Vila-Matas ha reunido en ESTA BRUMA INSENSATA una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte.
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Cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer.
Pablo Sol Mora (Revista Criticismo, México)
Infatigable, Vila-Matas ha publicado recientemente dos libros: su última entrega narrativa –no sé si llamarla novela, el propio libro previene contra el término–, Esta bruma insensata, y una de sus ya clásicas recopilaciones de artículos, Impón tu suerte. El título proviene de un desafiante poema de Los madrugadores de René Char –“impón tu suerte, abraza tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Al mirarte, se acostumbrarán”– y resulta especialmente afortunado porque es como una cifra de la trayectoria artística de Vila-Matas, pues nadie como él, en la literatura hispánica reciente, ha construido su destino literario, creado una obra, persistido en sus obsesiones, formado a sus lectores: impuesto su suerte.
El itinerario editorial vilamatiano es paradójico: comenzó con una serie de libros de aprendizaje publicados en las décadas de los setenta y ochenta –Mujer en el espejo contemplando el paisaje, La asesina ilustrada, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine– en editoriales independientes, algunas de ellas desaparecidas, que circularon escasamente y tuvieron poquísimos lectores; entró en una nueva etapa, más sólida, con su debut en Anagrama, Impostura (1984), y la mítica Historia abreviada de la literatura portátil (1985), que continuó con títulos que iban apareciendo con disciplina y constancia –Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical–, pero sin causar ningún terremoto editorial (eran, sin embargo, libros decisivos, en los que iba creando una obra y, más importante, un lector), y explotó ya en el siglo XXI con Bartleby y compañía (2000) y El mal de Montano (2002), que acarrearon el reconocimiento masivo e internacional. El resto es historia más conocida, incluida la mudanza en 2010 a Seix-Barral, parte de Planeta, a partir de Dublinesca. Lo que me interesa resaltar es que actualmente cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer. Es significativo, y dice mucho de la perversión editorial actual, que justamente al mismo tiempo que se publica una obra ambiciosa y desafiante de la convenciones de “lo que debe ser una novela”, como Esta bruma insensata, la misma editorial, en la misma colección, publique un libro como el recién ganador del premio Biblioteca Breve, Días sin ti de Elvira Sastre, cuyo concepto de literatura –es un decir, claro– está en las antípodas del que encarna Vila-Matas. Al incluirlos en la misma editorial y colección, se entiende que los editores responsables los juzgan de una semejante calidad literaria y pretenden vendérselos así al lector. Algún incauto, me temo, podría caer en el engaño (y no sería culpa suya, claro, sino de la empresa que le da gato por liebre). Pero no, amigos mercaderes, no son ni remotamente semejantes y todavía hay lectores capaces de hacer la diferencia. El mismo fenómeno se repite en muchos sellos editoriales antaño independientes y notables, hoy parte de grandes conglomerados, en donde verdaderos autores son puestos a convivir sin pudor con la basura light y comercial más deleznable. Funcionará, supongo, en términos económicos, pero en literarios y críticos de largo plazo, no, y lo que cosecharán eventualmente será la degradación y el desprestigio de sus catálogos.
Ya desde Kassel no invita a la lógica (2014) Vila-Matas había aflojado las costuras de la trama y su prosa narrativa buscaba otros caminos, no tan sujetos a lo convencionalmente novelesco. El resultado es variado –afortunado en Kassel, no tanto en Mac y su contratiempo, más interesante en Esta bruma insensata– y presiento que no todos los lectores, incluidos algunos vilamatianos, lo seguirán. Al autor, naturalmente, no le quitará el sueño porque hace mucho tiempo que decidió que emprendería un camino absolutamente personal y que lo seguiría el que pudiera seguirlo y punto. La historia de la obra vilamatiana es la historia de la educación de sus lectores. Puede discutirse si ciertos libros o una etapa son mejores que otros –yo creo que se alcanzó un clímax que abarca Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca y llega hasta Exploradores del abismo, pero textos como “Chet Baker piensa en su arte” y “Bastian Schneider” me hacen pensar que todavía puede venir otro–, pero lo que no puede discutirse es que Vila-Matas está en una evolución permanente y se niega a repetirse fácilmente. La autenticidad de su trayectoria artística es ejemplar.
Esta bruma insensata es la historia de dos hermanos: Rainer Schneider Reus, alias Gran Bros, y Simon Schneider Reus (anteriormente conocido como Bastian Schneider, antes de que Vila-Matas se enterara de que efectivamente existe un joven escritor alemán de ese nombre y decidiera cambiar el de su personaje: la realidad imita anticipadamente a Vila-Matas). El primero es un escritor radicado en Nueva York, autor de una pentalogía novelística, “las cinco novelas veloces”, que lo ha convertido en una elusiva celebridad, pues, como Thomas Pynchon, elige ocultarse; el segundo vive anónimamente en Cadaqués y es el oscuro hokusai, o sea, proveedor de citas literarias, de su famoso hermano. Ya se ve: Vila-Matas being Vila-Matas. En realidad, apenas hace falta decirlo, los hermanos son uno solo, un Jano de la literatura, y representan dos grandes pulsiones vilamatianas: celebridad y anonimato, mostrarse y ocultarse, figurar y desaparecer.
La obra de Gran Bros está atravesada por una duda fundamental de ecos bartlebyanos: “en realidad el tema de fondo de sus libros es si seguir o no seguir, esa es su that is the question, una oscilación entre dos conciencias: la que desea tener fe en la escritura y la que preferiría inclinarse por el desprecio y la radical renuncia”. Además, a Rainer lo aflige de vez en cuando la mala conciencia del escritor de éxito que sabe que, mientras él triunfa, los autores verdaderamente grandes muchas veces escriben y mueren en la oscuridad, ajenos –ellos sí en serio y no por la vanidad de hacerse los escondidos– a toda frivolidad literaria.
Tengo la impresión de que Vila-Matas ha reunido en Gran Bros una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte. Practicante consumado, en las antípodas de la ingenuidad del amateur, no puede dejar de advertir las costuras del artificio detrás de cualquier obra. Este es el conflicto de Gran Bros: “como cuando vino a decir que amaba la literatura, los libros, los autores, y que ese era su mundo, pero que tenía que proclamar, profundizando en la cuestión, que de todos esos autores, tanto de los que le gustaban como de los que apreciaba, tanto de los que idolatraba como de los que no le gustaban nada, tanto de los que se creían muy listos como de los que iban de tartufos, tanto de los avispados como de los crédulos, tanto de los chantajistas como de los mendigos, profundizando en la cuestión tenía que decir que de todos se reía. Porque había en todo lector, añadió Rainer, una vocecita que por lo bajo le decía acerca de todo lo que leía, por extraordinario que fuera: ¡anda ya!”.
El arte literario concreto de Gran Bros es el de la novela y a este también lo atiza, claro: “como cuando dijo que odiaba ya para siempre ese embuste de como mínimo cien páginas que agradaba tanto al mercado y que llevaba el nombre de novela y que siempre era algo artificial, planeado e inevitablemente trucado que exigía acontecimientos, acción al menos de vez en cuando, hechos generalmente arbitrarios, todo tipo de señoras saliendo de casa con banderas españolas a las doce de la mañana y mil obstáculos más que hacían que la novela tuviera que saltarse muchos momentos de reflexión y fuera perdiendo, por el camino, el potencial de la prosa sin aditivos”. A esto aludía más arriba cuando señalaba como paradójico el hecho de, por un lado, la indiscutible consagración editorial de Vila-Matas y, por otro, su resistencia y firme independencia frente a las preferencias del mercado literario. La astucia editorial consiste también en que la industria consiente esto en un autor de la talla y el prestigio ya ganado de Vila-Matas, pues se beneficia en términos de reputación publicándolo, aunque su criterio en el caso de otros escritores y obras sea completamente distinto y de hecho enfrentado al del autor.
En sus últimas obras narrativas (Kassel no invita a la lógica, Mac y su contratiempo, Esta bruma insensata), Vila-Matas parece efectivamente buscar esa “prosa sin aditivos”: la trama se adelgaza, los acontecimientos se diluyen, no pasa nada o muy poco, pero la prosa es lo que pasa, y la acción es reemplazada por una especie de continuum de reflexión narrativa en el que el autor da una y otra vez vuelta a sus obsesiones (la escritura, la lectura, la cita, el arte, la identidad…). Como desde el principio, Vila-Matas tantea, explora (sigue siendo un explorador del abismo), va en buscar de algo que él mismo no sabe exactamente qué es. Por ello la bruma –esa niebla que oculta las cosas y difumina las fronteras de lo aparente y lo real– es el símbolo idóneo de esa búsqueda.
El final de Esta bruma insensata es una furibunda diatriba contra la literatura por parte de un Gran Bros desquiciado que concluye en la renuncia final: “Desprecio y renuncia, esa era su decisión. Dejar atrás la maldita impostura de escribir”. Eso, sobra decirlo, es precisamente lo que Vila-Matas no ha hecho ni creo que vaya a hacer (“en literatura, callarme no me callaré nunca nada”, declaró hace poco en una entrevista). A Gran Bros, además, le falta lo más específica y felizmente vilamatiano: la apuesta por la alegría, el sentido del humor, la (auto) ironía. Vila-Matas, presiento, seguirá avanzado, imperturbable y sonriendo, hacia el corazón de la bruma.
Desde que Vila-Matas bailó sobre el cadáver zombi de la literatura en Bartleby y compañía,
¿Una experiencia extraña? Por supuesto, basta ver que describirla bien exige un cierto tono críptico. La viví en un campamento militar de Almería, hace años, y consistió en la percepción de unos destellos que me remitieron a nódulos de conexión entre el pasado y el presente, a focos interconectados de espacio y tiempo, cuya topología comprendí que nunca entendería, pero entre los cuales se notaba que podían viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarse.
Esto de Valéry en sus Cahiers me remite a mi modo de trabajar en los últimos meses mis cafés perec:
‘Esa bruma insensata’ me parece una novela extraordinaria, a la que quizá no se le ha prestado la atención que merece. En mi opinión, ahí desembocan algunas de las mejores apuestas del
Allard, Eric. 
Mar Gómez Glez



IGNACIO VIDAL FOLCH: A veces entro en la página llamada
¿En qué momento aprendí a escribir frases literarias? Ahí puede estar el quid de la cuestión, la esencia de todo aprendizaje retórico. ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria. Si no recuerdo mal, Pere Gimferrer, en Itinerario de un escritor cita estos versos de Góngora: «quejándose venían sobre el guante / los raudos torbellinos de Noruega». […] Gimferrer nos explica el significado de estos versos aparentemente difíciles de comprender: el guante es el guante de los halconeros […]. «Los raudos torbellinos de Noruega» quiere decir los halcones que se suponía que venían de tierras hiperbólicas, precisamente de Noruega, que en aquel momento era un nombre genérico y extraordinario. / Está claro que Góngora podría haber utilizado un lenguaje más directo, más vulgar. Lo habríamos entendido mejor, pero no habríamos leído unos versos memorables, sino una frase de absoluta banalidad prosaica, como una de esas frases que solemos entrecruzarnos siempre con los taxistas de nuestras ciudades nerviosas./ La literatura apareció en mi guante como un raudo torbellino de Noruega.”
Iñaki Uriarte comentó en sus Diarios que, cuando escribía una reseña negativa, se sentía en la obligación, por una extraña coherencia interna con él mismo, de cogerle ojeriza al criticado. A veces, leo estas palabras como una sátira de la forma habitual de operar de ciertos críticos nacionales. En otras me hace pensar en Enrique Lihn, que suponía que el odio que algunas personas manifestaban hacia él se explicaba por haberlas visto durante treinta años sin haberlas saludado jamás. No está mal pensado, aunque la verdad es que el odio de los otros tiene tantos recodos y misterios que cualquier interpretación que hagamos del mismo puede llegar a parecernos verosímil. Roberto Merino, cronista chileno que fue quien dejó constancia de las palabras de Lihn, recordaba con simpatía al poeta argentino Godofredo Iommi por una causa aparentemente banal: porque en el invierno de 1980 (en esos días Merino tenía dieciocho años y no le conocía nadie) le saludó con entusiasmo al cruzarse con él en una calle de Valparaíso. A mí, con mucha más edad, me tocó vivir una experiencia parecida en lo gratificante cuando, consciente de ser un completo desconocido para todo el mundo en Manhattan, casi no podía dar crédito de pronto a que alguien, desde la otra acera de la Sexta Avenida, estuviera gritando mi nombre: eran Valeria Luiselli y Álvaro Enrigue enviándome un alegre saludo que logró que me sintiera de repente como alguien que llevaba toda la vida en Nueva York.
Por la mañana, a primera hora, me acerqué a la ventana y, repetición de las repeticiones, vi pasar por mi calle al joven de tantas veces, al que habla solo, barba cerrada y gorro frigio. Parecía un presagio de que aquel día que empezaba sería puro bucle, pero luego resultó lo contrario. Dos horas después, circulaba en taxi por Barcelona, rumbo al sur, rumbo al puerto. Aquel día podía ser excepcional porque por primera vez en meses salía del barrio. Iba camino del Museu Marítim de Barcelona, donde, en la ceremonia del premio Biblioteca Breve, iba a rendir homenaje al amigo Juan Marsé, que con Últimas tardes con Teresa lo ganara en 1965.
IGNACIO VIDAL-FOLCH: Sin proponérselo y sin voluntad serial o totalizadora, pero con parecida perseverancia novelesca, Ignacio Pisón va componiendo, novela a novela, una especie de versión democrática de la comedia humana balzaquiana, o de los episodios nacionales galdosianos. Entiéndase no en el sentido estilístico o totalizador, sino en el de la exposición de un juicio sobre una sociedad, sus usos, sus valores y sus fantasmas. Como los tiempos han cambiado mucho desde anteayer, los protagonistas de la comedia pisoniana no aspiran a conquistar París ni a combatir en épicas batallas ni siquiera a que les reciba en audiencia un ministro. Aspiran a vivir con cierta libertad y prosperidad, con salud, amor y un poco de dinero para vivir desahogadamente o por lo menos permitirse de vez en cuando alguna alegría. Estas 


CEDRIC BRU (Les Obsédés Textuels) : Depuis ses débuts, l’énigmatique Enrique Vila-Matas passe la littérature au crible. Véritable personnage de ses romans singuliers, celle-ci détermine autant leurs intrigues que leurs climats. La littérature comme indispensable grille de lecture d’un monde, face auquel, pourtant, elle doit revendiquer chèrement une place qui lui est de moins en moins accordée. Dans Cette Brume Insensée, l’auteur catalan interroge principalement l’usurpation et par association le statut controversé de « grand écrivain. »
Leer a Vila-Matas, creo que ya lo he dicho alguna vez, es saber que vas a iniciar un viaje sin saber exactamente cuál es el destino. Sus libros son un trayecto por una ficción que no busca convertirse en trama cerrada, en argumento estructurado o en historia entendida como cuento, como ese relato que tiene un inicio, un nudo y un desenlace evidente, con giros de guion estipulados, sino explorar precisamente el concepto de ficción, de creación. Leer a Vila-Matas siempre es una experiencia única. Sí, es posible que haya temas que dialoguen a través de su obra, que se entremezclen y te observen como un todo que no se acaba, que se transforma, pero al final, lo importante es el placer de adentrarse, de perderse, de disfrutar de los personajes que construye, de las reflexiones que plantea y del conocimiento literario y cultural que subyace, del viaje a través del lenguaje. Porque de eso se trata, de encontrarse con el lenguaje, con la literatura, con la imaginación y con una idea muy interesante sobre la creación, sobre la autenticidad, sobre la identidad… Pasa algo similar cuando decides leer libros en los que se dialoga de alguna manera con Vila-Matas. Cuando el año pasado me topé con Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo, de A. G. Porta (Cuadernos del Acantilado), descubrí un libro portátil, pequeño en formato, pero inmenso en contenido, porque en él encontrabas un homenaje, una forma de concentrar referencias a su obra, sus conceptos, personajes, reflexiones; un diálogo literario y creativo que hablaba del escritor y la persona, del arte de desaparecer, de la forma en que nos vestimos con lo que leemos y luego, tal vez, lo dejamos salir.
En mi anterior café Perec hablé de aquel amigo de Juan Benet que se echaba a correr en el Madrid de postguerra cuando creía ver en el cielo “una amenaza” (que en realidad era una nubecilla) detrás de la torre de Correos: “La amenaza, está allí, ¿es que no la veis?”. Pues bien, tres días después de hablarles de aquello a ustedes, cayó la Gran Nevada. Y la cosa no quedó ahí. En aquel mismo café Perec había explicado que a Don DeLillo la idea de El silencio le había llegado a principios de 2018 en el avión de París a Nueva York cuando se quedó con la vista puesta en la pantallita con todos los datos del vuelo y comenzó a preguntarse qué ocurriría si un día se producía un gran apagón tecnológico global. Y bueno, sólo unas horas después de publicar aquello, leí algo que enseguida vi que me habría permitido completar de un modo redondo la columna: en L´Anomalie, de Hervé Le Tellier, novela ganadora del último Goncourt, se narraba la historia de un mismo avión volando dos veces entre París y Nueva York, con los mismos pasajeros, con tres meses de diferencia…, atravesando, por tanto, por un colapso temporal semejante al que creemos percibir ahora en plena maldita pandemia.
Victoriano Sanjurjo Sanjurjo EL DÍA (La opinión de Tenerife): Una de las novedades literarias más sobresalientes de 2020 ha sido la publicación The Paris Review. Entrevistas (1953-2012), que ha visto la luz gracias a la editorial Acantilado. La revista, trimestral y en lengua inglesa, nació en París, en 1953, gracias a la iniciativa de tres norteamericanos: Harold Doc Humes (1926 – 1992), Peter Matthiessen (1927 – 2014) y George Plimpton (1927 2003), a los que cabría sumar, en los primeros momentos de andanza del proyecto, nombres como el de William Pène du Boisand (1916-1993), Thomas H. Guinzburg (1926-2010), etc.