Catalán, espagnol,.. Sans doute, mais plus encore européen, à travers son admiration pour Perec, Joyce, Pessoa, Joseph Roth …
Une grande part de l’oeuvre d’Enrique Vila-Matas est ancrée dans une géographie espagnole très resserrée, un périmètre barcelonais défini par quelques traits du quartier de Gracia, où l’écrivain a passé la majeure partie de sa vie : le passage Sant Joan, la place Rovira, la rue Rosellon…
Il partage certains de ces lieux, dans l’histoire de la littérature espagnole contemporaine, avec le grand romancier Juan Marsé, son aîné de quinze ans et voisin, qui a, avant lui, rendu le quartier célèbre dans ses fictions. De cet intimidant voisinage avec un auteur qu’il admire sans adopter pour autant son esthétique, Vila-Matas s’amuse dans son roman Dublinesca (Bourgois, 2010) où son personnage, Samuel Riba, croise Juan Marsé et lui jette, troublé par les théories françaises et américaines en vogue : «C’est vrai que l’auteur est mort ?»
Autant dire qu’il vaut mieux ne pas limiter l’oeuvre de Vila-Matas à un dialogue avec ses compatriotes ni à cet étroit périmètre hispanique. Car, même s’il fait grand cas de certains auteurs espagnols, qui figurent en bonne place dans sa bibliothèque – Ramon del Valle-Inclan, Pio Baroja, Ramon Gomez de la Serna ou Salvador Dali, par exemple – et parmi ses amis – comme José Carlos Llop ou Ignacio Martinez de Pison -, sa littérature s’échappe de ce territoire et les affinités de ce grand lecteur vont bien au-delà du cercle national.
Vers la France, d’abord, où il vécut deux années de jeunesse, dans une chambre de bonne louée à Marguerite Duras, anecdote centrale de son roman Paris ne finit jamais (Bourgois, 2004). Vila-Matas connaît sur le bout des doigts la culture francophone. Georges Perec, Raymond Queneau, André Breton, Marcel Duchamp ou Sophie Calle, mais aussi Valéry Larbaud, Julien Gracq ou Georges Simenon, ont droit à nombre d’hommages dans ses livres, et il leur abandonne avec joie son terrain de jeu catalan. Un exemple parmi cent : «sa» place Rovira, vue à travers des yeux peréquiens dans deux chroniques urbaines du recueil Mastroianni-sur-Mer (Passage du Nord-Ouest, 2005). Il y parodie le célèbre texte descriptif de Georges Perec sur la place Saint-Sulpice, «Tentative d’épuisement d’un lieu parisien».
Mais Vila-Matas, qui pourfend l’illusion de toute «identité unique et compacte» de soi, ne se prive pas non plus de brocarder le démon de la théorie français, amoureux de la synthèse, et revendique une filiation littéraire plus ramifiée encore pour son oeuvre. Car s’il fallait lui trouver une unité, elle serait justement dans la perte de celle-ci. Il faudrait la lier au «coup de sifflet» vers la dispersion de soi que lança le Portugais Fernando Pessoa, avec sa pratique des noms d’emprunt. Ou encore au deuil que fit l’Autrichien Robert Musil d’une restitution pleine et limpide du réel par le récit, en ce même début du XXe siècle. Peut-être doit-on encore remonter à un Montaigne perplexe, bataillant avec les multiples images de lui-même, si l’on en croit le très beau Journal volubile (Bourgois, 2009) dans lequel Vila-Matas médite sur la biographie que Stefan Zweig a consacrée à l’auteur des Essais. Mais à côté de ces écrivains de la Mitteleuropa que sont Musil, Zweig, Josep Roth, Kafka, Sebald ou le Polonais Witold Gombrowicz, Vila-Matas, membre de la société littéraire des «Finnegans» (apparue dans Dublinesca et dont on trouve des échos dans Chet Baker pense à son art) et à l’origine de la confrérie des «shandys» amoureux de poésie dangereuse (dans son Abrégé de littérature portative, un de ses premiers succès), doit aussi beaucoup à l’héritage européen anglophone, celui des Irlandais James Joyce, auteur de Finnegans Wake, ou Laurence Sterne, créateur de Tristram Shandy. C’est là qu’il trouve de «nouvelles formes insolites», capables de recréer, autour de ce «féroce «je» européen» qu’il évoque dans Dublinesca, de nouvelles communautés fondées sur des affinités littéraires. Quitte à ce que le continent américain, un autre de ses pôles d’inspiration, lui en renvoie l’héritage par de nouveaux biais, comme Herman Melville, inspirateur de son Bartleby et compagnie (Bourgois, 2002), ou bien ses pairs d’Amérique latine – le Guatémaltèque Augusto Monterroso, le Chilien Roberto Bolaño, le Mexicain Sergio Pitol, et bien sûr feu Borges, entre autres.
Rien ne résume mieux la complexe identité européenne de Vila-Matas qu’une anecdote rapportée dans son Journal volubile. L’écrivain Claudio Magris, grand penseur des cultures et de l’humanisme européens, devait poser pour des photographes à Madrid. Il le fit, avec, sur le dos, le pardessus de Vila-Matas qu’il avait emprunté par mégarde. Depuis, l’écrivain espagnol, ému de ce hasard, va portant son manteau et disant : «Je m’appelle Magris, comme tout le monde.»
Fabienne Dumontet

Dédoublement de la disparition, apocalypse de l’intertextualité. Avec son habituel et extraordinaire talent, Enrique Vila-Matas poursuit son interrogation sur ce qu’est être un auteur.
Leo en un artículo de La Repubblica que, según un estudio de Oxford, el 45% de los ingleses cree que el coronavirus es un arma biológica elaborada en China para destruir Occidente. En periodos de crisis —no es novedad— suelen surgir ideas conspirativas basadas en el repudio a lo extranjero.
Es cómica la cantidad de autores que últimamente aseguran haber advertido el “asombroso parecido” entre lo que sucede en esta época de pandemia y los que ellos relataron en algunas de sus novelas. Y es cómica porque hasta parece mentira que les sorprenda esto cuando la atmósfera paralizante y mortal que ha ido creando el virus lleva ya en realidad años arraigada entre nosotros. De hecho, si nos molestáramos en mirarlo todo mejor, veríamos que vienen los libros recogiendo esa atmósfera desde tiempo inmemorial. Para comprobarlo basta con que abramos cualquier ejemplar de nuestra biblioteca portátil (la que siempre está preparada para salir de viaje) y ahí enseguida encontraremos descrito ese fallo en el sistema del que ha nacido la pandemia. Ese fallo se llama La avería en el libro del mismo título de Friedrich Dürrenmatt que ha publicado Periférica: una breve pieza magistral del autor suizo, donde se nos describe un mundo que trastoca el concepto de mal por el de avería. Pero es que también a la más famosa de las averías (la muerte) la encontramos en el libro vecino al de Dürrenmatt, la encontramos en Ese mundo desaparecido, de Dennis Lehane (en Salamandra), donde ayer mismo leí estas líneas: “El presente era esto y la muerte se le acababa de plantar más cerca que nunca; se le había sentado en el hombro y le estaba acariciando el cabello con los dedos”.
A veces, narrando, tanto como aconsejando, podía ser fulgurante, tajante. En el apartado de los consejos recuerdo el que me dio hace ya muchos años cuando me encargaron un artículo sobre sus orígenes como narrador y, como fuera que éramos vecinos del barrio, se lo comenté poco después en plena calle del Torrente de las Flores. Me miró, sonrió y me recomendó que primordialmente me divirtiera. No añadió más, pero fue suficiente, comprendí enseguida.
«Me encanta también hacerme amigo del crítico literario y joven escritor Gabriel Ruiz Ortega que parece, y es cierto, haberlo leído todo y aún sobrarle tiempo. Sus juicios son atinadísimos y muy equilibrados. Es irónico, divertido y optimista. La demostración de que la literatura no hace gente adusta, sino reconciliada consigo misma; esperanza de que en el futuro aún haya así, gente como nosotros, a pesar de los videojuegos y otros instrumentos de tortura mental»

Pese a haber sido una de las firmas más destacadas de la revista Harper’s, REBECCA SOLNIT (Bridgeport, Connecticut, 59 años) prefirió no firmar el
CABALLO FANTASMA (Almadía, 2020).
El 7 de julio de 1960 –sí, san Fermín–, hace exactamente sesenta años, aparecía en Gallimard, París, la novela, Las diez y media de una noche de verano (Dix heures et demie du soir en été), de Marguerite Duras. Novela extraña, aunque ya sólo fuera porque transcurría en un enclave aragonés. En circunstancias distintas a las de este año, habría podido organizarse hasta un ferrocarril –una especie de Transiberiano en miniatura, digamos que un “Transdurasiano”– que saliera de Zaragoza y entrara en Pamplona en plenas fiestas para celebrar allí los sesenta años exactos del libro. Claro que no sé a quién habría atraído este proyecto. Las diez y media de una noche de verano, sigue siendo, sesenta años después, una novela rara que utiliza un tiempo muerto para hablar de los celos entre unos “civilizados” parisinos a los que una tormenta detiene en una población en la que acaba de cometerse un crimen pasional, supuestamente muy español. Una novela rara en la que nos perdemos de pronto por una carretera aragonesa donde el tiempo no avanza y el contraste entre la frialdad de unos y el bulto del asesino oculto crea una atmósfera literalmente chocante. A diferencia de ahora cuando las escritoras, por el sólo hecho ya de serlo, cuentan con el apoyo casi implícito de sus queridas colegas, Duras, empeñada en forjar una literatura muy personal, tuvo que luchar contra todo Dios o Diosa. A Simone de Beauvoir, por ejemplo, no le faltó tiempo para decirle al editor Gallimard: “Explícame a Duras, porque no entiendo nada”.
“Con la desaparición del magisterio, ha desaparecido también la transmisión de una larga y fastuosa tradición”. Así de rotundo se muestra Jordi Llovet en el elegíaco postfacio de Els mestres (Galaxia Gutenberg), el homenaje que ha tributado a sus maestros Miquel Batllori, José Manuel Blecua, Martín de Riquer, José María Valverde y Antoni Comas. A cada uno de ellos les dedica un retrato afectuoso y nostálgico que describe tanto los principales rasgos de sus personalidades como su particular forma de entender los estudios humanístcios o su manera de ejercer la autoridad, que es probablemente el concepto protagonista de estas páginas, como lo era en Adéu a la Universitat (Galaxia Gutenberg), su polémico ensayo sobre su experiencia docente. Como recordaba siempre , auctoritas procede del verbo augere, que significa aumentar, y remite a la capacidad de quien ostenta autoridad para ampliar los cimientos de la tradición. La auctoritas se contraponía en Roma a la potestas, que era sólo el poder concedido legalmente a los magistrados, que en su más alta dignidad podían ejercer también el imperium, consistente en la fuerza militar y el privilegio de interpretar los auspicios divinos.

PADRES SIN HIJOS Por Alejandro Zambra
Se trata de un episodio en la vida de Beckett que no ocupa más de una página en sus biografías. Finales de 1954, casi dos años después del estreno de Esperando a Godot. En esos días Beckett ha comenzado a descubrir que hay personas para las cuales su escritura tiene una especie de efecto obsesivo, como si sus textos fueran sagrados y contuvieran la clave de alguna especie de salvación. Un día, recibe una carta desde el penal de Lüttringhausen, en Alemania, donde un condenado por fraude, Karl Franz Lembke (firma “el prisionero”) le comunica que ha traducido Esperando a Godot al alemán y con gran éxito lo ha representado entre rejas ya quince veces. A Beckett le sorprende gratamente aquello, pero declina la invitación a Lüttringhausen, aunque en la posdata le dice cortésmente a Lembke que si en algún momento alguien de la cárcel viajara a París no dude en visitarle.

Las moscas escriben y nosotros escribimos para mirar cómo muere una mosca. Eso afirma Marguerite Duras en su libro Escribir. ¿Somos nosotros mismos esa mosca y escribimos para ver cómo se desarrolla la historia de nuestra muerte de mosca? Ignoro qué sentido exacto (suponiendo que lo tenga) tiene esa frase de Duras. Ella, en Escribir, cuenta cómo un día, mientras esperaba en su casa de Neauphle-le-Château la visita de Michelle Porte, se entretuvo mirando los movimientos de una mosca moribunda que agonizaba en el jardín de la casa. Cuando llegó su amiga, Marguerite le comunicó la hora exacta en que había fallecido el pobre insecto. “La mosca ha muerto a las tres y veinte de la tarde”, le dijo. Y Michelle Porte tuvo un ataque de risa. Duras, imperturbable, escribiría unos días después: “Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar cómo muere una mosca. Tenemos derecho a hacerlo”. Y más adelante: “Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos”. Y finalmente una conclusión tajante que nos deja sin saber si reir o emocionarnos: “Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir: todo escribe, la mosca, la mosca escribe (…) La escritura de la mosca podría llenar una página entera. Entonces sería una escritura. Desde el momento en que podría ser una escritura, ya lo es”.

Aparece hoy 21 mayo en Londres «Tools for Extinction» 

Sara Mesa is the author of nine works of fiction, including
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