EL INVENTOR DE LA OBRA DE AUTOR. [Café Perec]

IMG-20191125-WA0003Decía el otro día Rodrigo Fresán (acaba de publicar su deslumbrante La parte recordada) que los autores que más le gustan son los que escriben siempre el mismo libro,  “como Nabokov, Borges, Banville, y hasta si me apuras Philip K. Dick”. Estuvo bien que lo dijera, porque cada vez hay más partidarios de la nueva inercia del mercado: que los novelistas cambien de registro a cada nueva novela y que solo haya libros singularizados y no autores.

Me atraen mucho más los escritores expertos en no moverse ni un centímetro del perímetro de sus obsesiones, los que podemos seguir visitando en sus inmóviles aunque siempre perturbadas casas. Como Banville, por ejemplo. Yo estaba entre el público el día en que una señora desde la primera fila le atacó: «¿Cuándo piensa usted dejar de escribir sobre gente que mata mujeres?» Y él respondió: «Cuando me salga bien, dejaré de hacerlo». Y ya solo le faltó aclarar que el tema de la identidad -tratado con insistencia en sus últimos libros- le importaba un carajo, pero que, dado que se había adentrado en él, prefería seguir investigando para ver si mejoraba sus hallazgos. «Cuando me salga bien, dejaré de hacerlo» fue su manera de decir que escribir siempre sería para él volver sobre lo escrito. Quizás a la manera de san Agustín, que buscó en su libro Las retractaciones «tratar de nuevo» parte de lo que hasta entonces había publicado: una experiencia tanto más sorprendente cuanto que tuvo lugar en pleno siglo IV.

¿Fue ese «tratar de nuevo» todo un gesto de vanguardia antes de hora? Es probable, como también que pudo representar la invención del concepto de «obra de autor». Un gesto valiente, además, que contribuyó a la recuperación de la sospecha de que en realidad las obras siempre están incompletas y el sentido de las mismas solo puede ser parcial, fragmentario. ¿O acaso no pasan de ser bosquejos, necesariamente imperfectos, las grandes obras? Quizás por esto, una película como El Sur, de Víctor Erice -abreviado, interrumpido, incompleto donde los haya-, viene pareciéndome desde hace años una obra maestra del cine de todos los tiempos.

De eso se trata, seguramente. De volver a tratar lo que ya hemos tratado, sabiendo que no lo completaremos nunca, aunque siempre será posible mejorarlo. De repetir, como alumnos castigados al fondo de las aulas, caligrafías que perfeccionen las inciertas primeras caligrafías. Y repetirlas con el tipo de humildad de san Agustín, que descubrió que uno puede volver a los libros que ha escrito con disciplina, no para enmendar defectos o imprecisiones, sino más bien para esclarecer, en la medida de lo posible, el sentido real de lo ya publicado. Y hasta profundizar en ello, adentrarse cada vez más en lo que creíamos ya conocer y a cada momento descubrimos que nos es más desconocido.

Y bueno, quien dice reescribir, está diciendo también repintar, por ejemplo. ¿O no nos han contado que Bonnard entraba con un pincel en los museos donde se conservaban sus cuadros y, aprovechando la ausencia de vigilantes, los corregía con una euforia infinita?

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