NUNCA BASTA WAKEFIELD, por Guiseppe Montesano (Un homenaje mínimo)

Napoles, foto de Vila-Matas.

Napoles, foto de Vila-Matas.

Me siento expulsado del universo, como Wakefield. No hay sentimiento interior, sino solo un suceso real pequeño y terriblemente perturbador. ¡Hace frío, sin embargo! No pensé en absoluto que ser como Wakefield pudiera hacer que el cuerpo temblara tanto. En la historia de Hawthorne, por lo que creo recordar, Wakefield se va de casa por una comisión y nunca regresa, ya no vuelve a su casa ni a su vida. Pero no puedo saberlo bien, porque donde estoy no tengo un libro y no hay bibliotecas y aún menos librerías. Bajé hoy para arrojar la basura, un par de bolsas muy pesadas que me dieron una sensación de desarmonía física en la cocina donde colgaban de las sillas, una de plástico azul y la otra de color blanco transparente, y me caí de repente, sin pensar, abajo, donde están los contenedores. Había viento, un viento que me obligó a darme la vuelta, no podía decir exactamente cómo, no podía decir lo contrario, en resumen, una inversión que de repente me trajo aquí donde estoy. ¿Estoy en la puerta de hierro y vidrio de mi casa cerca de los contenedores de basura? Podría ser, pero el lugar no es reconocible porque es casi de noche, o tal vez porque el viento que sigue soplando me impide pensar correctamente. Podría ser que este lugar fuera aquel en el que viven algunos de los personajes de Beckett, pero francamente no veo a nadie como Molloy o Malone, ni me parezco a ellos, y no me parece que haya otros seres humanos en su lugar. No lo imaginé así, convirtiéndome en una especie de Wakefield. Si recuerdo bien, Wakefield todavía tenía una casa, al menos una habitación, tal vez incluso una ventana en la esquina que daba a una calle concurrida, un lugar para protegerlo de los elementos, un lugar para disfrutar de su condición de marginado, y, es más,  Wakefield también tenía, o quizás solo tenía eso y era más que suficiente, una mente en la que refugiarse en la sensación magnífica o abyecta, pero aún cómoda, de haber desaparecido. Yo no.  Me da igual si soy Wakefield, “el bandido del Universo”, como dice una traducción que recuerdo perfectamente, y también me da igual si soy   Wakefield “el marginado del Universo”, tal como propone, si no recuerdo mal, una traducción del escritor Gianni Celati. Me caliento con el fuego de estos recuerdos literarios artesanales, hechos con lo que tengo a mano, si se permite decirlo así.  Un pequeño fuego por el Wakefield que al menos soy porque, como dice Leopardi en Zibaldone,  “tutto peggiora” (todo empeora), y ahora me siento muy  feliz  de no ser capaz de comprobar si esta frase es exactamente así o es el eco de lo que dice mi amigo Luca que dice Leopardi, aunque no haya leído nunca  Zibaldone. Dios mío, ni siquiera puedo ser Wakefield porque todo empeora. Es una exclamación banal, por supuesto, pero es lógico que situaciones excepcionales puedan ser iluminadas solo por lugares comunes, ya que el misterio, según Kraus, será iluminado por su propia luz. Quedarse aquí, en este tipo de lugar muy concreto al que llegan los ruidos y las voces de la televisión, sintiendo frío y sin saber si será posible llegar a algo que se parezca a mi casa o a la expulsión definitiva de mi casa y el comienzo de la espantosa libertad que da desaparecer, no es fácil.  Sé que si me concentro puedo tener una iluminación, pero si me concentro en esta posición ridícula en la que estoy colocado ahora sólo puedo acabar teniendo temores de muerte. .. (lea la versión completa en italiano)

Esta entrada fue publicada en Ensayos narrativos, Recuperación de textos, Relatos, Textos, Voces de la familia. Guarda el enlace permanente.