Pablo Sol Mora acerca de ESTA BRUMA INSENSATA

automovVila-Matas ha reunido en ESTA BRUMA INSENSATA una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte.  

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Cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer.
Pablo Sol Mora (Revista Criticismo, México)

Infatigable, Vila-Matas ha publicado recientemente dos libros: su última entrega narrativa –no sé si llamarla novela, el propio libro previene contra el término–, Esta bruma insensata, y una de sus ya clásicas recopilaciones de artículos, Impón tu suerte. El título proviene de un desafiante poema de Los madrugadores de René Char –“impón tu suerte, abraza tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Al mirarte, se acostumbrarán”– y resulta especialmente afortunado porque es como una cifra de la trayectoria artística de Vila-Matas, pues nadie como él, en la literatura hispánica reciente, ha construido su destino literario, creado una obra, persistido en sus obsesiones, formado a sus lectores: impuesto su suerte.

El itinerario editorial vilamatiano es paradójico: comenzó con una serie de libros de aprendizaje publicados en las décadas de los setenta y ochenta –Mujer en el espejo contemplando el paisaje, La asesina ilustrada, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine– en editoriales independientes, algunas de ellas desaparecidas, que circularon escasamente y tuvieron poquísimos lectores; entró en una nueva etapa, más sólida, con su debut en Anagrama, Impostura (1984), y la mítica Historia abreviada de la literatura portátil (1985), que continuó con títulos que iban apareciendo con disciplina y constancia –Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical–, pero sin causar ningún terremoto editorial (eran, sin embargo, libros decisivos, en los que iba creando una obra y, más importante, un lector), y explotó ya en el siglo XXI con Bartleby y compañía (2000) y El mal de Montano (2002), que acarrearon el reconocimiento masivo e internacional. El resto es historia más conocida, incluida la mudanza en 2010 a Seix-Barral, parte de Planeta, a partir de Dublinesca. Lo que me interesa resaltar es que actualmente cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer. Es significativo, y dice mucho de la perversión editorial actual, que justamente al mismo tiempo que se publica una obra ambiciosa y desafiante de la convenciones de “lo que debe ser una novela”, como Esta bruma insensata, la misma editorial, en la misma colección, publique un libro como el recién ganador del premio Biblioteca Breve, Días sin ti de Elvira Sastre, cuyo concepto de literatura –es un decir, claro– está en las antípodas del que encarna Vila-Matas. Al incluirlos en la misma editorial y colección, se entiende que los editores responsables los juzgan de una semejante calidad literaria y pretenden vendérselos así al lector. Algún incauto, me temo, podría caer en el engaño (y no sería culpa suya, claro, sino de la empresa que le da gato por liebre). Pero no, amigos mercaderes, no son ni remotamente semejantes y todavía hay lectores capaces de hacer la diferencia. El mismo fenómeno se repite en muchos sellos editoriales antaño independientes y notables, hoy parte de grandes conglomerados, en donde verdaderos autores son puestos a convivir sin pudor con la basura light y comercial más deleznable. Funcionará, supongo, en términos económicos, pero en literarios y críticos de largo plazo, no, y lo que cosecharán eventualmente será la degradación y el desprestigio de sus catálogos.

Ya desde Kassel no invita a la lógica (2014) Vila-Matas había aflojado las costuras de la trama y su prosa narrativa buscaba otros caminos, no tan sujetos a lo convencionalmente novelesco. El resultado es variado –afortunado en Kassel, no tanto en Mac y su contratiempo, más interesante en Esta bruma insensata– y presiento que no todos los lectores, incluidos algunos vilamatianos, lo seguirán. Al autor, naturalmente, no le quitará el sueño porque hace mucho tiempo que decidió que emprendería un camino absolutamente personal y que lo seguiría el que pudiera seguirlo y punto. La historia de la obra vilamatiana es la historia de la educación de sus lectores. Puede discutirse si ciertos libros o una etapa son mejores que otros –yo creo que se alcanzó un clímax que abarca Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca y llega hasta Exploradores del abismo, pero textos como “Chet Baker piensa en su arte” y “Bastian Schneider” me hacen pensar que todavía puede venir otro–, pero lo que no puede discutirse es que Vila-Matas está en una evolución permanente y se niega a repetirse fácilmente. La autenticidad de su trayectoria artística es ejemplar.

Esta bruma insensata es la historia de dos hermanos: Rainer Schneider Reus, alias Gran Bros, y Simon Schneider Reus (anteriormente conocido como Bastian Schneider, antes de que Vila-Matas se enterara de que efectivamente existe un joven escritor alemán de ese nombre y decidiera cambiar el de su personaje: la realidad imita anticipadamente a Vila-Matas). El primero es un escritor radicado en Nueva York, autor de una pentalogía novelística, “las cinco novelas veloces”, que lo ha convertido en una elusiva celebridad, pues, como Thomas Pynchon, elige ocultarse; el segundo vive anónimamente en Cadaqués y es el oscuro hokusai, o sea, proveedor de citas literarias, de su famoso hermano. Ya se ve: Vila-Matas being Vila-Matas. En realidad, apenas hace falta decirlo, los hermanos son uno solo, un Jano de la literatura, y representan dos grandes pulsiones vilamatianas: celebridad y anonimato, mostrarse y ocultarse, figurar y desaparecer.

La obra de Gran Bros está atravesada por una duda fundamental de ecos bartlebyanos: “en realidad el tema de fondo de sus libros es si seguir o no seguir, esa es su that is the question, una oscilación entre dos conciencias: la que desea tener fe en la escritura y la que preferiría inclinarse por el desprecio y la radical renuncia”. Además, a Rainer lo aflige de vez en cuando la mala conciencia del escritor de éxito que sabe que, mientras él triunfa, los autores verdaderamente grandes muchas veces escriben y mueren en la oscuridad, ajenos –ellos sí en serio y no por la vanidad de hacerse los escondidos– a toda frivolidad literaria.

Tengo la impresión de que Vila-Matas ha reunido en Gran Bros una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte. Practicante consumado, en las antípodas de la ingenuidad del amateur, no puede dejar de advertir las costuras del artificio detrás de cualquier obra. Este es el conflicto de Gran Bros: “como cuando vino a decir que amaba la literatura, los libros, los autores, y que ese era su mundo, pero que tenía que proclamar, profundizando en la cuestión, que de todos esos autores, tanto de los que le gustaban como de los que apreciaba, tanto de los que idolatraba como de los que no le gustaban nada, tanto de los que se creían muy listos como de los que iban de tartufos, tanto de los avispados como de los crédulos, tanto de los chantajistas como de los mendigos, profundizando en la cuestión tenía que decir que de todos se reía. Porque había en todo lector, añadió Rainer, una vocecita que por lo bajo le decía acerca de todo lo que leía, por extraordinario que fuera: ¡anda ya!”.

El arte literario concreto de Gran Bros es el de la novela y a este también lo atiza, claro: “como cuando dijo que odiaba ya para siempre ese embuste de como mínimo cien páginas que agradaba tanto al mercado y que llevaba el nombre de novela y que siempre era algo artificial, planeado e inevitablemente trucado que exigía acontecimientos, acción al menos de vez en cuando, hechos generalmente arbitrarios, todo tipo de señoras saliendo de casa con banderas españolas a las doce de la mañana y mil obstáculos más que hacían que la novela tuviera que saltarse muchos momentos de reflexión y fuera perdiendo, por el camino, el potencial de la prosa sin aditivos”. A esto aludía más arriba cuando señalaba como paradójico el hecho de, por un lado, la indiscutible consagración editorial de Vila-Matas y, por otro, su resistencia y firme independencia frente a las preferencias del mercado literario. La astucia editorial consiste también en que la industria consiente esto en un autor de la talla y el prestigio ya ganado de Vila-Matas, pues se beneficia en términos de reputación publicándolo, aunque su criterio en el caso de otros escritores y obras sea completamente distinto y de hecho enfrentado al del autor.

En sus últimas obras narrativas (Kassel no invita a la lógica, Mac y su contratiempo, Esta bruma insensata), Vila-Matas parece efectivamente buscar esa “prosa sin aditivos”: la trama se adelgaza, los acontecimientos se diluyen, no pasa nada o muy poco, pero la prosa es lo que pasa, y la acción es reemplazada por una especie de continuum de reflexión narrativa en el que el autor da una y otra vez vuelta a sus obsesiones (la escritura, la lectura, la cita, el arte, la identidad…). Como desde el principio, Vila-Matas tantea, explora (sigue siendo un explorador del abismo), va en buscar de algo que él mismo no sabe exactamente qué es. Por ello la bruma –esa niebla que oculta las cosas y difumina las fronteras de lo aparente y lo real– es el símbolo idóneo de esa búsqueda.

El final de Esta bruma insensata es una furibunda diatriba contra la literatura por parte de un Gran Bros desquiciado que concluye en la renuncia final: “Desprecio y renuncia, esa era su decisión. Dejar atrás la maldita impostura de escribir”. Eso, sobra decirlo, es precisamente lo que Vila-Matas no ha hecho ni creo que vaya a hacer (“en literatura, callarme no me callaré nunca nada”, declaró hace poco en una entrevista). A Gran Bros, además, le falta lo más específica y felizmente vilamatiano: la apuesta por la alegría, el sentido del humor, la (auto) ironía. Vila-Matas, presiento, seguirá avanzado, imperturbable y sonriendo, hacia el corazón de la bruma.

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Brasil: Los 20 años de ‘Bartleby e companhia’ vistos por Antônio Xerxenesky

image00004(1)Desde que Vila-Matas bailó sobre el cadáver zombi de la literatura en Bartleby y compañía, han pasado muchas cosas; el mundo se ha politizado y cualquier novela nueva se vende como «urgente» y «esencial para entender el mundo actual». En todas las ilusiones sobre el futuro de la literatura desarrolladas por el catalán, esto nunca surgió como una posibilidad. Porque eso sería pesado, el regreso a lo real. El camino de Vila-Matas va por la ruta menos transitada: una fusión de la vida con la literatura en la que la vida se convierte en un cuento de Robert Walser, en el que un senderista deambula por las montañas del interior de Suiza y contempla el horizonte de posibilidades. La cordillera suiza es un canon modernista.

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Estuve en Barcelona en 2019 y la Barcelona que vi no tiene nada que ver con el Vila-Matas de los libros. Vila-Matas dice que es catalán, pero cada vez más creo que ésta es una de sus felices mentiras. Básicamente, Vila-Matas es un huérfano argentino que, a los 10 años, invadió la casa del fallecido Macedonio Fernández y le robó sus notas privadas, lo que impactó su cerebro infantil de forma irreparable. Sabiendo que todos sus lectores entablarían relaciones infinitas con Macedonio y Borges, decidió mentir y decir que vive en Barcelona, incluso alquiló un piso en el Barrio Gótico, y así se le ve como escritor europeo. Pero los latinoamericanos decimos antes de dormir: “Vila-Matas es argentino y Ricardo Piglia fue su primo”. Si alguien se atreve a negarlo, citamos a Sophie Calle fuera de contexto.

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¿A quién le recomendamos que lea Vila-Matas? A los sin rumbo, a los vagabundos. No es que sirva de brújula o mapa. Lo que pasa es que Vila-Matas ve que vas en una dirección determinada y pone tu cabeza en un palo y te hace girar y girar. Después de recuperarte del mareo, intenta caminar en línea recta. Permanecerás desorientado, pero tarde o temprano te encontrarás con un laberinto de espejos, donde volverás a perderte. Es necesario imaginar al lector así: perdido y feliz.

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Antônio Xerxenesky nasceu em 1984 em Porto Alegre, é autor dos romances As perguntas (2017), F (2014) e Uma tristeza infinita (no prelo).

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Mi marca de agua

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    «Me acordé de que Sterne decía que había una cosa que daba esplendor a cuanto existía, y era la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Tal vez era ese deseo de que hubiera algo más lo que nos llevaba a buscar lo nuevo, a creer que existía algo que todavía pudiera ser distinto, no visto, especial, algo diferente a la vuelta de la esquina más inesperada; por eso, algunos nos habíamos pasado toda la vida queriendo ser vanguardistas, pues era nuestra forma de creer que en el mundo, o tal vez más allá de él, más allá del pobre mundo, podía haber algo nunca visto. Y por eso algunos rechazábamos la repetición de lo que ya se había repetido; odiábamos que se nos dijera lo mismo de siempre y se pretendiera que volviéramos a saber lo, por otra parte, ya tan sabido; detestábamos al realista y al rústico o al rústico y al realista que consideraban que la tarea del escritor era reproducir, copiar, imitar la realidad, como si en su caótico devenir y en su monstruosa complejidad la realidad pudiera ser atrapada y fuera narrable; alucinábamos ante los escritores que creían que, cuanto más empíricos y prosaicos eran, más cerca estaban de la verdad, cuando de hecho cuantos más detalles acumulaba uno, más se alejaba precisamente de la realidad; maldecíamos a quienes preferían ignorar el riesgo sólo porque les daba miedo la soledad y el fracaso; despreciábamos a los que no comprendían que la grandeza de un escritor estaba en su condición, asegurada de antemano, de fracasado; amábamos a los que juraban que el arte estaba sólo en el intento.

    Era el deseo de que hubiera algo más. Y el deseo nos llevaba indefectiblemente siempre a buscar lo nuevo. Y ese intento, ese afán –lo empecé a llamar así por utilizar una palabra que me gustaba y que había encontrado en la traducción de unos versos de W. B. Yeats– fue algo que estuvo en mí desde aquellos veranos de juventud y sigue estando, creo que es mi centro, creo que es la esencia misma de mi forma de estar en el mundo, mi sello, mi marca de agua: hablo de ese desvelo continuo por buscar lo nuevo, o por creer que quizás pueda existir lo nuevo, o por encontrar eso nuevo que siempre estuvo allí«

[Enrique Vila-Matas, Kassel no invita a la lógica, Barcelona, Seix Barral, 2014, pp. 170-171;

 

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MAR DE FONDO [Café Perec]

Más allá de Gutenberg¿Una experiencia extraña? Por supuesto, basta ver que describirla bien exige un cierto tono críptico. La viví en un campamento militar de Almería, hace años, y  consistió en la percepción de unos destellos que me remitieron a nódulos de conexión entre el pasado y el presente, a focos interconectados de espacio y tiempo, cuya topología comprendí que nunca entendería, pero entre los cuales se notaba que podían viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarse.

Años después, volvió a mí la experiencia almeriense cuando W.G. Sebald contó que había ido a un museo londinense a ver dos cuadros y que, detrás de él, también mirándolos, había una pareja que conversaba en un idioma centroeuropeo, un matrimonio de aspecto extraño, que no parecían de nuestro tiempo. Cinco horas después, el escritor tuvo que desplazarse hasta la estación de metro más periférica de Londres que, como se sabe, es una ciudad de unos diez millones de habitantes. En el andén de aquella estación no había nadie, salvo la pareja del museo. Sebald concluyó que las coincidencias no son casualidades, sino que en alguna parte hay una relación que de vez en cuando centellea por entre un tejido ajado. Y añadió:” Pero no tiene sentido especular”.

¿No lo tiene? He dado vueltas largo tiempo a esto y me parece que merodear en torno a las relaciones entre los vivos y los muertos tiene toda la pinta de ser precisamente una de las esencias más olvidadas de la literatura. “Escribir: resolver una nebulosa interna”, dijo Paul Valéry. De ser tal como sospecho una de esas esencias olvidadas, se agrandaría aún más la escandalosa distancia entre la inspección del tejido ajado y ese tipo de literatura que últimamente nos venden como tal y que no es más que súbdita de la actualidad (que no realidad) que forjan los medios.

Claro está que la tenaz destrucción de la literatura por parte de la industria del libro no deja de tener su lógica. Un buen amigo solía decir que a nuestra sociedad no se le ocurriría inventar ahora la literatura si no la hubiera encontrado hecha, pues, ¿cómo iba a inventar la sociedad capitalista una práctica tan privada, tan improductiva desde el punto de vista social, tan difícil de valorar desde el punto de vista económico?

De ahí que no debería en estos días sorprendernos tanto ver que el arte de especular por las regiones del tejido ajado se halle en plena liquidación, sustituido por la épica del transpuerilismo, de la turbia sinceridad de la no ficción y demás tendencias narrativas. ¿Es para desesperarse? Sí, pero evitémoslo recordando que una característica de la imaginación, desde tiempos inmemoriales, es encontrarse siempre en el fin de una época. Es que esta vez, dirá alguien, la destrucción va en serio, estamos en una transición catastrófica hacia una nueva cultura. Sin descuidar el mar de fondo de nuestro terror, recomiendo entonces decir que, tanto en la tarea de inspeccionar el tejido ajado como en la de resolver nuestra nebulosa interna, la incorporación de un final va a ser de todos modos siempre ineludible.

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Trabajar una «página»

finnegans wakeEsto de Valéry en sus Cahiers me remite a mi modo de trabajar en los últimos meses mis cafés perec:

Me ha gustado trabajar una «página» — como un pintor un cuadro —- indefinidamente —- Sin límite  (Paul Valéry, 1937)

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Mario Aznar: Acerca de’Esa bruma insensata’

Screen-Shot-2021-02-22-at-4.00.20-PM‘Esa bruma insensata’ me parece una novela extraordinaria, a la que quizá no se le ha prestado la atención que merece. En mi opinión, ahí desembocan algunas de las mejores apuestas del Vila-Matas de los últimos años.

[Mario Aznar en su Twitter. 28-3-21]

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Eric Allard sobre Cette brume insensée.

antartidaAllard, Eric. Le doublé obscur. Les belles phrases. 23-3-2021

«Au final, on peut lire Cette brume insensée comme une conversation d´Enrique Vila-Matas avec lui-même, entre l’écrivain réputé et son double obscur qui, à chaque livre, remet en cause le statut de l’écrivain et la cause qu’il sert.

Un nouveau roman exemplaire d’un des écrivains majeurs de notre temps !»

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LOS DIARIOS DE ANDRE GIDE en traducción de Ignacio Vidal-Folch

gide

En el segundo volumen de su Diario, André Gide alcanza la madurez como escritor y continua reflexionando sobre una obra literaria que, con lirismo, sutileza y vocación experimental, avanza desde El retorno del hijo pródigo hasta Los falsificadores de moneda, quizá su obra más conocida y sin duda una de las más influyentes del siglo XX. El escritor explora y analiza en estas páginas cuestiones de conciencia vinculadas a su matrimonio blanco, su fe vacilante y su homosexualidad, pero también pasa revista a uno de los períodos más convulsos de la historia del siglo XX, cuando la sociedad europea va dejando atrás la despreocupación de la belle époque para internarse en el cruento panorama de la Gran Guerra y finalmente superarla.

Acerca de la obra:
«El Journal de Gide cuenta la historia de alguien que se pasó la vida buscando realizar su obra maestra y no la logró. O tal vez sí, tal vez sí la logró, y su obra maestra sería entonces paradójicamente ese Journal que iba reflejando la búsqueda de su obra cumbre.»
Enrique Vila-Matas

«Obra y Vida: el Journal, que algunos consideraban la obra cumbre de Gide, la más completa, la mas perdurable, está en el centro de esa encrucijada.»
Laura Freixas

«Nunca hay que leer las frases del diario de Gide como si fuesen simples constataciones, aun cuando estén en indicativo: son deseos, plegarias, órdenes, himnos, remordimientos, inculpaciones.»
Jean-Paul Sartre

«El Diario está escrito mucho más como un diálogo que como un monólogo. Es menos una confesión que el relato de un alma que se busca, se responde, conversa consigo misma.»
Roland Barthes

«Lo que tiene lugar en el Diario, considerado en su conjunto, lo que en definitiva lo sostiene y cohesiona, viene a ser lo que cabe entender por una épica de la sinceridad. La ardua conquista de una expresión cabal, verdadera y honesta de sí mismo.»
Ignacio Echevarría

«Una obra de arte […], una creación.»
Georges Simenon

https://www.penguinlibros.com/es/biografias/230689-diario-1911-1925-9788466350150
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La función quijotesca

20200712_222428-1Mar Gómez Glez acerca de “Ficciones de verdad y el derecho a la (auto)ficción”, ensayo de Patricia López-Gay:

Mencionaba Juan Marqués en un artículo en The objective que en nuestro país hay muchas buenas escritoras y escritores, pero muy pocos buenos críticos, en parte porque se confunde la crítica literaria con el periodismo cultural, y a este, con la promoción. Después de leer Ficciones de Verdad. Archivo y narrativas de vida de Patricia López-Gay, las palabras de Juan Marqués resuenan en mi mente. ¿Y si tiene razón? ¿Y si a los críticos literarios españoles les pasara como a nuestro personal sanitario que prefiere, o necesita, buscar suerte en otros países para desarrollar su profesión? Patricia López-Gay es profesora en Bard College, vive en Nueva York desde hace años. Su último libro (Ficciones de verdad. Archivo y narrativas de vida) sobre crítica literaria en conversación con el arte visual reflexiona, contextualiza y engrandece uno de los modos de escritura más significativos de la narrativa actual: la autoficción.

A la pregunta de si la autoficción es un género, una categoría, un recurso literario, este libro no nos ofrece una definición cerrada: la autoficción es desde su nacimiento una desarticulación de la norma. La autoficción ha llegado para quedarse, o quizá siempre estuvo aquí y la historia de la literatura pueda releerse desde ese prisma incierto. De hecho, Ficciones de verdad dedica varias páginas a reflexionar sobre el genio fundacional de nuestra literatura, Don Miguel de Cervantes, y la medida en que las narrativas de vida contemporáneas que desean ser novela vuelven a explorar el tema de la confusión entre la realidad y la ficción.

Para López-Gay, las autoficciones no son ni autobiografías, ni novelas, sino ambas cosas; abren a un lugar “indeciso” de escritura y lectura. En ese espacio vemos emerger una figura autorial contemporánea que, husmeando con suspicacia, busca ordenar y comprender huellas dudosas de vida que se nos presentan como realidad. Desbancando el tópico de las escrituras del yo entendidas como ejercicios egocéntricos, o de mera promoción autorial, López-Gay las repiensa desde un lugar que les devuelve la originalidad: el de la “fiebre archivo”.

La obsesión por archivar marca nuestra época tanto como las noticias falsas marcan nuestra realidad. Ficciones de verdad analiza proyectos de artistas españoles que han trabajado con el archivo generando una poética de la sospecha, como Montserrat Soto o Isidoro Valcárcel Medina. Como el arte, la literatura sospechosa de archivo, la autoficción, sirve como resistencia a la manipulación. Dentro del campo literario, en plena “era del retoque digital”, las autoficciones sirven para dislocar la lógica del archivo que se propaga, rebasando las artes, tras la invención de la fotografía.

López-Gay documenta cómo las narrativas del yo escritas desde el modo autoficcional rompen con el sueño del realismo. Nos abren a instantes congelados de vida. A lo largo de Ficciones de verdad, las autoficciones de Jorge Semprún, Javier Marías, Enrique Vila-Matas y Marta Sanz se redescubren en su archivar creador, creativo y sospechoso. Bajo el “ímpetu irrefrenable de organización de documentos históricos o personales, citas propias y ajenas, fotografías, recuerdos o reflexiones del día a día” en la pantalla o sobre el papel, estos autores producen autoficciones que se detienen en el tiempo ampliado de universos posibles, en las digresiones del pensamiento, en la apertura hacia esa otra vida a la que siempre ha invitado el archivo.

Una vida que trasciende el fin último –fisiológico— del autor individual devolviéndonos el énfasis a nosotras, lectoras de vidas y ficciones, pasados presentes y futuros. Defendiendo la autoficción de manera convincente y definitiva, Ficciones de verdad defiende también la función quijotesca, hoy renovada, que cierta narrativa, visual o textual, cumple en nuestras culturas contemporáneas: mantenernos alerta; abrirnos a un universo de libertad que no necesariamente nos aleja de la realidad, sino que más exactamente nos insta a sentir el cuerpo, tomar aire, expirar, agarrar herramientas críticas que nos ayuden a navegar los vaivenes mediáticos de la era de la posverdad.

Ficciones de verdad

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LA PÁGINA 343 ——————–[Café Perec]

Portada de El tiempo envejece deprisa, de Antonio Tabucchi.

Portada de El tiempo envejece deprisa, de Antonio Tabucchi.

El vecino me adelanta para quitarme el ascensor y, a modo de disculpa o chufla, me dice que, ahí donde lo veo, lleva en realidad confinado veinte años y por tanto está muy adaptado al horror. Me quedo esperando el siguiente turno y como venganza imagino que me ha confesado que los viajes que no realiza le parecen cada día más una categoría mental, una forma de perderse en paisajes de la memoria antes de quedarse dormido. Con esto, sitúo impunemente en el mismo plano sus viajes imaginarios y su no solicitada confesión de dos décadas de confinamiento. Y lo hago en parte influenciado por una página del atractivo nuevo ensayo de Cristian Crusat, La huida biográfica (Pre-Textos) en el que se nos recuerda que una vida no contiene únicamente lo que hacemos, sino que está también integrada por lo que no llegamos a hacer, por lo que soñamos un día que haríamos. Es el caso, pienso ahora, del ciudadano Steiner, para quien su biografía y los viajes que le quedaron por hacer (“Ayers Rock en Australia  y la ciudad de Petra, que se han vuelto difíciles a mi edad”)  podían situarse, al final de sus días, en el mismo plano, y de ahí que sus memorias llevaran el muy atinado título de Errata, pues en conjunto su vida contenía ya una notable serie de proyectos perdidos que formaban parte también de ella.

Una página no sólo incluye lo que dice, y la prueba está en que sigo ahora mismo anclado en la de Crusat, atrapado por la analogía que en ella se establece entre la sospecha de que nuestras vidas contienen lo que nunca llegamos a hacer y aquello que afirmaba Antonio Tabucchi de que un libro –al igual que una página– no sólo incluye lo que dice, sino también aquello que los lectores buscan en su lectura.

Lo que los lectores acababan encontrando en sus libros siempre le deslumbró a Tabucchi. Creo haber vivido yo también esa experiencia: la repentina impresión de que la lectura es una actividad más noble que la escritura. Que haya lectores que busquen y lleguen a encontrar en lo que escribo algo que nunca había sospechado me recuerda a veces que el lector más inteligente de mis libros fue un amigo muy intransigente que se pasó años reprochándome todo lo que yo escribía. Hasta que un día en plena calle, para mi sorpresa, me cerró el paso para mirarme muy de frente y decirme que la página 343 de mi último libro le había dejado huella. Dijo exactamente eso, y hasta lo repitió: me ha dejado huella. No me lo podía ni creer y fui corriendo de inmediato a casa para revisar aquella página y enseguida comprobé que cuantas más veces me empeñaba en leerla con la mente de mi amigo superior, más veces fracasaba en el intento de captar qué había podido impresionarle de ella. No me quedó otro remedio que abandonar la vana tarea de intentar que mi cerebro suplantara al suyo. Pero desde entonces siempre se mueve algo en mí cuando alguien por ahí insinúa que una página o un libro no sólo incluyen lo que dicen, sino que pueden ser la proyección de los deseos de ciertos lectores, incluido –me digo enseguida– los del más agudo, los del más sabio.

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16 Marzo. A tres meses justos del Bloomsday.

 By Nuala O’Connor March 15, 2021 Arts & Culture James Joyce and Nora Barnacle, seated on a wall in Zurich. Image from the UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York.


By Nuala O’Connor March 15, 2021
Arts & Culture
James Joyce and Nora Barnacle, seated on a wall in Zurich. Image from the UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York.

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Fragmento de LA QUERELLA LITERARIA DE LOS UNOS CONTRA LOS OTROS.

jeff wall_boxing-2011_thumb[3]JESUS GARCÍA CIVICO : La literatura no nació para ser diseccionada en la mesa de un departamento de filología hispánica. ¿Cómo explicaríamos a Melville o Hawthorne que tenemos a sus ballenas conservadas en formol? Sobre el significado de la subversión, la literatura “criada fuera de la convención” es resultado de la visión de la novela como un territorio libre y sin vallado: Rabelais, Sterne, Rulfo, Borges, Kundera, Danielewski, Lucia Berlin… La voz propia puede o debe ser ecléctica. Witold Gombrowicz escribió sobre la posibilidad de darle una forma permanente a una inmadurez (a la plena voluntad de inmadurez) y en esas nos hallamos todos, o se halla alguien o me hallo yo. Lo no convencional pasará un día a ser convencional. Es lo que ocurrió con Hemingway, Carver, Remedios Varo, Ramones, Fellini o Sonic Youth: creo que se llama fagocitación. No hay experimentación sin tradición, ni nada nuevo surge sin una historia que lo preceda. Cuando era joven, la pirotecnia verbal era Nabokov y Burroughs era el transgresor. Hoy me sigo riendo con Pálido fuego y apenas me sonrío con The Naked Lunch. No sé si autor y libro son del todo separables y olvido algunos libros que he leído, pero sé que la novela nunca es hija, sino hijastra, y que no por ello se le ama peor.

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A arte do desaparecimento [ José Riço Direitinho en Ipsilon, suplemento de Publico, Lisboa 11 de Março de 2021]

PP - 21 ABRIL 2008 - MATOSINHOS - ENTREVISTA ENRIQUE VILA MATAS -08/04/00-Y

21 ABRIL 2008 – MATOSINHOS

Ter a literatura como tema dos seus romances é o jogo preferido do catalão Enrique Vila-Matas (n. 1948) — pelo menos desde o livro que lhe trouxe reconhecimento, História Abreviada da Literatura Portátil (1985), passando depois por Bartleby & Companhia (2000), O Mal de Montano (2002), ou Doutor Pasavento (2006), entre outros títulos que têm o processo literário como centro. A sua imaginação por vezes excêntrica opera com inteligente eficácia um estilo singular em que a ficção se compromete com o ensaio.

Esta Bruma Insensata, o mais recente romance, torna a não escapar da indagação das dificuldades de escrever hoje, parecendo querer deixar à mostra algumas angústias do autor. Se já no livro anterior, Mac e o Seu Contratempo (Teodolito, 2020), aborda a criação literária como uma “transcrição elaborada”, de onde a originalidade está ausente, neste sublinha essa misteriosa “impostura de escrever”. O romance conta-nos a história do singular vínculo entre dois irmãos: um é um famoso escritor que vive há duas décadas algures escondido em Nova Iorque (aqui é impossível o leitor não evocar as fugidias e misteriosas figuras de Thomas Pynchon ou de J. D. Salinger), que assina os livros sob pseudónimo, pratica “a arte do desaparecimento”, e o outro um tradutor que vive num casarão em ruínas, herdado dos pais de ambos, nas falésias de um lugar catalão junto ao mar. Este último foi contratado no início da carreira do outro para lhe fornecer citações de outros escritores (é um “recolector de citações”), ofício de ajudante que desempenha com algum fervor ao mesmo tempo que fornece material para que o outro use em intertextualidades, material este que é enviado em mensagens crípticas (não tendo a certeza de que o escritor as entenda, ou outra pessoa por ele, no caso a suposta mulher — de cuja existência não há certeza). O “ajudante” parece defender uma “teoria sobre a possibilidade de escrever romances com intrigas intertextuais e contra o fetichismo da originalidade”. Não se vêem desde que o escritor se instalou em Nova Iorque — nem uma fotografia trocaram, e o assunto de todos os emails trocados sempre se restringiu àquele trabalho, sem comentário pessoal.

Vila-Matas mostra-se, uma vez mais, um escritor de recursos inesgotáveis neste universo feito de temas literários e que coloca o leitor sempre perante conflitos — que serão também os do autor, as suas obsessões e dúvidas — que deixam os seus romances na prateleira dos que têm a metaliteratura como exercício. E talvez não seja descabido escrever que Esta Bruma Insensata é um dos seus livros mais metaliterários, não no sentido usual de que mostra com propósito as “costuras” da tessitura, mas porque se interroga sobre a própria ideia de realidade e de como fazer literatura. Já quase no final, quando se dá o encontro dos dois irmãos, em Barcelona, numa sexta-feira do final de Outubro de 2017 (a data assume importância por terem sido os dias de chumbo da perigosa crise política catalã, quando helicópteros militares sobrevoavam a cidade), há um diálogo entre os dois em que o narrador (o autor?) parece querer deixar clara a razão do livro: “parecia-me uma imbecilidade, dado que para mim viver era construir ficções. Havia, além do mais, muitíssimas razões de peso para afirmar que toda e qualquer versão narrativa de uma história real era sempre uma forma de ficção. A partir do  momento em que se organizava o mundo com palavras, modificava-se a natureza do mundo.”

É neste facto de a linguagem ser construtora do mundo, ao dar-nos dele uma distância crítica, que Vila-Matas justifica a literatura (a sua e a dos outros) como um olhar discrepante da realidade em relação a si mesma. As dicotomias apresentadas no romance pelos dois irmãos soam por vezes a diferentes visões num espelho quando olhadas de ângulos diferentes: talvez os dois irmãos sejam apenas as duas faces do autor em busca de uma razão válida para continuar a escrever.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en A arte do desaparecimento [ José Riço Direitinho en Ipsilon, suplemento de Publico, Lisboa 11 de Março de 2021]

Un paseo por LA CALLE DEL ORCO (la página de Kim Nguyen Baraldi)

Epv8IunXcAEWRHvIGNACIO VIDAL FOLCH: A veces entro en la página llamada Calle del Orco o sea calle del infierno, a ver si ha incorporado, como hace de vez en cuando, sin periodicidad fija, alguna nueva cita de un autor venerable. La página acaba de cumplir 10 años de vida y consiste en eso precisamente: en un escaparate de citas –van ya 500—, generalmente en torno a la literatura, pero no siempre, sin otra jerarquía que el gusto del compilador.

Que no necesariamente tiene que coincidir, eso hay que darlo por descontado, con el gusto del lector. Veo yo en la pantalla, por ejemplo, la cita y el rostro de determinado novelista que no me gusta nada, pero es que nada, y tuerzo el gesto, pero al lado de ese se alinean los altares de tantos otros autores estupendos… hay para elegir.

En algunas ocasiones en que te convenga un refuerzo de la fe en la literatura, y también, otras veces, movido por el aburrimiento, o por ese estado de ánimo de curiosidad difusa e inconcreta en que uno quiere pensar pero no se le ocurre en qué –porque en sus cosas le parece que ya ha pensado demasiado—, puedes salir a dar una vuelta por la Calle del Orco –las entradas son independientes de la actualidad, se puede entrar por donde a uno le provoque—, y seguro que saldrá revitaminado con la lectura de los pensamientos de grandes maestros. Seleccionados con buen gusto por el compilador, que así va configurando una especie de arcimboldiano autorretrato.

A ese compilador no tengo el gusto de conocerlo, pero le he leído algunos artículos en Letras Libres, que rezuman entusiasmo y conocimientos. Se llama Kim Nguyen Baraldi. Este nombre tan particular no es un seudónimo: su padre, refugiado vietnamita en Lieja, conoció allí a su madre, inmigrante italiana. Kim estudió literatura en París y vive y trabaja en Barcelona. Si no me confundo andará por los 35 años. Tiene como referentes para su página de citas a los mejores: Simon Leys, que teoriza y practica este coleccionismo en Ideas ajenas, y Hugo von Hoffmansthal y su Libro de los amigos, en el que reunió sus citas preferidas de sus autores predilectos, alternándolas con breves observaciones. “La cita tiene mucho que ver con la amistad”, dice Nguyen. “Es elegir el texto de alguien y hacértelo tuyo.”

Algunas entradas son temáticas, como la relativa al plano de París, el plano físico, de papel, que reúne citas de Cortázar, Walter Benjamin, Modiano, Ribeyro, Rilke, Flaubert, Julien Green. O como Detrás de una ventana con citas de Leopardi, Modiano y  Baudelaire,  sobre la sugestión de misterio que hay en las ventanas de las casas, cuando uno pasa por la calle; especialmente de noche, cuando la ventana emite un rayo de luz, o se ve en ella moverse una sombra.

No reproduzco aquí las estupendas citas de Leopardi, Baudelaire y Modiano, porque basta con ir a la Calle del Orco y leerlas. Me atrevo a sugerir al compilador que el tema de las ventanas es muy interesante y digno de incorporar otras aportaciones. He confeccionado una lista de cinco o seis ventanas, de las que ahora mencionaré las tres más conocidas: la canción de Brel Les fenêtres; las High Windows de Larkin; y por supuesto, la ventana que vio Pessoa desde el coche prestado con el que circulaba por la carretera de Sintra.

Porque la mejor noticia de estos párrafos, siendo ya muy buena la noticia de la existencia de la Calle del Orco, es que no solo Kim Nguyen, todos podemos hacernos nuestro propio retrato de Arcimboldo… o nuestro propio monstruo de Frankenstein…

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¿En qué momento uno se convierte en escritor?

VM_PGimferrer_LaPedrera¿En qué momento aprendí a escribir frases literarias? Ahí puede estar el quid de la cuestión, la esencia de todo aprendizaje retórico. ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria. Si no recuerdo mal, Pere Gimferrer, en Itinerario de un escritor cita estos versos de Góngora: «quejándose venían sobre el guante / los raudos torbellinos de Noruega». […] Gimferrer nos explica el significado de estos versos aparentemente difíciles de comprender: el guante es el guante de los halconeros […]. «Los raudos torbellinos de Noruega» quiere decir los halcones que se suponía que venían de tierras hiperbólicas, precisamente de Noruega, que en aquel momento era un nombre genérico y extraordinario. / Está claro que Góngora podría haber utilizado un lenguaje más directo, más vulgar. Lo habríamos entendido mejor, pero no habríamos leído unos versos memorables, sino una frase de absoluta banalidad prosaica, como una de esas frases que solemos entrecruzarnos siempre con los taxistas de nuestras ciudades nerviosas./ La literatura apareció en mi guante como un raudo torbellino de Noruega.”

(del prólogo a la edición de 2005 de LA ASESINA ILUSTRADA)

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El odio de todos los días. [Café Perec]

stIñaki Uriarte comentó en sus Diarios que, cuando escribía una reseña negativa, se sentía en la obligación, por una extraña coherencia interna con él mismo, de cogerle ojeriza al criticado. A veces, leo estas palabras como una sátira de la forma habitual de operar de ciertos críticos nacionales. En otras me hace pensar en Enrique Lihn, que  suponía que el odio que algunas personas manifestaban hacia él se explicaba por haberlas visto durante treinta años sin haberlas saludado jamás. No está mal pensado, aunque la verdad es que el odio de los otros tiene tantos recodos y misterios que cualquier interpretación que hagamos del mismo puede llegar a parecernos verosímil. Roberto Merino, cronista chileno que fue quien dejó constancia de las palabras de Lihn, recordaba con simpatía al poeta argentino Godofredo Iommi por una causa aparentemente banal: porque en el invierno de 1980 (en esos días Merino tenía dieciocho años y no le conocía nadie) le saludó con entusiasmo al cruzarse con él en una calle de Valparaíso. A mí, con mucha más edad, me tocó vivir una experiencia parecida en lo gratificante cuando, consciente de ser un completo desconocido para todo el mundo en Manhattan, casi no podía dar crédito de pronto a que alguien, desde la otra acera de la Sexta Avenida, estuviera gritando mi nombre: eran Valeria Luiselli y Álvaro Enrigue enviándome un alegre saludo que logró que me sintiera de repente como alguien que llevaba toda la vida en Nueva York.

Volviendo a Roberto Merino: nunca pudo superar cierta antipatía hacia Jorge Tellier porque éste en 1979 fue muy maleducado con él en una calle de Santiago cuando les presentaron. Algo también por el estilo me ha sucedido con escritores con los que en mi primer tropiezo con ellos, me ha tocado vivir un evidente desencuentro. Y es curioso comprobar cómo esas experiencias, casi todas del pasado, inciden todavía hoy en mi apreciación de lo que, a través del tiempo, voy leyendo de ellos, lo que me lleva a suponer que de un modo parecido, con gesto reciproco, operan muchos críticos a la hora de acercarse a los libros de autores de los que sólo recuerdan un gesto frío en el pasado. En estos casos, los prejuicios y la ojeriza previa se imponen desde primera hora a la lectura objetiva de lo que éstos escriben.

Por supuesto, hay otros mundos y otros odios. A la pregunta de por qué creía que eran tan detestados los judíos, George Steiner contestó: “Porque su identidad étnica e histórica perdura desde hace cinco mil años. El misterio de esa supervivencia es lo que despierta el odio en el no judío, un cierto sentido de lo abominable, y más con todo eso de que el judío ha firmado un pacto con la vida”.

Steiner dio con una respuesta de notable espectro metafísico que explica con valentía lo que  puede que habite en el fondo mismo de la manifestación de nuestro odio más supremo: la supervivencia de los otros. Hago una pausa y quedo pensativo. ¿Y no es la supervivencia de un escritor lo que tanto se les atraganta a sus enemigos, a sus odiosos odiadores?

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Perspectiva de sótano [Café Perec]

colonPor la mañana, a primera hora, me acerqué a la ventana y, repetición de las repeticiones, vi pasar por mi calle al joven de tantas veces, al que habla solo, barba cerrada y gorro frigio. Parecía un presagio de que aquel día que empezaba sería puro bucle, pero luego resultó lo contrario. Dos horas después, circulaba en taxi por Barcelona, rumbo al sur, rumbo al puerto. Aquel día podía ser excepcional porque por primera vez en meses salía del barrio. Iba camino del Museu Marítim de Barcelona, donde, en la ceremonia del premio Biblioteca Breve, iba a rendir homenaje al amigo Juan Marsé, que con Últimas tardes con Teresa lo ganara en 1965.

Llevaba un año sin hablar en público, por lo que en el taxi iba no exactamente aterrado, pero sí muy tímido mirando con extrañeza por la ventanilla la desolada –diría que arrasada– zona sur de la ciudad, un espacio que iba descubriendo con creciente estupor, como si nunca antes lo hubiera visto. De golpe, vi que lloviznaba y me pareció que el relato de mi viaje empezaba a tener de fondo el sonido de unos neumáticos mojados por la lluvia.

Aunque los parajes por los que cruzaba me eran familiares, seguía sin acabar de reconocerlos. Viajaba algo perdido, quizás porque sólo alcanzaba a percibir, desde mi perspectiva de sótano, la primera planta de todos los edificios, sin que lograra identificarlos del todo, aunque dejé de preocuparme por esto cuando comencé a divertirme especulando sobre la altura de los inmuebles. Viajaba en cierta forma muy expectante después de tantos meses de no moverme del barrio. Y de pronto, cuando con mayor curiosidad estaba mirando por la ventanilla, comprendí que lo que alcanzaba a ver correspondía en realidad con toda exactitud a la que era mi perspectiva ideal, como si me hubiera siempre desplazado por Barcelona a ras de suelo. Fue en ese momento cuando comenzó a llover más fuerte y, un segundo después, reconocí con inesperada emoción, a través del cristal empañado, la base del monumento a Colón, al final de las Ramblas. No hay otras ciudades, decía Mandiargues en La marge, donde las estatuas estén colocadas como en Barcelona a tanta altura, como si temieran dejarlas al alcance de los hombres. No sabiendo qué hacer con tan repentina visión, me comporté como un turista en mi propia ciudad y, recurriendo al móvil, fotografié el pie del monumento invisible.

Después, ya en el Museu Marítim, un periodista preguntaba al vencedor del premio qué era para él una novela perfecta y el galardonado, el almeriense Juan Manuel Gil, contestaba que solía ser aquella novela que sabía seducir, arrebatar plenamente al lector. Y mientras se extendía en su respuesta, yo iba en silencio completándola: para mí una historia perfecta tenía siempre un punto ciego, no sólo porque contaba un secreto, sino porque tenía algo oculto que un único lector iba a descubrir en el futuro. Ahora bien, de la mía, de la historia de mi viaje al sur, ¿qué era lo que con el tiempo podría un solo lector acabar descubriendo? Extranjero extraviado en mi propia ciudad, aquella pregunta hasta me separó de mí.

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LA COMEDIA HUMANA DE PISÓN.

pison_11_1000x528IGNACIO VIDAL-FOLCH: Sin proponérselo y sin voluntad serial o totalizadora, pero con parecida perseverancia novelesca, Ignacio Pisón va componiendo, novela a novela, una especie de versión democrática de la comedia humana balzaquiana, o de los episodios nacionales galdosianos. Entiéndase no en el sentido estilístico o totalizador, sino en el de la exposición de un juicio sobre una sociedad, sus usos, sus valores y sus fantasmas. Como los tiempos han cambiado mucho desde anteayer, los protagonistas de la comedia pisoniana no aspiran a conquistar París ni a combatir en épicas batallas ni siquiera a que les reciba en audiencia un ministro. Aspiran a vivir con cierta libertad y prosperidad, con salud, amor y un poco de dinero para vivir desahogadamente o por lo menos permitirse de vez en cuando alguna alegría. Estas novelas componen una especie de subtexto novelesco al pasado reciente. Son una crónica lateral, a pie de calle, del alma del homo democraticus español, bautizado con la Constitución. Al margen del valor literario y novelesco, este valor sociológico y psicológico ya constituye un logro.

Estas novelas están llenas de detalles elocuentes. Por ejemplo, en la última, Fin de temporada, una camiseta con una imagen de la serie Friends que luce el protagonista es un dato insignificante pero que sirve para “dar el tono” de la época, del nivel de imaginación de los protagonistas y de lo que les falta, quizá, en el aislado cámping en el que viven, cerca de la central nuclear de Vandellós; pero también, cuando esa camiseta reaparece 50 páginas más tarde, para anunciar el regreso de un personaje que había estado largamente ausente. La eficacia y economía de recursos elocuentes como éste que dan verosimilitud y compacidad al territorio de la ficción propuesta (espacio y personajes) es una marca del autor. Como estas novelas están llenas de detalles significativos y de personajes “calcados” de nuestras familias y explicados con simpatía y cercanía, concediéndoles toda la dignidad que sin duda tienen y merecen, pero afortunadamente sin bajo sentimentalismo, adulación ni condescendencia, con una seguridad y gran serenidad autorial, los lectores se reconocen en esos espejos estendalianos y agradecen el respetuoso trato recibido. Al fin y al cabo eso, respeto, es la clave de las relaciones civilizadas y de la altura humana; y como la carpintería de las historias es sólida y el lenguaje es preciso pero llano, sin desfallecimientos ni retórica, y las tramas argumentales están sabiamente salpicadas de intrigas, obstáculos, enigmas y peripecias que las relanzan de principio a fin, a la siguiente novela ese lector vuelve a la cita consigo mismo.

Ahí se les confirma, se les recuerda que el ciudadano no es solo ese pedazo de carne redundante, con cuatro ideas simples sobre el funcionamiento del mundo, cordero de un rebaño y presunta víctima de timos, que es como le tratan tantas instancias y poderes de la vida económica, laboral, política, familiar. Que es algo mucho más palpitante y valioso, incluidas sus imperfecciones, traumas y fisuras y anhelos insatisfechos.

No sé si lo que estoy diciendo ya lo han dicho otros antes, pues Pisón no es precisamente un autor ignorado o que haya pasado desapercibido, sino que se le celebra desde su primer libro, escrito cuando era veintiañero, que si no recuerdo mal eran unos cuentos titulados Alguien te observa en secreto. Muchas veces sus novelas se organizan en torno a los miembros de una familia, con sus afectos y experiencias compartidas, con su diversidad de caracteres: unos, abnegados, otros aprovechados o irresponsables… En su última entrega Fin de temporada, publicada el pasado mes de septiembre, la familia está vista a la luz más oscura y fatal, desde la escena del accidente con que sube el telón –el mismo autor resume el argumento en la entrevista que le hizo para Letra Global la admirada Anna María Iglesia— hasta la escena tremenda, de una violencia emocional pavorosa, que hacia el fin del libro constituye el relato inverso a la parábola evangélica del regreso del hijo pródigo. Leerle es una costumbre adquirida hace cuarenta años, y uno tiene pocas.

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Entrevista a Dror Mishani: «Vila-Matas, mi autor favorito de los últimos años»

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 ¿Qué conoce de España y qué escritores españoles son sus favoritos?

DROR MISHANI: ¡Ah! ¡La pregunta más importante! Y por fin, una oportunidad para rendir homenaje público a mi autor favorito de los últimos años: ¡Enrique Vila-Matas! Muchas gracias señor Vila-Matas, por Dublinesca, por Mac y su contratiempo, por Historia abreviada de la literatura portátil y en especial por Bartleby y compañía, libro al que dedicaré un curso completo el próximo año en la Universidad de Tel Aviv, y una de las más bellas y apasionadas que conozco sobre la literatura, el amor, las ganas de escribir y las oportunidades perdidas.

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TRES (de Dror Mishani, en Anagrama)

Un elegante e inteligente thriller en la estela de Hitchcock y Highsmith. La mejor novela del autor de Expediente de desaparición.

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RISAS EN LA OSCURIDAD [Café Perec]

Adam y António

Una vez, pasé una noche en un hotel frente al mar, en Cascáis. Por la mañana, en la luminosa terraza volcada sobre el Atlántico, había reconocido a Jean-Pierre Léaud –el doble de Truffaut, el inolvidable Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes–, pero no me había atrevido a importunarle, porque el actor tenía nada menos que sesenta años más que en aquella película y daba verdadero terror su mirada fija en el horizonte. Y también porque se necesitaba coraje para plantarse ante él y preguntarle si le importaría que le fotografiara. Recuerdo que David Cronenberg y Adam Thirlwell conversaban en una mesa cercana y que allí todos eran invitados del festival de cine de Lisboa y que, al comentarle a Thirlwell el miedo que me producía la seriedad extrema de Léaud, se ofreció a posar para mi cámara para que de ese modo, furtivamente, pudiera yo atrapar, al fondo de mi encuadre, la imagen de Léaud.

Horas más tarde, António Costa y Paulo Branco me hicieron saber que a Léaud lo tenía de vecino de habitación. Y a medianoche, lo imprevisible sucedió: comencé a oír las risas solitarias, cada vez más constantes, de mi vecino. Al no poder verle y sólo oírle, acabé imaginando a destajo. ¿Qué pasaba allí? Llegué a decirme que Léaud podía estar soñando que era Nikolái Stepánovich Gumiliov, aquel poeta que fue asesinado por los esbirros de Lenin porque durante el interrogatorio en las oscuras oficinas del fiscal, en la cámara de tortura, en los sinuosos corredores que conducían al furgón policial, en el furgón que le llevó al lugar de ejecución, y ya en ese lugar mismo, con la tierra revuelta por los pies pesados de un pelotón sombrío y desmañado, el poeta no paró de reír.

Que la  risa es el fracaso de la represión es algo bien sabido, pero quizás se sepa menos que la risa de Kafka, elevándose sobre cualquier tipo de represión, recordaba el tenue crujido del papel. Lo digo porque fue ese mismo continuado crujido el que emitieron aquella noche, en la oscuridad de Cascáis, las risas de Léaud. Y quizás por eso no tardé en imaginarle también a mi vecino reviviendo un episodio real de la Praga de entreguerras, aquel en el que un joven Kafka no pudo contener su risa en el acto oficial en el que con cierta pompa el presidente de la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo le nombró “técnico del Instituto”. Que sepamos fue un momento complicado para Kafka, que sólo buscaba darle las gracias a su jefe, al representante directo del Emperador, pero cuanto más trataba de frenarse, más difícil le resultaba dejar de reír “a mandíbula batiente”.

Volviendo a las risas de Léaud: éstas se detuvieron en la noche de Cascáis a las doce y diecisiete, así lo anoté. Pero la verdad es que, en medio del desconcierto general en el que vivimos, no me importaría ahora mismo volver a oírlas, que éstas regresaran con su misterio intacto, idénticas a entonces, imparables, secretas, más llevaderas que la vida, sin atascos de tráfico, ni tiempos muertos, avanzando como trenes en la noche, puro papel crujiente, puro fuego entre tanta oscuridad.

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Sur ‘Cette Brume Insensée’. Création totale. Brillantissime (Cedric Bru à ‘Les Obsédés Textuels’)

bombCEDRIC BRU (Les Obsédés Textuels) : Depuis ses débuts, l’énigmatique Enrique Vila-Matas passe la littérature au crible. Véritable personnage de ses romans singuliers, celle-ci détermine autant leurs intrigues que leurs climats. La littérature comme indispensable grille de lecture d’un monde, face auquel, pourtant, elle doit revendiquer chèrement une place qui lui est de moins en moins accordée. Dans Cette Brume Insensée, l’auteur catalan interroge principalement l’usurpation et par association le statut controversé de « grand écrivain. »

Simon, traducteur et écrivain à ses heures, passé à côté d’une œuvre (sûrement) par manque de constance et d’énergie, s’est spécialisé dans l’art de la citation. Véritable archives vivantes, il a mis son talent au service d’un jeune frère, Rainer dit Grand Bros devenu (étonnement) soudainement, après des débuts modestes, un écrivain mondialement célèbre à la faveur d’une trilogie de romans rapides, tous écrits à New York, où il vit reclus et anonyme à la manière d’un Salinger ou d’un Pynchon.

Rainer rétribue Simon depuis vint ans, sans jamais l’avoir revu, pour ce renfort littéraire dont Perec, s’inspirant d’Aragon, écrivait que : « L’introduction de la pensée d’un autre, d’une pensée déjà formulée dans ce que j’écris, prend ici, non plus valeur de reflet mais d’acte conscient, de démarche décidée, pour aller au-delà de ce point dont je pars, qui était le point d’arrivée d’un autre. » De ce fait, Simon en est venu à l’idée que ce frère distant et arrogant (il ne se manifeste que par mail et en le vouvoyant !) lui doit beaucoup, et que son œuvre sans ses références ne serait pas la même. C’est à ce stade de réflexion que Grand Bros, prêt à sortir de sa retraite, lui donne rendez-vous à Barcelone, en plein bouleversement indépendantiste. Que sortira t-il de ce mystérieux entretien ?

Dans ce roman labyrinthique où sont convoqués Kafka, Bolano, Joyce, Flaubert et beaucoup d’autres, Vila-Matas questionne le cœur même de la littérature. Territoire du faux-semblant comme de la plus extrême vérité, création totale dispensée de l’aide de Dieu comme pire chemin de croix de l’imagination, elle est ici non seulement à l’honneur, mais érigée comme la plus belle des possibilités.

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Epílogo de Vila-Matas a ‘Lista de desaparecidos’, de Andrés Barba y Pablo Angulo

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Me marcho, es tardísimo. Escondo mi mano tullida de nacimiento y dejo a la vista la otra, aquella con la que retuerzo cuellos de gatos callejeros. El calor, te digo, parece como un traje invisible, le dan ganas a uno de quitárselo. Me voy, dejo aquí una crema de afeitar como único aroma. Qué ridículo me verías si supieras lo que pienso. Sé que soy sólo un lugar, un hueco del barrio, soy este sitio de seres con paños fríos en el cuello, también de lavacabezas con apoyapiés eléctricos. Me marcho, es tardísimo, te digo. Jamás he tocado la vida ni con la punta de los dedos. Me voy, pero me quedo, porque soy el lugar, y un lugar nunca se mueve. Me quedo porque sólo tengo calma donde ya he estado, sólo calma donde nadie me dice quién soy, ni sabe quién he sido. Y porque la tarde es lenta y se astilla y me es familiar esta bruma sin niebla, los fríos paños blancos, esta cuesta suave del final del día.

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UNA EXPERIENCIA UNICA [Inés Macpherson sobre ‘Ese famoso abismo’]

Epv8IunXcAEWRHvLeer a Vila-Matas, creo que ya lo he dicho alguna vez, es saber que vas a iniciar un viaje sin saber exactamente cuál es el destino. Sus libros son un trayecto por una ficción que no busca convertirse en trama cerrada, en argumento estructurado o en historia entendida como cuento, como ese relato que tiene un inicio, un nudo y un desenlace evidente, con giros de guion estipulados, sino explorar precisamente el concepto de ficción, de creación. Leer a Vila-Matas siempre es una experiencia única. Sí, es posible que haya temas que dialoguen a través de su obra, que se entremezclen y te observen como un todo que no se acaba, que se transforma, pero al final, lo importante es el placer de adentrarse, de perderse, de disfrutar de los personajes que construye, de las reflexiones que plantea y del conocimiento literario y cultural que subyace, del viaje a través del lenguaje. Porque de eso se trata, de encontrarse con el lenguaje, con la literatura, con la imaginación y con una idea muy interesante sobre la creación, sobre la autenticidad, sobre la identidad… Pasa algo similar cuando decides leer libros en los que se dialoga de alguna manera con Vila-Matas. Cuando el año pasado me topé con Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo, de A. G. Porta (Cuadernos del Acantilado), descubrí un libro portátil, pequeño en formato, pero inmenso en contenido, porque en él encontrabas un homenaje, una forma de concentrar referencias a su obra, sus conceptos, personajes, reflexiones; un diálogo literario y creativo que hablaba del escritor y la persona, del arte de desaparecer, de la forma en que nos vestimos con lo que leemos y luego, tal vez, lo dejamos salir.

Esta es la sensación que también he tenido al leer Ese famoso abismo. Conversaciones con Enrique Vila-Matas, de Anna Maria Iglesia, publicado por WunderKammer. En un formato de diálogo más clásico, como su nombre indica, tenemos ante nosotros una puerta a lo que hay más allá de los libros, o quizá más acá, lo que se mezcla en esa mente que uno no puede dejar de admirar, por lo que tiene de laboratorio y juego literario, de originalidad y atrevimiento, de admiración a su vez por la palabra y por el lenguaje, por la creación en todos los sentidos, y en particular por la literatura.  Si alguien me lanzara esa pregunta clásica que a menudo surge ante un libro, «¿De qué va?», no sé si tendría una respuesta que no hiciera referencia al título. Porque estamos ante eso, ante una puerta y un abismo, una ventana a la palabra, al universo personal y creativo de un autor. Pero estaría mintiendo, porque es mucho más que eso, aunque no sé si se puede decir, si se puede acotar en un único espacio. ¿Cómo resumir en una frase tantos libros, tantas reflexiones? ¿Cómo hacer entender que aquí encuentras historias de una ciudad, de una época y a su vez reflexiones sobre Poe, el doble, sobre Georges Simenon o Patrick Modiano? Creación y crítica, literatura en expansión, buscando el cauce y la manera de aparecer y desaparecer, de ser efímera y a la vez quedarse contigo sin que seas del todo consciente. Eso es lo que ocurre con muchos de los libros de Vila-Matas, que van contigo, caminan contigo, aunque creas que no; te observan o quizá eres tú quien los observa sin saberlo.

Lo que está claro es que lo que nos trae Anna María Iglesia es un regalo para aquellos que disfrutamos leyendo, y escuchando, a Vila-Matas. La forma en que las preguntas van creciendo a la par que las respuestas, creando un diálogo lleno de referencias, de comprensión y de deseo de comprender un poco más, hace que tengas ganas de volver atrás, en el libro y en los libros. También encontramos reflexiones fascinantes sobre la creación y la literatura, anécdotas personales, de la infancia, de los primeros años como escritor, de conversaciones o descubrimientos. Personajes cuyos nombres se cuelan en la realidad, citas transformadas, ese comprender que toda ficción es una creación, una construcción, un señalar que a veces hay que abandonar esa tragedia que puede impregnar nuestras páginas para redescubrir el juego, el atreverse, el crear.

Dividido en capítulos que exploran un tema, aunque exploren varios en uno, debo reconocer que me encantó la sensación de juego que uno se encuentra ante el número ocho, ese «Próximamente» que por un instante hace que tu cerebro se imagine esa parte del libro como una especie de tráiler del siguiente libro, como uno de esos anuncios de cine, con la pegatina de próximamente en letras rojas sobre fondo blanco. Y hay algo de eso, pero no es un próximamente en sus librerías, sino que es ese próximamente del cine, ese recuerdo suyo que es también el de muchos. Leer a Vila-Matas también es eso, ver como tus referencias dialogan con las suyas, ver dónde se encuentran, dónde tu cerebro hace trampas y se adelanta para darse cuenta de que se ha equivocado, porque, aunque parta de un mismo lugar, la conversación lo lleva a otro sitio.

El arte de desaparecer, la repetición y la diferencia, los personajes, la realidad y la creación, la ficción, la imaginación y el pensamiento, todos ellos conceptos que aparecen en la obra y en este libro, en esta conversación que agradeces poder compartir, poder leer y anotar, subrayar como si con el lápiz pudieras hacer tuyo lo que se escapa, fijar en la retina, y en las neuronas, un universo, una construcción de palabras ajena pero que te llama, que hace años que dialoga contigo.

Como lectora de Vila-Matas, una lectora que, por cierto, ha descubierto títulos que se le habían escapado, debo reconocer que este libro ya me gustaba antes de empezar. Al acabarlo, puedo decir que mi intuición no se había equivocado. Es una maravilla, una forma de leer y de escuchar, de observar y disfrutar de un camino literario.

¡Feliz jueves y felices lecturas!

(21.1.21)

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LA ANOMALÍA [Café Perec]

l-anomalie-4En mi anterior café Perec hablé de aquel amigo de Juan Benet que se echaba a correr en el Madrid de postguerra cuando creía ver en el cielo “una amenaza” (que en realidad era una nubecilla) detrás de la torre de Correos: “La amenaza, está allí, ¿es que no la veis?”. Pues bien, tres días después de hablarles de aquello a ustedes, cayó la Gran Nevada. Y la cosa no quedó ahí. En aquel mismo café Perec había explicado que a Don DeLillo la idea de El silencio le había llegado a principios de 2018 en el avión de París a Nueva York cuando se quedó con la vista puesta en la pantallita con todos los datos del vuelo y comenzó a preguntarse qué ocurriría si un día se producía un gran apagón tecnológico global. Y bueno, sólo unas horas después de publicar aquello, leí algo que enseguida vi que me habría permitido completar de un modo redondo la columna: en   L´Anomalie, de Hervé Le Tellier, novela ganadora del último Goncourt, se narraba la historia de un mismo avión volando dos veces entre París y Nueva York, con los mismos pasajeros, con tres meses de diferencia…, atravesando, por tanto, por un colapso temporal semejante al que creemos percibir ahora en plena maldita pandemia.

Ese parecido entre L´Anomalie y El silencio vengo de confirmarlo plenamente hace unos minutos al acabar de leer la novela de Le Tellier, con su trama ligada a la órbita científica del OuLiPo y de la que puede decirse que, “más que una ficción, es una experiencia de pensamiento”; lo dice el propio Le Tellier en la entrevista de L´Express que Joan de Sagarra me pasó cuando vio que en mi café Perec, contrariamente a lo que podía esperarse, no acababa hablando allí de L´Anomalie. “No es absurdo pensar que quizás seamos seres virtuales”, decía Le Tellier en esa misma entrevista, poco antes de preguntarse qué pasaría si el universo que tomamos por realidad fuera solo un señuelo, creado por ordenadores superpoderosos. Tomemos esto último con calma.  ¿O acaso no es algo que casi todos hemos pensado? ¿No será que nos gobierna en realidad una inteligencia artificial y vivimos en un mundo que es una completa “simulación”? Quizás por eso cierta literatura contemporánea, en sus obstinadas sospechas sobre el mundo real, explora tanto las relaciones entre realidad y ficción. Claro que esto no es algo que debiera sorprendernos tanto. A fin de cuentas, que la realidad es una ilusión no es precisamente algo nuevo (Parménides, Platón), sólo que la idea cada día nos llega expuesta con mayor rigor científico (Nick Bostrom) y Le Tellier piensa que lo que últimamente nos sucede está produciendo un cambio cada día más radical en nuestra percepción del mundo.

¿Es Le Tellier un visionario? No diría tanto. Es un enamorado de las matemáticas  que mezcla ciencia y literatura (por algo es presidente del OuLiPo) y que en su momento tomó más de un café con Perec, al que editó. Nada del otro mundo, salvo que le gusta pensar, como sus viajeros del avión a Nueva York, que tiene una vida secreta, y no imagina hasta qué punto esto podría ser verdad.

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Un imprescindible: ‘The Paris Review’ [Victoriano Sanjurjo en La Opinión de Tenerife]

nyoVictoriano Sanjurjo Sanjurjo EL DÍA (La opinión de Tenerife):  Una de las novedades literarias más sobresalientes de 2020 ha sido la publicación The Paris Review. Entrevistas (1953-2012), que ha visto la luz gracias a la editorial Acantilado. La revista, trimestral y en lengua inglesa, nació en París, en 1953, gracias a la iniciativa de tres norteamericanos: Harold Doc Humes (1926 – 1992), Peter Matthiessen (1927 – 2014) y George Plimpton (1927 2003), a los que cabría sumar, en los primeros momentos de andanza del proyecto, nombres como el de William Pène du Boisand (1916-1993), Thomas H. Guinzburg (1926-2010), etc.

Después de muchas sedes, Plimpton asentó la publicación en Nueva York en 1973 y fue su principal editor hasta su fallecimiento. En el número de otoño de 2003, dedicado al 50 aniversario de la revista, declaró cuáles fueron sus principios rectores: “Estos eran asombrosamente simples: dedicar la revista en gran parte al trabajo creativo (cuentos, extractos de novelas y poesía) y poner el material crítico (que tendía a ser el plato principal en las revistas literarias de la época) en la parte posterior del libro, si había alguno”. En términos similares se pronunció William Styron cuando, en el primer número de la revista, expuso como objetivo, además de dar un lugar residual a la crítica, el acoger a buenos escritores y a buenos poetas, sobre todo si “no tocan tambores ni empuñan hachas”. Traducción literal, dejemos que las interpretaciones metafóricas hagan el resto.

En agosto de 2003, Jacki Lyden, de la National Public Radio, en una entrevista que hizo al referido editor, apuntó: “En un momento en que otras revistas literarias se centraban en la crítica y las reseñas, Plimpton dice que quería que la nueva publicación se concentrara casi por completo en el trabajo creativo, como cuentos y poesía. “Íbamos a ver al novelista A, en lugar del crítico B” , dice Plimpton. “Y en lugar de hacer que el crítico B escriba sobre el novelista A en una reseña o crítica, acudiríamos al novelista y le pedimos que hable sobre el oficio de escribir“.

Aquí está la clave de por qué The Paris Review representó una bocanada de aire fresco dentro del panorama de las revistas literarias de la época; aunque de poco le hubiera servido si a la novedad no le complementase la calidad. Esta llegó por dos vías: por un lado, gracias a la magnífica nómina de autores que, antes de convertirse en auténticas celebridades, fueron aportando sus primeros trabajos (Kerouac, Beckett, Roth,…) y, siempre que se podía, cobrando por ello; por el otro, de la mano de extensas entrevistas que, bajo el enunciado de Writers at Work, se centraban en todo cuanto estaba relacionado con el oficio de la ficción de sus protagonistas: proceso creativo, hábitos, técnicas, rutinas, etc. Estas se terminarían convirtiendo en una seña de identidad de la publicación, como apunta Ignacio Echevarría en The Paris Review y el arte de la entrevista: “De hecho, marcaron un estilo propio dentro del periodismo literario: eran son todavía entrevistas muy elaboradas, por lo general hechas en varias sesiones (a veces con meses cuando no años entre una y otra), a veces por más de un entrevistador, y sometidas a revisión por los propios entrevistados, de modo que aseguraran la mayor fidelidad deseable a sus palabras, a sus ideas”.

Malcolm Cowley, en la introducción a la primera serie recopilatoria de encuentros, que vio la luz bajo el título de Writers at Work (1959), señalaba que, hasta la llegada de la revista, las entrevistas a autores eran productos que, por lo general, se caracterizaban por la incompetencia de los entrevistadores: o no parecían tener interés en la literatura, o no se documentaban como convenía, o buscaban hacer hincapié en temas superfluos o aspiraban a ganar un protagonismo que no les correspondía, quizás porque tenían una vena de escritores. Con la publicación que nos convoca, esto cambió: los reporteros, como señala Cowley, se preparaban, hacían las preguntas adecuadas y, sobre todo, estaban al tanto de las respuestas. Conviene resaltar la importancia de esto último.

El resultado de esta abnegada labor se visualiza en un conjunto de piezas que destacan por el interés de los contenidos aportados por cada autor y, a través de ellos, por la posibilidad de trazar una imagen tan amplia como precisa de cuáles han sido las rutas por las que ha transitado la literatura occidental de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del actual. La intensidad de este fondo se ve correspondida por la efectividad de la forma en su propósito divulgativo: el estilo de los reporteros es ágil, ameno, directo; no pierden de vista la función periodística ni se desentienden del impulso natural de dar al texto sobre quehaceres literarios ciertos aromas poéticos.

El magnífico producto que nos llama está dividido en dos tomos: el primero, que llega hasta el año 1983, contiene 51 entrevistas distribuidas en 1 386 páginas; el segundo, 49 dispuestas en 1 404. En él se invirtieron ocho años de trabajo, lo que justifica el que solo llegue hasta el año 2012. Para su realización, se contó con cuatro excelentes traductores que han conseguido que las virtudes lingüísticas de los textos originales ingleses estén presentes en esta adaptación a nuestro idioma: María Belmonte Barrenechea hizo 19; Javier Calvo Perales, 37; Gonzalo Fernández Gómez, 36; y ocho, Francisco López Martín.

Las de este último se centran en autores en lengua española: Borges, Cabrera Infante, Cela, Cortázar, García Márquez, Marías, Paz y Vargas Llosa. Con la de Semprún, que tradujo María Belmonte, se cubre en este libro la nómina de nueve que utilizaron el castellano en sus producciones. Puedo entender que no apareciera en este título la entrevista que The Paris Review hizo a Vila-Matas en el número de otoño de 2020 y, hasta cierto punto, que no hubiera un lugar para los argentinos Manuel Puig (invierno de 1989) y Luisa Valenzuela (invierno de 2001); pero me cuesta más asimilar las razones para no incluir en esta relación a dos autores en lengua española que ya forman parte del cupo donde habitan nuestros “inmortales”: Pablo Neruda, que fue entrevistado para el número que se publicó en la primavera de 1971 y Carlos Fuentes, que aparece en el de invierno de 1981. ¿Por qué? El primero tenía como gran justificación para inclinar la balanza a su favor el Nobel que recibiría unos meses más tarde; el segundo, la inclusión de anécdotas tan gratas como la que Simon Weiss cuenta en la que le hizo a Cortázar. Seré breve: cuando el argentino visitó por última vez su país, se encontró con una manifestación de estudiantes que, al reconocerlo, dejaron de lado sus reivindicaciones para rodear al célebre escritor. Como cerca había librerías aún abiertas, agotaron todas las existencias habidas del autor de Rayuela para que este les pusiera su firma. “Un quiosquero, disculpándose porque ya no le quedaban ejemplares de sus libros, le pidió que le firmara una novela de Carlos Fuentes”.

Tampoco entiendo por qué, si es tan breve la relación de autores en lengua española que han aparecido en la revista entre 1953 y 2012, no se decidió incluir a los cuatro nombrados. Creo que, dadas las circunstancias editoriales e idiomáticas de la iniciativa cultural y mercantil, estos deberían haber tenido un hueco dentro del conjunto total de nombres abordados. Mención aparte está Saramago, entrevistado para el número de invierno de 1998, justo cuando recibió el Premio Nobel. Un escritor como el portugués, tan vinculado con España y con nuestras letras, tan universal en su cosmovisión del mundo y del hombre, ¿no era merecedor de un hueco en este recopilatorio?

Peter H. Stone, en la entrevista que le hace al autor de Cien años de soledad, apunta: “Aunque su inglés es bastante bueno, García Márquez habla principalmente en español y sus dos hijos se turnan para traducir”. Es una pena que las entrevistas a los hispanos se hayan tenido que trasladar del inglés. Qué lástima haber perdido los singulares y embriagadores matices que atesora nuestro idioma en boca de maestros de la palabra como los que recoge esta antología.

En el periodo que comprende este más que recomendado título, The Paris Review entrevistó a 47 mujeres, más o menos. Me ha llamado la atención el escaso número de escritoras que aparecen en la publicación. De cien nombres, solo hay dieciséis autoras. Creo que se podía haber compensado un tanto este desequilibrio, pues todas han participado en la revista literaria en igualdad de condiciones que sus homólogos masculinos, lo que permite considerar que también han contribuido con el panorama literario que recogen los dos tomos de Acantilado. El porcentaje que maneja el título que nos ocupa (16%) no difiere mucho del que apunta al número de premiadas con el Nobel (13.4%), si bien en las cifras del premio sueco se incorporan las reconocidas durante el periodo comprendido entre 2013 y 2020, a saber: Alice Munro (2013), Svetlana Aleksiévich (2015), Olga Tukaczuk (2018) y Louise Glück (2020); lo que tampoco habla en favor de la Academia Sueca si tenemos en cuenta que desde 1901 se entrega este reconocimiento.

Sin salir de las curiosidades “guarísticas” y del Premio Nobel de Literatura, es muy llamativa la cantidad de galardonados que pasaron por la revista. En el título que nos ocupa, aparecen veinticuatro. Dada la relevancia que supone esta distinción, cabe destacar, por un lado, los que recibieron el reconocimiento después de haber sido entrevistados (Eliot, Bellow, Siner, García Márquez, Brodsky, Gordimer, Walcott, Lessing, Naipaul, Pamuk e Ishiguro) porque habla de manera muy favorable sobre el instinto de sus editores; por el otro, los restantes trece que, con el premio en la mano, tuvieron a bien participar sabiendo de antemano los parámetros de realización de interviús tan exigentes del medio, pues nos permite resaltar el prestigio que ya tenía la publicación desde sus primeros números: Faulkner, premiado en el 49, fue entrevistado en 1956; en el 58, cuatro años después del reconocimiento, Hemingway…

IInsisto: The Paris Review. Entrevistas (1953-2012) es un producto editorial sobresaliente. Cuantos estén vinculados con la literatura (autores, editores, docentes, investigadores,…) deberían tener en los anaqueles de sus bibliotecas un ejemplar. Su lectura es una exigencia. Para los amantes de las buenas letras, la obligatoriedad pasa a ser una viva recomendación. Podrán no conocer buena parte de los títulos que se abordan en las entrevistas, pero el hecho solo de leerlas y acceder al conocimiento de estos y de sus autores bien merece la pena el viaje lector que se sugiere.

Dos peros hallo en esta iniciativa editorial que, si bien no la empañan, imposible dada la enorme calidad que atesora, sí le restan algo de efectividad como obra de consulta. Tengo claro lo que pediría si fuera editor y tuviera a mi cargo una segunda edición: por un lado, un índice onomástico de nombres y títulos presentes en todas las entrevistas, pues sería la mejor manera de poder establecer relaciones entre las referencias que apuntan los entrevistados. De cara a la conformación de las diferentes actitudes y estilos poéticos de los protagonistas, ¿hasta qué punto no es interesante conocer cuántos están a favor o en contra de la valía de un título o del quehacer de un colega en concreto?

Por otro lado, también solicitaría una introducción que estudiase la publicación, por analogía al menos con las diferentes series que vieron la luz en tomos individuales. “En los prólogos que suelen anteponerse a estas compilaciones, es casi preceptivo incluir alguna reflexión sobre el género de la entrevista”, señala Echeverría. Sirva de ejemplo lo que he apuntado hace ya unos cuantos párrafos a partir de las palabras de Malcolm Cowley. Falta esta reflexión y, con ella, el gran estudio sobre The Paris Review que podía haberse incluido antes de reproducir la primera entrevista de la colección, la dedicada a E. M. Forster. Junto con esta carencia, detecto además otra que, a mi juicio, es más grave dada la naturaleza del título que nos reúne: los criterios de edición y de selección. Como todo repertorio, el hecho de tener que elegir supone la presunción de los descartes. ¿Por qué están los que aparecen? ¿Por qué faltan los que se echan de menos?

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