He de advertir al lector de que en cualquier momento este prefacio podría quedar interrumpido por la máquina de impedir prólogos que he inventado precisamente aquí mismo en esta casa de Berna en la que vivo desde hace unos meses, a cuatro pasos tan sólo de Kramgasse, 49, donde Einstein a principios del siglo pasado anunció al mundo su descubrimiento de la teoría de la relatividad. Por esos días, junio de 1905, él trabajaba en la Oficina de Patentes y se dedicaba a redactar informes sobre los numerosos inventos que llegaban a Berna, ciudad que ocupaba una posición pionera en el sector de la electrificación y vivía en una incesante y triunfal euforia de inventos –yo diría que la misma que recorre Inventario de inventos (inventados), el libro del que estas palabras son el prólogo–. Si me instalé tan cerca de esa vivienda mágica es porque pensé que, si tenía suerte, me bastaría con ser rozado por una misérrima porción de aire einsteiniano para crear mi máquina de interrumpir prólogos. Era algo que parecía improbable que pasara, pero que había que probar, y que probé, y que a veces creo que pasó. Estaba un día mirando por enésima vez la recargada cuna de 1906 que conservan en el antiguo piso de Einstein en Kramgasse, 49 cuando se iluminó de pronto mi memoria y me acordé de Raymond Roussel, nada menos que del inventor –con patente registrada incluso– de la creación de vacío en las casas. Se sabe que el invento para el que solicitó su patente en la Office Nationale de la Propiété Industrielle consistía en algo que servía para incrementar la comodidad en los hogares: «El procedimiento consiste en instalar, al construir una casa, placas de metal hueco (en cuyo interior se ha hecho el vacío) en las paredes, tejado, tablas del suelo, techo, tabique y puertas… Creí de golpe ver claro cómo tenía que construir la máquina de interrumpir prólogos: era necesario que combinara la instalación del vacío en mi hogar suizo –hoy apenas me llegan ruidos externos y en realidad vivo como si lo hiciera en una bombona, y creo que nunca coincido con la temperatura exterior– con el invento rousseliano de la resurrectina, aquella sustancia de color rojo que, inyectada bajo la oreja derecha de un muerto y mezclada con un líquido llamado vitalium, causaba una reacción craneal en los cadáveres del jardín de Locus Solus y les hacía revivir breve y exclusivamente el instante más emocionante de su vida. Puse manos a la obra, pero, a lo largo de casi un año, siempre hubo algo que impedía que el invento llegara a buen puerto. Hasta que un buen día decidí analizar seriamente qué fallaba en aquella mezcla de vacío y resurrección y descubrí que el problema estaba en el episodio de turbación que había elegido y que, bien mirado, nunca había sido importante para mí. En realidad, mi mayor emoción la había vivido el día en que, paseando distraídamente por Edimburgo, me encontré de pronto frente al 52 de Queen Street y quedé paralizado al leer de lejos una placa que había allí en la fachada y que hablaba de mí, aunque del que había sido en otro tiempo. Al principio, no podía ni creerlo, pero miré más de cerca y comprobé que había leído bien: “En esta casa nació sir James Young Simpson, el inventor del cloroformo”. Eso me produjo un impacto emocional profundo, pues me llegó de un modo nítido y brutal el recuerdo de que, en una encarnación anterior, yo había patentado el cloroformo poco después de que en una infinita noche escocesa hubiera descubierto por casualidad el poder anestésico de aquella sustancia de la que, de haber ingerido algún gramo más, habría muerto y, en cambio, de haberme quedado corto en la ingestión, no habría descubierto nada. La recuperación de ese recuerdo, el reencuentro con la emoción más profunda, me dio la pista para –mediante una combinación más eficaz de vacío y plenitud– mejorar el mecanismo de mi máquina de interrumpir prólogos, de cortarlos en seco sólo para que de golpe se abra paso, sin mayores y ridículos preámbulos, por fin, la emoción verdadera.
[Prólogo, en español, de la edición francesa del libro Inventario de inventos (inventados), de Eduardo Berti. Publicado este prólogo en español en CUADERNOS HISPANOAMERICANOS, marzo 2018.]
PABLO SOL MORA. En mi opinión, el mejor novelista en lengua española de la actualidad, el que mejor ha comprendido la evolución del género (como Philip Roth y J. M. Coetzee lo han hecho en otros lares) y el que le ha abierto nuevos caminos
(…) Convertido ya en el lector modelo de su propia obra, es también lo más parecido a la figura de un autor (auctor) que pueda imaginarse en estos cínicos tiempos; es decir, alguien que, como indica la etimología, se dedica a augere: a aumentar, a agrandar, a multiplicar las coordenadas de nuestra ambigua y escurridiza realidad. El auctor, por eso mismo, se apoya en lo que ya existe y en lo que, ya existiendo, tiene autoridad. En definitiva, aumenta la cultura; acrece el tiempo de la vida; coloca, en mitad de un viejo sendero chino, un invisible gato bajo la lluvia 

JOAN VIGÓ (Poble Nou, La charca literaria) Quiero exhumar el poema que compongo con las palabras de Vila-Matas en DOCTOR PASAVENTO. Utilizaré las 25 marcas de color amarillo que señalan pasajes del libro. De la página de cada marca, en su orden numérico, elegiré un verso, tomando el título del poema de la primera marca hasta formar un poema de 24 versos. La imposición implica, como siempre, no poder retroceder en la decisión tomada en cada página.
“Ahora que ocho títulos tuyos circulan por los Estados Unidos, que New Directions también ha comprado los derechos de Mac y su contratiempo, que estás traducido al sueco y que has recibido tantos premios, ¿han menguado o han crecido tus ganas de huir?
En el Día de la Mujer.
Que todo en él era excesivo se percibía en las intensas tertulias de cine y humo que sostuvo durante un largo tiempo con Juan Marsé y Joan de Sagarra, en el bar —con pianista— del Majestic. Por aquellos días, Marsé llegó a escribir del descomunal Coma: «Tiene que haber algo que este chico no sepa. Se ha visto todos los wésterns y todo el cine negro y de aventuras, todos los melodramas y todas las comedias clásicas, se ha leído toda la narrativa que ha nutrido el cine norteamericano, sabe de jazz y tebeos más que nadie, pero ¡por todos los diablos!». (
Me preguntaron si era fácil distinguir entre una buena novela y una que no lo era, y dije que bastaba con examinar cuáles eran sus relaciones con las altas ventanas de la poesía. Precisé que hablaba de sutiles conexiones con la poesía y en ningún caso de lo antagónico: novelas escritas por poetas a base de prosa poética, algo absolutamente a evitar cuando se trata de una novela. (
Todo es posible, eso creo que quiere decir Vila-Matas con esa frase, siempre que sepamos ver lo que hay de «encuentro» en las cosas y procesos que hallamos en el acto de vivir-
SANTIAGO DE CHILE. Breve homenaje a Vila Matas, jueves 8 de marzo, entre las 16 y las 21 horas. Participan Gonzalo Maier, Diego Zuñiga, Claudia Apablaza,Pesce, Espinoza, Cristian Crusat y Lorena Amaro. Aud. Filosofía Campus Oriente. Más información aquí:
Decía Manuel Azaña que de 100 lectores, 99 eran poco interesantes. Cuando se le pregunta a Juan Goytisolo, dice que tal vez la frase es exagerada, y sólo son 90, pero que siempre ha sido así, siempre ha habido autores para ser leídos y otros para ser vendidos. La gente tiene la costumbre de comprar a los más vendidos (que casi nunca pertenecen al estricto campo de la literatura) y últimamente, encima, hay suplementos literarios que abren con tres páginas dedicadas al libro que vende, como si éste necesitara aún vender más. Debería esperarse de los suplementos un trabajo más orientador, no marginar –como hacen algunos de ellos- a los escritores poco conocidos o a las editoriales pequeñas. Lo que ya es el colmo es que algunos de esos suplementos ni siquiera a veces actúen así por las presiones empresariales (que es cierto que cada día son más grandes), sino por pura tontería, porque les chiflan los best sellers americanos -de categoría inferior a los de otras épocas-, así de simple.
En un relato de Clarice Lispector, titulado Érase una vez, le preguntan a la protagonista qué es lo que realmente querría escribir. Tal vez le hicieran en alguna ocasión la misma pregunta a la escritora brasileña y ella escribió ese texto narrativo, ilustrador de sus ideas sobre la creación literaria. Ya se sabe, los escritores suelen inventar un autor a la medida de sus gustos. La protagonista de su relato contesta que le gustaría escribir, si fuese posible, una historia que comenzara así: “Érase una vez…” Los demás piensan en los niños como únicos destinatarios de su historia. Ella, sin embargo, comenta que la escribiría para los adultos. //// No ha olvidado aquellos primeros relatos suyos, escritos a sus siete años, que empezaban todos con “Érase una vez.” Los remitía a una página infantil que publicaba semanalmente el periódico de una ciudad brasileña. Envió un buen número de historias, pero ninguna vio la luz. Es fácil saber, explica, por qué no fueron publicadas. No contaban exactamente una historia con los hechos que una historia requiere, dice, a mi parecer con cierta ironía. “Yo leía las que publicaban y todas contaban un acontecimiento”, añade. Sus relatos, sin embargo, no eran historias lineales al uso, con una secuencia argumental lógica. Se sobreentiende, si se ha leído la singular obra de Clarice Lispector. Una escritora que en su escritura luchó a brazo partido contra cualquier intento de encorsetar la realidad y cuestionó la pretensión de domesticar la vida para volverla familiar. /// La protagonista del relato de Clarice Lispector es muy tozuda. Desde su infancia ha cambiado tanto, dice, que ya se cree capaz de escribir el verdadero “Érase una vez”. Decide entonces ponerse en marcha y se sienta a escribirlo. Siente que será simple. Lo empieza, pero nada más escribir la primera frase se da cuenta enseguida de que aún le es imposible. Ha escrito: “Érase una vez un pájaro, Dios mío. *[artículo publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas, inspirado en
TOTE KING en 
By Lisa Halliday | Feb 16, 2018. Including books by Didion, Malamud, Coetzee, Vila-Matas, Philip Roth.
Estimado Jordi Corominas, estimada Rosa:
Un 22 de agosto de 1939, Gombrowicz pisaba por primera vez tierra argentina, sin saber que iba a estallar la Segunda Guerra Mundial y quedaría varado en Buenos Aires un cuarto de siglo. No fue hasta otro día 22 (abril, 1963) cuando al desembarcar por unas horas en Barcelona camino de Francia, volvió por fin de nuevo a pisar la vieja Europa. Al día siguiente ya estaba en Cannes y “corría hacia París en el tren Mistral”.
ENRIQUE VILA-MATAS : Llega un día en la vida de muchas personas en el que se ven obligados a hablar en público por primera vez. Lo normal entonces es que les tiemblen las piernas y les invada un sudor frío y sean víctimas del pánico escénico. Recuerdo haber debutado en lo de hablar en público en uno de aquellos bobos y entrañables cine-foros de los años sesenta. Recuerdo haber levantado la mano en un coloquio sobre El proceso de Orson Welles y haberlo hecho prácticamente obligado por la cantidad de estupideces que estaba oyendo. En cuanto se me concedió la palabra, ocurrió algo terrible: todas las miradas de la sala confluyeron en mí. En el fondo, casi todos tenemos fobia a llamar la atención. “Yo pienso que…”, dije, y no supe cómo continuar, me sentí al borde del desmayo, estaba rojo de vergüenza. Pero como generalmente los tímidos se crecen en el escenario, completé la frase de una manera que no tenía nada prevista pero que me permitiría salir rápidamente del trance. Y dije: “Yo pienso que ya es hora de que termine este coloquio” & Cuando comencé a escribir y publicar libros no se me ocurrió en ningún momento pensar que acabaría siendo invitado a participar en mesas redondas e incluso a dar conferencias. No veo por qué escribir tiene que traer aparejado el hablar en público. Más bien son actividades contrarias, se escribe en soledad y en muchos casos para huir del mundo. Yo di mi primera conferencia en Castelldefels, a las cinco de la tarde de un día de invierno ante un público de señoras que se reunían a tomar el té. Decidí centrar mi conferencia en el tema del suicidio y les pedí que, cuando llegara la hora del coloquio, no me preguntaran si pensaba suicidarme porque ya les advertía de antemano que la muerte por mano propia no entraba en mis planes. Llegué al coloquio con la misma taquicardia que me había acompañado a lo largo de toda la charla. La primera pregunta -o más bien observación- me la hizo una anciana de la última fila: “Usted ha dicho que no pensaba suicidarse, pero francamente lo veo fumar mucho”. & Para futuras charlas me compré Aprender a hablar en público, un manual del doctor Vallejo-Nájera que no sólo no me ayudó en nada sino que, para colmo, potenció mi angustia y pánico escénico. En Milán, una famosa escritora española me sugirió que tomara con ella un ansiolítico muy estimado por los conferenciantes de todo el mundo. A la hora del coloquio, ella y yo estábamos bajo los efectos del calmante, y algo se debía de notar porque un señor del público nos dijo: “A ustedes, escritores españoles, se les nota mucho más tranquilos desde la muerte de Franco”. & Fui adquiriendo experiencia de hablar en público gracias a la ayuda inestimable del calmante que, charla tras charla, fue dándome una gran seguridad en mí mismo hasta el punto de que en Munich, ante un público que normalmente me hubiera tumbado de miedo, me atreví a empezar mi conferencia con una nota de humor latino; la empecé tal como años atrás había comenzado Miguel Mihura una charla en el Colegio Mayor Cisneros de Madrid: “Señoras y señores, y para terminar diré… Es que pienso hablar veinte minutos, y he notado que ése es el tiempo que todavía tardan los oradores cuando dicen que ya van a terminar”. & Ese día en Munich descubrí que el humor podía ser una ayuda aún más valiosa que el ansiolítico, y desde entonces, siempre que voy a hablar en público, como un torero que reza siempre antes de salir a la plaza, repaso, momentos antes de enfrentarme a la temida audiencia, anécdotas humorísticas, situaciones que han hecho reír de pura angustia a otros colegas. El caso de Ignacio Martínez de Pisón, por ejemplo, que en Campo de Criptana observó con estupor que sólo tenía dos personas de público: dos gemelas. O el caso que me contó el profesor José María Valverde, que en cierta ocasión dio una conferencia en Granollers a la que asistieron sólo tres personas: el organizador (que se fue a los cinco minutos), un señor (que se durmió en cuanto él empezó a hablar) y una señora que, al concluir la charla, se le acercó para pedirle que le resumiera al oído la conferencia, ya que no se había enterado de nada, pues, según le dijo, estaba completamente sorda. & Junto al calmante y el humor, pensar que no hay público es la tercera solución para evitar, a trancas y barrancas, el pánico escénico. Pero en el fondo, esta tercera solución es un arma de doble filo que esconde una terrorífica y muy posible verdad: la de que en realidad nadie está para escucharnos. O sea que no hay salida.
Erasmo fue el “equidistante” –como se llama ahora a los representantes de la razón– más famoso del siglo XVI. Hallándose en la cúspide de la fama por su Elogio de la estupidez, tener que elegir entre la iglesia católica y los luteranos le sentó como una patada en el estómago. Lo que ni unos ni otros comprendían era que para su mentalidad individualista ponerse de un lado o del otro le resultaba igualmente repugnante, pues le importaba más su libertad de pensamiento y su independencia individual e intelectual. [
En Coyoacán era tanta la calma que parecía que el cielo se hubiera juntado con la tierra, abatiendo el ruido con su peso. Caminaba pausadamente junto a Sergio Pitol y Juan Villoro y de pronto oímos la voz de un niño gritándole a otro a voz en cuello:¡Tengo 300 amigos! El grito me llevó a recordar que Félix de Azúa había comentado, no hacía mucho, que la vida de las nuevas generaciones está apantallada. La mejor prueba de esto la ofrecía aquel niño, víctima indudable de las pantallas de Internet. Porque sin Facebook era difícil comprender que alguien pudiera llegar a creerse tan descomunal cantidad de amistades. Claro está que…siempre nos quedará Lord Byron. Acabo de leer la minúscula biografía (Nortesur) que le escribiera Giuseppe Tomasi di Lampedusa y en ese pequeño gran libro hay dos evidencias. Una es la de que el poeta Byron tenía muchos amigos, trescientos como mínimo. Y la otra, el gran sentido del humor del que está dotado su biógrafo, como lo prueban las líneas en las que se nos cuenta que una mañana, cuando se disponía a viajar para ir a verla, Byron recibió la noticia de que su madre había muerto. No estaba enferma, sólo demasiado gruesa y un poco asmática. Poseía un osezno al que quería mucho y que tenía en su salón. “Ese osezno enfermó y murió: la buena señora se sintió desesperada, pero, por la tarde, cuando empezaba a recobrarse, le llegó la cuenta del tapicero. Se enfadó tanto que le dio un ataque de apoplejía y, al llegar la noche, ya estaba muerta. Byron llegó a tiempo sólo para las exequias de su madre y del oso, que se celebraron conjuntamente”. Precisamente Azúa, a propósito de este Byron de Lampedusa, ha comentado que, cuando comparamos nuestros héroes habituales con los antiguos, es imposible no sonreír ante la paradoja de que todo siga igual siendo por completo distinto. Se refería a los héroes de las multitudes y al hecho de que el bello y cojo Byron fue una figura mediática antes de que éstas existieran. Fueron tantos los amores del Lord que éstos apenas caben en una biografía tan mínima como la de Lampedusa. Y lo que cabe aún menos es la turbadora historia de Ada Byron, la hija del poeta, hoy en día considerada una precursora del software y una auténtica visionaria de la informática (quizás la primera), nada menos que un siglo antes de la invención de los ordenadores. ¿Fueron los Byron los médiums utilizados por extraterrestres para revelarnos la dimensión digital y apantallarnos? Alguien tendría que indagar en esa sospecha. En realidad hubo en la vida de Byron sólo tres amores verdaderos: su esposa, su hermanastra Augusta (le dedicó grandes versos) y Teresa Guiccioli. Y, al parecer, trescientos amigos, tantos como los del niño del Facebook de Coyoacán. A su muerte, dejó a su camarada Hobhouse una carga preciosa: el Don Juan inacabado, sus memorias autógrafas y una gran caja. Sus memorias las arrojaron de inmediato al fuego su esposa y su hermanastra. La caja fue abierta y contenía trescientas miniaturas: “Byron, hombre asaz meticuloso, hacía pintar los retratos de todos los amigos a los que quería y de todas las mujeres a las que había amado. Y cada miniatura estaba guardada en un sobre de marroquinería”. Nos creemos ultramodernos y digitales, pero Facebook, con sus 300 retratos, ya estaba en la elegante caja de Byron. “Todo está en todo” es el entrañable lema de los alquimistas que tanto complace a Sergio Pitol. Y sí. Todo está en todo, es verdad, aunque la caja con sus 300 estuches (puede verse en el museo Byron de Newstead) es de una belleza muy superior a cualquier página digital con trescientas fotografías de amigos o de seres contemporáneos, lo que nos confirma tanto la paradoja de que el mundo de hoy es idéntico al de antes (siendo por completo distinto) como la sospecha de que cualquier Facebook pasado fue infinitamente mejor.
LAVANGUARDIA. 26.01.18: «…Se da la circunstancia que en los últimos años,