

Sara Polo ante Sophie Calle (Lecturas, suplemento literario de El Mundo, viernes 26 de junio.
La mirada indiscreta de Sophie Calle, la artista que convirtió la intimidad en una obra de arte: «La gente cree que me conoce, pero lo que cuento no es mi vida sino momentos de los que huyo».
La artista conceptual francesa más influyente encontró en la intimidad el mejor material para su creación, que combina fotografía y relato. Publica ahora en España una de sus creaciones más conmovedoras, Dolor exquisito
«¿Ya me has perdonado?». La pregunta llegó al oído de Enrique Vila-Matas en forma de susurro, con ese tono burlón que impregna las bromas que van demasiado en serio y arrastrando la erre a la francesa quizá algo más de lo necesario. «Me cogió por sorpresa», recuerda él al teléfono, y se intuye una sonrisa que funciona como el traje a medida de una ficción pactada. La primera vez que el escritor barcelonés se plantó delante de Sophie Calle, confiesa que lo hizo con cierto miedo: «Me habían hablado de su carácter…». Cuando llegó la última, 20 años más tarde, ya estaba preparado.
Todo en torno a esta artista parisina de eterno flequillo Bardot, una verdadera estrella internacional con obra en el MoMA, el Guggenheim, el Pompidou o el mismísimo Metropolitan, es un equilibrismo entre la realidad y la ficción, lo personal y lo público, la vida y el arte y viceversa. Nada es nunca lo que parece. Ni lo que muestra ni lo que oculta. Quizá por eso, dos décadas atrás, aquella coincidencia creativa acabó con un colapso y una muerte. Ah, y también con un libro, o dos. Sophie Calle (París, 1953) es la precursora de la intimidad publicada que hoy todos practicamos en Instagram -menos ella, pero de eso hablaremos más adelante-. Tan exhibicionista como voyeur, Calle lleva desde finales de los años 70 narrando sus rupturas amorosas, espiando y haciéndose espiar o desnudando cuerpo y alma en performances siempre políticamente incorrectas. Ha compartido lecho con decenas de desconocidos, se ha sometido a test psiquiátricos para poner nombre a sus múltiples yoes e inspiró un personaje del Leviatán de Paul Auster. Se ha colado a hurtadillas en habitaciones de hotel para cotillear la basura de otros y, últimamente, ha desahuciado a Picasso de su propio museo para okuparlo ella misma.
La historia de encuentro y desencuentro entre la artista conceptual francesa más influyente de nuestros tiempos y Vila-Matas, el más firme candidato español al Nobel de Literatura se antoja como la mejor puerta de entrada a la biografía y la obra, siempre indisolubles, de una mujer obsesionada con comprender al ser humano, empezando por ella misma, y que goza, sin embargo, de constatar una y otra vez que nunca lo conseguirá.
«El hombre con el que comparto mi vida desde hace 23 años me hizo prometer cuando nos conocimos que jamás lo utilizaría como material artístico. ‘Ni una línea sobre mí, o te dejo’, dijo. Hasta ahora, he obedecido. Pero si me abandona tendré las manos libres para hacer lo que me dé la gana», confiesa Calle por video llamada desde su casa-taller en Malakoff, un suburbio al sur de París. Viste una sencilla bata gris sobre un suéter azul celeste; tras sus eternas gafas oscuras -que abandonará en un momento de la conversación, cuando la cita se ponga intensa- se esconde la mirada atenta de quien ha hecho de la observación una disciplina.
Es, de hecho, el fin de otro amor el que posibilita este encuentro. Dolor exquisito, la narración de un viaje a Japón y del periplo interior hacia la superación del duelo tras una llamada inesperada a un teléfono carmesí en la otra punta del mundo – «¿Has conocido a otra mujer?»; «Sí»-, llega por primera vez a España de la mano de Ediciones Comisura en forma de libro objeto en blanco y negro y varios tonos escarlata. Sus 280 páginas contraponen fotografía y texto para diseccionar el sufrimiento propio y cómo su enfrentamiento con el padecimiento ajeno puede resultar terapéutico. «Cuando cuentas la misma historia triste hasta la saciedad y pides que tu interlocutor te relate su momento de mayor dolor llega un punto en que tu tormento se banaliza hasta la vergüenza», analiza.
La sonrisa pícara de la mujer que espera la siguiente pregunta tranquilamente acodada ante una descomunal jirafa disecada colgada en la pared de su estudio es demoledora. Resulta fácil entender al instante cómo esta parisina de 72 años ha podido intimidar a Enrique Vila-Matas y a tantos otros hombres a lo largo de las décadas. Vayamos a los hechos. Otoño de 2005. El escritor recibe una llamada inesperada en su casa de Barcelona: la afamada artista francesa Sophie Calle le cita en el Café de Flore, en pleno centro de París, para proponerle algo. Algo que no puede hablarse por teléfono. Durante un año, él le escribirá la vida a Sophie y ella la vivirá. «Salvo matar, llevaré a la vida lo que me dictes», lanza ella. A él la propuesta lo motiva tanto que empieza a escribir de inmediato. Imagina para ella un viaje a una isla de las Azores en busca de un fantasma. Solo que ella jamás cumple su parte: a su madre le pronostican tres meses de vida y, casi a la vez, recibe una invitación para la Bienal de Venecia del año siguiente.
Estaba atrapada», reflexiona ante la pantalla. De repente, reacciona, airada, y se quita las gafas. Este debe de ser el carácter que asustaba a Vila-Matas. «Pensaba que Enrique tardaría en responder un año, tal vez dos, pero lo hizo inmediatamente y me sorprendió. Me desestabilizó, incluso». La primavera siguiente, Vila-Matas envió un mensaje a la artista: «Estoy en París, ¿nos vemos?». Ella le contestó con una esquela: «Mi madre ha muerto esta mañana». Él replicó: «Esta tarde paso a verte». Y hasta ahí llegó la historia compartida.