Elisabetta Rosaspina. Raccontare vuol dire citare (Intervista in Corriere della Sera.

lago Maggiore 042Elisabetta Rosaspina. Raccontare vuol dire citare (Intervista SOBRE ‘QUESTA BRUMA INSENSATA’). Corriere della Sera (Italia). 23/10/2022.

1 El trabajo del escritor y de los que lo rodean, traductores, agentes, editoriales, “negros”, es otra vez al centro de su narración, con un oficio mucho menos habitual: el recolector de citas. El personaje y narrador tiene una cita para cada necesitad. Un verdadero patrimonio literario en su memoria. ¿Como se le ocurrió este detalle? ¿Y son todas citas reales?  ¿O tal vez es un juego con el lector por comprobar sus conocimientos?

 

En Storia abbreviata della letteratura portatile (Universale Economica Feltrinelli), que fue, a finales de la década de los 80, el primero de mis libros que llamó la atención fuera de España, se hablaba de la conjura literaria Shandy (en referencia a Sterne y su Tristram Shandy. En ese libro abundaban ya las citas y casi todo lo que decían los conspiradores eran citas de otros. Nada tan extraño, aunque pueda parecerlo, pues para mí, que me había formado en el arte a través, entre otras cosas, del cine de Godard, era de lo más natural interrumpir la acción, como pasaba en las películas de éste, con carteles que recordaban a los del cine mudo y en los que se incluían frases de Einstein, de Marx, del conde de Lautréamont… A todo esto, un año antes de escribir la Storia abbreviata caí fascinado por un libro del argentino Edgardo Cozarinsky, Vudú Urbano, que era tanto una ficción autobiográfica como un ensayo y un ensayo que era como una narración. Algo un tanto insólito en aquel momento. En el prólogo de ese libro, Susan Sontag comentaba que el derroche de citas le hacía pensar “en aquellos films de Godard que estaban sembrados de citas”. Yo creo que esa frase de Sontag fue definitiva para mí porque, a partir de entonces, “normalicé” ya del todo la relación de mis escritos con la intertextualidad, mi necesidad de contar cualquier reciente suceso de mi vida y conectarlo con un “hecho de cultura”, quizás para que la escena vivida no sólo quedara aislada en el tiempo, sino que, además, respirara mejor al ser narrada. Y también creo que, con todo eso, es casi lógico que acabara creando ese personaje, de oficio tan raro como el narrador, ese “artista citacionista”, ese Simon Schneider, que por una modesta cantidad de dinero provee de citas geniales a su no muy talentoso hermano Rainer (famoso escritor oculto en Nueva York, al estilo de Salinger o de Pynchon). Simon, que se halla sin duda en el centro de Questa bruma insensata, dice sentir “un bisogno assoluto di assorbire, di raccogliere tutte le frasi del mondo, una brama irrefrenabile di divorare tutto ciò che avevo a portata di mano, di impossessarmi di utto quello che, nei momenti prosperi di lettura, mi sembraba potesse essere mio”

2.El tema de la fraternidad y del egoísmo familiar también captura el lector desde el principio de la novela: Gran Bros, el escritor de éxito es un déspota y Simón, el hermano mayor (y mejor), sigue fiel y cooperativo en su sombra. La falta de dinero de Simon, ¿es una explicación suficiente o hay más? ¿Todos los escritores necesitan “hermanos” o colaboradores de esta clase?

No, claro. Pero hay en esa relación entre hermanos Schneider de mi novela el eco de la conocida relación entre Van Gogh y su hermano, el que financiaba sus cuadros. Por eso, como le dije hace poco, a Andrea Bajani, el título que pensé primero para mi novela era La financiación de Van Gogh. Pero, por otra parte, creo que Questa bruma insensata no habría sido la misma de no haber leído, hace muchos años, una novela muy inteligente y quizás algo olvidada de Carmelo Samonà: Fratelli. La historia de una experiencia extrema, el encuentro de dos lenguajes: el articulado y metódico de la «normalidad» y el fragmentario, perentorio, virtualmente ilimitado, de la alienación. El tema central de Fratelli era, creo, la búsqueda del Otro; sin olvidar un cierto sentido del humor que recorría todo el libro. En Questa bruma insensata no falta el humor tampoco, sobre todo cuando se va desvelando que el famoso Rainer, Gran Bros, el muy celebrado autor oculto de Nueva York, le debe todo al genio literario de su humilde hermano. La modestia es clave en el libro. El novelista triunfador es enormemente vanidoso, mientras que su hermano desde la sombra –tan esencial con sus citas que guían, sin que Gran Bros se dé cuenta, la columna vertebral de sus famosas novelas– es un prodigio de humildad. Simon es la voz honrada del “autor estrictamente literario” y, por tanto, invisible que habita en el fondo del triunfador y mediático Rainer, el escritor al que le deslumbran los focos.

3.Hay también una vena de humor surreal o sarcástico en lo que Simón cuenta de sí mismo y de su oficio y, aun mas de los críticos literarios, fuente inagotable de nuevas citas por el: ¿es así? Y, si lo es, ¿hay un mensaje implícito para el mundo literario y editorial?

No, no hay ningún mensaje especial. Se narra simplemente el malhumor que le producen a Simon ciertos críticos que ensalzan a Gran Bros sin preguntarse siquiera si no podría ser que hubiera alguien más detrás de esas novelas que ellos califican de “obras maestras”. Porque Simon está bien seguro de que sus colaboraciones, sus cesiones de citas, constituyen, el imprescindible “suplemento oculto” de la obra de Gran Bros, un suplemento vital, aunque solo sea porque sirve de contrapeso al siempre muy disimulado factor mercantilista que, por imperceptible que sea, Simon sabe que habita en muchas de las ideas de su hermano Rainer, “la estrella neoyorquina escondida”. Y déjeme usted que añada ahora: como escritor, Rainer es un inepto colosal. No así su mujer Dorothy, que es la que capta y descifra para su marido lo que, con ambiciones superiores al simple envío de una cita, remite Simon a Nueva York. Dicho de otro modo: entre Dorothy y Simon le construyen las novelas de éxito al incompetente Gran Bros. Es por eso que, por mucho que pueda parecerlo al principio, no es Gran Bros quien ayuda a su hermano, sino lo contrario.

4. A Rainer le encanta el arte de desaparecer: ¿Y a usted? ¿Qué opina de escritores como Salinger, Pynchon o Elena Ferrante, de artistas como Banksy y de todos los que eludieron y eluden la popularidad?  ¿La fama puede ser muy molesta? ¿O es el precio correcto del éxito?

La literatura, al igual que el acceso a la vida, contiene en sí misma, su propia esencia, que no es otra cosa que la desaparición. Y como yo esto lo veo así, tengo ahora que decirle que comencé a escribir sobre desapariciones el día en que leí un ensayo muy interesante acerca de “la desaparición del sujeto en Occidente”. De hecho, ese tema del ensayo abría mi novela Dottore Pasavento, aunque pronto derivaba mi voz de ensayista en la voz de un narrador que contaba la historia de Pasavento, alguien que en un viaje a Sevilla deseaba desaparecer y pronto descubría lo difícil que le iba a resultar borrarse del mapa. Porque para borrase como hicieron Salinger o Blanchot, o hacen Pynchon o Elena Ferrante, hay que saber borrarse muy a tiempo, al principio de todo, cuando aún nadie te conoce y tienes recursos suficientes para conseguir que nadie sospeche que eres el “famoso escritor desaparecido”. Si cuando escribí mi primer libro, hubiera tenido en cuenta que debía ocultarme desde el principio, mi desaparición habría sido factible y todo habría sido bien distinto para mí, aunque mucho me temo que me habría convertido en una pálida y aburrida planta de interior.

5. ¿Tía Victoria es en realidad su voz, la voz del autor, a propósito del asunto central de Questa bruma?

Es un personaje mucho más inteligente que los dos hermanos juntos. Y no, no es para nada el autor. Tía Victoria es el personaje que nos confirma que los dos hermanos Schneider no son gran cosa. Al autor le divierte crearlos para ridiculizarlos, diría que para mostrar lo superior que es a ellos, aunque también es consciente de que él, en cambio, es muy inferior a lo potencia espiritual que ha sugerido que posee tía Victoria. Releyendo el libro ahora con motivo de su aparición en Italia, me ha parecido ver que el autor también sabe ridiculizarse a sí mismo al obrar así, con tanta superioridad. También él está por debajo de tía Victoria, tal vez porque las mujeres suelen ser más sabias y los hombres tienen un punto infantil casi siempre risible e irremediable.

6.El telón de fondo de la novela es la Catalunya del 2017, la de la revolución por la independencia y de la huida de Puigdemont, la protesta y los helicópteros en el cielo de Barcelona: y, ahora, cinco años después, ¿algo ha evolucionado en los sentimientos de los catalanes a favor o en contra de la independencia?

La novela está deliberadamente estructurada a la manera de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, donde el narrador va por el río Congo al encuentro de Kurtz. En el caso de Simon, va al encuentro de su hermano Rainer, con el que se ha citado en Barcelona en unos días difíciles, dado que coinciden con el punto álgido de la reivindicación de una Republica catalana. Se supone que Simon va a reivindicar una paga mejor para sus citas. Los ruidosos y obsesivos helicópteros le dan a esa doble reivindicación (República catalana y mejor sueldo para Simon) un aire de fin del mundo, un aire a lo Apocalypse now, precisamente la adaptación cinematográfica de la novela de Conrad. Pero obsérvese que el narrador cuenta toda la historia –tanto su encuentro con Rainer como el clima de guerra de la ciudad– desde un estado intermedio entre la vida y la muerte, el llamado Bardo según la tradición tibetana. Es decir, lo cuenta mucho tiempo después de que hubiera ocurrido lo que cuenta, por lo que todo lo que narra ya pasó. Su punto de vista es el más clásico en las novelas, cuenta lo que pasó cuando todo ha pasado ya. No opina ideológicamente sobre lo que pasó –lo ideológico, por cierto, suele ser un gran lastre para cualquier novela que quiera ir más allá de su tiempo– precisamente porque está ya muy lejos en el tiempo, al menos en el tiempo de Simon, el narrador que pasea por el Bardo. Y por eso viene a decir éste al final del libro que cuando observa que ha tenido que escribir sobre un tiempo ya tan caducado, se pregunta si no será que, a lo mejor, como dicen algunos, a la ficción le gusta el pasado y por eso tiende a correr el riesgo de no ser ya sino cosa del pasado, que es lo que solían decir los hegelianos hablando del arte en general y Borges hablando de la lluvia… En fin, que ahora que ya puedo decir que ha pasado mucho tiempo desde que ocurriera lo que en mi libro se cuenta y la toma de distancia con aquello puede empezar a verse con perspectiva, sobre todo si nos situamos en el Bardo, lo que me parece que ocurre es que hay un desengaño general por parte de los independistas puesto que se sienten, con razón, burlados. Su desengaño es consecuencia del engaño que los tres partidos políticos separatistas crearon para arañar sus votos. Se les dijo que Europa les acogería enseguida en la Unión Europea cuando cualquier persona cabal sabía que esto no iba a suceder del modo que se prometía. Se minusvaloró –todavía no sé por qué– la fuerza de un estado como el español, que no es una monja de la Caridad precisamente. El otro día, leí algo que en su momento dijo el gran escritor Rafael Chirbes sobre la actitud de la mitad de los catalanes respecto a lo español: “Me fastidia su extrema sensibilidad ante cualquier comentario poco halagador que reciben de fuera y su ligereza a la hora de descalificar lo ajeno”. Claro que en tiempos de twitter, eso ya es mucho más habitual que antes.

7. El final tiene mucho misterio: ¿Simón también juega a escondidas con el lector? ¿Y cuantos hijos tuvieron los padres Schneider Reus? (si se puede decir…)

Cabe pensar que, con el mucho tiempo que ha pasado, Simón, en el Bardo, ha encontrado ya las palabras que le servirían para completar ese final de frase olvidado y que se pasa toda la novela buscando… En cuanto al número de hijos que tuvieron los padres Schneider Reus, yo diría que sólo uno: Simon Rainer Schneider Reus. Es decir, SR SR.

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EL ESPANTO DE LA LUCIDEZ en Ricardo Menéndez Salmón

maxresdefault[La VANGUARDIA, Masoliver Ródenas]

Una nueva antología de relatos del prolífico autor asturiano certifica la originalidad y la imaginación de la escritura de Ricardo Menéndez Salmón]

 Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un prolífico autor de ensayos, novelas y relatos, guiado siempre por la imaginación, el rigor y una sólida formación cultural, aunque muchas veces, como en el caso de Borges o Vila-Matas, las referencias sean inventadas, para mayor desconcierto y amenidad, que acabamos aceptando como guiños. Para hacerse una idea de esta poderosa y original escritura, basta con acudir a la Trilogía del mal –integrada por La ofensa (2007), Derrumbe (2008) y El corrector (2009)– o a Homo Lubitz (2018) y, ahora, a la antología de relatos Los muebles del mundo , publicados entre el 2002 y el 2013.

Tras celebrar “los poderes y misterios” del género, justifica, para mi escandalizada sorpresa, que lo haya abandonado por “la certeza de que el relato como asiento de la escritura ha agotado su sentido”, silenciando la más triste realidad: que las editoriales –que al fin y al cabo son empresas, no instituciones de beneficiencia– sean reacias a publicarlos por la escasez de lectores, lo que acaba por resultar una anomalía.

Los muebles del mundo es, como lo que el autor considera a la literatura, “un lugar de celebración”. A lo largo del libro, entre las muchas reflexiones, siempre integradas a la materia narrativa, incluye las relacionadas con su escritura. En Eternidad encontramos a Manuel “ buscando las ”, que es lo que ocurre en su prosa; subraya “ la capacidad de decir el mundo en imágenes” y que “ todos los artistas trabajamos sobre un fondo común de obsesiones”. Aquí las obsesiones son las mujeres, el tiempo (el vínculo entre el pasado y el futuro, como en –por citar el más obvio–, A nuestros amores ), la muerte, la vida a punto de desaparecer y, como en el excelente La vida en llamas , la relación entre vida y muerte.

Hay una misteriosa atracción por el color azul (como en Los caballos azules ), por las fechas, o por los nombres de los personajes. Importan también los países donde tiene lugar la ­acción, es una escritura cosmopolita: Kiev, Leipzig, Trieste, San Peters­burgo, Amsterdam, Manchester, Buenos Aires, Montevideo, Florencia o su Asturias, por lo que le resulta “ duro vivir sin el consuelo del mar”; y en España, hay que ir con cuidado porque “ las españolas no se depilan”.

Varios relatos giran en torno a la pintura. Y, como en otros libros suyos, la referencia a escritores, algo que es siempre un reflejo o una expresión de lo que se está narrando: Joyce, que da título a un cuento, Hablemos de Joyce, si quiere, Nietzsche, tan presente en Vampiros en Weimar, Schubert, Keats, Chesterton, Malcolm Lowry o el Beatle George Harrison.

En casi todos los cuentos, como en El Decamerón, de Boccaccio, el protagonista nos cuenta una historia, que a veces no puede recordar del todo, por la presencia del olvido, frente al dominante recuerdo. Narraciones que se prestan a la fábula, a lo insólito y a lo inverosímil, y es que lo inverosímil existe en la buena literatura. El presagio de la tragedia en Ruido de fondo; la hora del lobo en El terror; la habitación para gritar, en Gritar; el transcurrir de todas las edades en Las noches de la condesa Bruni; la vida de un cuadro, con los demonios azules, en Los ancestros; las cincuenta y seis ballenas en el relato del mismo título, y así hasta el final, porque “basta con observar una cosa mucho tiempo para que se convierta en interesante”. Vivimos en la extrañeza porque es lo que nos ofrece la vida. Y a ella llega Menéndez Salmón a través de una imaginación febril.

Miró 2

Ricardo Menéndez Salmón Los muebles del mundo Seix Barral 272 páginas 19 euros

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Apoteosis de ‘El estilo de los elementos’, de Rodrigo Fresán.

X14 Fresán novedad, con lápiz real añadido.

Un libro escrito contra la moda, los prestigios intelectuales y cualquier principio castrador, de ahí su ludismo y cierta soledad edípica

CARLOS PARDO (Babelia, El País)  Cuenta Scholem una anécdota sobre Walter Benjamin: cuando era estudiante se desesperaba con la mediocridad de sus profesores. Sólo había una excepción. El primer día de clase, un tal Lewy se dedicó a fastidiar a cada alumno con una actuación incompetente: les preguntaba algo que él mismo no sabía responder. A la segunda clase se presentaron muy pocos alumnos. “Bien, ahora podemos comenzar”, dijo Lewy. Aquellas clases fueron un alimento espiritual para el inquieto Benjamin.

De una manera similar, ciertos novelistas practican este recurso disuasorio: expulsar a los lectores poco atentos o mecánicos. Es el método de Nabókov en Ada o el Ardor: 100 páginas de vocación decimonónica, abstrusa y tediosa, y de pronto una de las novelas más apasionantes e inventivas que uno pueda imaginar. Y éste es también el método de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) en El estilo de los elementos.

El propio título ya se presenta con la dureza de un chiste pedante. Invierte el título del clásico manual de escritura de William Strunk Jr., Los elementos del estilo (1920), una guía con recomendaciones acerca de la limpieza, la brevedad, una idea por frase, etc. Un clásico, en resumen, de los igualadores de un estilo funcional. Fresán dedica, por el contrario, las 720 páginas de su nueva novela a impugnar toda corrección y funcionalidad. Es un libro escrito contra ciertos maestros y, sobre todo, contra una época que publica novelas como quien fabrica bolsos en serie (un complemento pequeño, funcional y chic). A lo cómodo Fresán le opone lo monstruoso, y lo primero que uno encuentra en El estilo de los elementos es una profusión de citas, digresiones y metaanálisis, un emborronamiento de los perfiles de su protagonista: ¿es una autobiografía en tercera persona?

Quizá esta propia reseña esté copiando la táctica de Fresán, asustar al lector holgazán, pero quien haya llegado hasta aquí ya intuye que El estilo de los elementos es una verdadera gozada, un libro escrito en un estado de rara inspiración, con uno de los arranques más hermosos de toda la obra de Fresán. Escrito a la contra y con una cierta rabia atlética: lo espolea aquello que coarta la libertad de su imaginación. ¡Durante más de 700 páginas!

El estilo de los elementos también es la novela autobiográfica de alguien que aborrecería ser catalogado como escritor de autoficción. No es un Fresán factual, sino una entidad literaria. Los hechos de una vida son un elemento más de una gramática de la imaginación; y la materia ficcional es precisamente el elemento de contraste que enriquece la pobreza de los hechos.

Land, el protagonista, es hijo de editores. Sus padres quieren que sea escritor. Pero Land aborrece la idea: él quiere ser lector. En cierto sentido, toda obra literaria de cierta importancia la escribe un lector. Los lectores son “contadores de vidas ajenas”. Y Land es también un lector de sí mismo. “Yo me convertí en un ghost-writer para así no ser escritor pero sí poder ser un lector que transcribe”.

Asistimos a tres episodios de su vida: su infancia en Gran Ciudad I, su adolescencia en Gran Ciudad II, y la escritura de este antimanual en Gran Ciudad III. Dicho de otra manera, los años en que Land descubre la literatura (con la omnipresente Drácula) en un mundo coaccionado por sus padres y la intelectualidad de una probable Buenos Aires; el desarraigo adolescente en Caracas, donde Land se enamora de “Ella” (el modelo aquí es Licorice pizza); y la escritura, ya en primera persona, y en una Barcelona de tendencia, de este cacofónico y sabio manual de escritura en tanto que lectura.

Un libro escrito contra la moda, los prestigios intelectuales y cualquier principio castrador, de ahí su ludismo y cierta soledad edípica. “¡ACOMPLEJADO APUÑALÓ A PAPI Y MAMI!”, imagina, como titular, el solitario Land. Repito, porque no es un detalle insignificante: más de 700 páginas matando a los padres y a cualquiera que se entrometa en nuestro gozo lector. Y más tramas, subtramas, digresiones, citas… Y una escritura en estado de gracia.

El estilo de los elementos

Rodrigo Fresán
Random House, 2023
720 páginas, 25,90 euros
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Nueva edición (por el centenario) de TIEMPO DE SILENCIO

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Pedro va andando por Madrid y, tras descartar la idea de subir por la empinada cuesta de Atocha, se adentra por las callejas más retorcidas y resguardadas que están a la izquierda de la cuesta, dónde pronto cae en la cuenta de que por callejas parecidas de Madrid anduvo Cervantes, con su mente tan extraordinariamente abierta y con aquella visión de lo humano que tanto contrastaba con la de sus oprimidos y opresores paisanos. Qué hacía por allí –nos preguntamos con Pedro– un hombre como Cervantes, un hombre que profesaba esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada, tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza.

(del prólogo de Vila-Matas)

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La lucha por la vida en un país de ratas. Pero también la lucha de tantos por preservar su libertad individual frente a la kafkiana “Organización»

Nueva edición enero de 2024 de TIEMPO DE SILENCIO Martín-Santos. [Seix Barral]

Prólogo de Enrique Vila-Matas

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David Vallès, retratista del absurdo [por Patrick Stasny]

PATRICK STASNY: Con una infancia relativamente anodina, unos estudios de perito industrial en una ciudad comarcal y un trabajo de vendedor de contadores eléctricos, la vida de David Vallès (Barcelona 1946-2023) parecía relativamente a salvo de la llamada del arte. Pero por muchas precauciones que uno tome, a veces la conversión es inevitable.

La suya es tardía pero fulminante. Después de que un marido celoso mate a su amante, cierra todos sus negocios, se traslada a la punta más remota del país y se declara pintor. Exiliado en un torreón de un minúsculo pueblo gallego y rodeado de una soledad casi perfecta, emprende su aventura artística sin recurrir a escuelas ni manuales. No sabe nada del arte. O mejor dicho, lo único que sabe es que es fiel al credo de Groucho Marx, su héroe de la adolescencia: “bueno, el arte es arte, ¿no? Aunque por otro lado, el agua es agua, y el este es el este”. Es decir, que del arte no se sabe nada y que todo es un fraude. Y él no sabe de composición, no sabe dibujar de forma realista, no sabe tan siquiera usar las herramientas necesarias para pintar, pero no importa: deja el saber para los profesores. De algún modo intuye que casi todo lo realmente necesario para pintar puede aprenderse en una semana y sin más ayuda que su propia voluntad.

No aprende en la academia, pero aprende. No tiene profesores, pero tiene maestros: Pollock, Kandinsky, Dubuffet, Chagall, Poliakoff, Klee, Delaunay, Heron, Baselitz, pintores que ha visto en viajes de negocios a París y cuyos libros ha coleccionado con devoción hagiográfica. De ellos aprende el gusto por la abstracción, que para él es el gusto por la libertad. La abstracción es el martillo que permite liberarse de las cadenas de la figuración y el clasicismo. Pero la abstracción también es la declaración de independencia de la realidad entendida de un modo simple, el primer paso hacia la comprensión que todo es posible —incluso olvidar las propias heridas sentimentales.

Todo es posible. La sencillez, la radicalidad de la idea le fascina. Es como si en ella redescubriera algo que ha sabido desde siempre pero que nunca se ha atrevido a confesarse. Y una vez recupera ese conocimiento ya no lo olvida. Así, aún si en esta primera época sus cuadros permanecen temáticamente enraizados en las circunstancias de la conversión —la pareja, el amor, el hogar— y su estilo cercano al de sus maestros —sobre todo a Miró, Chagal y Klee— ya hay en ellos algo personal, aunque este algo sea tímido y casi imperceptible: un germen del sentido del humor que dominará las obras posteriores, una inclinación incipiente hacia el sinsentido. ¡Todo es posible! Ese será para siempre el corazón de su temperamento artístico: la ironía, la irrealidad, la risa ante el absurdo de la existencia, la intuición de que las cosas siempre pueden verse y representarse de otro modo.

Pasan los años… Profundiza en el misterio de la abstracción e incluso aprende un poco a pintar. Finalmente, una vez siente que ha inhalado y exhalado suficiente a los maestros, se da el permiso definitivo para ser él mismo. ¿Cómo? Muy sencillo: inventa un idioma indescifrable y pasa un lustro escribiendo textos que nadie puede comprender. Algunos pintores crean, de forma metafórica, un lenguaje propio. Él decide llevar la metáfora un poco más lejos y crear, literalmente, un lenguaje. Primero pieza por pieza, y luego en modo fortíssimo, hasta que, con la ayuda de las fuerzas simbólicas de Kandinsky y Miró, compone un alfabeto de ideogramas, signos formados a partir de formas a veces arbitrarias, a veces humanas o astrales. Juntos, estos símbolos conforman un lenguaje de apariencia casi arcaica, venerable, o que sería venerable si no fuese todo una broma, una especie de homenaje tardío a Groucho Marx.

Una vez tiene el idioma, comienza a escribir, texto tras texto, a los que se refiere como “cartas». ¿A quién escribe las cartas, qué dice en ellas? Tanto da, esa es la gracia de las cartas: que simplemente son cartas, igual que el arte es arte y el este es el este. Las cartas son cartas y una carta que expresa cosas es interesante, pero una carta incomprensible es divina. Las cartas son, ante todo, oportunidades para disfrutar con su lenguaje privado, un abecedario que ni siquiera él mismo está seguro de comprender, pero que le divierte. Expresan algo, tal vez, pero nadie sabe qué: son destellos de comunicación de un mudo a un sordo, una forma de visibilidad suprema en la oscuridad más impenetrable. ¿Un símbolo universal, una crítica de la comunicación humana? Quizás, o quizás no. O quizás son, simplemente, carcajadas de un humorista con afición a la pintura.

Tras producir varios centenares de cuadros y acumular años de existencia más o menos errante, experimenta con aquello que se suele llamar “sentar cabeza”, aunque en este caso el término no es del todo adecuado. Porque sí, ahora vive con su familia y vuelve a tener un trabajo más o menos corriente, pero su cabeza sigue volando por el cielo del absurdo. Ya no tiene tiempo para ir al estudio, pero entretanto se ha vuelto un zorro viejo y, como tal, sabe que el arte no se agota en el estudio. En realidad lo que sabe es que el arte no tiene nada que ver con el estudio, ni con sus cuadros, porque el arte no es ni un lugar ni una cosa, y mucho menos una cosa que se pueda vender y comprar. El arte es una experiencia. Y para él es una experiencia del absurdo, es decir, de lo maravilloso. Deja el estudio, y deja ahí sus cuadros acumulando polvo. Ya no son obras de arte, sino reliquias de anticuario.

El arte es una experiencia que puede vivir cada día, y en cualquier parte. Con la edad descubre que a veces no hace falta hacer nada: le basta con mirar las hojas en el suelo, o observar los movimientos de una persona en el autobús. Contempla como la persona se sienta, suspira y se toca el lóbulo izquierdo, y se maravilla: ¡qué extraño es el mundo! Otras, decide tomar parte y provocar él mismo las condiciones necesarias para reavivar lo maravilloso. Pero se ha vuelto un hombre sencillo e incluso cuando opta por la actividad no le hace falta recurrir a las telas en gran formato, ni a los derroches de oleos del pasado. Basta con una servilleta, con un mantel o el reverso de una factura para poner en juego las posibilidades de su imaginación.

En sus últimos años sufre su tentación en el desierto. Ha perdido la energía, le han derrotado las circunstancias sentimentales y una demencia incipiente señala el final. Los amigos le han abandonado, su familia se ha dispersado: todo se acaba. Por si no fuese suficiente, en el peor momento del peor día se le aparece el diablo de la seriedad; es el ser más feo que ha visto en su vida, pero está tan débil que no le queda otro remedio que escucharle. El diablo le muestra sus perspectivas funestas y explica en tono solemne que lo correcto sería dedicar sus últimos años a reflexionar sobre la dimensión trágica de su situación. Al fin y al cabo, la vida pega fuerte, y el dolor no es una broma… Tal vez. Pero también oye otra voz, esa vocecita que siempre le ha dicho que todo es posible y que no se apaga del todo, ni siquiera con tanto dolor. Tal vez esto también sea una broma, dice la voz, ¿acaso no es la desgracia también una oportunidad para reír? Quizás no en la vida cotidiana, quizás en ese mundo tan rígido, tan contundente, es demasiado difícil, pero sí en el arte. Ahí todo es posible, todo el rato. ¡Todo es posible! Le da las gracias al diablo y lo despide de una patada.

Con las pocas fuerzas que le quedan emprende su último proyecto artístico: desterrar a la seriedad del mundo, o al menos de su mundo. Hace acopio de páginas y páginas de periódico, cargadas de noticias sobre quiebras económicas, guerras, pandemias, desastres naturales, políticos que salvan a la nación, políticos que atacan a la nación… Cuando tiene frente a sí a toda la gravedad, la severidad, la responsabilidad, y el rigor que ha podido acumular, estalla en una carcajada silenciosa y se pone manos a la obra. Comienza a pintarrajear por encima de las noticias: al empresario que cierra un trato le pone un bigote y lo convierte en un payaso, a las imágenes de la guerra les añade unos borrachos felices, y a los nuevos movimientos artísticos los envuelve en una sinfonía de sinsentido. Es demasiado viejo y desengañado para creer en obras cumbre, pero si creyera, sabría que con estos garabatos en la prensa provincial alcanza la cúspide de su arte. En su existencia cotidiana es una sombra en vida, un anciano que se desvanece. Pero frente a un periódico y armado con un rotulador, es un titán del absurdo. Sus conocidos y familiares contemplan sus garabatos y los encuentran infantiles, o ven en ellos otra señal de la demencia. También esto le parece una broma. Sus obras cúspide, despreciadas y juzgadas con gran sensatez por todos, sin que nadie comprenda su verdadero propósito. Otra broma. Sus grandes obras perdidas, quemadas. A veces las abandona en cafeterías, a veces las tira, otras las olvida, desmemoriado. En sus últimos momentos  de lucidez le arrolla la sospecha de que extraviarse en la demencia es el destino auténtico del arte. Carcajada tras carcajada, hasta que se hace el silencio.

 

 

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CÓMICA, FEROZ, ILUMINADA, [Sebastien Lapaque sobre Montevideo, de Vila-Matas en Le Figaro Litteraire]

croqueSEBASTIEN LAPAQUE (Le Figaro litteraire):

IL FAUT avoir lu cent pages de Montevideo avant d’arriver en Uruguay. Et le

narrateur ne s’y attarde guère, même si une certaine chambre de l’hôtel Cervantès

de la Calle Soriano et une certaine porte condamnée dissimulée derrière une armoire

jouent un rôle fondamental dans le livre d’Enrique Vila-Matas.

Une lecture exaltée de Paul Valéry lors de sa jeunesse passée à Paris l’ayant fait partir en

guerre contre « les intrigues dans les romans », l’écrivain espagnol a conçu son livre

comme un traité sur les portes. Écrire, c’est frapper « à la grosse porte du temps perdu »

et voir que personne ne répond, observet-il.

On songe au Pickpocket de Robert Bresson, un film dans lequel les portes ne s’ouvrent et

se ferment jamais par hasard. Dans le Dictionnaire des symboles de son compatriote Juan

Eduardo Cirlot, Enrique Vila-Mitas a trouvé une excellente définition de l’objet :

« Les portes sont un seuil, un lieu de transit, mais elles semblent aussi liées à l’idée de

maison, de patrie, de mondes que nous avons quittés et vers lesquels nous retournons

en passant toujours par elles. La porte est un symbole féminin dans le sens d’ouverture,

d’invitation à entrer dans le my stère. L’opposé du mur qui serait le masculin.

Livre plein de portes, Montevideo n’est pas un roman à intrigue,

mais c’est un roman à mystère. « Le grand mystère de l’univers était

qu’il y eut un mystère de l’univers. Cocasse, féroce, un peu allumé,

c’est une dérive urbaine à Paris, Bogota, Cascais, Barcelone et Montevideo,

avec une étape à Bâle, pour saluer la tombe d’Érasme, resté depuis cinq siècles l’Européen

le plus moderne. Le facétieux Vila-Matas se permet tout, ou à peu près, dans ce livre. Et

lorsqu’il écrit qu’il n’arrive pas à écrire, il réinvente le paradoxe d’Épiménide le Crétois

jurant : « Tous les Crétois sont des menteurs. » Ailleurs, il intègre dans la fiction

des éléments de la réalité extérieure, tout en jouant à l’intérieur avec un certain nombre de

figures littéraires créées par Julio  Cortazar, Adolfo Bioy Casares ou

Jorge Luis Borges, tous les trois argentins, tous les trois follement amoureux de la rive

nord du Rio de la Plata.

De la capitale uruguayenne, ville inaccessible au progrès fallacieux,

Vila-Matas a le don de transcrire le tremblement magnétique que le guitariste toulousain

Thibaut Garcia fait entendre dans la version qu’il vient d’enregistrer de La catedral, un

morceau en trois mouvements du génial compositeur paraguayen Agustin Barrios dédié à

la Matriz de Montevideo (1). Pour finir, saluons la mémoire du Béarnais André Gabastou,

traducteur de douze livres d’Enrique Vila-Matas, dont Montevideo, mort le 15 novembre à

l’âge de 78 ans, après une vie de travail bien remplie depuis Ceux qui aiment haïssent de

Silvina Ocampo et Adolfo Bioy Casares, paru en 1989. « André Gabastou avait une

méthode aussi mystérieuse qu’infaillible pour obtenir, à chaque problème de traduction,

une amélioration automatique de l’original », a juré l’auteur de Montevideo en apprenant

son décès. ■

(1) El Bohemio (Erato).

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Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en CÓMICA, FEROZ, ILUMINADA, [Sebastien Lapaque sobre Montevideo, de Vila-Matas en Le Figaro Litteraire]

El humorismo es cortés. [Café Perec] ——-2 enero 24

Bioy SilvinaSólo me ha sido posible salvarme del malestar de las fiestas navideñas y de la zambomba parlamentaria viviéndolas a fondo, identificándome con ese malestar hasta convertirlo en mi propia naturaleza.

Habría precisado de estrategia parecida para el siniestro 2023, del que sólo algunos dispersos recuerdos impregnados de humor salvan el balance final. El recuerdo, por ejemplo, de un teatro de la Gran Vía de Bilbao, entrada gratuita y lleno hasta la bandera. El variopinto público del Ja Festival sobre literatura y humor reía a carcajada limpia, como liberándose de tantas tensiones diarias. Al recordar todo aquello, he pensado en la amiga Cristina Fernández Cubas, que sabe bien que en la vida cotidiana la combinación entre imaginación y humor ayuda a resolver un montón de escollos.

Está claro que, si bien en el humorismo impera la alegría, es posible que en tan solo unos segundos todo se complique, que es lo que sucede cuando la gente no comparte el mismo humor. Cuando eso ocurre, decía Wittgenstein (apellido que impone, pero no hay para tanto), es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo.

Entre las sensaciones más desagradables, está la de ver que el balón va al bolsillo de quien tienes frente a ti, porque entonces ya puedes temerte lo peor. Y la más agradable es observar que el humorismo es la más alta forma de la cortesía. Ojo, porque ahí está la más noble esencia del humor. Como ejemplo de cortesía vinculada a la risa, pongo el caso del escritor Ítalo Svevo que, en Trieste, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. No lo dijo con pena, sino como la continuación de una vieja broma; una invitación a reír como siempre de sus reiteradas resoluciones de abandonar el tabaco.

De los tratados sobre el humor en la literatura y en la vida, mi preferido es un texto minimalista de Bioy Casares que con el tiempo se me ha vuelto imprescindible, es lo más parecido a mi Santo Grial. Ahí Bioy dice haber comprendido que el humorismo es cortés porque al señalar verdades recurre a la comicidad. Dicho de otro modo: muestra lo malo y mueve a la risa.

Un caso mucho más reciente de práctica del humor, entendido como la más alta forma de la cortesía, se produjo en un hospital de París en enero de 2015 cuando Simon Fieschi, sobreviviente, en las más monstruosas condiciones físicas, de una bala de Kalachnikov en el ataque a la redacción de Charlie Hebdo, se despertó poco a poco y hubo que informarle de que tenía rota la columna vertebral, la cara invadida por máscaras, el torso abombado y la mitad inferior del cuerpo, a partir del diafragma, completamente inerte. ¿Qué podía experimentar él en esa situación?  Nunca lo sabremos, pero sí que, al verse rodeado de compañeros, en un gesto de cortesía en pleno centro de su Apocalipsis, dijo: “Me da pereza morir.

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Álvaro Enrigue «Claro, la muerte de la ambición, absolutamente»

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Héctor Guerrero [El País, México]:

 Hace más de una década que Álvaro Enrigue (México, 1969) vive en los Estados Unidos, y desde allá ha generado una mirada reflexiva sobre lo que ocurre en su país. En una fría mañana que azota a la capital mexicana, el escritor nacido en Guadalajara, pero que se define a sí mismo como chilango, pide un café con leche y se sorprende de lo caro que se ha vuelto todo o casi todo en Ciudad de México.

No puede creer los precios de los restaurantes en la colonia Roma, que compara con los precios de Nueva York y le resultan idénticos. Cuenta que su última novela Tu sueño imperios han sido saldrá traducida al inglés el próximo 10 de enero de 2024 bajo el sello editorial Riverhead Books.

Da el primer trago de café y comienza la charla reflexionando sobre el momento en el que se encuentra en la actualidad como persona más que como el prestigioso escritor al que no le gusta andar promocionando y hablando de sus propios libros, lo hace porque tiene que ser muy profesional

Pregunta: ¿Cómo pasa los días en Nueva York?

Respuesta: Criando un bebé. Ahorita estoy entregado al bebé. A ver, siempre estoy trabajando, pero no ahorita, llevo tiempo dándole vueltas a un libro y sobre todo leyendo mucho para ese libro, pero no estoy escribiendo. Mi última novela salió en el momento en el que nació el bebé. Entonces pensé disfrutarlo porque ya una vez que empiezas a escribir se convierte en una cosa obsesiva

.P. Entonces el trabajo ahora es ser padre. ¿Es muy diferente ser padre a los 27 años que tuvo a su primer hijo que ahora en la actualidad?

R. Es infinitamente distinto. Ser padre joven es aterrador porque no sabes lo que estás haciendo. Hay un cierto instructivo biológico, pero nada más y, en cambio, este bebé es mi cuarto hijo, se llama Emilio.

P. Son los ciclos del ser humano.

R. Sí, y también hay un asunto de en qué lugar estás en la vida cuando tienes distintos hijos. Cuando nació el mayor estaba abriéndome espacio a codazos en la república de las letras y, en cambio, ahora, ya no tengo ninguna prisa, no hay ninguna urgencia, para mí estoy en un lugar relativamente cómodo. Cuando uno es joven es muy ambicioso, ahora lo único que quiero es paz, estar tranquilo. Entonces es más fácil crear a un chamaco. Cuando tuve a mis dos primeros hijos era periodista, tenía trabajos brutales. Tener a un bebé cuando eres profesor en una universidad norteamericana, pues, es una delicia.

P. Usted es un mexicano en Estados Unidos, ¿cómo percibe la actualidad política por la que pasa el país donde vive?

R. Siempre me incomodó la posición del intelectual latinoamericano que está obligado a hablar de todo, hay muchas cosas de las que no sé, me encanta ver películas, pero no sé de cine, me informo y vivo con mucha angustia, pero no soy analista, paso mucho tiempo leyendo periódicos y conforme van pasando los años voy viviendo de manera más y más aislada, vivo con menos ansiedad, además lo que yo pueda decir de todos esos procesos no es nada nuevo. Creo que estamos entrando, tal vez ya de lleno, en un momento de locura política. Mira lo que sucedió en Argentina. es completamente inverosímil, o la furia con la que hablan los mexicanos de política, tiros y troyanos. Es sorprendente vista desde afuera porque uno pensaría que va a llegar a un país cayéndose, y a lo mejor sí es un país cayéndose, pero yo no lo veo así, yo veo una ciudad más ordenada que nunca, más funcional que nunca, más guapa que nunca. Pero bueno, yo soy un profesor de literatura del siglo XVII

.P. Pero sí que le interesa la política vista desde el ángulo del escritor.

R. Tengo la impresión de que la política forma desde hace mucho tiempo parte de la cultura del entretenimiento. En realidad si uno ve el mapa político de Estados Unidos hay que empacar e irse, un poco como en Argentina. Ninguna de las dos opciones es buena, pero el país sigue funcionando y las ciudades siguen funcionando, es decir, hay como una máquina detrás de las repúblicas hoy en día. Supongo que así era el imperio romano, los emperadores podían hacer las locuras que fueran porque había una máquina que seguía trabajando, hay una burocracia que no se va y sigue haciendo las cosas. En México hay un motor industrial bárbaro igual que en Estados Unidos. Tienen un motor productivo que hace que el país siga funcionando a pesar de la incompetencia de las clases políticas. Por ejemplo Italia o España, ¿cuánto tiempo estuvieron sin presidente y no pasaba nada? Lo único que pasaba es que la gente se aburría porque no había nadie haciendo despropósitos en los periódicos.

P. ¿Esto cómo lo aplica a México?

R. Todo eso es muy difícil decirlo con respecto a México por la cantidad de muertes que tiene. Hay mucha gente que ha perdido familiares aquí. Entonces todas estas meditaciones no se pueden hacer porque el grado de descomposición y dominio del crimen sobre la sociedad mexicana es una cosa terrible. Es una experiencia aterradora asomarse a un periódico mexicano.

P. En esta vida en ambas naciones, ¿termina adaptándose a la lejanía de su país?

R. Creo que me ha pasado lo que le pasa a los mexicanos fuera de México, me he vuelto más guadalupano, irremediablemente más guadalupano, valoro mucho más el tema de la comida, nunca rompí relaciones con México, yo soy chilango centrista sociopático, me parece que vivo en un suburbio de la Ciudad de México viviendo en Nueva York, mi oriente siempre es Ciudad de México, fui educado por José Emilio Pacheco. Mi relación siempre ha sido con la Ciudad de México y creo que mis libros miran hacia allá. Yo no soy uno de estos escritores que hacen fichas y esquemas, o usan programas de computadora y saben exactamente qué van a escribir. Yo escribo de manera más bien lírica, siempre a palos de ciego, sin saber nunca exactamente dónde estoy. México me organiza, es lo que me interesa, es lo que me preocupa y siempre estoy viendo hacia acá y siempre escribo sobre eso que es el corazón de mi vida profesional. Sigo escribiendo en español y ni siquiera se me ocurriría escribir en inglés, no me divertiría nada, lo que me gusta es el español.(…)

P. ¿Y cómo término de escritor?

R. Las pasiones no son excluyentes, siempre me gustó escribir, el ejercicio de la escritura me gusta. Sé que hay gente a la que no le gusta su trabajo, a mí el mío me gusta muchísimo.

P. Hay escritores que se definen más como lectores.

R.  Sí, lo que más me guste es leer.

P. ¿Más que escribir?

R. Bueno, no sé, por ahí. Una vez que comienzo a escribir ya no puedo parar.

P. ¿Tiene rituales para escribir?

R. No me gusta la mitificación de la figura del escritor. Me parece que es un trabajo de clase media. Y que pensar en el escritor como alguien que tiene rituales y cuyo trabajo es más o menos sagrado y que viene del espíritu… No me gusta. Es un argumento a favor de que tengamos que trabajar mucho más que todas las demás personas por el mismo dinero. Entonces no me gustan los esfuerzos mitificadores. Pero bueno, si tengo unas rutinas, por ejemplo escribo a mano, todo lo escribo a mano antes de pasarlo a la computadora. Escribo con un tipo de plumín muy específico y solo escribo en unos cuadernos japoneses. En realidad estoy lleno de manías.

P. ¿Plumines especiales?

R. Se llaman Pincelín wherever, son de cuando éramos niños. Existen en Estados Unidos y siguen siendo hechos en México. Entonces en la costillita con la que te lo pones en la camisa dice México. Es algo así como traer a la Virgen de Guadalupe en la billetera. Escribo con eso.

P. ¿Y cómo entra la parte digital?

R. Yo mismo paso los escritos y es ahí donde se vuelve muy divertido. En el cuaderno hay algo, hay una historia, hay una serie de personajes, hay trama. Pero al pasar a la computadora, eso que es como una historia solo operativa, se transforma, es cuando entra el lenguaje. Es lo que me gusta, la posibilidad de apretar y apretar y apretar a la lengua para que diga cosas que no esperabas que dijera. O la dificultad de representar cosas muy difíciles. La parte más intensa del trabajo es pasar el momento en que algo pasa del cuaderno a la computadora.

P. Cuando el manuscrito pasa a la computadora, ¿cambia algo?

R. Cambia muchísimo. Muchísimo. Lo que está en los cuadernos no son libros. Hay episodios, momentos de inspiración. También tienes que considerar que soy un padre de familia. Y que siempre he sido yo el que está en casa. En todas las familias, el padre y la madre trabajan porque si no se extinguen. Pero hay uno que se queda en casa. Yo soy el que se queda en casa. O por lo menos los últimos 15 años soy el que se ha quedado en casa. Entonces escribir en un cuaderno responde un poco a alguien que tiene que trabajar en condiciones complicadas. Nos han vendido la idea de que las computadoras y los teléfonos son portátiles. En realidad son frágiles y torpes. Un cuaderno y una pluma son una tecnología infinitamente superior de escritura a una computadora. Lo único que no les puede pasar es que se mojen. Y si se secan, siguen funcionando.

P. Hablaba de que ahora está en un punto de paz. ¿Es porque se siente más libre?

R. Siempre he escrito exactamente lo que se me da la gana, nunca he pensado, con esto voy a ofender a alguien.

P. ¿Pero como persona, no solo como escritor?

R. Estoy en una situación cómoda, no sé si tengo más lectores o no, no tengo ni la más remota idea, pero tengo una comodidad conmigo mismo, a través de una vida que ha implicado muchísima dificultad, muchísimo sufrimiento. Creo que cualquier persona con más de 50 años tiene esta sensación, no creo que tenga que ver con la literatura. La literatura no es sagrada. Me parece que tiene que ver con que vas encontrando un lugar en el mundo, con que el mundo está diseñado para personas de 50 años también. Es decir, hay una estabilidad, por supuesto que siguen pasando desdichas terribles, pero tienes las herramientas para afrontarlas y la experiencia para que no sean aterradoras.

P. ¿Y quizás esa libertad viene de que ya no persigue lo que persiguió hace 20 o 30 años atrás?

R. Claro, la muerte de la ambición, absolutamente.

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Así comienza El Uruguayo, de Copi [traducción. Enrique Vila-Matas]

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Querido Maestro: Sin duda le sorprenderá recibir noticias mías desde una ciudad tan lejana como Montevideo. La razón por la que me encuentro aquí, confesémoslo de entrada, se me escapa. Si me permito dirigirle esta carta, sin duda irritante, es más por ser leído por usted que por lo que le voy a contar: no le ofenderé pensando que mi historia le interesa más que a mí. Le estaré, pues, muy agradecido si saca del bolsillo su estilográfica y tacha, a medida que vaya leyendo, todo lo que voy a escribir. Gracias a este simple artificio, al término de la lectura le quedará en la memoria tan poco de este libro como a mí, puesto que, como probablemente ya habrá sospechado, prácticamente ya no tengo memoria. Le imagino dudando, con su estilográfica en la mano, al ver que la frase anterior presenta varios ejes a partir de los cuales puede empezar a tachar; yo dudo como usted. Dejo esta decisión a su libre albedrío. Escribiendo me doy cuenta de que ciertas frases me quedan extrañas, como esta última (dejo esta decisión, etc.), sin duda porque, en los últimos tiempos, he practicado mucho más la lengua que se habla en este lugar que el francés y probablemente volver a un lenguaje normal me es más difícil de lo que creía. Le ruego, pues, que excuse alguno de mis giros. El país se llama República Oriental del Uruguay. Y el Uruguay, siendo naturalmente un río que está al oeste de la República, es un nombre que, en indio, podría traducirse por la República (URU) está en Oriente (GUAY). Aquí tiene la primera cosa rara. La segunda es esta: la ciudad se llama Montevideo y ellos te explican tranquilamente que eso en portugués quiere decir: vi el monte.[1] Sigo escribiendo y doy por supuesto que leyó y tachó esta llamada, lo que no siempre es seguro, ya que hay un tipo de lectores –lejos de mí el censurarlos– que leen al final de la página todas las llamadas a la vez. Estoy seguro que le habrá molestado que emprendiera solo tan largo viaje. Debería, lo sé muy bien, haberle llevado conmigo en lugar de huir como un ladrón. Ya está hecho y aprovecho para confesarle que lo que me asqueaba de usted (y lo que habría hecho insoportable su compañía en este viaje) es su manía de detenerse a cada momento para tomar notas de lo que ve, como en nuestro viaje a Normandía al término de mis estudios. Antes lo toleraba, ahora eso francamente me tocaría los huevos. Tache con rabia. Al entrar en el puerto no dejas de ver el monte que domina la ciudad. Es una convención: el monte no existió nunca. La mierdecita de perro que llevaba conmigo no dejó de gritar junto a los otros turistas: ¡Montevideo! al ver no sé qué naranja que flotaba entre dos aguas igual de aceitosas. Sé que aquí ha tachado con melancolía. Naranja entre dos aguas aceitosas… y se imagina ya el monte y se dice: es como si realmente lo hubiera visto. ¡Ah, cómo sigo el ritmo de su estilográfica cuando tacha mis frases, Querido Maestro! Llora, viejo boludo, no estaré más contigo. No impide que Montevideo sea agradable. Las calles, los espacios verdes, la arena, el mar. No tengo más ganas de escribir. Me desalienta estar tan lejos de usted. Nunca sabré en qué momento leerá estas palabras ni dónde estaré yo entonces. Prométame que hasta ahora lo tachó todo. Hasta mañana y a sus pies. Copi.

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Montevideo, la novela, Manuel Vicent, y Cervantes. Entrevista con Vila-Matas en O GLOBO, Sao Paulo

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Montevideo” dialoga directamente con “La puerta condenada”, de Julio Cortázar. ¿Por qué Cortázar y su historia ambientada en el Hotel Cervantes le cautivaron tanto como para situarlos en el centro de su libro?

Era una noche oscura y tormentosa. A la mañana siguiente, me trasplantaban un riñón que donaba Paula, mi mujer. Cuando, tras el buen desenlace de la operación, regresamos del hospital, estuve muchos días sin poder levantarme por mí solo de la cama. Cuando pude hacerlo, me reencontré con el borrador de la novela Montevideo, que había dejado en casa para retomarlo si sobrevivía Me dediqué a revisarlo, a corregirlo con la idea de que me ayudara a “elevarme” de la mejor forma posible: engrandeciendo la categoría del manuscrito. Meses después, terminé conmovido la versión corregida porque había conseguido entrar en la habitación contigua a la 205 del hotel Cervantes, aquella en la que había pasado una noche, en 1954, Julio Cortázar. La terminé emocionado porque, en la revisión, logré ver el “lugar exacto” en aquel cuarto de hotel donde realidad y ficción coincidían.

— El narrador de “Montevideo” tiene el proyecto de biografiar su propio estilo. ¿Ha pensado alguna vez en dedicarse a un proyecto similar? ¿Cómo sería una biografía del estilo de Enrique Vila-Matas?

La biografía de ese estilo está ahí, basta con leer la obra.

— El narrador presenta cinco tendencias de escritores: los que no tienen nada que contar, los que deliberadamente no cuentan nada, los que cuentan todo, los que esperan que Dios algún día cuente todo y los que se han rendido al poder de la tecnología. ¿Cómo se le ocurrieron estas cinco tendencias? ¿Qué escritores tenía en mente? ¿Se identifica con alguna de estas categorías?

Vinieron a mí las cinco categorías al escribir uno de mis artículos quincenales en El País (los artículos que desde 2010 llevan el título general de “Café Perec”). El punto de partida nació del contraste entre Voltaire (que decía que el secreto de aburrir es contarlo todo) y el joven Kafka que en Descripción de una lucha exigió que todo, absolutamente todo, le fuera contado (“Ya no quiero oír fragmentos. Cuéntemelo todo, del principio al fin. Menos no pienso escuchar, se lo digo desde ahora. Es el conjunto lo que me fascina”) Vi que entre Voltaire y Kafka se adivinaba un arco en el que encajaban a la perfección esas “cinco tendencias esenciales de la narrativa de nuestro tiempo”, tendencias respetables, pero no me identifico del todo con ninguna de ellas.

— Los escritores de la quinta tendencia se han rendido al poder de la tecnología, que parece transcribir y registrar todo, haciendo dispensable el oficio del escritor. ¿Cree que la tecnología –especialmente la inteligencia artificial– podría hacer dispensable el oficio de escritor? ¿O la tecnología puede ser una aliada en la renovación de la literatura?

Mire, yo sólo sé con seguridad que, si no nos hubieran expulsado del Paraíso, habría sido necesario destruirlo. Nada nos asegura que nosotros, los que nos consideramos humanos, no somos unos herederos de unos replicantes (como los de Brad Runner) que volvieron a inventar a los humanos.

Andrew Wyeth Winter

— En la primera línea de “Montevideo”, el narrador dice tener la “intención anacrónica” de ser un escritor de los años 20, de la “generación perdida”. Usted es considerado uno de los mayores ejemplos de la generación de escritores “posmodernos” (metaficción, intertextualidad, etc.). Sin embargo, ¿le gustaría convertirse en un escritor de otra generación? ¿De cuál?

Bueno, de tener que ser otro escritor elegiría a Cervantes, pero no sé si me saldría a cuenta, piense que ese hombre, como mínimo el mayor genio del siglo en el que vivió, tuvo la mala suerte de nacer cerca de Madrid, donde no pudieron tratarle peor. Se me caen las lágrimas cuando a veces camino por las calles de esa ciudad, por las calles empedradas (me recuerdan a Parati) próximas a la estación de trenes de Atocha, las mismas calles que él pateaba en Madrid. Un alma libre, una inteligencia alta en medio de un sinfín de imbéciles, una personalidad de proyección universal a la que obligaron a arrodillarse, cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles.

— En la primera parte del libro, el narrador clasifica a Clarice Lispector como una “escritora francesa”. ¿Qué califica a Clarice, que nació en Ucrania pero insistió en ser brasileña, como “escritora francesa”?

Esa clasificación está relacionada con sentido del humor del narrador, que en Montevideo califica de franceses a muchos escritores y escritoras que no lo son. Tal vez pretenda reírse de ese afán francés -tan loable pero hoy en día ya muy tópico y como tal discutible- por acoger a los mayores talentos literarios del mundo y hacerlos suyos.  Claro que es peor lo de los ingleses, para mí una nación de piratas que, tras haber robado a todo el mundo, han comenzado a aburrirse.

— “¿Qué más puede intentar una escritora hoy al escribir?”, pregunta un periodista a Madeline Moore en “Montevideo”. Me gustaría hacerle la misma pregunta a Enrique Vila-Matas. ¿Qué más puede intentar un escritor hoy en día al escribir?

Tratar de mantener vigente la tradición de la verdadera literatura, entendida como un arte libre, que se mantiene en contra de todas las imposiciones.

– El narrador aprende que escribir requiere “borrarse completamente detrás de su propia escritura”. ¿Es posible borrarse detrás de su propia escritura en una época en la que a los escritores se les pide constantemente que participen en festivales literarios, concedan entrevistas y estén activos en las redes sociales?

Adoro, por ejemplo, a Samuel Beckett, prototipo del escritor que es fiel al lema de mantenerse apartado”, divisa tácita de aquel que esencialmente es un ser “fuera de todo”, lo que le lleva a proseguir sin descanso un trabajo literario implacable y sin fin. Y una precisión: las entrevistas con acento literario no me molestan, todo lo contrario, entiendo que de ellas siempre puede surgir una idea o unas frases no conocidas hasta entonces por mí y que me permitirán darle más vida a la novela que escribo y en la que entra de todo, hasta un partido de fútbol íntegro.

— A usted le han llamado “el más argentino de los escritores españoles”. El escritor brasileño Antonio Xerxenesky llegó a escribir: “Los latinoamericanos decimos antes de dormir: ‘Vila-Matas es argentino y Ricardo Piglia es su primo’”. Sin embargo, su nueva novela se llama “Montevideo” y aproximadamente una cuarta parte está ambientada en la ciudad. Dada la rivalidad que existe entre Argentina y Uruguay, ¿no ha temido que los argentinos se irriten y revoquen su ciudadanía literaria en señal de protesta? ¿Alguna vez usted pensó en escribir un libro ambientado en Brasil para irritarlos aún más?

Junto a Jorge Valdano, Juan Villoro, Sergi Pàmies y otros he escrito uno de los prólogos al libro de Nelson Rodrigues “A la sombra de las botas inmortales”, una antología de crónicas (1955-1970) de este brasileño, gran inventor del “fútbol escrito”. Lo ha publicado hace un mes Días contados, una editorial independiente de Barcelona.

— A menudo se le describe como “un escritor para escritores” y su influencia es notable en la obra de varios autores jóvenes de Latinoamérica. Además, usted ya se ha convertido en un personaje de obras de autores como Paul Auster y Alberto Manguel y los brasileños Paulo Roberto Pires y Kelvin Falcão Klein. Mucha gente se pregunta cómo lidian los escritores sus influencias, pero ¿cómo lidia Enrique Vila-Matas el hecho de ser un escritor que inspira a tantos otros escritores?

En dos novelas recientes he sido protagonista absoluto. En Voyage avec Vila-Matas, de Anne Serre (Gallimard). Y en Nocturno de Gibraltar, del napolitano Gennaro Serio, donde aparezco como asesino de un periodista que me está entrevistando en un hotel de Barcelona y al que le aplasto el cráneo cuando veo que pone en duda que pueda ser yo premio Nobel. En una gran parodia del mundo de las novelas de serie negra, soy perseguido por un investigador psicópata que me tortura y asesina en el cementerio de Aix-en-Provence. Me entierra junto a la tumba de Cézanne. Es una novela muy brillante, invitamos a Gennaro Serio, mi asesino, a presentarla en Barcelona y no tuvo miedo de venir. Ya ve, él sigue vivo y yo, el otro día, seguía junto a mi tumba de Aix-en-Provence, donde me estuve riendo toda la noche.

— Hoy en día hay un movimiento que nos pide leer más escritoras. Sin embargo, la tradición literaria de la que formas parte sigue siendo muy masculina y blanca. En sus libros siempre hay citas de varios autores. La mayoría de ellos son hombres blancos. Sin embargo, en “Montevideo” el narrador siente una gran admiración por Madeline Moore. ¿Ha diversificado sus lecturas tras la «crisis» del escritor blanco? ¿Cuánto espacio tienen las autoras en su biblioteca personal?

“Si escribes claro tendrás lectores y, si escribes oscuro, tendrás comentaristas y discípulos”. Yo creo que escribo claro, pero Manuel Vicent, que es el autor de esa frase y que en mi opinión es el mejor articulista español contemporáneo, dijo de mí que mi éxito se debe a que obligo a los críticos a creerse inteligentes y a los lectores a ser tan analistas como el propio escritor. De estas palabras de Vicent debo deducir que tengo lectores, críticos, comentaristas y discípulos y por tanto sobre el papel lo tengo todo. De tener que perder algo, creo que me sentaría bien perder discípulas por la sencilla razón de que no tengo ninguna, me leen con mayor entusiasmo que los hombres, sean de la raza que sea, pero entre ellas jamás hay alguna que quiera ser mi discípula. ¿Y sabe por qué? Las mujeres suelen ser más listas.

— Ya ha escrito que la serie Mad Men le reconcilió con las formas breves y el placer de contar historias. Desde entonces, ¿alguna otra serie de televisión le ha inspirado tanto?

No. Ha bajado mucho la calidad de las series. Trabajan con una horma que aplican a todos los capítulos y que sólo aplican bien al primero. Y eso a mí no me va. Porque no veo los films sólo por la trama, por la historia, sino que más bien los veo para ver cómo han sido construidos los guiones y hoy en día el noventa por ciento son torpes, se estancan en una sola idea. Puestos a destacar una serie breve que sí me ha interesado últimamente le nombraré ésta: Patrick Melrose, una miniserie de cinco partes de 2018 protagonizada por Benedict Cumberbatch. Se basa en las novelas semi-autobiográficas del británico Edward St. Aubyn.

— ¿Hay algo que le gustaría añadir?

Pues sí. Una máxima de Paul Valéry que el lector encontrará en Montevideo (“Los demás hacen libros, yo hago mi mente”) me empuja ahora a decir que los demás hacen libros y algunos de ellos son extraordinarios. No viene ahora al caso dar nombres de los que leo con entusiasmo, o con la mayor atención, pero sí pienso que debo decir que de la literatura contemporánea la corriente que más me interesa es la que no está muy segura de sí misma y a la vez maneja una prosa audaz, capaz de pensar sin la menor represión: una escritura de crítica cultural libre, que es intempestiva y disiente de su tiempo y huye del vocerío general. Y bueno, es cierto que una mayor altura de miras en las prácticas literarias se echa cada vez más en falta en nuestros días, pero, aun así, quiero creer que aún estamos a tiempo de evitar que sigan perjudicando, de modo tan alarmante, la creación literaria del futuro.

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El extraño en el Buen Gobierno [café Perec]

Screenshot_20231215_210156_Chrome~2(1)El pasado viernes, desperté en Siena y, tras confirmar en el móvil que aún no había llegado el fin del mundo, encontré en un artículo de Najat El Hachmi una de esas frases que Hemingway llamaba “frases verdaderas” que, en el caso de lograrlas, podían animarnos a seguir escribiendo: “Estamos acostumbrados a que los racistas nos tengan por tontos de nacimiento, pero ahora el odio nos viene ni más ni menos que de un alto cargo de la Generalitat”. Lo escribió Najat El Hachmi después de que el Govern culpara en parte a los inmigrantes de que Cataluña fuera colista en lo que podríamos llamar “Liga europea de la comprensión lectora”

Seguí con mi viaje matutino por el móvil y busqué –una buena costumbre– el artículo semanal de Tiphaine Samoyault. Por supuesto, me sorprendió que ella, desde París y para hablar de la hospitalidad, tan urgente en nuestro tiempo, prestara atención a la Alegoría del Buen y Mal Gobierno, pintura mural del siglo XIV que estaba precisamente en Siena.

Como me encontraba a cuatro pasos del mural, me dije que no podía ponérmelo Samoyault más fácil para ir a verlo. Después de todo, más complicado lo había tenido ella cuando decidió desplazarse a la capital del Uruguay para vivir allí una experiencia como la del narrador de Montevideo (mi novela) y poder luego exponer, en la presentación del libro en París, su impresión personal del embrollo.

No tardé en plantarme ante el mural que ocupa tres paredes del Palacio Comunal, alegoría pintada en el contexto de la gran crisis política de 1338. Por sencillo que pudiera ser, impresionaba el mensaje en el que, por una parte, sin ambages, se advertía del infierno que comportaría una tiranía en Siena, y por el otro, en la pared de al lado, se exponía, a modo de gran contraste, las ventajas de tener “un Buen Gobierno y los efectos que esto produciría en la ciudad y el campo”. De hecho, lo que se explica allí es la necesidad de reanudar el arte de vivir juntos, algo que uno piensa que haríamos encantados si el Buen Gobierno, con su dinámica, nos convenciera, ya no tanto de la sabiduría de los principios que lo inspiran, sino de lo alcanzado en su gestión: los efectos concretos, visibles y tangibles en la vida de todos.

Me pareció ver que el fresco del Buen Gobierno narraba la celebración civil de una estabilidad: se veía cómodos a todos los habitantes de Siena, especialmente a quienes la estaban abandonando por un momento para admirar la abundancia de cultivos o para ir a cazar, vestidos con lujosas ropas.

Ideal armonía, pensé. Hasta que caí en la cuenta de que el mismísimo centro del artículo de Samoyault lo tenía delante mío, a solo un palmo. Allí estaba el extraño en el centro del fresco de Buen Gobierno, el mendigo casi invisible, el emigrante sentado en el umbral que separaba la ciudad del campo. Estaba fuera de lugar, incluso en la pintura.

¿Y qué podía estar haciendo el extraño en el Buen Gobierno?

Recordarnos el poder de actualización que habita un fresco de hace siete siglos y que desborda su contexto para enfilar directamente hacia nuestros días.

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NO LEERÉ MÁS E-MAILS, texto de Enrique Vila-Matas.

162 Valeria Luiselli

[En Nueva York, VALERIA LUISELLI lee la traducción inglesa del relato en la librería Mc Nally Jackson]

 

 

 

[EN MEMORIA del relato en el año del décimo aniversario de su aparición]

Eric Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Cuando murió, encontraron todas las cartas por abrir, y algunos amigos se lo tomaron a mal. Sin embargo, no era para enfadarse. Cuando publicaron las cartas juntamente con sus respuestas, el resultado fue muy interesante. “Esa correspondencia es fantástica porque todos ahí hablan de cosas distintas y, por supuesto, esa es la esencia del diálogo”, comentó Ricardo Piglia.

Este verano me embarqué en el velero Zacapa, un Frers Dorado 36, bautizado con nombre de ron por el color de su madera. Dos expertos navegantes —uno es publicista y dueño del barco y el otro es un escritor amigo— me permitieron subir a bordo en el puerto de Marsella, la ciudad donde con gran vorágine he pasado los últimos meses escribiendo mi última novela y metiéndome en líos indeseables.

Debo decir que en ningún momento me obligaron a colaborar en los trabajos del Zacapa, aunque, al parecer, viendo que no arrimaba el hombro para nada y solo me limitaba a espiar sus diálogos en alta mar, hubo momentos en que los dos sintieron deseos de tirarme por la borda.

Finalmente, me dejaron en un hotelito en la bahía de Nora, al sur de Cerdeña, junto las ruinas del poblado fenicio de Pula. Llevo aquí cinco días entre la playa y la piscina y la visita obsesiva a las ruinas, que son sin duda lo más interesante de los alrededores.

El wifi del hotel ha funcionado de forma tan irregular que me ha desquiciado. Como venganza, pero también como juego de despedida y guiño a Satie, voy a homenajear hoy a la verdadera esencia de todo diálogo respondiendo e-mails que me han llegado durante las vacaciones y que no he leído ni pienso leer.

Al e-mail 1 (un gran amigo) le he respondido que no somos tan cabrones y que la prueba está en que algunos figurones literarios deben más de uno de sus éxitos a que nos ha dado apuro parecer envidiosos.

Al e-mail 2 (sospecho que un entrevistador) le he respondido que hay una escritora, Elisabeth Robinson, que a la cuestión de si es autobiográfica o no su obra narrativa siempre contesta: “Sí, el diecisiete por ciento. Siguiente pregunta, por favor”.

Al e-mail 3 le he recomendado no leer a los que tratan de imponer algún tipo de escritura excluyendo a las demás, porque es de mendrugos no defender que han de existir múltiples formas de literatura, tantas como formas de vida.

 Al e-mail 4 (el entrenador del Bayern) le he escrito diciéndole que los críticos presumidos sólo mejoran cuando están morenos.

Al e-mail 5 le he confiado que en Marsella soñé todo el rato que encontraba en la calle balas sin detonar.

Al e-mail 6 (editor en crisis que solo ha defendido intereses comerciales y nunca intelectuales) le he insinuado que en la adversidad conviene muchas veces tomar por fin un camino atrevido.

 Al e-mail 7 le he dicho que me habría gustado refugiarme un año entero en París o en Nueva York y huir de los capullos de mi tierra, pero ya es tarde para todo.

Al e-mail 8 (remitente de naturaleza envidiosa) le he contado que no iba a tardar nada yo en untar de mantequilla una tostada.

Al e-mail 9 le he dicho que la verdad tiene la estructura de la ficción.

Al e-mail 10 le he explicado que no me molestaría conocer Abu Dabi si pudiera volver el mismo día.

Al e-mail 11 le he dicho que entre mis autores preferidos están David Markson y Flann O’Brien, y todos los autores preferidos por Markson y O’Brien, y todos los autores que estos, a su vez, preferían.

Al e-mail 12 le he escrito como si le estuviera enviando una carta postal: De vacaciones en Cerdeña. Ruinas y luna llena. Comida espectacular. Me he negado a hacer amigos. Abrazos.

Al e-mail 13 le he contado que me he cansado ya de esperar, de emprender, de lograr, de abrochar y desabrochar, de perseverar, de insistir.

Al e-mail 14 (un escritor principiante) le he dicho que no leo nada por miedo a encontrar cosas que estén bien.

Al e-mail 15 le he explicado que he podido confirmar que es cierto que cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti.

Al e-mail 16 le he contado que la mayor discusión de mi vida la tuve en Soria y duró dos días y llegó a ser violenta: discutí sobre cómo se pronunciaba Robert Mitchum.

Al e-mail 17 le he confirmado que Norma Jean Baker se mató.

Al e-mail 18 le he recordado que todo permanece pero cambia, pues lo de siempre se repite mortal en lo nuevo, que pasa rapidísimo.

Cuando iba a cerrar el ordenador, ha entrado desde Marsella in extremis el e-mail 19, al que he contestado que no voy a pagarle mi deuda y que lo siento pero voy con prisas, porque salgo de inmediato hacia las ruinas de Pula, donde —ya sabrá disculparme— lo he dispuesto todo para esta noche suicidarme.

Tal vez me envíe otro correo. Da igual. Entiéndaseme, es algo serio y yo sé que definitivo: no leeré más e-mails.

Enrique Vila-Matas is considered to be one of Spain’s finest writers, with many prizewinning books translated into numerous languages; his novel Mac & His Problem, published in 2019, was longlisted for the International Booker Prize. His translator, Margaret Jull Costa, has been doing literary translations from Spanish and Portuguese for over thirty years.

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VILA-MATAS. QUIZÁS LA FORMA MÁS AUTÉNTICA DE HACER LITERATURA. [El PAÍS. COLOMBIA]

Screenshot_20231209_090651_Chrome~2.66613 de noviembre de 2022 Por: L. C. Bermeo Gamboa, periodista de El País. Bogotá.

La genealogía de escritores excéntricos: Luciano, Petronio, Rabelais, Cervantes, Sterne, Diderot, Gógol y Joyce, entre otros, que hicieron literatura por fuera de las convenciones, obedeciendo a un espíritu de alegría y juego imaginativo que aún se mantiene en nuestros días. Como señaló Sergio Pitol en su momento, estos escritores “raros, como los nombró Darío, o excéntricos, como son ahora conocidos, aparecen en la literatura como una planta resplandeciente en las tierras baldías o un discurso provocador, disparatado y rebosante de alegría en medio de una cena desabrida y una conversación desganada (…) Son imprescindibles, gracias a ellos, a su valentía de acometer retos difíciles que los escritores normales nunca se atreverían. Son los pocos autores que hacen de la escritura una celebración”. Y no han faltado excéntricos en la literatura hispanoamericana, durante el siglo XX aparecieron Ramón del Valle-Inclán, Virgilio Piñera, Augusto Monterroso, Mario Levrero, César Aira, Margo Glantz, y desde luego Enrique Vila-Matas, quizá el penúltimo escritor español de la familia excéntrica.

Nacido el 31 de marzo de 1948 en Barcelona, Enrique Vila-Matas creció bajo el influjo de la excentricidad. Después de trabajar como redactor de cine y fracasar bellamente con algunos cortometrajes, fue obligado a cumplir el servicio militar en África, donde empezó a escribir su primera novela ‘Mujer en el espejo contemplando el paisaje’ (1973). Al salir del ejército huyó a París, donde consigue vivir en una buhardilla teniendo como casera a Marguerite Duras. Allí, entre 1977 y 1984, escribió su ciclo de novelas de aprendizaje: ‘La asesina ilustrada’, ‘Al sur de los párpados’, ‘Nunca voy al cine’ y finalmente ‘Impostura’. Obras que hicieron conocido su nombre, pero que no destacaban entre las propuestas literarias de la época. Fue en 1985 con ‘Historia abreviada de la literatura portátil’ que Vila-Matas inauguró un estilo único en la literatura española, la historia de la Sociedad Secreta Shandy y los conjurados de la “escritura cuando esta se convierte en la experiencia más divertida y también la más radical”, renovaron la prosa con una frescura y alegría desconocida para los lectores. Aquí ya aparecieron las marcas del estilo excéntrico de Vila-Matas, su obsesión por Laurence Sterne y su novela ‘Tristram Shandy’, su devoción por Robert Walser y su novela ‘Jakob von Gunten’, las conspiraciones librescas y digresiones ensayísticas, la intertextualidad y la teorización literaria como un juego de metaficción, la manía por las citas y falsas atribuciones, así como la parodia y constante burla de las imposturas literarias.

Vendrían más libros en los años 80 y 90, mientras su estilo maduraba. Fue en la primera década del siglo XXI, cuando Enrique Vila-Matas en un alarde de creatividad publicó una serie de obras que se han considerado “La catedral metaliteraria” en lengua española, compuesta por ‘Bartleby y compañía’ (2000) sobre escritores que abandonan la literatura, ‘El mal de Montano’ (2002) sobre los escritores patológicos que desean transformar toda su vida en literatura, y ‘El doctor Pasavento’ (2005) sobre el escritor que desea desaparecer del mundo en su propia obra. En la segunda década, las patologías y obsesiones literarias serían llevadas otros niveles en libros como ‘Dublinesca’ (2010) sobre un editor que busca desentrañar el misterio del escritor genial, ‘Mac y su contratiempo’ (2017) sobre un escritor que se pregunta si existe la originalidad en literatura, y ‘Esta bruma insensata’ (2019) sobre un escritor que viaja en busca de una cita remota y sin la cual no podría empezar su nuevo libro. Solo estoy resumiendo una trayectoria de medio siglo en la que Vila-Matas suma más de 30 libros de novela, cuento, ensayo y diarios.

A sus 74 años, su creatividad se mantiene intacta, como lo prueba ‘Montevideo’, una nueva novela inclasificable cuyo anónimo narrador emprende la búsqueda final por el sentido verdadero de la literatura y, para encontrarlo, decide cruzar el vórtice entre la realidad y la ficción que está materializado en una puerta, la gran metáfora del misterio y encuentro con lo desconocido. La puerta de ‘Montevideo’ tiene el poder de la ubicuidad, ya que está en el cuarto de un antiguo hotel en Montevideo y en un cuento de Julio Cortázar.

“Hacía años que deseaba pisar el territorio de aquel cuento de ficción, ver el armario, la puerta que estaba detrás del armario, la para mí mítica puerta condenada, intentar averiguar qué pasaba cuando uno entraba en un espacio de ficción que existía al mismo tiempo en el mundo real o, dicho de otro modo, en un espacio del mundo real que no sería nada sin un mundo de ficción, y a la inversa, y así hasta el infinito”, comenta poco antes de cruzar el umbral que lo llevará a revisar su propia obra y comprobar su mayor temor ¿es él un escritor de verdad? Pareciera que en el fondo, esta novela es una elaborada autoevaluación a la que decide someterse un escritor consagrado que, pese a ello, prefiere “no tomarse demasiado en serio la literatura”, quizá la actitud literaria más excéntrica, porque es la forma más auténtica de hacer literatura.

En tiempos que tienden a “comprometer” la creación artística con alguna de las urgencias planetarias y reivindicaciones sociales —absolutamente necesarias—, que existan escritores cuya única ambición es hacer literatura, es algo que considero debe agradecerse. No obstante, algunos alegan que los libros de Vila-Matas no sirven para nada, y quizá tienen razón, aunque así estarían comprobando su excentricidad en tiempos de corrección política. Pero me equivoco, Vila-Matas es un escritor comprometido, su gran reivindicación es mantener vigente la tradición de la verdadera literatura, entendida como un arte libre, inútil y alegre, que se mantiene en contra de todas las imposiciones. Porque, como afirma en ‘Perder teorías’, “uno escribe desde la incertidumbre y eso es lo que permite avanzar, lo que divierte y al mismo tiempo le intriga”.

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El viento, lo único libre. [Café Perec]

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En literatura, los colegas son los que te felicitan por no escribir demasiado y que pronto te felicitarán por no escribir nada. Y yo sé que a todos les encanta el ejercicio crítico y demoledor de los demás, ejercicio de malevolencia que, de no llevarlo a cabo periódicamente, podría causarles trastornos y tormentos. Y no ignoro que, si hay una excepción a esta regla, es Samuel Beckett, que nunca hablaba mal de los demás. Según su amigo Cioran, para comprender esa insólita actitud de Beckett había que acudir a la expresión “mantenerse apartado”, divisa tácita de aquel tipo de escritor que esencialmente es un ser “fuera de todo”, lo que le lleva a proseguir sin descanso un trabajo literario implacable y sin fin.

Experto en escritores y malevolencia, W.H Auden decía que, si un día el poema de un poeta importante se nos resistía, debíamos tener paciencia, porque en realidad lo que el poema quería decirnos era:

–Léanme a mí y no a los otros.

De Auden es también el comentario de que ningún poeta ni novelista desea ser el único escritor de toda la historia, pero a la mayoría, en cambio, le encantaría ser el único escritor de su tiempo, y un buen número cree ingenuamente que ese deseo le ha sido concedido.

Y aquí entra Kafka, uno de los escritores más humildes que han existido. Canetti fue de los primeros en detectarlo: “Carecía realmente de las vanidades propias del escritor, jamás se envanecía, y bien haríamos en seguir sus pasos, porque nos volveríamos modestos”

Ahora bien, es muy difícil ser modesto cuando uno no es nadie. Una reciente invitación a Cádiz, a las sesiones de Las parejas de los escritores (atractivo título para un ciclo), me ha llevado a descubrir un lado no muy conocido de aquel joven Kafka que, tumbado en la hierba, se sentía un paria de la tierra.

En el ciclo gaditano se habló de los amores de Virginia Woolf, de los de Nora y James Joyce, de los de Zelda y Scott Fitzgerald. Y en la sesión con Marta Carnicero y Antonio Soler analizamos la correspondencia entre Felice Bauer y Franz Kafka.

Kafka no estaba seguro de lo que Felice entendía por literatura. Le había enviado Contemplación, su primer libro, y, pasados 17 días, seguía ella sin comentarle nada del mismo. Pero creo que a Felice hay que comprenderla: era una joven sencilla a la que le tocó el papelón de ser la “primera lectora” del monstruo. Tuvo éste un gran ataque de celos cuando supo a quienes Felice estaba leyendo y le escribió: “Siento celos de Werfel, de Sófocles, de Ricarda Huch, de la Lagerlöf, de Jacobsen. Y Schnitzler no me gusta nada, con un sentimentalismo que yo no tocaría ni con la punta de los dedos”

Dos semanas después, le pedía a Felice comprensión para sus improperios, pero Kafka era Kafka y, acto seguido, le gritaba por escrito: “¡Pero cuánta razón tenía!”. En cuanto a los escritores ofendidos, ironizó al decir que los veía a todos “sobrevolando como ángeles el valle en el que yazco tumbado en la hierba”. ¡Y cuánta razón tenía! ¿O no nos preguntamos qué fue de aquellos ángeles y de tanta invención como trajeron?

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A ka caza y captura de Vila-Matas (Xavier Más de Xaxás en La Vanguardia)

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EPIFANÍA EN TUNQUÉN por Enrique Vila-Matas [publicado en El Cultural en su 25 aniversario]

tNQUENPronto hará un cuarto de siglo que llegaba, un día de invierno, a Tunquén, Chile, a la casa frente al mar de los Brodsky, en el Pacífico Sur. Y al encontrarme, por vez primera en mi vida, con el imponente océano, quedé inmovilizado un buen rato por el rumor del oleaje, por una sonoridad brava que alguien insinuó que provenía de batallas antiguas y que, desde entonces asocio al origen mismo de mi novela El mal de Montano (2002). Porque fue allí, frente al mar, donde compuse el inicio de mi nuevo libro: “A finales del siglo XX, el joven Montano, que acababa de publicar su peligrosa novela sobre los escritores que renuncian a escribir…”

              Había llegado a Tunquén con la sensación, tras la buena acogida a Bartleby y compañía (2000), de haber comenzado a ser leído en mi país, y alrededores. Sin embargo, como suele pasar con cualquier tipo de alegría, se camuflaba en ella un lado problemático: si quería ser coherente con lo que en el fondo había propuesto en el libro, convenía que renunciara a seguir escribiendo.

              El dilema de Tunquén podía sintetizarse así: O me incorporaba al sonámbulo mundo de los “ágrafos trágicos”, o me desplazaba al territorio radicalmente opuesto, aquel en el que dominaba una pasión extrema por “vivir en literatura”, por pasarse al territorio de la angustia excesiva del espíritu por nada.

              En aquella encrucijada se divisaban sólo dos caminos. O la inactividad, o la acción. Una encrucijada que tenía que serle bien familiar a Kafka, que escribió: “Dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo. Lo segundo es perfección, o sea, inactividad; lo primero inicio, o sea, acción”

              Al día siguiente, resolví el dilema al optar por continuar la frase de aquel inicio de El mal de Montano. Empecé allí mismo a poner en marcha el que ha sido el ritmo de mis dudas y de la continuidad de mi escritura en estos veinte años últimos y me ha dejado ante las puertas de Montevideo (2022), novela hoy vista como un posible puente de unión entre dos continentes y sus culturas, tal como ya sucediera, dos décadas antes, con El mal de Montano.

              Veinte años separan un libro del otro, pero mi impresión es que, a excepción del punto y aparte de algunas desviaciones y otros viajes mentales, las mezclas de pensamiento y ficción de mis novelas, desde el arranque en Tunquén de El mal de Montano, no se han alejado nunca demasiado del eje principal: la búsqueda de la naturaleza y sentido de la escritura. Una búsqueda que implicaba la elección de un camino que trataría de ir siempre hacia adelante y sin posible retorno. “No evoluciono, viajo”, escribió Pessoa, y así creo que ha venido sucediendo en mi caso desde entonces, desde que, escuchando el rumor guerrero del Pacífico, decidí que, puesto que la vida era un tejido continuo, una novela podía ser como un tapiz que se disparaba en muchas direcciones: material ficcional, autobiográfico, ensayístico.

              Una máxima de Paul Valéry (“Los demás hacen libros, yo hago mi mente”) me empuja ahora a decir que los demás hacen libros y algunos de ellos son extraordinarios. No viene ahora al caso dar nombres de los que leo con entusiasmo, o con la mayor atención, pero sí pienso que debo decir que de la literatura contemporánea la corriente que más me interesa es la que no está muy segura de sí misma y a la vez maneja una prosa audaz, capaz de pensar sin la menor represión: una escritura de crítica cultural libre, que es intempestiva y disiente de su tiempo y huye del vocerío general.

              Y bueno, es cierto que una mayor altura de miras en las prácticas literarias se echa cada vez más en falta en nuestros días, pero, aun así, quiero creer que aún estamos a tiempo de evitar que sigan perjudicando, de modo tan alarmante, la creación literaria del futuro.

foto: Paula de Parma y Brodsky junior (alias ‘el congelado’) en la casa de Tunquén de Paula Recart y Roberto Brodsky

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Muerte de Gabastou, traductor.[Café Perec]

imagesgabastouGabastouYV-MParis2010_190Good-Morning-Rainy-Day-Wishes-Picture-6847André Gabastou ha sido durante décadas puente vital entre la narrativa hispanoamericana y la lengua francesa. Su muerte, el pasado 11 de noviembre, priva a la literatura escrita en español de un hombre de alta exigencia crítica y un finísimo talento para la traducción. Sabíamos que, a la hora de ser crítico, era rápido y divertido: solía, por ejemplo, ser breve, pero delicadamente cruel, cuando despachaba un libro que no le gustaba. Y sabíamos también de una virtud actualmente ya rara: su confortable, profunda humanidad.  No sabíamos, en cambio, y nos intrigaba, su infalible método para obtener, en cada problema que pudiera crearle una traducción, una mejora automática del original.

Tradujo a algunos de los mejores escritores contemporáneos. De Bernardo Atxaga, con pasión y maestría, casi toda su obra. Una vez soñé que Gabastou, al leer a Bernardo, se sentía transportado a sus primeros años en el pueblo de la comarca de Bearn, donde nació. Otros contemporáneos traducidos: Bioy Casares, Silvina Ocampo, Carmen Laforet, Onetti, Sánchez Ferlosio, Alan Pauls, Martin Solares, Juan Gabriel Vásquez, Rosa Montero, Eduardo Lago, Gabi Martínez, Ricardo Piglia…

Llegó a traductor del español sin haber salido de su pueblo en toda la infancia. No fue ni siquiera a Pau, ni a Burdeos, ni a París, puesto que, en su lugar de nacimiento en Bearn, a dos pasos del País Vasco, el errante río Adour formaba una barrera que pocos cruzaban. Contaba Gabastou que un político de la época solía decir que, cuando iba en tren a París, sólo al partir de Pau se sentía realmente en Francia, lo que para Gabastou era “una forma de decir que veníamos, quizás, del antiguo reino de Navarra, de la Baja Navarra, a pesar de su lejana conexión con Francia”

Gabastou no recordaba su aprendizaje del español, pero suponía que fue fluido, como suele ocurrirles a los niños. La lectura de un libro de Bioy y Ocampo (Los que aman odian), le resultó tan agradable que le propuso al hoy legendario editor Christian Bourgois traducirlo, y éste accedió de inmediato a su petición. Ahí comenzó su trayectoria de traductor. Pasados los años, Gabastou descubriría que los antepasados de Bioy eran de Bearn. Y no le pasó inadvertido que, al igual que el uruguayo Jules Supervielle, Bioy fuera originario de Oloron-Sainte-Marie, lo que le hizo sentirse miembro de una “cofradía bearnesa”, que era una construcción identitaria razonable, aunque invisible a ratos, tal vez porque tenía una vocación tan errante como el Adour que la atravesaba.

Hará dos años, Gabastou desapareció por largo tiempo y no hubo forma de dar con él. Lo buscamos, no estaba, reapareció sin más. En París, hará tres semanas, nos reencontramos. Físicamente mermado, pero en buena forma mental, eludió contar qué le había sucedido. En el momento de la despedida, me informó de que ya sólo leía a Balzac y Proust. Balzac y Proust, repitió. Y me pareció entonces comprender por qué, cuando me traducía, sus palabras eran siempre de otro mundo, por mucho que ese otro mundo pudiera parecer el mío.

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Renasci na literatura, diz Enrique Vila-Matas a Sylvia Colombo en A Folhas de Sao Paulo (Brasil)

zbr_MontevideuSÃO PAULO, SYLVIA COLOMBO (FOLHAPRESS) – Quem caminha pela rua Soriano, a poucas quadras da praça Independência, na capital do Uruguai, em geral não sabe que no edifício que hoje abriga o hotel boutique Splendor, hospedou-se, por dois meses em 1954, o escritor argentino Julio Cortázar.

Tampouco existe muito modo de saber isso, uma vez que as referências a essa passagem desapareceram quando o pequeno e histórico edifício que antes se chamava hotel Cervantes foi reformado e transformado no atual.

Naquela época, sim, havia menções da passagem do autor de «Todos os Fogos o Fogo» por ali. Os hóspedes eram inclusive informados que, em sua estada na suíte 205, Cortázar tinha escrito «A Porta Condenada», depois publicado em «Fim de Jogo», de 1956.

Em seu mais recente romance, «Montevidéu», lançado agora no Brasil com tradução de Júlio Pimentel Pinto, o escritor espanhol Enrique Vila-Matas, 75, cria um narrador que é «um errante, um oportunista, mas inundado de literatura», conta ele por telefone.

O personagem vive primeiro em Paris, com a pretensão de se converter em um escritor, embora rapidamente troque essa atividade pela de traficante de drogas. Em suas viagens, começa a se sentir fixado pelas conexões possíveis através de quartos contíguos, separados apenas por uma porta interna, que não necessariamente abre.

É o que acontece na porta do quarto em que o narrador está hospedado em Montevidéu, então tapada por um móvel através do qual se ouve uma criança chorando e sendo consolada pela mãe. A saga das portas e suas conexões segue por vários lugares em que se hospeda o narrador, em Bogotá, Cascais, Reykjavik e de volta a Paris, cidade referência de Vila-Matas.

É curioso ressaltar que aquele mesmo quarto de hotel inspirou não só o conto de Cortázar como outro do argentino Adolfo Bioy Casares.

Indagado se esses enigmas não eram um modo de voltar a ver o mundo por enfoques distintos de suas viagens, Vila-Matas responde: «Quando começa o livro, meu narrador pensa que o mundo já não tem como ser narrado, o que acaba sendo todo o contrário, porque sempre há ângulos inexplorados».

O romance conta como alguém, atropelado por episódios que lhe ocorrem, «termina regressando à arte de narrar».

Foi o que ocorreu, de certa forma, com o próprio escritor catalão, que no ano passado adoeceu de modo grave e foi obrigado a realizar um transplante de rim. A doadora foi sua mulher.

«Quando já estava no pós-operatório, recuperando-me em casa, agarrei o rascunho de ‘Montevidéu’, que já estava quase pronto. Mas ao trabalhar nele, fui recuperando uma energia, me senti revitalizado e criei sobre o próprio livro. Muitas coisas na história mudaram, mas foi meu modo de renascer de modo literário».

Nunca é fácil falar de rótulos literários, e talvez nem faça tanto sentido, mas para esta novela talvez seja um exercício interessante. Vila-Matas concorda.

«Às vezes me perguntam se sou um ensaísta que se disfarça de narrador ou um narrador que se situa no espaço do ensaio para exercer a arte de contar. Minha impressão é que, há algum tempo, depois de publicar ‘Bartleby & Companhia’ em 2000 e iniciar ‘O Mal de Montano’, tomei a decisão de escrever ficção a partir de um um espaço geralmente ocupado por ensaístas e poetas: um ‘eu literário’ visível.»

O escritor mexicano Álvaro Enrigue disse a Vila-Matas que ele era um «escritor fantasma». «Creio que minha obra pode ser lida como um contínuo no qual histórias e gêneros se misturam: meus livros de artigos fluem para meus romances, que fluem para seus ensaios, que fluem para os contos».

Diante de uma pergunta sobre sua maior angústia no mundo de hoje, ele responde que é a estupidez.

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«Passou um século e o panorama mundial da imbecilidade se ampliou, o que, embora continue sendo risível e nos dê material para o humor, é muito alarmante. Claro que, no fundo, catástrofes de tal magnitude já foram previstas por Flaubert quando ele disse que havia um único mal que nos afligia: a estupidez.»

 «É uma estupidez temível e universal. Por exemplo, quando se fala na embrutecimento das massas, fala-se em termos injustos e incompletos, já que na realidade seria necessário ilustrar as classes ilustradas, começando pelas que estão no poder, pela elite, para nos entendermos. É a mais inculta que já existiu. Deveríamos começar pela elite, educar a ignorante classe política. E quem será corajoso o bastante para tentar?»

MONTEVIDÉU

– Preço R$ 99,90 (240 págs.) /  Editora Companhia das Letras

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Vila-Matas, según Isabel

IMG-20231103-WA0030(1)Elegí a Enrique Vila-Matas como autor de estudio no sé exactamente porqué y a la vez sí lo sé: porque no podía escoger a otro. Porque Vila-Matas me parece la quintaesencia del reto literario en la literatura española contemporánea. Su literatura es compleja, está permanentemente retándose a sí misma, buscando engarces con la teoría literaria y con otras artes, instigando al lector a pensar. Para alguien que estudia la literatura y se apasiona por el juego literario y por la función de la literatura en nuestros días, y que parte del contexto español pero quiere ir más allá, no había otra elección.
¿Qué lugar ocupa Vila-Matas en las letras españolas y europeas?Algunos sostienen que, fallecido Javier Marías, podría ser nuestro próximo Nobel.
Vila-Matas siempre ha ocupado un lugar peculiar en el campo literario,como analizo en la primera parte de mi trabajo, ‘Postura del autor en el campo literario’. En las letras españolas empezó su obra desde un lugar muy periférico, como escritor heterodoxo y que no podía clasificarse en tendencia alguna, más allá de un vanguardismo y una heterodoxia esencial; ahora bien, a partir del 1985 y con ‘Historia abreviada de la literatura portátil’, empezó a ser reconocido en la Península como autor singular y fruto de devoción en una «pequeña gran minoría». Pero no ha sido sino hasta a partir de los años 2000 (ganador del Premio Rómulo Gallegos) cuando se ha consolidado realmente en el sistema literario español y a ser tenido en cuenta como una de las grandes figuras en el panorama literario.
Especialmente con los libros de su ‘Catedral metaliteraria’ (‘Bartleby y compañía’, ‘El Mal de Montano’, ‘París no se acaba nunca’, ‘Doctor Pasavento’) o con su última novela ‘Montevideo’, que es una auténtica‘summa vila-matiana’, o con sus ya reconocidas intervenciones artísticas(como con Dominique Gonzalez-Foerster) y sus conferencias, que son actuaciones públicas (el pasado sábado se agotaron las entradas para su-intervención en el festival literario barcelonés Kosmópolis). En cualquier-caso, en nuestro país continúa siendo un autor ‘raro’, y también en Catalunya, como escritor catalán que escribe en castellano y cuyos referentes literarios y teóricos acostumbran a ser extraterritoriales:Kafka, Joyce, Pessoa, Tabucchi, Walser, Blanchot, Barthes, etc. Por eso mismo él ha afirmado a menudo sentirse más bien como un escritor francés.
Si no supiéramos que lo ha dicho de veras, que se formó en parteen París, parecería un chiste de Andreu Buenafuente. El pasado fin de semana decía que hay mucha gente que dice ser francesa.
-En Francia su reconocimiento ha sido siempre unánime (y no poco importante en Portugal e Italia, por ejemplo), así como en América Latina, especialmente en Argentina y México.No resulta casual que ganara el FIL en 2015, galardón que solo han ganado otros dos escritores de nacionalidad española. Se le ha llamado «el más argentino de los escritores españoles», entre otras ‘boutades’ que a él le gusta repetir.
Encarna la pasión absoluta por la literatura, la vida transformada en literatura, y viceversa. ¿Cómo ve usted esa dualidad?
No la veo en absoluto una dualidad. En Vila-Matas literatura y vida forman una sola amalgama donde ya no importa lo que es verdad y lo que es ficticio. Somos unos cuantos los que nos sentimos atraídos por esa fusión absoluta de lo vital / literario, supongo que es otro motivo por el que me he visto seducida por su obra y nunca ha dejado de estimularme.A Vila-Matas el ver la realidad con mirada atenta y literaria le lleva a la literatura. Y la literatura, las conexiones literarias, los eventos literarios,los cruces de referencias, le llevan a vivencias sorprendentes que acaba reflejando de nuevo en sus libros. En esto hay una conexión ineludible con ‘El Quijote’, el gran talismán de nuestra literatura, figura que Vila-Matas evoca a menudo. Y en Vila-Matas pasa como sucede en ‘El Quijote’:si primero lee la realidad como un libro, al final la realidad viene a él ya no quijotizada sino ‘vila-matizada’. Esto crea un bucle creativo y vitalista tremendo, que resulta contagioso a sus lectores y estudiosos.
Enrique Vila-Matas presentó hace un año su novela ‘Montevideo’ en Zaragoza.

-¿Analiza toda su obra o aspectos fragmentarios, libros concretos?

-En mi tesis, y contra todas las recomendaciones del sentido común y de las últimas tendencias académicas, decidí no acotar las fuentes y tomar la obra entera de Vila-Matas. Ello ha supuesto el análisis de más de cuarenta libros, más de dos centenares de artículos, sin olvidar los cientos de entrevistas, artículos e intervenciones públicas que también me he dedicado a revisar para poder reflejar una visión lo más completa posible de su postura pública. Un proyecto a todas luces ‘kamikaze’, como se ha dicho, pero que por fortuna no se ha acabado convirtiendo en un‘Suicidio ejemplar’, como dicta uno de los mejores libros de cuentos de Vila-Matas, gracias al apoyo de mis tutores, directores y la gente que quiere mi bien en general.
-O sea que ha sido usted temeraria y desafiante.

No lo había visto así. En cualquier caso, quería dar buena cuenta de su obra de modo panorámico, sin reducirla a un solo factor. Tras todo ello,el foco de atención ha sido intentar averiguar qué hacía a Vila-Matas tan peculiar en el campo literario, y también si, más allá de su fama de metaliterario y autoficcional, podía encontrarse en él una intención política más o menos manifiesta y, especialmente, si podíamos incluso considerarlo un “intelectual comprometido” en un sentido amplio afín al siglo XXI: como figura pública que ayuda al lector a leer la realidad de modo complejo y a promover el pensamiento crítico.

-¿Cuánto hay de ficción y de autoficción en Vila-Matas?

Hay mucho de ambos. En algunas entrevistas, cuando le preguntan eso,se divierte dando porcentajes diversos como el 27% de uno y el 73% de lo otro, etc. Y me parece que lo más interesante al leer a Vila-Matas es no tratar de deslindarlos y dejarse llevar por el juego de «ficción radical» o»aventura literaria» que propone.

-Vila-Matas encarna, en cierto modo, la extrañeza de vivir. ¿En qué le parece único, cuáles serían sus elementos casi originales,distintos a casi toda su generación?

Sin ser conocedora exhaustiva de toda la literatura española de su generación, si tengo que subrayar lo que me parece fundamental y único en su propuesta, destacaría varios aspectos: en primer lugar, la autoconciencia absoluta de su vocación como artista y escritor «total»,donde vida y obra se imbrican, como en el caso de Valle-Inclán, Dalí o Duchamp, desde los orígenes hasta la actualidad (es en realidad asombrosa la coherencia entre los presupuestos en sus inicios en los sesenta y las concreciones a lo largo de la trayectoria hasta el día de hoy);en segundo lugar, su capacidad asombrosa de imbricación entre lo narrativo y lo ensayistico (por no hablar de lo vital) de modo que leer sus libros (y hasta sus artículos) es leer al ‘avatar’ o ‘yo literario visible’ o ‘yo figurado’ Vila-Matas pensando sobre literatura, sobre pensamiento, y hasta sobre moral y actualidad y llevando siempre al lector más lejos, sin renunciar a la ficción radical; en tercer lugar, su dominio del humor y la parodia, que consiguen que la reflexión más sesuda vaya acompañada de constantes giros imprevistos en la trama, las ideas o el lenguaje, y pueda provocar una carcajada del lector cómplice, humor que también hace patente en sus intervenciones públicas, que con el tiempo se han ido configurando en auténticas ‘performances’.

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-¿Cuál ha sido su relación con Enrique Vila-Matas en estos años de tesis?
La verdad es que ha sido una relación inconstante pero siempre accesible y sumamente enriquecedora. Lo conocí personalmente en un congreso en Persignan sobre su obra, ahora hace 11 años, un congreso donde me tocó a mí hacer la última intervención, que era una especie de resumen de mi tesina y se titulaba ‘Vila-Matas, ‘flâneur’ de la literatura’. Como él hablaba justo después de mí, tuvo que presenciarme y escucharme, para mi terror; sin embargo, después fue amabilísimo conmigo y destacó todolo que le había interesado de mis palabras. A partir de entonces, nos hemos visto alguna vez, no muy frecuentemente, pero sí nos hemos intercambiado innumerables correos electrónicos, y hasta se ha brindado a ayudarme con algunos momentos menos documentados de su trayectoria, especialmente sobre los primeros años. Vila-Matas, si bien pueda intimidar a priori por su ingenio e inteligencia, como persona se trata de un ser modesto, afable, generoso, con una conversación siempre amena y apasionante.
Había anticipado este trabajo en un libro, que es casi una novela,¿no?
Ja ja. Bueno, sí, escribí una novela hace unos años, en paralelo a mi investigación a Vila-Matas, que no debía de tratar sobre él, pero cuya figura (literaturizada) se acabó colando inevitablemente entre las líneas,puesto que formaba parte ineludible de mi universo mental. La novela se llama ‘La piel de Irlanda’ y HERALDO dio cuenta de ella y se presentó en Zaragoza, en Cálamo. Como la tesis, tuvo un proceso de escritura muy largo y curiosamente, en este proceso anticipé inconscientemente aspectos futuros de la obra de Vila-Matas (el más llamativo, a mitad de la escritura de la novela apareció ‘Dublinesca’ de Vila-Matas y este afirmó haber dado «el salto inglés»).

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-¿Podría concretarnos qué era ese libro suyo, que buscaba Isabel Verdú? Luego ha seguido por las sendas de ficción.

Fue un ejercicio de escritura que a mí me divirtió mucho, pero creo que no deja de ser eso, un ‘divertimento’ de autora novel que aunaba algunas preocupaciones propias existenciales y estéticas con la lectura de Vila-Matas, en un cóctel que se desligó completamente de mi estudio formal sobre Vila-Matas y de mi relación con él. De hecho, al final de la novela,por coherencia narrativa, decidí que la protagonista no acudiera a un congreso sobre Vila-Matas, figura sobre la que estaba obsesionado su padre, para empezar su vida de nuevo sin referentes ni condicionantes. Y yo en la vida real hice lo contrario, continuar adelante en mi estudio el interés por él, cosa que siempre me ha hecho la vida más interesante y divertida.

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¿ES MONTEVIDEO EL OTRO NOMBRE DE LA LITERATURA?

CHAMBRE 205

TIPHAINE SAMOYAULT

V-M, Tiphanie Samoyault, Manuela Corigliano.

Texto leído en La Maison de la poésie el 11 de octubre de 2023, con motivo de la Soirée Enrique Vila-Matas.

Montevideo, capital mundial de la literatura.

__________________________________________

 

Tiphaine Samoyault : Para presentar esta tarde, la última novela de Enrique Vila-Matas, Montevideo, publicada en 2022 en Barcelona y traducida este otoño por André Gabastou, empezaré, Enrique, contándote una historia.

Esta historia es el triple trasfondo de esta novela de doble fondo o pluri-puerta, o, si lo prefieres, la búsqueda de la búsqueda. Es mi historia, pero la historia de Montevideo la abarca.

Montevideo comienza en París.

Esto es cierto en la novela de Vila-Matas. Esto también es cierto en mi historia.

Montevideo, de Vila-Matas, comienza en París, y más precisamente aquí, en el Rosebud de la Rue Delambre donde un escritor que no escribe escribe que vende drogas para quedarse en París, donde quiere empezar a escribir.

Allí, un amigo mío entra: – pero recuerdas, el Rosebud. Es en este bar donde nuestro maravilloso compinche, Marc Dachy, estaba lidiando con un tipo de comercio ligeramente similar. Estaba haciendo negocios en un banco en Montparnasse Boulevard, el más cercano a la calle Delambre y frente a la librería Tschann. «Sí, me acuerdo». Pero Montevideo comienza aún más precisamente aquí, al pie de otra librería, La Hune, en la época en que todavía era el bulevar Saint-Germain, antes de trasladarse entonces a la calle de la abadía, antes de desaparecer por completo: es el futuro de todas las librerías. Antonio Tabucchi, a quien el narrador de la novela de Vila-Matas conoce en el Hotel Colón de Barcelona, le cuenta una experiencia inolvidable para él: se sienta junto a un vagabundo, apoyado al pie de la librería, frente al quiosco. «La librería ya no existe y hace años dejé de tener noticias del vagabundo, sólo el kiosco sigue ahí», nos dice v-M. (Montevideo, p. 28). Desde este punto de vista hasta el nivel del suelo, realmente podía ver cómo se sentía la gente, y ver que no es encontraban muy bien.

Este vagabundo es conocido, Enrique Vila-Matas, encontré su marca y es él quien se ve en la foto: su nombre es Jean-Marc Restoux y estuvo durante más de veinticinco años frente a este quiosco. Había estado en una lista en las elecciones municipales de París en 2008, bajo el nombre de «otro sonido de campana». Aunque finalmente se alojó en una residencia social en la calle Buci (sí, sí, aparentemente existe), murió a los 58 años, en abril de 2012.

Enrique Vila-Matas también está a menudo en París. Y sus narradores, también.

Mi historia también comienza en París. Estoy recibiendo una invitación de Hugo Achugar y Edgard Vidal para un coloquio en Maldonado, Uruguay. Este coloquio se centra en las transformaciones y la continuidad de la historia cultural (y se presenta como un diálogo franco-uruguayo). Recibo esta invitación en abril de 2023 El libro de Vila-Matas aún no se ha publicado en Francia y no conozco su existencia. Decidí aceptar la invitación porque estaba en Brasil en ese momento y podía descubrir así a Uruguay, que no conocía, sin cruzar dos veces el Atlántico.

Elijo trabajar en Montevideo como capital de la literatura. Descubro que la ciudad opera a veces como un test de Rorschach, es la proyección del individuo, de lo que éste ve, reconoce o quiere rescatar. Por mi parte, asumo que hay un subgénero literario que instituye así la ciudad como capital literaria y onírica, y que tiene como principal característica lo siguiente: es habitual que haya escritores que rastrean a otros escritores en Montevideo.

Montevideo siempre me ha representado el capital literario ideal, porque allí nacieron varios escritores que amaba. Uno de ellos era el moderno por excelencia: Isidore Ducasse, conde de Lautréamont. El segundo es Jules Laforgue, cuyas quejas me habían parecido, a los veinte, una extensión melancólica de Baudelaire. El tercero de los escritores, Supervielle, es más indiferente para mí, pero tuvo la particularidad de ser el tercero, lo que ya elevó Montevideo al mítico rango de la capital literaria mundial. ¿Por qué nacieron franceses en Montevideo destinados a convertirse en escritores? Ya había un efecto legendario en esta serie ahora conocida. Así, más allá de su papel real, vinculada a su condición de capital excéntrica, que hace de Montevideo un lugar donde nacen, viven y habitan muchos escritores, la ciudad tiene por lo tanto un papel imaginario bastante considerable. El nombre de una ciudad, y lo que se relaciona con ella, se convierte en el signo mismo de la literatura, al dotarse de los rasgos o aura de las figuras que la han estudiado, textos que lo cuentan, en una palabra al volverse novelista.

Montevideo es una ciudad para viajar para seguir los pasos de alguien. La ciudad invita a la peregrinación. La peregrinación literaria es la versión profana de la peregrinación religiosa y está vinculada a la llegada de lo que Malraux llama una «novela de lugares», que se refleja en la emoción particular de saber que en este mismo lugar donde estoy, algo ha sucedido. El deseo de ir a los lugares donde otro vivió es de naturaleza sentimental; pero también es reflexivo porque uno viene a verificar los poderes de la literatura. Por lo tanto, da lugar a un género particular de textos, donde uno va a Montevideo en una peregrinación literaria.

Mientras trabajaba este verano en el BnF Francois Mitterrand, descubrí toda una biblioteca de peregrinación literaria en Montevideo, que es, como dije, siguiendo los pasos de los escritores o en menor medida revolucionarios o políticos que vivían en Montevideo. La ciudad es un personaje más que una decoración. Hay tantos en español como en francés y todos exaltan la fascinación por «este pequeño país del Cono Sur», escribe Patrick Deville, donde 2se inventó la inmensa belleza de los Chants de Maldoror de Lautréamont y la ligereza de El hombre de la Pampa de Jules Supervielle. Este pasaje de La Tentación de brazos (2006), convocando deliberadamente las imágenes de Montevideo, lo que la convierte en un espacio ejemplar para los escritores franceses, también establece una reciprocidad porque este pequeño país, añade Deville, alimenta un amor por París que ya no existe en otro lugar que en Montevideo. Según él, nos reconocemos como la capital de la literatura a ambos lados del Atlántico. Enrique Vila-Matas hizo una asimilación comparable cuando, en Montevideo, se vio en la capital de Uruguay mientras se veía Hemingway en París.

El primer homenaje literario a la ciudad data de 1850 y proviene de Alexandre Dumas, quien escribió no sólo Montecristo, sino también Montevideo y la guerra de Troya, nada menos. Luego tenemos a los biógrafos de Lautréamont, Supervielle o Laforgue, dicen que fueron a esta ciudad en busca de testigos esenciales o archivos desconocidos. Para Isidoro Ducasse, la búsqueda es aún más imaginaria, ya que está en gran medida condenada al fracaso. Y aunque, entre todos los biógrafos, Jean-Jacques Lefrére es el que buscó hacer la enigmática naturaleza de esta vida, y logra reunir muchos archivos que logra darle una densidad, superpone el verdadero Montevideo, documentado con la historia de la emigración de los franceses del suroeste, con un Montevideo legendario y mágico. Y así también hace una biografía de Laforgue para que su enorme documentación sea rentable.

Todavía estoy en París, en la biblioteca y leo todas estas peregrinaciones a Montevideo. Sigo descubriendo nuevos textos: Montevideo, Henri Calet y yo diciéndome que Calet había huido de Francia después de haber cometido un fraude y había terminado en Montevideo con un pasaporte de Nicaragua. Romantizó su experiencia en Un gran viaje. Termino con tengo que volver a casa de Montevideo? por Francois Bott diciéndome: debimos habernos ido?

Es julio. Antes de su publicación, acabo de recibir Montevideo de Enrique Vila-Matas. Lo veo como una señal.

Estoy continuando mi investigación en el BnF sobre estas historias que ahora están siguiendo los pasos del pasado. En Deville, la ciudad de hoy se superpone en la ciudad de los años 30: A mediados de semana, en Montevideo, el mercado de pulgas está cerrado y la calle Tristán-Narvaja está desierta. Diflems hace que su tristeza húmeda se disguste por los pavimentos adornados. En la cortina metálica de un garaje se reprodujo, con pintura amarilla y morada… la fotografía de la leche alargada muerta en la casa de laván del hospital de Vallegrande… y yo estaba a lo largo de este garaje, y su revolucionaria cortina metálica, pensando en mi primer contacto con Uruguay, en 1976, que había sido el encuentro, en Francia, del exiliado cantante Daniel Viglietti. «(p. (28) Las descripciones se dan como sucesiones de pinturas de diferentes épocas, colgadas en un libro que se ha convertido en museo. En Montevideo, Henri Calet y yo, el presente de los proyectos de viaje en la ciudad vieja encuestados por el querido escritor: p. 10: Fui a Uruguay para tratar de ver la improbable sombra del escritor. Vea si es posible lo que sus ojos habían visto y busca cualquier rastro que dejaran los que usaran modelos para su novela. Quiere ver «fuegos en las sombras, que subieron de bodegas por la noche a las grandes, bullidas y elegantes avenidas». Era el Bazar Colón, el mueble francés de la casa Cavigila, los sombreros, los tés, los patines en la explanada frente al Hotel del Prado 33. –

En Montevideo, el narrador, doble de Enrique Vila-Matas, visita la memoria de Cortázar, Bioy Casares y Borges que fueron allí antes que él. Por lo tanto, va siguiendo las huellas de su paso a ellos. Como en Deville, el viaje está embrujado por referencias literarias, y entre ellas, por L’Urugayen de Copi (que el narrador tradujo del francés al español, lo que le hace repetir en Montevideo, «Aquí estoy en mi lugar». Nada se ve directamente y la espiral de textos e imágenes lleva al referente a un abismo vertiginoso. La ciudad ha sido tan leída, tan soñada, tan imaginada. «Terminé entendiendo que tenía algo más que una necesidad genuina de poner un pie en ese pequeño mirador 44. –

Y cuando surge una circunstancia para tomar la peregrinación, el narrador no recupera su posición en la realidad, todo lo contrario. Aquí encuentra una oportunidad para convertirse en un verdadero personaje de ficción.

El narrador llegó a ver «el lugar exacto donde lo fantástico irrumpe en el cuento de la cueva», la Puerta Conquistada. Esto requiere la intervención de varios intermediarios (incluida una recepcionista que el narrador llama al gerente, como Cortázar en su nueva noticia). Este narrador se convierte en el juguete de una nueva investigación, en la actualidad de la ficción que se presenta como una verdadera peregrinación a las escenas de una ficción. Este desplazamiento perpetuo de fronteras, propio del arte de Vila-Matas, empuja al límite el subgénero que identifico con la peregrinación literaria a Montevideo. La sospecha se coloca constantemente sobre la naturaleza y el lugar de la experiencia. La literatura se convierte en un formidable incentivo para encontrar el lugar y, al mismo tiempo, nos hace sospechar que este lugar no puede existir. Visitando los espacios de referencia, el Teatro Solís, la Torre de los Panoramas, el Hotel Cervantes se van desdibujando al ser escrito y reescrito. El fáctico no produce certeza, todo lo contrario. Está constantemente enojado por la ficción.

El hotel es un lugar emblemático de peregrinación literaria como la visita al cementerio y la contemplación al borde de una tumba. Combina las características de paso, anonimato, reunión y superposición de tiempos. Los escritores evocan hoteles y escritores que siguen los pasos de estos escritores van a los mismos hoteles. Vamos al Hotel Majestic, al Hotel Palacio, al Hotel del Prado, al Hotel Crystal 5. El que más a menudo se encuentra es el Hotel Cervantes, ahora el Esplendor. Fourvel: Manual Esponella Gumez vive hoy en el Hotel Cervantes, que disfresó Borges o Cortázar. Para escucharlo, Uruguay sólo tendría una ventaja: la de dejar a la gente cerrada sobre sí misma, abriendo así los ojos desde dentro de 66. Cortázar, Bioy-Casares y Vila-Matas lo convierten en el marco principal de sus narraciones, las dos primeras en un inquietante efecto casual, levantada por Bioy-Casares desde su nuevo «Viaje o al Eterno Mista» y el de Cortazar, «La puerta condensada», comienzan de la misma manera y ambos albergan a su narrador en el Hotel Cervantes. En un texto en el que especifica las circunstancias de la escritura de la Puerta, Cortázar da los elementos fácticos y autobiográficos que están en el origen de la escritura de este cuento: representante de la UNESCO en un congreso en 1954 como traductor, se aloja en una habitación muy pequeña del Hotel Cervantes (su número no se da en el texto). Un armario enmascarando una puerta de comunicación le intriga y se convierte en el punto de partida de su historia. Vila-Matas realiza así una doble peregrinación: a pasos del escritor y sobre los del narrador de lo nuevo, en busca de lo real y lo ficticio. Pero básicamente, más allá de la anécdota, qué es lo que realmente viene a Montevideo? En el lugar, es lo primero de todos los tiempos que los escritores quieren experimentar: entrar en contacto con un pasado que ya no es sino que a uno le gustaría volver a vivir. Dos de los escritores que he mencionado asocian la ciudad con esta nostalgia: «Pocas ciudades del mundo, tanto como Montevideo, saben seducir la nostalgia», escribe Patrick Deville 77. Y «Durante años, practiqué una especie de saudade secreta, una extraña nostalgia en el extranjero, melancólica, de un lugar que no había conocido, que no estaba claro para mí que pudiera hacer un viaje allí algún día. Este lugar era Montevideo. Me apasionaba la poesía de Idea Vilariao, nacida en la ciudad en 1920, diez años después de la muerte de Herrera y Reissig. No es nada menos cierto que leerlo, muy a menudo termino sintiendo en el centro del mundo 8. El centro del mundo se ha movido de esta manera. Mientras que al principio de su vida como escritora, Vila Matas soñaba con un escritor de la década de 1920, un estilo de generación perdido, y era en este espíritu que había hecho varias largas estancias en París, ahora entiende que ser un escritor está parado en «el lugar exacto donde lo fantástico irrúdese en una historia corta de Cortázar». Así, ir a Montevideo es poner un pie en un cuento en Cortázar; dejar de soñar con ser un escritor norteamericano en París, que identifica la literatura con Francia y para quien la frase «escritor francés» es pleonasma, convertirse en un escritor sudamericano en Montevideo, que identifica la literatura con problemas, el paso fronterizo y el doble fondo. La capital literaria mundial se ha movido y Montevideo de Vila-Matas es la novela de este viaje.

– –

Y luego perdí el avión.
Este es el momento en que lo fantástico sale en mi vida, pero no lo entiendo de inmediato.

Perdí el avión que me iba a llevar a Montevideo antes de dar mi conferencia en Maldonado.

No me lo perdé. Llegó a Río, pero no se fue de inmediato. Problema técnico. Cambiamos el avión, pero cuando llegamos a Sao Paulo, el avión a Montevideo ya se había ido. Sólo hay uno por día. Así que usé una primera tarjeta de embarque, pero no la segunda en la que se escribió, en portugués, en un poco: «chupa la chupa de podelo ficar ainda melhor» (tu viaje puede ser aún mejor).

Estaba alojado en el Hotel Ibis en Garulhos, el suburbio de Sao Paulo, donde se encuentra el aeropuerto internacional. Hasta ahora nada fantástico. Una experiencia del vacío. Aquí está la vista desde la ventana de mi habitación, que no se abre.

La pregunta que me hago entonces no es, «Debíamos volver a casa de Montevideo?» sino «Debería ir realmente a Montevideo?» No debería estar satisfecho con el Montevideo de Popel, el periódico Montevideo?

La pregunta es aún más porque, después de llamar a Hugo y Edgard para decirles sobre mi desventura, entiendo que no iré a Montevideo. El coloquio está a 200 kilómetros de distancia en la costa de Maldonado, y cuando llegue al aeropuerto al día siguiente, un coche me estará esperando para conducir directamente a la escena.

Habiendo tenido que enviar mi conferencia de antemano para que se tradujera al español, había escrito una conclusión concluyente que se estaba viendo ficticia. «Cuando escribí estas líneas», dije, «todavía no he estado en Montevideo». Pero «ese nombre de ciudad que parece un verso», como escribió Borges, me hizo soñar durante mucho tiempo. Cuando entregue esta conferencia, sin embargo, tendré por primera vez confrontar mi imaginación con la realidad de la ciudad. He visto el Teatro Solas y el Hotel Cervantes. Puede que tenga algo más que decirte. Ahora, cuando di la conferencia, no había visto Teatro Solas y el Hotel Cervantes. Una oportunidad de vida en/en (vida o vuelo), me había hecho perderme esta cita.

Al día siguiente, el avión yacía bien. Finalmente llegué a Uruguay. Pero el aeropuerto se fue inmediatamente, me puse a ir a Maldonado. El camino es hermoso. La caldera se detiene para tomarme una foto delante de una casa de águila. El hotel es magnífico y por la noche comemos en un restaurante de pescado junto al mar.

En el coloquio, aprendo mucho sobre los procesos democráticos en Uruguay, sobre el período de la dictadura, cuya memoria es aún más vívida cuarenta años después de que se forma en libros y en obras. También me entero de que Norman Mailer ha ayudado a hacer de Montevideo una capital literaria mundial, así como la escritora canadiense Nicole Brossard.

El coloquio termina, salgo de Maldonado.

Pero mi historia finalmente termina en Montevideo.

Un par de arquitectos me llevaron en coche a la capital. Me acerco a la ciudad junto a la costa al caer la noche. Paso el Hotel Carrasco.

Estoy en Montevideo. Ya no escucho conversaciones en el coche. Me pregunto cómo es hacerlo al fin, y decido no preguntarme. Mañana iré a la Torre de los panoramas de la Academia de las Letras, el Colón de Bazar, el Teatro Solís.

La pareja de arquitectos me deja en el Barrio de las Artes frente al Hotel Cervantes, ahora conocido como el Esplendor Cervantes (lo sabían de mi lectura en Montevideo de Vila-Matas). Este hotel existe (las fotos ahora son de mí).

La recepcionista, el gerente de Cortázar y Vila-Matas, me da mi llave y me dice el ascensor.

A mi izquierda, un pasillo.

Delante de mis habitaciones, o más bien puertas de dormitorio.

Empuje la llave en la cerradura.

Estoy frente a la habitación 205.

Me encuentro frente al lugar exacto donde lo fantástico en el cuento de Cortázar y donde, más de medio siglo después, el narrador de Montevideo Montevideode Vila-Matas emerge a los pasos del personaje de «La puerta condenada» y donde a su vez vive una extraña experiencia. Frente al 205 de los que dice este narrador: «Había creído durante mucho tiempo que 205 era el espacio donde en realidad, aunque estaba lejos de Montevideo, estaba viviendo y sobre todo escribí» (Montevideo, p. 264)

Estoy al frente. Me quedo sin palabras. Estoy flotando. Estoy en alegría, al límite entre la realidad y la ficción, un pedazo de cuerpo en uno, un pedazo de cuerpo en el otro. Así que estoy en el mismo lugar de lo fantástico y me quedaré en este estado intermedio por la mitad de las horas que pasaré en esta habitación. Así lo describe Vila-Matas al final de su novela, limpia y luminosa. No tiene nada que ver con la conocida por Cortozar cuando vino a hablar por la UNESCO en 1954. Tiene «una gran bahía, sábanas blancas de moda, mucha luz entrando directamente desde la calle» (Montevideo, p. 266). Todavía hay un gran gabinete, pero es reciente y estrictamente imposible de mover. Cuando intenté, por partido, moverme, me encontré frente al espejo integrado y tenía miedo de mi reflejo.

Desde el balcón, en cambio, el barrio se ha mantenido más o menos igual. Los edificios opuestos no han sido renovados. Sólo la bandera recuerda a la dictadura mientras tanto. Donde estan? Memoria, verdad y Justicia.
Al día siguiente, toco la misma foto a la luz del día y noto la ropa colgando en el hilo de la lavandería. Son como los cuerpos vacíos de los desaparecidos. Donde estan? Dónde están?
Y dónde están los fantasmas que caza, tras otros, en Montevideo.

Voy a salir del hotel. En la pared, los carteles de los espectáculos que antes se daban, y entre ellos, El Abrazo de la Muerte, título español de A Double Life, de George Cukor. También veo que, como en la ficción de Vila-Matas, el 206 no existe. La puerta de la cámara contigua está medio abierta y no tiene número.

Camina las calles grises, entre edificios extraños. Me siento mareado en el que elijo perderme. No tengo señales y no estoy buscándolas. e ir hasta el mar, o más bien hacia el río que parece un mar.

Vuelvo al hotel a recoger mi equipaje y llamar a un taxi al aeropuerto. Dejo mis ojos y cámara colgando en la escalera y pienso en esta frase de Montevideo: Un día iré a Montevideo y buscaré la habitación en el segundo piso del Hotel Cervantes y será un verdadero viaje al lugar exacto de lo fantástico, tal vez el lugar exacto de la extrañeza. (Montevideo, p. 109)

Cuando me fui, querido Enrique Vila-Matas, tomé una foto de tu libro sobre mi cama apenas deshecha. Esa cama era grande. Estaba solo. Me arrudié un lado diminuto. Pero la experiencia que tuve en esta sala, en equilibrio entre ficción y realidad, sin realmente derrocar por un lado u otro, valía la pena todos los amantes del mundo. Mi sentido de la existencia era intenso. Fue una experiencia que, por esta razón, llamaría estética.
Cuando me fui, también tuve la idea de recoger el segundo jabate en el baño, para que pudiera servir de testigo irrisorio para mí. Y este jonés viene esta noche, como testigo irrisorio, y te lo daré.


2 Patrick Deville, La Tentation des armes, Seuil, 2006, p. 30.

3 Ibíd., pág. 22.

4 Enrique Vila-Matas, Montevideo, trans. del espagnol por André Gabastou, Actes Sud, 2023, p. 1. 115.

5 No tengo tiempo para mencionar aquí Siguiendo el Hotel Crystal d’Olivier Rolin (Seuil, La Librairie du 21 sicle, 2004), todas las historias de las cuales tienen lugar en habitaciones de hotel y podrían relajarse en un cierto hotel de cristal que finalmente se encuentra en Montevideo.

6 Ibíd., pág. 61.

7 Patrick Deville, La Tentation des armes . feu, op. cit., p. 25. 23. Añade un poco más, p. 29: Las películas en el espacio no son nada. Sólo de ida y vuelta en el tiempo son vertiginosos, que nos dan la sensación de su suave y terrible relatividad. –

8 Enrique Vila-Matas, Montevideo, trans. de lEspagne por André Gabastou, Actes Sud, 2023, p. 114.

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Walser Kate Zambreno Vila-Matas Derivas La Uña Rota

20231025_162408.Vila-Matas sobre Robert Walser: «Pero la vanidad que él amaba nada tenía que ver con la ambición del éxito personal, sino con ese tipo de vanidad que es una tierna exhibición de lo mínimo y de lo fugaz»

Poner todo aquello que amo en mis cajas, lo pequeño y lo tierno.

(página 154, de Derivas, de Kate Zambreno)

ediciones La Uña Rota

www.larota.es

20231025_162408.

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EL JUEGO DE LA AMPLIACIÓN —————– [Café Perec]

16980479305428982187967217484136~2Esta mañana, he vuelto a ver Imitation Game. Y he observado que, si en su momento me deslumbró la interpretación de Benedict Cumberbatch, no reparé en cambio para nada en la maestría del guion de un tal Graham Moore. A veces, el tiempo permite ampliar las visiones o los juicios apresurados. Para su biopic sobre Alan Touring creó Moore una tensa línea argumental centrada en los constantes obstáculos que encuentra un genio en su camino.

Juego a esto desde hace días: descubro en calles, novelas y películas, todas ya vistas o leídas, detalles que en su momento no percibí. Es como una especie de juego de la ampliación. De ampliación de lo visto y leído en el pasado. Un juego feliz si uno lo ve como una buena forma para desorientar a la angustia excesiva del espíritu por nada. Y, aunque el juego se parece a releer un libro, revisitar una película, o volver a pasar por una calle, la condición de éste obliga a incorporar la búsqueda deliberada de ese punto escondido que, horas, días, o años antes, provocó una mirada tan insuficiente.  En el fondo el juego es serio, porque obliga a preguntarse porque uno no vio según qué. ¿Lo vio años después porque su mente mejoró con los días?  ¿O lo vio porque no puede ignorarse que lo visible es sólo parte de lo invisible? ¿O lo vio porque, a veces, en nuestros dorados prismáticos, el mundo toma la iniciativa de superarse a sí mismo?

A media tarde, camino de la Maison de la Poésie, me he plantado en el barrio del Marais, siete años sin visitarlo, y me han parecido más activas y locuaces que nunca las terrazas de la rue de Vieille-du-Temple. Siempre me había fascinado tanta locuacidad general, pero hoy no. ¿Qué puede haber pasado? Lo atribuyo en parte a mi impresión de que últimamente hablamos en exceso y que los diálogos son monólogos, por no hablar del chorro abundante de la producción literaria actual que consigue que cueste saber cuándo se convierten las palabras en palabra. Aun no sé cómo ha sido que hoy mi visión (de futuro, diría) se ha ampliado y he terminado viendo, en medio de la maraña general de Vieille-du-Temple, una mesa aislada en la que se veía a cuatro jóvenes hieráticos, radicalmente mudos, claramente unos severos enemigos de la charlatanería.

Por la noche, he hojeado un libro de entrevistas con George Steiner que creía saberme de memoria, pero he dado con un episodio, el de Princeton, que desconocía. Enseguida, desde que he sabido que Steiner lo consideró decisivo para su libro Lenguaje y silencio, he abordado el episodio. Había en él una puerta abierta y un grupo de matemáticos que trabajaba en una pizarra a una velocidad vertiginosa, escribiendo con una tiza fórmulas algebraicas topológicas. Eran japoneses, rusos, americanos. No compartían la misma lengua, pero se entendían en el silencio de sus pensamientos. Con la crisis de los diálogos y tal como está todo, me ha parecido una maravilla saber que hay todo tipo de comunicaciones fuera y más allá de la palabra.

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Café Perec 10 Octubre 2023 ——————INFORMES DE LECTURA

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 foto: Roberto Bazlen

También a mí en diferentes épocas me han preguntado qué nuevas tendencias literarias podrían estar ahí, en el más inmediato horizonte. Si la cuestión me la hubieran planteado cuando aún no había irrumpido la pandemia, habría parafraseado lo que un editor pasado de copas le dijo a Adriana Harwicz y que ella reproduce en El ruido de una época (Gatopardo). El editor vino a decirle que seguirán por mucho tiempo las escrituras femeninas y las autoras con carácter antes de que pierdan interés a ojos del mercado.

Pero si la pregunta me hubiera llegado en pleno confinamiento por el coronavirus, habría pronosticado, según el rumor que circulaba, una futura invasión de diarios pandémicos. Cuando fue disminuyendo el problema del covid, se supo que no había grandes diarios epidémicos y, además, ni tan siquiera interesaban. Sin embargo, hay unos diarios que han ido apareciendo, por entregas, en los tres últimos años, los de Rafael Chirbes, que, aun habiendo sido escritos mucho antes del covid, contienen, en su meditación sobre el aislamiento, sobre la soledad, un cierto registro pandémico. Por otra parte, la influencia de los “informes de lectura” que puntúan esos diarios (los reproches de Chirbes a lo que escriben sus colegas) lo tienen todo para abrir una senda medio nueva en nuestro horizonte literario: la de los libros construidos con los secretos informes para editoriales por parte de grandes lectores.

Es un género quizás no muy conocido y en el que destacan, por ejemplo, los informes de Gabriel Ferrater reunidos en Noticias de libros (prólogo de Aparicio Maydeu, 2012), unas cartas en forma de obras maestras discretas que contienen frases simples que nos persiguen para siempre, como la que envía sobre Tiempo de silencio: “Un país de ratas, poblado por personas que son como ratas; así ve Martín-Santos su país, su España”

Juraría que el maestro mundial en análisis secretos sobre libros es Bobi Bazlen, cuyo talento brilla en las cartas que enviaba a Roberto Calasso, Lettere editoriali (Adelphi, 1984; Informes de Lectura, La bestia equilátera, 2012). Como viene siendo norma en este género, Bazlen distingue entre la calidad de la obra y su lado comercial. Reconoce el valor literario supremo, por ejemplo, de El hombre sin atributos, de Musil, pero dice que, de cara a publicarla, es una novela demasiado larga, demasiado lenta (“o aburrida, o difícil, como quieras llamarlo”) y encima “demasiado austriaca”.

Tan curioso, y al mismo tiempo perfecto, es que una novela pueda ser “demasiado austriaca” como que Bazlen elija el muy pandémico Solitary Confinement (Celda de aislamiento), de Christopher Burney, como el mejor libro leído en 1968. No hay grand guignol, dice, no hay Anna Frank, no hay terror al fusilamiento, sólo hay soledad acompañada de mucha hambre, y no mucho más, ni siquiera un antes y un después del aislamiento. Y, sin embargo, según Bazlen, el ajuste de cuentas con la soledad se las trae. He preguntado. El libro está descatalogado en todo el mundo.

 

Publicado en Café Perec | Comentarios desactivados en Café Perec 10 Octubre 2023 ——————INFORMES DE LECTURA

¿Es Montevideo el otro nombre de la literatura? Crítica de Tiphaine Samoyault LE MONDE

 ¿Es Montevideo el otro nombre de la literatura?

Lecture de Tiphanie Samoyault en LE MONDE sobre  MONTEVIDEO

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Lautréamont, Jules Laforgue y Jules Supervielle. La lista es suficiente para construir una leyenda, aunque, como sucede en todo, podemos encontrar explicaciones pragmáticas (muchos franceses del suroeste emigraron a Uruguay y Argentina en el siglo XIX, convirtiendo a Montevideo en una ciudad multicultural y plurilingüe).

Como siempre, con la fascinación de la literatura, Enrique Vila-Matas viene a rondar la capital de Uruguay en su nuevo libro, pero con otros hitos mitológicos: sobre todo Julio Cortázar (por La puerta condenada, cuento cuyo protagonista se queda en el Hotel Cervantes y se pierde en una aventura muy extraña), pero también Jorge Luis Borges. Y Adolfo Bioy Casares (que situó un cuento en el mismo hotel), y finalmente escritores que nacieron allí (Raúl Damonte Botana, conocido como Copi; Idea Vilariño, Julio Herrera y Reissig).

El narrador de Montevideo, antes de visitarla por primera vez, sueña con esta ciudad; mantiene con ella “una especie de saudade secreta, una extraña nostalgia de ultramar”, melancolía por un lugar que no conoce y que no sabe si algún día conocerá. El viaje que finalmente realiza hasta allí se convierte en la búsqueda de un escritor que quiere situarse en “el lugar exacto donde lo fantástico irrumpe en un cuento de Cortázar”. Enrique Vila-Matas siempre ha hecho de la literatura el protagonista principal de sus libros. Sus narradores, a quienes resulta tentador confundir con el autor, siguen los pasos de escritores queridos, buscando citas, anécdotas vividas por otros, en lugares significativos de la vida literaria y de la ficción. Suelen sufrir el síndrome de Bartleby de Melville, el obstructor que prefiere no hacer antes que hacer, que Vila-Matas describió en un libro (Bartleby and Company, Christian Bourgois, 2002); pero ahora les gustaría poner fin a este “terrible cliché”. Estos personajes-narradores, como el de Montevideo, no saben escribir; huyen muy lejos para no afrontar el desastre de su deserción, en la que ya no se parecen en nada al autor, que, por su parte, escribe su quincuagésimo libro en más de cuarenta años (novelas, colecciones de cuentos, pruebas).

La distancia, el aprender hacia atrás, el no querer son el estilo de sus personajes en la laboriosa búsqueda de la autonomía. La voz francesa de Vila-Matas, André Gabastou, que la traduce desde hace más de veinticinco años, expresa con gran precisión esta ironía a la vez lejana y desolada: debemos escribir sobre esta compañía, en resonancia con el tema de la duplicación que está en el centro de este trabajo. Journey está plagado de referencias literarias París, donde Vila-Matas se instaló a los 20 años para su primera estancia larga, ha sido durante mucho tiempo el epicentro de la literatura para quienes querían convertirse en escritores. Las figuras literarias con las que su narrador se identifica primero son luego los autores modernistas ingleses o americanos que emprenden el viaje al país de la literatura. Así quiso ser por primera vez un escritor norteamericano en París, una especie de Ernest Hemingway desplazado en el tiempo. Pero luego comprendió que Montevideo ofrecía recursos igualmente interesantes, y cuando un día una conferencia finalmente le dio la oportunidad de ir allí, sintió que pertenecía allí. Su viaje está plagado de referencias literarias. Nada se ve directamente y la espiral de textos e imágenes lleva al referente a un abismo vertiginoso. Se había leído, soñado e imaginado tanto sobre la ciudad que ir allí se había convertido en un imperativo terapéutico. “Por las noches, a veces visitaba Montevideo en mi imaginación. Y me sorprendió ver que en ese cuartito de azotea, en ese mirador minúsculo, ingenuo, casi pueblerino, se había producido la renovación literaria del Uruguay y de gran parte del mundo hispanohablante. Terminé entendiendo que tenía más que una necesidad genuina de poner un pie en esta minúscula atalaya»

Pero cuando peregrina allí, no recupera el equilibrio en la realidad, sino todo lo contrario, y se convierte en un auténtico personaje ficticio de una novela de investigación cada vez más delirante. Este cambio en los límites entre lo real y lo ficticio significa que constantemente se sospecha de la naturaleza y la ubicación de la experiencia. La literatura se convierte en un tremendo incentivo para ir a encontrar el lugar y, al mismo tiempo, nos hace sospechar que ese lugar no puede existir. ¿Qué busca el narrador en Montevideo, novela o realidad? Sería difícil dar una respuesta. Entendemos, en cualquier caso, que el centro del mundo se ha movido, y con él se ha movido el sueño de Vila-Matas. Ya no se trata de ser un escritor norteamericano en el París de los años veinte, sino un escritor sudamericano en Montevideo. Es posible que la capital literaria mundial haya caído de norte a sur, y Vila-Matas continúa su búsqueda de la literatura como problema, cruce de fronteras y doble fondo. Hace de Montevideo la novela de este desplazamiento imaginario, pero que también podría tener algo muy real, ya que la literatura actual muchas veces proviene de países pequeños.

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Hotel Cortazar. Le Monde acerca de Montevideo. Tiphaine Samoyault

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