Un escritor es un tipo que se quita los guantes, dobla la bufanda, menciona la nieve, nombra la guerra, se frota las manos, mueve el cuello, cuelga el abrigo, va más allá, y se atreve a todo. Si no se atreve a todo, no será jamás un escritor.

Atreverse a todo incluye saber que no se trata, por ejemplo, de luchar a fondo contra los imbéciles digitales, porque imbéciles los hay en todos los ambientes, se trata más bien de escuchar lo que éstos dicen y comprenderlos, sin duda para luego crear un mundo donde los imbéciles no entren.
De niño, cuando comencé a saber qué significaba construir algo por el solo placer de construirlo, dibujaba casas, todas con chimeneas humeantes, que era mi modo de expresar que el ambiente familiar era el adecuado y que estaba a gusto en casa. La puerta principal y las ventanas indicaban el interés por relacionarme con los demás. Y, aunque no podía saberlo, el camino que desde la puerta iba a las afueras del dibujo, llevaba a la escritura. Y ésta a la libertad.
Cuando en uno de mis relatos quisieron cambiarme el color de una chimenea que había dibujado en mi infancia, me negué alegando que no pensaba renunciar a ser absolutamente fiel a la visión que tenía de mi pasado personal. Esa negativa me recuerda a la del heroico granjero que en el relato Yo y mi chimenea, de Hermann Melville, se opone a que su familia remodele su casa y derribe la inmensa y vieja chimenea. Se opone alegando que destruirían lo más esencial de su finca, pues sin ese fuego, afirma, la casa perdería su espíritu.
En apoyo de ese espíritu, quiero creer que estoy, que estamos aquí hoy.
El viejo espíritu de la literatura. De la literatura sí. Nada que tenga demasiada importancia, y quizás por eso precisamente tan interesante.