Lorenzo Oliván: Mi visión del gran Vila-Matas.

Lorenzo Oliván en su Twitter.

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RENACER, DE ESO SE TRATA [por Barbara Galmés]

A Corvo se va por ir, dijo Tabucchi.

A Corvo se va por ir, dijo Tabucchi.

Vuelve el Vila Matas más creativo y original, tan metaliterario como siempre, como renacido y feliz, lleno de humor y, por supuesto de literatura. Compendia en esta novela-ensayo las características más significativas de su literatura y, lo que es lo mismo, de su estilo. Vila-Matas en estado puro.

Montevideo es un libro que abre puertas en distintas ciudades que, más que geografías, son ideas literarias: París, Cascais, Reikiavik, Bogotá. La idea nace del cuento “La puerta condenada” de Cortázar y se centra en la pesquisa por una habitación del antes llamado Hotel Cervantes y luego Splendid (en homenaje a Stephen King y a la habitación 237 del Overlook en El Resplandor). No hay propiamente trama (“Qué puede hacer uno en este mundo con tan pesado fardo como el de haberse posicionado contra las tramas en las novelas”), pero, como esqueleto que la recorre, el narrador protagonista, un yo narrativo, escribe que no escribe, que vive para escribir, aunque no escribía. Así se inscribe en una de las cinco tipologías que distingue y establece en esta novela ensayo: (1) la del escritor que no tiene nada que contar, que es lo que le ocurre a él en Barcelona; (2) la de quienes deliberadamente no cuentan nada no tienen nada que contar, que es lo que planea alcanzar; (3) la de quienes lo cuenta todo; (4) la de quienes esperan que Dios algún día lo cuente todo y (5) la de quienes se han rendido al poder de la tecnología.

Lo que nos va a contar son las pesquisas para entender las extrañas señales que percibe en puertas que dan a cuartos contiguos. Lo que nos va a relatar es su obsesión por comprender ese límite que no es otro que el que hay entre realidad y ficción, un límite difuso, difícil de comprender:

“De volver un día a escribir, mi nuevo libro trataría de un asunto invisible (…O lo daría por sobreentendido y por indescriptible (…) tan presente todo el rato, precisamente por indescriptible”.

En el Hotel Cervantes de Montevideo encuentra “el cruce entre lo real y lo ficticio”, oculto tras la puerta escondida tras el viejo armario de su habitación. Reivindica así el carácter ficticio de nuestra existencia.

Atravesado el libro de múltiples y ricas referencias literarias (el “Tristram Shandy” de Sterne, Nabokov, Melville, Borges, Cortázar, Sebald, Tabucchi, Kafka, Thomas Wolfe y un larguísimo etcétera), decide participar, “siempre muy oblicuamente, de la ‘literatura expandida’ de la gran Moore”. La finalidad de la estrategia que ésta pone en marcha es conseguir que el yo narrador/protagonista vuelva a escribir y, así, esta le dice, para finalizar la novela: “Te has convertido en los últimos tiempos en un escritor al que las cosas le pasan de verdad. Ojalá comprendas que tu destino es el de un hombre que debería ya estar deseando ELEVARSE, renacer, volver a ser. Te lo repito: ELEVARSE. En tus manos está tu destino, la llave de la puerta nueva.”

El tema pues es el del escritor renacido. El que afina su mirada y profundiza en su estilo, porque como dijo Nabokov “la mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo”. Quien, como su protagonista, consigue volver a escribir cuando le pasan cosas de verdad. Es, por lo tanto, una novela sobre la búsqueda del cuarto propio del escritor (una versión masculina de la “habitación propia” de Virginia Woolf), y sobre la configuración de su estilo, una novela que deleitará a la legión de lectores vilamatianos.

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Montevideo. Nos encontramos ante un clásico contemporáneo de gran originalidad.

facebook_1663676249139_6977963946472639599Por Eduardo Suárez Fernández-Miranda

 «Enrique Vila-Matas se ha construido su propio maletín portátil de pasiones literarias irremediables, para la sobrevivencia. (…) Ha culminado su capacidad de duplicidad e ironía, de equívoco y juego, de relativización desquiciada de la realidad, por medio del doble sentido y de un gran entramado, a manera de logia ocultista y secreta de palabras, contraseñas y hechos sorprendentes en todo momento».

La escritora Mercedes Monmany, hace referencia, en estas líneas, a uno de los primeros trabajos literarios del escritor barcelonés, Historia abreviada de la literatura portátil.

Sin embargo, bien podrían servir para definir lo que ha sido, hasta ahora, toda la narrativa de Vila-Matas, incluido su último libro, Montevideo.

Publicada por Seix Barral, la que se ha convertido en su editorial habitual, en esta novela heterodoxa, estamos ante un narrador que comienza a: «observar señales en puertas y en cuartos contiguos, símbolos que comunican París con Cascais, Montevideo, Reikiavik, St. Gallen y Bogotá, y que le van devolviendo sigilosamente a la escritura, al deseo de transformar en láminas de vida ciertas experiencias que, como mínimo, piden a gritos ser narradas».

Vila-Matas invita a su público fiel a descubrir que hay de real o ficticio en lo que narra. El escritor busca crear una ficción con visos de realidad, o una realidad ficticia. Ofrece pistas que nos hacen creer que el narrador es el propio autor de la novela. Eso empuja al lector a continuar con el ejercicio de apreciación y a tratar de descubrir quien se esconde tras el hablante de la misma.

Montevideo parte de una anécdota real que le contó al autor una amiga suya, de nacionalidad argentina: «Había dos cuentos, uno de Bioy Casares y otro de Cortázar escritos en el mismo hotel que pasaban en el mismo hotel y que estaban escritos al mismo tiempo sin yo saberlo. De ahí que tomé nota del hotel, el Hotel Cervantes, en la calle Perdida de Montevideo. (…) En esta habitación del cuento de Cortázar estoy entre la realidad y la ficción de una forma clarísima».

Como en muchas de las obras de Vila-Matas, el libro contiene citas de escritores, Paul Valéry, Juan Eduardo Cirlot, Robert Walser, o George Steiner, quien sentenciaba: «Lo que me interesan son los errores, fruto de la pasión, los errores que se comenten arriesgando. ¡Qué horror, santo cielo, el afán de no equivocarse!».

El escritor barcelonés demuestra especial interés por Antonio Tabucchi y su Dama de Porto Pim, a la que dedica páginas elogiosas. Este gusto por las citas, las explica el propio autor cuando señala que hace ficción desde: «un espacio que suelen ocupar los ensayistas o los poetas. Creo que esto es importante, ver que en realidad es la voz de un ensayista. Por eso en ocasiones hay citas como las que practican los ensayistas y de hecho, lo que se escenifica en cualquiera de mis libros no es exactamente una trama. No hay argumento».

Efectivamente, no estamos ante un novelista convencional, lo ha demostrado a lo largo de tantos años, con libros como El mal de Montano, Doctor Pasavento, o Kassel no invita a la lógica.

Su obra ha recibido, entre otros premios, el Ciutat de Barcelona, el Meilleur Livre Étranger, o el Formentor. Precisamente, el jurado de este premio señaló como una de las aportaciones de su literatura: «la absorción de autores y obras desapercibidas en nuestra memoria cultural, la perspicaz integración de olvidadas contribuciones literarias, han hecho de la obra de Vila-Matas una polifonía que da a la figura del autor un nuevo significado: creador de formas narrativas inesperadas pero también heraldo de lo que había sido olvidado por la perezosa amnesia de nuestro tiempo».

Sin duda, nos encontramos ante un clásico contemporáneo de gran originalidad.

 

 

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VILA-MATAS EN CONVERSACIÓN CON PHILIPP ENGEL.

 Enrique Vila-Matas vuelve a lo grande, aunque en realidad nunca se fue. Montevideo, que publica ahora Seix Barral, es al mismo tiempo una feliz prolongación de su universo plagado de citas, que a base de jugar con ellas se convierten en autocitas, y a la vez abre la puerta a algo nuevo, con un punto terrorífico.

Andrew Wyeth Winter

En medio del laberinto —o de la tela de araña— de su última novela hay una habitación contigua, a la que da acceso una condenada puerta entreabierta, que deja entrever un oscuro Más Allá, que puede ser la Muerte, pero también ese abismo interior donde anida lo desconocido, el subconsciente, y del que los grandes exploradores como Vila-Matas (Barcelona, 1948) regresan con obras como esta, que podría esconder una voluntad renovadora, el deseo de cerrar una puerta y abrir otra.

Esta puerta en concreto es la que se abre entre dos relatos de dos escritores distintos, Julio Cortázar (‘La puerta condenada’) y Bioy Casares (‘Un viaje o el mago inmortal’), escritos prácticamente al unísono, sin que uno supiera qué escribía el otro: en ambos, los protagonistas se alojan en el mismo Hotel Cervantes de Montevideo, hoy transmutado en hotel boutique, al que han llegado de la misma manera, desde Buenos Aires a bordo del Vapor de la Carrera, un barco nocturno. Esta anonadante coincidencia, sobre la que Vila-Matas ya había escrito —en su columna del diario El País, por ejemplo—, es el detonante para otra apasionante investigación de los misterios de la literatura, una aventura en la que el escritor, una vez más, se juega el pellejo.

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– Te veo delgado, pero bien. Asumo que es por el trasplante de riñón, que tuvo lugar en diciembre, y del que espero que estés felizmente recuperado. He leído que llevas puesto un riñón de tu mujer, Paula Massot, lo cual —y espero que no te lo tomes como una frivolidad— me parece algo más que una metáfora del amor, y más cuando leo una frase tan conmovedora y hermosa como esta: “El mundo, esta roca circular en la que viajamos a toda velocidad, sin conductor alguno, montados en la más grande de las locuras y donde un día estamos con nuestro amor y al otro en una tumba fría”. ¿En qué medida Montevideo está atravesada por esta experiencia del trasplante?

– Con tumba fría o sin ella, el amor es más eterno que el silencio de la muerte. Al final de nuestros días, sólo cuenta si has querido a alguien y te han querido a ti. En fin, se trata de elegir el amor y no la fría tumba de los desapasionados. Derivar por la senda de un amor tan intenso que no haya existido antes ninguno igual, y llevarlo hasta límites fuera del alcance de las almas miserables. De eso se trata, que diría Shakespeare. Respondiendo a tu pregunta: hubo un borrador inicial de Montevideo que dejé acabado a pocos días del trasplante. Dos meses después del regreso a casa, retomé el borrador y, fuera tal vez porque había vivido una experiencia extrema o quizás porque, cuando tienes clara la estructura del libro, un borrador se convierte en una pista de surf, lo cierto es que la segunda redacción del libro se detuvo en mil detalles y profundizó, además, en todo, sin abandonar jamás el shandysmo (shandy o shan, en el dialecto de algunas zonas del condado de Yorkshire, donde significa indistintamente alegre, voluble y chiflado).

Dublinesca, primera novela que escribiste tras tu “colapso renal” inauguró una etapa nueva en muchos sentidos, sobria, con una nueva editorial, aquel “salto inglés”, y sobre todo por una apuesta por una línea clara en lo estilístico, que se ha prolongado, en mayor o menor medida, a lo largo de los libros publicados en Seix Barral. Diría que con Montevideo se da otro radical volantazo, ya que me parece gobernada por una escritura más oscura y densa, incluso retorcida y dolorosa por momentos, más exigente con el lector. ¿Lo ves así? ¿Los sustos que nos da el cuerpo modifican la trayectoria del escritor?

No estoy seguro de que eso ocurra. Sí lo estoy en cambio de que jugarse la vida ha sido siempre parecido a escribir con un porcentaje alto de gran riesgo. Quizás las modificaciones en mi obra sean más bien reflejos de una evolución que me devuelve paradójicamente a los inicios de la misma. Y, cuando hablo de mi obra, hablo del único libro que voy escribiendo desde que publiqué La asesina ilustrada en 1977. Es una sensación que les llega en cierto momento a algunos escritores. Es el caso, por ejemplo, de Simenon, de Tabucchi, de Modiano, de Markson, podría ser también el de Juan Marsé y su Guinardó. En mi caso concreto, hace ya años que escribo ficción desde un espacio que, como señaló en su momento Álvaro Enrigue al hablar de mi método, suelen ocupar los ensayistas y los poetas: un yo literario visible. De hecho, lo que se escenifica en cualquiera de mis libros no es exactamente una trama, o una serie de ideas, sino a mí mismo tramando, pensando o escribiendo bajo el avatar de un narrador. Aunque, eso sí, el avatar, la personalidad de cada uno de mis narradores, es distinta en cada novela y posiblemente lo único que las una a todas sea la voz o ese “yo literario visible” que reaparece en cada nuevo libro y da continuidad a la obra y crea adictos.

-Del lógico miedo a la muerte, cuando surge un problema de salud, al terror como género hay un paso, y esa es también una de las principales novedades de Montevideo. Haces referencia a El Resplandor. Presentas esa habitación oscura en el centro del laberinto de tus referencias habituales, esa “puerta condenada” de un relato de Cortázar, que es el punto exacto por la que el fantástico se cuela en tu obra (o tú te cuelas en el fantástico), y hasta llegas a impersonar a Lovecraft, cual (terrorífico) muñeco de ventrílocuo. En alguna entrevista, creo que la de Xavi Ayén, comentas que el cine de terror actual da más miedo que nunca. Me gustaría mucho saber cuál es tu relación con el género, si ha cambiado últimamente, cuáles son tus preferencias literarias o cinematográficas, y por qué, o cuál es esa película nueva que te ha dado más miedo que nunca.

La referencia a El Resplandor es sólo un guiño, un comentario cariñoso al nombre que adoptó el Hotel Cervantes de Montevideo al cambiar de dueño: Esplendor by Wyndham Montevideo Cervantes. Y lo que quise decir en la entrevista a Xavi Ayén es que releí a Lovecraft (al que, según Javier Calvo, me parecía físicamente yo en una época, o quizás todavía me parezco ahora) y me di cuenta de que sus monstruos son juguetes infantiles al lado de los que hemos podido ver en el cine de los últimos años. En mi opinión, con una descripción de un monstruo terrible ya no se puede actualmente aterrar a un lector no ingenuo. No me gusta el cine de terror actual, no me gusta nada. Bastante miedo nos inyectan cada día los groseros canales de televisión españoles que se surten –les sale bien barato– de videos de trifulcas callejeras de Internet. Ninguna película nueva, te digo la verdad, me ha dado mucho miedo; tal vez porque suelo, además, evitarlas. Permanezco fiel a Simba, la lucha contra el Mau-Mau. Dick Bogarde en Kenia, si no recuerdo mal. Film de 1955, que me causo un terror brutal –el primer miedo de mi vida–, justo cuando tenía siete años y estaba en pleno acceso al famoso “uso de razón” (https://www.filmaffinity.com/es/film775693.html). De ese recuerdo destaca una escena para mí memorable para siempre: la casa de una familia, digamos que “normal” como la mía, rodeada por una tribu de sombríos seres inexplicables a los que no había visto antes en mi vida.

– En las primeras páginas de Montevideo arrancas con un fragmento de La cueva de los sueños olvidados (2010), documental de Werner Herzog. A mí de este cineasta me fascina, sobre todo su voz: siempre digo que es la voz de Dios, que por fuerza Dios ha de hablar inglés con acento alemán. ¿Qué es lo que más te atrae de él, además de su fascinante exploración de las pinturas prehistóricas? 

– He escrito artículos que han mencionado a Herzog, y en alguno de ellos él era el centro de los mismos. En La casa común (Gorbachov & Herzog) publicado en el Café Perec que escribo quincenalmente en El País, también hablaba de su voz hipnotizadora y decía: “A veces, cuando la jornada es triste, me la cuento a mí mismo imitando la voz y el acento de Werner Herzog, y todo va mejor. Y es que su voz siempre parece darles un mayor interés a las historias, no hay duda”. En cierta ocasión, en un hotel del barrio de Higienópolis de São Paulo, le vi pillar un taxi frente a mi hotel. Es la única vez que hemos coincidido, aunque fuera sólo por unos segundos.

– En el centro del laberinto de Montevideo está esa condenada puerta que conecta la realidad con lo fantástico, la vida con la muerte, y al escritor con su subconsciente. Yo diría que, en literatura, es imposible crear sin explorar ese abismo, ¿estás de acuerdo?

– ¿Y cómo no?, que dicen en México. Completamente de acuerdo. Esa es la gracia, sino es en realidad la grandísima gracia de la escritura. Pero mira, ahora que me acuerdo, creo fue el inefable Wittgenstein el que nos advirtió que, por mucho que cualquier Einstein encuentre un día las leyes definitivas que expliquen todos los fenómenos, lo insondable seguirá ahí, es decir, que toda ciencia topará con un muro. ¿Escribo para topar con un muro? En Montevideo, habiendo llegado al muro y a la puerta de ese muro, me lo pensé dos veces si la cruzaba. Y busque un final ambiguo —como correspondía a la novela— y a la vez abierto, para poder seguir viviendo, leyendo, escribiendo.

– Pues otro de los aspectos que más me ha fascinado de Montevideo es precisamente que lo presentes como un tratado sobre la ambigüedad. Me parece que, en la vida, lo más fascinante siempre es lo ambiguo y lo menos, lo inequívoco. De hecho, en Montevideo incluyes una cita de Leonardo Sciascia que resume esta idea de manera inmejorable: “Los hechos de la vida siempre se vuelven más complejos y oscuros, más ambiguos y equívocos, o sea, tal y como verdaderamente son, cuando uno los escribe”.

– Se resume también en lo que nos sucede cuando revisamos mentalmente hechos de nuestra vida pasada que creíamos ciegamente que se habían producido como los habíamos vivido e interpretado nosotros. Al volver sobre ellos, uno descubre con asombro que fueron de un modo distinto. Los reconstruyes y observas —actividad que puede llevarse a cabo a través de la escritura— ciertos detalles que no eran exactamente como parecían. Te dedicas a hurgar aún más en todo aquello y ves que formabas parte de un ambiguo entramado monumental de casualidades y de pasos falsos que te llevaron de repente a un sentimiento profundo de soledad, que nunca después en tu vida alcanzó semejante intensidad y altura, lo cual no deja de ser lógico que suceda, porque una emoción tan fuerte no va a vulgarizarse repitiéndola a cada momento, uno ha de sentirla única.

-En la primera parte de Montevideo, que se llama ‘París, divides a los escritores en cinco categorías. Si en tu juventud hubieses quedado paralizado, atrapado en la grisura barcelonesa, y nunca hubieses llegado a ocupar aquella famosa buhardilla propiedad de Marguerite Duras, ¿en qué clase de escritor te hubieses convertido?

– Antes de alquilar aquella buhardilla, había ya escrito, a los 21 años, una novela de corte vanguardista, que fue el primer librito que publiqué (en Tusquets). Se iba a llamar En un lugar solitario, pero la editora, Beatriz de Moura, me pidió que lo cambiara y le puse el título horrendo de Mujer en el espejo contemplando el paisaje. Por la portada de Óscar Tusquets, Félix de Azúa creyó que mi novelita pasaba en Cadaqués. Y tuve que rectificarle. Iba a decirle que sólo pasaba en mi mente, pero, finalmente, le dije algo más aproximado a lo que en el libro se contaba: sucedía en Caldetes (donde se conocieron mis padres), vista desde un economato militar de Melilla (que es donde la escribí). ¿En qué clase de escritor me hubiera convertido sin haber ocupado aquella buhardilla? Teniendo en cuenta que, al regresar de París, escribí mi peor libro, Al sur de los párpados, no parece que Duras y la buhardilla me hubieran convertido necesariamente en mejor escritor. Aunque paradójicamente los meses que, interrumpiendo mi ajetreada vida nocturna, me dediqué a escribir en Barcelona Al sur de los párpados (la historia de un aprendizaje; el término alemán original es Bildungsroman), me ayudaron precisamente de aprendizaje y mi prosa y experiencia como escritor aumentó.

– Para mí las habitaciones de hotel son como invitaciones al suicidio, porque en el caso de estar solo y de no poner la tele, es todo tan impersonal que te obliga a escuchar tu voz interior, cosa que generalmente me parece angustiosa. Pero creo que, al contrario, para un escritor literario y cerebral, como tú, tienen que ser como un lienzo en blanco. ¿Escribes mucho en habitaciones de hotel?

– Tomo notas, apunto ideas, pienso en lo que escribiré cuando regrese a mi despacho, el único lugar donde puedo escribir.

– De la soledad radical de la habitación de hotel a la cacofonía ensordecedora del patio de vecinos de Twitter: siempre me sorprende verte por ahí. ¿Te ha aportado algo? 

– Para escribir Montevideo, por ejemplo, no puedes ni imaginarte lo mucho que me ha ayudado estudiar la miseria mental de algunos pájaros.

– Recuerdo que nos conocimos cuando se presentaba en el Festival de Las Palmas una tan correcta como modesta adaptación de El viaje vertical, que tiene el gran valor de ser el único intento de adaptar una obra inadaptable. ¿Todavía esperas, o temes, que llegue el cineasta que sea capaz de adaptarte?

– Francamente, no. La extraordinaria adaptación teatral en Lisboa de un ensayo como Historia abreviada de la literatura portátil (mi libro más imposible de pasar al cine y ya no digamos al teatro) tuvo la virtud de abrirme los ojos y hacerme ver que no andaba el cine muy sobrado de talentos. Cronenberg, tal vez porque mis dos películas preferidas de todos los tiempos, Spider, pero también Una historia de violencia, me parecieron muy cercanas a mi mundo o, mejor dicho, me habría encantado hacerlas yo.

– Nunca llegué a pensar que podría llegar a deplorar contigo el cliché en el que se ha convertido el “Preferiría no hacerlo”. Un día que me tocaba acompañar a un artista del mundo del cine, le pregunté: “¿Puedes venir conmigo, que te van a hacer una foto?”. “Preferiría no hacerlo”, me contestó. Le dediqué la mejor de mis sonrisas, pero pensé: “Menudo imbécil”. A base de repetir determinadas fórmulas, estas se acaban convirtiendo en lugares comunes más o menos insufribles, pero diría que Montevideo nos dice que, incluso en esos casos extremos, todavía se puede seguir jugando con ellos. ¿Estás de acuerdo?

– Le debo mucho a Bartleby y compañía. Sin ese libro no estaría ahora traducido a 37 idiomas. De hecho, logró que en el extranjero leyeran otros libros míos. El narrador de Montevideo odia esa frase cliché, pero el autor, mi yo literario visible, no tiene nada contra ella, sólo que preferiría, a partir de ahora (y más teniendo en cuenta que la están adoptando algunos después de Montevideo), citar a Onetti con esa frase que dijo sólo tras aceptar que le filmaran en la cama madrileña de la que apenas se movía en sus últimos días: “Por simpatía, me resigno”.

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LA SEXTA / AHORA QUÉ LEO. BIEN FÁCIL: MONTEVIDEO

Fbldc6kWIAMA8xmUn hombre avanza por los recuerdos de su vida, desde el París de los años 70 donde trapicheaba con droga hasta el Festival de cine de Lisboa como escritor consagrado, pasando por Reikiavik o Bogotá, repasando momentos, lecturas, citas y conversaciones que podrían haber pasado, o no. Mientras tanto, trata de escapar de bloqueos y de su propio discurrir.

En una sucesión de escenas sin freno, el narrador trae constantemente al primer plano diferentes escritores (reales e inventados), citas pertinentes aunque a veces no, ciudades y reflexiones sobre escribir, la literatura por delante y por detrás. El rayo que mató a Ödön von Horváth, la puerta cegada de un cuento de Cortázar, la novela inventada de una escritora que jamás existió…

Y mientras tanto, poco a poco, va dándose cuenta de que siempre, en la habitación de al lado, algo pasa, algo sucede. Un misterio que guarda en su interior el secreto para desplazarse desde una ciudad a otra. De un recuerdo a otro. Como una máquina del tiempo y el espacio capaz de generar literatura.

El resultado es una historia que se cuenta al alejarse, como un mosaico que avanza modificándose a sí mismo, y que nos enseña la parte interior del escritor que no es Vila-Matas pero que en la mente de muchos lectores se le parecerá muchísimo.

Por qué recomendamos ‘Montevideo’, de Enrique Vila-Matas

Porque Enrique Vila-Matas es un transgresor perenne. Su búsqueda eterna de algo nuevo, aunque solo lo sea para él, le ha llevado a estirar la forma de la novela hasta convertirla en algo tan irreconocible como admirable.

En ‘Montevideo’ Vila-Matas se apoya en la literatura para arrastrar al narrador de su historia por un ir y venir en el tiempo y el espacio en el que el único que sale ganando es el lector. Sus lúcidas reflexiones, su humor surreal y extremadamente serio, su enciclopédico saber de biografías y citas de escritores de todas las épocas, algunas de ellas inventadas, por supuesto, su inteligencia finísima, empapan todo el texto, convirtiéndolo en un caleidoscopio lleno de colores y texturas.

Porque hay dos maneras de leer este libro (en realidad hay muchas más, pero no queremos eternizarnos). La primera es tener al lado acceso a internet y googlear cada una de las referencias, buscando las artimañas, los embustes y las certezas que salpican todo el texto. La segunda es cerrar los ojos de la cordura y dejarse arrastrar hasta el infinito. En ambas, la sonrisa y el disfrute están asegurados.

La obra de Vila-Matas, ya de por sí única e inclasificable, se expande con este libro un paso más allá. Consiguiendo, como el propio autor nos ha confesado, impresionarse incluso a sí mismo.

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Sterne, o el talismán.

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Agencia EFE: Enrique Vila-Matas, entre la ficción y la realidad de MONTEVIDEO

c4c97f36-a902-4715-930e-4bdad311d5b7_alta-libre-aspect-ratio_default_0Tres años después de «Esta bruma insensata», vuelve Enrique Vila-Matas a la novela con «Montevideo», una suerte de «tratado sobre la ambigüedad«, con el que se nota que lo ha pasado «en grande» y que ha pergeñado con «toda la intensidad del mundo», abriendo puertas para plantarse en el punto exacto entre la ficción y la realidad.

Tres años después de «Esta bruma insensata», vuelve Enrique Vila-Matas a la novela con «Montevideo», una novela en la que se nota que lo ha pasado «en grande» y que ha pergeñado con «toda la intensidad del mundo», abriendo puertas para plantarse en el punto exacto entre la ficción y la realidad.

Acompañado por la editora de Seix Barral, Elena Ramírez, el escritor (Barcelona, 1948) no ha rehuido este miércoles que su texto puede estar influenciado tanto por los dos años de pandemia y el confinamiento como por circunstancias personales transformadoras, puesto que en pleno proceso de creación, fue trasplantado de un riñón, que le donó su mujer Paula, a quien dedica la obra, y que le ha dado «una cierta euforia en vida».

Sin querer ahondar más en este episodio vital, sí ha desvelado que la primera redacción del libro le llevó un año -siendo el eje central el relato de Julio Cortázar, «La puerta condenada»- y luego entró en el hospital, en la última semana de diciembre del año pasado, agradeciendo y alabando hoy el trabajo extraordinario del personal del Hospital Clínic.

Pasado el «trance durísimo inicial», de sentirse como en una obra de ciencia ficción, después de una experiencia extrema, realizó una «profunda» mirada sobre el texto, aunque ya tenía el cuadro general de la historia trazado, «mejorando aspectos con más detalles».

Aunque como en otras novelas suyas no es fácil resumir el argumento, la editora Elena Rodríguez ha puesto sobre la pista a futuros lectores cuando ha señalado que en esta ocasión Vila-Matas desgrana la historia de un escritor, en plena transformación personal y literaria, que inicia un viaje «fantástico y circular, que empieza y termina en París, pasando por Cascais, Montevideo, Reikiavik, St Gallen y Bogotá».

Con un trasfondo «muy vilamatiano, se trata de una reflexión sobre la imposibilidad de la escritura para contar la vida y de ensanchar los límites de la novela como género capaz de contener a todos los demás».

A su juicio, se trata de su título «más libre y coherente, la más trabajada de sus novelas, escrita en un momento de estado de gracia».

El barcelonés ha desgranado que el relato de Cortázar, «La puerta condenada», que transcurre en el hotel Cervantes de Montevideo, y que en el tiempo coincide con otro cuento de Bioy Casares también en la misma ciudad y con algunas concomitancias, es uno de los detonantes de la novela, que le llevó a investigar sobre el establecimiento y así que tuvo la oportunidad de ir a la capital uruguaya buscar la habitación 205, de la que habla el argentino.

Aunque lo intentó, no consiguió entrar en esa estancia, donde se oye a un niño llorar, pero el narrador de su historia sí lo hace y puede llegar a la «puerta contigua de la habitación, el lugar exacto en el que irrumpía lo fantástico en el cuento de Cortázar».

Ha tratado, por tanto, de «saber si realidad y ficción son lo mismo o casi lo mismo» y ha reconocido que escribiendo en su casa entró «dentro del registro fantástico sin darme cuenta y allí me empezó a entrar miedo y me lo pasaba en grande».

A la búsqueda, siempre, de un estilo propio no obvia que existía el riesgo mientras escribía de que fuera una novela «tan ambigua, que temía por el cierre que le daría a la misma», con personajes que «creemos positivos, incluido el narrador, pero que no lo son, tienen su luz y sus sombras».

Por otra parte, nada amante de hacer concesiones, ha agregado que cuando se sentó ante el ordenador lo hizo ya con «la idea de ser libre al máximo, lo que explica que sea un libro tan abierto»

«La imposibilidad de la escritura -ha argumentado- es que no puedes reflejar la realidad, que no es un espejo. Esto, en definitiva, es el tema del Quijote. La realidad es una y los libros son los libros. La literatura a veces se mezcla con la realidad, pero nunca la refleja».

Asimismo, ha afirmado que «la ficción expulsa a la autoficción, un término creado en Francia, hoy ‘demodé’, y que en España sirve para denigrar a según que novelas, pero hay que explicar que no existe, porque la autoficción es simplemente ficción, en toda la ficción que se hace».

Respecto a la inclusión, al final, del París de los atentados de la sala Bataclan, ha dicho que no sabe muy bien por qué lo decidió, «pero que prefirió que el obligado final del libro incluyera la coherente  puerta entreabierta que se ve en un vídeo sobre el atentado, que se abre a la realidad». Eso le obligó, dijo Vila-Matas, a logar que todo lo que ocurría en su novela  sucediera antes de finales de 2015.

 

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MONTEVIDEO. Por qué Vila-Matas ha renacido con su última novela.

 País foto de Consuelo Bautista

El barcelonés regresa con su obra más profunda, un tratado sobre el estilo cuando a un escritor le pasan cosas de verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Existe un mensaje en clave para los vilamatianos en la página 289 de Montevideo: “Ojalá comprendas que tu destino es el de un hombre que debería estar ya deseando elevarse, renacer, volver a ser. Te lo repito: elevarse. En tus manos está tu destino, la llave de la puerta nueva”. La insistencia en esa cursiva y esa acción no es gratuita. Cuando Enrique Vila-Matas la escribió, no podía levantarse de la cama. “El último día de diciembre me trasplantaron un riñón. Mi mujer, Paula, me lo ha dado”, dice, y lo suelta tan rápido como un fogonazo, casi al final de esta entrevista; como si hubiese querido ignorar al elefante sentado a nuestro lado durante toda esta charla en una terraza del Eixample izquierdo que queda a pocos metros de su casa.

Por muchas puertas y cuartos que roban el sueño en su última novela –que saldrá a la venta este miércoles en Seix Barral–, aquí, el tema es el del escritor renacido. El que profundiza en su estilo y afina su mirada. Quien, como su protagonista, consigue volver a escribir cuando le pasan cosas de verdad. “Tenía Montevideo prácticamente acabada porque la había escrito durante el primer año de pandemia. Pero, tras la operación, la repasé línea por línea. Poco a poco la fui cambiando, como si hubiera ganado profundidad. No sé si llamarlo así en realidad, pero sí me detenía en detalles que antes no hacía. Creo que logré entender aquello que la podía hacer mejor”, cuenta.

A sus 74 años, Vila-Matas se ve “transformado” y sin ganas de vivir con miedo. “Mientras el resto me cuentan cosas siniestras de la vida, siento que estoy renaciendo”. Por eso ha decidido llamar por su nombre al trasplante en esta entrevista y no aferrarse a un nuevo episodio de “colapso” –así llamó a un fallo renal que padeció en 2006–. “He tenido mucha suerte porque Paula se ofreció”, explica. Se refiere a su mujer, Paula Massot, la profesora de Literatura a la que dedica sus libros como Paula de Parma –también en Montevideo, donde se inspira en Dante en ese “tiembla mi alma enamorada”– y quien le ha convencido para sincerarse sobre esta experiencia vital.

Como una versión refinada del barcelonés medio, Vila-Matas nos recibe en zapatillas Nike, cogido a una tote bag y vestido de traje pese al bochorno de agosto. “La chaqueta la traigo exclusivamente para las fotos”, aclara, como disculpándose, nada más encontrarnos en la biblioteca Agustí Centelles, uno de los refugios climáticos más transitados este verano. Liberado de ella tras las instantáneas, sentado frente a un café y agua sin gas, dejará claro que con él sí hay algo que nunca cambia: esa capacidad única, prácticamente mágica, de moverte entre el asombro y la carcajada. De no saber discernir, como en sus novelas, si lo que ahí se cuenta es una chaladura brillante o una tomadura de pelo fantástica.

Pregunta. ¿Montevideo es una puerta para entrar a un espacio de ficción que existe en el mundo real?

Respuesta. Hace años empecé esta novela sin saber que acabaría haciéndola. Investigué mucho sobre el cuento La puerta condenada, de Cortázar. Lo que me interesaba era cruzarla, saber qué había al otro lado de aquella habitación que tanto atormentaba a su protagonista.

  1. ¿Qué esperaba encontrar?
  2. Esto me viene de cuando la escritora Vlady Kociancich, que murió este año y fue muy amiga mía, me contó una coincidencia genial. Me dijo que Bioy Casares había escrito otro cuento muy similar al de Cortázar casi al mismo tiempo. Los dos pasaban en Montevideo, los dos protagonistas llegaban en un barco de vapor e iban al mismo hotel, el Cervantes. Era una idea buenísima, dos escritores escribiendo sobre el mismo hotel y la misma ciudad prácticamente al mismo tiempo. Pero Casares nunca le dio importancia a este hecho tan especial porque, claro, esa era su manera de ser.
  3. Su protagonista sí se la da. Dice que el subconsciente de un escritor es fantasmagórico, como si siempre estuviese haciendo espiritismo invocando a otros.
  4. Hay algo de acto metafísico ahí, sí.
  5. Pero las voces de todos esos autores que tanto resuenan no le ayudan a encontrar la suya propia.
  6. Esta es una novela sobre la búsqueda del cuarto propio del escritor. De configurar un estilo. Una versión de la “habitación propia” femenina sobre la que escribió Virginia Woolf.
  7. Y dice que es un “un infierno” porque “ahí los hombres entienden que han escrito muchas tonterías en lugar de ensamblarse con lo que escriben las mujeres”.
  8. Es algo divertido que pensé. El protagonista se ve encerrado en su cuarto propio, donde unas voces reproducen sin cesar las frases que ha escrito en su carrera. ¿No te parece insoportable escuchar sin descanso todo lo que has escrito o dicho en tu vida?
  9. En este libro hay muchísimos simbolismos e historias relacionadas con puertas, hasta en su portada aparecen Las cuatro habitaciones de Hammershøi. ¿Ha cruzado alguna que le trasladara a un sitio especial?
  10. Una muy remota, la de Casa Tejada. Era el único bar de Barcelona que abría hasta las cinco de la madrugada, mucho antes de que llegase el Up&Down. Por el día, eran unos talleres de mecánica de coches en la calle Aragó. Por la noche, abrían una puertecita en el extremo del taller y era como un sueño. Con un comedor grandioso donde se mezclaban camioneros, travestis, gente de la noche y famosos. Un lugar tremendamente curioso. La policía lo sabía, pero hacía la vista gorda.
  11. El protagonista acude al encuentro de la puerta escondida de Cortázar en el Hotel Cervantes. ¿Usted fue alguna vez a ver?
  12. R. Sí, en una gira por Mac y su contratiempo en 2017. Pasé dos días en Montevideo y solo pedí ver dos cosas: la Torre de los Panoramas, a la que dediqué mi primer artículo literario en El viejo Topo, y el Cervantes. La segunda petición les extrañó.
  13. ¿Por qué?
  14. Todo era muy raro. El hotel era entonces un sitio decadente, de intercambio de parejas. En la recepción me dijeron que no sabían nada del cuarto del cuento de Cortázar. Parecía un juego de conjurados, como si no les hiciese gracia que preguntara. Al final, me enseñaron la puerta de la habitación a desgana y me dijeron que estaba ocupada. No pude entrar. Luego se alegraron, dijeron que si Cortázar había estado ahí ese dato podría atraer a muchos turistas japoneses. Como si Cortázar tuviese una relación con los japoneses. Todo rarísimo, como ves.
  15. Es muy parecido a como sucede en el libro, ¿el “yo” de Montevideo es autobiográfico?
  16. No. Escribo ficción desde un espacio que suelen ocupar los ensayistas: un yo literario visible. De hecho, lo que se escenifica en cualquiera de mis libros no es exactamente una trama, o una serie de ideas, sino a mí mismo tramando, pensando o escribiendo bajo el avatar de un narrador. Aunque, eso sí, el avatar, la personalidad de cada uno de mis narradores, es distinta en cada novela y posiblemente lo único que las una a todas sea la voz o ese “yo literario visible” que reaparece en cada nuevo libro y da continuidad a la obra.
  17. ¿Y no le da ansiedad estar pendiente de ese yo que da continuidad a todo?
  18. Para nada. Ya estoy pensando en qué haré después. Estoy acostumbrado a la desaparición del sujeto, manteniendo la voz del ensayista. Y este libro explica el fracaso de uno que solo quiere ser ensayista.
  19. Uno que se da cuenta del escritor que es cuando deja de escribir.
  20. Es muy cómico. Él me recuerda a una situación que le pasó a César Aira en Cuba, que tuvo un desmayo y cuando despertó dijo: “¡Nunca me había pasado algo hasta hoy!”.
  21. Sobre la valía o desgaste de la autoficción literaria se está debatiendo mucho.
  22. La autoficción está insertada en la ficción. En España se utiliza como un insulto. Dicen: “Bah, ha hecho una autoficción”. Es como el desprecio a las policíacas. Como dice [Javier] Cercas, las hay buenísimas y muy malas. Es una cuestión de calidad.
  23. Define los “textos pesadilla” como aquellos que persiguen a su autor, por los que se le recuerda, aunque los haya mejores. Su protagonista odia la frase “Preferiría no hacerlo”. ¿Nos está diciendo algo sobre Bartleby y compañía?
  24. Esto es algo que le pasa a todos los escritores. A mí se me recuerda por ese título aunque creo que es más completo El Mal de Montano. Me pasa con París no se acaba nunca, me citan y dicen, “efectivamente, como decía Vila-Matas, París no se acaba nunca”. También me persigue la historia de cómo conocí a Marguerite Duras, pero eso me pasaba antes de que lo escribiera en un libro.
  25. ¿Por qué?
  26. Fue una cosa que me perseguía en Barcelona cuando volví de París, así que decidí contarlo en un libro para que no me preguntaran más. Pero no funcionó. Todavía me preguntan, sobre todo en la radio. Yo creo que ahí se deben pasar los guiones, porque siempre me preguntan por la Duras y por cuando me inventé la entrevista a Marlon Brando en Fotogramas.
  27. ¿Y le molesta?
  28. No, pero es que lo de Brando fue hace cincuenta años ya y ha llegado hasta Francia. Dicen que ahí debió nacer mi pasión por inventar. Y si lo hice, fue por pura necesidad, para que no me echaran.
  29. ¿No le persigue nada más?
  30. Los tópicos de quienes no me han leído. Pero eso ya forma parte de la mala leche. Mira Borges, dijo de Cervantes que el Quijote estaba muy bien, pero que le sobraba Sancho y se quedó tan ancho.
  31. Ahora hay un debate sobre si los personajes de hoy en día tuviesen que reafirmar nuestros ideales y no pudiesen tener contradicciones.
  32. Pues en mis novelas las tienen todas. A un buen tío, directamente, no te lo puedes creer. No he conocido a nadie que no tuviera defectos, problemas y virtudes.
  33. Escribe sobre los “imbéciles digitales”, ¿quiénes son?
  34. Uf, internet está lleno. Yo tengo una web estupenda y también ando por Twitter, pero a ellos no les hago mucho caso.
  35. ¿Se lo pasa bien ahí? Algunos escritores desprecian la jerga digital.
  36. Eso me da igual. Hay cosas que se tienen que llamar como tú las llamas. Mi problema es que muchas veces tengo la sensación de haber sido antipático. Releo mis mails y creo que sueno seco. No sé cómo sonar positivo.
  37. Para eso están los emojis, ¿los usa?
  38. Sí, Nabokov ya decía que faltaba un dibujo para avisar de que se estaba siendo irónico. Yo los pongo en WhatsApp, que uso mucho.
  39. ¿Cuál es su favorito?
  40. El que se sujeta la cara, pensativo, sin entender mucho (). Es curioso verme aquí, porque en el 2000, en la tele, juré junto a Martínez de Pisón que nunca tendría un ordenador. Paula me trajo uno al poco y el tercer correo electrónico que me llegó era de Fidel Castro.
  41. ¿Y qué le decía?
  42. Me felicitaba por un premio que me habían dado en Venezuela, el Rómulo Gallegos. Por supuesto se lo redactó alguien, pero me emocioné tanto en la respuesta que empecé un elogio larguísimo sobre la revolución cubana. A medida que iba escribiendo, tachaba. Al final solo me quedó: “Un abrazo, camarada”.
  43. ¿El secreto de aburrir es contarlo todo?
  44. Sí, toda explicación rebaja una historia. A mí me está pasando en esta entrevista. Quiero contar tantas cosas que al final uno puede acabar aburriendo.
  45. ¿Y qué más le ha transformado en estos meses?
  46. Cosas curiosas: no me gustaba mucho Raphael, el cantante; pero ha sido ver su documental sobre cómo le cambió la vida su trasplante y cómo salió cantando con más ritmo que nunca, y ahora me encanta.

‘Montevideo’. Enrique Vila-Matas. Seix Barral, 2022. 304 páginas. 19,90 euros. Se publica el 31 de agosto.

 

 

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SOBRE LA PENÚLTIMA LECTORA, de Elisa Rodriguez Court. [La Provincia]

FXnXfgFWAAAanpxJuan-Manuel García Ramos [La Provincia] :  Después del primer hojeo del último libro de Elisa Rodríguez Court, La penúltima lectora (Madrid, Mercurio Editorial, 2022), lo que se me ocurrió decirle a bote pronto a su autora fue que por qué no le había puesto un prólogo o una introducción para aclarar cuál era el origen y la intención de esos textos reunidos. Creo que Elisa me contestó que esas páginas caminaban solas, o algo parecido. Tras la lectura atenta y feliz del volumen, he de darle la razón a Rodríguez Court.

    Antes de nada, no puedo desligar la lectura del citado libro de Elisa de un título publicado en 2013 del novelista italiano Alessandro Baricco, Una cierta idea del mundo, traducido al español en 2020, donde el autor de Seda, nos daba cuenta de los mejores cincuenta libros leídos por él durante una década, proponiéndonos en su prólogo que esas lecturas facilitaban la inteligencia y la fantasía colectivas.

    Y la inteligencia y la fantasía son las que despliega Rodríguez Court durante los noventa y cinco fragmentos que reúne su libro, ella los llama «narraciones híbridas», y donde casi siempre es un poema, una novela, un cuento o un drama, a veces una película, un lienzo o hasta un acceso a Google, los que avivan la escritura de Elisa y trascienden lo leído o lo visto más allá de sus límites originales, para dejar que la autora ajuste cuentas con sus ideas, con su interior más íntimo.

    Dice Rodríguez Court en una de sus páginas que la pervivencia de la literatura depende tanto de quienes la escriben como de sus lectores y en La penúltima lectora queda patente que igual que existe la textualidad de los libros también existe la transtextualidad, el debate que suscita siempre la lectura de una obra, su prolongación. Salvando todas las distancias, pero en la línea de trabajo de Harold Bloom, Rodríguez Court, en sus depurados comentarios, también viene a demostrarnos lo que la buena crítica literaria y la solvente enseñanza de la literatura propician como prácticas de una meditación sobre la vida, como utensilios terapéuticos.

    Court ensaya lo que nosotros llamaríamos la lectura creativa, reflexiones que parten de textos y provocan textos, todo ello producto de la madurez cultural, moral, existencial, de la autora, que no se queda en darnos pistas sobre sus obras y autores preferidos, sino que es capaz de asociar sin solución de continuidad la literatura y la vida, la literatura traducida a filosofía, a mirada amplia y enriquecedora. Dice Court: «Si una sola frase consigue remover nuestro intelecto, cabría preguntarse sobre las innumerables cavilaciones que provoca una obra literaria entera».

    El tan argentino Ricardo Piglia, el atormentado David Foster Wallace, el dramaturgo precursor August Strindberg, los buenos amigos Coetzee y Paul Auster, el tan admirado Enrique Vila-Matas, la intensa literatura de Vasili Grossman, la narrativa  lírica de Clarice Lispector, la poesía de Idea Vilariño tan cerca de Onetti, los cuadernos de Rilke, el triestino y danubiano Claudio Magris, el amante del fracaso Julio Ramón Ribeyro, la siempre sorprendente Emily Dickinson, Alice Munro y Philip Roth despidiéndose de la escritura, Cervantes y algunos episodios menores del Quijote, junto a otros autores no tan notorios, suscitan las citadas inteligencias y fantasías de Rodríguez Court y nos dan noticia de la biblioteca personal de esta penúltima lectora perteneciente a una época que ella misma define en sus actuales circunstancias: «¿Dónde queda la concentración, la soledad y la imaginación, elementos esenciales del hábito lector?» Lo que otros reconocen como una «crisis de distracción» generalizada.

    Uno disfruta de La penúltima lectora como si se tratara de un viaje compartido, los libros leídos y conocidos por nosotros recobran nuevos sentidos, despiertan experiencias inéditas, se abren a originales redescubrimientos a través de la prosa limpia y exquisita de Rodríguez Court, de una prosa que sorprende por la amenidad que nos transmite, la independencia de su textura y su capacidad para atraparnos:  «esas páginas que caminan solas» de las que me habló Elisa cuando yo le reclamaba un prólogo o una introducción para que nos dieran cuenta de lo que no lo necesitaba. Como ya reconocí, era ella quien tenía razón. Son páginas con vida propia al margen de los libros o las contingencias que las inspiran.

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JUAN VICO desde ARGENTINA.

sOaCf95Q-750x500Juan Vico: ¿Mis escritores referentes? Me interesa mucho la literatura francesa, autores ya mayores pero vivos aún. De España me interesa mucho Vila-Matas, que tuvo además un gran éxito en América Latina. Conecta con cierta literatura latinoamericana que plantea esto de que no importa que quede en evidencia que hay un artificio detrás, que no hay que buscar el realismo más estricto porque sí. Puede estar dentro de un registro realista, pero buscar el juego con el artificio, y Vila-Matas lo hace muy bien.

https://www.eldestapeweb.com/cultura/literatura/juan-vico-me-gusta-que-el-pacto-ficcional-se-resquebraje-y-se-evidencie-el-artificio-literario–20228151490

Juan Vico (Badalona, 1975) es el octavo autor participante de la Residencia de Escritores Malba (REM), y el segundo en participar del programa REM + AC/E. El programa REM + AC/E surge a partir del objetivo común de la Residencia de Escritores Malba y de Acción Cultural Española de favorecer la internacionalización de los creadores de España y Argentina y construir puentes de colaboración con autores, editores y gestores de ambos países.

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Pero Blanchot existió.

tf rojoANNA MARIA IGLESIA: No sé si lo sabes, pero en su día se sospechó que Blanchot no existía, sino que era una creación de distintos escritores.

VILA-MATAS: Pero Blanchot existió; durmió, treinta años antes que yo, en la buhardilla que me alquiló Marguerite Duras. Durante la Resistencia, Blanchot se veía con Marguerite en reuniones clandestinas y a veces dormía allí en la sexta planta de la rue Saint-Benoît. Una noche, en esa buhardilla, tuve una experiencia a lo Stephen King, memorable, por lo horrorosa que fue. Me dormí leyendo unos cuentos de terror de M. R. James y de pronto desperté sudoroso y noté que había alguien a mi lado y al girarme me vi a mí mismo en versión diabólica. Nunca volvió a pasarme una cosa así, pero tengo muy claro que vi esa cara, que, con el tiempo, en mi memoria, se ha ido pareciendo a la de Blanchot en la única foto que he visto de él. Te digo la verdad: yo ahora no dormiría por nada a solas en esa buhardilla. Ni loco.

(fragmento de ESE FAMOSO ABISMO / Anna María Iglesia en  conversación con Vila-Matas. Editorial WunderKammer. )

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EL VIAJE PENDULAR, de Cristóbal Serra.

cs«Nuestros días están contados: por el último sueño»

Cristobal Serra, Diario de Signos.

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Una obra casi oculta. Cristóbal Serra, el gran escritor mallorquín. Ahora en WunderKammer. Antología definitiva. Edicion a cargo de Nadal Suau.

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Hammershøi

(Una conversación con Álex Nortub) /  20 de octubre de 2010. En un café de la Diagonal (Barcelona).

Tras atendernos con una amabilidad desmedida y servirnos lo que le hemos pedido, el camarero nos interrumpe cada dos por tres con absurdas preguntas sobre el estado de nuestras consumiciones. Por un instante temo que pretenda sabotear la entrevista. Supongo que es una de esas situaciones extrañas que suceden cuando uno se encuentra cerca de Enrique Vila-Matas. Poco después deja de atosigarnos y, aunque permanece tras la barra sin quitarnos ojo, comenzamos a charlar susurrando y mirando hacia los lados, como si fuésemos un par de espías intercambiando secretos.

Hace tiempo que me llama la atención que nunca te pregunten por las muchas referencias a pintores en tu obra, pintores como Francis Picabia, Georgia O´Keefe, Paul Klee, Edward Hopper, Giorgio Morandi o, más recientemente, Vilhelm Hammershøi en tu novela Dublinesca. Me pregunto de dónde viene ese interés tuyo por la pintura. ¿Tiene algo que ver que tu hermana Tere se haya dedicado a ello, concretamente a la pintura oriental según cuentas en Dietario voluble?

-Mi hermana Tere, gran pintora, lleva más de cuarenta años sumergida en las técnicas y filosofías de la pintura tradicional de China, y lleva ahí sumida en ese extraño y atractivo mundo –en este país pocos habrá que dominen la técnica de la pintura oriental como ella- sin haber hecho ruido, con una pulsión poética infinita, de obra admirable, secreta para tanta gente, aunque no para mí y para algunos, que hemos ido siguiendo su evolución estética a través de los años… Y sí, es curioso. He hecho casi doscientas entrevistas acerca de Dublinesca (en Francia, en Venezuela, Colombia, Perú, Argentina, México, España…) y nadie me ha preguntado por Hammershøi, por ejemplo, cuando trabajé como un loco toda la novela teniendo a la vista su cuadro sobre el British Museum. Lo veía tanto cada día y a todas horas mientras escribía mi novela que cuando fui a Londres y por casualidad llegué a Montague Street supe desde el primer momento que, aunque cambiada, aquella era la calle del cuadro de Hammershøi, que estaba dentro del cuadro y de mi propia novela. De no haber estado dentro del cuadro, es decir, de no haber pisado Montague Street, no habría podido detectar esa presencia de fantasmas en toda la calle. Y sí, es raro que nadie –de entre tantas entrevistas- me haya preguntado nunca por Hammershøi cuando uno de sus cuadros juega un papel determinante en mi libro. Para mí es la prueba de que me entrevistan sin haber leído bien la novela. Eso trae luego como consecuencia  que la gente clasifique o juzgue mis libros sin haberlos leído.

Da la casualidad que los pintores mencionados en tus últimos libros son más bien realistas, como Hopper, Morandi o Hammershøi, pero al mismo tiempo transmiten cierta sensación de irrealidad, cierta atmósfera metafísica e inquietante. Podría decirse incluso que, con ciertas diferencias, son pintores de lo que pasa cuando parece que no pasa nada. No sé si sientes el mundo de esos pintores cercano al de tus libros. Quizá te hayan influido de alguna manera.

Son pintores –Hopper y Hammershøi, sobre todo- obviamente literarios. De Hopper recomiendo encarecidamente el libro que sobre él escribió el poeta Mark Strand (en castellano se encuentra en Lumen). Con Hammershøi di vueltas durante una temporada con Dominique González Foerster alrededor de su lienzo Las cuatro habitaciones. Pensamos en una instalación de Dominique que tuviera esa estructura de espacios caseros vacíos. De hecho, Dublinesca, si lo pensamos bien, tiene tres habitaciones, tres únicos capítulos (mayo, junio, julio), quedando la cuarta habitación abierta al misterio.

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DONDE SEGUÍ VIENDO A MONTEVIDEO DESPUES DE MONTEVIDEO.

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Estos cinco textos/ fragmentos, leídos después de que mi novela  MONTEVIDEO hubiera empezado ya a ser impresa, los leí relacionándolos con el libro terminado: parecían, por un motivo u otro, conectados a él. De hecho, han pasado a ser los cinco primeros capítulos de un archivo en este blog dedicado a los fragmentos que percibi más familiares a mi novela recién acabada. Podrían ser también los primeros cinco capítulos de un imaginario libro tituladoFRAGMENTOS LEÍDOS DESPUÉS DE ‘Montevideo’. O bien:

DONDE SEGUÍ VIENDO A MONTEVIDEO DESPUES DE MONTEVIDEO.

novela y prólogo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sonora15Felisberto y la condición despistada

«Dicen que Felisberto Hernández nunca sospechó de que su esposa era espía de la KGB. Pensaba en otras cosas… Su mirada está hecha de extrañamiiento, por ello en sus relatos de autoficción un detalle de lo real funciona -de modo similar al de Mario Levrero- como una puerta al interminable pasillo de la infancia o a una habitación familiar y a la vez desconocida.»

La condición despistada, Jesús García Cívico [Candaya, abril de 2022]

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Sobre la enemistad con el realismo literario y sus convenciones

Richter

 «¿Quién debate que la narrativa realista haya creado en su momento, obras de ficción potentes y entrañables y críticas? La discusión, lo repito, no es sí la ficción realista tuvo o no fuerza, o si creó o no obras válidas, sino si sus convenciones, establecidas en un momento histórico determinado, mantienen hoy su fuerza y validez»

Rafael Lemus, Cómo trabaja James Wood.

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La obra de arte en la era holográfica. [Café Perec]

7777 Human One, de Beeple. Museo del Castillo de Rívoli.Hay una teoría según la cual nuestro universo podría ser un vasto y complejo holograma. De confirmarse esto, algo cambiaría. De hecho, ya lo está haciendo. Ayer, un amigo americano que visitaba el castillo de Rívoli –desde hace años Museo de Arte Contemporáneo de Turín–, vivió una experiencia relacionada con tal teoría. Y el correo electrónico que envió me dejó literalmente electrizado. Lo mandó desde la excelsa Manga Larga, la reina de las secciones del Museo, un espacio en el que durante siglos estuvo la pinacoteca de arte clásico de los Saboya y donde estos días se concentra el núcleo más explosivo de la exposición vanguardista Espressioni con frazioni, una muestra que parece ir más allá del arte contemporáneo.

Y tan más allá. El amigo americano suele ir todos los años al Castillo de Rívoli porque le divierte, dice, registrar el contraste entre los medievales muros y el brillo de lo nuevo; en el fondo, el contraste entre el arte clásico y el contemporáneo. Pero ayer su sorpresa fue mayúscula al ver que la tantas veces cansina dicotomía se había desplazado hacia un territorio inesperado: como si lo clásico y lo contemporáneo se hubieran aliado de tal forma que hubieran conseguido borrar del mapa su reiterativa confrontación, y de pronto la oponente de esa alianza pareciera ser, por conectarla con Walter Benjamin, la obra de arte en la época de su reproductibilidad holográfica.

La sorpresa mayúscula le esperaba a mi amigo en forma de escultura andante, Human One, obra de Beeple (seudónimo de Mike Winkelmann), una escultura de dudosa estética que caminaba frente a un imponente retrato inmóvil pintado por Bacon. Le cedo a mi amigo la palabra: “No hace nada, iba por la Manga Larga cuando, en el interior de una caja acristalada, del tamaño de una vieja cabina telefónica, he visto a un hombre con casco y traje plateado de astronauta, que caminaba a cámara lenta mientras la cabina giraba lentamente sobre sí misma. Comprendí que estaba ante el celebérrimo Human One. Y, al acercarme más al caminante del traje plateado he visto, con susto, que la cabina estaba dentro de nuestro mundo, pero el hombre que iba dentro de ella caminaba hacia otro universo. ¿Se puede ir caminando a explorar el Otro Mundo, aquel en el que el arte quizás encuentre nuevos medios y expresiones inéditas?”

Antes de contestarle, espié en mi ordenador cómo, en su imperturbable marcha, el Human One iba dejando atrás infinitas holografías, imágenes de nuestra hiperactiva actualidad renovándose a cada segundo, y siempre con la inamovible pintura de Bacon al fondo.

¿Habría visto en directo mi amigo cómo aquel Human One cruzaba el Gran Umbral y comenzaba a explorar el Otro Mundo?  Sentí que me temblaban las manos, quizás por ser humanas, demasiado humanas, como las del doctor Jekyll antes de su brebaje. Y traté de agarrarme a mis últimas creencias en la Tierra –la vieja y noble literatura, en mi caso– y pensé en el no menos noble escritor Nabokov, que un día tuvo un sueño… Pero vi que todo eso, incluido el pobre Nabokov, había quedado atrás.

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LA DIMENSIÓN INSONDABLE [fragmento de ‘Dietario voluble’]

20220717_195451~2“Aunque se conteste a todas las preguntas científicas posibles, nuestro problema sigue sin abordarse”.

Para Doctorow estas palabras de Wittgenstein nos indican que, por mucho que cualquier Einstein encuentre las leyes definitivas que expliquen todos los fenómenos, lo insondable sigue ahí, es decir, que toda ciencia topa con un muro. Dice Doctorow en Creadores, valiosa colección de sus mejores ensayos: “La visión de Wittgenstein sobre el problema que sigue sin abordarse es la mirada dura del espíritu insondable y en último extremo irrecuperable, orientado hacia el abismo de su propia conciencia. La suya es una desesperación filosófica que no forma parte de las contemplaciones hermosamente infantiles de Einstein”.

Por contemplaciones infantiles Doctorow entiende la facultad naif de observación del espacio y del tiempo que conservaba íntegra Einstein en la edad madura y que le llevó a pensar –a veces lo decía casi a modo de excusa o de disculpa por sus grandes logros- que había sido precisamente esa capacidad de mirar y pensar como un niño la que le había permitido, con la inestimable ayuda de sus conocimientos, descubrir lo que descubrió. Se preguntaba Einstein cómo era que había tenido que ser él precisamente quien descubriera la teoría de la relatividad, y se respondía diciéndose que había sido tan lento en todo que, a diferencia de los otros niños, no había empezado a pensar en el tiempo y el espacio hasta hacerse mayor: “Naturalmente, entonces profundicé en el problema más de lo que lo habría hecho un niño normal”

En mi nueva vida –porque creo en los últimos meses, ayudado por la abstemia que ha seguido a mi colapso físico, estar llevando una nueva, o al menos más serena, vida- me interesan mucho los seres que logran mantener o recuperar la despejada mirada hermosamente infantil sobre las cosas, del mismo modo que me interesan los escritores de estilo o pretensiones vanguardistas que tratan de hacer tabla rasa de la gran rigidez de la tradición acumulada e ir en busca de percepciones nuevas, del gesto casi infantil que devuelva al arte la facilidad de realización que tuvo en sus orígenes. Y también me gustan ahora aquellas personas que buscan remontarse a las raíces y para ello se tumban en la hierba fresca de la mañana y contemplan el cielo y las nubes como si fuera la primera vez y se hacen fuertes en su radicalidad inocente y acaban merodeando alrededor de alguna teoría de la relatividad, que es lo mismo que decir que aprenden a mirar y a pensar de nuevo y comienzan una nueva vida.

Claro está que todas esas personas, por mucho que hagan, también están llamadas a topar con lo insondable, pues ese parece ser  el problema siempre de fondo. Y a mí, no puedo evitarlo, también me gustan Wittgenstein y las personas que son como Wittgenstein.

“Forastero que buscas la dimensión insondable, /la encontrarás, / fuera de la ciudad, / al final de tu camino” canta Franco Battiato en Nómadas. Vistas, así las cosas, vistas con tan tenebrosa lucidez, el vanguardismo (si puedo llamarlo así) de mi nueva vida y las contemplaciones hermosamente infantiles se revelarían entonces tan sólo como un discreto gesto poético de dignidad, como si volver a inventar el arte y la vida sólo pudieran ser un bien relativo (relativo en el sentido que le daba Einstein) ante tanta dimensión insondable.

 

* Para presentar su restaurada Prisión perpetua vino Ricardo Piglia a Barcelona. Cuando le vi en el Bar Belvedere, no sabía que acababa de expresar en una rueda de prensa su convencimiento de que “en realidad todos nos contamos la historia de nuestra propia vida con la ilusión de seguir siendo nosotros mismos: vivimos con la idea de que no podemos conocernos, pero sí narrarnos».

Me presenté en el Belvedere sin saber que no puedo llegar nunca a conocerme, pero que –como acababa de decir Piglia en la rueda de prensa-  sí puedo narrarme. Tampoco sabía, cuando me presenté en el Belvedere, que de hecho, tal como acababa de decir Piglia a los periodistas, la práctica de narrar es central en nuestras vidas, es un punto de conexión entre todos nosotros. No sabía estas cosas y a una pregunta de Piglia sobre mi cambio de vida en este último año, comencé sin darme cuenta a narrarme a mí mismo y conté que no tenía nostalgia alguna de la vida que llevaba antes, pues ya la tenía muy vista y era una historia que me aburría. Me apasionaba en cambio –vine a decirle- la nueva historia, la del día a día de mi nueva vida, la que me permitía ser otro, ser alguien con cierta energía original recuperada, al modo de un Einstein y sus tardías contemplaciones del universo…

Piglia siempre es irónico. Me habló entonces del gran Gatsby, aquel personaje de Scott Fitzgerald “que se esforzaba por cambiar su pasado”. Y luego, fiel a lo que acababa de expresar en la rueda de prensa, me preguntó si detrás de esa “historia” de mis dos vidas estaba o no la ilusión de seguir siendo yo mismo. Me sentí contrariado. ¿Acaso no me había contundentemente presentado (o re-presentado) ante él como otro? Parecía Piglia estar haciendo caso omiso de eso, o bien sugiriendo que me engañaba yo a mí mismo creyéndome sumergido en una nueva vida. Y hasta me pareció oírle decir que nos damos falsos impulsos a base de historias nuevas.

Alguien se apiadó de mí y me puso en antecedentes de lo que se había dicho en la rueda de prensa en la que no había estado. Comprendí enseguida que entre la realidad y el deseo podía haber ciertas diferencias. Una cosa era que yo hubiera cambiado realmente de vida y la otra que no hubiera apenas cambiado, pero me narrara a mí mismo –sin oposición hasta encontrarme a Piglia- la historia de mi cambio de vida. Cierta capacidad para fabular me permitía haberme convertido en un personaje de mí mismo, que se dedicaba a creer que había hecho tabla rasa de su vida anterior y de paso a creer que había empezado a ser otro. Pero, ¿a quien quería engañar? ¿A Piglia?

Tal vez mi cambio de vida sólo estaba en lo que yo me narraba. Si era así, tampoco era tan grave, podía seguir narrándome.

Le dije a Piglia que simplemente deseaba seguir siendo yo mismo, pero sin renunciar a esa historia de mi nueva vida. En definitiva, vine a decirle, la historia de alguien que tenía percepciones nuevas y que se esforzaba tanto por cambiar su pasado como por buscar (ahí me agarré a Wittgenstein y cité varias frases inteligentes) la dimensión insondable.

Bajé la cabeza con desesperación filosófica.

-Eso he dicho –dije-. La dimensión insondable.

 

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DE PASEO POR LOS LIMBOS [fragmento del libro de Anna Adell]

En DE PASEO POR LOS LIMBOS (Wunderkammer) he encontrado una voz familiar al menos en relación con una búsqueda que también se da en MONTEVIDEO.

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Kafka acorta la distancia entre la prehistoria de una humanidad obediente a leyes míticas y el servilismo parasitario con aroma a catástrofe inminente en el albor de la era de los totalitarismos. Y entre ambos tiempos, el mítico y el histórico, trató de encontrar su madriguera, un cuarto propio, que amortiguara el ruido de cadenas que arrastraban los fantasmas que sólo él escuchaba.

La necesidad de construir madrigueras o de encontrar fisuras en las que habitar con relativa libertad, sin rendir cuentas a ortodoxias de uno u otro credo, a veces comporta un errar por limbos permanentes.

Portada de WunderKammer

Portada de WunderKammer

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‘Desde lejos: la escritura a la intemperie’, fragmento de un ensayo de Sylvia Molloy

AVT_Sylvia-Molloy_9825Pienso en un cuento de Borges que resume, de algún modo la problemática relación entre la escritura afuera y el retorno a casa. “El milagro secreto” reescribe de algún modo el relato Occurence at Owl Creek Bridge, de Ambrose Bierce. En los dos textos Dios – o la intervención de lo fantástico, que es un poco lo mismo – concede a un hombre condenado a muerte (un soldado de la confederación en Bierce; un escritor judío condenado, en Borges) el tiempo necesario para que se cumpla un deseo. El personaje de Bierce elige retornar a casa, junto a su esposa y su familia: un happy ending que le permite cumplir su vida. El personaje de Borges, escritor, no elige volver a la casa, ni al homeland, sino a la literatura: pide terminar su obra de teatro antes de ser fusilado, lo cual es también, a su manera, un happy ending. Creo que el enfrentamiento, el conflicto, incluso, que evidencia este cuento entre casa y escritura – entre el retorno y la intemperie – puede ser, en última instancia, la contribución de quien escribe afuera.

http://enriquevilamatas.com/escritores/escrmolloys1.html

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QUEDAMOS EN LAIE

Belgian writer Georges Simenon smoking a pipe by the Navigli. Milan, 1950s

Belgian writer Georges Simenon smoking a pipe by the Navigli. Milan, 1950, en dirección a Laie.

«Quedamos en Laie» es una frase común en el gremio literario. En los 300 metros de esta libreria de humanidades puedes encontrarte a Vila-Matas o a Miquel Iceta, y en el café de la planta superior (con una bella terraza de interior del Eixmaple) a una editora negociando con un autor o a dos poetas discutiendo en heptasílabos. Laie es un punto de encuentro para quienes los libros son parte de su vida. A ello contribuye Lluis Morral, su director (36 años en Laie), librero con una clara visión del negocio, pero también un lector absoluto que entiende que «la vida de una librería es la que dan los clientes». Cuando en 1980 Montse Moragas y Conxa Guixà crearon la Laie actual era un sueño (y más su red de tiendas en museos), pero a veces los sueños se cumplen.

RAFAEL VALLBONA

(en el suplemento literario de El Periódico / jueves 14-7-22)

 

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EL LIBRO QUE VENDRÁ [Café Perec]

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¿Qué ha sido del “libro por venir” del que tanto hablaba Blanchot? ¿Dónde buscarlo hoy? A veces imagino que, a lo largo de los años, he podido verlo en fugaces ocasiones, en momentos de dos o tres segundos, siempre después de inesperados chispazos o brevísimas ráfagas en las que, sin embargo, al “libro por venir” he podido verlo completo. ¿Y qué vi?  Parte de lo que fue, de lo que va a ser, de lo que ya es el Libro. Y pude ver también que éste circula en un constante vaivén, sin posibilidades de ser nunca un espacio cerrado que aloje un sentido definitivo. En cierta forma, recuerda al cometa Halley, aunque en una versión, como mínimo, igual de insensata, porque es como si al, carecer de un sentido definitivo, el “libro por venir” siempre estuviera por venir.

Es un libro que navega por el espacio, pero no por el “espacio literario” del que hablaba Blanchot, sino por el sideral. Su último chispazo lo capté ayer mismo en un café del centro. Fue como un destello que acabó llevándome a una nueva revelación sobre el libro. Oí que en la mesa de al lado un caballero de marcado acento andaluz decía que el tema central de la gran literatura del siglo pasado había sido “la pérdida de tiempo”.

Me impresionó oír algo así en aquel tugurio. Pero más pasmado quedé cuando el hombre añadió: “Leopold Bloom no dio golpe en todo el Bloomsday, y en cuanto a Proust sabemos que perdió el tiempo toda su vida”.

Razonamiento impecable, pensé, de no haber sido porque caía en el tan frecuente equivoco que suele darse con el título de Proust. Porque en realidad la Recherche es la narración del aprendizaje de un hombre de letras, una historia enfocada hacia el futuro, y no hacia el pasado. De hecho, el mismo Proust insiste en este punto: en tal o cual momento, el protagonista no comprende, o no sabe tal o cual cosa, pero confía en saberla algún día.

Matizarle el comentario proustiano al caballero de al lado habría sido una pérdida de tiempo, de modo que callé y preferí pensar que aquella información que, en forma de chispazo, acababa de mandarme el “libro por venir”, en realidad sólo quería revelarme que en la narrativa de nuestros días íbamos a continuar igual que en el siglo pasado: perdiendo el tiempo. Y perdiéndolo, además, tal como solemos perder de las páginas culturales las frases que más nos conmueven.

Anteayer, por ejemplo, leí que la novela no es algo que represente la realidad, sino algo que la construye y deconstruye desde una extrema subjetividad. Pero casi de inmediato la frase caía en saco roto. Y ayer, desplomándose, cayeron impunemente en saco roto las mejores palabras del día, las de Ariana Harwicz, la autora, entre otros, de Degenerado (en Anagrama), libro tan inaudito como valiente.

Decía Harwicz: “Se sigue pensando la literatura con los mismos esquemas con los que pensamos la vida: discriminación, racismo, machismo…, es decir situando a la literatura en el mismo plano de la realidad, cuando no lo está”.

Nada que añadir, salvo que salgo de inmediato en busca del saco roto.

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Literatura cogida con pinzas.

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Ciudades hostiles a tu vida personal. [Georg Simmel]

Gustave-Moreau-CavalierLa vida en la pequeña ciudad, tanto en la Antigüedad como en el Medievo, impone al individuo una limitación tal de sus movimientos y de sus relaciones con el exterior, de su independencia y de su diferenciación, en el seno del grupo, que al hombre moderno le haría insoportable la existencia: en nuestros días el citadino, trasplantado a una pequeña ciudad de provincia, sufre una impresión análoga de asfixia. Conforme más restringido es el círculo que conforma nuestro medio, más limitadas son las relaciones exteriores que pueden romperlo, y conforme más el grupo al que pertenecemos vela celosamente sobre el trabajo, la vida y las opiniones del individuo, mayores son los riesgos de que los particularismos cuantitativos y cualitativos rompan la unidad del conjunto. Desde ese punto de vista, la ciudad antigua parece haber poseído todas las características de una ciudad pequeña. Si la vida de Atenas fue a ese grado variada y frenética, si conoció una tal riqueza de coloraciones, se debe tal vez a que un pueblo de carácter extraordinariamente individualista luchó contra la presión constante, tanto interna como externa, de una pequeña ciudad hostil a toda vida personal.

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«Vivimos un retroceso del arte» [Ariana Harwicz a Anna María Iglesia]

ariana harwiczActualmente, se piensa que la literatura es la vida, pero no lo es en absoluto. La literatura es otra dimensión, otro lenguaje. Y, sin embargo, se sigue pensando la literatura con los mismos esquemas con los que pensamos la vida: discriminación, racismo, machismo… Se pone a la literatura en el mismo plano de la realidad, cuando no lo está. Vivimos un retroceso del arte.

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¿Y qué es DESERTAR, el libro de Ariana Harwicz con Mikaël Gómez Guthart?

Un diálogo entre un traductor francés que, en una crisis de angustia, dejó de hablar francés para hablar solo español y de una escritora argentina que se enamoró del francés e intentó dejar de hablar español.

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OTRA FORMA DE VIDA. Laura Pache sobre la obra de Vila-Matas (Biblioteca Ibérica, Edizioni dell´Orso)

PacheDesde una mirada heterodoxa, dice Laura Pache, el autor (Vila-Matas), se acerca al género corto con maestría, erigiendose éste como elemento constitutivo de toda la literatura vilamatiana, la cual se revela como obra infinita, interconectada, de la mano de la intertextualidad y la hibridación, signos propios de su escritura. Así, puede decirse que lo breve apuntala una creación que se sabe unitaria, anclada en conceptos como la libertad, la modernidad o la multiplicidad.

Un itinerario extraordinario de Laura Pache por el universo propio de Enrique Vila-Matas.

 

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SIEMPRE NOS QUEDARÁ ASHBERY [Café Perec]

john-ashbery-1Recuerdo cómo hablando de ese precario periodo de juventud en el que uno busca saber algo de sí mismo, Kazuo Ishiguro pasó de repente a comentarle a Susannah Hunnewell (París Review) su pasión juvenil por las letras de las canciones de Bob Dylan.

Parte del atractivo de esas letras, dijo Ishiguro, era que no sabías de qué trataban. Y añadió: “Uno lucha por expresarse, pero siempre está frente a cosas que no termina de entender y se ve obligado a fingir que las entiende. Así es la vida durante gran parte de tu juventud, y te da vergüenza admitirlo. De alguna forma, las letras de Dylan parecen encarnar ese estado”.

¿Y qué suele suceder cuando un joven termina por comprender esas letras? A veces, se desespera por haberlas comprendido, por ese paso irreversible hacia el mundo adulto. En casos de desesperación, lo mejor será recordarle que siempre le quedará John Ashbery. En este poeta lo que dicen sus versos está siempre claro, pero el contexto de los mismos, es decir, la situación a la que aluden, no lo está nunca. Nunca. Ashbery decía que era así como experimentaba la vida, porque uno podía concentrarse en lo que se hablaba en una terraza, por ejemplo, pero el contexto –como el mundo mismo– le resultaba siempre un misterio. Nada de angustia contenía esta declaración, porque detrás de ella simplemente venían estas razonables y tranquilas palabras: “Es muy difícil ser un buen artista y a la vez sentirte capaz de explicar de manera inteligente tu trabajo. De hecho, lo peor de tu arte siempre es aquello de lo que resulta más fácil hablar”.

De ahí que Ashbery con sus “inexplicables versos” resulte ideal para cualquier lector que busque rejuvenecer y revisitar algunos estados de estupor de su adolescencia, inscribirse en la mecánica misma de esa paradoja que viene dándose con este poeta que, por un lado, es un autor admiradísimo al que leen innumerables jóvenes –se habla de que estamos en la era Ashbery– y, por el otro, es un celebrado autor al que no entiende nadie.

 Bueno, el otro día leí a un ensayista que decía haberlo entendido, y quedé horrorizado porque quien no entendió nada de lo que allí decía el ensayista fui yo, tal vez porque éste parecía empeñado en ver las cosas como las veía de niño. Y hasta tuve la impresión de que aquella lectura me había condenado a ser eternamente alguien que no entendía las letras de Dylan. Cielo santo. Lo peor fue no comprender nada, salvo dos líneas del ensayo, donde se afirmaba que para Ashbery había siempre un núcleo incomunicable en nuestro interior, al que, abriéndonos paso con nuestra escritura, querríamos tener la capacidad de entrar y poder comunicarlo. No, por favor, no siga por ahí, casi le grité a aquel “explicador” del poeta inexplicable. Y me pareció que Ashbery me apoyaba y pedía que fuera comprensivo y recordara que, de joven, como decía Ishiguro, “uno lucha por expresarse”.

No pude estar más de acuerdo. Claro, me dije, que últimamente no se observa lucha alguna en más del noventa por ciento de los libros que se publican.

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Así comienza ‘El Uruguayo’, de Copi.

copcopiQuerido Maestro: Sin duda le sorprenderá recibir noticias mías desde una ciudad tan lejana como Montevideo. La razón por la que me encuentro aquí, confesémoslo de entrada, se me escapa. Si me permito dirigirle esta carta, sin duda irritante, es más por ser leído por usted que por lo que le voy a contar: no le ofenderé pensando que mi historia le interesa más que a mí. Le estaré, pues, muy agradecido si saca del bolsillo su estilográfica y tacha, a medida que vaya leyendo, todo lo que voy a escribir. Gracias a este simple artificio, al término de la lectura le quedará en la memoria tan poco de este libro como a mí, puesto que, como probablemente ya habrá sospechado, prácticamente ya no tengo memoria. Le imagino dudando, con su estilográfica en la mano, al ver que la frase anterior presenta varios ejes a partir de los cuales puede empezar a tachar; yo dudo como usted. Dejo esta decisión a su libre albedrío. Escribiendo me doy cuenta de que ciertas frases me quedan extrañas, como esta última (dejo esta decisión, etc.), sin duda porque, en los últimos tiempos, he practicado mucho más la lengua que se habla en este lugar que el francés y probablemente volver a un lenguaje normal me es más difícil de lo que creía. Le ruego, pues, que excuse alguno de mis giros. El país se llama República Oriental del Uruguay. Y el Uruguay, siendo naturalmente un río que está al oeste de la República, es un nombre que, en indio, podría traducirse por la República (URU) está en Oriente (GUAY). Aquí tiene la primera cosa rara. La segunda es esta: la ciudad se llama Montevideo y ellos te explican tranquilamente que eso en portugués quiere decir: vi el monte.[1] Sigo escribiendo y doy por supuesto que leyó y tachó esta llamada, lo que no siempre es seguro, ya que hay un tipo de lectores –lejos de mí el censurarlos– que leen al final de la página todas las llamadas a la vez. Estoy seguro que le habrá molestado que emprendiera solo tan largo viaje. Debería, lo sé muy bien, haberle llevado conmigo en lugar de huir como un ladrón. Ya está hecho y aprovecho para confesarle que lo que me asqueaba de usted (y lo que habría hecho insoportable su compañía en este viaje) es su manía de detenerse a cada momento para tomar notas de lo que ve, como en nuestro viaje a Normandía al término de mis estudios. Antes lo toleraba, ahora eso francamente me tocaría los huevos. Tache con rabia. Al entrar en el puerto no dejas de ver el monte que domina la ciudad. Es una convención: el monte no existió nunca. La mierdecita de perro que llevaba conmigo no dejó de gritar junto a los otros turistas: ¡Montevideo! al ver no sé qué naranja que flotaba entre dos aguas igual de aceitosas. Sé que aquí ha tachado con melancolía. Naranja entre dos aguas aceitosas… y se imagina ya el monte y se dice: es como si realmente lo hubiera visto. ¡Ah, cómo sigo el ritmo de su estilográfica cuando tacha mis frases, Querido Maestro! Llora, viejo boludo, no estaré más contigo. No impide que Montevideo sea agradable. Las calles, los espacios verdes, la arena, el mar. No tengo más ganas de escribir. Me desalienta estar tan lejos de usted. Nunca sabré en qué momento leerá estas palabras ni dónde estaré yo entonces. Prométame que hasta ahora lo tachó todo. Hasta mañana y a sus pies. Copi. Hoy no tengo ningunas ganas de escribirle. Voy a pasearme por las dunas con mi perro Lambetta, lanzaré trozos de madera seca entre las olas y él estará encantado de ir a buscarlas y devolvérmelas bien mojadas. Somos bastantes los que hacemos esto, pero es tan grande el espacio que no nos molestamos entre nosotros. Los perros nos molestan únicamente cuando, justo a nuestro lado, se sacuden el agua que les ha quedado adherida en el pelaje; yo no sé si ha estado alguna vez al lado de un perro mojado que se sacude, es como una lluvia tan alegre como molesta; te hace ponderar el contrapeso del placer que experimentamos al lanzar un trozo de madera entre las olas. Les gusta también un juego muy singular que consiste en correr a lo largo de la línea de demarcación entre el mar y la arena, ora mojándose las patas, ora hundiéndolas brevemente en la arena que se adhiere a dichas patas gracias al agua de la que están mojadas, arena que el agua del mar lava apenas la han rozado, y así sucesivamente, a veces en parejas (los perros) y a veces solos. Pero aquí me detengo porque esto deviene rápidamente sistemático. Usted me dirá ahora: olvídese de los perros, siéntese sobre una duna, encienda un cigarrillo haciendo paraviento contra el viento con las manos en bocina y piense en otra cosa. Sospecho que usted tuvo un perro en su juventud, es una idea típica de un amo de perro, Maestro. Pelotudo. Sospecho que incluso va a tachar todos los insultos de esta carta antes de releerla. No le va a quedar nada de ella, sabe usted. Pelotudo. Taché yo mismo todo lo que sigue a la palabra Copi. No encontré mi lenguaje de ayer. Voy a pasearme. Aquí las gentes están dispuestas de manera diferente según los barrios (un barrio se llama un cuarto, que quiere decir también dormitorio). Hay cuartos en los que no hay ni casas y que me parecen los más interesantes, ya que la disposición de las gentes (gentes: jujo en uruguayo) parece la más movible. Cada persona ocupa un lugar en un barrio cualquiera de la ciudad, pero sus lugares varían considerablemente de dimensión. Por ejemplo un árbol puede ser un lugar lo mismo que un metro cuadrado de acera, dos metros cuadrados de acera, una plaza en un automóvil, e incluso un caballo entero o parte de ese caballo; en fin, todo puede ser un lugar desde el momento en que ellos pueden darle un nombre. Y eso no les cuesta nada, créame. No paran de inventarse palabras que les pasan por la cabeza. Si uno de ellos me viera escribir en este momento (para escribir me escondo), podría inventar una palabra con la que nombrar mi cuaderno, mi estilográfica y a mí mismo (digo podría, pero estoy seguro de que lo haría) y esa palabra se convertiría automáticamente en un lugar que él ocuparía en el acto, dejándome, en cierta forma, fuera. Un lugar se ocupa o bien físicamente (en el caso que acabo de citar esto habría sido imposible, evidentemente) o bien sintiéndolo. Hay una palabra para decir me siento en mi lugar y esta es precisamente el nombre de la ciudad: Montevideo. A veces se encuentran en situaciones totalmente ridículas, por ejemplo en el caso en el que varios de ellos gritaran a la vez: ¡Montevideo! Eso, para ellos, define un barrio y se ven obligados a explicar el lugar de cada uno para poder inmediatamente delimitar el barrio. La mayoría de las veces sus discusiones no conducen a nada (sospecho que mienten bastante a menudo, a pesar de que la palabra mentir no existe en su vocabulario) (de hecho no se sirven nunca de ningún verbo) puesto que todos dicen siempre tener un lugar más grande (imponente) que el de su vecino, es decir, que su lugar comprende mayor número de elementos (por ejemplo un pan, una mesa, una silla y un tenedor) que otro lugar que no tendría más que la mitad del pan (a menudo, además, la del vecino), un tenedor torcido y una pequeña punta de salchicha (la llaman sassassa), mientras que un tercer vecino dice que su lugar comprende un pan, la mitad del pan (que ya se encuentra en litigio), el tenedor, la mitad de ese tenedor, un salchichón, un azúcar y un jardín, pongamos por caso. Incluso una vez escuché a uno que afirmaba que su lugar comprendía el mar y la tierra discutiendo con otro que aseguraba que su lugar comprendía todos los mares y todas las tierras, a lo que el primero respondió: ¡papa!, que en uruguayo quiere decir (lo supe más tarde) la tierra (comprendiendo la tierra y todos los mares y todas las tierras), mientras que un tercero que hasta entonces había estado callado gritó de pronto: ¡Sistema Solar! y un cuarto, en el mismo instante, dijo: ¡sississi! (sistema en uruguayo). Ellos consideraron evidente que había sido este último el que había ganado el barrio y los otros tuvieron que mudarse al campo. El que gana un barrio queda confinado en él para siempre, a menos que consiga escaparse, lo que es extremadamente difícil. Lo que más me molesta de ellos es que no huelen. Lambetta se siente perdido. Como no tiene nada que olfatear, finge que olfatea la arena y se inventa olores. Esto lo hizo los primeros días, porque ahora me parece que ya no se acuerda de lo que es un olor, ya que no olfatea nada y el pobre se contenta únicamente con lo que ve, como la punta de madera que va y viene en su boca y en el aire indefinidamente entre mi mano derecha y el mar. No debí nunca llevar a mi perro conmigo, se siente muy desgraciado. Debería habérselo dejado a usted para que me lo guardara, Maestro. Hay tantas cosas que degustar con el olfato en su casa, su vieja ropa, sus pedos, su balcón, la madera de su mesa, su propio olor, sus coles impregnándolo todo de ese olor impertinente que destilan mientras usted toma las últimas notas de una tranquila jornada de otoño, con su apetito abriéndose cada vez más, como una col, dentro de su estómago y con la saliva suelta en su boca cerrada. Le habría estado incluso agradecido, mi pobre Lambetta, si hubiera podido lamerle la mano izquierda sin impedirle esto escribir con la otra mano. Para ellos yo no soy nadie o casi nadie. Entre ellos ocurre lo mismo. Viven con el terror de que alguien deje de gritar: Montevideo cuando lo gritan, pues se arriesgan a encontrarse con un barrio bajo el brazo, lo que para ellos es un deshonor, pues en ese momento cualquiera podría tomarlos como lugar, ya que se los considera muertos. Solamente (y esto es realmente delirante) pueden ser tomados enteros, nunca por partes. Si el barrio (es decir, el muerto) comprende un perro, una casita, un jardincito, una vajilla y quizá la muerte misma, nadie puede agarrar la vajilla o el jardincito, etc., y dejar el resto, tiene que agarrarlo todo. Los lugares, a medida que la gente muere, se van haciendo cada vez más raros y complejos y hay lugares (muertos) que comprenden centenares de lugares (muertos) y nadie quiere agarrarlos a menos que se vea realmente forzado a ello, pues corres el riesgo de tener un barrio y por consiguiente estar muerto (!). Los viejos son los que generalmente están muertos más veces, aunque conocí a un niño de siete años que estaba muerto cuarenta y siete veces, aunque hay que decir que no tenía aire de buena salud. Es una especie de héroe nacional, por lo que comprendí, pues está siempre sentado sobre el pedestal de una estatua en posición de estar por jugar al boliche y los transeúntes le aplauden cuando pasan por el lugar: una plaza (la estatua, es decir el niño, está justo en el centro de la plaza), y cuando, en mi pésimo uruguayo, pregunté a un transeúnte por qué aplaudían, me respondió niño rico-rico, que quiere decir este niño es muy rico, lo que significa que es el propietario de numerosos barrios y, por tanto, una esperanza para el país, puesto que (esta es su religión) ellos esperan que uno de los suyos llegue un día a ser propietario de todo el Uruguay. Lo que, sin duda, les ahorraría muchas preocupaciones. ~

 

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[1] “Vide o Monte”, pues, aun aceptando explicación tan delirante, la ciudad debería llamarse Videomonte, y no Montevideo.

 

 

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