necesidad de que no abulten, pues, bien mirado, tres o cuatro ya son puro vértigo. Y es que quizás no sea cuestión de escribir para llegar a muchos, sino de llegar simplemente adonde uno cree que ha de   llegar, y que en ningún caso será –porque suena horrible en literatura– a una masa informe, a una multitud, a una mayoría Ayuso, etc.

Tres o cuatro lectores solía buscar Bioy Casares en las veladas en su casa. Sus primeros libros habían sido malísimos, hasta que de pronto cambió y pasó a escribir algunos muy buenos. Eran tan malos los primeros que cuando tres o cuatro personas iban a su casa y menguaba la conversación sacaba uno de esos primeros libros, sin decir que era suyo. He conseguido hace poco, les decía, este libro de un escritor desconocido, veamos qué podemos sacar en limpio de él. Y a continuación lo leía y la gente empezaba a reírse y él entonces les animaba a reírse todavía más. Y así era cómo formaba Bioy su reducido círculo de interlocutores.

Que uno escribe para la inmensa minoría de tres o cuatro sagaces interlocutores empecé a verlo ya hace veinte años cuando anoté unas frases que luego se perdieron en mi ordenador y que, más allá del planeta Orión, recuperé justo ayer. En ellas hablaba de lo peligroso que era pasarle tu manuscrito a según quién “porque enseguida el hombre frena su socarrona sonrisa y oculta su contrariedad para que no se noten sus prejuicios sobre lo que escribes. Y sin embargo, mientras tanto –eso es lo impresionante de tu oficio–, en alguna parte un desconocido nos está leyendo con increíble atención y esperará años antes de dirigirse a nosotros”

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La web de Vila-Matas, un museo personal en la red

webwww.enriquevilamatas.com.

Ningún escritor en lengua española ha sabido sacar partido a la red como Vila-Matas. Su sitio –que bien podrían envidiar, no digamos otros escritores, sino actores o bandas de rock– es un auténtico microcosmos vilamatiano. Iniciado en 2009 y

constante y minuciosamente actualizado, representa una suerte de bitácora de su obra que con el tiempo se ha ido convirtiendo en parte de ella. Vila-Matas descubrió relativamente tarde la red, pero pronto quedó fascinado e intuyó sus posibilidades.

Su página –útil para el lector,indispensable para el crítico– reúne bibliografía, artículos, crítica, imágenes, enlaces, agenda, blog, etc. En suma, todo para el vilamatiano obsesivo. Coordinado por Elena González-Moro, el portal no es solo un

archivo o fuente de información, sino una auténtica boîte-en-valise virtual (Duchamp, sobra decirlo, habría amado internet), un museo personal en la red. Por su diseño, su interacción de palabra e imagen y su carácter lúdico, el sitio –como ha señalado el propio Vila-Matas– bien podría ser considerado una pequeña obra de arte. Sin embargo, quizá su aspecto más interesante sea el apuntado por la versión disidente de la Historia abreviada de la literatura portátil en el apartado correspondiente de la sección Obra. Allí, Vila-Matas se propuso comentar gradualmente el libro mediante pequeños textos e imágenes, creando de hecho una obra que solo existe en la red y que, shandyanamente, no pasó de los primeros episodios de la Historia

En este caso, el sitio ya no es solo un hermoso museo virtual, sino el medio a través del cual ha nacido algo nuevo.

(Pablo Sol Mora. Diccionario Vila-Matas)

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LOS AMIGOS Y EL DESCONOCIDO

yEs peligrosísimo regalar a tus amigos el libro que acabas de publicar. Les escribes dedicatorias afectuosas y crees que se apiadarán de ti o te admirarán. Pero muchos no piensan para nada leerlo, aunque algunos simularán haberlo hecho, te citarán de memoria frases de la página 127 del libro. Y sin embargo, en alguna parte –eso es lo impresionante de este oficio- un desconocido nos leerá con increíble atención y esperará años antes de dirigirse a nosotros. [Dietario voluble]

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TRABAJAR EN EQUIPO [por Ignacio Vidal-Folch]

la lectura y la escritura aunque parezcan actividades personales son una cuestión de consenso, de colaboración, de trabajo en equipo ——————————————————————————————————-

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Me interesó mucho el artículo de Gonzalo Torné –bueno, el artículo y todo lo que escribe– sobre los peligros de la relectura, en su caso de los libros de Sebald, y sus observaciones sobre la relatividad, o la fluidez, por no decir la liquidez, del yo lector. Efectivamente un libro determinado, para ser la obra maestra que no es, necesita a determinado lector, a determinado estado de ánimo del tiempo… No se trata solo de que uno cambia, sino de que la lectura y la escritura aunque parezcan actividades personales son una cuestión de consenso, de colaboración, de trabajo en equipo.

Ese Blake Bailey ha escrito la biografía de Philip Roth: una obra maestra, decían. Ahora bien, se acusa a Blake de violación y acoso, y a Philip Roth de machista y mujeriego… y la obra de Roth parece que huele mal y la biografía de Bailey no solo deja de ser magistral sino que deja de existir, porque se le ha retirado la colaboración de la colmena humana que alentaba a autor, biógrafo y biografía.

Mejor aún: como el libro se publicará en Europa, tendremos la paradoja de que de este lado del Océano Atlántico seguirá siendo magistral, mientras que en el otro lado no existirá o será repugnante.

* * *

A raíz de la publicación de los Diarios de Gide, que ha sido un trabajo largo, que me ha entretenido durante la pandemia, y que una vez terminado lo observo casi con incredulidad, como un barco que se aleja –yo creo que todos los traductores deben de sentir algo parecido cuando ponen fin a una empresa caudalosa– he vuelto a pensar en lo curioso y enriquecedor de trabajar en equipo.

En este caso el resultado no hubiera sido ni mucho menos el mismo si no hubiera contado con colaboradores: en primer lugar, para resolver algunas dudas de sentido en determinados pasajes ambiguos, podía consultar a Justin O’Brien; bueno, él ha muerto, consultaba a su versión. Fue el traductor al inglés de una primera versión del diario (–a canónica, la de La Pléiade, que es la que ahora publicamos en DeBolsillo, es bastante más larga–. O’Brien consultaba continuamente sus dudas con el mismo Gide, incluso hasta impacientarlo algunas veces. Su versión es una herramienta muy útil para despejar algunas dudas que de otro modo constituían un enigma dentro de un misterio dentro de una incógnita. La traducción en español de Miguel de Amilibia, publicada en Argentina en 1963, también es incompleta, e incurre en algunos errores de interpretación e incluso de lectura, pero es muy meritoria, y su vocabulario, elegante. También me ha ayudado puntualmente. Además contaba con el respaldo del equipo de redacción de la editorial, las señoras Marta Suárez, Carmen Carrión y Carmen González. No conozco a ninguna de ellas, pero ojalá pudiera siempre trabajar con gente de tan incansable profesionalidad y criterio. De manera que incluso algo aparentemente tan personal y mecánicamente elemental como traducir –un autor escribe un libro, un traductor lo vierte a otra lengua, y ya– es un trabajo colectivo. Yo firmo la traducción, pero en mi mente los nombres de todos esos que he mencionado figuran junto al mío.

Recuerdo que cuando traduje Opio de Cocteau busqué y consulté una versión anterior en español, hecha por un escritor excelente, y me refocilaba en sus errores y flaquezas, con la satisfacción pueril de saber que mi versión no incurriría en ellas, pero también sabía que aquel colega no pudo recurrir a herramientas léxicas, etimológicas, históricas, bibliográficas, etc., que ahora están al alcance de cualquiera. Aún así él también colaboró conmigo en alguna medida –sin saberlo, porque ya había fallecido–.

Aunque me dedique a escribir, que es algo que suele hacerse en soledad, cada vez creo menos en el trabajo individual y más en el trabajo en equipo. No veo de otra manera mis colaboraciones con Letra Global. De ninguna manera soy solo yo quien escribe notas como esta. Ni siquiera escribir una novela es un trabajo tan estrictamente personal como el novelista suele creer. Escribí una titulada Turistas del ideal y tuve el acierto de consultar con Ferran Escoda –el poeta y autor de Els meus millors pròlegs— y el poeta cubano Rolando Sánchez Mejías, cada uno me dio una idea que mejoró sensiblemente una página importante.

Hubo unos años en que hice guiones de comic para dibujantes como Roger Subirachs (por desgracia también difunto, pero siempre recordado) y Miguel Gallardo. Era una delicia ver cómo plasmaban e interpretaban espacialmente mis ideas, y en el caso de Gallardo –el autor de Makoki, luego famoso ilustrador, que ganó relevancia internacional con María y yo y otros álbumes, películas, conferencias sobre su experiencia familiar del autismo–, sus morcillas en mis diálogos le daban a las historias una, cómo llamarlo, una desenvoltura juvenil que me sorprendía y exaltaba al verlas ya incorporadas al resultado final; ese resultado –eran historietas de humor– ya no era solo fruto de mi pequeño o gran ingenio ni del suyo: sino de un tercer autor, híbrido y que en puridad no existe.

* * *

No creo exactamente que haya muerto la novela, como a veces se dice. Pero sí  es obvio ha perdido relevancia y por consiguiente interés el autor flaubertiano o victorhuguesco (o galdosiano, si se prefiere) con voluntad de omnisciencia sobre su obra y sus personajes. Ni es exactamente que haya muerto el intelectual, pero la idea de un Sartre contemporáneo dictando qué está mal y quién tiene la razón, y forme la opinión pública, es casi de risa. Pienso en un filósofo de moda, que el año anterior al virus publicó su exitoso ensayo de éxito mundial avisando de que el gran problema contemporáneo, ahora que ha pasado el temor a las pandemias… ¡Qué rápido desautoriza la realidad a todos los Fukuyamas! Son figuras de la historia que agonizan por desinterés del respetable y porque su época ha pasado también. Es inmanejable para una mente sola. Nos adentramos en un mundo tan complejo y novedoso que la mera idea de que un individuo genial o inspirado puede comprenderla, interpretarla o darle soluciones, parece anacrónico. Recuerdo que el presidente Kennedy reunió a su Gobierno y les preguntó, retóricamente, cuál creían que era el motivo del éxito de Estados Unidos, éxito que había convertido su país en la gran potencia mundial. Y antes de que respondieran tomó la tiza y con grandes letras escribió en la pizarra: “CO-OPERATE!” Es un consejo estupendo.

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Sobre ‘Bartleby e companhia’ / Kelvin Falcão Klein

casilla3LANÇAMENTOS

Os lançamentos não param e as pilhas de livros estão sempre se formando (seguindo os interesses e as obrigações sazonais), mas certos títulos parecem durar mais e melhor no tempo, sempre voltando à memória, sempre sugerindo uma ocasião para retirá-los da estante.

Bartleby e companhia é, para mim, um desses livros insistentes: eu lembro claramente do dia que comprei o primeiro exemplar, a leitura quase incrédula daquele material tão difícil de classificar e, ao mesmo tempo, tão próximo e estimulante (é um livro que dá ideias ao leitor, que o faz pensar e associar).

Digo “primeiro exemplar” porque acabei virando uma espécie de colecionador de versões de Bartleby e companhia (pensando agora, tenho a impressão que isso é algo que um personagem de Vila-Matas faria). Como meu projeto logo de cara foi o de estudar o livro e a obra de Vila-Matas, pouco depois de comprar e ler a edição brasileira da Cosac Naify fui atrás do original em espanhol: a edição da Anagrama levou 120 dias para chegar na Livraria Cultura de Porto Alegre e está comigo até hoje.

Ainda não era uma coleção. Devo à conjunção de um dia chuvoso e uma tarde vazia a descoberta do terceiro exemplar, que trouxe tudo à superfície: encontrei uma cópia surrada em brochura de Bartleby & Co, a tradução inglesa, em um sebo no Rio de Janeiro (a filial da Academia do Saber da Avenida Passos). Geralmente as seções de literatura em língua estrangeira nos sebos formam uma caótica terra de ninguém: manuais de ensino de idiomas ao lado de livros em italiano catalogados como se fossem em espanhol; muitas lombadas viradas para dentro, coisas no chão, poesia com sociologia, guias da Nova Zelândia com crítica literária e assim por diante.

A surpresa foi grande e interpretei o achado como um sinal – as divindades da poeira confirmavam meu investimento de tempo e energia na obra de Vila-Matas. Por mais que o narrador de Bartleby e companhia seja um solitário, é inegável que ele constrói – apesar de tudo e um pouco a contragosto – uma comunidade, um grupo, um coletivo, aquele que reúne os Artistas do Não. Anotei escrupulosamente todos os nomes e títulos mencionados por Vila-Matas no livro, um pouco na esperança de delinear claramente essa comunidade e, no processo, passar a fazer parte dela (“jamais faria parte de um clube que me aceitasse como sócio”, poderia dizer Bartleby).

Essa comunidade criada por Vila-Matas é ambivalente, como sempre foi minha própria relação com o livro. Em alguns momentos – fazendo a lista das referências, procurando em outras obras ecos de Bartleby, entrevistando Vila-Matas para escrever meu próprio livro – eu me posicionava como pesquisador, como leitor profissional, como investigador. Em outros momentos, a releitura fazia sua mágica e eu imaginava outros mundos possíveis, construindo outra versão de mim mesmo a partir da realidade paralela que o livro de Vila-Matas (romance? Ensaio?) criava.

Um trecho do livro me persegue até hoje – o momento no qual o narrador atribui a outro escritor a frase: “entre meus autores preferidos estão Robert Walser e Ronald Firbank, e todos os autores preferidos por Walser e por Firbank, e todos os autores que estes, por sua vez, preferiam”. Quando li pela primeira vez, fui surpreendido com a descrição de algo que tentava fazer de modo intuitivo: perseguir as preferências daqueles escritores que prefiro, até o infinito, até a fatiga completa das retinas.

Na minha inocência de primeira leitura, acreditei que o narrador encontra a frase em uma entrevista de Juan Rodolfo Wilcock perdida dentro de um de seus livros (um recorte de jornal deixado ali pelo narrador? Não fica claro). Ou seja, Wilcock teria dito (em uma entrevista não especificada) que seus autores preferidos são Walser e Firbank, e todos os autores preferidos por eles, e assim por diante. Quem é Walser? Quem é Firbank? Quem é Wilcock? Qual a relação possível entre eles? Ao redor dessas perguntas ofereci, como num ritual, boa parte do meu tempo e minha energia.

Esse é o paradoxo mais divertido de Bartleby e companhia: mesmo sendo um livro sobre o Não, sobre a desistência e o silêncio, é um dos livros que conheço que mais oferecem dicas de leitura e horizontes de abertura do pensamento. Evidente que não é por acaso – é esse tipo de manobra sagaz que garante a vivacidade do livro, vinte anos depois e tantos mais enquanto houver literatura.

***

Kelvin Falcão Klein é crítico literário, professor de literatura na UNIRIO e autor de Conversas apócrifas com Enrique Vila-Matas (Modelo de nuvem, 2011) e Wilcock, ficção e arquivo (Papéis Selvagens, 2018). Escreve no blog Um Túnel no Fim da Luz.

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LITERATURA / Manuel Vilas ///////// para Enrique Vila-Matas

27 FEB 2019 - Paris, France - Bookstalls on the banks of the Seine near Notre-Dame

27 FEB 2019 – Paris, France – Bookstalls on the banks of the Seine near Notre-Dame

Para Enrique Vila-Matas
Los pisos praguenses en que vivió Franz Kafka, y sus corbatas negras y sus sombreros y sus zapatos. El pelo enjuto de James Joyce, cuya mano quemó Dublín. Los amantes de Luis Cernuda, riéndose a sus espaldas. La esposa de Shakespeare, vieja y adúltera. Los ojos verdes y estrábicos de la enfermera jefe de la clínica en que murió Nietzsche. La mano de mujer que cogió los botines de piqué de Ramón María del Valle-Inclán y los arrojó por la ventana. La sífilis saltarina que Gustavo Adolfo Bécquer paseó por Madrid. La sífilis idéntica pero paseada por París de Charles Baudelaire. El padrenuestro que reza el fantasma de Rimbaud en una morgue de Marsella y Dios que se hace el sordo. El padrenuestro que reza Jorge Manrique antes de soltar la mano de su padre muerto. La risa de Quevedo mientras evacúa en una esquina de Madrid, en tanto rebota el mundo en su vesícula como una piedra verde. La madre con gota de Flaubert. La autopsia de Larra, su joven cerebelo. La carne de la máscara de Fernando Pessoa. La foto del padre de Dostoievsky en la billetera de Lenin. La cabeza muy grande de Rubén Darío, tan grande como su miedo. Las sopas de ajo que marea todas las noches el Manco de Lepanto con la mano buena mientras se mira con discreción la mano ausente. Los cien kilos secos que Oscar Wilde exhibe por los cafetines de París con orgullo marchito. La mano que aúlla de Pablo Neruda.  El cadáver de Cela servido con guarnición de ministros. El gran desfile de la soledad de todos los tiempos, la soledad y sus palabras, la literatura.

De Resurrección, Madrid, Visor, 2005.

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THOMAS WOLFE ERA UNA FIESTA ——————[Café Perec]

twThomas Wolfe creía que había que producir una obra de peso (en todos los sentidos de la palabra) para poder considerarse escritor. “Quería ver libros gordos, con muchas páginas”, según James Thurber. Y Faulkner lo vio como el mejor de su generación, colocándose en segundo lugar él mismo, y a Dos Passos tercero del podio. Y aunque hoy sabemos que el mejor era Faulkner, nos equivocaríamos menospreciando la espectacular energía narrativa que inyectó Wolfe en todo lo que hizo. Para Piglia fue un Fausto moderno que intentó lo imposible: que entrara el mundo entero en sus novelas. De toda su obra lo que hoy más atrae la atención de los lectores son las piezas breves: sus cuentos (reunidos por Páginas de espuma) y brillantes libros como Historia de una novela, que acaba de publicar Periférica y donde Wolfe condensa la historia de cómo escribió su gigantesca segunda novela, Del tiempo y el río, y nos da detalles de su imperiosa necesidad de introducir al mundo entero en lo que escribía, como si cada momento para él fuera una ventana sobre el tiempo y ese instante estuviera conectado con todo, hasta con el pasado más remoto.

Adicto a la más radical desmesura, hasta resulta raro que Ítalo Calvino no lo incluyera en el capítulo dedicado a la Multiplicidad en Seis propuestas para el próximo milenio. Ya ese afán por reinar sobre el tiempo estaba en su celebrada y torrencial primera novela El ángel que nos mira: “Buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero (…) Cada uno de nosotros es el total de sumas que aún no ha sumado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y veréis cómo empezó en Creta, hace cuarenta mil años, el amor que ayer terminó en Texas…”

Se dice que el original de El ángel que nos mira apenas cabía en el despacho del gran editor Maxwell Perkins, que advirtió el genio del principiante, pero supo especializarse en rebajarle el desbordado tono de sus fiestas textuales. La historia de la compleja relación entre Wolfe y Perkins nos la han contado en un largometraje indolente, sin alma (El editor de libros, de Michael Grandage), pero es también la que Wolfe narra con sumo talento en Historia de una novela, donde sintetiza a la perfección el clásico conflicto que nace del éxito de un primer libro y las dificultades para avanzar en la escritura del segundo. Las dificultades llegaron cuando la desbordante alegría por el inesperado triunfo comenzó a convertir a Wolfe, más que nunca, en la fiesta ambulante, móvil, que siempre había sido, lo que le obligó a reaccionar: “De repente, me vi en la penosa necesidad de asumir que mi tarea requería un trabajo diario constante. Y aunque a muchos les parecerá un descubrimiento elemental, no estaba preparado para ello”.

Para Wolfe, nuestro Fausto moderno, los días se desgranaban en minutos y zumbaban como moscas que volaban de nuevo hacia la muerte, “aunque cada momento era una ventana sobre el tiempo”. Gigante absoluto de la escritura megalómana, se da la gran paradoja de que sólo sus excepcionales obras breves siguen hoy a la altura de aquella ventana alta.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en THOMAS WOLFE ERA UNA FIESTA ——————[Café Perec]

Regreso a ‘Locus Solus’

locusFue Duchamp quien a principios de los setenta me situó en la pista del enigma Roussel: «En 1911, asistí con Picabia y Apollinaire en el Teatro Antoine a la representación de Impresiones de África, de Raymond Roussel. ¡Fue formidable! En escena había un maniquí y una serpiente que se movían muy poco, todo muy loco, muy insólito. Ese hombre fue un revolucionario: al nivel de un Rimbaud. Rompió con todo (…) ¡Qué personaje sorprendente! Vivía encerrado en sí mismo, en su roulotte, con las persianas bajadas. ¡Tuvo una vida extraordinaria! Y, al final, ese suicidio…».

Aunque el suicidio era lo más enigmático, todo en aquel comentario de Duchamp me dejó intrigado. Unos días después, supe que si Roussel vivía encerrado en sí mismo y con las persianas de su roulotte bajadas era porque pensaba que estaba rodeado de esplendores todo lo que escribía y temía la menor fisura que pudiera dejar escapar los rayos luminosos que salían de su pluma. Quedé impresionado, no podía ni creerlo. Fui a comprar su novela Locus Solus, que acababa de publicar Seix Barral. Y hoy ese ejemplar es una de las cinco piezas más queridas de mi biblioteca.

Recuerdo la primera vez que terminé Locus Solus. Al cerrar el libro, tuve la impresión de que cerraba la losa que caía sobre mi propia tumba. Supe que a partir de entonces iban a quedarme obsesivamente grabados, en una atmósfera de descanso eterno, todos los secretos de aquella finca singular, sin similitud alguna con otras que pudiera uno encontrarse por aquí o por allá, por los senderos de la vida o de la literatura. Y también supe que no tardaría en variar notablemente el rumbo de mis lecturas. Porque Locus Solus de Roussel (1877-1933) no sólo me pareció una propuesta literaria que se tomaba insólitas libertades sino que, además, estaba muy alejada de lo que hasta entonces en mi tierra me habían dicho que era una novela.

Decía Leopardi que la vista del cielo es quizá menos agradable que la de la tierra y de los campos, porque es menos variada, y también menos semejante a nosotros, no nos es tan propia, pertenece menos a lo nuestro… Y sin embargo, si la lectura de Locus Solus me pareció tan agradable y me conmocionó con fuerza fue precisamente porque el libro no lo sentí nada cercano y propio, sino lo contrario: seductoramente extraño y extranjero, profundamente glacial y ajeno.

La novela es una tarde interminable. Así la recuerdo, en un primer momento, siempre que me decido a recordarla. Luego, si me acerco más al libro, voy viendo que Locus Solus es también un paseo por ese Lugar Solitario que es la propiedad monumental de Martial Canterel, un itinerario iniciático a lo largo de una tarde en la que este científico va mostrando a sus invitados los inventos y máquinas solteras que pueblan la villa de Montmorency, rarezas e invenciones que a medida que avanza la narración van haciéndose cada vez más geniales. Y así, por ejemplo, tras un martinete formado por un mosaico de dientes y un enorme diamante de cristal relleno de agua en la que flota una chica que baila, un gato sin pelo y la cabeza conservada de Danton, llegamos al pasaje central, el más inolvidable, el que nos persigue muchos años después de haber leído este libro: la descripción de ocho escenas que tiene lugar en una enorme galería acristalada. Descubrimos que los actores son en realidad gente muerta que Canterel ha reanimado con resurrectina, un fluido de su invención que si se inyecta a un cadáver reciente hace que represente el incidente más importante de su vida.

«Cubierto de pieles, un ayudante de Canterel ponía o quitaba a los ocho muertos su autoritario tapón de vitalium, y si era preciso hacía sucederse sin interrupción las escenas, cuidándose regularmente de animar a un sujeto poco antes de hacer dormir a otro».

Anoche soñé que volvía a Locus Solus, aquella gran finca y lugar solitario que en los días del pasado tanto me fascinó. Y esta mañana, ya perfectamente despierto, me he dedicado a revisar la novela. Más allá del deslumbramiento inicial irrepetible, he visto que lo que más pervive hoy en mí de este libro es el procedimiento que inventara su autor para crearlo; un método basado en retruécanos y combinaciones fonéticas y juegos de palabras, tal como lo testimonia el conmovedor y alucinante texto póstumo del propio Roussel, Cómo escribí algunos libros míos: «Escogía dos palabras casi iguales (al modo de los metagramas). Por ejemplo billard (billar) y pillard (saqueador, bandido). A continuación, añadía palabras idénticas, pero tomadas en sentidos diferentes…».

Ni una sola línea de las historias que Roussel cuenta en Locus Solus y en algunos otros libros suyos surgió de su imaginación, sino del artificial procedimiento, de sus infinitas combinaciones fonéticas. A veces, pienso que si en mi literatura he exasperado y llevado al límite el uso de las citas literarias distorsionadas, es decir, si en ocasiones mi falsa erudición ha funcionado casi como una sintaxis o modo de darle forma a los textos, todo eso es deudor de la distorsión de los ecos de aquel procedimiento rousseliano descubierto a una edad en la que aún sabía canalizar mis hallazgos de lector.

Me pareció asombroso ayer volver a observar cómo en Roussel las combinaciones fonéticas funcionan perfectamente como una sintaxis incesante y un modo arbitrario y a la vez riguroso de darle forma a los textos, de darle sentido a todas esas historias que no salen de la vida, sino de la cibernética particular que inventó en su laboratorio de las persianas bajadas. Nada de lo que contaba procedía de su imaginación, a pesar de que era muy imaginativo. Y es que en realidad Roussel jamás viajó. Aun habiendo dado dos veces la vuelta al mundo, jamás le llegó algo desde fuera, jamás el exterior hizo mella en el paisaje interior de su cráneo. En todos los países visitados veía tan sólo lo que había previamente escrito de antemano en su -avanzado para su tiempo- revolucionario laboratorio cibernético.

Fue un hombre que vivió siempre en un lugar solitario, tan aislado como incomprendido, o sólo comprendido por los surrealistas, a los que él no comprendía. Su forma de ser parecía triste, pero él pensaba que llevaba una vida de frecuentes alegrías, ya que escribía sin parar, hasta la extenuación cada día. Navegando por los mares del Sur, recibió una carta de un amigo en la que le decía que le envidiaba por las puestas de sol que estaría viendo. Le respondió inmediatamente que no había visto ninguna, ya que trabajaba en su camarote y no había salido de él desde hacía semanas.

Ayer, tras soñar que volvía a la finca de Canterel y pasar después a leer Locus Solus por enésima vez, me pareció ver que en el camino de la vida, y ya desde la primera lectura de ese libro, me viene acompañando la confortable sospecha o gran revelación de que puede uno crearse un procedimiento propio, perfectamente artificial, para construir una obra inmensamente verdadera.

[Del prólogo de Vila-Matas a Locus Solus (traduccion de Marcelo Cohen, publicado por Interzona, Buenos Aires 2011]

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LA DISYUNTIVA (W.B. YEATS)

Harry Callahan (3)El intelecto humano está en la disyuntiva:
o la vida perfecta, o la perfecta obra.
Si elige la segunda a rehusar se obliga
una mansión divina mientras rabia en la sombra.
¿Y qué sucede cuando ese cuento termina?
Se tenga suerte o no, deja huella el afán:
vieja perplejidad, la cartera vacía,
o vanidad del día, el nocturno pesar.

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The trauma of transgression. [Patricio Pron hoy en The Saxon]

EvenLos “números redondos” que tanto nos irritan a los que, liderados por el escritor Enrique Vila-Matas, que abogan por acabar con ellos, suelen ser de poca utilidad, ya que la Historia pocas veces ofrece el alivio de una rima. Así, el bicentenario del nacimiento de Baudelaire parece algo menos relevante para abordar su vigencia como los 164 años que se celebran desde el juicio de Las flores del mal. Si nuestro mundo sigue siendo suyo, esto se debe en gran parte a que parece haber más gente en este momento tratando de convertirse en Pinard que en Baudelaire y porque «el camino más peligroso pero más directo» propugnado por el autor de El pintor de la vida moderna, el de un El cuestionamiento de una moral restringida y asfixiante sin la cual el experimento de la modernidad no hubiera sido posible, comienza a remontarse en nombre de la celebración del trauma, principal y muchas veces único activo literario de ciertos escritores.

The “round numbers” that so irritate those of us, led by writer Enrique Vila-Matas, who advocate ending them tend to be of little use, since History only rarely offers the relief of a rhyme. Thus, the bicentennial of the birth of Baudelaire seems somewhat less relevant to address its validity as the 164 years that are celebrated from the trial of The flowers of Evil. If our world is still his this is largely because there seem to be more people at this time trying to become Pinard than Baudelaire and because “the most dangerous but most direct path” advocated by the author of The painter of modern life, that of a questioning of a restricted and suffocating morality without which the experiment of modernity would not have been possible, begins to be retraced in the name of the celebration of trauma, the main and often the only literary asset of certain writers.

The trauma of transgression | Opinion

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Pero es que Clement Cadou existe

«Sepa usted que Clement Cadou sólo es visible en invierno» (Vila-Matas)

Bela Lugosi

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Bartleby y compañía cumple 20 años en Brasil

EN BRASIL COMPANHIA DAS LETRAS CELEBRA EL 20 ANIVERSARIO
DE BARTLEBY Y COMPAÑÍA

Bartleby e companhia reaparece en Brasil (marzo de 2021) em excelente edición de la editorial Companhia das Letras que conmemora los 20 años del libro en su blog con escritos de 4 de los más destacados narradores jóvenes del Brasil:
Romance, livro de contos, de ensaios, crítica literária, peça de humor: publicado originalmente no ano 2000, o premiado Bartleby e companhia marcou época ao colocar o fazer literário no espelho e mesclar diversos gêneros de maneira radical.

Neste livro premiado e inclassificável, o catalão Enrique Vila-Matas recupera a figura de Bartleby (personagem criado por Herman Melville), um jovem escrivão que se esquiva de obrigações e misteriosamente vai se ausentando de toda e qualquer atividade graças a uma resposta enigmática que dá a todos que pedem para que realize algo: «eu preferia não o fazer». A frase deixa seus interlocutores perplexos, e pouco a pouco Bartleby se isola até quase sumir.

Vila-Matas faz com que essa «pulsão negativa» escape do conto de Melville e, cosmo um vírus, atinja diversos escritores por toda parte. O protagonista de Bartleby e companhia, então, se dedica a rastrear e catalogar autores, fictícios e reais, que escolheram o silêncio, como o americano J. D. Salinger, que, após se tornar uma celebridade com O apanhador no campo de centeio, afastou-se da sociedade e deixou de publicar, ou o suíço Robert Walser, cujo maior sonho era ser esquecido.

Ao escrever sobre o ato de não escrever, Vila-Matas captou com perspicácia a crise do pós-modernismo, em que se supõe que todas as ideias já foram inventadas e não resta mais originalidade, para construir, a partir de detritos e restos, uma obra cômica e explosivamente criativa que se tornou objeto de culto ao redor do mundo.

  1. Antonio Xerxenesky acerca de Bartleby e companhia
  2. O evangelho dos procrastinadores: Bartleby e companhia, 20 anos depois, Felipe Charbel
  3. Ouço o Silencio, Miro o Abismo, Priscilla Campos
  4. Próximamente
sombrero
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BRASIL: LOS 20 AÑOS DE ‘BARTLEBY E COMPANHIA’ vistos por Felipe Charbel

cervLi Bartleby e companhia duas vezes. A primeira quando saiu por aqui, em 2004, e a segunda só agora, na ocasião do relançamento. Na época eu era outra pessoa, outro leitor — desconhecia Enrique Vila-Matas, não seguia a ficção mais recente. Mas tinha lido Borges, ou seja, tinha lido a história da literatura condensada num único autor. De pé na livraria, folheando o livrinho de Vila-Matas — um livro tão bonito que deu vontade de começar a leitura ali mesmo, na fila do caixa —, intuí que o escritor catalão nadava de braçada no universo borgiano. E era isso mesmo: Bartleby e companhia estava repleto de escritores que renunciaram à literatura, de glosas a romances não escritos (inclusive um que se chama Instituto Pierre Menard), de alusões a bibliotecas utópicas como a de Brautigan, composta tão somente de manuscritos recusados (de tão absurda ela só podia ser real). Peguei o troco e guardei o livrinho na mochila, certo de que ele me faria feliz.

Acontece que o romance-ensaio de Vila-Matas era mais, bem mais que uma paródia de Borges. Voltar a essa obra que moldou meu entusiasmo pelo contemporâneo, que definiu os contornos do leitor que me tornei, foi como viajar no tempo. Antes de começar a reler, passando os olhos pelas minhas anotações e por meus sublinhados antigos, me veio à mente uma cena de leitura. Estou deitado na minha cama estreita, suando em bicas, e faço apostas comigo mesmo sobre a natureza (real ou imaginária) daqueles heróis da desistência, os bartlebys catalogados às dúzias por Vila-Matas. Ligo o computador, checo no Google os nomes de alguns desses escritores, não acerto um: suspeitei que eram inventados, mas calhou de serem autênticos. Pior para os fatos, pensei. Não é porque circulavam fora do livro — na “assim chamada realidade” — que aqueles escritores, aquelas obras, aquelas desistências eram menos fantásticos: a realidade é uma ficcionista habilidosa.

Quando releio os livros que compõem meu cânone pessoal, um conjunto de sensações — sedimentos da primeira leitura — parece se desprender das páginas amareladas. No caso de Bartleby e companhia o que veio à tona foi o riso, um riso de entusiasmo que, com os anos, deixei de associar a essa obra, não sei bem por quê. Me recordava de um relato mais para o sisudo, transitando entre a ficção e a teoria, entre Beckett e Blanchot. Mas logo no primeiro parágrafo acho graça da estrutura concebida pelo narrador, esse herdeiro amalucado de Pierre Bayle: “notas de rodapé que comentarão um texto invisível”. Avanço mais um pouco e dou boas risadas da “Câmara de Escrita para Desocupados”, onde Robert Walser podia exercer o ofício que melhor lhe convinha, o de copista. Rio alto de Clément Cadou, aspirante a escritor que, para se esquecer de si mesmo, finge que é uma peça de mobília na sala de jantar. O próprio narrador — fiapinho de voz sem corpo, um QuaseWatt — se diverte horrores rastreando bartlebys. Não é que faça galhofa, também não ri de nervoso. Sua risada está mais para o descarrego. É a risada de quem, no apagar das luzes da história literária, sente o alívio por não restar mais nada a dizer — o que o desincumbe das angústias e fadigas da autoria.

QuaseWatt é Vila-Matas fantasiado de “último escritor”. E Bartleby e companhia a ficção do “último livro”, um epitáfio à Literatura. Precisamente por esse motivo, por essa condição terminal, o inventário de Vila-Matas pode ser lido como uma história abreviada da pulsão criadora, contada do ponto de vista de um embate entre o não e o sim — a apologia de escritores, de artistas em geral, que só puderam produzir à beira do precipício. É também um elogio do fracasso, das desculpas esfarrapadas (“deixei de escrever porque morreu meu tio Celerino, que era quem me contava as histórias”, dizia Juan Rulfo), da lei do menor esforço, dos “truques para dizer não”, das fraudes de todo tipo, dos zeros à esquerda, do silêncio, dos eclipses literários, dos escritores sem livros, dos artistas sem obras. É o evangelho dos procrastinadores, a bíblia dos improdutivos.

Se Bartleby e companhia é o livro sagrado da desistência, Artistas sem obras, de Jean-Yves Jouannais, é o manuscrito apócrifo preservado no deserto. Cheguei a Jouannais por força da lei de Rodolfo Wilcock: “entre os meus autores preferidos estão Robert Walser e Ronald Firbank, e todos os autores preferidos por Walser e por Firbank, e todos os autores que estes, por sua vez, preferiam”, teria dito o escritor argentino. A menção de Vila-Matas ao ensaio de Jouannais é ligeira. Ainda assim fui atrás, e terminei me divertindo com as blagues sobre o mútuo parasitismo e a relação triangular entre História abreviada da literatura portátil (1985), Artistas sem obras (1997) e Bartleby e companhia (2000). “Sou o autor de um livro que Enrique Vila-Matas publicou com seu nome”, escreve Jouannais a respeito de História abreviada. E Vila-Matas: “chegando em casa, comecei a escrever Bartleby e companhia, sabendo perfeitamente que quem escrevia tudo aquilo” era um “duplo shandy de Jean-Yves Jouannais”.

Ao ler Artistas sem obras, compreendi melhor algo que no meu primeiro contato com Bartleby e companhia surgiu como simples fagulha, na releitura se insinuou como verdade que me escorregava entre os dedos, e no ensaio sobre os “criadores que optaram pela não-criação” aparecia como conceito: a ética da não-produção. Mais que improdutivos, certos artistas devem ser considerados improdutores: a “não-produção não é para eles uma deflação da vida”, escreve Jouannais, “muito pelo contrário, ela decorre de um tempo mais longo, diria mesmo exclusivo, dedicado à própria vida”. A improdução não é a renúncia absoluta, mas a arte de se ater ao indispensável. Para alguns escritores (como Balzac e Proust) o indispensável são milhares de páginas. Para outros (como Rulfo e Raduan Nassar) um ou dois livros. Já para os artistas do não mais inflexíveis (casos de Jacques Vaché e Bobi Bazlen), umas poucas cartas e notinhas avulsas.

Vila-Matas está longe de ser um artista do não: sua estética é a da fartura, uma escrita em que o temor de se tornar repetitivo dá lugar à repetição como método de trabalho. Talvez por esse motivo, esse tremendo contraste, ele tenha se interessado tanto por escritores sem livros, os que preferiram não: não seguir caminhos já pisados, não reescrever livros já escritos, escritores que se decidiram pela elegância do “gesto Bartleby”. “Se eu fizesse um pouco menos, deixaria de ser arte”, reconheceu certa vez o compositor e poeta Albert M. Fine. Na arte não existe o zero absoluto, mas quanto mais próximo se puder chegar do alvo inatingível, menor o desperdício. E o que é que se desperdiça com os rigores da obra senão a própria vida?

***janelas-irreais

Felipe Charbel nasceu no Rio de Janeiro em 1977. É professor do Instituto de História da UFRJ e pesquisador do CNPq. Publicou Janelas irreais — um diário de releituras (Relicário Edições, 2018), livro que transita entra a ficção e o ensaio ao apresentar um narrador que relê romances decisivos na sua formação como leitor, e toma nota dessas leituras num diário.

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BIEL MESQUIDA acerca de CHET BAKER PIENSA EN SU ARTE en Diario de Mallorca.

CBPESA_StoryTel_audioSENT MOLTA D’INSEGURETAT ENFRONT DEL QUE VULL ESCRIURE.

(Suplement Bellver, 15-4-21)

No visc mai dins les certeses. Dubt tot el temps. I per això l’amic Enrique Vila-Matas, en el seu llibre Chet Baker piensa en su arte (Editorial WunderKammer), una ficció crítica, em resulta tan benèfic com un bàlsam. És la narració d’un crític literari tancat en un hotel de Torí que cerca el punt d’unió entre la literatura radical que encarna el darrer James Joyce (el de Finnegans Wake) i la literatura tradicional representada per Georges Simenon que sempre s’entén. El crític és una personalitat dividida en dos: meitat Doctor Jekyll i meitat Mister Hide, meitat Doctor Finnegans i meitat Monsieur Hire. Pas un guster de llegir aquestes planes que no vull que s’acabin perquè m’entretenen molt i em distreuen de tots els problemes i desastres organitzatius que tenc. Aquesta és una de les funcions de la bona literatura. Subratll amb un llapis blan les frases que més m’impressionen. I em faig una estona molt bona en què l’avorriment no entra per cap encletxa. El llibre de VilaMatas convida a cercar un tipus d’escriptura, un estil i una construcció que permeti mantenir units els pols més extrems amb les seves xarxes antagòniques i oposades. Una bella heroïcitat literària.

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Editorial Universidad Veracruzana publicó ‘Diccionario Vila-Matas’

12345Xalapa. La Editorial de la Universidad Veracruzana (UV) publicó el Diccionario Vila-Matas, obra de Pablo Sol Mora, académico del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias (IIL–L), disponible en acceso abierto y para su descarga gratuita enel catálogo en línea de la Editorial UV.

Como el propio autor refiere en el prólogo, “la obra de Enrique Vila-Matas, una de las más originales de la literatura contemporánea”, ha construido un mundo propio, “leemos una página suya y de inmediato sabemos que estamos entrando en ese mundo, su mundo. Es, desde luego, una forma, un estilo, pero también un contenido, o sea, una serie de ideas, términos, temas, personajes, símbolos, referencias, obsesiones… Es, naturalmente, la mezcla indisociable de ambos”.

Sol Mora explica que “el Diccionario Vila-Matas pretende ser, ante todo, un homenaje a una obra, un tributo que nace de la admiración y el entusiasmo razonados de la crítica. Busca ofrecer al lector, al que apenas se interna en el mundo vilamatiano o al ya más o menos familiarizado con sus caminos, un mapa, una guía o, mejor aún, un compañero de viaje”.

Recuerda además que abrir cualquiera de los libros de Vila-Matas significa “entrar a un universo único: un universo portátil de shandys, bartlebys, suicidas, solteros, espías y femmes fatales; de capitales lo mismo en París y Barcelona que en Praga y Veracruz; de máscaras y ventrílocuos; de viajes y viajeros lentos; de citas y conferencias; de ficción y crítica; de fiesta y tedio; de vida y literatura”.

La reciente publicación abarca entradas que van desde “Abismo” hasta “www.enriquevilamatas.com” que engloban, en palabra de su autor, “un itinerario personal y hedonista a lo largo de una obra leída y releída con pasión. Puede ser recorrido en orden, de principio a fin, o a salto de mata, según el interés y el humor; en su totalidad o fragmentariamente”.

Lo único que importa, añade en el prólogo, “es que al final remita a la obra, que haga volver –con suerte con una comprensión más lúcida o una perspectiva enriquecida– al mundo único de Enrique Vila-Matas”.

Destaca además que ningún escritor de lengua española ha sabido aprovechar las ventajas de Internet como el propio Vila-Matas y, en igual sentido, este Diccionario Vila-Matas “comenzó su andadura en la red en 2015, en donde tuvo una favorable acogida por lectores y curiosos (primero en www.diccionariovilamatas.com — no on line actualmente) y  luego en www.pablosolmora.com)”.

Posteriormente se difundió a través de la página de la revista Letras Libres e inclusive algunas entradas fueron retomadas por el sitio del propio Vila-Matas  (http://www.enriquevilamatas.com/obra/l_bruma.html)

La reciente edición de la UV es una versión revisada y actualizada de este material que se pone a disposición del lector interesado en conocer más acerca del autor español.

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LO ABANDONADO [Café Perec]

Banville“Escribo porque no sé escribir”, le oí susurrar a John Banville en cierta ocasión. Y pensé que un día haría una antología de textos de mis autores favoritos, de todos los que escriben porque no saben escribir. En las semanas que siguieron fui componiendo una lista espectacular de nombres, aunque el proyecto al final no fue adelante porque pronto  vi que me daría mucho trabajo si lo tomaba en serio, y la prueba la tenía en que, por mucho que me esforzara, no alcanzaba a verle nunca el final a aquella lista de grandes nombres. Si no recuerdo mal, el mismo día en que renuncié a la lista espectacular me vino a la memoria otra a la que también había renunciado y que me había sugerido con malicia César Aira en los Andes venezolanos: rastrear los momentos en que escritores muy consagrados mostraron su profundo arrepentimiento –lágrimas incluidas– por haber escrito las birrias que habían escrito.

Aquel proyecto de Aira lo relaciono a veces con el que planeé de jovencito  con el malogrado J.H, mi mejor amigo del colegio: consistía en vengarnos de los Maristas y de su insistencia en que “escribiéramos bien” (como Pemán ó Alfonso Paso, nos decían) componiendo una terrorífica lista de paisanos que hubieran escrito con aquel atroz estilo pulcro que nos habían querido imponer, un “estilo nacional”, como de examen de reválida.

No fue el único proyecto que J.H y yo abandonamos. Compartimos otro muy divertido, pero que pronto se reveló irrealizable a causa de la falta de autores que hubieran utilizado expresamente el punto de vista de una esponja para narrar una historia. Y es que sólo encontramos a dos: el primero, Ramón Gómez de la Serna, en su brillantísimo El incongruente (reeditado en 2010 por Blackie Books), y el otro, Julio Cortázar, que en uno de sus textos de primera hora habló de participar lo más posible “de esa respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen recuerdos…”

Un día descubrí que lo abandonado era mi paisaje más familiar. Imperturbable, me lancé, no obstante, a un nuevo proyecto, que, eso sí,  también acabé aparcando: reunir en un libro a los más sonados casos de escritores españoles con estilo de examen de reválida, pero quedé desbordado cuando comprendí que, detrás del tópico de la expresión “escribir bien”, se encerraba una monumental cursilada y un desastre general ya experimentado en Francia, por ejemplo, donde quedaron atados al estilo Paul Bourget, a un “estilo nacional” derivado del estilo Voltaire: frases siempre bien hiladas, pulcras, bien escritas y tan de muerte en Venecia que todavía hoy horrorizan por su perfección y acartonamiento.

Cambié aquel proyecto por el estudio minucioso del ciclo precario, fugaz, de toda civilización, en concreto de la nuestra. Y pronto reparé en esa variante del frío estilo oficial y perfecto, funcionarial, como de iceberg antes del Titánic, muy fin de época, de la inepta (se ha visto últimamente con claridad) Unión Europea. Por cierto, en el estudio de ese lenguaje glaciar andaba ayer mismo inmerso cuando decidí también abandonarlo.

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Pablo Sol Mora acerca de ESTA BRUMA INSENSATA

automovVila-Matas ha reunido en ESTA BRUMA INSENSATA una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte.  

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Cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer.
Pablo Sol Mora (Revista Criticismo, México)

Infatigable, Vila-Matas ha publicado recientemente dos libros: su última entrega narrativa –no sé si llamarla novela, el propio libro previene contra el término–, Esta bruma insensata, y una de sus ya clásicas recopilaciones de artículos, Impón tu suerte. El título proviene de un desafiante poema de Los madrugadores de René Char –“impón tu suerte, abraza tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Al mirarte, se acostumbrarán”– y resulta especialmente afortunado porque es como una cifra de la trayectoria artística de Vila-Matas, pues nadie como él, en la literatura hispánica reciente, ha construido su destino literario, creado una obra, persistido en sus obsesiones, formado a sus lectores: impuesto su suerte.

El itinerario editorial vilamatiano es paradójico: comenzó con una serie de libros de aprendizaje publicados en las décadas de los setenta y ochenta –Mujer en el espejo contemplando el paisaje, La asesina ilustrada, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine– en editoriales independientes, algunas de ellas desaparecidas, que circularon escasamente y tuvieron poquísimos lectores; entró en una nueva etapa, más sólida, con su debut en Anagrama, Impostura (1984), y la mítica Historia abreviada de la literatura portátil (1985), que continuó con títulos que iban apareciendo con disciplina y constancia –Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical–, pero sin causar ningún terremoto editorial (eran, sin embargo, libros decisivos, en los que iba creando una obra y, más importante, un lector), y explotó ya en el siglo XXI con Bartleby y compañía (2000) y El mal de Montano (2002), que acarrearon el reconocimiento masivo e internacional. El resto es historia más conocida, incluida la mudanza en 2010 a Seix-Barral, parte de Planeta, a partir de Dublinesca. Lo que me interesa resaltar es que actualmente cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer. Es significativo, y dice mucho de la perversión editorial actual, que justamente al mismo tiempo que se publica una obra ambiciosa y desafiante de la convenciones de “lo que debe ser una novela”, como Esta bruma insensata, la misma editorial, en la misma colección, publique un libro como el recién ganador del premio Biblioteca Breve, Días sin ti de Elvira Sastre, cuyo concepto de literatura –es un decir, claro– está en las antípodas del que encarna Vila-Matas. Al incluirlos en la misma editorial y colección, se entiende que los editores responsables los juzgan de una semejante calidad literaria y pretenden vendérselos así al lector. Algún incauto, me temo, podría caer en el engaño (y no sería culpa suya, claro, sino de la empresa que le da gato por liebre). Pero no, amigos mercaderes, no son ni remotamente semejantes y todavía hay lectores capaces de hacer la diferencia. El mismo fenómeno se repite en muchos sellos editoriales antaño independientes y notables, hoy parte de grandes conglomerados, en donde verdaderos autores son puestos a convivir sin pudor con la basura light y comercial más deleznable. Funcionará, supongo, en términos económicos, pero en literarios y críticos de largo plazo, no, y lo que cosecharán eventualmente será la degradación y el desprestigio de sus catálogos.

Ya desde Kassel no invita a la lógica (2014) Vila-Matas había aflojado las costuras de la trama y su prosa narrativa buscaba otros caminos, no tan sujetos a lo convencionalmente novelesco. El resultado es variado –afortunado en Kassel, no tanto en Mac y su contratiempo, más interesante en Esta bruma insensata– y presiento que no todos los lectores, incluidos algunos vilamatianos, lo seguirán. Al autor, naturalmente, no le quitará el sueño porque hace mucho tiempo que decidió que emprendería un camino absolutamente personal y que lo seguiría el que pudiera seguirlo y punto. La historia de la obra vilamatiana es la historia de la educación de sus lectores. Puede discutirse si ciertos libros o una etapa son mejores que otros –yo creo que se alcanzó un clímax que abarca Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca y llega hasta Exploradores del abismo, pero textos como “Chet Baker piensa en su arte” y “Bastian Schneider” me hacen pensar que todavía puede venir otro–, pero lo que no puede discutirse es que Vila-Matas está en una evolución permanente y se niega a repetirse fácilmente. La autenticidad de su trayectoria artística es ejemplar.

Esta bruma insensata es la historia de dos hermanos: Rainer Schneider Reus, alias Gran Bros, y Simon Schneider Reus (anteriormente conocido como Bastian Schneider, antes de que Vila-Matas se enterara de que efectivamente existe un joven escritor alemán de ese nombre y decidiera cambiar el de su personaje: la realidad imita anticipadamente a Vila-Matas). El primero es un escritor radicado en Nueva York, autor de una pentalogía novelística, “las cinco novelas veloces”, que lo ha convertido en una elusiva celebridad, pues, como Thomas Pynchon, elige ocultarse; el segundo vive anónimamente en Cadaqués y es el oscuro hokusai, o sea, proveedor de citas literarias, de su famoso hermano. Ya se ve: Vila-Matas being Vila-Matas. En realidad, apenas hace falta decirlo, los hermanos son uno solo, un Jano de la literatura, y representan dos grandes pulsiones vilamatianas: celebridad y anonimato, mostrarse y ocultarse, figurar y desaparecer.

La obra de Gran Bros está atravesada por una duda fundamental de ecos bartlebyanos: “en realidad el tema de fondo de sus libros es si seguir o no seguir, esa es su that is the question, una oscilación entre dos conciencias: la que desea tener fe en la escritura y la que preferiría inclinarse por el desprecio y la radical renuncia”. Además, a Rainer lo aflige de vez en cuando la mala conciencia del escritor de éxito que sabe que, mientras él triunfa, los autores verdaderamente grandes muchas veces escriben y mueren en la oscuridad, ajenos –ellos sí en serio y no por la vanidad de hacerse los escondidos– a toda frivolidad literaria.

Tengo la impresión de que Vila-Matas ha reunido en Gran Bros una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte. Practicante consumado, en las antípodas de la ingenuidad del amateur, no puede dejar de advertir las costuras del artificio detrás de cualquier obra. Este es el conflicto de Gran Bros: “como cuando vino a decir que amaba la literatura, los libros, los autores, y que ese era su mundo, pero que tenía que proclamar, profundizando en la cuestión, que de todos esos autores, tanto de los que le gustaban como de los que apreciaba, tanto de los que idolatraba como de los que no le gustaban nada, tanto de los que se creían muy listos como de los que iban de tartufos, tanto de los avispados como de los crédulos, tanto de los chantajistas como de los mendigos, profundizando en la cuestión tenía que decir que de todos se reía. Porque había en todo lector, añadió Rainer, una vocecita que por lo bajo le decía acerca de todo lo que leía, por extraordinario que fuera: ¡anda ya!”.

El arte literario concreto de Gran Bros es el de la novela y a este también lo atiza, claro: “como cuando dijo que odiaba ya para siempre ese embuste de como mínimo cien páginas que agradaba tanto al mercado y que llevaba el nombre de novela y que siempre era algo artificial, planeado e inevitablemente trucado que exigía acontecimientos, acción al menos de vez en cuando, hechos generalmente arbitrarios, todo tipo de señoras saliendo de casa con banderas españolas a las doce de la mañana y mil obstáculos más que hacían que la novela tuviera que saltarse muchos momentos de reflexión y fuera perdiendo, por el camino, el potencial de la prosa sin aditivos”. A esto aludía más arriba cuando señalaba como paradójico el hecho de, por un lado, la indiscutible consagración editorial de Vila-Matas y, por otro, su resistencia y firme independencia frente a las preferencias del mercado literario. La astucia editorial consiste también en que la industria consiente esto en un autor de la talla y el prestigio ya ganado de Vila-Matas, pues se beneficia en términos de reputación publicándolo, aunque su criterio en el caso de otros escritores y obras sea completamente distinto y de hecho enfrentado al del autor.

En sus últimas obras narrativas (Kassel no invita a la lógica, Mac y su contratiempo, Esta bruma insensata), Vila-Matas parece efectivamente buscar esa “prosa sin aditivos”: la trama se adelgaza, los acontecimientos se diluyen, no pasa nada o muy poco, pero la prosa es lo que pasa, y la acción es reemplazada por una especie de continuum de reflexión narrativa en el que el autor da una y otra vez vuelta a sus obsesiones (la escritura, la lectura, la cita, el arte, la identidad…). Como desde el principio, Vila-Matas tantea, explora (sigue siendo un explorador del abismo), va en buscar de algo que él mismo no sabe exactamente qué es. Por ello la bruma –esa niebla que oculta las cosas y difumina las fronteras de lo aparente y lo real– es el símbolo idóneo de esa búsqueda.

El final de Esta bruma insensata es una furibunda diatriba contra la literatura por parte de un Gran Bros desquiciado que concluye en la renuncia final: “Desprecio y renuncia, esa era su decisión. Dejar atrás la maldita impostura de escribir”. Eso, sobra decirlo, es precisamente lo que Vila-Matas no ha hecho ni creo que vaya a hacer (“en literatura, callarme no me callaré nunca nada”, declaró hace poco en una entrevista). A Gran Bros, además, le falta lo más específica y felizmente vilamatiano: la apuesta por la alegría, el sentido del humor, la (auto) ironía. Vila-Matas, presiento, seguirá avanzado, imperturbable y sonriendo, hacia el corazón de la bruma.

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Brasil: Los 20 años de ‘Bartleby e companhia’ vistos por Antônio Xerxenesky

image00004(1)Desde que Vila-Matas bailó sobre el cadáver zombi de la literatura en Bartleby y compañía, han pasado muchas cosas; el mundo se ha politizado y cualquier novela nueva se vende como «urgente» y «esencial para entender el mundo actual». En todas las ilusiones sobre el futuro de la literatura desarrolladas por el catalán, esto nunca surgió como una posibilidad. Porque eso sería pesado, el regreso a lo real. El camino de Vila-Matas va por la ruta menos transitada: una fusión de la vida con la literatura en la que la vida se convierte en un cuento de Robert Walser, en el que un senderista deambula por las montañas del interior de Suiza y contempla el horizonte de posibilidades. La cordillera suiza es un canon modernista.

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Estuve en Barcelona en 2019 y la Barcelona que vi no tiene nada que ver con el Vila-Matas de los libros. Vila-Matas dice que es catalán, pero cada vez más creo que ésta es una de sus felices mentiras. Básicamente, Vila-Matas es un huérfano argentino que, a los 10 años, invadió la casa del fallecido Macedonio Fernández y le robó sus notas privadas, lo que impactó su cerebro infantil de forma irreparable. Sabiendo que todos sus lectores entablarían relaciones infinitas con Macedonio y Borges, decidió mentir y decir que vive en Barcelona, incluso alquiló un piso en el Barrio Gótico, y así se le ve como escritor europeo. Pero los latinoamericanos decimos antes de dormir: “Vila-Matas es argentino y Ricardo Piglia fue su primo”. Si alguien se atreve a negarlo, citamos a Sophie Calle fuera de contexto.

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¿A quién le recomendamos que lea Vila-Matas? A los sin rumbo, a los vagabundos. No es que sirva de brújula o mapa. Lo que pasa es que Vila-Matas ve que vas en una dirección determinada y pone tu cabeza en un palo y te hace girar y girar. Después de recuperarte del mareo, intenta caminar en línea recta. Permanecerás desorientado, pero tarde o temprano te encontrarás con un laberinto de espejos, donde volverás a perderte. Es necesario imaginar al lector así: perdido y feliz.

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Antônio Xerxenesky nasceu em 1984 em Porto Alegre, é autor dos romances As perguntas (2017), F (2014) e Uma tristeza infinita (no prelo).

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