Un hombre avanza por los recuerdos de su vida, desde el París de los años 70 donde trapicheaba con droga hasta el Festival de cine de Lisboa como escritor consagrado, pasando por Reikiavik o Bogotá, repasando momentos, lecturas, citas y conversaciones que podrían haber pasado, o no. Mientras tanto, trata de escapar de bloqueos y de su propio discurrir.
En una sucesión de escenas sin freno, el narrador trae constantemente al primer plano diferentes escritores (reales e inventados), citas pertinentes aunque a veces no, ciudades y reflexiones sobre escribir, la literatura por delante y por detrás. El rayo que mató a Ödön von Horváth, la puerta cegada de un cuento de Cortázar, la novela inventada de una escritora que jamás existió…
Y mientras tanto, poco a poco, va dándose cuenta de que siempre, en la habitación de al lado, algo pasa, algo sucede. Un misterio que guarda en su interior el secreto para desplazarse desde una ciudad a otra. De un recuerdo a otro. Como una máquina del tiempo y el espacio capaz de generar literatura.
El resultado es una historia que se cuenta al alejarse, como un mosaico que avanza modificándose a sí mismo, y que nos enseña la parte interior del escritor que no es Vila-Matas pero que en la mente de muchos lectores se le parecerá muchísimo.
Por qué recomendamos ‘Montevideo’, de Enrique Vila-Matas
Porque Enrique Vila-Matas es un transgresor perenne. Su búsqueda eterna de algo nuevo, aunque solo lo sea para él, le ha llevado a estirar la forma de la novela hasta convertirla en algo tan irreconocible como admirable.
En ‘Montevideo’ Vila-Matas se apoya en la literatura para arrastrar al narrador de su historia por un ir y venir en el tiempo y el espacio en el que el único que sale ganando es el lector. Sus lúcidas reflexiones, su humor surreal y extremadamente serio, su enciclopédico saber de biografías y citas de escritores de todas las épocas, algunas de ellas inventadas, por supuesto, su inteligencia finísima, empapan todo el texto, convirtiéndolo en un caleidoscopio lleno de colores y texturas.
Porque hay dos maneras de leer este libro (en realidad hay muchas más, pero no queremos eternizarnos). La primera es tener al lado acceso a internet y googlear cada una de las referencias, buscando las artimañas, los embustes y las certezas que salpican todo el texto. La segunda es cerrar los ojos de la cordura y dejarse arrastrar hasta el infinito. En ambas, la sonrisa y el disfrute están asegurados.
La obra de Vila-Matas, ya de por sí única e inclasificable, se expande con este libro un paso más allá. Consiguiendo, como el propio autor nos ha confesado, impresionarse incluso a sí mismo.
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Sterne, o el talismán.

Tres años después de «Esta bruma insensata», vuelve Enrique Vila-Matas a la novela con «Montevideo», una suerte de «tratado sobre la ambigüedad«, con el que se nota que lo ha pasado «en grande» y que ha pergeñado con «toda la intensidad del mundo», abriendo puertas para plantarse en el punto exacto entre la ficción y la realidad.
Juan-Manuel García Ramos [La Provincia] : Después del primer hojeo del último libro de Elisa Rodríguez Court, La penúltima lectora (Madrid, Mercurio Editorial, 2022), lo que se me ocurrió decirle a bote pronto a su autora fue que por qué no le había puesto un prólogo o una introducción para aclarar cuál era el origen y la intención de esos textos reunidos. Creo que Elisa me contestó que esas páginas caminaban solas, o algo parecido. Tras la lectura atenta y feliz del volumen, he de darle la razón a Rodríguez Court.
Juan Vico: ¿Mis escritores referentes? Me interesa mucho la literatura francesa, autores ya mayores pero vivos aún. De España me interesa mucho Vila-Matas, que tuvo además un gran éxito en América Latina. Conecta con cierta literatura latinoamericana que plantea esto de que no importa que quede en evidencia que hay un artificio detrás, que no hay que buscar el realismo más estricto porque sí. Puede estar dentro de un registro realista, pero buscar el juego con el artificio, y Vila-Matas lo hace muy bien.
ANNA MARIA IGLESIA: No sé si lo sabes, pero en su día se sospechó que Blanchot no existía, sino que era una creación de distintos escritores.
«Nuestros días están contados: por el último sueño»



Felisberto y la condición despistada
Hay una teoría según la cual nuestro universo podría ser un vasto y complejo holograma. De confirmarse esto, algo cambiaría. De hecho, ya lo está haciendo. Ayer, un amigo americano que visitaba el castillo de Rívoli –desde hace años Museo de Arte Contemporáneo de Turín–, vivió una experiencia relacionada con tal teoría. Y el correo electrónico que envió me dejó literalmente electrizado. Lo mandó desde la excelsa Manga Larga, la reina de las secciones del Museo, un espacio en el que durante siglos estuvo la pinacoteca de arte clásico de los Saboya y donde estos días se concentra el núcleo más explosivo de la exposición vanguardista Espressioni con frazioni, una muestra que parece ir más allá del arte contemporáneo.
“Aunque se conteste a todas las preguntas científicas posibles, nuestro problema sigue sin abordarse”.

Pienso en un cuento de Borges que resume, de algún modo la problemática relación entre la escritura afuera y el retorno a casa. “El milagro secreto” reescribe de algún modo el relato Occurence at Owl Creek Bridge, de Ambrose Bierce. En los dos textos Dios – o la intervención de lo fantástico, que es un poco lo mismo – concede a un hombre condenado a muerte (un soldado de la confederación en Bierce; un escritor judío condenado, en Borges) el tiempo necesario para que se cumpla un deseo. El personaje de Bierce elige retornar a casa, junto a su esposa y su familia: un happy ending que le permite cumplir su vida. El personaje de Borges, escritor, no elige volver a la casa, ni al homeland, sino a la literatura: pide terminar su obra de teatro antes de ser fusilado, lo cual es también, a su manera, un happy ending. Creo que el enfrentamiento, el conflicto, incluso, que evidencia este cuento entre casa y escritura – entre el retorno y la intemperie – puede ser, en última instancia, la contribución de quien escribe afuera.



La vida en la pequeña ciudad, tanto en la Antigüedad como en el Medievo, impone al individuo una limitación tal de sus movimientos y de sus relaciones con el exterior, de su independencia y de su diferenciación, en el seno del grupo, que al hombre moderno le haría insoportable la existencia: en nuestros días el citadino, trasplantado a una pequeña ciudad de provincia, sufre una impresión análoga de asfixia. Conforme más restringido es el círculo que conforma nuestro medio, más limitadas son las relaciones exteriores que pueden romperlo, y conforme más el grupo al que pertenecemos vela celosamente sobre el trabajo, la vida y las opiniones del individuo, mayores son los riesgos de que los particularismos cuantitativos y cualitativos rompan la unidad del conjunto. Desde ese punto de vista, la ciudad antigua parece haber poseído todas las características de una ciudad pequeña. Si la vida de Atenas fue a ese grado variada y frenética, si conoció una tal riqueza de coloraciones, se debe tal vez a que un pueblo de carácter extraordinariamente individualista luchó contra la presión constante, tanto interna como externa, de una pequeña ciudad hostil a toda vida personal.
Actualmente, se piensa que la literatura es la vida, pero no lo es en absoluto. La literatura es otra dimensión, otro lenguaje. Y, sin embargo, se sigue pensando la literatura con los mismos esquemas con los que pensamos la vida: discriminación, racismo, machismo… Se pone a la literatura en el mismo plano de la realidad, cuando no lo está. Vivimos un retroceso del arte.
Desde una mirada heterodoxa, dice Laura Pache, el autor (Vila-Matas), se acerca al género corto con maestría, erigiendose éste como elemento constitutivo de toda la literatura vilamatiana, la cual se revela como obra infinita, interconectada, de la mano de la intertextualidad y la hibridación, signos propios de su escritura. Así, puede decirse que lo breve apuntala una creación que se sabe unitaria, anclada en conceptos como la libertad, la modernidad o la multiplicidad.
Recuerdo cómo hablando de ese precario periodo de juventud en el que uno busca saber algo de sí mismo, Kazuo Ishiguro pasó de repente a comentarle a Susannah Hunnewell (París Review) su pasión juvenil por las letras de las canciones de Bob Dylan.
Querido Maestro: Sin duda le sorprenderá recibir noticias mías desde una ciudad tan lejana como Montevideo. La razón por la que me encuentro aquí, confesémoslo de entrada, se me escapa. Si me permito dirigirle esta carta, sin duda irritante, es más por ser leído por usted que por lo que le voy a contar: no le ofenderé pensando que mi historia le interesa más que a mí. Le estaré, pues, muy agradecido si saca del bolsillo su estilográfica y tacha, a medida que vaya leyendo, todo lo que voy a escribir. Gracias a este simple artificio, al término de la lectura le quedará en la memoria tan poco de este libro como a mí, puesto que, como probablemente ya habrá sospechado, prácticamente ya no tengo memoria. Le imagino dudando, con su estilográfica en la mano, al ver que la frase anterior presenta varios ejes a partir de los cuales puede empezar a tachar; yo dudo como usted. Dejo esta decisión a su libre albedrío. Escribiendo me doy cuenta de que ciertas frases me quedan extrañas, como esta última (dejo esta decisión, etc.), sin duda porque, en los últimos tiempos, he practicado mucho más la lengua que se habla en este lugar que el francés y probablemente volver a un lenguaje normal me es más difícil de lo que creía. Le ruego, pues, que excuse alguno de mis giros. El país se llama República Oriental del Uruguay. Y el Uruguay, siendo naturalmente un río que está al oeste de la República, es un nombre que, en indio, podría traducirse por la República (URU) está en Oriente (GUAY). Aquí tiene la primera cosa rara. La segunda es esta: la ciudad se llama Montevideo y ellos te explican tranquilamente que eso en portugués quiere decir: vi el monte.

Apoyado en la esquina de Aribau Provenza, vi que pasaba un autobús. Y de pronto, tuve la impresión de estar viviendo una de esas sensaciones que a uno se le antojan como ya vividas en un pasado remoto. Enseguida me acordé de un científico, del inolvidable Jorge Wagensberg, que un día me habló de esa clase de sensaciones. Al parecer la experiencia previa efectivamente existía, me dijo, pero desde luego no se remontaba a la infancia y aún menos a una vida anterior, sino… ¡a pocos segundos antes! En muchas ocasiones, la percepción inyectaba información en un rincón del cerebro y éste la archivaba, sin registro de entrada, saltándose olímpicamente la conciencia. Segundos más tarde, la misma información, pero ahora consciente, ingresaba en el mismo lugar del cerebro y allí chocaba con la que acababa de entrar a hurtadillas. Así es, dijo Wagensberg, como se produce la sensación de algo ya vivido.
Cuando los editores Liz Themerson y Lewis Burns favorecieron la publicación de TOO LATE (Demasiado tarde), nunca imaginaron que una cartografía de ausencias, gusanos de seda, reescrituras y malentendidos acabaría convirtiéndose en uno de los escasos acontecimientos literarios capaces de convocar, no sin razón, la atención de la comunidad internacional.
1 ¿Qué le hace reír sin parar?