
Como cada año a principios de octubre, el mundo literario comienza a hacer sus cábalas, quinielas y especulaciones, más o menos fundadas, sobre quién será el ganador del Nobel de Literatura, el galardón más prestigioso de las letras globales. En un asunto tan voluble que cada lista parece destinada a desmentirse a sí misma, al cierre de estas líneas la casa de apuestas Ladbrokes, la gran referencia internacional en este juego, da por vencedora a la escritora china Can Xue, habitual de esta lista, y como segundo al eterno candidato Haruki Murakami.
Inmediatamente después, comparten puesto empatados dos autores mucho más caros al lector en español, nuestro compatriota Enrique Vila-Matas, un clásico de estas elucubraciones y la sorpresa –aunque sólo para quien no la haya leído– del año pasado, la mexicana afincada en Estados Unidos Cristina Rivera Garza. Ambos figuran a 16/1, en compañía del australiano Gerald Murnane y de la portuguesa Lídia Jorge y son, hoy por hoy, los más sólidos candidatos para que el mayor galardón literario del mundo vuelva a hablar en español.
No sería, obviamente, la primera vez que el Nobel vuelve su mirada hacia nuestra lengua. Desde que José Echegaray lo recibió en 1904, diez autores que escribían en español han obtenido el premio: Jacinto Benavente, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Camilo José Cela, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. El último fue precisamente el peruano, en 2010, por su «cartografía de las estructuras del poder» y sus imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo. Para España, la espera es aún más larga: Cela, premiado en 1989, sigue siendo el último literato nacido en nuestro país en recibirlo.
Los escritores de toda latitud y condición suelen ser, por lo general, refractarios a hablar del Nobel. Hay superstición, cansancio ante una conversación que se repite cada otoño y, sobre todo, una cierta sensación de absurdo cuando una obra de décadas acaba reducida durante unas semanas a una quiniela. Vila-Matas, sin embargo, ha decidido hacer de ese absurdo una materia literaria más. Hace unos días, en Barcelona, recordaba que lleva años apareciendo en las listas y que, en realidad, a veces piensa que ya lo ha ganado. «Es una actitud», dice. Y entonces empiezan las historias.Para saber más

La Lectura
La primera ocurrió hace unos diez años, cuando viajó a Estocolmo invitado por la alcaldesa junto a otros escritores. Hubo una cena colectiva, con Álvaro Enrigue y otros autores, en el restaurante donde se reúnen los académicos. Al terminar, salió a la calle convencido de que aquello era prácticamente una señal. «Salí a la calle contentísimo y pensando que ya había ganado el Nobel. Incluso con nuestros amigos salimos a celebrarlo». La segunda fue más inquietante. Un día recibió una llamada de una agencia sueca. Al otro lado querían ponerse en contacto con el escritor Enrique Vila-Matas. «Yo le respondí con toda la naturalidad del mundo: ‘Sí, claro, tome nota: es este mismo desde el que le estoy hablando’. Al colgar le dije a Paula [su mujer]: ‘A ver, esto debe de ser una broma’, porque hacía no mucho le había ocurrido a Banville. Pero bromas aparte, la llamada fue como cuando te van a dar el premio y te llaman, o sea, que has de tomar en consideración que quieran tener tu teléfono. Y no era una broma, después me enteré de que era de verdad».
La historia, naturalmente, podría terminar ahí, pero Vila-Matas necesita un remate. Porque también hubo una tercera ocasión, la de una mujer del jurado del Nobel con la que coincidió en Berlín. «Una mujer clavadita a Anita Ekberg, con una preciosa melena», bromea. Alguien del público le preguntó qué haría si le daban el premio. «Y mi respuesta fue: ‘Bueno, como es una lotería, haría lo mismo que con ella, querría que fuera secreto para que nadie me pidiera dinero’. Y en ese momento perdí el Premio Nobel. La sueca, en lugar de tener sentido del humor, me miró como diciendo: ‘Vas, vas a ver’». Es una escena perfectamente vilamatiana: el premio como posibilidad real y como ficción, como deseo y como chiste, como algo que se puede ganar y que, al mismo tiempo, conviene haber ganado ya en la imaginación. «No hace falta ganarlo. Es decir, ya está. Puedes pensar que has ganado y ya está». Como ocurre en su literatura, las anécdota le sirven para reírse de la liturgia, pero también para señalar la parte inevitablemente delirante de cualquier quiniela literaria.

Porque Vila-Matas lleva tiempo viviendo una transformación mucho más interesante que la de candidato a posible ganador. Durante décadas fue un escritor de culto, una figura que parecía pertenecer a un territorio paralelo de la literatura, poblado por lectores fervorosos pero difícilmente encajable en la idea convencional de gran escritor. Hoy su nombre aparece precisamente cuando se habla de la literatura que ha acabado entrando en el canon. «El momento exacto nunca se sabe, claro. Es como intentar encontrar el momento en que te enamoras», explica. Sí recuerda, sin embargo, una entrevista en la que él se definió como «un autor de culto» y el entrevistador, algo consternado, le respondió: «Pero de culto tú ya no eres, Enrique, te leen en muchos países. Bartleby y compañía no para de citarse». «En ese momento ya empecé a ver que era ridículo que yo dijera eso, que parecía una pose», recuerda.
La paradoja tiene algo de justicia literaria. El escritor que durante años escribió contra determinadas convenciones de la novela ha acabado convirtiéndose en una referencia para quienes escriben después de él. Lo que entonces podía parecer extravagancia, juego, contaminación de géneros o insumisión respecto de las formas narrativas dominantes ha ido dejando de ser una anomalía. Beckett y Borges, Gombrowicz, Marguerite Duras, Thomas Bernhard: autores que para Vila-Matas fueron durante mucho tiempo escritores singulares, difíciles de situar en el canon, son ahora clásicos indiscutibles.

«A lo largo de mis 50 años de oficio los autores que yo admiraba, que parecían extraños o rompedores, se han ido imponiendo como los interesantes de la historia literaria, ahora ya son canónicos, de lo más indiscutibles». Él mismo ha recorrido ese camino hasta convertirse en parte de aquello contra lo que alguna vez escribió. «En mi caso, escribí contra lo que había leído, contra el realismo, y eso me hizo raro entonces», resume. Y ahí aparece el pilar fundamental de su literatura, pues Vila-Matas concibe escribir no como quien parte de cero, sino como quien entra en una conversación que empezó mucho antes.
«La gran literatura habla únicamente de la literatura, de todo lo que se ha escrito antes que ella. Es un proyecto común y anónimo. Yo cito a los autores para que sigan formando parte de ese viaje, para mantenerlos en marcha», sostiene sobre una obra que ha convertido la propia literatura en materia narrativa, en memoria, en archivo, en personaje, en argumento y también en una forma de leer y habitar el mundo. Y de renarrarlo. «Escribo contra el olvido, contra la desaparición. Aunque sé que lo que dejo escrito se va a perder, que un día todos seremos olvidados, la literatura es para mí un gran texto colectivo. Una obra puede acabar siendo canónica sin dejar de recordar que nació de una insurrección contra otros libros»C