Terminé hace algunos días, MONTEVIDEO del admirable Vila-Matas. Necesité un tiempo para que la lectura decantara en mi. Me tomó más tiempo que los libros suyos que ya había leído.
Entonces nuevamente se me instaló la pregunta, ya recurrente, que se me formula cuando termino de leerlo: ¿cómo se puede escribir algo así?
Empiezo por lo formal. La portada, con un cuadro de Hammershoi, el pintor de los cuartos vacíos y las puertas abiertas, ya es todo un simbolismo.

Con una estructura tipo matrioska, de relatos dentro de relatos; una estructura que difumina los límites entre realidad y fantasía, entre hechos ocurridos y la memoria de los mismos, entre el sueño y la alucinación, Montevideo nos lleva a través de un viaje por distintos lugares del mundo, a la interioridad de un escritor torturada que siente que ya no puede escribir. No sabe muy bien a qué atribuir ese estado. Esa difuminación de límites, de fronteras, es algo cercano a lo que en la orientación lacaniana llamamos extimidad: un interior que es a la vez exterior.
Empieza allí el derrotero, la búsqueda que se sirve de lo escrito por otros para que la pregunta retorne al protagonista como una brasa caliente, entre la intemperie del alma y la soledad. Tratando de esclarecerse, esboza una teoría de lo que hacen los que quieren escribir, los que narran, y los divide en tendencias: los que no tienen nada que contar, los que deliberadamente no narran nada, los que no lo cuentan todo, los que esperan que Dios revele y cuente todo, y la de los que se entregan al poder de la tecnología, «convirtiendo en prescindible el oficio de escritor».
Recorriendo citas de otros escritores, nuevamente nos hace saber a través de su protagonista, que el mundo desborda de cultores del TODO. De rastreadores del TODO. Pero ¿se trata para el escritor, de la historia que se narra? ¿Se trata de la amplificación de las palabras? El elogio de la brevedad también está presente en esta novela, de apenas trescientas páginas. Digo apenas, porque hay que experimentar en carne propia, cómo la narración transita por temas enormes: qué es la literatura, qué es ser escritor, lo efímero y en algún punto poco trascendente del oficio, con excepción de los que aspiramos a escribir (la literatura sólo es imprescindible para algunos seres, dentro de los miles de millones de una humanidad cada día más cerca de la debilidad mental y el analfabetismo cibernético).
Entonces, con la excusa de visitar el hotel y la habitación en la que se supone se alojó Cortázar en Montevideo (el hotel antiguamente llamado Cervantes), habitación en la que escribió su relato La puerta condenada, y que según parece, al decir de Beatriz Sarlo, en ese cuento aparece por primera vez lo fantástico en Cortázar, el protagonista se embarca en una búsqueda que tendrá más que ver con él mismo que con los otros y con una supuesta destreza perdida. Será una búsqueda que en el devenir, en sus idas y vueltas, lo confrontará con su propia puerta condenada. Dura tarea que ningún escritor que aspire a serlo seriamente, debería evitar. Porque quizá, al forzar la apertura de esa puerta (no hay ninguna naturalidad en el acto de abrirla; es una decisión cargada de coraje) lo que encuentre no sea la oscuridad fantaseada y temida, sino el vacío más radical con el que convivimos los seres hablantes. Una vez confrontado o a ese vacío, deberá decidir si asume la tarea de tratar con palabras, que el mundo sea menos idiota.
Una vez más, tremenda novela del gran autor catalán, imprescindible para los que escribimos, y un viaje al alma del escritor que no ahorra al lector ni tragedias ni comedias. Publicado por Leonor Curti