EL GRAN LENGUAJE OLVIDADO (La parte recordada, Rodrigo Fresán)

fontanella press«…recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? … Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y verás cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas…» (Thomas Wolfe, citado en La parte recordada)

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TRES NUEVAS TESIS DOCTORALES SOBRE LA OBRA DE VILA-MATAS.

En el centro del vacío hay otra fiesta.
Crisis del lenguaje y ficción crítica. De Borges a Vila-Matas
Tesis doctoral de Mario Aznar

Facultad de Filología
Universidad Complutense de Madrid, 2019

espejo deformante Ficciones para una teoría de la novela:
la poética de la conjunción en Enrique Vila-Matas
Tesis de Felicidad Juste Mompel

Departamento de Filología Española
Universitat Autónoma de Barcelona, 2019

píldora La heterodoxia de las formas narrativas breves
en Enrique Vila-Matas
Tesis de Laura Pache Carballo
Dirigida por Fernando Valls
Departamento de Filología Española
Facultad de Filosofía y Letras
Universitat Autónoma de Barcelona, 2019

 

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Mister Jones [Un cuento de Truman Capote]

tcDurante el invierno de 1945 pasé varios mese en una pensión de Brooklyn. No era una casa sórdida, sino por el contrario, una antigua casa de tres pisos, agradablemente amueblada, que sus propietarias, dos solteronas, mantenían pulcra como un hospital.

Mr. Jones vivía en el cuarto contiguo al mío. Mi cuarto era el más pequeño de la casa, el de él el más grande, un cuarto lindo y soleado, por suerte, pues Mr. Jones no salía nunca: las solteronas se ocupaban de todo lo necesario: de sus comidas, de sus compras, de lavarle la ropa. Además, no le faltaban visitas. Por lo general visitaban su cuarto diariamente una media docena de personas, hombres y mujeres, jóvenes, viejos, de mediana edad. Llegaban desde la mañana temprano hasta la noche. No era un vendedor de drogas ni un adivino. Sus visitas sólo iban  a conversar con él y, aparentemente, le daban un poco de dinero por su conversación y consejos. Por otra parte, no tenía otros medios de vida. Yo nunca mantuve una conversación con Mr. Jones, circunstancia que he lamentado mucho. Era un hombre apuesto, de unos cuarenta años. Esbelto, de pelo negro, rostro distinguido, pálido y delgado, pómulos altos, con un lunar en la mejilla izquierda. Era una mancha defectuosa, con forma de estrella. Usaba anteojos de aros de oro y lentes muy oscuras. Era ciego, y además lisiado. Según las hermanas, no podía caminar debido a un accidente de infancia, y no podía desplazarse sin muletas. Siempre llevaba un traje gris oscuro o azul, de tres piezas, inmaculadamente planchado, con una corbata discreta, como si estuviera a punto de dirigirse a su despacho en Wall Street. Sin embargo, como ya he dicho, nunca salía de su cuarto. No hacía más que estar sentado en su alegre habitación, en un cómodo sillón, recibiendo a sus visitantes. Yo no tenía idea de por qué iban a verlo, ni de qué conversaban estas personas comunes y corrientes. Por otra parte, yo estaba demasiado preocupado por mis propios asuntos como para pensar en ello. Cuando lo hacía, suponía que sus amigos lo encontraban amable e inteligente, un buen oyente, alguien en quien podían confiar y a quien podían consultar cuando tenían problemas: una combinación de sacerdote y terapeuta.

Mr. Jones tenía teléfono. Era el único huesped que poseía una línea privada. Llamaba continuamente, a veces después de medianoche y desde las seis de la mañana.

Me mudé a Manhattan. Varios meses después volví a buscar una caja de libros que había dejado en depósito. Las señoritas me invitaron a tomar el té con torta en su sala de visillos de encaje. Les pregunté por Mr. Jones.

Las señoritas bajaron los ojos. Aclarándose la garganta, una de ellas dijo:

-El caso está en manos de la policía.

La otra agregó:

– Lo hemos denunciado como persona desaparecida.

La primera dijo:

– El mes pasado, hace veintiséis días, mi hermana subió el desayuno a Mr. Jones, como de costumbre. No estaba en su habitación. Estaban sus pertenencias pero él había desaparecido.

– Es extraño…

–Como un hombre completamente ciego, un inválido…

Pasaron diez años.

Es una tarde helada de diciembre, y estoy en Moscú. Viajando en el subterráneo. Hay pocos pasajeros. Uno de ellos es un hombre sentado frente a mí, de botas, un largo abrigo y un sombrero de piel al estilo ruso. Tiene ojos brillantes, azules como los de un pavo real.

Después de un instante de duda, me puse a mirarlo fijamente, pues hasta sin los anteojos negros, era imposible confundir esa cara enjuta y distinguida, esos pómulos altos, con el lunar escarlata en forma de estrella.

Estaba a punto de cruzar el pasillo para hablar con él cuando el tren llegó a una estación y Mr. Jones se puso de pie sobre un par de fuertes piernas y salió del coche. Rápidamente, la puerta se cerró detrás de él.-

 

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Aquello que Nietzsche gritaba [Café Perec]

niSchopenhauer hablaba con él mismo, en voz alta, en la vía pública. Ahora creerían que conversaba por móvil. Cada vez hay menos personas que debatan consigo mismas.  La obsesiva histeria de la “actualidad” nos ha habituado a secuencias de debates televisivos y otras tonterías. Y ahí no acaba todo, se han producido cambios que han convertido en extrañas las actividades cotidianas más simples y agradables: conversar con los amigos, callarse, leer un libro, y ya no digamos debatir a solas con nosotros. Paralelamente a esto, se ha vuelto incontrolable el impulso destructivo de pasar el día pendientes de la frenética y tantas veces banal actualidad.

Por otra parte, ¿qué hacer con lo supuestamente “actual”? La pregunta me transporta a una tarde de verano de 1979 en la que Roland Barthes está preparando la lección que dará en al día siguiente en el College de France y, en curioso debate consigo mismo, se  pregunta (así lo transcribe en La préparation du roman) “si podemos seguir leyendo libros cuando uno se pone a escribir”

Los franceses eran así antes, ¿no? Se formulaban preguntas de todos los colores, siempre en viva discusión consigo mismos. Esa tarde de verano, nada más plantearse la abrupta cuestión, da un vistazo Barthes al periódico Liberation y las noticias (enfrentamientos en Cherburgo, basureros nucleares, problemas en Irán…) convierten en  insignificantes sus pequeñas inmersiones personales. “Y todas esas noticias me han golpeado fuerte cuando, con cierta sofisticación,  me estaba preguntando si se puede leer cuando se escribe”, comenta poco antes de auxiliarse enseguida a sí mismo recordando su experiencia del verano anterior cuando, releyendo a Pascal en el avión a Biarritz, tuvo la viva impresión de que el pensador iba a su lado y le hablaba en un lenguaje directo que él no encontraba en el mundo que le rodeaba. “Y me dije: amar la literatura, cuando uno lee, es disipar cualquier tipo de duda sobre el presente, su actualidad, su inmediatez; es ver que es un hombre vivo el que habla, como si su cuerpo estuviera a tu lado, más actual que el ayatolá Jomeini; es escuchar a Pascal expresando el miedo a la muerte y descubrir que sus viejas palabras expresan las cosas presentes que están en mí y no me hacen sentir la necesidad de otro lenguaje”

En este país, el más enloquecidamente enganchado que existe a “la actualidad”, consuela ver que, a pesar de la avalancha de libros que confunden lo político con lo coyuntural (lógica insigne del mercado), aún queda una cierta resistencia y circulan libros recientes que no ceden a ese chantaje de la actualidad sobre el novelista y nos instan a poner en pie aquello que Nietzsche gritaba antes de caer rendido en Turín: que para ser realmente contemporáneos hay que ser intempestivos, ligeramente inactuales. Porque la contemporaneidad es adherirse a nuestro propio tiempo, pero, a la vez, tomar distancia del mismo, puesto que a fin de cuentas sólo así, desde esa posición desplazada, podrá abrirse paso la distancia crítica, la discrepancia política frente al presente. (leer tambien aquí)

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NICOLAS MAVRAKIS en LA NACIÓN (Buenos Aires) sobre ESTA BRUMA INSENSATA.

xShIp_q_La apuesta por entender la literatura como una tarea esencialmente crítica no es nueva para el gran autor catalán, aunque sin duda parece haber pronunciado una curva más cerrada desde Mac y su contratiempo (2017)

Dos hermanos catalanes comparten el amor por la literatura, pero mientras que uno (Gran Bros) se dedica a escribir libros en inglés en Nueva York, el otro (Simon) se dedica a pensarlos y estructurarlos en español a partir de distintas citas literarias desde su casa en Cadaqués.

La novela puede sintetizarse como un duelo amoroso entre las dos caras de un mismo arte. Aunque este es el núcleo de la trama de Esta bruma insensata, la vigésima primera novela de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), también su tema se encuentra entre estas coordenadas, porque ¿cuál de estos hermanos (y cuál de estos respectivos aspectos de la creación) es el que realmente dota de su existencia a la literatura?

La doble instancia creativa del escritor, esa en la que lo reflexivo y lo práctico se entrelazan en un ida y vuelta a través de las complicadas redes de la tradición literaria, la imaginación y la vida misma, parece más problemática para Simon que para Gran Bros.

Con experiencia editorial como «traductor previo», es decir, un «anticipador de las dificultades del texto al traductor estrella», Simon está convencido de que su oficio, que con el tiempo se convierte en «distribuir citas», es tan singular que ni siquiera tiene gremio o sindicato. Y es por eso que mientras Gran Bros escribe solicitando sus servicios, con ironía lo reduce a un «chupatintas» o un «teórico críptico», un obrero anónimo en la sala de calderas de la literatura.

Sin embargo, Gran Bros arrastra sus propias dificultades ante la parte más visible de la literatura. Al igual que los estadounidenses Thomas Pynchon o J. D. Salinger, su objetivo es rehuir de la fama, que lo persigue desde la publicación del primero de sus prestigiosos libros neoyorquinos.

En esos libros «un tema trascendente pasa a otro más frívolo y viceversa», por lo que, aunque cualquier lector termina confirmando que «en la literatura la originalidad era solo un fetiche y no existía, en cualquier caso Gran Bros era distinto en algunas cosas, pues no perseguía nunca un tema hasta sus últimas consecuencias».

Por supuesto, en la línea de separación aparente entre los mundos de la reflexión literaria y la escritura literaria, esos dos hermanos complementarios que, como muestra Esta bruma insensata, trabajan a la par, lo que existe es la figura del crítico. Porque, ¿acaso no es el crítico el que ofrece explicaciones para los libros que lee? Y al hacerlo, ¿no escribe acerca de una habilidad para leer que «siempre se pide prestada», como dice la frase de Wallace Stevens sobre ser «incapaz de citar algo que no sean mis propias palabras, quienquiera que las haya escrito»?

La apuesta por entender la literatura como una tarea esencialmente crítica no es nueva para Vila-Matas, aunque sin duda parece haber pronunciado una curva más cerrada desde Mac y su contratiempo (2017), en la que a la creación de sus libros, sus lectores y su tradición (que, en una línea borgeana, privilegia lo universal), el gran autor catalán le añadió tras casi medio siglo de trabajo la creación de sus propios críticos, atentos a desdramatizar cualquier figura de genio creador para concentrarse, en cambio, en los inevitables traspiés del equívoco.

¿No es ahí, en lo que se cita, se glosa y se confunde, donde emerge la creación? De lo contrario, lo que resta son tentativas vanas de creación radical, como el reciente intento de independencia de Cataluña, cuyo sentido fracasado sobrevuela Esta bruma insensata precisamente porque no puede encontrar su forma. A su manera, Simon lo repite una vez más cuando, con una cita del crítico inglés William Hazlitt, recuerda que «el mundo, tal como lo imaginamos, no es mucho más grande que una nuez».

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Una tram(p)a para Vila-Matas [Hernando Quagliardi sobre Esta bruma insensata]

leiter4Página 12 (Argentina). 31/10/2019.

Pero una mentira piadosa no ha de cargar tanto pecado, pensé, así que escribí a continuación: «El Escritor está bastante tentado de dejar de escribir. El escritor está mortalmente aburrido de inventar historias.» (sigue leyendo)

 

 

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IÑAKI URIARTE EN SU LEYENDA

IMG_7088Creo que haber reunido en una edición completa (seguida de un epílogo inédito) los tres Diarios de Iñaki Uriarte es una muy buena noticia. Publica el volumen la editorial independiente que apostó por él, la logroñesa Pepitas de Calabaza. Al mismo tiempo, una selección de los Diarios se traduce en Francia, donde seguro que celebrarán como merece el hallazgo de este escritor que –como reza ya una consolidada leyenda– nació en Nueva York en 1946, es de San Sebastián, veranea en Benidorm, vive en Bilbao y tiene tanto talento como Jules Renard, lo que ya es decir. De la edición francesa se ha hecho cargo Éditions Séguier, que presenta el libro, traducido por Carlos Pardo, como un “ovni literario, un fenómeno sorprendente en España” y lo titula Bâiller devant Dieu (Bostezar ante Dios).

Aún recuerdo cuando una reseñista escribió que Iñaki Uriarte era “un señor que no se dedica a escribir y que escribe lo que le da la gana”. En aquella descripción había una cierta exactitud, porque durante mucho tiempo nadie de sus amigos sospechó que pudiera dedicarse a escribir un diario en secreto, y menos aún con el perfeccionismo que ha acabado siendo uno de sus rasgos de estilo.  Ahora se sabe que un día, tras una larga temporada en Barcelona, ya instalado en Bilbao, escribió que no sabía pasear y, al día siguiente, comenzó a andar y desde entonces ha paseado todos los días. Y algunos pensamos que debió de ser también así cómo comenzó a escribir su obra: se dijo a si mismo que no iba a escribir y al día siguiente –un día de 1999– comenzó a dedicarse a su diario, sin pensar para nada en un lector, un poco al modo del primer Montaigne, que empezó escribiendo para él y cambió ligeramente cuando, tras publicar sus primeros ensayos, pasó a escribir de un modo algo diferente, quizás por ser consciente de que, a partir de entonces, todo lo que escribía sería leído.

Si el Uriarte de 1999, el que no pensaba en publicar, ya había resaltado desde el primer momento que entre los enemigos de la escritura sencilla se encuentran la vanidad y el miedo (“Quien escribe para publicar y ser leído tiende a adornar o proteger su pensamiento con grandes palabras”), en diciembre de 2010, al cerrar la última página que dice estar dispuesto a publicar de sus Diarios (por mucho que éstos cabe suponer que van a proseguir) informa de que, por absurdo que pueda parecer, ha empezado a sentir miedo al escribir, “como si cada línea fuera a ser leída, escrutada y juzgada por todo el mundo”.

¿Se está mejor sin publicar? Pienso en Juan Benet, para quien la situación ideal era la del escritor desconocido, aquel al que no le importaba el lector, es decir, ni la amenidad, ni la industria del libro: “Hay que escribir para pocos. Quizá para uno. En cuanto el escritor se guía por el público está perdido”

Lo más curioso en Uriarte es que tanto cuando escribía radicalmente para él mismo como después, cuando había oído ya los aplausos del teatro, siempre ha sido profundamente divertido; mucho más ameno que Dios, dirían los franceses.

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Don Mientras Leo habla de ‘Me llamo Vila-Matas como todo el mundo»

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     «- Obviamente, es sobre Vila-Matas.
     – ¿El qué?
     – Lo que te cuento.
     – ¿La historia de la agente?
     – Sí. Me llamo Vila-Matas, le he dicho, como todo el mundo».

Llevo décadas leyendo cada palabra que brota de la pluma de Vila-Matas. De hecho hace apenas nada le preguntaba a un amigo escritor sobre las figuras literarias (vivas, muertas no tiene gracia) que le gustaría conocer y tratar, ese típico «a quién admiras tanto que…», y lo hacía mientras esperaba que no me preguntase para no tener que repetir mi admiración por el ya nombrado escritor. Poco después a salvo de preguntas me sumergía en el libro que hoy traigo a mi estantería virtual, se trata de Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo.

     En el año 2014 le cuenta Vila-Matas a Porta (autor del libro) que ha sido invitado a participar como actor en una obra de Broadway. Sin embargo, el proyecto no llega a nada porque la persona encargada de llevar a cabo este proyecto, Allison, ha desaparecido sin que Vila Matas o su amigo Eduardo Lago hayan podido dar con ella. Este diálogo a ratos delirante en el Vila-Matas y Porta fantasean ficcionando la realidad con esa metaliteratura que tanto gusta al famoso escritor, es lo que Porta transcribe en este libro de unas setenta páginas.

     Je m’appelle Erik Satie, comme tout le monde.

No podía empezar de otro modo un libro en el que Vila-Matas no es escritor pero si protagonista y que trata se su obra pero no lo es que con una cita puesta en su boca que es a su vez conocida por haberla dicho otra persona. Y es que, si hace unos años Vila-Matas titulaba uno de sus relatos Me dicen que diga quién soy, ahora es Porta el encargado de darle réplica al menos con el nombre, aunque cuando se trata de Vila-Matas nada es tan sencillo, y eso lo sabemos. Estamos acostumbrados a ese narrador que le caracteriza y que es capaz de escudriñar sin piedad a un heredero literario, aparecer comentando el prólogo de una conferencia, la propia conferencia, o autocomentarse los artículos como si su narrador, por supuesto escritor, fuera una persona ajena a quien los escribió.
Y si este es Vila-Matas, el eterno buscador literario que bucea en cada término dando vueltas en u bucle infinito sobre los límites de la literatura y la palabra, no podía ser menos un diálogo entre amigos con él que estuviera, claro está, a la altura, como para seguir la broma.
Aquí el juego, no exento del recorrido literario tanto por la obra del propio Vila-Matas como por la de otros escritores de renombre, consiste en la autodefinición, la existencia y la importancia. Vila-Matas se entrega al juego y se hace él víctima o protagonista de eso que tanto le ha gustado hacer con los demás. A fin de cuentas, si es capaz de sacar una novela de una simple conversación que considera interesante, cómo no va a salir un libro de un proyecto fallido que le incluya. ¿Y cómo es entonces este juego? Metaliterario, claro, pero también es un juego de existencia y de los distintos hilos paralelos en los que el autor de un libro se ve cada vez que escribe, desdoblándose en cada personaje, diluyéndose un poco hasta desaparecer como si cada voz tomara fuerza en su interior hasta convertirlo en una sombra autómata incapaz de hacer otra cosa que escribir. O ni eso. Solo la sombra imperceptible.
Total, que hay una obra en la que Vila-Matas será actor, y la obra es Buscando a Allison, que trata de que propone una obra al autor en la que el escritor hace de escritor que escribe una obra. O algo así. Pero es un algo así divertido e inexplicable a la vez de ser sumamente fácil de comprender y eso siempre ha sido para mi una de las características de la obra de Vila-Matas que ahora tan bien ha sabido recoger Porta y que, por mucho que yo lo intente, me va a resultar imposible trasladaros.
Lo que si os puedo decir es que a mi este libro me ha generado una duda. Si yo ahora soy una persona que se sienta a escribir sobre la obra de Vila-Matas y lo hago bajo el nombre de mientrasleo, tan adecuado para esta duda, ¿no podría ser el personaje de una obra que ahora mismo estuviera escribiendo el autor y me hago esta pregunta obligada por sus deseos? (a no ser que lo haga porque me ha otorgado la libertad de un estado de consciencia superior al habitual en obras ajenas a su firma). Y si todo eso es así y yo soy su personaje: ¿acaso no soy entonces Vila-Matas? Como tú que me lees dentro de esta obra, como todo el mundo.

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[Crítica de la actualidad cultural]

çLa obra aclamada.

El ignoto pintor suizo partió en tren con destino a Viena, y ahí se encontró con que el óleo aclamado era el suyo, aunque colgado boca abajo, debido a un grosero descuido de los responsables de la exposición.

Eduardo Berti, La vida imposible

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Habrá que buscar la conjunción entre metafísica y novela.

Juan Benet con su hijo Ramón en 1956.

Juan Benet con su hijo Ramón en 1956.

Llamo novelista al poeta, al hombre que con la palabra ha querido recrear, inventar, e investigar; y hay otro individuo que con un conocimiento derivado de las leyes de la palabra, las leyes del logos, con el que existe un paralelismo, aunque distanciado, que es el pensador, el filósofo, el metafísico. Tarde o temprano, habrá que buscar la conjunción entre metafísica y novela.

Juan Benet, 1969.

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El terror en un puñado de polvo. [Café Perec]

polvo del 11 sept. en Manhattan

11 sept. en Manhattan

Quizás nada habría sido igual sin el fino polvo gris que cruza por la primera imagen de La jungla del asfalto, de John Huston, o sin aquel verso de T.S. Eliot a propósito del mundo de entreguerras (“Te mostraré el miedo en un puñado de polvo”), o sin esa certeza que Kubrick aconsejaba no recordar si deseábamos desesperarnos: nuestras vidas son sólo microbios fugaces sobre motas de polvo.

El caso es que en los últimos días no he podido olvidarme de A Handful of Dust (Un puñado de polvo), la exposición del británico David Campany que hace dos años vi en la sala Whitechapel, al norte de Londres: un recorrido por las últimas décadas de la historia a través de imágenes, cuyo leitmotiv –como material, pero también como implacable metáfora del tiempo, de la mortalidad o la devastación– era el polvo.

Aquella exposición de Campany concluía con una de las fotografías que Sophie Ristelhueber realizara tras la Guerra del Golfo, en el desierto de Kuwait. En ella, el punto de vista elegido destruía cualquier noción de escala (como ya hiciera Man Ray en 1920 en el estudio de Duchamp con su icónica Cultivo de polvo) logrando así que el espectador viera, en lugar de material bélico escacharrado, los restos polvorientos, por ejemplo, de lo que podría ser una nave espacial.

Si en su momento Cultivo de polvo (Élevage de poussiére) fue considerada una pieza visionaria, cuya ambigüedad, además, facilitaba que se la pudiera insertar en el hilo de las más diversas historias, lo mismo pasaba con aquella imagen de  Ristelhueber que cerraba la exposición de Campany. La prueba: esa fotografía, estos días, sirve en la misma Whitechapel de punto de partida de Casa vacía del estornino, la muestra que, patrocinada por La Caixa, dirige el gran novelista británico Tom McCarthy.

En Casa vacía del estornino la imagen de Ristelhueber tiene un aire menos 2001 y se asemeja más a una lámpara gigante y rota fabricada por humanos; una lámpara que nos va introduciendo en el núcleo central de la propuesta de McCarthy: la existencia de un sistema de control y vigilancia que pensamos que controla peligrosamente nuestras vidas y en realidad tiene severos defectos de fabricación.

El sistema tiene fallos, nos indica de entrada la lámpara inservible, y nos va relacionando con el paisaje de destrucción que ha dispuesto McCarthy en una Whitechapel cargada estos días de estructuras de hormigón vacías, de latas circulares que contienen grabaciones y muestran su viejo contenido colgando allí inútiles, sin ningún aparato capaz ya de reproducirlas. Se percibe enseguida que, más que prolongar A Handful of Dust, Tom McCarthy ha buscado decirnos que en realidad el horror que percibiera con tanta lucidez Kafka no procedía de nuestro supuestamente perfecto sistema de control, sino del descubrimiento de que éste tiene fisuras y ni siquiera funciona bien, lo que nos expone a un terror todavía superior y que seguramente en sueños ya hemos visitado. ¿O acaso alguien no se ha visto ya alguna vez sin luz, condenado al puro bucle de la lámpara gigante y rota?

La jungla del asfalto (John Huston)

La jungla del asfalto (John Huston)

 

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HANDKE EN SORIA.

San Saturio, la Soria de Machado.

San Saturio, la Soria de Machado.

En otros días, Handke se sumergió durante semanas en el paisaje soriano para pasear y crear en soledad [El País]

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HANDKE

bej1-7_10720085_20191010142113Cuando en París, a mediados de los setenta, leí de Handke Carta breve para un largo adiós, creí dar allí con el tono de voz de mi generación, o, mejor dicho, con el tono que me pareció que debería de tener ésta y que más bien brillaba en general por su ausencia, pues era como si sólo Handke estuviera introduciendo la modernidad en la seriedad de las novelas y sólo él supiera mezclar con solvencia filosofía y cotidianidad, rock and roll con angustia existencial, contracultura y Goethe.

Pero en realidad, en contra de aquellas apariencias iniciales, el Handke esencial estaba ya concentrado en el fragmento de Karl Philipp Moritz que abría aquella Carta breve para un largo adiós, donde se nos decía que la mañana era cálida y deparaba el suficiente buen tiempo para huir, para largarse de Austria y de todo y viajar, “con el cielo tendido cerca del suelo y los objetos bien oscuros a nuestro alrededor, como si la atención debiera centrarse sólo en el camino que se quisiera andar…”

Centrada en las trampas del camino, la atención, al igual que la literatura de Handke, han atravesado todo tipo de espacios, siempre a la búsqueda de un mundo en el que un cierto ritmo antiguo pudiera llegar a ser plenamente lejano y al mismo tiempo próximo, tremendamente personal. Alguien así sólo podía dejar atrás la pasajera modernidad para acabar siendo un maestro antiguo, un escritor de los de antes, o estar cerca de serlo. “Es el único oficio, si es que hay alguno, para el que estoy hecho a medias”, escribió en El año que pasé en la bahía de nadie, la obra con la que le vimos aparecer transformado, convertido en cierta forma ya en un clásico; la obra en la que nos habló de pronto de la constante metamorfosis en la que había estado en juego siempre su existencia, el camino trastornador que había ido haciendo al andar.

Aquel libro casi perfecto que marcó un antes y un después en la obra de Handke era un viaje por el mundo y también por el interior de uno mismo, con un mensaje osado: “Conócete a ti mismo: transfórmate”. Sin duda, Handke está ya muy lejos de aquel tono que un día pensamos que podría ser el de mi generación. Pero mi generación no está lejos, en cambio, de Handke. De hecho, habla en plural como John Ford al final de aquella Carta breve para un largo adiós, y lo hace para simplemente decir que no soñamos y que si lo hacemos se nos olvida. Y es que, como hemos aprendido en el camino a hablar de todo, nada nos queda para soñar.

(El País, 11 de octubre 2019)

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EL PESO DEL MUNDO.

1498651654_200912_1498655681_album_normalDejé que el sol me alumbrara, dije. Parece una mala traducción de una frase de Peter Handke, dijo ella. No me extrañaría que lo fuera, respondí sintiendo que me acababa de sacar un gran peso de encima; de hecho, descubrí que había frases que podían llegar a pesar mucho, más incluso que el mundo.

[fragmento de ESTA BRUMA INSENSATA]

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LA ERA DE LOS BLOGS NO HA CAÍDO EN EL OLVIDO.

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Recuperación en libro del genial blog del malogrado periodista deportivo y escritor Jordi Mestre  

PARAGUAS EN LLAMAS

(Publicado por Pepitas de Calabaza)

Prólogo de Enrique Vila-Matas

[…] Me acuerdo de cuando en los últimos meses de 2006 empecé a visitar, con cierta ansiedad y frecuencia, Paraguas en llamas, blog literario de una exquisita inteligencia narrativa, indisociable de su gran sentido del humor. Era un blog que firmaba un tal Jordi, pero en el que no constaban más datos personales; ningún apellido, y solo la foto de un niño que llevaba puesta una gorra de marinero y que al principio pensé que era el anónimo Jordi en un momento de su infancia, hasta que un buen día descubrí, con sorpresa (porque ya me había acostumbrado a la idea de que aquel niño era él), que se trataba en realidad del pequeño Alexei Románov, el único varón del zar Nicolás II de Rusia.

[…] Sin que esto me preocupara demasiado —todo lo contrario: aumentó mi interés por su enigma—, yo seguí leyéndole fascinado por su talento, próximo a veces —me decía a veces yo— al del gran Eduardo Mendoza. Y no había semana en que no visitara su blog a ver si había colgado un nuevo fragmento de su diario. Entraba casi sistemáticamente en Paraguas en llamas —que a veces, con sentido de la diversión, pasaba a llamarse Paraguayos en llamas— y entraba siempre en busca de alguna novedad que me alegrara, si no el día, al menos la mañana. Y desde luego de entre las novedades que allí encontré me ha quedado grabada la del día en que nos comunicó a todos sus lectores que había entrado en su vida una mujer a la que iba a llamar la Nueva.

[Del prólogo de Enrique Vila-Matas]

 

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Una intensa nota crítica sobre ESTA BRUMA INSENSATA.

1498651654_200912_1498655351_album_normalJOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA: El destino de nuestros viajes, el contenido de nuestros mensajes, lo que decimos en nuestro propio hogar, lo que hacemos a la vista de las cámaras, nuestras compras compulsivas, nuestras impulsivas búsquedas especulativas: todo queda registrado, procesado y listo para ser revendido a las empresas de telefonía móvil. “Esta bruma insensata”, se cuestiona, desde el epígrafe, el patafísico Raymond Queneau, “en la que se agitan sombras, ¿cómo podría esclarecerla?”. Recluido a su mundo de ficción, revestido de un aura de malditismo, el autor Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) alude al cofundador de OuLiPo mientras encarna, por enésima vez, al creador excéntrico que cede a la misantropía.
Y, sin embargo, en su más reciente relato Esta bruma insensata (Seix Barral, 2019), el Caballero de la Legión de Honor Francesa no es exactamente un recluso, sino alguien que protege ferozmente su identidad en una época de involuntarias auto-revelaciones. Reacio a la creencia en que el comportamiento se puede modelar, predecir o controlar, se afana en registrar colapsos, relaciones malsanas y desconfianza en las instituciones. Consciente de que el capitalismo nos vigila, anulando nuestro no tan libre albedrío, enmarca su literatura en términos de una privacidad basada en “acumular citas, cuantas más mejor, una necesidad absoluta de absorber, de reunir todas las frases del mundo, un ansia incontenible de devorar cuanto se pusiera a mi alcance, de apoderarme de todo lo que, en momentos de bonanza lectora, viera yo que pudiera ser mío”.
El resultado celebra la libertad mental de movimiento, el torbellino de simbiosis de una prosa asignada a un personaje narrador, diversificada en intercambios, donde cada desarrollo enigmático supone un giro del caleidoscopio ficticio hacia una “oscura tierra de fin de mundo, tan modelada por la tramontana, entre otras fuerzas y vientos”. Evidencia el escritor de Bartleby y compañía (2001) la posmoderna sustitución de las certezas algorítmicas por la indeterminación participativa. Se denuncia un juego en el que el tablero es invisible, “estancado en la bruma del amanecer de uno de esos días (…) que nacen cargados de borrosas siluetas”; nosotros, a cambio, somos los peones, “imprecisas figuras móviles, amables por resultarnos familiares, figuras del infinito”.
Política, economía, sexo y dinámicas de género, ciencia e ideología: nada es ajeno al pensador experimental de Marienbad eléctrico (2015), y por ende a nuestro interlocutor, que reduce la acción a fragmentos, mientras nos remite a estados de ánimo tan melancólicos como intangibles: “El sol me iluminó de tal modo”, confiesa, “que hasta logró medio despertarme y llevarme a evocar una frase cuyo autor no hubo forma de que me viniera a la memoria”. Se suceden en bucle las reflexiones sobre la contracultura y la contrarrevolución, se cede a la paranoia de la conspiración y la ansiedad de control. Juega el Premio Formentor de las Letras 2014 con el concepto de incomprensibilidad como una variante de nuestra ilustrada desorientación.
Se prescribe presentes de modificación de comportamientos y redirección de voluntades opuestos a la idea de éxito, reemplazada por los resultados garantizados de una individual conformidad: “Admiraba a aquellos escritores que sentían tal amor por la biblioteca universal”, apostilla el alter ego, “que su obra tenía la desorbitada pretensión de perfumarlo todo con explosivos”. Se complace el Premio FIL en Lenguas Romances 2015 en una insondable, irremediable rebeldía. Todo en su narración tiene la calidad de un sueño recordado a medias, dada “su facilidad de saltar de un tema a otro (…) su tendencia a la errancia (…) sus cambios constantes de planos y de obsesiones”. Quiere Vila-Matas que respiremos en lugar de mirar; que sucumbamos a sus ritmos hipnóticos, que flotemos sobre su perplejidad, que nos dejemos llevar por su humor corrosivo.
Hoy que los medios de (in)comunicación masiva se han convertido en privadas herramientas para la intrusión, lo que era implícito y personal se ha convertido en público y explícito, expuesto al escrutinio del ojo ajeno, la crítica y el castigo de la comunidad. Como el protagonista de Bruma, hemos “caído de forma escandalosa en la trampa de creernos escritores”. Son nuestros interiores los que están expuestos a invisibles supervisores, que se benefician no solo de nuestras acciones, sino de cada una de nuestras expresiones. Tiempos miopes estos, en los que se agradecen las posibilidades visionarias de una novela que combina la comprensión técnica con el alcance humanista, recordatorio del potencial humano. [http://sonograma.org/art/esta-bruma-insensata/]

 

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Las charlas de los matemáticos retirados

PRINCMe acordé de “las charlas de los matemáticos retirados”. Eran reuniones a las que asistía Ricardo Piglia en Princeton y de las que había él hablado en una reciente entrevista con Patricio Pron. Los matemáticos eran tipos brillantes, decía Piglia, extraordinarios conocedores de la literatura occidental, lectores expertos en Joyce y su Finnegans Wake, en Robert Musil, en Michel Butor, en Samuel Beckett, en Witold Gombrowicz; tipos fascinados con Hermann Broch, con Arno Schmidt, con Jorge Luis Borges… Para Piglia no había lectores así en el mundo: “Roberto Calasso, George Steiner y Harold Bloom son diletantes al lado de estos hombres cansados: uno aprendió japonés a los cuarenta años solo para leer a Yasunari Kawabata. Todos ellos saben que ya no se les va a ocurrir nada, pero que aún tienen toda la vida por delante y se dedican a leer. Robert Hollander, el gran especialista en Dante, daba un curso sobre La Divina Comedia en el que se leía un solo canto por semestre: eran seis o siete personas sentadas alrededor de una mesa redonda, y la mayoría eran matemáticos y físicos teóricos; terminaban de leer la Comedia después de cinco o seis años de clases y la empezaban a leer de nuevo. Así será la literatura en el futuro, al menos eso espero…”  [Fragmento de CAFÉ PEREC  ////   6 de mayo 2014.]

 

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TOM MC CARTHY EN LA WHITECHAPEL ó KAFKA EN UN BÚFER

El escritor Tom McCarthy aborda la vigilancia de masas en una muestra en la Whitechapel londinense.sophie

 

 

 

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VILA-MATAS ELÉCTRICO, por Edmundo Paz Soldán.

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EDMUNDO PAZ SOLDÁN (El Boomeran):  En su aparente modestia y levedad, Marienbad es tan potente como el manifiesto de David Shields sobre la necesidad de abandonar los viejos paradigmas de la escritura narrativa -el sueño de la verisimilitud decimonónica– para repensar la novela desde las posibilidades abiertas por la vanguardia artística, con la diferencia, por supuesto, de que esto lo ha venido pensando Vila-Matas desde hace mucho. Con Marienbad, no solo defiende una nueva forma de escribir «novelas» sino que presenta un excelente ejemplo de esa nueva forma.

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A.G. Porta /// ME LLAMO VILA-MATAS, COMO TODO EL MUNDO

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16 de enero de 2014. Enrique Vila-Matas anuncia a Porta que ha sido invitado a participar como actor en un teatro alternativo de Broadway. Sin embargo, el alma del proyecto, una mujer llamada Allison, ha desaparecido, y ni Vila-Matas ni su amigo neoyorquino Eduardo Lago consiguen dar con ella. Al despedirse, ambos fantasean, enfrascados en un diálogo cada vez más absurdo, sobre la posibilidad de que el desvarío relacionado con la obra acabe plasmado en dos textos, titulados Buscando a Allison y Off Off Off Broadway. Ya en casa, Porta escribe una obra paródica sobre la conversación. Considera mandársela a Vila-Matas pero no lo hace. Así nace Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo, un diálogo que, fiel al absurdo en que surgió, acercará al lector al personal mundo de Enrique Vila-Matas.

A.G. Porta (Barcelona, 1954) obtuvo el Premio Ámbito Literario de Narrativa de 1984 con el libro Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, escrito en colaboración con Roberto Bolaño, así como el premio Café Gijón de 2005 con la novela Concierto del No Mundo. Acantilado ha publicado toda su obra narrativa.

«Mejor que cien ensayos que trataran de explicar lo que escribo» (Enrique Vila-Matas)

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EL DELITO DE ESCRIBIR [Café Perec] 1 de octubre 2019

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¿Oyeron hablar ustedes de la pulsión secreta –tan novelesca por cierto– de algún que otro editor y crítico de castigar a determinados autores, a veces sólo por su feliz relación con la escritura? Es una especie de variante perversa del síndrome de Salieri. De haber escrito alguien la bochornosa historia de nuestros oscuros celosos, el libro habría podido llamarse El delito de escribir, pero se da la circunstancia de que el título precisamente ya fue utilizado por J. Rodolfo Wilcock para una antología (en Adelphi) de sus mejores artículos de los años sesenta sobre el mundillo de las letras italianas (Il reato di scrivere), un libro cuya traducción, justo estos días, se publica entre nosotros. Una antología que insinúa ese odio patológico de algunos miserables, pero amplia su radio de acción a otros aspectos de la sociedad literaria, a otras no menos sorprendentes, singulares, recurrentes, tempestuosas perversiones.

No se baila jamás con tanta vitalidad como al borde del abismo, escribe Wilcock. Y nada nos parece tan cierto a medida que vamos leyendo El delito de escribir (Libros de la resistencia), donde no hay uno solo de los textos que no baile ahí con el peligro y no lo haga, además, con la rara energía del que sabe entrar a saco, sin titubeos, en los más degradados ámbitos de la casa de fieras que siempre fue cualquier sociedad literaria. Por lo demás, el “libelo” de Wilcock no tiene piedad de los numerosos enemigos de los que habla, tan parecidos a veces a los míos, porque no falta ahí ni el crítico enjabonador del poder y además cicatero (“obcecado en reprender a un autor por no haber hecho algo que éste no tenía la intención de hacer”), ni el editor perseguidor y vengativo, ni demás seres supremos de elegancia dudosa, a los que Wilcock hace bien en situar en la tenebrosa categoría de “los otros”.

Así las cosas, no ha de extrañarnos que la imposibilidad de una relación armónica con esos “otros” acabe forjando la gran ilusión de establecer cualquier tipo de contacto con otras personas que lo sean todo menos puñeteras o saboteadoras, un contacto con individualidades que, habiendo sido creadas felizmente por nuestra propia mente –alguna ventaja ha de tener la facultad de crear ficciones–, al menos sean amables.

Sustituir, dice Wilcock, a las horribles (por incomprensibles o intolerantes) personas que componen la vida literaria por seres imaginados, comprensibles y comprensivos, y por lo tanto agradables, es un privilegio sólo de los grandes autores felices, tan distintos de “los mediocres que sufren casi como si no fueran escritores, obligados a reproducir defectuosamente a los seres que ya conocen”.

La clave para vivir mejor estaría pues en la alegría de la escritura cuando ésta va a ligada al ejercicio de la libertad, o a esa variante de la libertad que Cervantes descubrió en la locura. ¿O es que acaso la felicidad de un artista, como dice Wilcock, no reside (como le pasaba a Lewis Carroll a los ochenta años) en poder concebir la vida de igual manera que un diálogo entre una tortuga y un termómetro?

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[Para leer el artículo en El País, según una nueva normativa del periódico, hay que registrarse; es un registro GRATUITO.)

 

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Wilcock, por Bolaño.

siEl libro de Wilcock (La sinagoga de los inconoclastas) me devolvió la alegría, como solo pueden hacerlo las obras maestras de la literatura que al mismo tiempo son obras maestras del humor negro, como los ‘Aforismos’ de Lichtenberg o ‘Tristram Shandy’ de Sterne.

Roberto Bolaño.

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El escritor inusual, por Guadalupe Nettel

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Murakami para el Premio Lattes Grinzane 2019

20190927_215258~3-EFFECTSHaruki Murakami (Japón), publicado en Italia por Einaudi es el ganador del Premio Lattes Grinzane 2019-La Quercia, dedicado a un autor internacional que ha podido recopilar con el tiempo el reconocimiento compartido de crítica y público.

Las ediciones anteriores de la sección La Quercia fueron ganadas por Enrique Vila-Matas (2011; Feltrinelli). Patrick Modiano (2012; Einaudi), Alberto Arbasino (2013; Adelphi). Martin Amis (2014; Einaudi ). Javier Marías (2015; Einaudi). Amos Oz (2016; Feltrinelli). Ian McEwan (2017; Einaudi). António Lobo Antunes (2018; Feltrinelli).

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‘Casa vacía del estornino’, la exposición de Tom McCarthy en Londres.

Eve Sussman | Rufus Corporation, Video still from 89 seconds at Alcázar.

Eve Sussman | Rufus Corporation, Video still from 89 seconds at Alcázar.

El novelista Tom McCarthy desplegará en la Whitechapel Gallery de Londres (Reino Unido) hasta el 5 de enero ‘Casa vacía del estornino’, consistente en una exposición a partir de obras de la colección de arte contemporáneo de La Caixa y un texto de ficción.

Diversos autores de renombre internacional exploran la colección de arte contemporáneo más destacada en España en una serie de cuatro presentaciones que se están sucediendo a lo largo de todo este año y se alargarán hasta 2020.

Cada uno de los escritores comisaría una presentación de obras y aporta nuevos textos basados en su selección; la muestra de McCarthy es la tercera tras las selecciones de Enrique Vila-Matas y María Fusco y a ella seguirá la de Valeria Luiselli.

En esta exposición, el escritor reflexiona en torno a la vigilancia y el control, sus fallos y sus colapsos, de la mano de fotografías, esculturas, instalaciones y películas de artistas como Steve McQueen, Eve Sussman e Isa Genzken.

 

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