[ABC, 13.01.2025]

—La fuga y la desaparición han marcado su literatura. Sin embargo, ¿existe algo más duradero y firme que su estilo?
—Pero es que el estilo no es un simple adorno, sino la sustancia misma de mi obra. Por eso he hablado de que me dedico a escribir “la biografía de mi estilo”, y no la biografía de mis aventuras.
—Fue nombrado paseante oficial de Basilea. ¿Es difícil equiparar ese título, no cree?
—Hace años, una comisión presidida por Yvette Sánchez, catedrática de la Universidad de St. Gallen, me nombró “paseante e inspector oficial” de la Feria del libro de Basilea. Me prestaron una gabardina a lo doctor Clouseau y me encomendaron que velara por la “ética literaria” de cada una de las casetas, y, tras ser el terror de algunas, llevé a fondo la misión.
¿Qué significa el premio Zenda?
—Bueno, el Zenda de Honor tiene todas mis simpatías porque lo otorga una revista que, desde su creación –recuerdo que la fundaron Pérez Reverte, Javier Marías, Leandro Pérez, Mateo Díaz, José María Merino, Antonio Lucas– visito a menudo. Hay muy buenos colaboradores.
—Enrique Vila-Matas podría ser cualquiera de sus personajes. ¿Elige alguno? ¿Cuál es la voz que atraviesa sus libros? ¿La del narrador, la del que se mueve, la del que
duda, la del que observa?
—A mí me parece que, con el tiempo, he ido deslizando la ficción hacia un sitio en el que, sin renunciar a narrar, no pido al lector que suspenda la credulidad, porque si existe una atracción por leerme seguramente no viene, a estas alturas, de la historia que pueda contar, sino del reencuentro con mi voz. Una voz con acento de ensayista, especuladora, y que ligeramente varía en cada libro siempre de personalidad.
—El original y la réplica; la ficción y la realidad; ¿hasta dónde se desplaza el juego literario y por qué?
—Por el afán de aventurarse, que es algo intrínseco a la novela. Del mismo modo que un poema, sin riesgo, no es nada.
—Es usted la piedra primera y fundamental de la catedral metaliteraria. ¿Cómo la
definiría para quienes la leemos desde fuera?
—Pero es que yo no tengo nada que ver con todo eso. Es más, apoyé hace más de dos décadas a Ricardo Piglia cuando explicó que la «metaliteratura» como categoría teórica no existe realmente; más bien, es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma.
—Usted es leído y apreciado en toda Europa y toda Iberoamérica. ¿Es usted el autor vivo más universal de la literatura española?
—Hacer arte no es como competir en las olimpiadas.
—¿Su mejor libro?
—Hay una tendencia a considerar la obra que te da a conocer como tu mejor producción. Lou Reed estaba desesperado porque no soportaba Walk on the Wild Side y la canción le seguía a todas partes. Y ahí tienes a Godard, que ahora parece que sólo hubiera filmado Al final de la escapada. A mí de mis libros me parece el último (Canon de cámara oscura) el mejor de todos, aunque sólo sea porque aún me reconozco en él.
—Le pido, por favor una anécdota, un recuerdo, lo que quiera decirme de sus días en la rue Saint Benôit.
—Creo que fui a París a escribir mi primera novela, pero no aprendí nada. Bueno, aprendí a escribir a máquina y ese consejo que dio Raymond Queneau a Marguerite Duras y que ella me traspasó a mí: “Usted escriba y no haga nada más». Y así me ha ido.