ULISES 100 / Juan Ramón Martínez LA TRIBUNA. Tegucigalpa.

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Después de mucha resistencia y rechazo, de parte de varias editoriales de Estados Unidos y Gran Bretaña, en febrero de 1922 se publicó la obra que se considera el límite máximo de los esfuerzos experimentales dentro de la novela moderna: “Ulises” de James Joyce. Obra de la que todos hablamos. Citan los críticos apresurados; pero que, en realidad, no son muchas las personas que lo han leído y estudiado, realmente. El mismo Borges, en algún momento de irónica sinceridad, confesó que él no lo había leído totalmente y que, siendo una obra descomunal, portadora incluso de un nuevo “idioma” del que el único hablante era el propio autor, necesitaba para emprender su lectura, del prodigio venturoso de uno de sus personajes, “Fúnez, el memorioso”. Acercándose un poco más, en la tarea de enjuiciar la obra, sostuvo Borges que “Ulises”, la novela y su autor, eran, “indiscutiblemente una novela singular y Joyce uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizás el primero”. Hay que agregar que Joyce, además de su necesidad de inventar palabras y construir impresiones inéditas, tenía severos problemas de visión. Y que, sigue refiriendo Borges, más que la obra de un hombre, -por su enorme capacidad de trabajo y sus resultados en Ulises- le parecía que era el resultado del trabajo disciplinado de varias generaciones, tal sus dimensiones y sus atrevimientos estilísticos. Pero por la cual, guardaba enorme admiración, tanto por la obra misma, como por su autor, al cual le dedicó uno de sus mejores poemas. Pero como Borge era Borges y siempre Borges, no disimuló una suave crítica a Joyce, cuando dijo que, si una obra se lee con dificultad, como era el caso de “Ulises” y mucho más “Finegan Wake”, la obra postrera de James Joyce que algunos dicen que ni Joyce entendió, el autor había fracasado. “Ulises”, es, para nosotros, en términos comparativos en la literatura, lo que es la teoría de la relatividad de Einstein sobre los límites de la velocidad de la luz, las fronteras de las matemáticas para describir la realidad según demostró Godell y la guardarraya de lo imposible del idioma para construir los relatos literarios determinados por Ludwing Wittgenstein en su Tractus. Es decir que “Ulises”, se convierte en la aduana hasta donde llega el ejercicio de la soberanía de un autor construyendo obras de valor intelectual y puede alcanzar en la creación literaria. Por lo menos hasta ahora, nadie ha ido más lejos que Joyce en ese esfuerzo narrativo, utilizando técnicas intertextuales y practicando múltiples atrevimientos estilísticos. No solo de fórmulas narrativas, sino que, además, inventando palabras, deconstruyendo formulas lingüísticas creadas específicamente para un momento necesario de la narración.

Emparentado con La Ilíada -refieren que Joyce en algún momento hizo comparaciones precisas entre la obra del griego excepcional y su trabajo literario- narra 24 horas de la vida de un hombre, residente en Dublín, en un día determinado el 16 de junio de 1904, fecha en que Joyce se citó por primera vez con la que sería su esposa, Nora Barnacle; y que, se mueven en la ciudad de Dublín, desde un desayuno irreverente, anti católico incluso, hasta su regreso a casa, en donde comparte residencia con su esposa Molly Bloom que les es infiel. Es un libro voluminoso, en español es de más de 800 páginas, que tiene 18 capítulos y cada uno de ellos, escrito en un estilo diferente. “El más usado es el monólogo interior que consiste en expresar los pensamientos del personaje en secuencias sin objetivo lógico, como ocurre con el pensamiento real”. La parte más fácil, es el capítulo final, un monólogo -el más bello de la literatura universal, en que la escritura discurre sin signos de puntuación y sin pausas, dejando que avance la conciencia en forma libre- de Molly Bloom, la esposa del protagonista, un pequeño burgués Leopold Bloom, que se hace acompañar de su amigo Stephen Dédalus; y muestra de la más bella introspección psicológica, de humana sinceridad, de disección de las fibras más profundas del carácter de un ser humano que se haya escrito jamás. Pero, adicionalmente, “Ulises” es un viaje por la ciudad de Dublín, una descripción de su carácter, su ambiente y la sensibilidad de sus habitantes. Convirtiendo la ciudad en protagonista singular y evidente. Es decir que “Ulises” es también, la novela e historia de una ciudad, Dublín, como lo fuera Londres para Dickens, Paris para Honorato de Balzac. O Aracataca, para Gabriel García Márquez. Una vez, he visitado Dublín en mi vida. Y en una temporada en que el sol mezquinaba sus fulgores e imponía un sentimiento de vacío y tristeza, del que no pude escapar, sino hasta que estaba en el modesto hotel donde me hospedé. Y con las luces apagadas. De modo que no goce mientras paseaba por ella, fallando en mi pretensión de identificar, plazas, bodegas, restaurantes y cantinas en donde Bloom y Dédalus, efectuaron su ruta durante 24 horas.

La edición que guardo en mi biblioteca es fruto del trabajo de José María Valverde, uno de los más respetables traductores y conocedores de la obra de Joyce. Su lectura en inglés debe ser una aventura más emocionante, porque las traducciones siempre, son una recreación de la obra original y vaciada en nuevos odres para conocimiento de los lectores que no hablan el idioma original en que ha sido escrita. Pero al margen de la maestría de los traductores, no es difícil reconocer que “Ulises” es, a “primera vista un libro desestructurado y caótico, pero los dos esquemas que Stuart Gilbert y Herber Goodman hicieron públicos tras la edición (de Ulises), para defender a Joyce de las acusaciones de obscenidad, hicieron explícitos los vínculos con la Odisea. En el mismo sentido, resulta un gran aporte para la comprensión del universo simbólico de la obra el llamado Esquema de Linatti, elaborado por el propio Joyce y enviado a su amigo italiano” del mismo apellido. No hay que olvidar que Joyce, vivió en Trieste, frente al mar Adriático e Italia, la mayor parte de su vida. A nosotros no nos parece obscena la obra. Si la sentimos irreverente con las ideas católicas vigentes, especialmente durante el desayuno en que se alude al cáliz, el vino y la transfiguración. Y, además, respira un nacionalismo anti Inglaterra, sutil pero que se siente con facilidad.

En Honduras, no conocemos ensayos o análisis de la obra. Los críticos “oficiales, de carrera, universitarios todos” no nos han dado indicaciones que lo hayan estudiado con profesional dedicación. Entre los escritores, posiblemente Marcos Carias Zapata es el más “Joyciano” de todos los novelistas hondureños. “Una Función de Móviles y Tentetiesos”, aunque tiene una fuerte coralidad; y en la que el lenguaje es el protagonista principal, sería el equivalente de “Ulises” en el trópico hondureño. La influencia de Joyce en Eduardo Bärh, no la percibimos singularmente, por más esfuerzos que hacemos. Tal vez, podría encontrarse algunas huellas mínimas en el uso del monólogo interior; pero no llega al discurrir de la conciencia. Posiblemente por falta de tiempo, porque pese a su enorme talento novelístico, la obra de Eduardo Bärh es poco numerosa. Especialmente porque le ha faltado la disciplina que le sobra a Escoto y Carías Zapata. Los narradores jóvenes de Honduras, se han inclinado mucho más por los “trillers” policiales, la escritura fantástica y la experimentación caótica, sin el talento que se requiere para estos menesteres. Posiblemente Jorge Martínez lo ha intentado con más disciplina en “Poetas del Grado Cero”, con la dificultad adicional para el lector que usa figuras conocidas, con lo que resta valor a su capacidad creativa que tiene en forma visible y desperdicia lo biográfico que Joyce utilizó en gran forma en “Ulises”. Pero, no hay que perder la esperanza que las generaciones del futuro, -poetas que imiten a Borges, por ejemplo; o que sigan la ruta de Marcos Carías- bajo la animación de nuevos profesores universitarios y medios, -más disciplinados y dedicados al oficio de la enseñanza-, redescubran en “Ulises”, la piedra de toque, para estimular la creatividad de los novelistas hondureños que no han podido, pese a los esfuerzos, superar a la generación de los llamados despectivamente por los autocomplacientes universitarios, a los autodidactas Ramón Amaya Amador y Lucila Gamero de Medina. Julio Escoto, el más prometedor de los autores hondureños, dejó la ruta de “El Árbol de los Pañuelos”, que parecía ofrecer esperanzadores relámpagos, para explorar otras rutas estilísticas en donde no ha podido empatar suficientemente, con sus lectores como se merece su disciplina, dedicación, talento y profesionalidad. Otros, la mayoría, no conocen a Joyce; ni estudian a Borges, Faulkner, Kafka, Vargas Llosa, Vila-Matas y Cortázar, con la dedicación y la paciencia requerida. Más bien, lucen nerviosos y urgidos por publicar. Como que si el problema de la literatura hondureña fuera más de cantidad que de calidad.

Tegucigalpa, 20 de febrero 2022

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Portrait du baron d’Handrax », de Bernard Quiriny : le baron à reculo

 

cc1Avec l’enchanteur Quiriny, faisons la connaissance d’Archibald d’Handrax, aristocrate fantasque, et de son œuvre, qui ne l’est pas moins.

Par Monique Petillon (collaboratrice du Monde des livres 

Savoureuse et désopilante lecture que celle du nouveau roman de Bernard Quiriny, Portrait du baron d’Handrax. Le nouvelliste et romancier innove avec une forme de narration éclatée, multipliant des évocations absurdes, souvent plaisantes, parfois macabres – car l’auteur de Contes carnivores (Seuil, 2008) ne refuse pas l’humour noir. Et comme dans une toile du peintre Arcimboldo (1526-1593), l’ensemble des détails compose l’insolite portrait d’un personnage, Archibald d’Handrax, un fameux baron perché.

Venu voir dans le musée local d’une bourgade de l’Allier les œuvres d’un peintre mineur, Henri Mouquin d’Handrax, le narrateur, Bernard, fait la connaissance de son petit-neveu Archibald (un prénom qu’il partage avec le capitaine Haddock). Débonnaire et bon vivant, celui-ci accueille à bras ouverts le narrateur dans le vaste manoir où il abrite ses deux familles, son épouse Hortense et leurs quatre enfants, la cuisinière Coralie et leurs trois petits. Physiquement, avec son embonpoint et sa barbe, il ressemble à un brave ogre.

Parce que Bernard Quiriny, professeur de droit public à l’université de Dijon, est né en 1978 en Belgique, on a souvent rattaché ses œuvres au surréalisme belge. Mais le fantastique dont il se réclame est celui de Marcel Aymé – il a doté Le Passe-muraille (1941) d’une fin inédite dans L’Angoisse de la première phrase, préfacé par Enrique Vila-Matas (…)

 

 

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Huellas en Barcelona del FCE

Trazas del Fondo de Cultura Económica en Barcelona.

En la calle Buenos Aires.

Huellas de unas oficinas a las que acudían, entre otros, los Octavio Paz, García Márquez, Vargas Llosa, y tantos otros escritores latinoaricanos.0

FCE

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UN PRECURSOR. [Ricardo Menendez Salmón / Diario de Mallorca.

RelSchwob1StevensonMuseum200La capacidad de anticipación de Schwob

  • Diario de Mallorca
  • 17 Feb 2022
  • Ricardo Menéndez Salmón

Marcel Schwob.

portada

Por su modernidad, emanada del agotamiento de la andadura romántica y naturalista, y que cabe situar en la estela del simbolismo de finales de siglo, la obra de Marcel Schwob ha alimentado imaginarios como los de Borges, quien confesó la deuda de Historia universal de la infamia con el autor bretón, Michon, cuyas Vidas minúsculas no son ajenas al magisterio de su compatriota, o Vila-Matas, que tanto en sus novelas como en sus artículos ha reconocido la importancia en su trabajo del creador de La cruzada de los niños. Muy recientemente, Moisés Mori le ha dedicado un magnífico, emocionante estudio, en su espléndido No te conozcas a ti mismo, antilema schwobiano tomado de El libro de Monelle.

La mención a la imaginación no es gratuita. No en vano Vidas imaginarias, publicado en 1896, es el libro por el que Schwob es recordado y admirado en todo el mundo, una púrpura que, en ocasiones, ha ahogado la importancia del resto de su producción. Tal es el caso de Corazón doble, su primer libro de ficción, publicado en 1891. Las treinta y cuatro piezas que componen este volumen aúnan los motivos centrales del corpus schwobiano, y funcionan como un precipitado, casi como una decantación alquímica, de la que será la poética que anime su obra.

Esta poética posee un doble sentido. Por un lado, Schwob es un acérrimo defensor de lo singular, de lo irrepetible, del individuo. Toda su literatura es una enmienda al gran fresco, a la novela exhaustiva y extenuante, omnicomprensiva en sus fuentes y aspiraciones. Schwob viaja del detalle a la regla, de la anomalía a la ley, de lo ambiguo a lo común. Su atención se dirige sin desmayo a la excepción, pero no a una excepción hecha necesariamente de nombres célebres ni gestos sublimes, sino que la verdad de una época puede hallarse en sus márgenes ignoradas: la pena de una huérfana, la pasión de un bandido, la cotidianidad de los pescadores que fatigan el Atlántico. La segunda cuerda con que vibra el instrumento de Schwob es su elogio de lo intuitivo. Expresó esta idea en una carta a otro colega irrepetible, Octave Mirbeau, el autor de la bizarra El jardín de los suplicios. Escribe Schwob: «La obra de arte tiene la oscuridad inconsciente del tubérculo que germina. No es necesario comprender todo. Las prescripciones confusas son tan bellas como las claras». En Corazón doble esta apreciación adquiere rango de dogma y desborda cada página. Schwob es en estos fragmentos audaz y libérrimo, y logra conciliar un saber abrumador (su formación, grosso modo, fue la de un enciclopedista) con una sensación de experiencia implacable (el escritor fue, hasta que su precaria salud se lo permitió, un degustador de la vida canalla parisina). Así, relatos como «Los tres aduaneros», «Las bodas de Arz» o «Los Sin Cara» transparentan los logros de un autor que, a caballo entre dos épocas, estaba mostrando a sus contemporáneos algunas de las vías más fecundas que transitaría la literatura por venir.

 

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Recuperada una imagen del encuentro de DGF Y V-M en Whitechapel.

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TENDRÁS ÉXITO Y ÉXITO [Café PEREC]

20220204_220736Ayer regresó Bolaño a mi pantalla: “El oficio de escritor es un oficio bastante miserable, pero es que, además, está poblado de tontos que no se dan cuenta de la fragilidad inmensa, de lo efímero que es”. Me hizo recordar que el éxito literario es siempre ambiguo. Y encima está abocado al olvido. Porque, al margen del dinero –del que hablaba Rimbaud en carta a su familia desde Abisinia anunciando aquel célebre “Tendré oro”–, el éxito literario no puede dar sino pequeñas, muy pequeñas satisfacciones a un escritor, incluso a su vanidad.

Hablando de la vanidad, no hace mucho, un amigo se mostraba feliz, poco antes de la pandemia (ya parece que todo haya ocurrido antes de la pandemia), acordándose de lo que dijo Borges sobre la vanidad y la inteligencia en una entrevista de 1973 que concedió en su casa de Buenos Aires, en vida de su madre todavía: “Uno ha sentido la inteligencia de un modo misterioso. En cambio, una persona puede decir cosas inteligentes y dejar la impresión final de que es idiota. Posiblemente eso ocurra porque una persona brillante es fácilmente una persona vanidosa, y entonces uno siente antipatía por ella, ¿no le parece?”

Para empezar, el éxito del escritor significa, según Auden, entrar en el mundo literario, es decir: que la gente ya juzgue tu obra sin haberla leído. Esto es algo que cualquier autor ha de aprender a verlo venir si no quiere después sorprenderse demasiado. ¿O no es la literatura un espejo que se adelanta, como algunos relojes? Si podemos entender esto, podremos aceptar que en algunos casos puede ser también un espejo que distorsiona, una de las posibilidades más estimulantes del ejercicio de la escritura.

El escritor ha de saber adelantarse y ver lo que le espera y saber también que sólo hay dos tipos de gloria, aunque tanto si alcanza una o las dos, no estará en condiciones jamás de saberlo. Porque una consiste en haber sido un escritor, incluso uno menor, en cuya obra las nuevas generaciones hallarán una clave esencial para poder seguir adelante. Y la otra es convertirse en un paradigma de la dedicación y del esfuerzo espartano, un noble ejemplo a seguir para quienes vengan después de él.

Ahora bien, ser paradigma de la dedicación y el esfuerzo le abre un panorama un tanto aburrido al escritor ejemplar, y más si después no puedes ni enterarte del bien que estás sembrando en la Tierra. En cuanto a ser alguien en cuya obra hallarán las generaciones siguientes soluciones esenciales para sus problemas literarios, no parece tampoco un destino fascinante, más bien tiene que ser horrible verse uno cruzando toda la eternidad dando consejos, algunos propios de un oso peludo (“Os digo que la mayor prueba de imaginación consiste en ponerle nombre a un gato”) y otros más agudos, como éste de Auden: “Os digo que nada es más fácil que hacer una pregunta difícil”.

Y yo ahora os digo que, lejos del fracaso o del éxito, de lo fácil y lo difícil, siempre es mejor avanzar sin control, con las velas rasgadas y los mástiles rotos por los vientos. Después de todo, es el trayecto más común.

W.H. Auden

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Cuando el carácter humano cambió. [Café Perec] 25 enero 2022

class_photoGran avalancha de textos sobre el centenario del Ulises de Joyce, incluso en nuestro país. En todas partes se proclama que 1922 fue “el año que cambió la literatura”. En noviembre murió Proust. Y en febrero había aparecido en París el Ulises “apilado en la librería de Sylvia Beach, como dinamita en bodega revolucionaria”, escribió Cyril Connolly. Por su parte, Eliot –el poeta que logró lo más difícil del mundo: hacerse pasar por un inglés– publicó su obra cumbre La tierra baldía.

Pero Christopher Domínguez Michael en Letras Libres nos recuerda que Virginia Woolf situó el cambio doce años antes del Ulises: “Hacia diciembre de 1910, el carácter humano cambió”. Del mismo modo que el arte paleolítico modificó nuestra mente, Woolf parece sugerir que la “nueva ficción” lo estaba cambiando todo. Su frase la suscribiríamos muchos, y más ahora que, a la velocidad de la sombra, todo cambia más que nunca y ni siquiera nos deja ya pasmados. Es más, a la vista del caos general, uno piensa que ahora se podría acuñar una frase parecida diciendo que este enero de 2022 el carácter humano ha vuelto a modificarse, aunque en este caso para hundirse en un retroceso.

Si quisiéramos olvidarnos, aunque fuera por un momento, de esta cuesta abajo, podría bastarnos con rescatar cualquier frase de Petersburgo, de Andrei Biely, la revolucionaria novela que se adelantó seis años al Ulises. Editada en tierra rusa en 1916, Petersburgo, con su voluntad de transformación literaria absoluta, estuvo circulando como leyenda cincuenta años entre los lectores europeos, aunque sólo empezó a ser leída en 1967 gracias a una inmejorable traducción al francés y también, por supuesto, a que en 1975 Nabokov la situó entre “una de las cuatro obras maestras de la prosa del siglo”

Escribe Biely en Petersburgo que el hombre es un vestigio de otra cosa y que lo visible no es sino un resto de lo invisible, lo que explicaría que a ese hombre lo hayamos visto más de una vez cambiar de carácter y también que Petersburgo (Akal, 2018) sea una novela que se abre a muchas interpretaciones: mística, metaficcional, psicoanalítica, propuesta de espiritualización de la vida, historia de un parricidio y novela policiaca y política, con dinamita en la bodega también.

La trama nos presenta al joven Nikolai Apolónovich al que el Partido, aprovechándose del odio que le tiene a su padre, el senador zarista Apolón Apolónovich Ableújov, lo induce a ponerle una bomba en su despacho, un artefacto oculto en una lata de sardinas (humor cervantino). Y, a partir de aquel momento, el tic tac de la bomba desgrana el suspense y el horror que emite la protagonista real de la novela, Petersburgo, ciudad infernal, metrópoli agrietada, boca de sombra sibilina por la que habla el abismo. Como dice Pedro B. Rey, la presencia de la ciudad, ese monstruo palpitante y anónimo, es lo que parece vincular a Petersburgo con Joyce, aunque luego se pregunta, nos preguntamos, si no será al revés. El artefacto de Biely no puede deberle nada, claro está, a un Ulises que todavía estaba por venir.

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La construcción de la identidad en Enrique Vila-Matas / por Isabel Verdú Arnal

9781846558788Este artículo explora la construcción ambivalente de la identidad Vila-Matas como autor y la postura que adopta en el espacio público. A través de sus intervenciones públicas y de la evolución de su propuesta poética, se estudia cuál es la figura que el autor Vila-Matas convoca: una figura limítrofe, en la frontera entre el centro y la periferia del sistema; una figura que se expande y comulga con otras artes, que es performativa, que se muestra y enmascara a la vez. De este modo, Vila-Matas ofrece una identidad deliberadamene inconclusa, que suscita un interrogante, y el deseo permanente de la lectura.

 

Bibliografía de Verdú:

Referencias

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A young girl from the village of Chaung Lin runs next to wet books drying, to receive food thrown from a boat on May 23, 2008 in the isolated area of Kanzeik in the Irrawaddy Delta region -- an area only accessible by boat which has received neither government nor foreign aid. Voters in regions devastated by the cyclone, many hungry and destitute, cast ballots on May 24 in a referendum that many said was meaningless because Myanmar's junta has already declared victory. AFP PHOTO/LISANDRU (Photo credit should read LISANDRU/AFP/Getty Images)

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Vila-Matas, Enrique (2011b). Una vida absolutamente maravillosa. Barcelona: Mondadori.

Vila-Matas, Enrique (2011c). Chet Baker piensa en su arte. Relatos selectos. Barcelona: Mondadori.

Vila-Matas, Enrique (2012). “La levedad, ida y vuelta”. Charla con Sergio Vila-Sanjuan en la BNE, en <https://youtu.be/DiRlZKdrDU8>  [Fecha de consulta: 25 de junio de 2021].

Publicado en Firmas | Comentarios desactivados en La construcción de la identidad en Enrique Vila-Matas / por Isabel Verdú Arnal

NUESTROS ARCAICOS [Café Perec]

arkaikosUn añorado amigo les agrupó, como si fueran una secta, y les dio el nombre de “los que no perciben que todo ha cambiado a su alrededor”. Entre los casos más paradigmáticos de este club encontramos el de Luis XVI, que, cuando tomaron la Bastilla, escribió en su diario personal sólo una palabra: “Nada”.

A esa secta, quizás para abreviar su nombre, la llamo “la de los arcaicos”. Una anécdota rescatada de la correspondencia de Kafka nos descubre a uno de ellos en la figura del presidente de la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo, el jefe de su oficina y representante directo en Praga del emperador. Un caso de asombrosa imperturbabilidad. El hombre mostró una rara flema cuando estallaron incontenibles las risas de su empleado Kafka, que, nada más acabar de ser nombrado en un pomposo acto “técnico del Instituto”, sintió que le resultaba imposible frenar su imparable risa, no causada por el nombramiento en sí, sino por el trascendente, anticuado y piojoso discurso del jefe. ¿Cómo era posible que aquel egregio señor no cayera en la cuenta de que su solemnidad y especialmente su retórica eran algo totalmente superado?

“En tanto gran hombre acostumbrado a las situaciones más diversas en la vida, a aquel señor presidente ni siquiera podía pasarle por la cabeza la posibilidad de que le faltasen al respeto”, escribió aquel día el empleado Kafka. Y sus palabras nos llevan a preguntarnos si no es impresionante que aquel jefe fuera incapaz de registrar que el mundo había cambiado y además cambiaba justo donde él mismo estaba discurseando con una gran elocuencia acartonada.

¿Cuántas veces no hemos sentido ese mismo estupor ante el discurso digamos que altanero y al mismo tiempo inmensamente neorrancio de alguno de nuestros compatriotas? En un momento en el que es evidente que nuestra percepción del mundo ha cambiado, los arcaicos no son capaces siquiera de registrar los cambios que se han están dando en todas partes, incluido, aunque aún no lo sepan, en su mínimo mundo.

Suelen recordarme a los personajes que aparecen en ese pasaje en el que George Sand se describía a sí misma como una jovencita que iba al encuentro de la vida y tenía ideas de izquierda, de extrema izquierda si se contemplaba la época en la que transcurrían sus días. Con todo, Sand frecuentaba los grandes salones, y en particular aquellos donde se reunían los miembros de la antigua aristocracia, aquellos que habían logrado milagrosamente salvar la cabeza. Describía Sand cómo veía con gran espanto a estos aristócratas, la forma en que gesticulaban, en qué se movían, la forma imberbe de ofrecerse pasteles, de adelantar una silla, de retirarla, de esconder sus pelucas entre los senos de las damas, y de meterlas luego bajo sus traseros, cómo hacían miles de gracias, de pequeñas carantoñas…

Estaba Sand perpleja de ver a aquellos putrefactos personajes, sobrevivientes de una realidad obsoleta, hacer tantas y tantas muecas y no ser conscientes de que estaban absolutamente fuera de todo. “Lo más curioso es que se les veía envejecer en directo, allí mismo”, escribió Sand.

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EN BUSCA DEL TRASFONDO INÉDITO

novela y prólogo

 

En la web CALLE DEL ORCO he encontrado esta carta de Luis dirigida a Kim Nguyen que de un modo sorprendente parece conocer el trasfondo inédito que revelo en mi novela en curso.

Inquietante o simplemente un alma muy precisa, que ha conectado con lo que de un tiempo a esta parte  me mueve siempre al escribir

Lo que me atrae mucho de Vila- Matas -así yo lo visualizo como escritor-, es su permanente deseo, se diría generado por una admirable compulsión de arcana procedencia, de querer extraer de la realidad humana sus más inéditos trasfondos. Para emplear un símil de cierta baratura, no le interesa tanto expresar la imagen del mundo en un espejo sino más bien la que se vería en una pantalla de rayos X.

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Montados en la piedra de la locura. / Café Perec

425_RecoletosSi con la pandemia hubo una demanda masiva de textos sobre el confinamiento, ahora empiezan a solicitarse textos que digan si está cambiando nuestra percepción del mundo. Si algo es seguro que está cambiando es de un tiempo a esta parte mi forma de leer cualquier texto, porque en todos me parece descubrir menciones, solapadas o no, a la vida que llevamos en pleno corazón del caos.

Lea lo que lea, encuentro alusiones al desorden y la locura y a nuestra penosa experiencia cotidiana de ver cada vez más igualadas Razón y Demencia. Y la verdad es que ya no sé, cuantas veces he leído la historia de la aterradora experiencia vivida en 1961 por el meteorólogo y matemático Edward Lorenz cuando creó en su ordenador una simulación del clima. Acabo de volver a encontrármela descrita en La piedra de la locura, el texto philipdickensiano de Benjamin Labatut que parece confirmar unas palabras de Emmanuel Carrère: “Vivimos en el mundo que imaginó Philip K. Dick”.[1]

Como sabemos, esa experiencia de Lorenz fue una simulación sencilla que reducía al clima a sólo un puñado de variables, pero era capaz de replicar, a grandes rasgos, la atmósfera de nuestro planeta, hasta que una segunda simulación le hizo ver a Lorenz que en su sistema de ecuaciones lo contrario también podía ser cierto. Tal descubrimiento le llevó a comprender aterrado, allá en la soledad de su laboratorio, que el azar lo gobierna todo y el clima es impredecible y en realidad estamos siempre en el corazón del caos.

De hecho, la percepción de que viajamos a toda velocidad, sin conductor alguno, montados en “la piedra de la locura”, es decir, montados en una anárquica roca llamada Tierra, es parecida a la que tanto me conmocionó en mi primer viaje a las islas Azores, donde iba a impresionarme la inagotable velocidad de las nubes y ver que el tiempo allí no era nunca estable y el caos parecía estar indicándonos que había algo en la esencia misma de las cosas y del propio caos que escapaba a nuestro alcance. Porque en las Azores uno tenía la impresión de que jamás podría prever el tiempo que haría una hora después. Y uno allí acababa no comprendiendo el mundo, pero sí, por ejemplo, a Compay Segundo, aquel cubano que cantaba que iba de Alto Cedro para Marcané y en cuanto llegaba a Cueto iba para Mayarí. Toda esa velocidad, que es la aliada perfecta de una angustia excesiva del espíritu –toda esa desazón por querer estar en Sintra cuando estás en Lisboa, y viceversa– la veo hoy relacionada con la angustia que cargamos al ver que no tenemos un lugar en el Universo, que es de lo que habla en el fondo Compay y lo que sistemáticamente me ha emocionado siempre de la letra de su canción. Una emoción que no me nubla y menos me impide ahora decir que, si bien nuestra percepción del mundo puede estar cambiando, no sería de extrañar que todo aquello que la cambia esté ahí desde siempre. A fin de cuentas, el caos y la locura podrían ser tan antiguos como esa primera luz del universo que tanto andamos buscando estos días.

[1] https://elpais.com/cultura/2018/10/04/actualidad/1538671798_375061.html

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ESE FAMOSO ABISMO comentado por Juan Peregrina en Ideal (Jaen)

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Bolaño en Magazine Litteraire

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«Suele ser duro pasar por momentos de desolación, quién negaría esto, pero también puede ocurrir que a un artista la vida aislada y áspera le reporte un aprendizaje severo pero muy estimulante y, además, útil en el momento en que deja atrás las tinieblas del desprecio o indiferencia de los otros y aparece a plena luz del día, para sorpresa de cuantos hasta entonces le habían ignorado… Aparece armado hasta los dientes, preparado para todo, curtido en el aislamiento y la felicidad de tantos años. Un samurái en Blanes. Me hace pensar en aquel aforista madrileño que escribió aquella verdad tan exacta: «El carácter se forma los domingos por la tarde».

Le conocí a Bolaño justo cuando salía de esa etapa de infinitos domingos en los que se había ido forjando su salvaje ánimo, le conocí al final de ese prodigioso año donde algunas cosas acababan justo de dar un vuelco para él y para su familia…»

(extracto en el Magazine de un texto de Vila-Matas en las páginas dedicadas a Bolaño en las que colaboraron Gabriela Trujillo, Manuel Vilas, Patti Smith y Philippe Lançon)

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Bolaño was not a Beatnik (fragmentos de una entrevista de Patrick Stasny para The Stinging Fly Magazine)

0'ENRIQUE VILA-MATAS, Crep Nova, Carrer del Comte d’Urgell, Barcelona:

Bolaño was not a Beatnik. He was passionate about Kerouac and had read all the Beats. And his demeanour could be like that sometimes, but he was not a professional beatnik in the way he lived his life, nor was he in the past.

The myth about his drug addiction is completely false. It emerged from a commission series called ‘The Summer Story,’ which was a common thing here, some years ago. So El Mundo newspaper commissioned him to write a short story, not an essay. There, he told the story of a drug addict. He had known some addicts in Blanes. But then the piece was written, and I don’t know how but it inflated his myth. The people who knew him know that it is nonsense. I think that in The New York Times Jonathan Lethem confused it for an essay. It was one of the first important articles on Bolaño and it kickstarted the story. It was not in the interest of the publisher to negate it, because it created an aura.

12I would say that Roberto didn’t have style. He has a very recognisable prose, but he was not looking for a specific style. It is not what counts in his texts. I think of him mainly as a storyteller. This is one of the reasons why he worked so well in the US, because he returned to narration, the old novel form. Many storylines, characters… As you might know I am not that interested in narration. For example, right now I am reading a lot of essays, things that escape the strictly narrative art, maybe because I feel that at bottom we already know all the stories. That’s why I’ve always preferred Don DeLillo to Philip Roth. But I nonetheless admire Bolaño’s almost heroic drive to narrate.

And of course, he is more complex than just that. There is in him the meta-literary thing. There is no doubt that he is a devout Borges-ian. I think it is Borges’ influence that makes Bolaño’s poetry interesting, among other things. I don’t think it is great poetry, but I have found things in it that I like. Not so much because of the quality of the verses but because of what is said in them. In that sense he is like Borges. Borges is an essayist writing poems, which is not ideal; but sometimes the ideas are of such quality that one forgets about the rest. And then he has some images, the evening falling, the colours fading in the patio, which, as images, are beautiful. I think that Borges started by feeling he had to write poetry to become a complete writer. But then he found his way, which was to never write a novel like Tolstoy. He knew he couldn’t compete with the great novelists of the nineteenth century, and he knew that their kind of literature was not suited to the century he lived in. Which was a great intuition, because he wrote short stories which are incredibly relevant. Bolaño had read Borges well. It was very important for him. He considered himself from the Borges side, because all writers come from somewhere. He came from Borges. Nazi Literature In The Americas comes from Marcel Schwob, who Borges vindicated.

Now, about Chile, it is true that he was there. But he did not go there to fight Pinochet, it was accidental. He was there travelling, visiting someone, I think. He was not very politically engaged, although he has been read like that and can be read like that.

With Bolaño’s biography there are some fictions that keep repeating, no? Is it not what happens with everyone? There are some clichés that keep coming without remedy. It happens to all of us.

In my case, people always recall that I lived with Marguerite Duras in Paris, something to which I didn’t ascribe any importance in the moment that it happened. She was not the writer that she has become today. And I was mostly worried about not paying her. I was quite afraid of her. I lived on the sixth floor and she lived on the third, and every time I went through her door I was afraid she would ask for the money I didn’t have. And then the fake interview I did with Marlon Brando for Fotogramas magazine. I was working for a magazine and I did not want them to know that I could not speak English, so I made everything up. 209

Almost everything I have written is autobiographical but also changed. It responds to a reality, to a truth. In Bolaño this is very evident in The Savage Detectives. He is writing about his life in Mexico, but it is at the same time a creation of that life and different from what actually happened. You have the same thing in the birth of the novel, Don Quixote. Reality and fiction merge. Reality is there but it cannot fully get into the text. When you are writing you are inventing a mirror whose reflection you will never find. That is the beginning of everything; that’s the novel. When people speak of non-fiction I laugh because as soon as we speak, we are always modifying reality, we are performing a literary construction.

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PERMISO PARA ATERRiZAR, por Leticia Vila-SanJuan (SMode, El País)

“When does something start? If I go on a trip, when the plane leaves, a plot always sets in motion for me. But at what point did that plot, that story really begin?

(Vila-Matas)

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La primera vez que volé sola fue en un vuelo transatlántico. Tenía 15 años y viajaba a Estados Unidos, donde iba a pasar un mes como monitora en prácticas de un campamento de verano. Todo estaba planificado: aterrizaría en JFK, y ahí me recogía un taxi que me acompañaría hasta mi destino. Durante el vuelo había estado practicando mi inglés con la pareja de al lado, un matrimonio de Boston que me hizo partícipe de sus juegos de cartas y anécdotas de verano. Como no dominaba del todo el idioma, no entendí bien qué estaba pasando cuando empezamos a descender varias horas antes de lo previsto. Pegada a la ventana, el paisaje que veía no se parecía en nada al horizonte urbano de rascacielos neoyorquinos —de hecho, solo atisbaba una enorme llanura verde—. La pareja me explicó que estábamos haciendo un aterrizaje de emergencia por falta de combustible. Cuando el avión tocó tierra llamé a mi madre, que me contestó sobresaltada desde la madrugada española. Le confirmé que estaba en una base militar no identificada, pero todo iba bien, había hecho amigos.

No hay nada más democrático que un avión, donde los pasajeros van comprimidos, obligados a compartir durante horas espacio vital con desconocidos. Pero cuando hay una emergencia todas esas personas ajenas se convierten en compañeros de batalla, en tu comunidad, al menos durante el tiempo que duran la crisis y la incertidumbre. Recuerdo perfectamente a esa pareja de Boston, el cartel bajo el que me tocó esperar (Menores no acompañados). Los aviones y los aeropuertos tienen algo de limbo: al cabo de unas horas es fácil sentirse como Tom Hanks en La terminal, sin casa ni rumbo fijo. Enrique Vila-Matas tiene una reflexión maravillosa sobre los vuelos. “¿Cuándo comienza algo? Si voy de viaje, en el momento de salir el avión, siempre se pone para mí en marcha una trama. Pero ¿en qué momento realmente empezó esa trama, esa historia? ¿Fue al facturar la maleta, o bien cuando paré un taxi para ir al aeropuerto, o cuando la azafata se negó a darme más de un periódico, o cuando, diez años antes, comencé a soñar en ese viaje, o bien cuando me dormí durante el vuelo y soñé que volábamos sobre las convulsiones azules de unos acantilados en el Pacífico?”. La pregunta no es dónde viajas, sino cuándo empieza el viaje.

Hace poco volví a embarcar en un vuelo Nueva York-Barcelona. Me estaba empezando a hacer efecto la pastilla que me había tomado para cruzar el Atlántico de noche cuando el piloto emitió un anuncio. “A causa de un problema con las mascarillas de oxígeno, estamos dando la vuelta”. Por un momento pensé que estaba soñando, un delirio febril fruto del cansancio acumulado. Adormilada, le pregunté a un miembro de la tripulación qué estaba pasando, y me confirmó que no podían decirnos cuándo íbamos a volar ni dónde pasaríamos la noche. En las casi 24 horas que siguieron hasta que despegamos, volví a sentir esa extraña sensación de colectividad. Pienso en el jugador de tenis que se encargó de que todo el mundo tuviera habitación en el hotel de carretera en el que nos instalaron, y en la periodista y música que se acercó a hablarme cuando anunciaron que volvíamos, y que acabó siendo compañera y confidente en conversaciones sobre la vida durante horas. Pienso en los aviones y los aeropuertos, esos espacios suspendidos en el tiempo donde todo puede pasar, y en la canción de Andrés Calamaro que dice “sé que te quiero y que me esperan más aeropuertos”. Y sé también que siempre se vuelve a despegar y aterrizar.

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THAT FAMOUS ABYSS (Ese famoso abismo) en WORLD LITERATURE TODAY

sophie-calle-and-siglio-press-the-hotel-1Vila-Matas: One must write from humility. Because humility, Kafka said, offers everyone, even those who despair in loneliness, the closest relationship with their fellows. One must write from the strictest humility without ever closing the door of creating a masterpiece.

Iglesia: Duras’s words bring us to another of the key themes in your work and to a central figure such as Robert Walser, about whom you say: “Writing that one cannot write is also writing.” Is writing also the impossibility of writing?

Vila-Matas: Obviously. Walser himself said it clearly when he confessed: “I wouldn’t wish on anyone to be me. Only I am able to endure myself. To know so much, to have seen so much and to say nothing about nothing.” In short, perhaps because of all this I’m saying, in Esta bruma insensata, the central question switches between two trends: faith in writing and the radical rejection of that faith. I am very sympathetic to both attitudes.

Iglesia: “It is my intention, therefore, to make my way through the labyrinth of the No, down the roads of the most disquieting and attractive tendency of contemporary literature: a tendency in which is to be found the only path still open to genuine literary creation,” we read in Bartleby and Co. Returning to the earlier question: Do you write to save literature from its impossibility?

Vila-Matas: Paradoxically, it is a way of managing to keep literature alive, letting one be carried by the conviction that only those who write aware of the end of literature can make it survive. Look, I wrote Bartleby and Co influenced in part by a wonderful book, El estadio de Wimbledon, by Daniele del Giudice (translated into Spanish by Ignacio Martínez de Pisón for Anagrama). In that novel—Italo Calvino considered it “a story” that announced a new era for literature—Del Giudice wonders about the brilliant Bob Bazlen’s strange rejection of writing and, fifteen years after his death, journeys to Trieste to question those who knew him and at the same time ask himself if it is worth his continuing to write.

What the story tells is the transformation of the narrator who, having begun his investigation wanting to conserve Bazlen’s idea according to which “it is no longer possible to keep writing,” winds up giving this negation a twist of the screw and writing the book. I asked Del Giudice when he visited Barcelona (during a lovely dinner at the restaurant Can Massana) how it was that the narrator had wound up writing the book, and he told me that the force of despair made the work of art more vigorous and paradoxically more precarious, which led me to think of Duchamp’s famous ready-made, which was a negation of art and at the same time gave rise to another interpretation of the artistic phenomenon. I think that in these negations of sculpture, of literature, there is a passion for what is being denied.

[Traducción de  Lawrence Schimel de un fragmento de That Famous Abyss  (Wunderkammer) conversaciones de Anna María Iglesia con Enrique Vila-Matas en World Literature Today]

https://www.worldliteraturetoday.org/blog/interviews/reading-reality-through-imagination-conversation-enrique-vila-matas

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Mérida, en los Andes venezolanos.

Ednodio Quintero, Gregory Zambrano y Diómedes Cordero, 1991

Ednodio Quintero, Gregory Zambrano y Diómedes Cordero, 1991

Treinta años de la Bienal de Mérida, por Ednodio Quintero: En 1980 fundé y dirigí la revista SOLAR, de Mérida, dedicada a divulgar las expresiones culturales de la región y abriéndose camino sin complejos hacia las manifestaciones del exterior. Conté con el apoyo solidario del Instituto Municipal de Cultura, dirigido por el eminente escultor Manuel de la Fuente y por Jesús Rondón Nucete, alcalde de Mérida. Esta primera experiencia duró apenas un par de años. La retomé en 1990 y en esa ocasión se prolongó hasta 1994 con los mismos apoyos.

A la segunda etapa de SOLAR, de grata recordación, se sumaron en distintas fechas al equipo editor Julio E. Miranda, Armando Rojas Guardia y Nuni Sarmiento. Antes, a finales de 1987, había conocido a Diómedes Cordero, recién graduado en Letras por la ULA, que cursaba un Máster en Literatura Hispanoamericana en compañía de Gregory Zambrano, Piedad Londoño y Sobeida Núñez. Por un venturoso azar ellos cuatro, más el suscrito, nos convertimos a partir de 1991 en el núcleo fundamental de un proyecto que en sus inicios lucía utópico, del cual estamos celebrando los treinta años de su primera edición: la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas.

La creación de la Bienal surgió de una conversación que sostuve con mi amigo Manuel de la Fuente en el mítico café Santa Rosa. Manuel había creado con indiscutible éxito la Bienal de Artes Plásticas, y sugirió en passant la posibilidad de crear una Bienal de Literatura. Diómedes, Piedad, Sobeida y Gregory se entusiasmaron con la idea y comenzamos a darle forma al proyecto. Manolo o Gregory, no lo recuerdo con precisión, sugirieron el nombre de Picón Salas, el merideño universal, y todos estuvimos de acuerdo.

No es mi propósito auto elogiarme en este dossier que da cuenta de manera parcial de los muchos logros alcanzados por la Bienal de Mérida a lo largo de sus nueve ediciones. Los invito a leer los veintiocho testimonios, los siete fragmentos de los discursos de orden de los siete Doctorados otorgados por la ULA por iniciativa de la Bienal, los fragmentos de las ocho Ars narrativas seleccionadas entre las veintitrés que ofrecieron los narradores de la II Bienal, el perfil que hace el doctor Gregory Zambrano de la figura de Mariano Picón Salas.

Sin embargo, debo destacar algunos puntos de los cuales el quinteto inicial y las personas que se incorporaron posteriormente al equipo de trabajo —Luis Moreno Villamediana, Víctor Bravo, Alejandro Padrón, Alexander Bustamante, Susana Marchán, Pedro Rangel Mora, entre otros— nos deberíamos sentir satisfechos y orgullosos.

A la cita de Mérida acudieron novelistas, cuentistas, poetas, investigadores, académicos, ensayistas, periodistas y fotógrafos de todos los países hispanoamericanos, de España, Francia, Estados Unidos y China. Revisando los programas de las nueve Bienales encontré que los asistentes suman la impresionante cifra de mil doscientos. Nombrarlos a todos convertiría el dossier en una performance minimal que recordaría la guía telefónica de NY.

Habrá que recordar que además de los que aparecen en los testimonios, los Doctores Honoris causa, los que nos ofrecen los fragmentos de sus Ars narrativas, los que integran la sección que hemos titulado “Galería”, por aquí pasaron importantes e imprescindibles personajes de nuestra lengua: Juan José Saer, Salvador Garmendia, Alejandro Rossi, Juan Liscano, Domingo Miliani, Noé Jitrik, José Manuel Briceño Guerrero, Julio Ortega, Héctor Abad Faciolince, Edgardo Rodríguez Juliá, Mario Bellatín, Manlio Argueta, Juan Calzadilla, Stefania Mosca, Héctor Libertella, Ana Enriqueta Terán, Alfredo Silva Estrada. Y el gran poeta Pepe Barroeta, quien fuera el presidente de la Fundación Casa de las Letras Mariano Picón Salas, organismo legal que desde 1994 nos permitió agilizar todos los trámites para el financiamiento de la Bienal. En la creación de la Fundación fue clave el apoyo de nuestro amigo Rafael Arráiz Lucca.

Es pertinente recordar que desde su primera edición la Bienal convocó un concurso de narrativa, ensayo y poesía, que además de una importante remuneración conllevaba la publicación por parte de Monte Ávila Editores de los libros ganadores. Y de esa manera se reconocieron las obras de algunos veteranos (Ana Teresa Torres, Carlos Noguera…) y se descubrieron nuevos valores (Miguel Ángel Campos, Luis Enrique Belmonte…).

La segunda Bienal (1993) tuvo una repercusión especial pues en ella coincidieron los más importantes narradores de América Latina y España, un total de veintitrés entre veteranos y otros que se destacarían en el futuro. Como un eco no menos significativo, César Aira, el crack de las letras argentinas, escribió una novela, El congreso de literatura, inspirada en su paso por la Bienal: fantasioso y desopilante relato cuya primera edición lleva el sello de la Bienal, que se ha convertido en la obra de Aira más divulgada en español y otros idiomas.

Capítulo especial merece la iniciativa de la Bienal en la concesión de los siete Doctorados Honoris causa otorgados por la ULA a cuatro poetas: Rafael Cadenas, Juan Sánchez Peláez, Ramón Palomares y Eugenio Montejo; dos narradores: Enrique Vila-Matas y Victoria de Stefano; y una señera figura del renacimiento: Simón Alberto Consalvi. Cabe destacar la predilección del doctor Vila-Matas por nuestra ciudad. Asistió a dos Bienales, y en 2001 cuando le otorgaron el Premio de Novela Rómulo Gallegos viajó a Mérida atendiendo una invitación de la ULA por un período de tres días y se quedó tres semanas, por su propia iniciativa, en compañía de su esposa, la encantadora y sin par Paula de Parma.

Honrar honra. Desde el principio contamos con el apoyo del gobierno regional, y en su época con la del Consejo Nacional para la Cultura (Conac), y por encima de todo con la insoslayable solidaridad de la Universidad de los Andes. También con los esporádicos apoyos de algunos bancos (Banesco) y de la empresa privada (Econoinvest), destacando las generosas y puntuales colaboraciones a lo largo de las nueve ediciones de la Bienal por parte de la Fundación Bigott y de la Fundación Polar, gracias a los buenos oficios de sus respectivos directores, Antonio López Ortega y Graciela Pantin.

Este dossier es una iniciativa de mi amigo Nelson Rivera, siempre atento al acontecer cultural de nuestro vapuleado país. Desde el primer momento acepté la idea de asumir la coordinación del mismo: arduo trabajo que estuve a punto de abandonar. Ahí tienen el resultado. Con él me despido manifestando mi satisfacción por la labor cumplida. No les prometo que tendremos una décima Bienal. Expreso las gracias a Nelson por su idea y por su aliento, y a Vasco Szinetar por su valiosa contribución en la parte gráfica.

 

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LOS MIEDOS DEL ESCRITOR por Piedad Bonnet

Princeton, NJ / USA - 4/3/2020: Empty campus of Princeton University during Coronavirus quarantine at day

Princeton, NJ / USA – 4/3/2020:

A los escritores nos persiguen muchos miedos en relación con el oficio; tantos, que podríamos llenar cientos de páginas hablando de ellos. Tememos al fracaso, a caer en lo que odiamos, a ser cursis. Yo a mis veinte años, por ejemplo, cuando ni siquiera podía decir que fuera escritora, temía, como Kafka, a la esterilidad: a que se me secara la fuente creativa. Hace mucho desterré ese miedo, entre otras cosas porque, mientras más escribo, más temas aparecen en mi cabeza. De modo que ahora lo cambié por otro: el de que la vida no me dé tiempo de desarrollarlos. Tenía también el temor de no saber eludir la impronta de algunos de mis escritores preferidos. El miedo a las influencias, del que habla Harold Bloom. Y es que hay algunos autores avasallantes, que incitan, tal vez por su ritmo, a la imitación: Julio Cortázar, Thomas Bernhard, Wislawa Szymborska. Del «vampirismo literario» habla, con su gracia infinita, Vila-Matas en El mal de Montano. Porque ¿qué autor no roba a otros? «Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte», escribió Horacio Quiroga en su ‘Decálogo del cuentista’. Pero claro, siempre que no se te note.

Hay que temerle también al agotamiento. ¿Les ha sucedido alguna vez que han corrido a comprar el último libro de un autor que admiran, y descubrir, decepcionados, que lo que leen pareciera una especie de ‘remake’ de alguna obra anterior? De eso hablo. De parecerse demasiado a uno mismo, de repetirse. Les pasa mucho a los escritores casados con un estilo, y que en vez de desarrollarlo se petrifican en una especie de fórmula que ya nada revela. En el terreno de la pintura, algo de eso hay en Fernando Botero, por ejemplo: tan buen pintor, pero obligado por él mismo a pintar gordos hasta el fin de sus días. Qué condena.

También se repiten los que caen en la trampa del ‘éxito’. Por ejemplo, aquel que después de escribir una saga familiar y ver que tuvo buena acogida y hasta le dio fama y dinero, en vez de pasar a otra cosa decide volver a exprimir la historia sin que dé para eso. ¿Les suena conocido? No todos los ‘best-seller’ son libros frívolos o facilones, ni más faltaba, pero un éxito comercial estruendoso nos puede llevar a creernos el cuento, o amedrentarnos de tal modo, que nos paralicemos, al menos por un tiempo, por terror de no cumplir las expectativas de un público, que, por lo demás, pareciera tener siempre avidez de segundas partes. Por eso resultan admirables aquellos autores que, como Delphine de Vigan después del extraordinario éxito de su libro autobiográfico ‘Nada se opone a la noche’, saben eludir las presiones de un público que quiere «más de lo mismo», y apostar por aventuras literarias distintas.

Así como hay que temer al éxito, también se debe desconfiar de los demasiados aplausos. En un bello cuento de Amos Oz, un escritor, terminado el recital donde ha sido largamente ovacionado, deambula por la ciudad ajena, ya tarde en la noche, oyendo sólo el retumbar de sus pasos. Una especie de recordatorio de que, después del abrazo del público, volvemos, indefectiblemente, a la soledad de nosotros mismos.

(ABC / Suplemento cultural, 20 Nov 2021)

 

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PLAGIO AL ANTÓLOGO —————-[Café Perec]

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Justo cuando estaba leyendo que quizás la literatura tenga una dificultad inherente para ser “contemporánea” (César Aira, Sobre el arte contemporáneo), sonó estridente el interfono. Recién llegados de Buenos Aires, dos amigos decían tener un libro para darme. Les dije que subieran y mientras tanto di una nueva ojeada a lo que estaba leyendo. A diferencia del Arte que tiene una presencia tan acentuada que crea su presente, decía Aira, el material de la literatura está hecho más bien de ausencia, y respecto del tiempo crea sus precursores, quizás porque siempre está hablando de mundos desaparecidos.

En las palabras de Aira percibí un eco de Borges, que fue capaz de hasta descubrirle precursores a un autor tan singular como Kafka y decirnos que cada escritor crea a sus antecesores, y su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. Basándose precisamente en esto, Alejandro Rossi, en Manual del distraído, especuló con la idea de que, al transmitirnos sus cuentos, Borges pudo ser consciente de que andaba escribiendo las páginas que un día ejemplificarían –pálidamente– los rasgos de un escritor futuro.

Puede, comentó el gran Rossi, que Borges las escribiera como diciéndonos: soy, desde ahora, el epígono de un maestro aún inexistente y el representante de una escuela cuyo manifiesto desconozco, pues el que me “definirá” todavía no existe; y también podría ser que las hubiere escrito diciéndonos: no soy un precursor, más bien soy el material indeciso cuya forma y sentido será otorgado por otro.

El libro que me dieron los amigos, El viaje de invierno & sus continuaciones, iba firmado por Perec y OuLiPo, con traducción de Eduardo Berti. Enseguida vi, sin excesiva sorpresa –habituado como estoy ya a esas coincidencias–, que encajaba con lo que en aquel momento tan ocupado me tenía: los precursores en literatura.

El viaje de invierno, el relato de Perec, narra la extraña historia del joven Degraël que en 1939 encuentra un viejo libro con una antología que lleva por título justamente El viaje de invierno, y la firma un tal Hugo Vernier. Entre los versos y prosas de la compilación –la edición está fechada en 1864– hay algunas idénticas a las que años después escribieron Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Verlaine y compañía. ¿Fueron éstos tan sólo los copistas de un poeta genial y desconocido llamado Vernier? ¿Hubo un plagio colectivo al antólogo? ¿Fue El viaje de invierno la biblia de la que los mejores poetas franceses extrajeron lo mejor de sí mismos?

De noche, en casa, leí los veintiún relatos que añadieron los del OuLiPo (Roubaud, Mathews, Le Tellier, Bénabou, etc) a El viaje de invierno convirtiendo a Perec no sólo en precursor de todas esas continuaciones, sino también de las demás piruetas narrativas que seguirán. Y no sólo en precursor, sino en el futuro viajero de una caravana infinita de epígonos de maestros, muchos ni tan siquiera aún nacidos. Porque la literatura, como decía Aira, siempre está hablando de mundos desaparecidos, pero también de mundos muy ausentes todavía.

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When Anne Serre met Enrique Vila-Matas (by Tobias Ryan)

LartigueAn Interview with Anne Serre: “The importance of literature in my life? It is my life.” — by Tobias Ryan.

Your relationships with other writers and their books is clearly fundamental. Who are the contemporary authors whose writing you feel a particular kinship with or love for?

Enrique Vila-Matas, of course. When I discovered his books about ten years ago, I was so taken with them that I wanted to imagine travelling about and conversing with his character—which I did in my book,Voyage avec Vila-Matas. Shortly after my book came out (which he had read), Vila-Matas came to Paris to give a lecture at the Collège de France, and we met in person for the first time. We both found it rather amusing and at the same time were at a bit of a loss. Our two narrators had struck up a friendship, but we just peered at each other without knowing quite what to say. It was one of the most amusing encounters I’ve ever had. I also like Patrick Modiano’s books more and more, and I’m a big fan of Elfriede Jelinek. I love her calm violence and her terrifying irony. With some of their books, there are even times when I wish I’d written them myself. More recently, there was a masterpiece by Joyce Carol Oates that I hadn’t read: First Love: A Gothic Tale. I would love to have written that.

¿Quiénes son los autores contemporáneos con cuya escritura sientes un parentesco particular, aquellos que amas?

Enrique Vila-Matas, por supuesto. Cuando descubrí sus libros hace unos diez años, me cautivaron tanto que quise imaginarme viajando y conversando con su personaje, lo cual hice en mi libro, Voyage avec Vila-Matas. Poco después de que saliera mi libro (que él había leído), Vila-Matas vino a París para dar una conferencia en el Collège de France, y nos conocimos en persona por primera vez. Ambos lo encontramos bastante divertido y al mismo tiempo estábamos un poco perdidos. Nuestros dos narradores habían entablado una amistad, pero nos miramos el uno al otro sin saber muy bien qué decir. Fue uno de los encuentros más divertidos que he tenido. También me gustan cada vez más los libros de Patrick Modiano, y soy una gran fan de Elfriede Jelinek. Amo su tranquila violencia y su aterradora ironía. Con algunos de sus libros, incluso hay ocasiones en las que desearía haberlos escrito yo mismo. Más recientemente, hubo una obra maestra de Joyce Carol Oates que no había leído: First Love: A Gothic Tale. Me encantaría haber escrito eso.

anne serre

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Noviembre es Pasolini [Café Perec] [Vila-Matas]

pasolini «Esa verdad que parecen componer todos los ángulos subjetivos del mundo»

 No acabará nunca la búsqueda de la verdad sobre la muerte del cineasta que reflexionó sobre la relativa objetividad de cualquier cámara que filmara un documento de la vida real.

https://elpais.com/cultura/2021-11-02/noviembre-es-pasolini.html?ssm=TW_CC

 

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Hablando de Ceric con Martella

20200712_222428-1Publicó Elba en 2018 dos libros que parecían primos hermanos: El jardín perdido, de Jorn de Précy, y Jardines en tiempo de guerra, de Teodor Cerić. Empecé por el segundo, y comenté aquí mismo el trabajo de Marco Martella, esforzado recopilador de los informes de Cerić sobre los diversos jardines que este joven poeta croata, tras escapar del cerco de Sarajevo, visitó durante siete años en largo viaje a la deriva por Europa; entre ellos, el sórdido lugar florido que Beckett muy beckettianamente trató de crear en la tierra baldía de Ussy.

Tras su deriva de siete años, Cerić había regresado a su país natal, instalándose en una casa al norte de Sarajevo, donde, tras renunciar radicalmente a la escritura, se dedicaba exclusivamente a la creación de su propio jardín, una especie de refugio para siempre, un fascinante espacio aseguraban los pocos que habían logrado verlo. Pese a su radical adiós de la literatura, Cerić había cedido a la presión de Martella y le había enviado para la parisina revista Jardins diversas descripciones de los vergeles vistos –algunos hasta trabajados por él– en su larga odisea europea. Y era con esas descripciones con las que Martella había montado Jardines en tiempo de guerra, libro al que debo gran parte de mi repentina e inesperada afición por esa otra manera de estar en el mundo: el universo de los jardines. Todo sea dicho: también le debo esa súbita afición a la lectura del tratado fabuloso de Jorn de Précy, el enigmático jardinero islandés, autor de ese insólito libro de reflexiones que es El jardín perdido, escrito en 1912 y exhumado hace dos años, vía también Martella, con quien el año pasado, a iniciativa suya, intercambié unos cuantos correos que parece que se incluirán en un libro suyo que publicará Elba el año próximo.

Tal vez su primer correo me lo envió Martella al sospechar que yo, recalcitrante espía de los que “prefieren no escribir”, había entrado en contacto con Cerić y sabía hasta dónde se encontraba la casa con jardín al norte de Croacia. De hecho, ya en su primer mensaje, me preguntó directamente por el estado del jardín, como si diera por hecho que lo había visto. Lo que le respondí fue atrevido, fue imprudente y, además, horrible, y a veces hasta me da miedo recordarlo, y pienso que será mejor que siga siendo secreto por un tiempo. Me lo he vuelto a decir hace un rato cuando he comprado Un pequeño mundo, un mundo perfecto, el título que acaba de publicar Martella en Elba: una sucesión implacable de críticas de jardines, con diatriba incluida para el muy desmesurado Versalles. Leer ahí la palabra “heterónimos” en la breve y discreta solapa de ese libro me ha provocado una cierta sorpresa, aunque en el fondo, muy en el fondo, lo que la nota por fin desvela me lo esperaba, o temía: “Marco Martella (Roma, 1962) dirige la revista Jardins desde 2010 y bajo los heterónimos de Jorn de Précy y Teodor Cerić, ha publicado El jardín perdido (2018) y Jardines en tiempo de guerra (2018), respectivamente”.

¿Por qué le diría aquello tan imprudente, tan horrible?

Posdata: Con posterioridad a este Cfaé Perec se publicó recienetmente en París el libro

Fleurs, de Marco Martella, en el que aparece una conversación sobre Ceric entre Martell y yo. Le Monde des Livres lo reseñó no hace mucho.

https://www.lemonde.fr/livres/article/2021/05/12/fleurs-le-bouquet-initiatique-de-marco-martella_6079962_3260.html

Fleurs Fleurs », de Marco Martella, Actes Sud, « Un endroit où aller », 196 p., 19 €, numérique 14 €.

Il faut prendre au sérieux la citation de Fernando Pessoa que Marco Martella a choisi de mettre en exergue à son nouveau livre, Fleurs : « Et dire qu’il y a des gens pour ne pas aimer les paysages qui n’existent pas. » Comme son lointain modèle portugais, Martella est en effet grand amateur d’hétéronymes, concepteur malicieux de textes apocryphes et subtil expert en mystification littéraire : créateur de la revue Jardins et membre du Conseil scientifique de l’Institut européen des jardins et paysages, il s’est déguisé naguère en simple traducteur pour signer deux beaux livres chez Actes Sud (Le Jardin perdu en 2011, Jardins en temps de guerre en 2014) et commencer à construire ainsi, à sa manière, une œuvre très singulière… Une œuvre « aux sentiers qui bifurquent », pourrait-on dire, pour paraphraser Borges et inviter à sa découverte : celle de lieux bien réels, mais aussi de « paysages qui n’existent pas », où se perdre sous sa plume est un pur enchantement.

On croise Enrique Vila-Matas ou Emily Dickinson

Fleurs se présente ainsi comme un recueil de huit récits dont les titres disent bien la ligne thématique (« Narcisses », « Eglantines », « Pensées », « Berces du Caucase », etc.), mais dont le statut est sans cesse soumis aux délices du doute. L’auteur prétend que ces textes constituent les coulisses ou les prolongements de rencontres réelles qu’il a pu faire, pour sa revue, avec des écrivains, poètes, artistes ou personnages qui « traversent le monde des jardins (…) parfois pour n’y faire que de brèves, fulgurantes apparitions ». On croise bien dans son livre les écrivains Enrique Vila-Matas et Pia Petersen ou le paysagiste Gilles Clément, avant de partir en quête du jardin clos d’Emily Dickinson (« my little garden within »), à la Houghton Library de Harvard… Mais au fil de ce parcours où se multiplient les figures souvent romanesques d’authentiques professeurs et de savants parfois imaginaires, on retombe aussi sur Teodor Seric, le mystérieux alter ego de Martella, et sur la non moins énigmatique Dorothy Paz, une universitaire dont la biographie ressemble à une fable postmoderne, qui aurait disparu dans la forêt du Corcovado, dans le sud-ouest du Costa Rica.

Qui sont ces gens ? Les compagnons que se crée l’auteur pour brouiller davantage encore la frontière entre bibliothèques et jardins, réel et fiction ? Rien n’est sûr, ici, mais cette incertitude fait précisément le charme d’une prose qui, à sa façon délicatement érudite, cultive le mystère : interrogeant le lien de la création artistique au monde végétal, des livres aux lieux, Martella semble à la recherche sans trêve de quelque sens caché, du Graal discret dissimulé comme une astuce dans le paysage fleuri d’une vignette enfantine.

Un au-delà se devine

Peut-être la découverte d’un tel secret donnera-t-elle, au bout du conte, la clé d’un paradis terrestre, possible ou disparu, mais dont la forme, les couleurs et senteurs sont bien celles, toujours, d’un jardin. La permanence de la quête frappe en tout cas, d’un texte à l’autre, quand est évoqué par exemple l’attrait des plus modestes pensées sur Emily Dickinson, l’installation de Gilles Clément au fond d’une vallée de la Creuse ou la retraite bosniaque du fantomatique poète Ceric, dans l’impressionnant récit en abyme intitulé « Roses » : un au-delà se devine, à travers le travail d’une terre, l’aménagement d’un espace de verdure, la merveille de la matière offerte par la nature.

Cette dimension initiatique est particulièrement frappante encore dans la dernière nouvelle du livre, magnifique, qui raconte une sorte de voyage en rêve vers le jardin sicilien des origines, celui où se rendait chaque été la mère de l’auteur et dont il n’existe plus grand-chose, sinon l’essentiel, le parfum des citronniers : c’est assez pour réussir à sauver le monde, un instant, des laideurs qui l’envahissent à la périphérie des villes, partout.

Martella prouve là qu’il est bien davantage qu’un « spécialiste des jardins », puisqu’il sait recréer, avec l’assurance des autobiographes les plus inventifs, un univers offert à tous… Il suffit pour cela d’une fleur, cette fleur d’agrumes que désigne en italien le joli mot de zagara et dont le parfum ouvre à l’espace du souvenir, soudain partagé, comme en écho au vers du faux jumeau Ceric : « On est toujours chez soi dans son propre passé. » Il suffit d’une fleur : d’un mot. Toute la littérature est là.

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LA FELICIDAD DE LA REPETICIÓN

sacré modiano

 

Ignacio Vidal-Folch:

Veo en las calles de París unos carteles que anuncian la nueva novela de Modiano. La editorial le hace una publicidad propia de una película. En el anuncio se ve una foto del escritor, y el texto que dice: Le nouveau roman de Patrick Modiano. Prix Nobel de littérature. Desde luego es llamativo, operaciones comerciales de esta envergadura sólo suelen dedicarse a libros precisamente muy comerciales, best sellers tipo El código Da Vinci, y no a novelas de ambición literaria honesta y seria. Entiendo que en este caso Gallimard no anuncia solamente Chevreuse, que así se llama la nueva novela de Modiano, sino a un autor del que cada año, según creo, saca un libro más, muy parecido a los anteriores, y que tiene muchos seguidores.

¿Y qué quieren los seguidores de Modiano?  Más de lo mismo. Leo en un foro de debate a un lector que dice: C’est vrai que c’est toujours le même Modiano… et j’adore toujours. Je suis addict –«Es verdad que Modiano es siempre igual… y siempre lo adoro. Soy adicto»–. En efecto, hay pocas variaciones de una novela a otra, es siempre la misma melancolía, la misma precisión de los datos y de los nombres y la misma vaguedad de los hechos, el mismo clima, la misma niebla en el pasado. Es muy parecido a sí mismo, casi igual.

El otro día, en el festival literario Capítulo 1, de Matadero Madrid, Javier Cercas, en diálogo con Malcolm Otero a propósito de su última novela, Independencia, que es la segunda, después de Terra Alta, sobre las aventuras de su mosso Melchor Marín, anunció que ambas forman parte de un ciclo que constará de cuatro entregas independientes, que en el futuro podrán leerse como una sola, larguísima novela. Y para explicar por qué se había metido en este proyecto dijo algo que me llamó la atención, dijo que daba por concluido el ciclo de alguna manera autoficcional que empezó con Soldados de Salamina y acaba con El monarca de las sombras, y que había cambiado de registro porque “el escritor que se repite está muerto”.

Ahora bien, como esta sentencia (el escritor que se repite está muerto) ya la había formulado antes en algunas entrevistas, la he estado rumiando, y he llegado a la conclusión de que es inexacta, falsa o, cuando menos, matizable. Quizá se podría matizar así: el escritor que se autoplagia está, efectivamente, muerto. Pero el que se repite no, si se repite es señal de que está vivo y acierta y se inscribe en la modernidad. De hecho, la modernidad en arte   y literatura está estrechamente ligada a la repetición. Pienso en los lienzos de Andy Warhol, de Rothko o de Saura, en los libros de Simenon, de Pla… o, por supuesto, en los de Modiano. Incluso en los de Beckett.

Yo creo que Onetti se inventó la ciudad de Santa María para poder repetirse cómodamente. En cambio, fueron patéticos los intentos de Conan Doyle por matar a Sherlock Holmes y enfocar la atención de sus muchos lectores hacia otras novelas suyas, más ambiciosas literariamente, pero con las que no picaron. Ellos sabían muy bien lo que querían de Conan Doyle: querían otra vez a Sherlock, otra vez el detective privado contemplando con su aguda mirada a un desconocido que se presenta en sus habitaciones de Baker Street y sabiéndolo de inmediato todo de él mediante el expediente de detectar y descifrar en su apariencia física una serie de signos que al común de los mortales pasan desapercibidos. Querían verle meditabundo fumando su cachimba, pinchándose su cocaína, tocando su violín y deslumbrando a su Watson.

¿Qué es un autor? Es un territorio en el que uno entra, y luego quiere volver. “Repetición” en literatura es aquello que suele llamarse “estilo” y “mundo propio”: una cosmogonía. Dice Kierkegaard (precisamente en La repetición) que la esperanza es un error, porque ella, la esperanza, cree que todo va a cambiar, pero los cambios que vienen sólo son indeseables, y que la repetición es lo más cercano, lo más parecido a la felicidad. Y dice que es lo más parecido porque, para que la felicidad fuera total, debería ser perfecta, exacta, lo cual es imposible, salvo (en opinión de Kierkegaard) en el reino de los cielos. Creo que Fitzgerald lo sabía, porque el drama, la tragedia de Gatsby era precisamente intentar provocar la repetición de la inasible dicha juvenil, y era imposible, y por eso, de tanto intentarlo, murió.

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EL TRÍO MOLA

yJoana Bonet (La Vanguardia 20 oct 2021):

El Planeta a Carmen Mola pone de manifiesto una nueva modalidad de literatura comercial, la que borra la autoría en favor de la obra. “Nosotros derribamos el mito sacralizado del autor de novelas”, confesó el trío a Xavi Ayén. ¡Muerte al estilo y a la biografía! Con lo apasionantes que resultan las vidas de escritores. Como los adictivos Diarios de Rafael Chirbes (Anagrama), en los que una encuentra estas respuestas: “Hay escritores que se nos entregan ellos mismos, y otros que entregan un plan, un proyecto”.

El trío Mola traía un plan, pero ha sido acusado por su oportunista transexualidad literaria. Aunque la piel fina de la igualdad –los libros feministas han enriquecido a las editoriales, pero los premios millonarios se los quedan hombres– no debe trastocar el capricho del nom de plume. También existen grupos musicales de hombres que se llaman Love of Lesbian, y a todo el mundo le parece estupendo. No es menos cierto que el trío Mola apenas precisaba lunares en su nombre para gozar de tirón, pues los señores venden muy bien en las librerías. Los propios creadores de Carmen

Mola han contado que todo surgió de la manera más banal, uno dijo “Carmen” y otro “Mola”. Fuera complicaciones. ¿Y quién puede reprocharles que quieran forjar una nueva Carmen de España? En cambio, es sorprendente que, en su caso, lo de menos es quién escribe qué. Basta con armar un guion.

Existen escrituras en las que las palabras van abriendo paso al pensamiento, permitiendo que discurra por lugares que jamás hubieras pensado transitar. Como reflexionaba Vila-Matas en Bartleby y compañía:

“El escritor que trata de ampliar las fronteras de lo humano puede fracasar. El de productos literarios convencionales nunca fracasa, no corre riesgos, le basta aplicar la misma fórmula de siempre, su fórmula de ocultamiento”. El éxito del trío Mola, por tanto, tiene su reverso en los autores absolutamente desacralizados para quienes lo más importante es el conflicto con las palabras, inmanente en el arte literario.

El ejemplo de escribir en pandilla, y más cuando se tiene la mano curtida en libretos de éxito, puede crear escuela, invitando a salir del canónico yo en busca de nuevas direcciones. Esperemos, eso sí, que sin extraviarse del elevado consejo de Hermann Broch, quien afirmaba que es inmoral aquella obra literaria que no nos descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida. Falta por saber si el Planeta 21 nos conducirá a un estado de gracia, descubriéndonos algo más que la producción a seis manos.

 

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CARRÉRE Y LA LITERATURA EN ESPAÑOL QUE LE IMPORTA

carrere22 octubre. Oviedo

El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades de las letras hizo un discurso cortés al principio, vacilón en el quicio y moral al final. Primero leyó unas palabras sobre la literatura en español que ha importado en su vida: Cervantes. Borges, Bioy Casares, Cortázar, Bolaño, Vila-Matas, Cercas, Juan Gabriel Vásquez y Rosa Montero. Y después, contó su historia: «El pasado 8 de septiembre se inició en París el juicio por los atentados cometidos, también en París, el 13 de noviembre de 2015, en las terrazas y en la sala de conciertos del teatro Bataclan. Estos atentados causaron 131 muertos. […] Los asesinos fueron abatidos o ellos mismos se explosionaron. […] A lo largo de estos testimonios descubrimos otra cosa sorprendente. Las historias de naufragios, de catástrofes, del sálvese quien pueda generalizado, suelen revelar lo peor del ser humano. La cobardía, el cada cual a lo suyo, el canibalismo. Aquí, nada de eso. No podemos imaginar que se haya creado una ficción colectiva de nobleza y de grandeza de espíritu y, sin embargo, prácticamente sólo se nos han descrito ejemplos de ayuda mutua, de solidaridad, gestos a menudo heroicos». Fue el mensaje perfecto para unos premios como estos.

DISCURSO ÍNTEGRO de CARRÈRE 

CARRERE.

 

 Enrique Vila-Matas, Emmanuel Carrère. Paul Auster. París.  2100

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