Una nota del blog de la librería La Central de2016

Recordando la sucesión de espacios que componían la retrospectiva que el
pasado año el Pompidou dedicó a Dominique Gonzalez-Foerster, uno se
asombra ante lo impreciso que resulta rememorar la exposición partiendo
de una idea tan genérica como la de «espacios». Sería más ajustado
hablar de habitaciones o de cámaras; de una colección de estancias
privadas a las que uno cree acceder furtivamente, aprovechando un
descuido de la anfitriona. Huelga decir que nuestra presencia allí, en
las salas de exposiciones temporales del prestigioso museo parisino, no
dejaba nada al azar. La exposición había sido orquestada cuidadosamente y
los que allí nos congregamos parecíamos atrapados bajo un raro influjo,
entre la perplejidad y una profunda ensoñación, un estado similar al de
aquellos pétreos huéspedes que habitaban los fastuosos salones y
jardines del Marienbad evocado en la película de Alain Resnais. Con
todo, ese deambular invocaba a cada instante la presencia de la artista:
en la intimidad de los objetos y libros repartidos aquí i allá —¿acaso
existe un objeto más íntimo que un libro?—, en el gusto severo que
impregna sus instalaciones ambientales, o en su etérea presencia, en
ocasiones travestida, siempre espectral. Puede que emulando una de esas
siniestras figuras fantasmales que aparecen en algunas películas y que
se entretienen persiguiendo a su protagonista desde la distancia, sin
mediar palabra alguna y sin intención de abandonar a su víctima hasta
que esta consiga resolver un complejo acertijo. La publicación de Marienbad eléctrico en Francia
coincidiendo con la retrospectiva parecía destinada a convertirse en el
remedio para esa insidiosa ilusión persecutoria. El libro de Vila-Matas
prometía ser un antídoto sintetizado para deshacer ese hechizo que tan
bien domina DGF y que se acomoda entre las capas de lo cotidiano para
enrarecerlo.
Pero no, uno no tarda demasiado en descubrir que a pesar de la relación
próxima y cómplice, a pesar de sus charlas en el café Bonaparte, también
el escritor es una víctima, voluntaria por supuesto, de los trucos de
DGF. Y que este libro no es exactamente aquel libro que uno creía tener
entre las manos, sino algo de mayor calado y holgura. Aquello que se
desentraña en estas cien páginas se escapa de los dominios del arte
contemporáneo y penetra en la compleja materialidad del arte de la
conversación. Unas conversaciones que son «más interesantes como
experiencia que como imagen» y que sirven como base a un juego de pistas
e intrigas, en el que nunca sabemos si es más valiosa aquella
información que se oculta o aquellas ideas esbozadas, recomendaciones
desafortunadas o pasos en falso, que se arrojan con la intención de
desafiar la agudeza mental de aquel a quien admiramos tan profundamente.
Es este poderoso vínculo creativo que muy de vez en cuando se establece
entre dos individuos, aquello sobre lo que Vila-Matas nos habla aquí, y
lo hace para recordarnos lo caprichosos que son los designios del azar,
tanto más en cuanto se cruzan con los de la creación. En efecto, en esa
primera entrevista a tres bandas oficiada por Hans Ulrich Obrist en la
casa de veraneo de los Lorca, se fraguó una fascinación que desembocó en
un fructífero intercambio de ideas en forma de correos electrónicos,
encuentros, alucinaciones, pero también de silencios. Enriquecer nunca fue sinónimo de clarificar,
y aquello que Vila-Matas se propone en estas páginas es enriquecer el
universo extratemporáneo, futurista y a la vez sembrado de flashbacks, del
que es dueña DGF. Este es el delicado testimonio de una perfecta
relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge la
incertidumbre, el desencuentro y la objeción como ingredientes
indispensables.