El discurso de Julian Barnes en Oviedo.

Cuando yo era joven y empezaba a adquirir conocimientos sobre libros, arte y música, daba por sentado sin la menor duda que cada una de las artes, a lo largo de los siglos, evidenciaba un progreso inevitable. Era una presunción tácita, basada en el hecho de que todo lo demás en el mundo también había progresado: la ciencia, la tecnología, la sociedad, la política… Y lo mismo tenía que haber sucedido con las artes. Nos las enseñaban cronológicamente, y la mera cronología implicaba un avance: primitivismo, clasicismo, romanticismo, realismo, naturalismo, impresionismo, simbolismo y al final el modernismo, el posmodernismo, etcétera. Y más novedoso significaba mejor. Cuando yo tenía unos veinte años leí que Voltaire desdeñaba a Shakespeare: reconocía su genio, pero lamentaba que no tuviese la más ínfima chispa de buen gusto y ni la más mínima comprensión de las normas dramáticas; además, su influencia en el teatro británico había sido desastrosa. Pero por la misma época leí un libro titulado Shakespeare Our Contemporary del crítico polaco Jan Kott en donde explicaba la claridad y la autoridad con que el dramaturgo había comprendido, descrito -y predicho- el mundo moderno. Esto, como poco, era un tanto confuso, pero solucionable. Las artes pueden dar la impresión de progreso, aunque a menudo expresan versiones nuevas de verdades antiguas. Cuando el impresionismo estaba en boga en París, Renoir visitó España y acortó su visita por la razón siguiente: «Cuando miras a Velázquez te das cuenta de que todo ya está dicho». Y la mayoría de los escritores y artistas han tenido percepciones tan aleccionadoras como la suya en algún momento de su vida. Yo, en mi caso, tuve una similar la primera vez en que leí el Quijote y descubrí uno de mis pasajes favoritos de la literatura universal. Como ustedes saben, la primera parte del Quijote se publicó en 1605 y la segunda en 1615, pero poco antes había aparecido una segunda parte apócrifa y pirata. Don Quijote y Sancho topan con gentes que han leído cosas acerca de ellos no sólo en la primera parte original, sino también 1 en la segunda parte apócrifa. Perplejos, caballero y escudero oyen que esas gentes les desprecian cuando hablan de ellos, y en un momento dado les aborda un individuo que hasta se permite tachar de impostor en las barbas del propio Quijote porque afirma que él había conocido al auténtico. ¿Qué diríamos de episodios semejantes? ¿Que son lúdicos, posmodernos, autorreferenciales, intertextuales, metaficciones? Así que ya no pienso que las artes sean progresivas y que cada evolución mejore la precedente. Prefiero pensar que todos estamos sentados a una enorme mesa redonda, quizás en una venta manchega, hablando entre nosotros de nuestro trabajo en el curso de los siglos: imagino que Renoir le pregunta a Velázquez cómo demonios pintó sus cuadros, que Voltaire rectifica el desdén que profesaba antaño a Shakespeare, que Flaubert (que se describe a sí mismo como «un viejo romántico») manifiesta su veneración por Cervantes y también, quizá, pone mala cara a ese inglés, sentado ahí en un taburete, que tuvo la insolencia y la locura, un siglo después de muerto el autor francés, de escribir un libro titulado El loro de Flaubert.

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