Gracias, míster don Pasavento.


por Laura Fernández

El escritor, en tanto despertador inconsciente de mentes, incorruptible y oculto visionario, observador irredento –y a veces, tan solo y sobre todo eso, alguien que no actúa, alguien que recopila–, tiene una misión en el mundo. Una misión que, demonios, poco o nada tiene que ver con uno mismo –he aquí un gran equívoco de nuestra no profesión sino forma de vida–, sino, en realidad, con aquello que lo ha creado, aquello que lo alimenta y que de, alguna extraña forma –apasionante, indescriptible–, lo sostiene. ¿El qué?, se preguntarán. Oh, el otro. Quise decir: los otros.

De otros, como diría el homenajeado, exploradores del abismo, porque, sí, definitivamente, todo escritor es un explorador y lo que explora no existe, pero está ahí, no puede verse, pero puede alcanzarse, se encierra a veces en una frase, en un párrafo, en, claro, una novela, un relato, que de repente vuelve real lo que sea que el escritor persigue, y en tanto artefacto afortunadamente repetible, cada vez que un par de ojos recorren sus líneas, se vuelve, para otro, y otra, para todos, de nuevo, existente.

Oh, sí, aquello que sostiene al escritor son los otros escritores, los que le precedieron, aquello de lo que está hecho y sin lo que la vida, como diría el famoso personaje de Martin Amis en La información, no tendría sentido.

Así, el escritor es un caballero andante, o una caballera andante, que se lanza a los caminos llevando consigo, transformado, temeraria y venturosamente cada vez, todo aquello que le ha hecho salir ahí fuera a, dioses tecleantes, tratar de abrirse camino contando, o construyendo quién sabe qué clase de artefactos sin los que el mundo no sería el mismo.

Al hacerlo, se une a una cadena interminable de mentes milagrosamente paralelas –oh, un escritor nunca está solo, está rodeado del resto que han sido como él, solo él sabe quiénes son–, nacidas en distintas épocas, con una visión, sin embargo, poderosamente parecida ante la idea de aquello en lo que consiste ser humano, y estar, absurda y fabulosamente, vivo.

Todos aquellos que llevamos un trozo de Enrique Vila-Matas dentro, y que siempre lo llevaremos –un escritor llega para quedarse–, nos susurramos (POR FIN) cuando la cosa (AL FIN) ocurrió. ¿La cosa? El Nacional de las Letras, sí. Años pensando: ¿Por qué no ocurre de una vez? ¿Es que nadie ha visto aún que la literatura española se convirtió en literatura (EUROPEA) cuando Enrique Vila-Matas empezó a tratar de desaparecer? Porque en eso consiste el acto de escribir. En desaparecer. Y aparecer en otro lugar. Aparecer, de hecho, en cualquier parte.

La literatura de Enrique Vila-Matas, tan increíblemente lúdica –oh, ese París que nunca va a acabarse–, tan, a la vez, exorbitante y modestamente compleja –el que camina es alguien que observa, pero el que observa es un templo de conocimiento, una colección interminable de citas que a veces no son otra cosa que personajes de una obra en marcha que no ha dejado de mutar y de dialogar consigo misma y con sus espíritus, esos otros escritores que la encantan desde el principio–, lleva décadas brillando, pero no de la forma en la que brillan las monedas, sino en la que lo hacen las pinceladas que abren un nuevo camino en la obra común.

A lo mejor no lo he dicho lo suficientemente alto, ni lo suficientemente claro. Pero creo que no existe en España una conciencia de lo literario como una especie de admirable ente vivo al que alimentar y fortalecer, un pequeño animal salvaje de tantas cabezas como golpeadores de teclas decidieron en algún momento detener su mundo para contar una historia. Y, sin embargo, existe Enrique Vila-Matas –existe su literatura, existe la idea misma de su mutante y apasionadamente voraz figura lectora–, y gracias a que existe, existimos los demás.

Oh, digo a menudo que todo debe imaginarse para poder existir. Y podríamos decir que la literatura de Enrique Vila-Matas nos ha imaginado al resto. A todos los demás. El futuro. A, como diría Raymond Carver, todos nosotros. Cualquier futuro. Su literatura es kafkiana en ese sentido. Contiene multitudes aún por explorar. No hay un único camino. Todo son posibilidades. Gracias, míster doctor Pasavento, hoy toca no pasar desapercibido (AL FIN).

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