Regreso a ‘Locus Solus’

locusFue Duchamp quien a principios de los setenta me situó en la pista del enigma Roussel: «En 1911, asistí con Picabia y Apollinaire en el Teatro Antoine a la representación de Impresiones de África, de Raymond Roussel. ¡Fue formidable! En escena había un maniquí y una serpiente que se movían muy poco, todo muy loco, muy insólito. Ese hombre fue un revolucionario: al nivel de un Rimbaud. Rompió con todo (…) ¡Qué personaje sorprendente! Vivía encerrado en sí mismo, en su roulotte, con las persianas bajadas. ¡Tuvo una vida extraordinaria! Y, al final, ese suicidio…».

Aunque el suicidio era lo más enigmático, todo en aquel comentario de Duchamp me dejó intrigado. Unos días después, supe que si Roussel vivía encerrado en sí mismo y con las persianas de su roulotte bajadas era porque pensaba que estaba rodeado de esplendores todo lo que escribía y temía la menor fisura que pudiera dejar escapar los rayos luminosos que salían de su pluma. Quedé impresionado, no podía ni creerlo. Fui a comprar su novela Locus Solus, que acababa de publicar Seix Barral. Y hoy ese ejemplar es una de las cinco piezas más queridas de mi biblioteca.

Recuerdo la primera vez que terminé Locus Solus. Al cerrar el libro, tuve la impresión de que cerraba la losa que caía sobre mi propia tumba. Supe que a partir de entonces iban a quedarme obsesivamente grabados, en una atmósfera de descanso eterno, todos los secretos de aquella finca singular, sin similitud alguna con otras que pudiera uno encontrarse por aquí o por allá, por los senderos de la vida o de la literatura. Y también supe que no tardaría en variar notablemente el rumbo de mis lecturas. Porque Locus Solus de Roussel (1877-1933) no sólo me pareció una propuesta literaria que se tomaba insólitas libertades sino que, además, estaba muy alejada de lo que hasta entonces en mi tierra me habían dicho que era una novela.

Decía Leopardi que la vista del cielo es quizá menos agradable que la de la tierra y de los campos, porque es menos variada, y también menos semejante a nosotros, no nos es tan propia, pertenece menos a lo nuestro… Y sin embargo, si la lectura de Locus Solus me pareció tan agradable y me conmocionó con fuerza fue precisamente porque el libro no lo sentí nada cercano y propio, sino lo contrario: seductoramente extraño y extranjero, profundamente glacial y ajeno.

La novela es una tarde interminable. Así la recuerdo, en un primer momento, siempre que me decido a recordarla. Luego, si me acerco más al libro, voy viendo que Locus Solus es también un paseo por ese Lugar Solitario que es la propiedad monumental de Martial Canterel, un itinerario iniciático a lo largo de una tarde en la que este científico va mostrando a sus invitados los inventos y máquinas solteras que pueblan la villa de Montmorency, rarezas e invenciones que a medida que avanza la narración van haciéndose cada vez más geniales. Y así, por ejemplo, tras un martinete formado por un mosaico de dientes y un enorme diamante de cristal relleno de agua en la que flota una chica que baila, un gato sin pelo y la cabeza conservada de Danton, llegamos al pasaje central, el más inolvidable, el que nos persigue muchos años después de haber leído este libro: la descripción de ocho escenas que tiene lugar en una enorme galería acristalada. Descubrimos que los actores son en realidad gente muerta que Canterel ha reanimado con resurrectina, un fluido de su invención que si se inyecta a un cadáver reciente hace que represente el incidente más importante de su vida.

«Cubierto de pieles, un ayudante de Canterel ponía o quitaba a los ocho muertos su autoritario tapón de vitalium, y si era preciso hacía sucederse sin interrupción las escenas, cuidándose regularmente de animar a un sujeto poco antes de hacer dormir a otro».

Anoche soñé que volvía a Locus Solus, aquella gran finca y lugar solitario que en los días del pasado tanto me fascinó. Y esta mañana, ya perfectamente despierto, me he dedicado a revisar la novela. Más allá del deslumbramiento inicial irrepetible, he visto que lo que más pervive hoy en mí de este libro es el procedimiento que inventara su autor para crearlo; un método basado en retruécanos y combinaciones fonéticas y juegos de palabras, tal como lo testimonia el conmovedor y alucinante texto póstumo del propio Roussel, Cómo escribí algunos libros míos: «Escogía dos palabras casi iguales (al modo de los metagramas). Por ejemplo billard (billar) y pillard (saqueador, bandido). A continuación, añadía palabras idénticas, pero tomadas en sentidos diferentes…».

Ni una sola línea de las historias que Roussel cuenta en Locus Solus y en algunos otros libros suyos surgió de su imaginación, sino del artificial procedimiento, de sus infinitas combinaciones fonéticas. A veces, pienso que si en mi literatura he exasperado y llevado al límite el uso de las citas literarias distorsionadas, es decir, si en ocasiones mi falsa erudición ha funcionado casi como una sintaxis o modo de darle forma a los textos, todo eso es deudor de la distorsión de los ecos de aquel procedimiento rousseliano descubierto a una edad en la que aún sabía canalizar mis hallazgos de lector.

Me pareció asombroso ayer volver a observar cómo en Roussel las combinaciones fonéticas funcionan perfectamente como una sintaxis incesante y un modo arbitrario y a la vez riguroso de darle forma a los textos, de darle sentido a todas esas historias que no salen de la vida, sino de la cibernética particular que inventó en su laboratorio de las persianas bajadas. Nada de lo que contaba procedía de su imaginación, a pesar de que era muy imaginativo. Y es que en realidad Roussel jamás viajó. Aun habiendo dado dos veces la vuelta al mundo, jamás le llegó algo desde fuera, jamás el exterior hizo mella en el paisaje interior de su cráneo. En todos los países visitados veía tan sólo lo que había previamente escrito de antemano en su -avanzado para su tiempo- revolucionario laboratorio cibernético.

Fue un hombre que vivió siempre en un lugar solitario, tan aislado como incomprendido, o sólo comprendido por los surrealistas, a los que él no comprendía. Su forma de ser parecía triste, pero él pensaba que llevaba una vida de frecuentes alegrías, ya que escribía sin parar, hasta la extenuación cada día. Navegando por los mares del Sur, recibió una carta de un amigo en la que le decía que le envidiaba por las puestas de sol que estaría viendo. Le respondió inmediatamente que no había visto ninguna, ya que trabajaba en su camarote y no había salido de él desde hacía semanas.

Ayer, tras soñar que volvía a la finca de Canterel y pasar después a leer Locus Solus por enésima vez, me pareció ver que en el camino de la vida, y ya desde la primera lectura de ese libro, me viene acompañando la confortable sospecha o gran revelación de que puede uno crearse un procedimiento propio, perfectamente artificial, para construir una obra inmensamente verdadera.

[Del prólogo de Vila-Matas a Locus Solus (traduccion de Marcelo Cohen, publicado por Interzona, Buenos Aires 2011]

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LA DISYUNTIVA (W.B. YEATS)

Harry Callahan (3)El intelecto humano está en la disyuntiva:
o la vida perfecta, o la perfecta obra.
Si elige la segunda a rehusar se obliga
una mansión divina mientras rabia en la sombra.
¿Y qué sucede cuando ese cuento termina?
Se tenga suerte o no, deja huella el afán:
vieja perplejidad, la cartera vacía,
o vanidad del día, el nocturno pesar.

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The trauma of transgression. [Patricio Pron hoy en The Saxon]

EvenLos “números redondos” que tanto nos irritan a los que, liderados por el escritor Enrique Vila-Matas, que abogan por acabar con ellos, suelen ser de poca utilidad, ya que la Historia pocas veces ofrece el alivio de una rima. Así, el bicentenario del nacimiento de Baudelaire parece algo menos relevante para abordar su vigencia como los 164 años que se celebran desde el juicio de Las flores del mal. Si nuestro mundo sigue siendo suyo, esto se debe en gran parte a que parece haber más gente en este momento tratando de convertirse en Pinard que en Baudelaire y porque «el camino más peligroso pero más directo» propugnado por el autor de El pintor de la vida moderna, el de un El cuestionamiento de una moral restringida y asfixiante sin la cual el experimento de la modernidad no hubiera sido posible, comienza a remontarse en nombre de la celebración del trauma, principal y muchas veces único activo literario de ciertos escritores.

The “round numbers” that so irritate those of us, led by writer Enrique Vila-Matas, who advocate ending them tend to be of little use, since History only rarely offers the relief of a rhyme. Thus, the bicentennial of the birth of Baudelaire seems somewhat less relevant to address its validity as the 164 years that are celebrated from the trial of The flowers of Evil. If our world is still his this is largely because there seem to be more people at this time trying to become Pinard than Baudelaire and because “the most dangerous but most direct path” advocated by the author of The painter of modern life, that of a questioning of a restricted and suffocating morality without which the experiment of modernity would not have been possible, begins to be retraced in the name of the celebration of trauma, the main and often the only literary asset of certain writers.

The trauma of transgression | Opinion

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Pero es que Clement Cadou existe

«Sepa usted que Clement Cadou sólo es visible en invierno» (Vila-Matas)

Bela Lugosi

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Bartleby y compañía cumple 20 años en Brasil

EN BRASIL COMPANHIA DAS LETRAS CELEBRA EL 20 ANIVERSARIO
DE BARTLEBY Y COMPAÑÍA

Bartleby e companhia reaparece en Brasil (marzo de 2021) em excelente edición de la editorial Companhia das Letras que conmemora los 20 años del libro en su blog con escritos de 4 de los más destacados narradores jóvenes del Brasil:
Romance, livro de contos, de ensaios, crítica literária, peça de humor: publicado originalmente no ano 2000, o premiado Bartleby e companhia marcou época ao colocar o fazer literário no espelho e mesclar diversos gêneros de maneira radical.

Neste livro premiado e inclassificável, o catalão Enrique Vila-Matas recupera a figura de Bartleby (personagem criado por Herman Melville), um jovem escrivão que se esquiva de obrigações e misteriosamente vai se ausentando de toda e qualquer atividade graças a uma resposta enigmática que dá a todos que pedem para que realize algo: «eu preferia não o fazer». A frase deixa seus interlocutores perplexos, e pouco a pouco Bartleby se isola até quase sumir.

Vila-Matas faz com que essa «pulsão negativa» escape do conto de Melville e, cosmo um vírus, atinja diversos escritores por toda parte. O protagonista de Bartleby e companhia, então, se dedica a rastrear e catalogar autores, fictícios e reais, que escolheram o silêncio, como o americano J. D. Salinger, que, após se tornar uma celebridade com O apanhador no campo de centeio, afastou-se da sociedade e deixou de publicar, ou o suíço Robert Walser, cujo maior sonho era ser esquecido.

Ao escrever sobre o ato de não escrever, Vila-Matas captou com perspicácia a crise do pós-modernismo, em que se supõe que todas as ideias já foram inventadas e não resta mais originalidade, para construir, a partir de detritos e restos, uma obra cômica e explosivamente criativa que se tornou objeto de culto ao redor do mundo.

  1. Antonio Xerxenesky acerca de Bartleby e companhia
  2. O evangelho dos procrastinadores: Bartleby e companhia, 20 anos depois, Felipe Charbel
  3. Ouço o Silencio, Miro o Abismo, Priscilla Campos
  4. Próximamente
sombrero
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BRASIL: LOS 20 AÑOS DE ‘BARTLEBY E COMPANHIA’ vistos por Felipe Charbel

cervLi Bartleby e companhia duas vezes. A primeira quando saiu por aqui, em 2004, e a segunda só agora, na ocasião do relançamento. Na época eu era outra pessoa, outro leitor — desconhecia Enrique Vila-Matas, não seguia a ficção mais recente. Mas tinha lido Borges, ou seja, tinha lido a história da literatura condensada num único autor. De pé na livraria, folheando o livrinho de Vila-Matas — um livro tão bonito que deu vontade de começar a leitura ali mesmo, na fila do caixa —, intuí que o escritor catalão nadava de braçada no universo borgiano. E era isso mesmo: Bartleby e companhia estava repleto de escritores que renunciaram à literatura, de glosas a romances não escritos (inclusive um que se chama Instituto Pierre Menard), de alusões a bibliotecas utópicas como a de Brautigan, composta tão somente de manuscritos recusados (de tão absurda ela só podia ser real). Peguei o troco e guardei o livrinho na mochila, certo de que ele me faria feliz.

Acontece que o romance-ensaio de Vila-Matas era mais, bem mais que uma paródia de Borges. Voltar a essa obra que moldou meu entusiasmo pelo contemporâneo, que definiu os contornos do leitor que me tornei, foi como viajar no tempo. Antes de começar a reler, passando os olhos pelas minhas anotações e por meus sublinhados antigos, me veio à mente uma cena de leitura. Estou deitado na minha cama estreita, suando em bicas, e faço apostas comigo mesmo sobre a natureza (real ou imaginária) daqueles heróis da desistência, os bartlebys catalogados às dúzias por Vila-Matas. Ligo o computador, checo no Google os nomes de alguns desses escritores, não acerto um: suspeitei que eram inventados, mas calhou de serem autênticos. Pior para os fatos, pensei. Não é porque circulavam fora do livro — na “assim chamada realidade” — que aqueles escritores, aquelas obras, aquelas desistências eram menos fantásticos: a realidade é uma ficcionista habilidosa.

Quando releio os livros que compõem meu cânone pessoal, um conjunto de sensações — sedimentos da primeira leitura — parece se desprender das páginas amareladas. No caso de Bartleby e companhia o que veio à tona foi o riso, um riso de entusiasmo que, com os anos, deixei de associar a essa obra, não sei bem por quê. Me recordava de um relato mais para o sisudo, transitando entre a ficção e a teoria, entre Beckett e Blanchot. Mas logo no primeiro parágrafo acho graça da estrutura concebida pelo narrador, esse herdeiro amalucado de Pierre Bayle: “notas de rodapé que comentarão um texto invisível”. Avanço mais um pouco e dou boas risadas da “Câmara de Escrita para Desocupados”, onde Robert Walser podia exercer o ofício que melhor lhe convinha, o de copista. Rio alto de Clément Cadou, aspirante a escritor que, para se esquecer de si mesmo, finge que é uma peça de mobília na sala de jantar. O próprio narrador — fiapinho de voz sem corpo, um QuaseWatt — se diverte horrores rastreando bartlebys. Não é que faça galhofa, também não ri de nervoso. Sua risada está mais para o descarrego. É a risada de quem, no apagar das luzes da história literária, sente o alívio por não restar mais nada a dizer — o que o desincumbe das angústias e fadigas da autoria.

QuaseWatt é Vila-Matas fantasiado de “último escritor”. E Bartleby e companhia a ficção do “último livro”, um epitáfio à Literatura. Precisamente por esse motivo, por essa condição terminal, o inventário de Vila-Matas pode ser lido como uma história abreviada da pulsão criadora, contada do ponto de vista de um embate entre o não e o sim — a apologia de escritores, de artistas em geral, que só puderam produzir à beira do precipício. É também um elogio do fracasso, das desculpas esfarrapadas (“deixei de escrever porque morreu meu tio Celerino, que era quem me contava as histórias”, dizia Juan Rulfo), da lei do menor esforço, dos “truques para dizer não”, das fraudes de todo tipo, dos zeros à esquerda, do silêncio, dos eclipses literários, dos escritores sem livros, dos artistas sem obras. É o evangelho dos procrastinadores, a bíblia dos improdutivos.

Se Bartleby e companhia é o livro sagrado da desistência, Artistas sem obras, de Jean-Yves Jouannais, é o manuscrito apócrifo preservado no deserto. Cheguei a Jouannais por força da lei de Rodolfo Wilcock: “entre os meus autores preferidos estão Robert Walser e Ronald Firbank, e todos os autores preferidos por Walser e por Firbank, e todos os autores que estes, por sua vez, preferiam”, teria dito o escritor argentino. A menção de Vila-Matas ao ensaio de Jouannais é ligeira. Ainda assim fui atrás, e terminei me divertindo com as blagues sobre o mútuo parasitismo e a relação triangular entre História abreviada da literatura portátil (1985), Artistas sem obras (1997) e Bartleby e companhia (2000). “Sou o autor de um livro que Enrique Vila-Matas publicou com seu nome”, escreve Jouannais a respeito de História abreviada. E Vila-Matas: “chegando em casa, comecei a escrever Bartleby e companhia, sabendo perfeitamente que quem escrevia tudo aquilo” era um “duplo shandy de Jean-Yves Jouannais”.

Ao ler Artistas sem obras, compreendi melhor algo que no meu primeiro contato com Bartleby e companhia surgiu como simples fagulha, na releitura se insinuou como verdade que me escorregava entre os dedos, e no ensaio sobre os “criadores que optaram pela não-criação” aparecia como conceito: a ética da não-produção. Mais que improdutivos, certos artistas devem ser considerados improdutores: a “não-produção não é para eles uma deflação da vida”, escreve Jouannais, “muito pelo contrário, ela decorre de um tempo mais longo, diria mesmo exclusivo, dedicado à própria vida”. A improdução não é a renúncia absoluta, mas a arte de se ater ao indispensável. Para alguns escritores (como Balzac e Proust) o indispensável são milhares de páginas. Para outros (como Rulfo e Raduan Nassar) um ou dois livros. Já para os artistas do não mais inflexíveis (casos de Jacques Vaché e Bobi Bazlen), umas poucas cartas e notinhas avulsas.

Vila-Matas está longe de ser um artista do não: sua estética é a da fartura, uma escrita em que o temor de se tornar repetitivo dá lugar à repetição como método de trabalho. Talvez por esse motivo, esse tremendo contraste, ele tenha se interessado tanto por escritores sem livros, os que preferiram não: não seguir caminhos já pisados, não reescrever livros já escritos, escritores que se decidiram pela elegância do “gesto Bartleby”. “Se eu fizesse um pouco menos, deixaria de ser arte”, reconheceu certa vez o compositor e poeta Albert M. Fine. Na arte não existe o zero absoluto, mas quanto mais próximo se puder chegar do alvo inatingível, menor o desperdício. E o que é que se desperdiça com os rigores da obra senão a própria vida?

***janelas-irreais

Felipe Charbel nasceu no Rio de Janeiro em 1977. É professor do Instituto de História da UFRJ e pesquisador do CNPq. Publicou Janelas irreais — um diário de releituras (Relicário Edições, 2018), livro que transita entra a ficção e o ensaio ao apresentar um narrador que relê romances decisivos na sua formação como leitor, e toma nota dessas leituras num diário.

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BIEL MESQUIDA acerca de CHET BAKER PIENSA EN SU ARTE en Diario de Mallorca.

CBPESA_StoryTel_audioSENT MOLTA D’INSEGURETAT ENFRONT DEL QUE VULL ESCRIURE.

(Suplement Bellver, 15-4-21)

No visc mai dins les certeses. Dubt tot el temps. I per això l’amic Enrique Vila-Matas, en el seu llibre Chet Baker piensa en su arte (Editorial WunderKammer), una ficció crítica, em resulta tan benèfic com un bàlsam. És la narració d’un crític literari tancat en un hotel de Torí que cerca el punt d’unió entre la literatura radical que encarna el darrer James Joyce (el de Finnegans Wake) i la literatura tradicional representada per Georges Simenon que sempre s’entén. El crític és una personalitat dividida en dos: meitat Doctor Jekyll i meitat Mister Hide, meitat Doctor Finnegans i meitat Monsieur Hire. Pas un guster de llegir aquestes planes que no vull que s’acabin perquè m’entretenen molt i em distreuen de tots els problemes i desastres organitzatius que tenc. Aquesta és una de les funcions de la bona literatura. Subratll amb un llapis blan les frases que més m’impressionen. I em faig una estona molt bona en què l’avorriment no entra per cap encletxa. El llibre de VilaMatas convida a cercar un tipus d’escriptura, un estil i una construcció que permeti mantenir units els pols més extrems amb les seves xarxes antagòniques i oposades. Una bella heroïcitat literària.

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Editorial Universidad Veracruzana publicó ‘Diccionario Vila-Matas’

12345Xalapa. La Editorial de la Universidad Veracruzana (UV) publicó el Diccionario Vila-Matas, obra de Pablo Sol Mora, académico del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias (IIL–L), disponible en acceso abierto y para su descarga gratuita enel catálogo en línea de la Editorial UV.

Como el propio autor refiere en el prólogo, “la obra de Enrique Vila-Matas, una de las más originales de la literatura contemporánea”, ha construido un mundo propio, “leemos una página suya y de inmediato sabemos que estamos entrando en ese mundo, su mundo. Es, desde luego, una forma, un estilo, pero también un contenido, o sea, una serie de ideas, términos, temas, personajes, símbolos, referencias, obsesiones… Es, naturalmente, la mezcla indisociable de ambos”.

Sol Mora explica que “el Diccionario Vila-Matas pretende ser, ante todo, un homenaje a una obra, un tributo que nace de la admiración y el entusiasmo razonados de la crítica. Busca ofrecer al lector, al que apenas se interna en el mundo vilamatiano o al ya más o menos familiarizado con sus caminos, un mapa, una guía o, mejor aún, un compañero de viaje”.

Recuerda además que abrir cualquiera de los libros de Vila-Matas significa “entrar a un universo único: un universo portátil de shandys, bartlebys, suicidas, solteros, espías y femmes fatales; de capitales lo mismo en París y Barcelona que en Praga y Veracruz; de máscaras y ventrílocuos; de viajes y viajeros lentos; de citas y conferencias; de ficción y crítica; de fiesta y tedio; de vida y literatura”.

La reciente publicación abarca entradas que van desde “Abismo” hasta “www.enriquevilamatas.com” que engloban, en palabra de su autor, “un itinerario personal y hedonista a lo largo de una obra leída y releída con pasión. Puede ser recorrido en orden, de principio a fin, o a salto de mata, según el interés y el humor; en su totalidad o fragmentariamente”.

Lo único que importa, añade en el prólogo, “es que al final remita a la obra, que haga volver –con suerte con una comprensión más lúcida o una perspectiva enriquecida– al mundo único de Enrique Vila-Matas”.

Destaca además que ningún escritor de lengua española ha sabido aprovechar las ventajas de Internet como el propio Vila-Matas y, en igual sentido, este Diccionario Vila-Matas “comenzó su andadura en la red en 2015, en donde tuvo una favorable acogida por lectores y curiosos (primero en www.diccionariovilamatas.com — no on line actualmente) y  luego en www.pablosolmora.com)”.

Posteriormente se difundió a través de la página de la revista Letras Libres e inclusive algunas entradas fueron retomadas por el sitio del propio Vila-Matas  (http://www.enriquevilamatas.com/obra/l_bruma.html)

La reciente edición de la UV es una versión revisada y actualizada de este material que se pone a disposición del lector interesado en conocer más acerca del autor español.

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LO ABANDONADO [Café Perec]

Banville“Escribo porque no sé escribir”, le oí susurrar a John Banville en cierta ocasión. Y pensé que un día haría una antología de textos de mis autores favoritos, de todos los que escriben porque no saben escribir. En las semanas que siguieron fui componiendo una lista espectacular de nombres, aunque el proyecto al final no fue adelante porque pronto  vi que me daría mucho trabajo si lo tomaba en serio, y la prueba la tenía en que, por mucho que me esforzara, no alcanzaba a verle nunca el final a aquella lista de grandes nombres. Si no recuerdo mal, el mismo día en que renuncié a la lista espectacular me vino a la memoria otra a la que también había renunciado y que me había sugerido con malicia César Aira en los Andes venezolanos: rastrear los momentos en que escritores muy consagrados mostraron su profundo arrepentimiento –lágrimas incluidas– por haber escrito las birrias que habían escrito.

Aquel proyecto de Aira lo relaciono a veces con el que planeé de jovencito  con el malogrado J.H, mi mejor amigo del colegio: consistía en vengarnos de los Maristas y de su insistencia en que “escribiéramos bien” (como Pemán ó Alfonso Paso, nos decían) componiendo una terrorífica lista de paisanos que hubieran escrito con aquel atroz estilo pulcro que nos habían querido imponer, un “estilo nacional”, como de examen de reválida.

No fue el único proyecto que J.H y yo abandonamos. Compartimos otro muy divertido, pero que pronto se reveló irrealizable a causa de la falta de autores que hubieran utilizado expresamente el punto de vista de una esponja para narrar una historia. Y es que sólo encontramos a dos: el primero, Ramón Gómez de la Serna, en su brillantísimo El incongruente (reeditado en 2010 por Blackie Books), y el otro, Julio Cortázar, que en uno de sus textos de primera hora habló de participar lo más posible “de esa respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen recuerdos…”

Un día descubrí que lo abandonado era mi paisaje más familiar. Imperturbable, me lancé, no obstante, a un nuevo proyecto, que, eso sí,  también acabé aparcando: reunir en un libro a los más sonados casos de escritores españoles con estilo de examen de reválida, pero quedé desbordado cuando comprendí que, detrás del tópico de la expresión “escribir bien”, se encerraba una monumental cursilada y un desastre general ya experimentado en Francia, por ejemplo, donde quedaron atados al estilo Paul Bourget, a un “estilo nacional” derivado del estilo Voltaire: frases siempre bien hiladas, pulcras, bien escritas y tan de muerte en Venecia que todavía hoy horrorizan por su perfección y acartonamiento.

Cambié aquel proyecto por el estudio minucioso del ciclo precario, fugaz, de toda civilización, en concreto de la nuestra. Y pronto reparé en esa variante del frío estilo oficial y perfecto, funcionarial, como de iceberg antes del Titánic, muy fin de época, de la inepta (se ha visto últimamente con claridad) Unión Europea. Por cierto, en el estudio de ese lenguaje glaciar andaba ayer mismo inmerso cuando decidí también abandonarlo.

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Pablo Sol Mora acerca de ESTA BRUMA INSENSATA

automovVila-Matas ha reunido en ESTA BRUMA INSENSATA una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte.  

*

Cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer.
Pablo Sol Mora (Revista Criticismo, México)

Infatigable, Vila-Matas ha publicado recientemente dos libros: su última entrega narrativa –no sé si llamarla novela, el propio libro previene contra el término–, Esta bruma insensata, y una de sus ya clásicas recopilaciones de artículos, Impón tu suerte. El título proviene de un desafiante poema de Los madrugadores de René Char –“impón tu suerte, abraza tu felicidad y ve hacia tu riesgo. Al mirarte, se acostumbrarán”– y resulta especialmente afortunado porque es como una cifra de la trayectoria artística de Vila-Matas, pues nadie como él, en la literatura hispánica reciente, ha construido su destino literario, creado una obra, persistido en sus obsesiones, formado a sus lectores: impuesto su suerte.

El itinerario editorial vilamatiano es paradójico: comenzó con una serie de libros de aprendizaje publicados en las décadas de los setenta y ochenta –Mujer en el espejo contemplando el paisaje, La asesina ilustrada, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine– en editoriales independientes, algunas de ellas desaparecidas, que circularon escasamente y tuvieron poquísimos lectores; entró en una nueva etapa, más sólida, con su debut en Anagrama, Impostura (1984), y la mítica Historia abreviada de la literatura portátil (1985), que continuó con títulos que iban apareciendo con disciplina y constancia –Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical–, pero sin causar ningún terremoto editorial (eran, sin embargo, libros decisivos, en los que iba creando una obra y, más importante, un lector), y explotó ya en el siglo XXI con Bartleby y compañía (2000) y El mal de Montano (2002), que acarrearon el reconocimiento masivo e internacional. El resto es historia más conocida, incluida la mudanza en 2010 a Seix-Barral, parte de Planeta, a partir de Dublinesca. Lo que me interesa resaltar es que actualmente cuesta trabajo imaginar un autor más consagrado en el ámbito hispánico y que, no obstante, encaje menos en los criterios literario-comerciales que la industria editorial dominante suele preferir e imponer. Es significativo, y dice mucho de la perversión editorial actual, que justamente al mismo tiempo que se publica una obra ambiciosa y desafiante de la convenciones de “lo que debe ser una novela”, como Esta bruma insensata, la misma editorial, en la misma colección, publique un libro como el recién ganador del premio Biblioteca Breve, Días sin ti de Elvira Sastre, cuyo concepto de literatura –es un decir, claro– está en las antípodas del que encarna Vila-Matas. Al incluirlos en la misma editorial y colección, se entiende que los editores responsables los juzgan de una semejante calidad literaria y pretenden vendérselos así al lector. Algún incauto, me temo, podría caer en el engaño (y no sería culpa suya, claro, sino de la empresa que le da gato por liebre). Pero no, amigos mercaderes, no son ni remotamente semejantes y todavía hay lectores capaces de hacer la diferencia. El mismo fenómeno se repite en muchos sellos editoriales antaño independientes y notables, hoy parte de grandes conglomerados, en donde verdaderos autores son puestos a convivir sin pudor con la basura light y comercial más deleznable. Funcionará, supongo, en términos económicos, pero en literarios y críticos de largo plazo, no, y lo que cosecharán eventualmente será la degradación y el desprestigio de sus catálogos.

Ya desde Kassel no invita a la lógica (2014) Vila-Matas había aflojado las costuras de la trama y su prosa narrativa buscaba otros caminos, no tan sujetos a lo convencionalmente novelesco. El resultado es variado –afortunado en Kassel, no tanto en Mac y su contratiempo, más interesante en Esta bruma insensata– y presiento que no todos los lectores, incluidos algunos vilamatianos, lo seguirán. Al autor, naturalmente, no le quitará el sueño porque hace mucho tiempo que decidió que emprendería un camino absolutamente personal y que lo seguiría el que pudiera seguirlo y punto. La historia de la obra vilamatiana es la historia de la educación de sus lectores. Puede discutirse si ciertos libros o una etapa son mejores que otros –yo creo que se alcanzó un clímax que abarca Bartleby y compañía, El mal de Montano, París no se acaba nunca y llega hasta Exploradores del abismo, pero textos como “Chet Baker piensa en su arte” y “Bastian Schneider” me hacen pensar que todavía puede venir otro–, pero lo que no puede discutirse es que Vila-Matas está en una evolución permanente y se niega a repetirse fácilmente. La autenticidad de su trayectoria artística es ejemplar.

Esta bruma insensata es la historia de dos hermanos: Rainer Schneider Reus, alias Gran Bros, y Simon Schneider Reus (anteriormente conocido como Bastian Schneider, antes de que Vila-Matas se enterara de que efectivamente existe un joven escritor alemán de ese nombre y decidiera cambiar el de su personaje: la realidad imita anticipadamente a Vila-Matas). El primero es un escritor radicado en Nueva York, autor de una pentalogía novelística, “las cinco novelas veloces”, que lo ha convertido en una elusiva celebridad, pues, como Thomas Pynchon, elige ocultarse; el segundo vive anónimamente en Cadaqués y es el oscuro hokusai, o sea, proveedor de citas literarias, de su famoso hermano. Ya se ve: Vila-Matas being Vila-Matas. En realidad, apenas hace falta decirlo, los hermanos son uno solo, un Jano de la literatura, y representan dos grandes pulsiones vilamatianas: celebridad y anonimato, mostrarse y ocultarse, figurar y desaparecer.

La obra de Gran Bros está atravesada por una duda fundamental de ecos bartlebyanos: “en realidad el tema de fondo de sus libros es si seguir o no seguir, esa es su that is the question, una oscilación entre dos conciencias: la que desea tener fe en la escritura y la que preferiría inclinarse por el desprecio y la radical renuncia”. Además, a Rainer lo aflige de vez en cuando la mala conciencia del escritor de éxito que sabe que, mientras él triunfa, los autores verdaderamente grandes muchas veces escriben y mueren en la oscuridad, ajenos –ellos sí en serio y no por la vanidad de hacerse los escondidos– a toda frivolidad literaria.

Tengo la impresión de que Vila-Matas ha reunido en Gran Bros una serie de impulsos y tendencias negativas que lo han rondado a él mismo –la renuncia a la escritura, el hartazgo de lo literario, la sensación de fracaso, el resentimiento– y ha llevado a cabo un exorcismo. Probablemente todo gran escritor, todo gran artista, experimenta en algún punto la exasperación de su arte. Practicante consumado, en las antípodas de la ingenuidad del amateur, no puede dejar de advertir las costuras del artificio detrás de cualquier obra. Este es el conflicto de Gran Bros: “como cuando vino a decir que amaba la literatura, los libros, los autores, y que ese era su mundo, pero que tenía que proclamar, profundizando en la cuestión, que de todos esos autores, tanto de los que le gustaban como de los que apreciaba, tanto de los que idolatraba como de los que no le gustaban nada, tanto de los que se creían muy listos como de los que iban de tartufos, tanto de los avispados como de los crédulos, tanto de los chantajistas como de los mendigos, profundizando en la cuestión tenía que decir que de todos se reía. Porque había en todo lector, añadió Rainer, una vocecita que por lo bajo le decía acerca de todo lo que leía, por extraordinario que fuera: ¡anda ya!”.

El arte literario concreto de Gran Bros es el de la novela y a este también lo atiza, claro: “como cuando dijo que odiaba ya para siempre ese embuste de como mínimo cien páginas que agradaba tanto al mercado y que llevaba el nombre de novela y que siempre era algo artificial, planeado e inevitablemente trucado que exigía acontecimientos, acción al menos de vez en cuando, hechos generalmente arbitrarios, todo tipo de señoras saliendo de casa con banderas españolas a las doce de la mañana y mil obstáculos más que hacían que la novela tuviera que saltarse muchos momentos de reflexión y fuera perdiendo, por el camino, el potencial de la prosa sin aditivos”. A esto aludía más arriba cuando señalaba como paradójico el hecho de, por un lado, la indiscutible consagración editorial de Vila-Matas y, por otro, su resistencia y firme independencia frente a las preferencias del mercado literario. La astucia editorial consiste también en que la industria consiente esto en un autor de la talla y el prestigio ya ganado de Vila-Matas, pues se beneficia en términos de reputación publicándolo, aunque su criterio en el caso de otros escritores y obras sea completamente distinto y de hecho enfrentado al del autor.

En sus últimas obras narrativas (Kassel no invita a la lógica, Mac y su contratiempo, Esta bruma insensata), Vila-Matas parece efectivamente buscar esa “prosa sin aditivos”: la trama se adelgaza, los acontecimientos se diluyen, no pasa nada o muy poco, pero la prosa es lo que pasa, y la acción es reemplazada por una especie de continuum de reflexión narrativa en el que el autor da una y otra vez vuelta a sus obsesiones (la escritura, la lectura, la cita, el arte, la identidad…). Como desde el principio, Vila-Matas tantea, explora (sigue siendo un explorador del abismo), va en buscar de algo que él mismo no sabe exactamente qué es. Por ello la bruma –esa niebla que oculta las cosas y difumina las fronteras de lo aparente y lo real– es el símbolo idóneo de esa búsqueda.

El final de Esta bruma insensata es una furibunda diatriba contra la literatura por parte de un Gran Bros desquiciado que concluye en la renuncia final: “Desprecio y renuncia, esa era su decisión. Dejar atrás la maldita impostura de escribir”. Eso, sobra decirlo, es precisamente lo que Vila-Matas no ha hecho ni creo que vaya a hacer (“en literatura, callarme no me callaré nunca nada”, declaró hace poco en una entrevista). A Gran Bros, además, le falta lo más específica y felizmente vilamatiano: la apuesta por la alegría, el sentido del humor, la (auto) ironía. Vila-Matas, presiento, seguirá avanzado, imperturbable y sonriendo, hacia el corazón de la bruma.

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Brasil: Los 20 años de ‘Bartleby e companhia’ vistos por Antônio Xerxenesky

image00004(1)Desde que Vila-Matas bailó sobre el cadáver zombi de la literatura en Bartleby y compañía, han pasado muchas cosas; el mundo se ha politizado y cualquier novela nueva se vende como «urgente» y «esencial para entender el mundo actual». En todas las ilusiones sobre el futuro de la literatura desarrolladas por el catalán, esto nunca surgió como una posibilidad. Porque eso sería pesado, el regreso a lo real. El camino de Vila-Matas va por la ruta menos transitada: una fusión de la vida con la literatura en la que la vida se convierte en un cuento de Robert Walser, en el que un senderista deambula por las montañas del interior de Suiza y contempla el horizonte de posibilidades. La cordillera suiza es un canon modernista.

*

Estuve en Barcelona en 2019 y la Barcelona que vi no tiene nada que ver con el Vila-Matas de los libros. Vila-Matas dice que es catalán, pero cada vez más creo que ésta es una de sus felices mentiras. Básicamente, Vila-Matas es un huérfano argentino que, a los 10 años, invadió la casa del fallecido Macedonio Fernández y le robó sus notas privadas, lo que impactó su cerebro infantil de forma irreparable. Sabiendo que todos sus lectores entablarían relaciones infinitas con Macedonio y Borges, decidió mentir y decir que vive en Barcelona, incluso alquiló un piso en el Barrio Gótico, y así se le ve como escritor europeo. Pero los latinoamericanos decimos antes de dormir: “Vila-Matas es argentino y Ricardo Piglia fue su primo”. Si alguien se atreve a negarlo, citamos a Sophie Calle fuera de contexto.

*

¿A quién le recomendamos que lea Vila-Matas? A los sin rumbo, a los vagabundos. No es que sirva de brújula o mapa. Lo que pasa es que Vila-Matas ve que vas en una dirección determinada y pone tu cabeza en un palo y te hace girar y girar. Después de recuperarte del mareo, intenta caminar en línea recta. Permanecerás desorientado, pero tarde o temprano te encontrarás con un laberinto de espejos, donde volverás a perderte. Es necesario imaginar al lector así: perdido y feliz.

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Antônio Xerxenesky nasceu em 1984 em Porto Alegre, é autor dos romances As perguntas (2017), F (2014) e Uma tristeza infinita (no prelo).

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Mi marca de agua

Sterne1

    «Me acordé de que Sterne decía que había una cosa que daba esplendor a cuanto existía, y era la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Tal vez era ese deseo de que hubiera algo más lo que nos llevaba a buscar lo nuevo, a creer que existía algo que todavía pudiera ser distinto, no visto, especial, algo diferente a la vuelta de la esquina más inesperada; por eso, algunos nos habíamos pasado toda la vida queriendo ser vanguardistas, pues era nuestra forma de creer que en el mundo, o tal vez más allá de él, más allá del pobre mundo, podía haber algo nunca visto. Y por eso algunos rechazábamos la repetición de lo que ya se había repetido; odiábamos que se nos dijera lo mismo de siempre y se pretendiera que volviéramos a saber lo, por otra parte, ya tan sabido; detestábamos al realista y al rústico o al rústico y al realista que consideraban que la tarea del escritor era reproducir, copiar, imitar la realidad, como si en su caótico devenir y en su monstruosa complejidad la realidad pudiera ser atrapada y fuera narrable; alucinábamos ante los escritores que creían que, cuanto más empíricos y prosaicos eran, más cerca estaban de la verdad, cuando de hecho cuantos más detalles acumulaba uno, más se alejaba precisamente de la realidad; maldecíamos a quienes preferían ignorar el riesgo sólo porque les daba miedo la soledad y el fracaso; despreciábamos a los que no comprendían que la grandeza de un escritor estaba en su condición, asegurada de antemano, de fracasado; amábamos a los que juraban que el arte estaba sólo en el intento.

    Era el deseo de que hubiera algo más. Y el deseo nos llevaba indefectiblemente siempre a buscar lo nuevo. Y ese intento, ese afán –lo empecé a llamar así por utilizar una palabra que me gustaba y que había encontrado en la traducción de unos versos de W. B. Yeats– fue algo que estuvo en mí desde aquellos veranos de juventud y sigue estando, creo que es mi centro, creo que es la esencia misma de mi forma de estar en el mundo, mi sello, mi marca de agua: hablo de ese desvelo continuo por buscar lo nuevo, o por creer que quizás pueda existir lo nuevo, o por encontrar eso nuevo que siempre estuvo allí«

[Enrique Vila-Matas, Kassel no invita a la lógica, Barcelona, Seix Barral, 2014, pp. 170-171;

 

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MAR DE FONDO [Café Perec]

Más allá de Gutenberg¿Una experiencia extraña? Por supuesto, basta ver que describirla bien exige un cierto tono críptico. La viví en un campamento militar de Almería, hace años, y  consistió en la percepción de unos destellos que me remitieron a nódulos de conexión entre el pasado y el presente, a focos interconectados de espacio y tiempo, cuya topología comprendí que nunca entendería, pero entre los cuales se notaba que podían viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarse.

Años después, volvió a mí la experiencia almeriense cuando W.G. Sebald contó que había ido a un museo londinense a ver dos cuadros y que, detrás de él, también mirándolos, había una pareja que conversaba en un idioma centroeuropeo, un matrimonio de aspecto extraño, que no parecían de nuestro tiempo. Cinco horas después, el escritor tuvo que desplazarse hasta la estación de metro más periférica de Londres que, como se sabe, es una ciudad de unos diez millones de habitantes. En el andén de aquella estación no había nadie, salvo la pareja del museo. Sebald concluyó que las coincidencias no son casualidades, sino que en alguna parte hay una relación que de vez en cuando centellea por entre un tejido ajado. Y añadió:” Pero no tiene sentido especular”.

¿No lo tiene? He dado vueltas largo tiempo a esto y me parece que merodear en torno a las relaciones entre los vivos y los muertos tiene toda la pinta de ser precisamente una de las esencias más olvidadas de la literatura. “Escribir: resolver una nebulosa interna”, dijo Paul Valéry. De ser tal como sospecho una de esas esencias olvidadas, se agrandaría aún más la escandalosa distancia entre la inspección del tejido ajado y ese tipo de literatura que últimamente nos venden como tal y que no es más que súbdita de la actualidad (que no realidad) que forjan los medios.

Claro está que la tenaz destrucción de la literatura por parte de la industria del libro no deja de tener su lógica. Un buen amigo solía decir que a nuestra sociedad no se le ocurriría inventar ahora la literatura si no la hubiera encontrado hecha, pues, ¿cómo iba a inventar la sociedad capitalista una práctica tan privada, tan improductiva desde el punto de vista social, tan difícil de valorar desde el punto de vista económico?

De ahí que no debería en estos días sorprendernos tanto ver que el arte de especular por las regiones del tejido ajado se halle en plena liquidación, sustituido por la épica del transpuerilismo, de la turbia sinceridad de la no ficción y demás tendencias narrativas. ¿Es para desesperarse? Sí, pero evitémoslo recordando que una característica de la imaginación, desde tiempos inmemoriales, es encontrarse siempre en el fin de una época. Es que esta vez, dirá alguien, la destrucción va en serio, estamos en una transición catastrófica hacia una nueva cultura. Sin descuidar el mar de fondo de nuestro terror, recomiendo entonces decir que, tanto en la tarea de inspeccionar el tejido ajado como en la de resolver nuestra nebulosa interna, la incorporación de un final va a ser de todos modos siempre ineludible.

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Trabajar una «página»

finnegans wakeEsto de Valéry en sus Cahiers me remite a mi modo de trabajar en los últimos meses mis cafés perec:

Me ha gustado trabajar una «página» — como un pintor un cuadro —- indefinidamente —- Sin límite  (Paul Valéry, 1937)

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Mario Aznar: Acerca de’Esa bruma insensata’

Screen-Shot-2021-02-22-at-4.00.20-PM‘Esa bruma insensata’ me parece una novela extraordinaria, a la que quizá no se le ha prestado la atención que merece. En mi opinión, ahí desembocan algunas de las mejores apuestas del Vila-Matas de los últimos años.

[Mario Aznar en su Twitter. 28-3-21]

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Eric Allard sobre Cette brume insensée.

antartidaAllard, Eric. Le doublé obscur. Les belles phrases. 23-3-2021

«Au final, on peut lire Cette brume insensée comme une conversation d´Enrique Vila-Matas avec lui-même, entre l’écrivain réputé et son double obscur qui, à chaque livre, remet en cause le statut de l’écrivain et la cause qu’il sert.

Un nouveau roman exemplaire d’un des écrivains majeurs de notre temps !»

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LOS DIARIOS DE ANDRE GIDE en traducción de Ignacio Vidal-Folch

gide

En el segundo volumen de su Diario, André Gide alcanza la madurez como escritor y continua reflexionando sobre una obra literaria que, con lirismo, sutileza y vocación experimental, avanza desde El retorno del hijo pródigo hasta Los falsificadores de moneda, quizá su obra más conocida y sin duda una de las más influyentes del siglo XX. El escritor explora y analiza en estas páginas cuestiones de conciencia vinculadas a su matrimonio blanco, su fe vacilante y su homosexualidad, pero también pasa revista a uno de los períodos más convulsos de la historia del siglo XX, cuando la sociedad europea va dejando atrás la despreocupación de la belle époque para internarse en el cruento panorama de la Gran Guerra y finalmente superarla.

Acerca de la obra:
«El Journal de Gide cuenta la historia de alguien que se pasó la vida buscando realizar su obra maestra y no la logró. O tal vez sí, tal vez sí la logró, y su obra maestra sería entonces paradójicamente ese Journal que iba reflejando la búsqueda de su obra cumbre.»
Enrique Vila-Matas

«Obra y Vida: el Journal, que algunos consideraban la obra cumbre de Gide, la más completa, la mas perdurable, está en el centro de esa encrucijada.»
Laura Freixas

«Nunca hay que leer las frases del diario de Gide como si fuesen simples constataciones, aun cuando estén en indicativo: son deseos, plegarias, órdenes, himnos, remordimientos, inculpaciones.»
Jean-Paul Sartre

«El Diario está escrito mucho más como un diálogo que como un monólogo. Es menos una confesión que el relato de un alma que se busca, se responde, conversa consigo misma.»
Roland Barthes

«Lo que tiene lugar en el Diario, considerado en su conjunto, lo que en definitiva lo sostiene y cohesiona, viene a ser lo que cabe entender por una épica de la sinceridad. La ardua conquista de una expresión cabal, verdadera y honesta de sí mismo.»
Ignacio Echevarría

«Una obra de arte […], una creación.»
Georges Simenon

https://www.penguinlibros.com/es/biografias/230689-diario-1911-1925-9788466350150
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La función quijotesca

20200712_222428-1Mar Gómez Glez acerca de “Ficciones de verdad y el derecho a la (auto)ficción”, ensayo de Patricia López-Gay:

Mencionaba Juan Marqués en un artículo en The objective que en nuestro país hay muchas buenas escritoras y escritores, pero muy pocos buenos críticos, en parte porque se confunde la crítica literaria con el periodismo cultural, y a este, con la promoción. Después de leer Ficciones de Verdad. Archivo y narrativas de vida de Patricia López-Gay, las palabras de Juan Marqués resuenan en mi mente. ¿Y si tiene razón? ¿Y si a los críticos literarios españoles les pasara como a nuestro personal sanitario que prefiere, o necesita, buscar suerte en otros países para desarrollar su profesión? Patricia López-Gay es profesora en Bard College, vive en Nueva York desde hace años. Su último libro (Ficciones de verdad. Archivo y narrativas de vida) sobre crítica literaria en conversación con el arte visual reflexiona, contextualiza y engrandece uno de los modos de escritura más significativos de la narrativa actual: la autoficción.

A la pregunta de si la autoficción es un género, una categoría, un recurso literario, este libro no nos ofrece una definición cerrada: la autoficción es desde su nacimiento una desarticulación de la norma. La autoficción ha llegado para quedarse, o quizá siempre estuvo aquí y la historia de la literatura pueda releerse desde ese prisma incierto. De hecho, Ficciones de verdad dedica varias páginas a reflexionar sobre el genio fundacional de nuestra literatura, Don Miguel de Cervantes, y la medida en que las narrativas de vida contemporáneas que desean ser novela vuelven a explorar el tema de la confusión entre la realidad y la ficción.

Para López-Gay, las autoficciones no son ni autobiografías, ni novelas, sino ambas cosas; abren a un lugar “indeciso” de escritura y lectura. En ese espacio vemos emerger una figura autorial contemporánea que, husmeando con suspicacia, busca ordenar y comprender huellas dudosas de vida que se nos presentan como realidad. Desbancando el tópico de las escrituras del yo entendidas como ejercicios egocéntricos, o de mera promoción autorial, López-Gay las repiensa desde un lugar que les devuelve la originalidad: el de la “fiebre archivo”.

La obsesión por archivar marca nuestra época tanto como las noticias falsas marcan nuestra realidad. Ficciones de verdad analiza proyectos de artistas españoles que han trabajado con el archivo generando una poética de la sospecha, como Montserrat Soto o Isidoro Valcárcel Medina. Como el arte, la literatura sospechosa de archivo, la autoficción, sirve como resistencia a la manipulación. Dentro del campo literario, en plena “era del retoque digital”, las autoficciones sirven para dislocar la lógica del archivo que se propaga, rebasando las artes, tras la invención de la fotografía.

López-Gay documenta cómo las narrativas del yo escritas desde el modo autoficcional rompen con el sueño del realismo. Nos abren a instantes congelados de vida. A lo largo de Ficciones de verdad, las autoficciones de Jorge Semprún, Javier Marías, Enrique Vila-Matas y Marta Sanz se redescubren en su archivar creador, creativo y sospechoso. Bajo el “ímpetu irrefrenable de organización de documentos históricos o personales, citas propias y ajenas, fotografías, recuerdos o reflexiones del día a día” en la pantalla o sobre el papel, estos autores producen autoficciones que se detienen en el tiempo ampliado de universos posibles, en las digresiones del pensamiento, en la apertura hacia esa otra vida a la que siempre ha invitado el archivo.

Una vida que trasciende el fin último –fisiológico— del autor individual devolviéndonos el énfasis a nosotras, lectoras de vidas y ficciones, pasados presentes y futuros. Defendiendo la autoficción de manera convincente y definitiva, Ficciones de verdad defiende también la función quijotesca, hoy renovada, que cierta narrativa, visual o textual, cumple en nuestras culturas contemporáneas: mantenernos alerta; abrirnos a un universo de libertad que no necesariamente nos aleja de la realidad, sino que más exactamente nos insta a sentir el cuerpo, tomar aire, expirar, agarrar herramientas críticas que nos ayuden a navegar los vaivenes mediáticos de la era de la posverdad.

Ficciones de verdad

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LA PÁGINA 343 ——————–[Café Perec]

Portada de El tiempo envejece deprisa, de Antonio Tabucchi.

Portada de El tiempo envejece deprisa, de Antonio Tabucchi.

El vecino me adelanta para quitarme el ascensor y, a modo de disculpa o chufla, me dice que, ahí donde lo veo, lleva en realidad confinado veinte años y por tanto está muy adaptado al horror. Me quedo esperando el siguiente turno y como venganza imagino que me ha confesado que los viajes que no realiza le parecen cada día más una categoría mental, una forma de perderse en paisajes de la memoria antes de quedarse dormido. Con esto, sitúo impunemente en el mismo plano sus viajes imaginarios y su no solicitada confesión de dos décadas de confinamiento. Y lo hago en parte influenciado por una página del atractivo nuevo ensayo de Cristian Crusat, La huida biográfica (Pre-Textos) en el que se nos recuerda que una vida no contiene únicamente lo que hacemos, sino que está también integrada por lo que no llegamos a hacer, por lo que soñamos un día que haríamos. Es el caso, pienso ahora, del ciudadano Steiner, para quien su biografía y los viajes que le quedaron por hacer (“Ayers Rock en Australia  y la ciudad de Petra, que se han vuelto difíciles a mi edad”)  podían situarse, al final de sus días, en el mismo plano, y de ahí que sus memorias llevaran el muy atinado título de Errata, pues en conjunto su vida contenía ya una notable serie de proyectos perdidos que formaban parte también de ella.

Una página no sólo incluye lo que dice, y la prueba está en que sigo ahora mismo anclado en la de Crusat, atrapado por la analogía que en ella se establece entre la sospecha de que nuestras vidas contienen lo que nunca llegamos a hacer y aquello que afirmaba Antonio Tabucchi de que un libro –al igual que una página– no sólo incluye lo que dice, sino también aquello que los lectores buscan en su lectura.

Lo que los lectores acababan encontrando en sus libros siempre le deslumbró a Tabucchi. Creo haber vivido yo también esa experiencia: la repentina impresión de que la lectura es una actividad más noble que la escritura. Que haya lectores que busquen y lleguen a encontrar en lo que escribo algo que nunca había sospechado me recuerda a veces que el lector más inteligente de mis libros fue un amigo muy intransigente que se pasó años reprochándome todo lo que yo escribía. Hasta que un día en plena calle, para mi sorpresa, me cerró el paso para mirarme muy de frente y decirme que la página 343 de mi último libro le había dejado huella. Dijo exactamente eso, y hasta lo repitió: me ha dejado huella. No me lo podía ni creer y fui corriendo de inmediato a casa para revisar aquella página y enseguida comprobé que cuantas más veces me empeñaba en leerla con la mente de mi amigo superior, más veces fracasaba en el intento de captar qué había podido impresionarle de ella. No me quedó otro remedio que abandonar la vana tarea de intentar que mi cerebro suplantara al suyo. Pero desde entonces siempre se mueve algo en mí cuando alguien por ahí insinúa que una página o un libro no sólo incluyen lo que dicen, sino que pueden ser la proyección de los deseos de ciertos lectores, incluido –me digo enseguida– los del más agudo, los del más sabio.

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16 Marzo. A tres meses justos del Bloomsday.

 By Nuala O’Connor March 15, 2021 Arts & Culture James Joyce and Nora Barnacle, seated on a wall in Zurich. Image from the UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York.


By Nuala O’Connor March 15, 2021
Arts & Culture
James Joyce and Nora Barnacle, seated on a wall in Zurich. Image from the UB James Joyce Collection courtesy of the Poetry Collection of the University Libraries, University at Buffalo, The State University of New York.

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Fragmento de LA QUERELLA LITERARIA DE LOS UNOS CONTRA LOS OTROS.

jeff wall_boxing-2011_thumb[3]JESUS GARCÍA CIVICO : La literatura no nació para ser diseccionada en la mesa de un departamento de filología hispánica. ¿Cómo explicaríamos a Melville o Hawthorne que tenemos a sus ballenas conservadas en formol? Sobre el significado de la subversión, la literatura “criada fuera de la convención” es resultado de la visión de la novela como un territorio libre y sin vallado: Rabelais, Sterne, Rulfo, Borges, Kundera, Danielewski, Lucia Berlin… La voz propia puede o debe ser ecléctica. Witold Gombrowicz escribió sobre la posibilidad de darle una forma permanente a una inmadurez (a la plena voluntad de inmadurez) y en esas nos hallamos todos, o se halla alguien o me hallo yo. Lo no convencional pasará un día a ser convencional. Es lo que ocurrió con Hemingway, Carver, Remedios Varo, Ramones, Fellini o Sonic Youth: creo que se llama fagocitación. No hay experimentación sin tradición, ni nada nuevo surge sin una historia que lo preceda. Cuando era joven, la pirotecnia verbal era Nabokov y Burroughs era el transgresor. Hoy me sigo riendo con Pálido fuego y apenas me sonrío con The Naked Lunch. No sé si autor y libro son del todo separables y olvido algunos libros que he leído, pero sé que la novela nunca es hija, sino hijastra, y que no por ello se le ama peor.

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A arte do desaparecimento [ José Riço Direitinho en Ipsilon, suplemento de Publico, Lisboa 11 de Março de 2021]

PP - 21 ABRIL 2008 - MATOSINHOS - ENTREVISTA ENRIQUE VILA MATAS -08/04/00-Y

21 ABRIL 2008 – MATOSINHOS

Ter a literatura como tema dos seus romances é o jogo preferido do catalão Enrique Vila-Matas (n. 1948) — pelo menos desde o livro que lhe trouxe reconhecimento, História Abreviada da Literatura Portátil (1985), passando depois por Bartleby & Companhia (2000), O Mal de Montano (2002), ou Doutor Pasavento (2006), entre outros títulos que têm o processo literário como centro. A sua imaginação por vezes excêntrica opera com inteligente eficácia um estilo singular em que a ficção se compromete com o ensaio.

Esta Bruma Insensata, o mais recente romance, torna a não escapar da indagação das dificuldades de escrever hoje, parecendo querer deixar à mostra algumas angústias do autor. Se já no livro anterior, Mac e o Seu Contratempo (Teodolito, 2020), aborda a criação literária como uma “transcrição elaborada”, de onde a originalidade está ausente, neste sublinha essa misteriosa “impostura de escrever”. O romance conta-nos a história do singular vínculo entre dois irmãos: um é um famoso escritor que vive há duas décadas algures escondido em Nova Iorque (aqui é impossível o leitor não evocar as fugidias e misteriosas figuras de Thomas Pynchon ou de J. D. Salinger), que assina os livros sob pseudónimo, pratica “a arte do desaparecimento”, e o outro um tradutor que vive num casarão em ruínas, herdado dos pais de ambos, nas falésias de um lugar catalão junto ao mar. Este último foi contratado no início da carreira do outro para lhe fornecer citações de outros escritores (é um “recolector de citações”), ofício de ajudante que desempenha com algum fervor ao mesmo tempo que fornece material para que o outro use em intertextualidades, material este que é enviado em mensagens crípticas (não tendo a certeza de que o escritor as entenda, ou outra pessoa por ele, no caso a suposta mulher — de cuja existência não há certeza). O “ajudante” parece defender uma “teoria sobre a possibilidade de escrever romances com intrigas intertextuais e contra o fetichismo da originalidade”. Não se vêem desde que o escritor se instalou em Nova Iorque — nem uma fotografia trocaram, e o assunto de todos os emails trocados sempre se restringiu àquele trabalho, sem comentário pessoal.

Vila-Matas mostra-se, uma vez mais, um escritor de recursos inesgotáveis neste universo feito de temas literários e que coloca o leitor sempre perante conflitos — que serão também os do autor, as suas obsessões e dúvidas — que deixam os seus romances na prateleira dos que têm a metaliteratura como exercício. E talvez não seja descabido escrever que Esta Bruma Insensata é um dos seus livros mais metaliterários, não no sentido usual de que mostra com propósito as “costuras” da tessitura, mas porque se interroga sobre a própria ideia de realidade e de como fazer literatura. Já quase no final, quando se dá o encontro dos dois irmãos, em Barcelona, numa sexta-feira do final de Outubro de 2017 (a data assume importância por terem sido os dias de chumbo da perigosa crise política catalã, quando helicópteros militares sobrevoavam a cidade), há um diálogo entre os dois em que o narrador (o autor?) parece querer deixar clara a razão do livro: “parecia-me uma imbecilidade, dado que para mim viver era construir ficções. Havia, além do mais, muitíssimas razões de peso para afirmar que toda e qualquer versão narrativa de uma história real era sempre uma forma de ficção. A partir do  momento em que se organizava o mundo com palavras, modificava-se a natureza do mundo.”

É neste facto de a linguagem ser construtora do mundo, ao dar-nos dele uma distância crítica, que Vila-Matas justifica a literatura (a sua e a dos outros) como um olhar discrepante da realidade em relação a si mesma. As dicotomias apresentadas no romance pelos dois irmãos soam por vezes a diferentes visões num espelho quando olhadas de ângulos diferentes: talvez os dois irmãos sejam apenas as duas faces do autor em busca de uma razão válida para continuar a escrever.

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Un paseo por LA CALLE DEL ORCO (la página de Kim Nguyen Baraldi)

Epv8IunXcAEWRHvIGNACIO VIDAL FOLCH: A veces entro en la página llamada Calle del Orco o sea calle del infierno, a ver si ha incorporado, como hace de vez en cuando, sin periodicidad fija, alguna nueva cita de un autor venerable. La página acaba de cumplir 10 años de vida y consiste en eso precisamente: en un escaparate de citas –van ya 500—, generalmente en torno a la literatura, pero no siempre, sin otra jerarquía que el gusto del compilador.

Que no necesariamente tiene que coincidir, eso hay que darlo por descontado, con el gusto del lector. Veo yo en la pantalla, por ejemplo, la cita y el rostro de determinado novelista que no me gusta nada, pero es que nada, y tuerzo el gesto, pero al lado de ese se alinean los altares de tantos otros autores estupendos… hay para elegir.

En algunas ocasiones en que te convenga un refuerzo de la fe en la literatura, y también, otras veces, movido por el aburrimiento, o por ese estado de ánimo de curiosidad difusa e inconcreta en que uno quiere pensar pero no se le ocurre en qué –porque en sus cosas le parece que ya ha pensado demasiado—, puedes salir a dar una vuelta por la Calle del Orco –las entradas son independientes de la actualidad, se puede entrar por donde a uno le provoque—, y seguro que saldrá revitaminado con la lectura de los pensamientos de grandes maestros. Seleccionados con buen gusto por el compilador, que así va configurando una especie de arcimboldiano autorretrato.

A ese compilador no tengo el gusto de conocerlo, pero le he leído algunos artículos en Letras Libres, que rezuman entusiasmo y conocimientos. Se llama Kim Nguyen Baraldi. Este nombre tan particular no es un seudónimo: su padre, refugiado vietnamita en Lieja, conoció allí a su madre, inmigrante italiana. Kim estudió literatura en París y vive y trabaja en Barcelona. Si no me confundo andará por los 35 años. Tiene como referentes para su página de citas a los mejores: Simon Leys, que teoriza y practica este coleccionismo en Ideas ajenas, y Hugo von Hoffmansthal y su Libro de los amigos, en el que reunió sus citas preferidas de sus autores predilectos, alternándolas con breves observaciones. “La cita tiene mucho que ver con la amistad”, dice Nguyen. “Es elegir el texto de alguien y hacértelo tuyo.”

Algunas entradas son temáticas, como la relativa al plano de París, el plano físico, de papel, que reúne citas de Cortázar, Walter Benjamin, Modiano, Ribeyro, Rilke, Flaubert, Julien Green. O como Detrás de una ventana con citas de Leopardi, Modiano y  Baudelaire,  sobre la sugestión de misterio que hay en las ventanas de las casas, cuando uno pasa por la calle; especialmente de noche, cuando la ventana emite un rayo de luz, o se ve en ella moverse una sombra.

No reproduzco aquí las estupendas citas de Leopardi, Baudelaire y Modiano, porque basta con ir a la Calle del Orco y leerlas. Me atrevo a sugerir al compilador que el tema de las ventanas es muy interesante y digno de incorporar otras aportaciones. He confeccionado una lista de cinco o seis ventanas, de las que ahora mencionaré las tres más conocidas: la canción de Brel Les fenêtres; las High Windows de Larkin; y por supuesto, la ventana que vio Pessoa desde el coche prestado con el que circulaba por la carretera de Sintra.

Porque la mejor noticia de estos párrafos, siendo ya muy buena la noticia de la existencia de la Calle del Orco, es que no solo Kim Nguyen, todos podemos hacernos nuestro propio retrato de Arcimboldo… o nuestro propio monstruo de Frankenstein…

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¿En qué momento uno se convierte en escritor?

VM_PGimferrer_LaPedrera¿En qué momento aprendí a escribir frases literarias? Ahí puede estar el quid de la cuestión, la esencia de todo aprendizaje retórico. ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria. Si no recuerdo mal, Pere Gimferrer, en Itinerario de un escritor cita estos versos de Góngora: «quejándose venían sobre el guante / los raudos torbellinos de Noruega». […] Gimferrer nos explica el significado de estos versos aparentemente difíciles de comprender: el guante es el guante de los halconeros […]. «Los raudos torbellinos de Noruega» quiere decir los halcones que se suponía que venían de tierras hiperbólicas, precisamente de Noruega, que en aquel momento era un nombre genérico y extraordinario. / Está claro que Góngora podría haber utilizado un lenguaje más directo, más vulgar. Lo habríamos entendido mejor, pero no habríamos leído unos versos memorables, sino una frase de absoluta banalidad prosaica, como una de esas frases que solemos entrecruzarnos siempre con los taxistas de nuestras ciudades nerviosas./ La literatura apareció en mi guante como un raudo torbellino de Noruega.”

(del prólogo a la edición de 2005 de LA ASESINA ILUSTRADA)

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El odio de todos los días. [Café Perec]

stIñaki Uriarte comentó en sus Diarios que, cuando escribía una reseña negativa, se sentía en la obligación, por una extraña coherencia interna con él mismo, de cogerle ojeriza al criticado. A veces, leo estas palabras como una sátira de la forma habitual de operar de ciertos críticos nacionales. En otras me hace pensar en Enrique Lihn, que  suponía que el odio que algunas personas manifestaban hacia él se explicaba por haberlas visto durante treinta años sin haberlas saludado jamás. No está mal pensado, aunque la verdad es que el odio de los otros tiene tantos recodos y misterios que cualquier interpretación que hagamos del mismo puede llegar a parecernos verosímil. Roberto Merino, cronista chileno que fue quien dejó constancia de las palabras de Lihn, recordaba con simpatía al poeta argentino Godofredo Iommi por una causa aparentemente banal: porque en el invierno de 1980 (en esos días Merino tenía dieciocho años y no le conocía nadie) le saludó con entusiasmo al cruzarse con él en una calle de Valparaíso. A mí, con mucha más edad, me tocó vivir una experiencia parecida en lo gratificante cuando, consciente de ser un completo desconocido para todo el mundo en Manhattan, casi no podía dar crédito de pronto a que alguien, desde la otra acera de la Sexta Avenida, estuviera gritando mi nombre: eran Valeria Luiselli y Álvaro Enrigue enviándome un alegre saludo que logró que me sintiera de repente como alguien que llevaba toda la vida en Nueva York.

Volviendo a Roberto Merino: nunca pudo superar cierta antipatía hacia Jorge Tellier porque éste en 1979 fue muy maleducado con él en una calle de Santiago cuando les presentaron. Algo también por el estilo me ha sucedido con escritores con los que en mi primer tropiezo con ellos, me ha tocado vivir un evidente desencuentro. Y es curioso comprobar cómo esas experiencias, casi todas del pasado, inciden todavía hoy en mi apreciación de lo que, a través del tiempo, voy leyendo de ellos, lo que me lleva a suponer que de un modo parecido, con gesto reciproco, operan muchos críticos a la hora de acercarse a los libros de autores de los que sólo recuerdan un gesto frío en el pasado. En estos casos, los prejuicios y la ojeriza previa se imponen desde primera hora a la lectura objetiva de lo que éstos escriben.

Por supuesto, hay otros mundos y otros odios. A la pregunta de por qué creía que eran tan detestados los judíos, George Steiner contestó: “Porque su identidad étnica e histórica perdura desde hace cinco mil años. El misterio de esa supervivencia es lo que despierta el odio en el no judío, un cierto sentido de lo abominable, y más con todo eso de que el judío ha firmado un pacto con la vida”.

Steiner dio con una respuesta de notable espectro metafísico que explica con valentía lo que  puede que habite en el fondo mismo de la manifestación de nuestro odio más supremo: la supervivencia de los otros. Hago una pausa y quedo pensativo. ¿Y no es la supervivencia de un escritor lo que tanto se les atraganta a sus enemigos, a sus odiosos odiadores?

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