CAFÉ PEREC: PROPUESTA DE CAMBIO

perec  en el Cafe de la Mairie.

La clase política ocupa las pantallas de sus televisiones (sigue leyendo)

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UN DUCHAMP RELAJADO

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En El legado de Humboldt (Galaxia Gutenberg), hay un momento en el que Saul Bellow nos recuerda cómo Artaud invitó a los intelectuales más brillantes de París a una conferencia y, cuando los tuvo a todos reunidos, no leyó nada, se subió al escenario y se puso a gritarles como un animal salvaje; soltó gritos horrísonos mientras los intelectuales parisienses permanecían sentados considerando que en el fondo aquella era una conferencia exquisita. Fue como si Artaud hubiera comprendido que el único arte que podía interesar a los intelectuales era uno que celebrara la primacía de las ideas. Los artistas debían interesar a los intelectuales, la nueva clase.

Aquella nueva clase hoy está en pleno proceso de extinción. Entre nosotros, la figura del intelectual francés ha sido la que más ha perdurado, pero se halla ya en el último tramo de su proceso de evaporación. Tony Judt cuenta el caso de un ingeniero de París que fue enviado por su gobierno en 1830 a observar las pruebas de la locomotora que unía la línea ferroviaria Manchester-Liverpool que acababa de inaugurarse. El ingeniero francés se sentó junto a la vía y durante días tomó abundantes notas mientras el primer ferrocarril del mundo con pasajeros iba y venía impecablemente entre las dos ciudades. De vuelta a París, comunicó sus conclusiones. “La cosa es imposible, no puede funcionar”, escribió. Para Judt, ese absurdo ingeniero retrata a la perfección lo que es un intelectual francés.

Está claro que en su fragmento artaudiano Bellow nos describió el momento en el que la clase intelectual europea empezó a mirar por encima del hombro a la clase artística, y de rebote la cultura misma se convirtió en el tema del arte. Es probable que un artista como Duchamp estuviera entre los pioneros en captar que solo iba a interesar a los intelectuales un arte de ideas, y quizás eso le hizo jugar a simular que asumía de golpe los dos roles a la vez, intelectual y artista. Ideas no le faltaron de entrada. Si una refinada audiencia de intelectuales franceses había escuchado respetuosamente a Artaud cuando les ladraba, a Duchamp esa misma audiencia le adoró cuando vio que la no actividad era su marca de agua.

En Conversaciones con Marcel Duchamp, de Pierre Cabanne, mi biblia personal desde hace cuarenta años, he vuelto a encontrar estos días ese momento en que el entrevistado ironiza con gracia en torno al mito —falso, se sabría a su muerte— de su renuncia en sus últimos veinte años a cualquier forma de expresión artística. La nueva traducción en This Side Up de estas conversaciones lleva añadidos cinco apéndices (de Motherwell, de Dalí y tres del propio Cabanne), y en uno de ellos quizás nos sorprenda enterarnos de que, a finales de los sesenta, ese maravilloso libro tuvo críticas feroces. En una de ellas se acusó al entrevistador de haber tratado a Duchamp como si fuera un campeón ciclista. Y en otra se consideró que las preguntas de Cabanne eran estúpidas, y de ahí que Duchamp hubiera contestado con trivialidades y engañado al entrevistador diciéndole que llevaba “una vida de mozo de café”.

Lo que pudo ocurrir con tanto desvarío intelectual (de intelectual francés en su mayoría) es que muchos no podían soportar que Duchamp hubiera querido, al final de su vida, dar de sus “cosas” (así llamaba a sus obras) explicaciones relajadas, sencillas, concisas, sin segundas intenciones complejas, o intenciones secretas. Muchos intelectuales adoradores de este artista no quisieron aceptar ese lado trivial de su mito, porque eso equivalía a poner en entredicho las interpretaciones que éste o el otro habían elaborado en torno a su obra. Es decir, todo el mundo quería apropiárselo. Sin embargo, Duchamp, nunca ha pertenecido a nadie, y por suerte nadie ha poseído nunca su clave, ni nadie desvelará nunca su misterio. Tanto más cuanto no hay misterio ni hay clave

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BORGES, POR PIGLIA

Borges en una filmación años 40.

      Borges en una filmación años 40.

La primera pregunta que se hace Piglia: ¿Por qué Borges es un buen escritor?  Y la segunda, ¿qué es un buen escritor?  En la  televisión pública argentina, en horario prime time, se dedican a hablar de Borges. Lo hace Ricardo Piglia. Aquí tienen  el primero de un ciclo de cuatro programas especiales (sigue leyendo)

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El factor Stuparich

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La isla es un libro perfecto. Una historia de vida y muerte, cruel y objetiva, pero también festiva. El reverso del lado oscuro de la literatura triestina  (sigue leyendo)

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MONTANO, THE SURVIVAL OF LITERATURE

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 Shelley (and later Paul Valéry) suggested that all literature might be the work of a single Author and that, throughout the ages, writers have merely acted as His (or Her) amanuenses (sigue leyendo)

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BOLAÑO EN BLANES (1996-1999)

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 Los escritores de antes

Un texto de Vila-Matas para el catálogo del Archivo Bolaño, del CCCB.

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ANTE LYDIA DAVIS

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la forma que tiene la cuentista norteamericana Lydia Davis de lograr profundidad con un lenguaje muy conciso.

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SERÁS MI PERSONAJE

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Ante las preguntas de si realmente puede saberse si un libro es arte o sólo mercancía y si se puede explicar por qué Coetzee hace literatura y Dan Brown no, trataré de decir algo que quizás se acerque a una respuesta. Para ello me adentraré en la historia real que el gran Emmanuel Carrère acaba de comentar en el suplemento literario de Le Monde,suplemento tan vivo todavía que hasta plantea debates morales (sigue leyendo)

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LO QUE DALÍ SEÑALÓ

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Hay escenas de nuestro pasado que con el tiempo, al disponer de datos que no teníamos cuando las vivimos, adquieren una imprevista mayor profundidad. Una de ellas la sitúo en 1963 en el 87 del Paseo de Gracia, en la desaparecida librería francesa de Barcelona (sigue leyendo)

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EL DÍA DE TODO EL MUNDO

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En la mañana del Día del Libro, me levanté con cierta energía y lancé una mirada furtiva al espejo. Una vez más, me vi igual de bestia que nuestros antepasados de las cavernas, pero con notables grados de neurosis contemporánea. Como a las 12 horas (sigue leyendo)

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VAMOS REZAGADOS

Palm Springs. Doisneau.

La influencia de la ansiedad (por Andrew Gallix)

Llegamos demasiado tarde para decir algo que no se haya dicho ya” se lamentaba La Bruyère a finales del siglo XVII. El hecho de que el propio La Bruyère llegara tarde al afirmar esto (el Eclesiasta y Terencio ya se habían adelantado a él en los siglos III y II AC) venía a demostrar su aserto. Según la precuela de Macedonio Fernández, anterior al Génesis, siempre hemos llegado demasiado tarde. (sigue leyendo).

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JENNY OFFILL EN ‘The Paris Review’: «QUE SE JODA LA TRAMA»

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Fuck the plot, as Edna O’Brien said. What I try to capture as a writer is the feeling of being alive, of being awake. Because of this, I’m more apt to follow the wisp of a thought or a half-glimpsed image than chart a sequential series of events (leer en Eventos)

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TODO YA PASÓ

Edward G. Robinson

Oímos decir: vamos hacia un cambio de modelo para ir a peor, nos encontramos en una encrucijada cultural en donde agoniza un mundo y está a punto de nacer otro que no podemos entender. Llama la atención que creamos que la situación actual es única y hablemos de nuestro momento histórico como un momento inusitadamente terrible y en cierto modo privilegiado, un punto cardinal en el tiempo. ¿Pero es así en realidad? (sigue leyendo)

 

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NO ERA MEDIANOCHE, NO LLOVÍA.

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La primera vez que vi la fotografía fue en un libro sobre la obra de Beckett que se publicó en España a finales de los setenta. En ella puede verse, ante la sede de Éditions de Minuit (la mítica editorial que fundara Jérôme Lindon), una reunión de escritores que están posando en París en un día de invierno de 1959. Les está retratando Mario Dondero, enviado desde Roma por L’Espresso. El pie de fotografía de mi libro dice: «Le Nouveau Roman en la puerta de Éditions de Minuit, 7 rue Bernard-Palissy, París. De izquierda a derecha: Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Claude Mauriac, Jérôme Lindon, Robert Pinget, Samuel Beckett, Natalie Sarraute, Claude Olier.»

     Todos estos autores publicaban en Éditions de Minuit. Del Nouveau Roman faltan en la fotografía Marguerite Duras y Michel Butor, y en cambio sobran algunos, que nunca fueron encuadrados dentro de aquel nuevo movimiento novelístico también conocido como L’ecole du regard (La escuela de la mirada). Sobra muy especialmente Claude Mauriac, que está en la foto porque era de Éditions de Minuit y porque acababa de publicar un raro libro ensayístico sobre lo que llamaba la aliteratura contemporánea. El pobre Claude Mauriac era tan consciente de que sobraba que se colocó de perfil y con la cabeza baja, casi avergonzado de haberse metido donde no le llamaban.

     Llama la atención de esa foto el hecho de que de entre los escritores aún no muy famosos que ha sabido captar Jérôme Lindon para su pequeña editorial francesa hay dos (Samuel Beckett y Claude Simon) que, con el tiempo, serían premio Nobel. ¡Dos Nobel en una editorial tan diminuta! Como mínimo, Lindon tenía olfato literario. Claude Simon está, a la izquierda de la fotografía, diciéndole algo a Robbe-Grillet, que parece estar pensando en la maldad que acaba de oír. Tal vez comentan la ausencia de Michel Butor, nunca se sabe.

     Al igual que aquella célebre foto de The Beatles cruzando a pie una calle de Londres (con Paul McCartney descalzo), la Foto Minuit ha desencadenado todo tipo de especulaciones literarias y hasta un curioso ensayo en torno a la semiótica del «lugar de cada uno de los escritores» en esa instantánea del italiano Dondero, también llamada “la instantánea de la escuela de la mirada”. El lugar, por ejemplo, elegido por Jérôme Lindon para posar es el que menos conflictos de interpretación ha producido, puesto que el editor se situó exactamente en la puerta de la editorial, «como un guardián delante de un templo», ha escrito Johan Faerber. A Natalie Sarraute, por ejemplo, hay quien la ve distraída, ajena a la cámara, a la espera de conectar con algunos de sus queridos «tropismos». Beckett observa con estupor beckettiano el humo del cigarrillo del desinhibido Robert Pinget mientras que Claude Olier se sitúa casi al margen de la foto, como si estuviera preguntándose si él realmente pertenece o no al Nouveau Roman.

     Lo más curioso de todo es que el Nouveau Roman existe por esa foto. No hace mucho, Robbe-Grillet me contó que, antes de la foto, ese movimiento no existía, se hablaba de él en los periódicos, pero era un asunto de críticos, siempre empeñados en clasificar:

                «La escuela del Nouveau Roman nunca existió, la inventó un fotógrafo llamado Dondero, al que le dijeron que no podía volver a Italia sin una foto de aquel movimiento novelístico francés y le dio tal coñazo a Lindon, que esté acabó llamando a sus escritores y les convocó para una foto en el 7 de la rue Bernard-Palissy. Algunos como Duras no pudieron acudir, otros como Butor llegaron tarde. El hecho es que la fotografía hizo creer al mundo que existía ese movimiento literario en Francia.»

     Ocho años antes de la foto, en 1951, Beckett concluía Molloy con unas palabras sobre la medianoche (minuit) que han hecho correr ríos de tinta y que, de forma indirecta (no se sabe si de forma premeditada o totalmente casual), comenzaron a poner en órbita el nombre de la editorial que había publicado el libro: «Entonces entré en casa y escribí, Es medianoche. La lluvia azota en los cristales. No era medianoche. No llovía».

     No llovía el día de finales de agosto de este año cuando, tras rendirle mi homenaje de todos los años a Marcelo Mastroianni (fui a misa de diez y media en Saint-Sulpice, la iglesia donde tuvieron lugar el 19 de diciembre de 1996 los funerales del actor, todos los años le recuerdo con esa visita y de paso escucho la música de órgano del señor Roth), me dirigí a la cercana rue Bernard-Palissy para ver por primera vez cómo era el portal del número 7. Fotografié el lugar en el que exactamente posaron Beckett y los demás para aquella imagen mítica; capté con mi sencilla máquina de fotos  la ventana y la puerta y hasta la tubería que sigue ahí; era curioso encontrar de aquella forma –vacío- el lugar donde estuvo un día el Nouveau Roman en pleno. Sonreí. Recuerdo que sonreí. Paula me fotografió después a mí en el sitio exacto donde estaba situado Robbe-Grillet. Y entonces aún sonreí más, como si acabara de oír una maldad de Claude Simon. No era medianoche, no llovía. En el momento exacto en que estaba sonriendo para la foto, abrieron la puerta del número 9 (que pertenece también a Minuit, descubrí que ahí se recibe el correo de la editorial) y una mujer joven, con mucha correspondencia escrita, salió a la calle y entró, a gran velocidad, en el número 7. Me aparté como si fuera un turista que hubiera elegido un absurdo lugar para fotografiarse. Unas doce horas después, yo estaba en el hotel ya, a punto de dormir, dedicado a la caza de tropismos, como si Natalie Sarraute tratara de comunicarme algo. Luego, paró de llover. Por la mañana, llamó Robbe-Grillet al hotel. Le pregunté qué le había dicho Claude Simon aquel día. Él no se acordaba, hacía demasiado tiempo de todo aquello. Unas doce horas después, noche ya cerrada, comencé a sospechar que Claude Simon debió decirle que no llovía. La sospecha comenzó a esa hora de la medianoche en la que todo se puede imaginar, lo recuerdo muy bien. Llovía. –

7 rue Bernard-Palissy (Editions Minuit, photo de Vila-Matas)7 rue Bernard-Palissy (Editions Minuit, photo de Vila-Matas)

 

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SERGIO PITOL EN SUS 80 AÑOS

SergioPitol1

 

Cumple 80 años este mes convertido en un clásico viviente y maestro indiscutido de las nuevas generaciones (sigue leyendo)

Has hecho girar la locura (sigue leyendo)

los zapatos de Pitol

los zapatos de Pitol (abril 2012)

 

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METALITERARIO

 The Washington Post se pronuncia sobre esta versión ampliada de Queneau

4 MetalitCompré en Barcelona Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau un 26 de octubre de 1987.  No sabía de qué trataba, pero (sigue leyendo)

Versión inglesa English version

Metaliterario

I bought Exercises in Style, by Ramond Queneau, in Barcelona on October 26, 1987. I didn’t know what it was about, but I’d heard a lot about the book. Carrying my brand new copy of Exercises in Style I boarded the number 24 bus, which went near my house. I bought a ticket from the conductor and, afraid I’d be asked to show it and unable to find it, put the ticket in my mouth. I thought that way it would be in plain sight if the inspector showed up. Halfway home, I began to flip through Exercises in Style and saw that the book recounted, in a hundred different styles, the same trivial anecdote. Trivial it might be, but the story amused me very much, probably because it took place on a bus and I was on a bus, and maybe that’s why the story stuck in my head so quickly, as if I were riding around with a shoehorn, not one for shoes, but a shoehorn for stories that takes place on buses. The story was very silly, but I found it totally captivating. On a Paris bus, a young man with a felt hat and a long neck, becomes angry every time people get off the bus because there is one passenger––always the same one––who takes advantage of the circumstances to step on his foot. There is a big fuss, until the complaining crybaby finds a free seat and sits down. Two hours later, we come across the same foolish young man, now in the Cour de Rome; he is sitting on a bench with a friend, no less idiotic, who is telling him: “You ought to get an extra button sewn on your overcoat.” Well, like I said, the story was very sill, but the fact that the narration started on a bus captivated me. I’d never read a story on a bus that took place in the same space. I was so fascinated that without noticing, due to the satisfaction I got from reading what could be happening on the very bus I was traveling on, I started sucking on the ticket and finally swallowed it. When the inspector arrived, it was no use telling him I’d swallowed it because of a stupid story I’d been reading that me laugh a lot. I had to pay a huge fine.

Translated from the Spanish by Anne McLean

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VILA-MATAS EN THE NEW YORKER

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The novels of Vila-Matas, a Catalan writer who has established himself over four decades as arguably Spain’s most significant contemporary literary figure, are full of comically self-defeating projects like this. His narrators make urgent attempts to prove a theory-to throw labels at the immensity of experience, to define the indefinable- but their efforts invariably collapse. And the novels enact a similar kind of self-defeat. In «Bartleby and Co.» (2001), Vila-Matas’s breakthrough novel, a virtuoso parody of critical taxonomy and listmaking, the narrator discourses on the «attraction towards nothingness that means that certain creators … never manage to write»–a phenomenon epitomized by Bartleby, Melville’s archetypically un-productive scrivener. Vila-Matas’s narrator painstakingly crafts lists of «writers of the No»–de Quincey, Rimbaud, Kafka, Gide, Musil. Visiting New York, he becomes convinced that J. D. Salinger is sitting opposite him on a Fifth Avenue bus. Salinger, who «has spent thirty-six years in (sigue leyendo)

 

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ESAS VOCES AGORERAS

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Tampoco es que las voces lúcidas de nuestro tiempo, tan pagadas de sí mismas, digan toda la verdad. Son lúcidas y a veces salen a relucir y relucen, pero (seguir leyendo)

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VIAJES CON WALTER BONATTI

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 Oí hablar por primera vez en mi vida de Walter Bonatti cinco días antes de que dieran de súbito la noticia de su muerte. Fue un hombre muy conocido, un gran mito del alpinismo, pero a mí jamás me interesó la escalada de montañas, quizás por eso jamás había reparado en Bonatti (sigue leyendo)

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ÚLTIMA NOCHE CON MARIONA

Ultima noche con Mariona

Fragmento descartado de Aire de Dylan.

Con Mariona la pelea más seria de todas fue la última, la más absurda también. Habíamos acabado de cenar en el apartamento de la calle Lagasca, en Madrid, y el ambiente entre los dos se había ido cargando de terrible malestar. Aún así acabábamos de vivir un momento poético cuando nos asomamos a la calle y miramos hacia la luna, que estaba –o nos pareció- muy alta ese día. La luna siempre es romántica y en ocasiones ayuda a las parejas con problemas. Pero sólo existió ese momento, luego yo lo estropeé todo al comentar que la luna no se dejaba archivar porque nunca fracasó en nada. Ella, que para mí estaba aquel día especialmente guapa, con el pelo corto, más corto que nunca, pelo castaño y abundante, con muchos rizos al estilo africano, me miró de repente con odio y me dijo que no soportaba mi manía de comentarlo todo. Me defendí desatinadamente porque empecé a invocar la categoría religiosa del comentario en la tradición judía. Y ella tuvo un ataque de risa, primero, y luego de ira absoluta contra mí y contra las categorías religiosas.

Decidimos ir retirando los platos y llevarlos a la cocina, probablemente para dejarlos a buen resguardo y no tirárnoslos por la cabeza. Pero a mí se me ocurrió, quizás en mala hora, preguntarle si estaba enterada de que nuestro universo no es otra cosa que un gigantesco programa ejecutándose en un ordenador sideral en el que hay programadas una serie de leyes básicas, incluyendo una gravedad cuántica que sostiene un vacío capaz de fluctuar en múltiples universos…

 Mariona me pidió que repitiera palabra por palabra lo que le había dicho, pero con más calma, es decir, dejando entre un sustantivo y otro un minuto de tiempo. Entendía que se reía de mí y le dije que no estaba dispuesto a repetir nada y que sólo había tratado de advertirle de lo que verdaderamente era el universo y de lo relativo de todo, incluido su enfado de aquella noche y también sus repetidos, constantes enfados de los últimos años.

Mariona me miró con gran disgusto y quiso saber si había forma de enterarse de quién era el Programador de tan gigantesco despropósito. Parece, le dije, que sólo te interese saber si existe o no Dios. No, no es eso, para nada es eso, protestó ella airadamente. Puede, le dije, que ese Programador, si existe, sea una bellísima persona y realice sistemáticamente un back-up del sistema, que de paso nos garantice la vida eterna, y puede que no seamos más que un virus informático que él intenta eliminar a toda costa.

Ahí estalló todo. ¡Un virus informático! Mariona montó ya en descontrolada cólera.

-¿Para ti soy un virus informático?

No la había visto nunca tan exaltada.

-Bueno, si me escucharas mejor…

-Te he oído perfectamente –decía Mariona sin atender a razones-. Pero el único virus aquí eres tú, aunque seas incapaz de verlo.

-Sólo te digo que formamos parte de un teatro sideral y trato de decirte que esta riña puede que no sea más que una escena que tiene lugar en un gigantesco programa ejecutándose en un ordenador, y por tanto no valga la pena esforzarse en pelear entre los dos con tanto entusiasmo… Con tanto entusiasmo, por tu parte… Porque a decir verdad, por la mía…

-¿Por la tuya qué? No tienes entusiasmo en nada ¿Es eso lo que quieres decirme? Ya entiendo. El entusiasmo te faltó también para el cortometraje. Porque entonces también te viste en un teatro sideral, ¿no?  Desde la peliculita que no has tenido más ideas y te has refugiado en tu archivo interminable, algo que haces porque sabes que nunca lo acabarás y así no tendrás que hacer otro bodrio de film. Tienes, además, complejo de inferioridad con tu padre. Tienes, no sé, tienes muchos complejos y muchos defectos, eres una birria.

-¿Una birria?

Mariona creyó hacerme daño acusándome de refugiarme en mi tarea del Archivo General de la derrota (un trabajo que hago desde hace años). Pero no logró molestarme en absoluto porque yo cada día consideraba más original y hasta necesario mi trabajo sobre el tema del fracaso y porque, además, soñaba con el día en que lo filmaría, soñaba con ese día y sabía que sería inolvidable… Ignoraba, además, Mariona  que para mí el Archivo General era en el fondo la esencia misma de aquello en lo que me había ido convirtiendo, pues mi alma y mi más profunda espiritualidad giraban alrededor de aquella trama inacabable de fracasos que iba estudiando y clasificando.

-¿Te importa si escribo sobre esto, sobre esta discusión que está condenada a fracasar como todas las discusiones de pareja? –le pregunté.

Mariona tardó en reaccionar:

-Pero ¿cómo puedes ser tan frío o tan cínico y decir algo así? ¿Quieres detener la escena para escribirla?

-No es cinismo, creo que no sabes por dónde voy.

-Y dime ¿tú no estás enfadado? Oyes que eres un gazapo y un idiota y una birria al lado de tu padre y no te molestas, ¿me estás simplemente diciendo que no te importa porque a fin de cuentas eres un gazapo sideral o cósmico, o lo que seas?

-Sí, naturalmente que estoy enfadado. ¿Cómo no voy, además, a estarlo con lo que acabas de decirme? Y me duele mucho que me veas tan inferior a mi padre y tan acomplejado ante el pobre cerdo, pero hay en todo esto una parte de mí que está fascinada por lo que está ocurriendo aquí realmente y que nada tiene que ver con las palabras hirientes que utilizas, que utilizamos, que utilizas tú sobre todo. Es una parte de mí que está interesada por lo que ocurre de verdad. Te lo repito y subrayo: lo que ocurre de verdad. ¿Me entiendes? Por eso creo que deberíamos parar, detenernos en seco, burlar al Programador, y dejar que luego, después de haber indagado sobre lo que está aquí en verdad sucediendo, escriba sobre ello y acabe trasladándolo todo al Archivo General a modo de ejemplo de lo que puede ser una discusión frustrada.

-Es horrible. Eres un estúpido egoísta y un pobre monstruo  y no sabes ni verlo –me dijo, y vi que ella no había comprendido nada o comprendido mal lo que había tratado de decirle.

Y ese malentendido nos separó aquella misma noche y desde entonces no hemos vuelto a vernos en ninguna parte ni a tener noticia alguna el uno del otro. Lo malo es que si algún día volviéramos a encontrarnos, mucho me temo que yo reincidiría estúpidamente y volvería a pedirle que burláramos al Programador. Hasta he imaginado la respuesta irónica que Mariona me daría:

-¿Y eres tan iluso para creer que tus intenciones no las conoce el Programador?

-Lo soy, soy así de iluso –le diría-. Además, aquí donde me ves, conozco al Programador.

-¿Cómo que conoces al Programador? –diría ella, bien molesta-. No entiendo por qué tienes que hacer tantas amistades.

Sé que no hay posibilidad alguna de reconciliación. Hace sólo unos momentos, me lo ha dicho el Programador.

 *fragmento inédito del monólogo de Vilnius en el congreso de San Gallen, excluido a última hora por V-M de la edición final de Aire de Dylan.

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TIPOS COMPLICADOS

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 -Algunas personas dicen que no entienden lo que usted escribe, incluso después de leerlo dos o tres veces. ¿Qué les sugeriría que hicieran?

-Que lo leyeran cuatro veces.

En esta mañana de fin otoño en Sao Paulo, la respuesta de William Faulkner me permite entrar directamente en materia y acordarme de las diferencias entre libros que se venden mucho (porque, como decía Bolaño, “cuentan historias que se entienden”) y libros que, por inscribirse en una tradición más compleja de construcción de historias, “se entienden” menos y salen malparados cuando se les compara con esa narrativa que podríamos llamar “normal” y que no es otra que (sigue leyendo +)

 

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SUCESORES DE VOK

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En este relato se halla el antecedente más directo de Aire de Dylan, libro que nació de la inquietud por el reparto despiadado de una herencia, del trabajo de toda una vida.

 Tarde o temprano, siempre acaba sucediendo algo. Algo que luego (sigue leyendo)

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EL LOCO SALINAS

 

No hay relato que sintetice mejor el mundo de Georges Simenon que El hombre en la calle  (siga leyendo)

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MÚSICA PARA MALOGRADOS

direccion animal

El pasado Sant Jordi me tocó firmar al lado de un simpático joven que había escrito un libro titulado Guía para calvos. Sentí curiosidad y le pregunté (sigue leyendo+)

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VIAJEROS SENCILLOS

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Voy de pie, medio pasmado. Voy en un viejo globo, hacia Königsberg. Silencio absoluto, calma completa de la atmósfera, solo perturbada por los crujidos del mimbre que nos lleva. En la engañosa quietud (sigue leyendo +)

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